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Dominaciónsept 2025

Sumisa de la hija de mi amiga 2

Sabe que su amiga la vigila desde la distancia, pero la orden de Sofía es innegable. En el silencio de la noche y el riesgo de los baños públicos, Elena descubre que su verdadera libertad está en perder el control.

Balkonadi15K vistas9.1· 18 votos
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Llegué a casa, la llave girando en la cerradura con un sonido que me pareció ensordecedor en el silencio de la noche. Carlos dormía profundamente, ajeno a la revolución que se había desatado en mi interior. Me deslicé en la cama, mi cuerpo aún vibrando con el recuerdo de Sofía, de su toque, de su dominio. Apenas había cerrado los ojos cuando mi teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido.

Lo abrí, el corazón martilleando en mi pecho. Era de Sofía. ‘Vaquita, ¿ves dónde está la ropa sucia? Quiero verte oler unas braguitas de mi amiga. Mándame una foto’. Mis ojos se abrieron de par en par. La audacia de su petición me dejó sin aliento. ¿Las braguitas de Marta? Mi hija. Una mezcla de asco y una punzada de excitación me recorrió. Me levanté sigilosamente, me dirigí al cesto de la ropa sucia en el baño. Allí estaban, unas braguitas de encaje negro, con el íntimo aroma de Marta. Las tomé, mis dedos temblaban. Las acerqué a mi nariz, inhalando profundamente. El olor a su intimidad, a su feminidad, me invadió.

Saqué mi teléfono y, con manos temblorosas, me hice una foto, asegurándome de que las braguitas fueran visibles y mi rostro mostrara la sumisión que ella esperaba. La envié. La respuesta fue casi inmediata. ‘Guárdatelas, Vaquita’, decía el mensaje. ‘La próxima vez te quiero ver llevándolas puestas para mí. No las laves’. La orden me dejó helada. Llevar la ropa interior sucia de Marta. La humillación era profunda, pero la excitación, aún más.

Volví a la cama, mi mente un torbellino de pensamientos. Carlos se movió a mi lado, su mano buscando la mía. Me acerqué a él, besé su frente. Hicimos el amor, comotantas otras noches. Pero mi mente no estaba allí. Mi mente estaba en mi joven ama, en sus órdenes, en la promesa de un futuro de sumisión y placer que apenas comenzaba. Sentía el cuerpo de Carlos sobre el mío, pero era la imagen de Sofía, sus ojos azules, su sonrisa depredadora, la que me consumía. Cada embestida de Carlos era un recordatorio de la nueva vida que se abría ante mí, una vida de secretos, de deseos inconfesables, de una obediencia que me liberaba de una manera que nunca hubiera imaginado.

Me desperté con un nuevo mensaje. Era de Sofía. Quería una foto de mi culo desnudo en pompa. La vergüenza me invadió por un instante, pero la imagen de su sonrisa depredadora en el hotel me impulsó a obedecer. Me coloqué frente al espejo, me desnudé, levanté mi trasero y capturé la imagen. Se la envié.

La respuesta no tardó en llegar: ‘Eres una vaquita, Elena. Me vuelves loca’. Una sonrisa tonta se dibujó en mis labios. Me sentía como una adolescente, embriagada por la atención de Sofía. Al rato, mientras intentaba concentrarme en mi trabajo en la notaría, mi móvil vibró de nuevo. Era ella. Me decía que había salido de la universidad y que había estado con mi hija. Un escalofrío de pánico me recorrió. ¿Y si Laura sospechaba algo? Pero Sofía continuó, sin inmutarse, que no se podía quitar de la cabeza mi culo y que estaba caliente. Me preguntó cuándo saldría. Le respondí que en media hora podría estar fuera. Me dijo que me esperaba en un centro comercial cercano.

La idea de que nos vieran juntas en un lugar público me aterrorizó. ‘Nos pueden ver juntas y me da miedo’, le escribí. Su respuesta fue inmediata: ‘Ve a los aseos del segundo piso’. Mis manos temblaron mientras guardaba el móvil. La adrenalina se disparó. Me inventé una excusa para mi compañera y salí disparada.

