Xtories

Tokio Blues

Keiko nunca imaginó que un café de cortesía la llevaría a las rodillas de un extraño. Katsumi no pide permiso, solo toma lo que quiere, y ella descubre que su educación es el primer obstáculo que debe romper para sentirse viva.

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-¿Lo llevas todo Aiko?, ¿no se te olvida nada, pasaporte, dinero…?

-Si mamá, lo llevo todo. He revisado la maleta tres veces antes de salir de casa.

-No entiendo porqué no quieres que vaya al aeropuerto contigo Aiko.

-Porque tengo diecinueve años y no es la primera vez que salgo de Tokio mamá.

Ambas, madre e hija se encontraban en la estación de Shinagawa esperando el tren que llevaría a Aiko al aeropuerto de Haneda. Para Aiko era su primer viaje a Europa, a la Italia natal de su padre.

-Cuando llegues a Génova da muchos recuerdos de mi parte a tu abuela y a tu padre. El que estemos divorciados no quiere decir que perdamos la buenas formas.

-No te preocupes mamá, lo haré. Todavía no me explico porqué os separásteis con lo buena pareja que hacíais.

-Nada es para siempre hija mía. Tu padre y yo nos quisimos mucho hasta que se terminó.

-¡Aiko, Aiko!, ya estoy aquí. -Sonó un grito desde el otro lado del vestíbulo de la estación.

-¡Buf!… Hiromi, pero mira que es ordinaria.

-No te enfades Aiko, ella es así...espontánea.

Hiromi dio un abrazo a su amiga Aiko, mientras dejaba caer su mochila de viaje al suelo. Iba acompañada de un hombre elegantemente vestido con un traje oscuro, camisa blanca y corbata también oscura.

-Hola, soy Katsumi, el padre de Hiromi, -dijo el hombre presentándose.

-Yo soy Keiko, la madre de Aiko.

-Gracias por invitar a Hiromi a este viaje a Europa, le hace mucha ilusión. Lleva días que no para tranquila en casa.

-Por favor, no las merece. Es una experiencia muy grande para las niñas.

-Mamá ya viene el tren, dejaos de protocolo y dame un abrazo.

-Cuídate hija mía, buen viaje.

La despedida entre Hiromi y Katsumi fue más fría que la de madre e hija. Ambas jovencitas entraron en el vagón, y se sentaron junto a la ventana. Se las veía emocionadas con la aventura que estaba a punto de comenzar.

-Bueno, pues allá van. -Dijo Katsumi algo entristecido.

-Pues si, y parece que fue ayer cuando no levantaba un palmo del suelo.

-¿Me permite que la invite a tomar un café aquí cerca?. Si no tiene otra cosa que hacer.

-Por supuesto, acepto esa invitación.

-¿Conoce el OH Bar?, está en Higashi.

-No, no he estado nunca. Pero por favor trátame de tu y dejemos las formalidades, ¿te parece?

-Gracias...Keiko.

Cuando llegaron a bar tomaron asiento en un rincón lejos de la puerta, y pidieron sendos cafés solos. A pesar de que sus respectivas hijas se conocían desde hace tiempo, ambas familias no habían tenido la oportunidad de presentarse.

-¿El padre de Aiko no ha venido a despedir a su hija?

-Estamos divorciados desde hace un año. Es italiano y ahora vive en Génova. ¿Y la madre de Hiromi?.

-Ella murió en un accidente de coche hace dos años. Soy viudo.

-Vaya, lo siento. Perdona la pregunta.

-Para nada Keiko, tampoco lo sabías.

-¿Puedo saber a qué te dedicas?, -preguntó Keiko mientras llevaba la taza de café a la boca.

-Soy ingeniero y trabajo en las astilleros de Kawasaki. Antes estaba a pie de obra, pero ahora estoy más en la oficina de diseños. ¿Y tú Keiko?.

-Soy la relaciones públicas de la oficina que representa en Japón a marcas italianas de lujo como Gucci, Prada, Marni, Botega Venetta, etc. Mi padre era diplomático y viví muchos años en Italia y España.

-Ya decía yo que se aire que tienes tan sublime era por algo.

-¡Vaya, gracias!. ¿Sublime?, ¡jajajajajaja!.

-Si, si...no te rias. Tienes un aire especial.

Keiko no pudo evitar que se le subieran los colores.

