Malas decisiones 2: infiel desagradecida
Llevaba seis años siendo la novia modelo, pero la mirada de su nuevo coordinador encendió una chispa que no pudo apagar. La tentación no llamó a la puerta; se coló en el coche, en la cocina y, finalmente, en la cama de su propia casa. Esta vez, no hubo salida.
Otoño de 2007
Habían pasado más de seis años, pero seguía teniendo pesadillas con la noche en la que mi padre, lleno de ira y afectado por el alcohol, intentó abusar de mí. Durante todo ese tiempo hizo todo lo posible para ponerse en contacto conmigo, pero yo me negué a hablar con él una y otra vez, hasta que al final se rindió. Algo así no podía pero perdonarse.
Pasé meses sin querer saber tampoco nada de mi hermana, consideraba toda una traición que sabiendo lo que había ocurrido siguiese viviendo con nuestro padre e incluso le defendiera. Llegó un momento en que me prometió que se ponía en mi lugar y que no quisiera saber nada más de él, por eso accedí a hablar con ella.
Cuando Amalia se fue a vivir con Blas, su novio, me dijo que tenían una habitación para mí, pero por aquel entonces yo ya llevaba cuatro años viviendo con Miko y su familia y estaba tan a gusto que no tenía intención de irme. Mis suegros me trataban como a una hija más y no pretendieron cortarnos nunca las alas, éramos libres para amarnos.
Aquella relación que surgió de una borrachera se había convertido en toda una realidad. Juntos habíamos superado muchas cosas, incluida la filtración de ese vídeo que, por suerte, solo enviaron a mi padre. Gracias a Miko y a sus padres me centré aún más en los estudios y llegué incluso a sacarme la carrera de filología inglesa, lo que siempre había querido mi madre que estudiara.
Al acabar el verano posterior a que terminase la carrera, me ofrecieron trabajo en una academia para dar clases de inglés. No era el empleo con el que soñaba, pero por entonces mi novio ya llevaba un par de años ahorrando dinero y yo debía empezar a hacer lo mismo, porque teníamos la intención de independizarnos lo antes posible.
- Quería trabajar en un instituto, Miko.
- Acabas de terminar la carrera, ten paciencia.
- Tampoco es que me paguen demasiado.
- Da igual, yo ahora mismo tengo un buen sueldo en el taller.
- Llevo seis años viviendo de tus padres, no pretendo ahora aprovecharme de ti.
- No digas tonterías, Marian, sabes que lo mío es tuyo.
- Cuando encontremos piso echaré de menos las croquetas de tu madre.
- Te aseguro que no nos va a dar tiempo a extrañarlas.
- ¿Crees que la tendremos todo el día metida en casa?
- Alguna visita nos hará, eso seguro.
- Por mí bien, sabes que aprecio a tus padres más que a cualquiera de mi familia.
- Deberías tener más relación con Amalia.
- Lo sé, pero no me sale natural.
- ¿Es por el novio ese raro que tiene?
- Blas es un tío majo.
- Dios me libre de decir lo contrario.
Hasta el mismo día en que empecé en el trabajo no tenía ni idea de qué clase de alumnos me iban a tocar. Sabía que en esa academia estudiaba gente de todas las edades, y que yo tenía la ilusión de ser algún día profesora de instituto, pero no quería niños pequeños. Simplemente no me sentía preparada para lidiar con ellos.
De allí solo conocía al director, era el que me había hecho la entrevista, pero a partir de ahí todo dependía del coordinador. Según me dijeron, él se encargaba de asignar los grupos, así que estaba en sus manos. Aunque me había hecho a la idea de que él también sería un hombre de mediana edad, resultó que no tenía muchos más años que yo.
- Tú debes de ser Marian.
- Sí, y tú el famoso coordinador.
- Puedes llamarme Edgar.
- Tengo ganas de saber ya a qué grupo voy a dar clases.
- Pues te he asignado a los peques, niños de entre seis y ocho años.
