Xtories

El despacho

La oficina está vacía y el silencio solo se rompe con susurros prohibidos. Ella, la jefa, cree tener el control, pero él decide tomar las riendas de una noche que no debería ocurrir. ¿Qué pasará cuando las puertas se cierren y nadie pueda escuchar sus gritos?

Frank19748.3K vistas

El despacho

Suerte que ya no queda nadie en el despacho y estamos solos. La hora que es y seguimos aquí los dos.

No me mires así que sabes que no puedo aguantarme y me veo obligado a acercarme a ti.

Me obligas a agacharme mientras sigues sentada en tu sillón de jefa, al otro lado de la mesa mientras a mí me dejas en el de los clientes, pues si te pones así me tendré que dirigir a donde tú estás.

Vale, al final me toca agacharme para poder besarte y el sillón reclinable trata de poner más espacio entre tú y yo. Pero agacharme un poco más ya da igual mientras nuestros labios sigan juntos. Uyuyuyuy, ese crujido en la silla no me ha gustado, mejor ponte de pie.

Con los tacones tienes buena altura, puedo besarte el cuello sin contorsionismo ni acrobacias, y parece que te gusta porque ríes entre dientes.

¡¡¡Sorpresa!!! Me voy a colocar detrás tuya y a apartar tu cabello porque queda más cuello por besar, acariciar y morder. Aceleras tu respiración, se dilatan tus fosas nasales. A mí me pasa igual, el perfume de hoy es muy dulce y suave. Y eso me atrae.

UPS!!. El botón de tu blusa pide ayuda. ¿Seguro que es tu talla o te la has comprado más pequeña para que se ajuste más a tu cuerpo? Da igual, mejor le quito presión a ese pobre botón, y al siguiente, y al siguiente, y al siguiente y ya que estamos a este último también.

Me gusta tu color de piel nacarado. Y el tacto caliente y suave de tu piel, me gusta deslizar las yemas de mis dedos por tu vientre. ¿A donde ha ido a parar tu blusa? Ah, ya la veo, se ha quedado en el sillón de jefa. ¿Sabes que me gusta tu espalda? ¿Y que me gusta la curva de tu cuello? ¿Y que me encanta morder tu clavícula? Y que me gusta terminar besando tu hombro? Lo que me molesta es la tira esta del sujetador, pero se retira hombros abajo y listo. Un hombro al alcance de mis manos y de mis labios. Y lo mejor es que al otro lado de tu melena descubro otro hombro que requiere ser atendido, donde otra clavícula espera ser mordida y otro hombro besado. Aunque parezca que me gusta hacerte sufrir, ni de lejos es mi intención, no es así, pero ver cómo arqueas la espalda cuando un escalofrío la recorre al sentir mi lengua por tu columna vertebral si.

E instintivamente posas tus manos en la mesa de jefa, mientras recorro tu espalda con la yema de mis dedos. La espalda, ese lugar tan lejano porque no nos la podemos ver y a la vez tan cercano cuando nos acarician por ella.

Pero sorpresa de nuevo. Click y sostén desaparecido. Espalda libre, sólo unas marcas recuerdan que en un pasado reciente allí hubo algo.

Retiro tu cabello y la línea central de tu espalda me devuelve a tu cuello que me invita a besar y a subir hasta donde nace el cabello, donde encuentro unas orejas que invitan a ser mordidas, donde susurrar palabras escogidas y atrevidas donde oír leves gemidos, donde esconder amoríos secretos, un te amo, un te quiero.

Donde comenzar a bajar por el cuello, encontrar un cañón natural entre tus senos, por donde seguir por la llanura de tu vientre y parar en el oasis de tu ombligo con las yemas de mis dedos.

¿Que tal si te giro y nos vemos? ¿Que tal un beso? Sólo para coger fuerzas, porque mi lengua quiere recorrer lo que antes sintieron mis dedos. Besar tu cuello, bajar por tu esternón y descubrir tus blancos pechos. Y en ellos me entretengo.

Aquí me surge una duda, si son tetas son femeninos y se les saluda con besos, pero si son pechos son masculinos y requieren un apretón, como de manos. Por suerte puedo besar uno mientras aprieto el otro para luego cambiar a quien apretaba por besos y caricias y el besado sea aprisionado por mi mano.

Las faldas de tubo hasta las rodillas te hacen elegante, pero tu idea de abrir las piernas es más compleja. Mejor te la quito y ya podrás estar más cómoda, felicita de mi parte al que inventó las medias altas y que no necesitan liguero. Que tanto cable por medio me desconcentra.

Ya te tengo más cerca para volverte a besar y ya puedo rebasar la línea del ombligo y seguir explorando. El culotte ya no hace falta, y descubro más piel nacarada para ser besada. Ya puedes reclinarte sobre la mesa, ya puedes separar las piernas y ya puedo ponerme entre ellas.