-¿Tienes solamente una hija, a Hiromi?, -interrogó Keiko.

-Si, mi mujer y yo queríamos tener más hijos, pero desgraciadamente no pudo ser. ¿Y no has rehecho tu vida después del divorcio?.

-No he querido, estoy muy bien como estoy ahora. Cuando Aiko se vaya definitivamente de casa, ya pensaré algo. ¿Y tú?

-No me ha surgido la oportunidad de conocer a esa otra media naranja. He preferido dedicarle todo mi tiempo a Hiromi.

-¿Qué te parece si nos tomamos algo más fuerte, unas cervezas en Hitachino?, te invito yo ahora Katsumi.

-Genial.

Cuando se quisieron dar cuenta, era más de media noche y tenían en el cuerpo unas cuantas cervezas. Antes de que el estado de euforia pasara a mayores, decidieron irse a casa.

-Te llevo hasta tu casa Keiko, ¿dónde vives?, -preguntó Katsumi sacando del bolsillo de la chaqueta las llaves de su Toyota Crown.

-Yo vivo en Ginza, ¿y tú?

-En Odaiba. Está tu casa más cerca de aquí que la mía, así que gano yo. Te llevo.

Katsumi condujo por las desiertas calles hasta el bloque de apartamentos donde vivía Keiko. Cuando llegaron se bajó y de forma caballerosa, abrió la puerta del coche a Keiko y la acompañó hasta el portal.

-¿Cómo te lo has pasado?, -le preguntó Katsumi.

-De maravilla, hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien, y sin planear. -respondió Keiko ladeándose el flequillo.

-Éste es mi número de teléfono Keiko, si alguna vez te apetece podríamos repetir, -dijo Katsumi mientras escribía el número en la servilleta que había cogido del bar.

Habían pasado casi quince dias desde el primer encuentro entre Keiko y Katsumi. En más de una ocasión Keiko pensó en llamarle, pero siempre se arrepentía en el último momento. Una tarde tomó la decisión.

-Dígame, Katsumi Sato al teléfono.

—Hola. Soy Keiko, —contestó.

—¿Keiko?… —preguntó él.

—La madre de Aiko, la amiga de Hiromi

—¡Ah!, si, si ya te recuerdo… ¿Qué se te ofrece Keiko?.

“¿Que qué es lo que se me ofrece?, ¿de verdad que preguntas eso después de darme tu teléfono?”, pensó Keiko al escuchar la pregunta.

—Me preguntaba si querrías tomar un café conmigo.

—¿Un café? —preguntó Katsumi como si fuera una invitación inoportuna.

—Pensaba que podrías querer o que te apetecería...perdona si te ha molestado, —le dijo Katsumi.

—¿No te apetece más que cenemos? —preguntó él.

—Por la noche no puedo. Tengo compromisos.

—No tienes a tu hija, y vives sola. A menos que tu status haya cambiado en estos dias.

—Y así es, pero tengo que trabajar y necesito madrugar.

—Solamente es una cena.

—¿Con qué propósito? —preguntó Keiko haciéndose la inocente.

—Vale, mejor voy prepararando la cafetera. Te mando mi ubicación. Vivo en el ático, puerta B. Te espero, —le dijo con autoridad.

Katsumi colgó sin esperar la respuesta de Keiko dando por hecho que iría sin vacilar. Keiko pensó que después de ese arranque de soberbia, había que bajarle los humos, pero no fue así. Se vistió con la ropa más sensual de su armario, y se puso su mejor perfume para salir de casa. Subió a su Lexus y puso la ubicación en el navegador.

Katsumi la recibió con una sonrisa. Iba descalzo, con unos vaqueros rotos y el torso desnudo luciendo un cuerpo atlético, bien trabajado en un gimnasio y bastante inusual para un asiático. Keiko también iba en vaqueros de marca ajustados, marcando curvas y con unos zapatos de tacón. Para la parte superior se había puesto un jersey de punto fino ajustado con un cuello de pico que dejaba a la vista el canalillo.

—Estás muy guapa, —le dijo mirando el escote.

Cogió a Keiko por la cintura con una mano y se acercó a él. Con la otra mano agarró una de sus nalgas y la presionó. La miró muy de cerca durante unos segundos y Keiko casi abre su boca deseosa.

—¿Quieres ese café?, —le preguntó.