- Vaya...
- ¿Algún problema?
- No quería que mi primera experiencia fuese con niños, pero da igual.
- Podemos intercambiarnos a los alumnos, por mí no hay ningún problema.
- ¿Tú a qué grupo llevas?
- Me había quedado al de personas mayores, ya que suele ser el más complicado.
- ¿Y de verdad no te importaría cambiármelo?
- Si te atreves...
- ¡Muchísimas gracias! Te prometo que voy a estar a la altura.
Edgar era, en todos los sentidos, radicalmente opuesto a lo que me había imaginado. No era un hombre serio que se iba a dedicar a controlarme por ser una novata y a hacerme la vida imposible, todo lo contrario, desde el primer momento hizo todo lo posible para facilitarme la adaptación a la academia. Había empezado con buen pie.
Mis buenas sensaciones se confirmaron al entrar en clase. Todo eran personas mayores de cincuenta años, lo que me hizo sentir intimidada al principio, pero me acogieron tan bien que enseguida me hice con el ritmo. Era un gusto tener alumnos que estuvieran allí por voluntad propia y que hablaran siempre con tantísima educación.
Había llegado con la intención de ser una maestra seria, pero desde el primer momento me desarmaron con su gracejo y las tiernas bromas que hacían. Otra cosa que jugaba a favor de mis alumnos era que no podía evitar pensar era que, de estar viva, mi madre tendría la edad de la mayoría de ellos y podría haber sido una más en esa clase. El primer día volví a casa realmente contenta.
- Marian, ya no tienes la cara de susto de esta mañana.
- Ha ido mucho mejor de lo que me esperaba.
- Miguel se va a poner muy contento cuando lo sepa.
- Todo ha sido gracias a vosotros, me habéis cuidado muy bien estos años.
- No soy tu madre, pero sabes que me siento como tal.
- Ojalá algún día os pueda devolver todo lo bueno que me habéis dado.
- Solo te pido que sigas haciendo feliz a mi hijo.
- Dalo por hecho, suegra.
No necesitaba que su madre me lo pidiera, quería seguir haciendo feliz a Miko, aunque era cierto que a veces esos seis años de relación comenzaban a pesar. Nunca había estado con otro chico y me preguntaba cómo sería estar con otro, pero estaba enamorada de él, así que ni siquiera me planteaba la opción de comprobarlo.
De Miko no solo me gustaba su físico, todavía portentoso, ni todo lo que había hecho por mí, también me sentía atraída por su forma de ser, por esa bondad que ni siquiera intuía cuando éramos adolescentes y aún no lo conocía bien. También me sorprendió lo inteligente que era, podría haber llegado a cualquier parte de habérselo propuesto.
Pero mi novio prefirió no estudiar una carrera y ponerse a trabajar para podernos independizar lo antes posible. Aunque ambos estábamos bien viviendo con sus padres, comprendíamos que no podía ser así eternamente. Memoria de ganas por tener mi propio espacio con él y gracias a la Academia al fin podría contribuir a que eso ocurriera.
- Amor, ya me ha dicho mi madre que te ha ido muy bien.
- Sí, los abueletes son encantadores.
- Y eso que todavía no saben lo afortunados que son por tener una profe así.
- Bueno, eso todavía tengo que demostrarlo.
- ¿Podemos empezar a mirar pisos ya en serio?
- ¿Estás seguro de que vas a poder aguantarme tú solo?
- Imagínate los polvos que vamos a echar sin miedo a que nos escuchen.
- Así que el señorito solo me quiere para eso...
- Sabes que no, tonta.
- Pues empecemos a buscar, pero no me voy a conformar con cualquier cosa.
- Claro que no, para mi reina lo mejor.
Siempre habíamos imaginado la búsqueda de piso como algo divertido, que tendríamos que escoger entre muchas opciones, a cada cual más tentadora, pero la cruda realidad nos dio en los morros. Había mucho donde elegir, eso era cierto, pero los precios nos parecían prohibitivos. No es que no pudiéramos pagarlos, simplemente nos negábamos a invertir la mayoría de nuestros sueldos en un alquiler.
