Xtories

Mi vida en un club de alterne III

Diego la quiere como trofeo, pero Rosita la quiere como presa. En el baño de una casa de clase media, el juego de poder cambia de manos y el placer se vuelve una traición insoportable.

Libelula2.7K vistas

Aquel día era sábado. Dos semanas habían transcurrido desde aquella noche en Las Sirenas, un torbellino de carne, sudor y humillación que aún me desgarraba las entrañas como un cuchillo oxidado. El recuerdo de Diego exhibiéndome como su puta de lujo, de Julián, ese cerdo corrupto exigiendo mi lengua en su culo mientras Gladys me miraba con el alma destrozada, era una herida que supuraba sin cesar. Pero más cruel, más insoportable, era la imagen de mi amor brasileño, sus labios susurrando “te amo” mientras nos corríamos juntas, nuestras lenguas enredadas en un acto que nos pertenecía, aunque esos cabrones creyeran comprarlo con quinientos euros. —Joder, Gladys, eres mi salvación y mi maldita condena— pensé, con el corazón latiendo al ritmo de su nombre.

Hace un mes, Diego era solo un cliente más, un viejo con la cartera gorda y la polla ansiosa, pero ahora su obsesión por convertirme en su trofeo, una esclava sexual para presumir ante amigos y familia, me tenía atrapada en una tela de araña que yo misma ayudaba a tejer.

El móvil vibró sobre la mesita, un trasto arañado que apenas sobrevivía, igual que yo. Era Diego, con su voz rasposa que apestaba a whisky y puros incluso por el altavoz, un gruñido que me erizó la piel. “Margot, mi rumanita, ponte guapa.” ordenó, con un tono que mezclaba deseo y autoridad, como si ya me poseyera. “Hoy vienes a comer a casa de mi hermana Marisa. Quiero que te conozcan, que sepan quién será mi reina. Vístete elegante, no vengas de putón, pero que se te marque todo, que vean lo buena que estás, ¿me pillas?”

Fruncí el ceño frente al espejo, mis ojos azules endurecidos por años de sobrevivir en cloacas como esta. —Este cabrón ya me ve como su muñeca, una zorra para exhibir en su vitrina— la idea me revolvió el estómago, pero mi ambición era más fuerte. “Diego, no soy tu novia para ir de comida familiar,” repliqué, con un filo en la voz que sabía que lo excitaba, un desafío que alimentaba su ego. “¿Qué saco yo de esto? Porque no me muevo por caricias ni promesas vacías.”

Se rió, un sonido gutural que resonó como un trueno. “Sacas mi confianza, puta,” gruñó, con una satisfacción que me hizo apretar los dientes. “Si te portas bien, ese piso con vistas a la sierra, la pasta para gastar, la vida que te prometí, está más cerca. Pero primero, tienes que encajar, cielo. Te paso a buscar en una hora.”

Colgué, con el corazón latiendo como un tambor de guerra, los dedos temblando al dejar el móvil. —Una prueba, eso es lo que quiere. Ver si soy digna de su jaula de oro, el hijo de puta— me dije a mi misma.

Estaba en mi habitación, un antro miserable donde las paredes desconchadas exudaban humedad, dibujando mapas de un mundo que nunca conocería. El olor a moho impregnaba el aire, mezclado con el perfume caro de vainilla que usaba para disfrazar mi miseria. Una lámpara de mercadillo parpadeaba, proyectando sombras que parecían burlarse de mí en el espejo rajado, donde me pintaba los labios con un rojo tan vivo que evocaba sangre fresca, un grito mudo contra este infierno. El vestido negro que elegí se adhería a mis curvas como una amante traicionera, con un escote profundo que dejaba mis tetas al borde de la libertad y una falda corta y ceñida que dibujaba mis curvas con elegancia dejando apreciar la perfección de mis piernas. Mis tacones rojos, altos sin exagerar, golpeaban el linóleo gastado, preparando mi entrada altiva al campo de batalla que sería aquella casa. —Si me meto en la boca del lobo, que tiemblen todos, joder— pero mi pecho estaba apretado por un nudo, la imagen de Gladys suplicándome con sus ojos oscuros, su voz temblando como un cristal a punto de estallar.

Me retoqué el maquillaje, aplicando rímel que alargaba mis pestañas hasta lo obsceno, cada pincelada un escudo contra el mundo. Me rocié perfume de vainilla, y cogí un bolso pequeño. El espejo me devolvió la imagen de una mujer todavía joven, bella y despampanante. También llevaba una foto de Gladys, arrugada pero sagrada, mi talismán contra este infierno. —Gladys, mi amor, ojalá pudiera llevarte conmigo, pero este juego es solo para una— la culpa me apretó el pecho, pero la empujé al fondo, donde guardaba lo que no podía permitirme sentir.

Me acerqué hasta la habitación de Gladys, que a aquella hora seguía dormida. Entré sin llamar y me acerqué a su cama, rozándole la mano con la mía, su piel cálida como un hogar perdido, un refugio que me dolía abandonar. “Vuelvo luego, meu amor,” susurré, inclinándome casi para que no despertara del todo, mi aliento rozando su mejilla. Ella apretó mi mano, sus dedos temblando, y su voz fue un hilo frágil, apenas audible. “Margot, ¿Dónde vas?”.”Diego ha venido a buscarme, cielo. Me invita a comer. Y no puedo decirle que no”, le dije. “No te vayas con él,” suplicó, con lágrimas asomando en sus ojos oscuros, cada palabra un puñal en mi pecho. “Me muero sin ti. Ese viejo te quiere para él, y yo… yo no soy nada sin ti. Por favor, mi amor, quédate.” —Joder, Gladys, cada palabra es un cuchillo, y estoy sangrando— pensé, mirándola, su rostro angelical bajo las luces sucias, queriendo besarla, follármela allí mismo, jurarle que renunciaría a todo por ella. Pero las palabras se me atragantaron, ahogadas por la ambición que me carcomía, esa voz fría que decía que Las Sirenas era una tumba y Diego mi única salida.

