Chat de empresa II. Otro encuentro
Bajo la mesa de la sala de conferencias, sus rodillas se rozan y sus miradas se queman. Lo profesional es solo una fachada; ella sabe exactamente cómo romper el control del narrador.
Después de ese día en el baño, nada volvió a ser igual. Cada vez que cruzábamos una mirada en los pasillos, sentía de nuevo el recuerdo ardiente de su cuerpo contra el mío. El simple roce de su mano al pasarme un papel era suficiente para encenderme.
Semanas después, nos tocó asistir juntos a una reunión en las oficinas de unos clientes. Todo debía ser profesional, traje impecable, sonrisas medidas. Pero bastó un roce de su rodilla contra la mía bajo la mesa de la sala de conferencias para que el mundo se redujera a ese contacto.
Me miró de reojo, seria hacia afuera, pero con los ojos brillando de picardía. Su mano viajó disimuladamente hasta mi muslo, presionando apenas. Tragué saliva, intentando concentrarme en la presentación de cifras frente a nosotros. Imposible.
Sus dedos avanzaron despacio, peligrosos, hasta rozarme justo donde más lo deseaba. El corazón me latía tan fuerte que temí que los demás pudieran escucharlo. Me incliné hacia ella y susurré apenas:
—“Estás jugando con fuego…”
—“Ya sabes que me gusta.” respondió sin mirarme, mientras apuntaba algo en su libreta como si nada.
La reunión había sido un tormento. Sus dedos recorriéndome bajo la mesa, su rodilla rozando la mía, y esa mirada que me lanzaba de vez en cuando, como si me prometiera lo que venía después. Cuando por fin nos quedamos solos en el despacho prestado por el cliente, la tensión explotó.
Cerré la puerta con seguro y ella, sin decir nada, se sentó en el borde de la mesa de reuniones. Abrió apenas las piernas, levantándose la falda, y me miró con un gesto de mando que me volvió loco.
—“Ahora me toca a mí.” murmuró, casi como una orden.
No lo dudé. Me arrodillé frente a ella, deslizando mis manos por sus muslos hasta apartarle la ropa interior. El calor que desprendía me golpeó de inmediato. Acerqué mi boca y apenas la toqué con la lengua cuando un gemido le escapó, bajo pero urgente, reverberando contra las paredes del despacho.
La saboreé lento al principio, marcando círculos, disfrutando cada reacción de su cuerpo. Ella se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en la mesa, dejándose hacer, mordiéndose el labio para no gritar demasiado.
Pronto ya no pudo contenerse: sus caderas comenzaron a moverse contra mi boca, buscando más, exigiéndome más. Yo la sujeté de la cintura, apretándola contra mí, hundiéndome en su placer.
—“Así… no pares…” jadeaba, arqueándose cada vez más.
La visión era hipnótica: su falda recogida, su piel brillante bajo la tenue luz del despacho, su cuerpo rendido y temblando encima de esa mesa del despacho que estábamos ocupando. Ahora, lo único que importaba eran sus gemidos y mi lengua arrancándole cada uno.
Su respiración se volvió desbocada, sus manos se enredaron en mi cabello mientras sus piernas me apretaban más fuerte contra ella. El orgasmo la recorrió en oleadas, haciéndola arquearse con un grito ahogado que resonó en el silencio del despacho.
La sostuve mientras temblaba, besándola suavemente aún entre sus piernas, saboreando hasta la última gota de su placer. Cuando abrió los ojos y me miró, con las mejillas sonrojadas y el pecho agitado, sonrió con esa mezcla de lujuria y ternura que me desarmaba.
—“Ahora sí… estamos perdidos.” dijo entre risas entrecortadas.
Yo me levanté, la besé con fuerza, y tuve claro que ese despacho nunca volvería a ser solo una sala de trabajo para nosotros.
Ella seguía temblando sobre la mesa cuando me incorporé frente a ella, sus piernas aún abiertas y su respiración agitada. Sin apartarme, la cogí de la cintura y la levanté ligeramente para colocarme entre sus muslos.
—“Quiero sentirte…” murmuré, mientras ella arqueaba la espalda, obligándome a hundirme en su calor.
El primer empuje fue lento, consciente, explorando cada reacción de su cuerpo. Su jadeo llenó el despacho, mezclándose con el sonido de nuestros cuerpos chocando contra la madera de la mesa. Sus manos se aferraban al borde, a mi espalda, buscando apoyo, mientras sus caderas marcaban el ritmo junto al mío.
Aceleré. Cada embestida era más intensa que la anterior, más desesperada. Sus gemidos se hicieron continuos, su cabeza echada hacia atrás, pelo cayendo sobre la mesa y sobre mis brazos. Su piel brillaba con un sudor caliente que nos unía más aún.
—“Así… más… no pares…” gritaba entre jadeos, mientras mis manos recorrían su espalda y apretaban sus glúteos.
Sentí su cuerpo encogerse de repente, arqueándose por completo en un clímax explosivo que me atrapó a mí también. No hubo contención: sus gritos y mi rugido se mezclaron, y nos derramamos juntos sobre la mesa, temblando, respirando con dificultad.
Nos quedamos un momento así, abrazados sobre la mesa, entre papeles desordenados y el eco de nuestro placer resonando en el despacho vacío. Sus ojos me buscaban con una mezcla de satisfacción y travesura, y yo solo podía sonreír, sabiendo que ningún despacho volvería a ser solo un lugar de trabajo para nosotros.
—“Esto… esto no lo olvidaremos jamás.” dijo, aún jadeante, con su cuerpo pegado al mío.
—“Ni nosotros ni esta mesa.” respondí, besándola suavemente, saboreando el final de esa locura compartida.
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