La euforia inicial se relajó, pero no estábamos dispuestos a rendirnos. Decidimos tomárnoslo con más calma, a sabiendas de que la prisa solo nos iba a generar frustración. Teníamos la esperanza de acabar encontrando alguna especie de chollo, un piso que nos gustara y que además no se fuera completamente de nuestro presupuesto.
Las semanas fueron pasando y seguíamos sin encontrar nada que nos convenciera. Eso me desanimaba bastante, pero recuperaba la alegría en cuanto pisaba la academia. Mis buenas impresiones iniciales se confirmaron enseguida, cada día me sentía más a gusto con mis alumnos. De haber tenido un mejor sueldo, me hubiese planteado seguir enseñando a personas mayores durante muchos más años.
Aunque no solo mis alumnos me daban alegrías en el trabajo. En Edgar encontré una persona de confianza, alguien con quien se podía hablar de todo y que me facilitaba el trabajo a diario. Nunca había sido amiga de un chico, así que, en ocasiones, me preocupaba pasar demasiado tiempo con él por si sus intenciones, o incluso las mías, pudieran ser otras.
Porque en Edgar, más allá de lo bien que me trataba, veía algo especial. Quizás no tenía el cuerpo de mi novio ni esa chulería impostada que tanto me gustaba en Miko, pero había algo en la mirada de ese hombre que me atraía, que hacía que quisiera saber más de él. Aunque él no me daba pie a nada, decidí ir con cuidado.
Quedaba un mes para Navidad y en la Academia teníamos que trabajar el vocabulario típico de esa época. Eran unas fiestas que a mí me entristecían, porque recordaba cuando lo celebraba con mi madre, pero no podía negar que algunas cosas sí que me gustaban, como los regalos. Concretamente, ese año le tenía echado el ojo a un bolso y ya le había dejado caer a Miko que lo quería.
- No eres nada sutil haciéndome saber lo que quieres que te compre.
- Un año lo fui y me regalaste calcetines.
- Eran monísimos, eso no me lo puede negar.
- Una maravilla, pero este año ya sabes lo que quiero.
- ¿Bragas?
- De eso ya se encarga tu madre todas las novedades.
- ¿Alguna pega?
- En absoluto, pero creo que comparto estilo con algunas de mis alumnas.
- Todavía no está muy familiarizada con el tanga.
- Pues tu padre lo agradecería.
Siempre me había gustado bromear con Miko, me parecía que era muy gracioso y que juntos nos podíamos reír de todo. Si me paraba a pensarlo, llegaba a convencerme de que mi novio era el chico perfecto, que no iba a encontrar jamás a alguien como él. Justo por ese motivo no entendía por qué cada vez pensaba más en Edgar.
Sabía que esas cosas sucedían, que podías estar enamorada y que a la vez te atrajese otro hombre, pero eso no podía pasarme a mí, no con todo lo que Miko y sus padres me habían dado en los últimos años. Aunque trataba de restarle importancia, cada vez me sentía peor por el simple hecho de llegar a pensar en que pudiera sucumbir.
Lo único que me tranquilizaba era que Edgar en ningún momento había mostrado interés por mí, hasta que empecé a captar algunas indirectas que me inquietaron. Yo no sabía nada de su vida ni él de la mía, así que se me ocurrió sacar el tema con la intención de que supiera que no estaba disponible y se abstuviese de hacer un intento que me provocara dudas.
- ¿Cómo llevan los niños lo del vocabulario navideño?
- Genial, lo pillan todo al vuelo.
- Qué suerte, a los míos les cuesta bastante, sobre todo la pronunciación.
- Es que a esa edad es más difícil asimilar nuevos conceptos.
- Supongo. Bueno, me voy a casa que me está esperando mi novio.