“Es solo una comida, mi amor,” mentí, forzando una sonrisa que me dolió en los labios, cada sílaba una traición. “Hablaremos luego, te lo juro. No te preocupes, ¿vale?” La besé en la mejilla, demorándome en su piel suave, oliendo su perfume de coco que evocaba playas lejanas, una vida que nunca sería nuestra. Ella asintió, tragándose las lágrimas, sus dedos soltando los míos con una lentitud que me rompió el corazón. Salí antes de que su dolor me derrumbara, mis tacones resonando en el suelo pegajoso, un eco de mi huida. —Te amo, Gladys, pero tengo que jugar mis cartas, aunque me odie por ello—

Diego me esperaba fuera, apoyado en su BMW negro. No llevaba su habitual traje de comercial sino que iba con la camisa desabrochada mostrando sus cadenas de oro sobre un pecho velludo y sudoroso que brillaba bajo el sol del mediodía. Su sonrisa era la de un tiburón oliendo sangre, y sus ojos me recorrieron como si ya me tuviera desnuda y a cuatro patas, una posesión que me dio arcadas. “Joder, Margot, estás para follarte aquí mismo,” gruñó, abriendo la puerta del copiloto con un gesto teatral, su mano demorándose en el marco como si quisiera atraparme. Me subí, dejando que la falda se me subiera, sabiendo que eso lo excitaba, un cebo para mantenerlo enganchado. “Enséñame más, puta,” dijo, con un brillo de lujuria en los ojos, y me subí la falda hasta dejar el tanga negro a la vista, un triángulo de encaje que apenas cubría mi coño depilado, una provocación calculada.

“Así te gusta, ¿verdad, cariño?” ronroneé, cruzando las piernas con lentitud, dejando que la tela del vestido se arrugara en mis muslos, cada movimiento un anzuelo. Él soltó una risotada, arrancando el coche con un rugido que vibró en mi pecho, el motor rugiendo como su deseo.

“Me encanta, zorra, te has puesto exactamente como quería.” dijo, poniendo una mano en mi muslo, sus dedos gordos apretando mi carne con una posesión que me hizo apretar los dientes. “Hoy vas a deslumbrar en la comida. Marisa es una amargada, vive de lo que le da su ex y de mi pasta pero se cree la reina de la moral. Y Rosita, mi sobrina, es una cría salvaje. Veintiuno, lesbiana, y no se corta un pelo. Ándate con tiento, que te va a comer con los ojos.”

—Una familia de víboras, justo lo que necesitaba para joderme el día— asentí, mirando por la ventanilla las calles bañadas por el sol, el asfalto brillando con el calor, cada edificio un recordatorio de lo lejos que estaba de la libertad. “No te preocupes, Diego. Sé manejar a las fieras,” dije, con un tono que escondía mi inquietud, mi voz suave pero afilada. Él se rió, sobándome la pierna, sus dedos subiendo hasta el borde de mi tanga, un roce que me dio ganas de arrancarle la mano.

“Eso espero, putita mia,” gruñó, con una sonrisa que mostraba sus dientes amarillentos. “Porque si la cagas, se acabó el trato. Pero si lo haces bien, Margot, serás la reina de mi mundo. Mis colegas fliparán, Marisa se tragará su veneno, y tú tendrás todo lo que una zorra como tú puede soñar.” —Un trofeo, eso es lo que quiere. Una puta para lucir y follar cuando le salga de los cojones— su monólogo continuó, fanfarroneando sobre contratos que probablemente eran más anhelos que realidades, sobre cómo sus amigos envidiarían a su “nueva reina”, sobre cómo yo sería la prueba de su éxito. Asentí, fingiendo interés, mientras mi mente estaba en Gladys, en su piel suave, en su voz rota, en la culpa que me quemaba por dentro.

Llegamos a una casa adosada en un barrio de clase media baja, un lugar donde los sueños se marchitaban bajo el sol. El jardín estaba invadido por malas hierbas que desafiaban la mediocridad, y la fachada, de un blanco desvaído, mostraba desconchones como cicatrices. Una lámpara oxidada colgaba sobre la puerta, inmóvil bajo la luz del mediodía. Marisa abrió, una mujer de unos cincuenta con el pelo teñido de un rubio artificial que no disimulaba sus raíces grises, un intento fallido de aferrarse a la juventud. Su rostro era una máscara de desprecio, con labios finos torcidos en una mueca, y sus ojos, de un marrón opaco, me recorrieron como si fuera basura arrastrada por el viento. Llevaba un vestido floral pasado de moda que le colgaba como un saco y un delantal manchado de grasa que apestaba a cebolla quemada, un olor que se mezcló con el tufo a tabaco rancio del interior.

