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Habitación con vistas III - Chueca

Liv creía estar sola en su habitación, entregándose a un placer prohibido, pero no imaginaba que la puerta entreabierta dejaba al descubierto no solo su cuerpo, sino también el nombre que susurra con tanta lujuria. Clara, al otro lado, no podía apartar la mirada ni el oído, y lo que escuchó cambió todo.

ginecoloc01.9K vistas

El cielo de Madrid estaba despejado aquella tarde, pero el calor de septiembre seguía apretando. Liv caminaba sin rumbo claro por el barrio de Chueca, fascinada por sus calles vibrantes, sus fachadas coloridas, sus cafés con mesas diminutas pegadas a las aceras. Era un barrio distinto al resto, moderno, libre, con un aire de atrevimiento que se sentía en cada esquina, la gente vestía con estilo, con seguridad, con orgullo, con el espíritu libre de expresar lo que siente.

Mientras observaba una tienda de arte urbano, algo en un escaparate cercano llamó su atención: luces tenues, decoración elegante, y una vitrina con objetos que le costó identificar de inmediato, cuando se acercó, no hubo dudas: era un sexshop, había escuchado de estos lugares, pero pensaba que no podían estar a simple vista, que no podían mostrar sus productos tan explícitamente.

“Belova”, decía el letrero con letras rosa sobre un fondo negro, era discreto, moderno, casi parecía una boutique de perfumes, por alguna razón, Liv no siguió caminando. Miró hacia ambos lados, como si alguien pudiera reconocerla, aunque no conocía a nadie en Madrid, lo pensó por un par de segundos que parecieron eternos, finalmente se decidió, cruzo la calle, pero dudo, paso de largo, la pena le impedía entrar, iba y venía, pero algo la llamaba, sentía que tenía que conocer ese lugar, luego de un par de intentos fallidos no pudo contenerse y se acercó a la puerta, esta se abrió sola al detectar su presencia.

Una campanilla suave anunció su entrada, dentro, el ambiente era fresco, con música electrónica suave y estantes iluminados que mostraban los productos como si fueran joyas.

Hola, guapa dijo una voz femenina, joven. ¿Primera vez en un lugar así?

Liv se giró, tras el mostrador salió una chica de no más de 25 años que la miraba con una sonrisa amplia, morena, pelo corto y asimétrico, labios carnosos, un piercing en la nariz, llevaba una camiseta sin mangas que dejaba ver sus tatuajes, y unos pantalones ajustados que marcaban sus caderas generosas, era bella, segura, descarada.

Sí… solo… mirar dijo Liv, avergonzada, con su acento dulce.

Mirar está bien, pero tocar y sentir es mucho mejor respondió la chica, guiñándole un ojo.

¿Te interesa algo para ti? ¿O para alguien más?

Liv se ruborizó.

Para… yo… Sola.

La vendedora bajó la voz un poco, y se acercó.

Vale, entonces vamos por lo básico, pero bonito, nada fuerte o agresivo. ¿Has usado algo antes?

Liv negó moviendo su cabeza con una sonrisa tímida, mientras su cara se ponía colorada, lo que la hacía ver más linda, ya que contrastaba con su tono de piel.

Perfecto dijo la chica, y comenzó a guiarla por la tienda como si fuera un museo y estuviera en una visita privada, mira estos son los más suaves, este por ejemplo es el Sona 2 Cruise, estimula el clítoris con ondas sónicas, no vibra, succiona, como si alguien te lamiera muy, muy bien, es silencioso, impermeable, y tiene varios niveles, muy popular entre las chicas solas… o las que no quieren volver a los hombres después de probarlo.

Liv rió sin querer, nerviosa.

Este otro es el We-Vibe Touch X, más clásico, vibra y tiene una forma perfecta para sostenerlo en la palma. Silicona médica, tacto aterciopelado… muy discreto. Parece un cosmético.

Es… bonito —dijo Liv, acariciando el borde del aparato.