- No sabía que tenías pareja.
- Pues sí, llevo seis años con él y estoy muy feliz.
- Me alegro por ti, Marian.
- ¿Tú tienes a alguien?
- Tenía, pero me rompieron el corazón.
- Vaya, lamento oír eso.
- Tranquila, ya empiezo a ver la luz al final del túnel.
- No te rindas, que cualquier mujer estaría encantada de tener un novio como tú.
- ¿Cualquiera?
- Más de las que te imaginas, eso seguro.
Me salió el tiro por la culata. No pareció impresionarle demasiado el hecho de que yo tuviera pareja y encima me enteré de que él estaba libre, lo cual, inevitablemente, me hizo imaginar cosas indebidas. Tenía que cambiar pronto de trabajo o al menos encontrar otra ocupación para las mañanas y así no pasar tanto rato pensando.
La distracción que necesitaba llegó en forma de piso. Cuando menos lo esperábamos, apareció la ganga que habíamos estado buscando. Un cliente de Miko le había dicho que llevaba tiempo intentando alquilar su casa y que, si era para él, se lo dejaría a buen precio. Parecía la oportunidad idónea para empezar a volar juntos.
Ese mismo día fuimos a ver el piso. No era ninguna maravilla, pero cumplía con los mínimos que necesitábamos. Estaba bien ubicado y nos lo dejaba amueblado, aunque lo mejor de todo era el precio. Si aceptábamos, nada nos iba a impedir seguir ahorrando un poco cada mes de cara a tener algún día nuestra propia casa.
- ¿Cómo lo ves, Marian?
- No es un palacio, pero tampoco aspirábamos a eso.
- También es un punto a favor tener un casero de confianza.
- Sí, supongo que sí.
- No pareces muy convencida.
- Sí que lo estoy, de verdad, por mí me mudaba hoy mismo.
- Calma, que no deja el piso hasta principios del año que viene.
- Para eso quedan menos de tres semanas.
- Pues tendremos que empezar a planificar la mudanza.
Me hacía ilusión que al fin hubiésemos encontrado nuestro nidito de amor, pero no podía quitarme de la cabeza a Edgar. No es que pensara en él en sí, sino en la facilidad con la que otro hombre se había colado en mis pensamientos. Creía que podía dominarlo, pero temía que eso solo fuese el principio de mi desapego hacia Miko.
Ni siquiera la inminente mudanza conseguía tenerme del todo distraída. Cada vez que me cruzaba con Edgar pensaba en cómo sería acostarme con él, en qué sentiría al hacerlo con otro que no fuera mi novio. Sus frases con doble sentido no cesaron, me seguía tentando para ver si yo picaba, pero no podía perder a la que consideraba mi familia por esa simple curiosidad.
En aquella época yo solía terminar mi jornada casi a las nueve de la noche, así que cuando salía ya estaba oscuro y hacía mucho frío. Por ese motivo Miko solía pasar a buscarme en su coche, pero un día me llamó por teléfono para decirme que él y sus padres estaban en mitad de un atasco enorme por culpa de un accidente y que tardarían por lo menos un par de horas en volver a casa.
- ¿Todo bien?
- Sí, pero hoy no viene el chófer a buscarme.
- ¿Vives muy lejos?
- A unos quince minutos caminando.
- Eso con el frío que hace es bastante.
- No te preocupes, Edgar, inmersa en mis pensamientos pasa enseguida.
- Pero yo puedo acercarte en un momento, tengo el coche aquí.
- Te lo agradezco, pero no quiero molestar.
- No es molestia, Marian, de verdad.
- Está bien.
No tenía por qué emocionarme que me llevara en coche, mi novio lo hacía todos los días, pero me excitaba su insistencia. El camino se hizo muy corto y fuimos prácticamente en silencio, en gran parte porque yo evité hablar para no dar pie a nada. El problema fue al llegar, cuando se suponía que tenía que despedirme de él, pero no acababa de hacerlo.
