Xtories

Fuego en el coño: Parte IV

Nunca imaginaste que tu soledad se rompería con el sonido de tres vergas entrando en una sola mujer. Esta noche, el mus es solo el pretexto; el verdadero juego comienza cuando ella se quita el vestido y ofrece su cuerpo a los cuatro.

Emmet5.4K vistas8.4· 11 votos

Joder, si alguien me hubiera dicho hace un mes que acabaría organizando una fiestecita de mus en mi pisucho mugriento para que mis colegas de toda la vida se follaran a la zorrita tetona del piso de al lado, me habría reído en su puta cara. Yo, Don Manuel, viudo de cojones desde que se me fue la parienta hace tres años, viviendo de una pensión raquítica y un paquete de pitis al día, con mi verga de 22 centímetros colgando como un trofeo oxidado. Pero desde que pillé a Laura gimiendo como una loba en su dormitorio, con esas tetazas operadas rebotando mientras se follaba el coño con los dedos, todo cambió. Aquella mamada en el rellano fue el principio del fin para mi soledad; luego le reventé el coño en mi sofá, y hace tres días le inauguré el ojete en su propio salón, con su marido a punto de llegar de la oficina. La muy puta se corrió como una fuente, gritando "¡abuelo!" mientras mi leche le rebosaba el culo. Y yo, coño, me sentí como un rey: esta hembra de 42 tacos, con curvas de infarto y un coño que aprieta como un guante, se ha convertido en mi adicción. Pero ¿sabes qué? Una polla vieja como la mía no basta para saciar a una ninfómana como ella. Necesita más, y yo se lo voy a dar. Esta noche, mis tres compadres del bar —Pepe el cojo, de 68, con su rabo torcido pero tieso; Luis el gordo, 75, barriga de tonel pero una verga como un morcilla de Burgos; y Ramón el calvo, 70, flaco como un palo pero con bolas que no paran de fabricar lefa— van a tener el polvo de su puta vida. Y Laura... ay, Laura, va a ser el centro del banquete, una guinda en forma de gang bang que la dejará chorreando por todos los agujeros. Solo de pensarlo, mi bestia se empalma en los calzoncillos, latiendo como un jodido corazón. "Esta puta me va a matar de placer", pienso mientras preparo la mesa del salón con barajas sucias y una botella de Rioja robada del súper.

Son las ocho en punto, y el timbre suena como un disparo. Abro la puerta, y allí están ellos: Pepe con su muleta y una sonrisa de oreja a oreja, Luis sudando ya bajo la camisa raída, Ramón ajustándose los pantalones como si oliera hembra. "Manuel, ¿qué cojones es esta movida? ¿Mus con algo especial?", pregunta Pepe, cojeando al salón. Yo me río, sirviéndoles vasos de vino tinto que apesta a garrafón. "Ya veréis, cabrones. Primero jugamos unas manos, para entrar en calor. Luego, la sorpresa: la vecina de al lado, esa rubia tetona que parece salida de una peli porno. La he tanteado, y la muy zorra está que trina por polla. Os la ofrezco en bandeja, para que le deis caña en todos los agujeros". Se hace un silencio, y luego estallan en risas roncas, pollas marcándose en los pantalones. "¡Hostia, Manuel, eres un cabrón suertudo! ¿Y si su marido pilla algo?", suelta Luis, pero sus ojos brillan como faros. "Que le den por culo al oficinista ese. Ella es nuestra esta noche. Mirad, ya llega". Toco el móvil y le mando un wasap a Laura: "Ven ya, puta. La fiesta empieza. Trae el coño limpio". Minutos después, la puerta se abre, y joder, qué entrada. Lleva un vestido rojo ceñido como una segunda piel, escote hasta el ombligo dejando sus melones 95D a punto de desbordar, falda tan corta que sus muslos prietos rozan el límite del pudor. Sus labios pintados de rojo puta sonríen como una depredadora, pero sus ojos... ay, sus ojos suplican verga. "Don Manuel, ¿tus amigos? Qué... acogedora la velada", dice con voz ronca, pero yo veo cómo se muerde el labio, el clítoris ya palpitándole bajo las bragas. "Pasa, Laura. Juega una mano con nosotros, y luego... ya verás". La siento en mi regazo mientras repartimos cartas, mi polla tiesa clavándose en su culo a través de la falda. Ella se remueve, gimiendo bajito: "Joder, abuelo, ya me pones cachonda". Mis colegas la miran como lobos, y yo pienso: "Esta puta va a chupar hasta reventar. Es mía para compartir, y lo va a adorar".