“Diego, ¿qué coño es esto?” siseó, bloqueando la entrada con las manos en las caderas, como una centinela de la moral defendiendo su castillo de mierda. “¿Traes a una… una de esas a mi casa para comer? ¿No tienes vergüenza, hermano?”

Diego se rió, empujándome hacia dentro con una mano en mi cintura, sus dedos clavándose en mi piel como si marcara territorio. “Tranquila, Marisa, no te subas por las paredes,” gruñó, con una sonrisa que era un destello de desafío. “Margot es especial, mi futura reina. ¿Verdad, cariño?” Me pellizcó el culo, un gesto que me hizo apretar los dientes, y forcé una sonrisa, tragándome las ganas de escupirle.

“No me jodas, Diego, ¿te has vuelto gilipollas o que te pasa?” replicó ella, cruzándose de brazos, el delantal crujiendo como si protestara. “Esta zorra solo quiere tu dinero. ¿Crees que soy idiota? No dejaré que una puta de carretera se ría de nosotros ni se lleve lo que es nuestro.”

—Víbora, te daría una hostia como sigas— forcé una risa, inclinándome hacia ella para que mi escote la distrajera, un movimiento calculado. “Marisa, relájate,” dije, con una voz melosa que escondía mi desprecio. “Solo vengo a comer tu cocido. No quiero problemas, ¿vale?”

Ella resopló, dando un paso atrás, pero sus ojos seguían clavados en mí, llenos de veneno. “Pasa, pero no te hagas ilusiones,” masculló, girándose hacia el salón. “Este no es tu sitio.”

Diego me empujó dentro, su mano en mi cintura como una cadena invisible. El salón era un mausoleo de la mediocridad con muebles de imitación madera, un sofá de cuero sintético agrietado que crujía bajo el peso de los años, y una tele vieja que emitía un zumbido constante como un insecto moribundo. Sobre una mesa de cristal rayada, un mantel de plástico con flores desvaídas soportaba una fuente de cocido humeante, cuyo olor a repollo y grasa llenaba el aire.

Rosita estaba tirada en el sofá, con vaqueros rotos que dejaban ver sus muslos pálidos, marcados por pequeñas cicatrices como mapas de una vida rebelde. Su camiseta negra marcaba sus tetas pequeñas, sin sujetador, los pezones visibles como un desafío silencioso. Tenía veintiún años, pero parecían más, el pelo corto teñido de rosa chicle, un color que gritaba rebeldía, y unos ojos verdes que brillaban como los de un gato acechando a su presa. Se levantó al verme, estirándose con una gracia felina que hizo crujir sus articulaciones, y su mirada me desnudó en un segundo, un escáner que no dejaba nada oculto.

“Vaya, tito Diego, no exagerabas,” dijo, con una voz melosa que escondía un matiz afilado, como un cuchillo envuelto en terciopelo. “Margot, ¿verdad? Joder, eres una pasada.” Se acercó, dándome dos besos que duraron demasiado, sus labios rozando mi mejilla con una intención que me erizó la piel, un roce que era más promesa que saludo. Su mano bajó a mi cintura, un toque ligero pero descarado, y su perfume, cítrico con un toque de marihuana, me envolvió como una niebla densa. —Esta cría es un puto huracán, y lo sabe— mi piel se erizó bajo su contacto, pero mantuve la compostura, sonriendo con un desafío en los labios.

“Encantada, Rosita,” dije, inclinándome lo justo para que mi escote captara su atención, un movimiento que sabía que ella notaría. “Tu tío habla mucho de ti. Dice que eres… un torbellino, ¿no?”

Ella se rió, mostrando dientes perfectos que brillaban como perlas, y se lamió los labios con una lentitud deliberada, un gesto que era puro teatro. “Oh, tía, no tienes ni idea,” susurró, guiñándome un ojo antes de volver al sofá, donde se sentó con las piernas exageradamente abiertas, como si el mundo le perteneciera, su postura un desafío exhibicionista que dejaba entrever por los bordes raídos del short vaquero ribetes de su prenda interior roja. —Esta zorrita sabe lo que hace, y va a por mí—

Marisa resopló, sirviendo el cocido con gestos bruscos que hacían tintinear los platos, cada movimiento una protesta silenciosa. “Sentaos de una vez, que se enfría,” ladró, mirándome como si quisiera envenenarme con cada cucharada, su odio tan palpable que casi podía saborearlo. Me senté junto a Diego, quien me apretó la rodilla bajo la mesa, su mano subiendo por mi muslo con una posesión que me dio arcadas. Rosita se sentó frente a mí, sus ojos verdes clavados en los míos, y cada vez que cogía la cuchara, sus dedos jugaban con ella, un movimiento lento y provocador, como si acariciara algo más íntimo, una promesa que aceleraba mi pulso. —Joder, esta cría está tejiendo una red, y yo estoy cayendo— tragué saliva, forzando una sonrisa, mientras la tensión crecía como un incendio lento bajo la mesa.

La comida fue un circo de hipocresía y veneno, un teatro donde cada palabra era un dardo envenenado. Marisa no dejaba de pincharme, destilando desprecio en cada comentario. “Entonces, Margot, ¿a qué te dedicas?” preguntó, con una sonrisa falsa que no ratificaban sus ojos, removiendo su cocido con una lentitud teatral, la cuchara raspando el plato como un aviso. “No pareces de las que trabajan en una oficina, querida.”