Quería bajarme del coche y a la vez permanecer allí, no conseguía entenderme a mí misma. La sonrisa triunfal que esbozaba Edgar en su cara me hacía pensar que él sabía todo lo que pasaba por mi cabeza, cómo no era capaz de decirle de forma tajante que entre nosotros jamás ocurriría nada. Incluso de esa manera conseguía ponerme cachonda.
- ¿Me enseñas tu casa?
- No creo que sea buena idea.
- ¿Vives sola?
- No, vivo con... mi novio.
- Entiendo que no quieres que me vea para que no piense cosas raras.
- Ahora mismo no está en casa.
- Pues entonces invítame una copa.
- Edgar, no sé qué pretendes.
- Tomar algo con la profesora revelación del año.
- Pero es tarde, mejor lo dejamos para otro día.
- No seas así, Marian, que no te voy a morder...
- Te tomas un refresco y te vas.
- Me vale.
El querer y el no querer seguían batallando dentro de mi cabeza, pero la cuestión era que acepté que subiese. El simple hecho de ver a Edgar en casa de mis suegros ya me hizo sentir como una traidora, aunque también me provocaba un cosquilleo en todo el cuerpo. Solo esperaba que se comportase y que se fuera lo antes posible.
Resultaba evidente que en esa casa no vivía yo sola con mi novio, aunque él no dijo nada. Fui a la cocina en busca de un par de refrescos y mientras cogía los vasos, apareció por sorpresa y me agarró de la cintura. Todo el cuerpo se me tensó y no pude evitar dejar escapar un suspiro. Al igual que aquella noche en el patio del instituto con Miko, la cabeza me decía que no lo hiciera, pero todo lo demás me pedía dejarme llevar.
Antes de que pudiera pedirle que frenara, ya me había metido la mano bajo la falda y rozaba mi sexo desde detrás sin ningún tipo de pudor. Me tenía contra la encimera y comenzó a flotar su paquete contra mi culo. Noté como la temperatura se elevaba de inmediato y no pude evitar darme la vuelta y comerle la boca.
Nos refregamos como animales sin dejar de besarnos. Edgar me agarró las tetas con una energía que nunca hubiera imaginado en él, pero eso me puso a mil. Me tenía abierta de piernas y estaba encajado en mis caderas, deseaba que me subiera la falda y que hiciese conmigo lo que quisiera. Pero no tenía intención de follarme en la cocina.
Edgar me cogió en brazos y salió de allí en busca de una cama. La primera habitación que encontró fue la de mis suegros, pero en ese momento no me vi capaz de decirle que ahí no podía ser. Me dejó caer sobre la cama y se tumbó encima de mí. Fue entonces cuando me subió la falda y bajó mis bragas de un tirón. Palpando mi mojado coño con sus atrevidos dedos.
Parecía que él también era consciente de que el tiempo jugaba en nuestra contra. Edgar bajó también sus pantalones y sin más preámbulos me la clavó hasta el fondo. Rodeando mi cuello con una de sus manos comenzó a bombear con mucha violencia. Era justo lo contrario a la manera que solía follar con Miko, por eso me resultaba tan morboso.
- ¿Te gusta que te den duro?
- Sí, no pares.
- Pues quiero oírte gritar.
En ese momento hubiese hecho cualquier cosa que me hubiera pedido, por eso comencé a gemir a gritos. Edgar me lamía la cara entera mientras seguía apretándome el cuello y embistiendo con dureza. Me volví completamente loca al llegar al orgasmo. Seguramente fue eso lo que me impidió escuchar la puerta.
Mientras Edgar se corría a chorros dentro de mi coño, Miko y sus padres entraron en la habitación alertados por los gritos. No sabría describir con palabras lo que sentí en ese momento, pero sí tenía claro lo que estaban pensando ellos. Era una infiel desagradecida que acababa de perderlo todo de nuevo por culpa de una segunda mala decisión.
Fin de la segunda etapa.
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