Y si quieres algo… más íntimo —continuó la vendedora bajando aún más la voz—, este es el Je Joue vibrador, como su nombre lo dice es un vibrador interno, pequeño pero potente, perfecto si quieres explorar un poco más dentro. ¿Te apetece?

Liv se quedó en silencio, mordiéndose el labio inferior. Nunca había tenido uno. Y de pronto se sentía… lista.

Quiero… el primero.

¿El Sona 2 Cruise? Buenísima elección. Aunque cuidado, añadió la vendedora sonriendo con picardía mientras se lo llevaba a la caja, tiene fama de dejarte sin piernas si no te preparas, empieza suave, ¿sí?

Liv asintió con los ojos brillantes, sonrojada, pagó en efectivo, la vendedora le dio la bolsa negra con el logo de la tienda y un papel de seda envolviendo el aparato, disfrútalo, y si quieres subir el nivel y quedas con ganas de mas… vuelve… tengo más juguetitos.

Liv se fue con el corazón acelerado, como si hubiera hecho algo ilegal, pero también con una sensación nueva, peligrosa y excitante, en el metro de vuelta, no dejaba de tocar con los dedos el borde de la bolsa, pensaba en Clara y en Héctor, en la vendedora y en todo lo que le dijo, en la forma en que la miraba, en como la desnudaba con la mirada.

Aquella noche esperó en el salón, fingió leer un libro de la universidad, a la una y media, las luces se apagaron en la habitación del fondo. Diez minutos después, comenzaron los primeros ruidos.

Liv salió corriendo para su cuarto, procurando no hacer ruido, busco en el cajón donde había guardado su nuevo “amigo” se desnudó a toda prisa sobre su cama, encendió el aparato y lo empezó a pasar por su cuerpo, primero por sus senos, las ondas eran silenciosas pero envolventes, como una caricia profunda, suaves, pausadas, siguió recorriendo su cuerpo, su abdomen, su respiración aumentaba lentamente, luego lo coloco en su pubis, y aunque estaba en la potencia mínima fue inmediata la sensación, rápidamente su temperatura corporal aumentó, y aun no llegaba a su destino, bajo los pocos centímetros que faltaban y lo puso sobre su clítoris y un relámpago recorrió todo su cuerpo, era imposible que algo tan pequeño pudiera generar tantas sensaciones, lo movía entre sus labios mientras con la otra mano se acariciaba un pecho, y de fondo los sonidos de la pareja, era la mezcla perfecta que necesitaba para darse placer.

Desde la otra habitación, escuchaba a Clara. Gemía fuertemente, decía cosas que la encendían. frases como "sí, así", "más fuerte", "dámelo dentro", Héctor respondía con su voz tan masculina y grave, diciendo su nombre, pidiéndole cosas que Liv apenas alcanzaba a comprender.

Aumentaba el ritmo del succionador, y Liv se arqueó. Su respiración se volvió agitada. El calor entre sus piernas crecía, el gemido contenido de Clara la atravesaba como un latigazo de deseo, imaginó estar allí mirando cómo era penetrada, como ese hombre poseía ese hermoso cuerpo, o mejor aún, entre ellos, siendo tocada por ella.

Era inevitable el final, no tardó mucho, el orgasmo la alcanzó como una ola eléctrica, un gemido bajo, dulce, largo, todos sus músculos tensos, las piernas abiertas, el pecho agitado, y un par de lágrimas suaves, sin razón, pero por la intensidad del momento no podía creer que podía sentir cosas tan deliciosas sin que la penetraran, había cruzado una frontera invisible. Y ya no quería volver atrás.

Rápidamente pasaban los días, cada uno en su rutina y responsabilidades, era sábado, Liv no tenía que ir a la universidad, la tarde caía despacio sobre Madrid, afuera el sol dibujaba sombras largas sobre los balcones del barrio de Salamanca, mientras el calor empezaba a dar tregua y una brisa suave se colaba por las ventanas abiertas en el piso, todo parecía en silencio.