Diego se rió, dándome un codazo que casi me tira la copa, su aliento apestando a vino. “Margot es una artista, Marisa,” dijo, con la boca llena y masticando. “Una diosa en lo suyo, ¿verdad, cariño?” Su mano apretó mi muslo, subiendo hasta el borde de mi tanga, un roce que me hizo apretar los dientes, mi piel erizándose de asco.

“Digamos que sé entender las necesidades de los hombres,” repliqué, mirando a Marisa fijamente, mi voz cargada de desafío, un filo que cortaba el aire. “Y a veces, las de las mujeres, si saben pagar.” Rosita soltó una carcajada, casi escupiendo su cocacola, sus ojos verdes brillando con diversión, un destello de complicidad que me aceleró el pulso. Marisa se puso roja, apretando los labios hasta que parecieron desaparecer, su mano temblando al sostener la cuchara.

“Eres una sinvergüenza,” siseó, dejando caer la cuchara con un clink que resonó en el silencio tenso, el sonido rebotando en las paredes desconchadas. “Diego, esta tía es una oportunista. Te va a dejar en la ruina, y no pienso mantenerte cuando te quedes sin un duro. ¿No te das cuenta de que es una puta?¿Que solo quiere tu dinero?”

“Marisa, joder, para,” gruñó Diego, sirviéndose más vino. “Margot es mi elección. Será mi mujer, la que me haga brillar. Mis colegas fliparán, y tú te callarás la puta boca.”

Rosita me miró, con una ceja arqueada, su pie descalzo rozando mi pierna bajo la mesa, un contacto tan sutil que podría haber sido un accidente, pero no lo era. —Esta cría está jugando con fuego, y no sé si quiero apagarlo— su pie subió por mi pantorrilla, deteniéndose en mi rodilla, una presión ligera pero insistente, mientras sus dedos jugaban con el borde de su copa, trazando círculos que parecían una promesa. “¿Tu mujer, tito?” dijo, con un tono burlón, inclinándose hacia mí. “Vaya, Margot, eso es un ascenso. De Las Sirenas a la alta sociedad, ¿eh?”

“No tan alta,” repliqué, sosteniéndole la mirada, dejando que mi pie rozara el suyo, un contraataque que hizo que su sonrisa se ensanchara, sus ojos brillando con desafío. “Pero sé escalar, pequeña.”

Ella se rió, un sonido bajo y ronco que me recorrió como un escalofrío. Su pie fue subiendo por mi muslo interno, justo donde la piel era más sensible. “Me gusta, tía. Eres de las mías,” susurró, guiñándome un ojo, su voz cargada de una promesa que me hizo tragar saliva. —Joder, esta zorrita es buena, y sabe cómo ponerme— la tensión entre nosotras era un cable eléctrico, chispeando, a punto de explotar.

La conversación derivó en banalidades, con Diego fanfarroneando sobre sus negocios, presumiendo de contratos que probablemente no existían, su voz resonando como un martillo en mi cabeza. Marisa se quejaba de todo, desde el precio de la carne hasta la “decadencia” de la juventud, lanzándome miradas que podrían haber cortado cristal, cada una un intento de hacerme sentir como una intrusa.

Rosita, en cambio, mantenía un silencio calculado, pero sus gestos eran un idioma propio: se pasaba la lengua por los labios, húmedos por la bebida, sus dedos acariciaban el borde de su copa, y su pie rozaba mi muslo, subiendo hasta sentir su dedo gordo contra la piel suave justo bajo mi tanga, un roce que envió un chispazo de calor directo a mi coño. —Esta cría está tejiendo una red, y yo estoy cayendo como una idiota— mi cuerpo traicionándome, humedeciendo el encaje entre mis piernas, mientras mi mente gritaba que resistiera.

Necesitaba un respiro antes de que esta familia de locos me arrastrara al abismo. “Voy al baño,” dije, levantándome con una sonrisa forzada, ajustándome el vestido para que cayera justo sobre mis muslos, un movimiento que sabía que Rosita seguiría con los ojos. Diego me dio una palmada en el culo, un gesto que hizo que Marisa resoplara con desprecio. Rosita solo me miró, con una chispa de triunfo en los ojos verdes, como si supiera que el juego acababa de empezar. —Joder, esta zorrita ya me tiene en su mira, y no sé si quiero escapar—

El baño era un cuartucho claustrofóbico, con azulejos amarillentos que sudaban bajo la luz mortecina de un fluorescente que zumbaba como una mosca atrapada. El grifo goteaba, un plic-ploc rítmico que marcaba los segundos, y el espejo empañado devolvía una versión borrosa de mí misma, con el maquillaje intacto pero el alma hecha jirones. Me lavé las manos, el agua fría un alivio contra mi piel ardiente, y me incliné hacia el espejo, retocándome el pintalabios con dedos temblorosos, el rojo brillante como una armadura contra el mundo. —Aguanta, Margot. Esto es solo un paso más hacia la libertad, aunque te cueste el alma— el pensamiento me dio una punzada de culpa, la imagen de Gladys flotando en mi mente, sus ojos suplicando, su amor pesándome como una cadena.

La puerta se abrió sin aviso, un chirrido que me arrancó un respingo, y Rosita entró, cerrando con pestillo con un clic que resonó como un disparo. Se apoyó contra la pared, cruzando los brazos bajo sus tetas, su camiseta subiendo para mostrar el tatuaje de la serpiente en su cadera, un dibujo que parecía moverse con cada respiración. Su pelo rosa brillaba bajo la luz, un halo rebelde, y sus ojos verdes me estudiaban con una mezcla de curiosidad y deseo, como un depredador evaluando a su presa, cada movimiento calculado.

