Tormenta en el Bar 1
La lluvia los atrapó en el mismo lugar, pero fue el deseo lo que los unió. Entre miradas cómplices y toques que queman más que el alcohol, descubren que la tormenta exterior no es nada comparada con la que despiertan el uno en el otro.
La lluvia caía sin misericordia, empapando mi cabello y mi ropa, obligándome a correr por la calle como si el mundo entero estuviera en contra mía. Cuando vi la luz cálida del bar en la esquina, no lo pensé dos veces y me refugié adentro, sintiendo un alivio inmediato por el calor y el olor a madera y alcohol.
Me acerqué a la barra, y temblando un poco, y pedí, sin siquiera mirar la carta: "Una mezcalina, por favor.” El barman asintió, y mientras él preparaba mi trago, sacudí el agua de mi abrigo y respiré hondo, disfrutando de ese instante de respiro.
De repente, escuché el sonido de la puerta abrirse y unas carcajadas masculinas. Tres chicos entraron empapados, charlando entre ellos. Uno de ellos se acercó a la barra, pidiendo un trago, mientras sus amigos se dispersaban un poco. Tenía el cabello oscuro pegado a la frente, la camisa mojada y una sonrisa que parecía confiar demasiado en sí mismo.
“Vaya, parece que la lluvia nos igualó a todos,” dijo, con un tono que mezclaba humor y algo de descaro, mientras pedía un trago.
No pude evitar soltar una risa. “Sí… increíble tormenta,” respondí.
Él levantó la ceja y sonrió. “Soy Leo,” dijo extendiendo la mano. “Y esos son Marco y Dani, mis compañeros de desgracia húmeda.”
Le devolví la sonrisa y un leve apretón de manos. “Encantada… y bueno, parece que tus amigos tendrán que esperar.”
Leo soltó una risa y nos quedamos mirándonos un momento. Hizo un pequeño chiste sobre lo mal que nos había caído la lluvia, algo que me hizo sonreír sin querer, y luego, con un guiño, se fue con sus amigos a otra mesa, dejándome un poco intrigada.
Mientras tanto, yo disfrutaba mi trago: la mezcalita me calentaba, y empezaba a sentir cómo la humedad de la lluvia se transformaba en un cosquilleo de excitación mezclado con respiro.
No pasó mucho tiempo antes de que Leo regresara. Se acercó a mi lado de nuevo, sin prisa, y esta vez la mirada era más directa, más concentrada en mí.
“Vaya… parece que estás disfrutando la tormenta de otra forma,” comentó, señalando la mezcalita y un shot que el bartender me había regalado, mis tragos y la sonrisa que no podía ocultar.
“Sí, me gustan los riesgos… y los buenos tragos,” respondí, dejando que mis palabras fueran casuales, aunque ya sentía que el ambiente entre nosotros cambiaba.
Leo se sentó más cerca, y comenzamos a hablar de cosas comunes: la ciudad, la lluvia, música, lugares que nos gustaban. La conversación fluía sin esfuerzo, y aunque al principio parecía trivial, poco a poco se volvió más personal. Me contó sobre su trabajo, sus amigos, lo que le gustaba hacer los fines de semana. Yo respondía con mis propias historias, comentando mis gustos, algunas anécdotas graciosas de la semana, y riendo con él mientras hacía pequeños comentarios juguetones.
Entre trago y trago, me serví otra mezcalita. Leo lo notó y sonrió, como aprobando mi ritmo. “Vaya, te gusta disfrutar cada momento, ¿eh?” murmuró con complicidad.
“Sí… no me gusta desperdiciar una buena tormenta,” respondí, jugueteando con mi vaso.
Su mano rozó accidentalmente la mía al hablar de algún recuerdo gracioso, y sentí un escalofrío. “¿Accidentalmente?” pregunté con una sonrisa traviesa.
“No sé… tal vez fue intencional,” admitió, con una mirada que me hizo perder el control por un segundo.
A partir de ahí, el tono cambió lentamente. Los comentarios se hicieron más cercanos, más personales. Sus ojos no dejaban de mirarme, y yo sentía cómo el calor subía dentro de mí con cada palabra, cada risa compartida, cada roce accidental que empezaba a parecer demasiado calculado.
“Te ves… increíble bajo la lluvia,” dijo finalmente, con un tono más bajo y ronco.
Mis mejillas se sonrojaron. “Y tú pareces disfrutar demasiado de mojarte,” respondí, sin poder evitar un pequeño jadeo al sentir su mano acercarse un poco más a la mía, rozando mi muñeca.
Cada palabra era un juego de provocación ahora. Me hablaba de manera más intensa, mientras yo empezaba a corresponder con miradas y toques sutiles. “No puedo dejar de pensar en cómo se sentiría… estar más cerca de ti,” murmuró, inclinándose apenas hacia mí.
“Yo tampoco… y creo que ya estoy lista para averiguarlo,” respondí, con voz temblorosa de anticipación.
Leo sonrió, casi triunfante, y bajó la mano por mi brazo hasta mi cintura. Sus labios encontraron los míos con hambre contenida, y un beso lento y húmedo me hizo estremecer. Mis manos exploraron su espalda, sintiendo cada músculo tenso, y la excitación creció con cada caricia.
“Dime que lo quieres… ahora,” susurró entre besos, su respiración caliente mezclándose con la mía.
“Sí… lo quiero,” jadeé, dejando que su cuerpo se pegara al mío.
Mientras la barra del bar se desdibujaba alrededor nuestro, los tragos que había tomado —las mezcalitas ya ardían en mi interior y aumentaban mi deseo. Cada palabra sucia que me decía me hacía perder más la razón, y yo respondía con gemidos y susurros, alimentando la tensión que nos consumía.
“Eres tan puta por desearme así frente a todos,” murmuró, y yo solo pude gemir, inclinándome hacia él, incapaz de resistir más.
El calor entre nosotros era innegable. Sus manos recorrían mi cuerpo, mis labios buscaban los suyos, y las palabras sucias no paraban: “quiero sentirte, sentir tu piel, tu calor… no me hagas esperar más.”
La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro del bar, éramos solo nosotros, dejándonos llevar por la tormenta que habíamos creado juntos.
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