Mi lengua sigue rumbo sur hasta encontrar un pequeño islote perdido. Oculto estaba bajo la ropa interior pero que ya lo he alcanzado. Lugar misterioso porque al descubrirlo con mi lengua te ha liberado algunos gemidos. Mi mano sube para tener un pecho donde agarrarme mientras mi otra mano se posa en tu muslo. Mi lengua descubre una grieta que se abre descubriendo una fosa donde perderse, y que te arranca más gemidos, quiero ver qué profundidad puede tener e introduzco uno de mis dedos, palpo su interior rugoso, húmedo, viscoso, que cede ante mí y me permite introducir otro dedo mientras mi lengua juguetea con un botoncito que había por allí cerca. Te aferras a mi pelo con una mano mientras con la otra te sujetas a la mesa como tabla salvadora, tus caderas convulsionan frenéticamente. Para mi sorpresa hallo otro agujero, más abajo que el primero, cuesta un poco entrar pero con el líquido viscoso de tu sexo entra bien. Cuesta al principio, pero tu relajación y tus flujos permiten que el dedo entre. Ha cedido un poco y ya son dos los dedos que te penetran a buen ritmo, mientras tu mano abre tu sexo para que mi lengua lo recorra y tu otra mano no permite que la mía suelte tu pecho prisionero.

Tus gritos aumentan, tu respiración es más forzada, hasta que estallas en un grito y te desplomas sobre la mesa. Mi barbilla resplandece con la luz, cierras los ojos y tratas de cerrar las piernas. Mis manos descansan en tus caderas mientras busco el camino de regreso hacia tu boca. Recorriendo con besos el camino de vuelta.

Te incorporas de nuevo, y apoyada en el filo de la mesa me besas, ahora desabrochas con una mano mi camisa, mientras con la otra sueltas el cinturón. Cojo tu cara mientras te beso y compruebo que has conseguido hacerlo todo. Tu mano se pierde entre mis boxes, y aprietas mi miembro.

Vale, un momento. Un pantalón enrollado por los tobillos ni es atractivo ni elegante, es más, puede ser hasta peligroso. Me siento en tu silla de jefa para eliminar cualquier obstáculo y aprovechas para arrodillarte ante mí y quitarme la ropa interior. Mi amigo el calvo danza libre y a ti te surge la misma duda que a mí, si crees que es un pene masculino lo saludas con un apretón de tu mano y si piensas que es una polla en femenino lo recibes con besos y lengua. Y tata tachán, por arte de magia mi sexo desaparece en tu boca, pero a ratos. A veces a soma un poco, otras aparece entero para volver a desaparecer. Mejor te levantas del suelo y te sientas encima. Vamos a comprobar si este sillón es digno de una jefa como tú. Mientras tú subes y bajas mis manos se aferran a tus pechos, mientras tú te reclinas buscando un beso, con tu mano te acaricias el botoncito. Cuando comienzas a bajar el ritmo lo mejor que puedes hacer es subirte en la mesa y abrir tus piernas. Mi sexo acaricia el tuyo pero a ti te gusta más tenerme dentro que fuera y a mí me gusta que lo agarres con fuerza y le enseñes el camino. Y volvemos a mirarnos de frente, mientras te muerdes el labio inferior para que tu boca no emita tantos gritos. Mientras nuestras bocas se pegan y nos mantienen callados.

Nos chocamos tan rápido que parece que nos estamos aplaudiendo. Y el momento se repite, tus gritos denotan que vuelves a llegar al orgasmo. Pero yo aún no. Y quiero más. Más de ti. Te bajo de la mesa y te doy la vuelta. Tu espalda es mía y esta vez soy yo quien anda buscando tu sexo desde atrás. Entra de una sola vez, sin obstáculos, sin freno. Y los movimientos se repiten. Agarro tus caderas para no perderte mientras tu pecho se apoya en la mesa. Acaricio tus glúteos que están marcados por la mesa, los separo y ante mí se ofrece una nueva entrada. Salgo de ti unos segundos para que mi sexo localice su nueva morada. Tratas de impedir que entre pero en vano. Ya ha comenzado a formar parte de ti. Lentamente va entrando, y colaboras separando tus glúteos hasta que se consuma su entrada. Me pides que vaya despacio, y como una antigua locomotora de vapor comienzo un lento movimiento. Sobre la mesa te relajas. Tus gemidos van a más y mi ritmo también. Tu relajación y tus fluidos han venido bien. Llega mi momento, yo estoy ya cerca de acabar y te lo hago saber, te pido un último favor que concedes como a prisionero que va camino del patíbulo, me retiro de ti y te arrodillas, ves mi sexo de frente, sujetas tus pechos y acabo sobre ellos. Me apoyo en la mesa mientras recupero el aliento y te ayudo a incorporarte. Estas ante mi, un poco despeinada pero sonriente. Sigues igual de bella que cuando entré en el despacho.

Mejor recogemos como podamos y nos marchamos de ese lugar, no vaya a pillarnos el de seguridad y nos pregunte quienes somos y como hemos entrado en ese despacho.