Al llegar a los aseos del segundo piso, el corazón me latía con fuerza. Entré y busqué con la mirada. Ella me esperaba en uno de los cubículos, con la puerta entreabierta. Al verme, sonrió, una sonrisa astuta que ya conocía. ‘¿Estás lista para obedecer?’, preguntó, su voz baja y seductora. Asentí, incapaz de hablar. Dentro, me pidió que me desnudara. Mis manos temblaron mientras me quitaba la ropa, sintiendola humedad del aire frío en mi piel.

Ella me observó, sus ojos azules recorriendo mi cuerpo con una excitación palpable. Sus manos se posaron en mi cintura, luego en mis nalgas, magreándome con una posesividad que me hizo gemir. A continuación, se sentó en la taza del inodoro, separó las piernas y me hizo comerle el coño. El olor a mujer, a excitación, me invadió de nuevo. Mis labios rozaron su piel suave, mi lengua exploró su intimidad. Ella gimió, y yo me entregué por completo a su deseo, sintiendo el placer de la sumisión, el sabor de su esencia en mi boca.

Ese sabor de Sofía era embriagador, una mezcla de dulzura y sal, de excitación y prohibición. Mis labios y mi lengua se movían con una urgencia que no reconocía, explorando cada pliegue, cada rincón de su intimidad. Ella gemía, sus dedos enredadosen mi cabello, empujándome más y más cerca. El sonido de los secadores de manos y las voces amortiguadas de fuera del cubículo solo aumentaban la intensidad del momento, el riesgo de ser descubiertas, el placer de lo prohibido. Sentía su cuerpo temblar bajo mis caricias, y el clímax llegó para ella con un grito ahogado que apenas pudo contener, un torrente cálido y espeso que tragué sin dudar, sintiendo su placer como si fuera el mío propio.

Me quedé allí, arrodillada, con el sabor de ella en mi boca, mi cuerpo tembloroso, mi mente en un estado de éxtasis y sumisión total. Cuando recuperé el aliento, Sofía me levantó suavemente. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de triunfo y deseo. Me empujó contra la pared del cubículo, y sus manos expertas se deslizaron por mi cuerpo, encontrando mi intimidad. Sus dedos se movieron con una habilidad asombrosa, acariciando, presionando, provocando. El placer se extendió por mi cuerpo como una descarga eléctrica, cada toque intensificando la sensación. Mis gemidos eran apenas susurros, ahogados por el miedo a ser escuchada,

La excitación era demasiado grande para contenerla. Mis piernas temblaban, mi espalda se arqueaba, y el orgasmo me sacudió con una fuerza incontrolable, dejándome sin aliento y completamente satisfecha. Después de unos minutos, cuando nuestras respiraciones se calmaron, me miró con una sonrisa. “¿Te ha gustado, vaquita?”, preguntó, su voz ronca. Asentí, aún sin poder hablar. “Esto es increíble, Sofía”, logré decir finalmente. “Estoy disfrutando mucho de todo esto, pero... tenemos que tener cuidado. Nos pueden descubrir aquí, o encualquier otro sitio. Mi hija, tu madre... no podemos arriesgarnos”. Ella me acarició la mejilla, su pulgar rozando mis labios. “No te preocupes, Elena. Nuestro secreto está a salvo conmigo. Sé cómo manejar esto”. Su seguridad era tranquilizadora, pero la punzada de miedo persistía. Me vestí rápidamente, mis manos aún temblorosas. Cuando terminé, Sofía me detuvo. “Tus braguitas”, dijo, con una sonrisa pícara. “Me las quedo yo. Como recuerdo de nuestra cita en el centro comercial”. Sentí mis mejillas arder, pero no pude negarme. La dejé quedarse con mi ropa interior, una prenda íntima que ahora se convertía en un trofeo, un símbolo de nuestra transgresión secreta.

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