El mus vuela: bazas, envites, risas y tragos de vino que nos sueltan la lengua. Laura finge interés en las cartas, pero sus tetas rebotan con cada risa, pezones tiesos marcándose como balas. Pepe le roza el muslo "sin querer", Luis le echa un chorro de vino en el escote y lame el goteo con disimulo, Ramón le susurra guarradas al oído. Yo la noto empapada, su coño chorreando contra mi paquete. "Basta de cartas, cabrones", gruño al final de la mano, tirando la baraja. "Ahora, el postre. Laura, muéstrales lo que escondes". Ella se levanta, ojos brillantes de ninfómana en celo, y se arranca el vestido de un tirón: tetazas operadas botando libres, pezones rosados duros como guijarros, tanga mínimo empapado pegado a su chocho depilado. "Joder, mirad qué puta... ¿queréis follarme? Soy toda vuestra", suplica, abriendo las piernas en la mesa, exponiendo su guarro hinchado, labios relucientes de jugos. Mis colegas jadean, sacando vergas como si fuera un ritual: Pepe con su 18 centímetros torcido pero venoso, Luis con una morcilla gorda de 20, Ramón con 19 flacos pero con una cabeza bulbosa. La mía salta última, la bestia de 22, venosa y tiesa como hierro. "Primero, chúpala, zorra", ordeno, y ella se arrodilla en el centro del salón, rodeada de pollas como un altar pagano. "Sí, abuelos... dadme vuestras vergas", gime, empezando por la mía: labios carnosos abriéndose para engullir mi glande, lengua lamiendo la rajita mientras bombea con manos expertas. "Hostia, qué boca... esta puta mama como una profesional", pienso, tirándole del pelo para hundírsela en la garganta. Ella tose, saliva chorreando, pero pasa a Pepe: "Mmm, qué torcida y rica", sorbe su tronco, bolas en la boca, luego a Luis, estirando la mandíbula para esa morcilla, y a Ramón, ahogándose en su cabeza gorda. Rota las cuatro, gimiendo como loca: "¡Más pollas! ¡Quiero leche en la garganta!". Yo la miro, pensando: "Mira qué ninfómana desatada... la he convertido en una puta pública, y le flipa".

La cosa escala. La tiramos al sofá, yo primero: la monto crudo, mi verga reventándole el coño mientras ella grita "¡Sí, abuelo, estírame!". Sus paredes aprietan como un vicio, jugos salpicando mis bolas. Pepe se une, metiéndosela en la boca para callarla, chap-chap de garganta follada. "Ahora el doble, cabrones", ordeno, saliendo de su guarro chorreante. La ponemos de lado: yo en su coño, embistiendo profundo, rozando el cervix; Pepe en su culo, esa rosca ya inaugurada por mí, estirándola con su torcida hasta que grita de placer. "¡DP, joder! ¡Me llenáis los dos agujeros! ¡Folladme como a una perra!", berrea Laura, caderas meneándose para ordeñarnos, tetas rebotando contra el pecho de Pepe. Luis y Ramón se pajéan alrededor, untando precum en sus pezones. Siento su ano contra mi verga a través de la fina pared, el calor compartido volviéndome loco. "Esta puta es un coño andante... mira cómo se corre ya, squirtando como una fuente", pienso, mientras ella convulsiona, jugos empapándonos las bolas, contrayéndose en un orgasmo que nos aprieta hasta el dolor. Cambiamos: Luis en el coño, su morcilla gorda abriéndola como un puño, Ramón en la boca, follándole la cara. Yo me pajeo viéndola, pensando: "Joder, qué espectáculo... esta zorra nació para esto, para pollas múltiples".