“Vaya, rumana, te has escapado,” dijo, con una voz melosa que era puro veneno, inclinando la cabeza como si descifrara un enigma, su sonrisa apenas curvando sus labios. “¿Demasiado calor en el salón?”

Me giré, apoyándome en el lavabo, dejando que mi vestido se subiera un poco, un desafío silencioso que sabía que ella notaría, mis piernas ligeramente abiertas para provocarla. “Solo necesitaba aire, pequeña,” repliqué, cruzando los brazos para realzar mi escote, mi voz suave pero cargada de desafío. “Tu familia es… intensa. Tu madre parece querer apuñalarme con la mirada.”

Rosita se rió, un sonido bajo y ronco que resonó en el baño como una caricia oscura, dando un paso hacia mí, con sus zapatillas desgastadas silenciosas en el suelo húmedo. “Mi madre es una amargada que vive de chuparle la pasta al tito Diego,” dijo, deteniéndose a un palmo de mí, su perfume cítrico y marihuana envolviéndome como una nube intoxicante. “Pero tú… tú eres otra cosa, Margot.” Su mirada bajó a mi escote, demorándose unos segundos en el borde de mis tetas, antes de subir a mis ojos, un escáner que me desnudó sin tocarme. “Sé lo que eres. Una puta de Las Sirenas. Y, joder, me pone a mil pensar en todo que debes hacer en esas habitaciones.”

—Esta zorrita es sutil, pero no tanto como cree— sonreí, inclinándome hacia ella, dejando que nuestras respiraciones se mezclaran, un juego de poder que aceleró mi pulso, mi coño humedeciéndose contra mi voluntad. “¿Y qué quieres, Rosita? ¿Una historia para pajearte luego?” pregunté, bajando la voz, dejando que sonara como una promesa, mis labios a un centímetro de los suyos. “Porque no estoy aquí para dar clases gratis.”

Ella no se inmutó, su sonrisa creciendo, mostrando unos dientes perfectos que brillaban como perlas bajo la luz sucia. “No quiero clases, tía,” susurró, acercándose más, su aliento cálido rozando mi mejilla, un cosquilleo que erizó mi piel. “Quiero probarte.” Su mano rozó mi brazo, un toque ligero como una pluma, subiendo hasta mi hombro, donde sus dedos jugaron con el tirante de mi vestido, un movimiento tan delicado que parecía accidental, pero no lo era, sus uñas rozando mi piel como un aviso. “Eres jodidamente guapa, Margot. Apuesto a que sabes hacer gritar a una chica.”

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza, un calor traicionero subiendo desde mi coño, humedeciendo mi tanga hasta que sentí el encaje pegado a mis labios, una traición que me hizo apretar los muslos. —Joder, es buena, y sabe que me tiene—. Un crujido fuera del baño me hizo tensarme, el corazón latiéndome en la garganta, mientras aguzaba el oído para ver si venía alguien. “No trabajo gratis, pequeña,” dije, inclinándome hacia ella, mis labios rozando su oreja, mi aliento cálido contra su piel, un contraataque que la hizo tragar saliva. “Y no creo que tengas lo que hace falta para pagarme.”

Rosita tragó saliva, su fachada de loba temblando un segundo, pero se recompuso, sonriendo como si supiera que el juego estaba empatado. “¿Gratis? Nah, tía, puedo pagarte,” dijo, sacando un billete de cincuenta euros arrugado del bolsillo de sus vaqueros, sosteniéndolo como un cebo. “Cincuenta pavos, y me dejas tocarte un poco. Solo un aperitivo, rumana.” Su mano libre rozó mi cintura, deteniéndose en la curva de mi cadera, su dedo índice trazando un círculo lento, provocador, un roce que envió un chispazo directo a mi clítoris, haciéndome contener un gemido. “Venga, Margot. Sé que te gusta jugar, pero no tenemos todo el día.” Su voz bajó, urgente, sus ojos lanzando una mirada rápida a la puerta.

—Esta cría me está llevando al límite, y mi coño lo sabe— la miré, sus ojos verdes brillando con lujuria y desafío, y dejé que mi mano subiera a su nuca, enredando mis dedos en su pelo rosa, tirando suavemente para acercarla, un movimiento que la hizo jadear. “Cincuenta no me sacan de la cama, pequeña,” susurré, acercando mis labios a los suyos, sin tocarlos, dejando que la tensión creciera como un incendio, mi aliento mezclándose con el suyo. “Pero te doy un mordisco, porque me cae bien tu descaro. Hazlo rápido, o nos pillarán.” Tomé el billete, metiéndolo en mi escote, mis dedos rozando la piel sensible entre mis tetas, y la empujé contra la pared, mi cuerpo contra el suyo, mis tetas apretando las suyas, un contacto que aceleró nuestras respiraciones.