No le cupo duda de que no había ido a tomar café. Ella pasó por alto la pregunta y le comió la boca enredando su lengua con la de él. Las manos de Katsumi se aferraron a las nalgas de ella acercándola más a él. Ella sintió su miembro hinchándose en su vientre a la vez que sus pantalones empiezaron a molestarla. Sintió sus caricias por el cuerpo hasta llegar a los pechos. Le quitó el jersey, y aprisionó las tetas; las masajeó con rudeza al tiempo que quitó la prenda. Las vuelvió a manosear y a continuación hundió su cabeza. Sus pezones fueron devorados con auténtico ímpetu por una lengua que los abrasó. A Keiko la raja de su sexo se le abrió. De forma inesperada notó una mano aterrizando en su sexo y unos dedos empiezaron a hurgar en él a través de la tela del pantalón, a la vez que su mano buscó la entrepierna de Katsumi exageradamente abultada.

Bruscamente le dio la vuelta, la apoyó las manos en el respaldo del sofá, le bajó los vaqueros de golpe e hizo lo mismo con las bragas, dejando su trasero a su merced.

—Menudo culo tienes, zorra, —le dijo pareciendo haber mutado en otro hombre, pero ella estaba tan caliente que no se paró a pensar en sus modales. Sin cambiar la posición, vuelvió la cabeza mientras él se desabrochaba el cinturón, bajó el pantalón y sacó una palpitante y apetitosa polla.

—Ponte un condón, —le pidió.

Pero Katsumi no tenía la más mínima intención.

Con los pantalones y las bragas bajadas siente una fuerte palmada en su nalga derecha que hace emitir un quejido. Una segunda palmada con más contundencia le dejó la marca en la otra nalga y su culo tomó un tono rojizo.

—¿Quieres que te folle, o prefieres ir a a comprar esos condones?, —le preguntó.

Keiko se olvidó de los condones, pero su educación le impidió decirlo abiertamente.

—¿No es lo que deseabas zorra? —le repitió.

—No me hables así, —le respondió Keiko.

—No me vengas con remilgos que veo que tu coño está mojadísimo.

—Pero serás cabrón, —le reprendió de nuevo Keiko.

—¿Me equivoco? —preguntó mientras los dedos de su otra mano chapoteaban dentro de su coño provocando chasquidos y haciendo que resbalaran sus líquidos entre las piernas.

Keiko movió su pelvis y sus gemidos se escaparon de forma involuntaria de su boca.

—Eso es. Mueve el culo, — le ordenó Katsumi al tiempo que sus manos se movieron más y más rápido dentro de ella.

Keiko hubiera querido desembarazarse de aquél salvaje, pero también gritar de gusto con sus dedos follándola. Intentó reprimir esas ganas, pero al final se rindió al orgasmo y liberó los gritos de placer, a la vez que le temblaron las piernas y sus flujos se desparramaron sin contención.

Sin tiempo para recuperarse, notó el glande presionando la entrada de su raja desde atrás, y con un firme empujón, su vagina engulló la polla de Katsumi. Exhaló un suspiro al sentir su verga dentro de ella, y el placer volvió con fuerza en forma de movimientos repetitivos, que fueron ganando velocidad y rudeza, entrando y saliendo de su coño mientras movía el culo queriendo sentir todo el puntal.

—Menuda puta estás hecha. Te morías de ganas por una buena polla, ¿verdad?. —le dijo cogiéndola del pelo y tirando hacia él mientras la arremetía con energía y le arrancaba gemido tras gemido en cada embestida.

Keiko se deshizo de los pantalones y de las bragas con la ayuda de sus pies, y eso facilitó que pudiera abrir las piernas para sentirlo mejor.

—¡Qué culazo tienes cabrona! —exclama poseído por el deseo.

Pero a Keiko no le molestó ni los insultos ni que sean soeces, sino que la pusieron cada vez más cachonda y entró en un estado de excitación que no recordó haber tenido nunca. La polla de su amante entraba y salía de ella socavándola, horadándola con contundentes golpes de cadera. La pelvis de Katsumi se estrellaba contra las nalgas de Keiko de forma contundente. Ella estaba a punto de alcanzar su segundo orgasmo, cuando Katsumi se la sacó por completo. Sintió un gran vacío. Él le dio la vuelta, la puso de rodillas y le puso la verga delante de la cara. Keiko la observó un instante, dura, erguida, recia y tan venosa. Admiró la envergadura. Justo cuando iba a cogerla, él se lo impidió, y en cambio lo hizo él. Se la sujetó con fuerza y empezó a darle pollazos en la cara antes de empezar a masturbarse. Keiko intentó atraparla con la boca, pero él no la dejó. Solamente cuando él quiso se la incrustó en la boca, pero sólo el tiempo justo para que Keiko pudiera darle unos lametones y se la volvió a retirar hasta que cansada del juego, ella la cogió de la base y la atrapó, para dedicarle la mejor de las mamadas.