Pero la guinda viene ahora, el DAP que soñé desde que le abrí el culo. "A cuatro patas, puta. Vamos a reventarte el ojete a tres", gruño, y ella obedece, culo en pompa, ano rosado y fruncido aún palpitante de la DP anterior. Escupimos en su rosca, untando vergas con saliva y sus propios jugos. Yo entro primero, mi bestia abriéndose paso en su recto apretado, centímetro a centímetro hasta las bolas. "¡Oh, Dios, qué grande! ¡Me rompes el culo!", gime ella, pero empuja hacia atrás, pidiendo más. Pepe se une, su torcida colándose al lado de la mía, estirándola hasta el límite: dos vergas en el mismo agujero, venas rozándose, su ano como un guante doble. "¡Duele tan jodidamente bien! ¡Más, abuelos, llenad mi culo!", suplica Laura, lágrimas de gozo en las mejillas, clítoris frotándose contra el sofá. Luis la calla con su morcilla en la boca, Ramón amasando sus tetas, retorciendo pezones. Siento la fricción brutal, Pepe y yo embistiendo alternos, su ano ordeñándonos como un vicio prohibido. "Hostia puta, qué apretado... esta ninfómana se traga dos pollas en el culo y pide tercera", pienso, sudando como un cerdo, el placer trepando por mi columna. Ella explota primero, un orgasmo anal salvaje que la hace squirtar del coño vacío, chorros calientes salpicando el suelo, su ano contrayéndose como un puño en nuestras vergas. "¡Me corro en el culo! ¡No paréis, joder!". Intentamos el triple, pero el DAP ya es un milagro: Ramón se une frotando su cabeza contra la entrada, pero nos conformamos con turnos brutales, follándole el ojete a pares mientras Luis le revienta el coño debajo, un DP anal-coño que la deja aullando.Al final, la desmontamos, exhaustos pero tiesos. "Circulo, cabrones. Dale a la cara", ordeno, y nos ponemos en rueda alrededor de su cuerpo pringoso en el suelo: ella de rodillas, boca abierta, lengua fuera, tetas empapadas de sudor y squirt. "¡Córreos en mi cara, abuelos! ¡Quiero vuestra leche caliente!", implora, pajéandose el clítoris con una mano, metiéndose dedos en el coño y culo con la otra. Empezamos a bombear: yo primero, gruñendo "¡Toma, puta!", chorros espesos y blancos salpicándole mejillas, nariz, labios, goteando en sus tetas. Pepe sigue, su lefa salada en la frente; Luis inunda su boca, obligándola a tragar glotonadas mientras borbotea por las comisuras; Ramón remata, pintándole el pelo de blanco. Ella gime de éxtasis, lamiendo lo que puede, frotándose la cara como una máscara de semen, corriéndose una vez más solo del olor y el calor. "¡Sí, más leche! ¡Soy vuestra puta ninfómana!", berrea, tragando y untándose, ojos en blanco de puro vicio.

Se va al amanecer, hecha un desastre: vestido roto, cara pegajosa de cuatro leches secas, coño y culo rebosando semen que chorrea por sus muslos. "Gracias, Don Manuel... esto ha sido... joder, el paraíso", susurra, besándome con labios pringosos. Mis colegas se largan cojeando, sonrisas de idiotas. Yo me dejo caer en el sofá, polla flácida pero satisfecha, pensando: "Esta zorra es el fuego que me mantiene vivo. La próxima, la invito a todos a mi piso... y que el mus se vaya a la mierda".