La besé, un beso lento, profundo, mi lengua explorando su boca, sabiendo a cola y tabaco, un sabor áspero, pero dulzón y adictivo. Sus labios eran suaves, pero su lengua era agresiva, danzando con la mía, mordiéndome el labio inferior con un pinchazo que me hizo gemir, un dolor que se mezcló con un placer que me recorrió como un relámpago. Sus manos bajaron a mi culo, apretándolo con hambre, sus uñas clavándose en mi piel a través del vestido, un ardor que me hizo arquearme contra ella, mi coño palpitando, empapando el tanga hasta que sentí un hilo de humedad deslizarse por mi muslo interno. Un golpe en la puerta del salón me hizo congelarme, el corazón en la garganta, pero Rosita susurró, “Tranquila, zorra, solo es mi madre cabreada.” Su mano se coló bajo mi vestido, apartando el tanga con una audacia que me sorprendió, sus dedos rozando mi coño, empapado, los labios hinchados y sensibles, un contacto que me hizo temblar. “Estás mojadísima, guarra. Esto te gusta.” gruñó, su dedo índice deslizándose entre mis labios, rozando mi clítoris con una lentitud que era puro tormento, un cosquilleo que me hizo apretar los muslos contra su mano.

“No te flipes, pequeña,” gruñí, agarrándole el pelo, tirando para guiarla, mi voz temblando de lujuria y nervios. “Date prisa, joder, que nos van a pillar.” Ella se arrodilló, levantando mi vestido, su aliento cálido contra mi coño, un cosquilleo que me hizo jadear. Su suave lengua lamió mi clítoris, plana y firme, trazando círculos lentos que me hicieron temblar, cada lametazo un disparo que me acercaba al borde. Sus dedos encontraron mi entrada, deslizándose dentro, cálida y apretada, curvándolos hacia mi punto G, frotándolo con una presión que me hizo gemir, tapándome la boca con una mano. Mi jugo goteando por su mano dejaba un aroma dulce y almizclado que llenaba el baño. “Joder, Margot, sabes a gloria. Que coño más rico tienes,” jadeó, chupando mi clítoris con más fuerza, succionándolo entre sus labios, vibrando con su lengua, un ritmo que me llevó al límite. Mi orgasmo llegó como una ola, un rugido que me arrancó un grito ahogado, mordiéndome la mano para no alertar a nadie, mi cuerpo temblando contra el lavabo, mis piernas cediendo hasta que ella me sostuvo, sus brazos fuertes alrededor de mi cintura. El placer era cegador, un incendio que me consumió, pero detrás estaba la culpa, la imagen de Gladys, sus ojos suplicándome. —He traicionado a mi amor por esta cría, y el placer es este vacío que me traga—

Rosita se levantó, lamiéndose los labios, con una sonrisa de loba triunfante. “Me debes una, rumana,” susurró, su dedo rozando mi mejilla, dejando un rastro húmedo de mi propio jugo. “La próxima, te quiero de rodillas comiéndome el coño. Esto no acaba aquí.” Miró la puerta, nerviosa, al escuchar pasos en el pasillo. “Mierda, vámonos ya.” Salió rápido, dejando el baño cargado de nuestro olor, el billete quemándome en el escote. Me arreglé rapidamente, lavándome la cara con agua fría, quitando el pintalabios con manos temblorosas, mi reflejo mostrando a una mujer que se perdía. —Gladys, perdóname, mi amor, pero no soy digna de ti—

Volví al salón, donde Diego y Marisa discutían a gritos, el vino derramado sobre la mesa como prueba de su furia. Rosita estaba en el sofá, con una cara de ángel que no engañaba, chupándose los dedos con una lentitud deliberada, sabiendo que yo reconocía su sabor. Me senté junto a Diego, quien me apretó la rodilla, sus ojos brillando con orgullo y lujuria, su mano subiendo por mi muslo otra vez, rozando mi tanga húmedo, un detalle que no pareció notar. “Joder, Margot, estás siendo una reina,” susurró, su aliento apestando a alcohol, un olor que me revolvió el estómago. —Este cerdo no sabe lo que ha pasado, y agradezco su ignorancia— Marisa resoplaba, recogiendo los platos con furia, lanzándome miradas que podrían haber cortado acero.

“Esto es una vergüenza,” masculló, apilando los platos con violencia. “Diego, te estás riendo de mí, trayendo a esta prostituta a mi casa. ¿Qué dirá la gente?”

“Que tengo una hembra de primera, Marisa,” replicó él, sirviéndose un whisky. “Margot es pura clase, algo que tú no entenderás. Cierra el pico y déjanos en paz. Mira, no me cabrees más.”

Rosita se rió, estirándose en el sofá, mientras se olía los dedos bendecidos por los jugos de Margot. “Mamá, relájate,” dijo, con un tono burlón, sus ojos clavados en mí. “Margot es guay. Me cae bien, ¿verdad, tía?” —Zorra, sabes que me tienes pillada, y lo disfrutas— le devolví una sonrisa, inclinándome hacia Diego para disimular, mi coño aún palpitando por su lengua.

La comida acabó en un murmullo de reproches, con Marisa retirándose a la cocina con un portazo que resonó como un disparo, y Diego fanfarroneando sobre cómo sus amigos envidiarían a su “nueva reina”. Me arrastró al coche, con una erección evidente bajo sus pantalones, su paso torpe por el vino y el whisky. Cerró la puerta del BMW con un portazo, y me miró, con una chispa de sospecha en los ojos, sus dedos tamborileando en el volante. “Os he visto salir del baño, zorra,” gruñó, arrancando el coche, el motor rugiendo como su lujuria. “¿Qué coño hacías con Rosita?”