Su boca empezó a segregar saliva que fue resbalando por el tronco. Con sus dedos índice y pulgar hizo un anillo recorriendo el tallo, al mismo tiempo que su boca acaparó todo lo que daba de sí hasta atragantarse.

—¡Buuuf!, que bien lo haces, si sigues así harás que me corra, —le advirtió Katsumi con cara desencajada.

Pero Keiko no le hizo caso y siguió con más ahínco. Se dio cuenta de que verdaderamente tenía razón, cuando rápidamente él se separó de ella. Se quitó los pantalones por completo, la cogió en brazos y se la llevó a la habitación. Allí la soltó como si fuera una muñeca sobre la cama, la abrió de piernas, y metió su cabeza entre ellas. La mordió primero suavemente por la parte superior de los muslos y ella buscó, moviendo la pelvis, la lengua de él. Katsumi se paró un instante contemplando el sexo de Keiko, pero en su ansiedad, ella aferró su cabeza y la empujó con la intención de que hundiera su lengua en las profundidades de su vagina. Katsumi no se resistió. Olió su aroma, separó los pliegues con la lengua y la paseó por la raja saboreándola. Un hilillo de líquido se deslizó hacia el ano y él lo atrapó antes de que llegara a su destino. Su lengua repasó en vertical toda la zona, desde al ano hasta el clítoris, repetidas veces, y ella lo acompañó con movimientos sincronizados de sus caderas, después hundió un dedo dentro de ella, mientras la lengua aterrizó en el botón del placer.

Los gemidos de Keiko se intensificaron, y Katsumi aceleró el movimiento de su dedo. Añadió otro al mete y saca, a la par que la lengua se centró en el clítoris.

Los dedos incursionaron buscando el punto G y lo apretó varias veces. La excitación de Keiko y sus gemidos invadieron la habitación. Cuando Keiko creyó que iba a correrse, Katsumi se detuvo al intuirlo, y ella se quedó quieta respirando aceleradamente algo frustrada, pero no por mucho tiempo. Seguidamente él se incorporó, colocándose encima de ella y penetrándola. Sus manos agarraron las duras nalgas del hombre y clavó sus uñas en ellas, con la misma intensidad que el placer que él la daba. Apretó con fuerza y gritó con desesperación sintiendo como la polla la abría en canal.

—¿Te gusta Keiko? —preguntó llamándola por su nombre por primera vez en la tarde.

-¡Siii!, fóllame fuerte más fuerte Katsumi, ¡ah!, ¡ah!, ¡ah!

Katsumi embistió con fiereza. Las piernas de Keiko se engancharon a su espalda. Su cuerpo fibroso empezó a brillar empapado de sudor. Un sudor que comenzó a gotear sobre el cuerpo de ella. Keiko gimió y gritó totalmente desinhibida pidiéndole que la follara más fuerte, y él no se hizo de rogar. Empezó a hacerlo de forma salvaje y con cada pollazo, los gritos de Keiko invadieron la habitación. Él no fue menos y se unió a los de ella. Su coño convulsionó succionando la verga de su amante, mientras él empezó a resoplar. A las contracciones de ella se unieron las de él y fundieron los clímax en un concierto de jadeos y gritos. Keiko sintó las descargas de semen golpeando las paredes de su coño sin que el orgasmo la abandonara. Gritó con fuerza, y cuanto más gritó, más placer pareció darle. La erección de Katsumi es como una jodida barra de hierro al rojo vivo en su interior y en unos últimos estertores terminó de soltar su carga de leche cálida y ella se quedó quieta. Mientras su vagina convulsionaba una última vez, el extrajo su miembro. La leche salió de su interior sin contención, pero Kekiko estaba demasiado exhausta para moverse.