Me quedé helada, pero sonreí, jugándomela toda, inclinándome hacia él para que mi escote lo distrajera, mis tetas casi rozando su brazo. —Este cabrón no me pillará tan fácil— “Solo charlábamos, cariño,” mentí, rozándole el muslo con las uñas, mi mano subiendo cerca de su entrepierna, un cebo para desviar su atención. “Tu sobrina es curiosa, nada más. Preguntaba sobre Las Sirenas, cosas de crías. ¿Te pone imaginar cosas, verdad?”

Diego gruñó, sus ojos entrecerrados como los de un lobo oliendo una presa, pero su sonrisa torcida mostró sus dientes amarillentos, un destello de lujuria que me dio náuseas. “Me pone a mil, puta,” admitió, desviando el coche hacia un descampado desierto bajo el sol de la tarde, donde el calor hacía sonar la gravilla bajo las ruedas y los matorrales secos crujían con el viento. “Dime la verdad, Margot. ¿Te ha tocado? Quiero detalles. Todo.”

—Joder, este viejo es un cerdo, pero puedo usarlo— pensé, inclinándome más, mi aliento rozando su oreja, mi voz baja y sucia, un veneno envuelto en miel. “¿Quieres la verdad, cariño? Rosita tiene buen gusto,” susurré, mi mano en su muslo, apretando ligeramente, sintiendo el calor de su piel a través del pantalón. “Me ha dado un aperitivo, Diego. Me ha besado, me ha metido los dedos, me ha lamido hasta hacerme correr. ¿Te imaginas a tu sobrina de rodillas, comiéndome el coño?” Cada palabra era un anzuelo, y su polla, ya dura bajo el pantalón, era la prueba de que había mordido.

Diego jadeó, apagando el motor con un movimiento brusco, su respiración entrecortada como la de un animal en celo. “Joder, zorra, me estás poniendo muy cachondo,” rugió, desabrochándose los pantalones, sacando su polla gorda, venosa, brillando con liquido preseminal bajo la luz del sol. “Sube atrás, puta. Quiero follarte ahora, y vas a contármelo todo mientras te rompo.”

Me arrastré al asiento trasero, el cuero caliente por el sol quemando mis muslos, un contraste que erizó mi piel, y él me siguió, quitándome la falda y la blusa con una violencia que rasgó la tela, dejándome en tanga, mis tetas expuestas, los pezones duros por el aire y la adrenalina. “A cuatro, zorra,” ordenó, dándome un azote que resonó en el coche, un ardor que me hizo gemir, un dolor que se mezcló con un placer traicionero, mi coño humedeciéndose a mi pesar. Me puse en posición, el asiento crujiendo bajo mis rodillas, mis brazos y mi torso apoyados en el asiento, levantando mi culo en el aire como una ofrenda que odiaba dar. Él me bajó el tanga, arrancándolo con un tirón que quemó mi piel, y escupió en mi culo, un líquido cálido que goteó por mi coño, un gesto tan crudo que me dio náuseas. “Cuéntame, puta,” gruñó, empujando su polla contra mi vagina, la punta gorda abriendo mis labios, un estiramiento que me hizo jadear, un dolor agudo que se mezcló con un calor que no quería sentir. “¿Cómo te folló Rosita? ¿Qué te hizo esa cría?”

—Que te jodan, Diego, pero te daré lo que quieres, no quiero peleas en estos momentos. Me estoy jugando mucho— “Me besó, Diego,” gemí, mientras él empujaba dentro, una embestida brutal que llenó mi coño, sus caderas chocando contra mi culo, un golpe que resonó como un tambor, cada centímetro de su polla rasgándome, produciendo dolor, un ardor que me hizo apretar los dientes. “Con esa boca de cría rebelde, su lengua en la mía, metiéndola en mi boca como una zorrita salida.” Él gruñó, follándome más fuerte, con violencia, sus azotes resonando, cada uno un latigazo que dejaba mi piel en llamas, un dolor que se mezclaba con un placer que me avergonzaba. Mi coño se contraía alrededor de su polla, traicionándome, lubricando cada embestida, un sonido húmedo que llenaba el coche, un chup-chup que era mi humillación. “Joder, puta, sigue,” rugió, agarrándome el pelo, tirando como si fuera una rienda, mi cabeza inclinada hacia atrás, mi garganta expuesta, un movimiento que me hizo sentir como una yegua domada.

“Me lamió, Diego,” jadeé, mis caderas moviéndose contra él, buscando un ritmo para soportar el dolor, cada embestida un martillo que golpeaba mi interior, mi clítoris hinchado rozando sus pelotas con cada movimiento, un roce que me llevaba hacia un orgasmo que no quería. “De rodillas, chupándome el clítoris, su lengua en mi coño hasta que me corrí.” Mi voz temblaba, mi cuerpo también estaba temblando y gotas de sudor goteaban por mi espalda. Mis tetas rebotaban entre ellas con cada embestida, mis pezones rozando el aire, un cosquilleo que me hacía gemir. —Pienso en Rosita, en Gladys, en cualquier cosa menos en este cerdo, pero mi cuerpo no me escucha— él rugió, corriéndose dentro con un latigazo de lefa caliente, su polla palpitando, su respiración ahogada y su cuerpo temblando como si hubiera corrido un maratón. Inmediatamente mi orgasmo llegó, un espasmo que me arrancó un grito, mi coño apretando su polla, un placer cegador que me dejó vacía, mi alma gritando de asco mientras mi cuerpo se rendía, un charco de sudor y traición en el asiento.

Nos recompusimos la ropa en silencio y volvimos a los asientos delanteros, con el coche oliendo a sexo, sudor y whisky, un olor que me revolvió el estómago. Diego me miró, jadeando, con una sonrisa satisfecha que me dio ganas de vomitar. “Eres perfecta, Margot,” dijo, abrochándose los pantalones, su voz ronca. “Ese piso es tuyo si dejas el club. Piénsalo, zorra. Serás mi reina, no una puta de mierda.”

Asentí, guardando mi tanga roto en el bolso, mis dedos temblando. Tenía mi piel marcada por sus manos, mi coño dolorido y mi corazón roto. —Una jaula de oro, con cadenas de semen y fregona— “Lo pensaré, cariño,” dije, con una sonrisa que escondía mi desprecio, mi voz suave como veneno. “Dame tiempo.”

A las siete de la tarde, Diego me dejó en Las Sirenas, el sol ya bajo en el horizonte, el calor pegajoso de la calefacción adherido a mi piel. El club tenía ya el cartel de abierto y la música se oía amortiguada tras las cortinas rojas de la entrada.

Bajé las escaleras chirriantes de Las Sirenas, cada peldaño crujiendo como un lamento. El bar era un mosaico de luces de neón parpadeantes, rojas y azules. Las mesas, pegajosas por años de copas derramadas, estaban ocupadas por clientes con ojos vidriosos y manos ansiosas, buscando carne para comprar. El aire estaba cargado de humo, risas falsas y el tintineo de vasos baratos, un coro de desesperación que era la banda sonora de este antro. Las chicas del club revoloteaban como mariposas nocturnas atrapadas en el día, vendiendo sonrisas y cuerpos a cambio de euros que nunca bastaban. Gladys estaba tras la barra, sirviendo vodkas con una gracia que no pertenecía a este lugar, su vestido de encaje blanco abrazando sus curvas morenas, su pelo largo cayendo como una cascada de ébano sobre sus hombros. Me vio y su rostro se iluminó, pero la chispa se apagó al notar mi expresión, sus ojos oscuros hundiéndose en un pozo de tristeza, profundos como el océano que nos separaba de su Brasil.

Me abrazó, temblando, su perfume de coco envolviéndome como un hogar perdido, su piel suave contra la mía, un refugio que me dolía abandonar. “Te fuiste con él otra vez, mi amor,” susurró, con lágrimas en los ojos, su voz rota como un cristal, cada palabra un peso en mi pecho. “¿Ya no me quieres?”.

—Gladys, me destrozas, mi amor, y no merezco tu amor— pensé, cogiéndola de la mano y arrastrándola a toda prisa hasta mi habitación. Sin decir ni una palabra me senté en la cama, extendí las manos hacia ella indicándole que se acercara, sentándola en mi regazo, besándola con hambre, mis labios devorando los suyos. Su sabor a gloss de fresa era un bálsamo contra mi culpa. Mis manos se deslizaron bajo su vestido, acariciando su coño húmedo a través del tanga, mis dedos rozando sus labios, cálidos y suaves, un contacto que la hizo gemir en mi boca, un sonido que me atravesó como una flecha. “Te amo, meu amor,” dije, quitándole el tanga, mis dedos entrando en su coño, cálido y apretado, follándola con un ritmo lento, mis nudillos rozando su punto G, su jugo goteando por mi mano, un aroma dulce que me mareó. Su lengua danzaba con la mía, sus manos en mi pelo, tirando con una desesperación que era amor puro, sus gemidos resonando en el camerino como una oración. Bajé a su cuello, mordiéndolo con suavidad, dejando una marca que era mi reclamación, mi lengua trazando su piel, saboreando su sudor, salado y cálido.

“Margot, meu amor,” jadeó, sus caderas moviéndose contra mi mano, buscando más, su coño apretando mis dedos, un espasmo que me hizo gemir. Me quité el vestido, dejando mis tetas al descubierto, y ella las chupó, su lengua trazando círculos en mis pezones, un cosquilleo que me hizo arquearme, mi coño palpitando, empapado, pidiendo su toque. Sus dedos encontraron mi entrada, follándome con una suavidad que era amor y cariño. Sus uñas acariciando tenuemente una y otra vez mi clítoris descapuchado me llevó al borde. Nos corrimos juntas, ella gritando mi nombre, yo gimiendo el suyo, un orgasmo que era puro amor, un incendio que quemó mi culpa por un segundo, nuestros cuerpos temblando, sudorosos, enredados en el camerino, el espejo reflejando nuestro amor, nuestro dolor. “No me dejes, Margot,” suplicó, llorando contra mi pecho, sus brazos apretándome como si temiera que me desvaneciera, sus lágrimas mojando mi piel.

“No te dejaré,” mentí, abrazándola. Mi voz temblaba con una culpa que me quemaba, mi corazón roto por su amor. —Te amo, pero no puedo salvarnos a las dos—.

Diego me escribió esa noche, con una foto de un piso con vistas a la sierra, el horizonte brillando como una mentira. “Es tuyo, Margot. Solo di que sí.” —Una jaula, eso es todo, y yo soy la idiota que quiere entrar—

Sola en mi habitación, con el olor de Gladys aún en mis dedos, miré su foto en mi móvil, su sonrisa como un faro en la tormenta, sus ojos oscuros mi único hogar. —Diego me promete un trono, pero Gladys es mi alma. ¿Puedo vender mi corazón por una corona de mierda?—