A continuación él se levantó para ir al lavabo y ella admiró su cuerpo por detrás desde la cama. Su espalda bien formada y sus nalgas redondas y duras eran una delicia para sus ojos. Cuando regresó lo contempló por delante. Su torso bien formado, dibujando los pectorales y los abdominales. Su polla flácida se balanceaba a ambos lados como un péndulo, y aunque estaba laxa, su tamaño superaba al que ella estaba acostumbrada, incluso en completa erección, y creyó que su cara reflejaba sus pensamientos.

Se aproximó hasta ella enseñando sus genitales sin ningún pudor, plenamente consciente de su potencial, pero Keiko también necesitó lavarse y se lo hizo saber.

Mientras se lavaba, Keiko hizo balance de lo ocurrido. La había hecho sentir como la más vulgar de las putas y lo paradójico es que lo había gozado como si lo fuera.

Cuando regresa, la sábana sucia estaba tirada en el suelo y había colocado otra nueva y limpia. Él estaba en la cama mientras se acariciaba la verga en movimientos lentos, mostrándola sus atributos en su plenitud. Su polla erecta apuntaba al techo y su mano se movía arriba y abajo al tiempo que ella miró embelesada el trozo de carne. El pensamiento de Keiko fue trascendental pero incoherente. “Me siento a su lado y le cojo la verga. Escupo sobre ella y empiezo a masturbarlo con movimientos lentos”.

Intercambiaron las miradas. La de Katsumi era lasciva, sabiendo que tenía el control y que la tenía a su merced. La de Keiko era viciosa. El deseo la invadió se había corrido dos veces y quería más. Nunca la había pasado algo así.

La tenía tan dura que no le importó lo mucho que se la apretase. Es, como había pensado antes, una jodida barra de hierro que se metió en la boca. Su lengua recorrió el tronco repasando cada vena y pliegue hasta llegar a sus pelotas. Seguidamente sus labios abrazaron el tronco y se lo hundió hasta provocarla una arcada. La polla se llenó de saliva y los chasquidos de la mamada junto a sus gemidos resonaron en el habitáculo. Él se apartó bruscamente para no eyacular, y colocó a la mujer encima para que le cabalgara. Keiko cogió el falo, se lo encaró en su sexo, y se dejó caer con parsimonia hasta que la llenó por completo. La vista se le nubló. Cerró los ojos y empezó a moverse arriba y abajo queriendo sentir cada centímetro de carne. De forma progresiva, sus caderas incorporaron otros contoneos como si quisiera enroscarse el cipote. Los meneos se multiplicaron de tal modo que su pelvis adquirió vida propia agitándose en todas direcciones. Entre tanto, Keiko notó como un dedo inicia un masaje en su ano, añadiendo una agradable sensación que se intensificó cuando se lo hundió.

Kekio no se reconoció cuando se vió reflejada en el espejo de la habitación saltando de forma desbocada sobre su montura, al tiempo que la verga percutía en sus adentros a una velocidad vertiginosa, gestando con ello el clímax. Erguida sobre él, dando botes, Keiko se masajeó las tetas sin dejar de mirarse al espejo. El orgasmo golpeó sus bajos y gritó de gusto sin ningún pudor.

Estaba extenuada y se dejó caer a un lado como si fuese un peso muerto. De inmediato Katsumi se incorporó y colocó su verga a la altura de su cara para masturbarse. Ella miró la escena mientras su mano se movía con celeridad. El sudor resbalaba por su cuerpo, sus músculos se tensaron, sus piernas se doblaron echado su cuerpo hacia atrás. Su boca liberó un prolongado gemido y un latigazo de leche cálida y espesa escapó de su polla yendo a parar a su cara, un segundo la dejó medio ciega y un tercero terminó en su boca. Las gotas últimas de menor intensidad resbalaron por su cuello. Tras la descarga él metió su verga en la boca de ella para que se la limpiara. Lo hizo con alguna reticencia, paladeando el sabor amargo del semen. Keiko volvió al baño para lavarse de nuevo. Se miró en el espejo, y se vió distinta. Su cara desencajada y llena de esperma no ofreció su mejor imagen.

Cuando adecentó su aspecto, salió del baño y se vistió con rapidez queriendo salir de allí. Él la acompañó hasta la puerta y la besó; ella se lo correspondió con algo de desgana.

—¿Volveré a verte? —preguntó Katsumi.

Keiko no respondió. Asintió con una forzada y distante sonrisa, pero supo que no lo haría.