Clara había salido temprano a una exposición privada en Lavapiés. Héctor, según le dijo esa mañana, tenía una reunión con un artista extranjero y no volvería hasta la noche, acababa de terminar de ordenar su ropa, había regado las plantas del pequeño balcón, y luego, simplemente… se dejó caer sobre la cama, miraba por la ventana, esa que le daba esas vistas inigualables.

Aquel silencio, aquel calor lento, la envolvió como una sábana invisible, se quitó el vestido ligero que llevaba y se quedó en ropa interior. Una braguita de algodón blanca, simple, y un sujetador deportivo, bastaron solo un par de minutos para que este par de prendas también desaparecieran de ese hermoso cuerpo, la brisa tibia que entraba por la ventana le acariciaba el vientre y los muslos mientras estaba tumbada boca arriba, las piernas abiertas sobre las sábanas, su cuerpo vibraba con una necesidad que ya no podía esconder ni de sí misma, cada noche, desde hacía una semana, buscaba la oscuridad y los gemidos ajenos para dejarse ir, pero esa tarde, con la casa en calma, sin la presión del horario ni la culpa de ser descubierta, algo dentro de ella pedía salir, abrió el cajón de la mesita y sacó la pequeña caja negra, ya sabía el camino, coloco el Sona entre sus piernas con delicadeza, sin encenderlo aún, solo dejándolo posarse, como una promesa, cerró los ojos, se acomodó lentamente y luego simplemente se entregó.

Cuando pulsó el botón, una vibración suave le recorrió la espalda como si alguien la hubiese tocado de verdad, las ondas sónicas parecían buscar su núcleo más íntimo, sin rozarla directamente, como una lengua invisible que la acariciaba desde dentro.

Y comenzó con sus gemidos, suaves al principio, entre dientes. El cuerpo se le arqueó despacio. las manos y piernas temblaban sobre el colchón, los muslos abiertos, tensos, la respiración, entrecortada.

—Mmm… ah… sí…

El sonido crecía con ella, el succionador respondía con una intensidad modulada, subiendo y bajando como si conociera su ritmo interno, Liv dejó escapar un gemido más largo, profundo, lleno de deseo, y no se percató de que ya no estaba sola.

Clara había vuelto antes, No había hecho mucho ruido al entrar, al no escuchar ningún ruido pensó que Liv no estaba, dejo una bolsa de comida japonesa en la cocina, se quitó sus tacones y caminó descalza por el pasillo, en dirección a su habitacion, pero cuando pasó frente a la habitación de la chica, se detuvo.

Un sonido, no era música, no eran palabras, era un gemido claro, húmedo, femenino.

Clara se quedó en silencio, se acercó a la puerta que estaba ligeramente abierta y allí la vio, desnuda, con un aparato directamente en su vulva, y luego… Escuchó otro gemido, más alto, un sonido cargado de placer.

¡oh mijn god… dit voelt zo goed¡ (oh dios mio… esto se siente tan bien) dijo la chica mientras se retorcía sobre la cama.

Algo se encogió en el pecho de Clara, su primera reacción fue retirarse y dejar a la joven darse placer tranquilamente, pero no pudo, algo la ancló, se acercó apenas un paso más para ver con mas detalle todo, no era una mujer cotilla, no solía mirar lo privado, pero lo que escuchaba y veía era hipnótico, vivo, bello y puro, ver como una jovencita se daba placer, mientras pensaba que estaba sola.

Y entonces la escuchó decirlo… “Ohhh jaaa, Clara!”

La mujer abrió los ojos, Liv lo había dicho con un suspiro, no como si hablara, sino como si la imaginara y lo viviera, como si su nombre saliera de entre las piernas, cargado de deseo y placer.

Clara no sabía si había escuchado bien, pero entonces, otro gemido, más urgente, como si se le fuera la vida en ello y en ese momento no quedó ninguna duda…

—Oh… Clara… sí…

El ritmo del succionador se adivinaba en la cadencia de la voz, en el temblor del colchón y de sus piernas, y luego, un gemido más profundo, más largo, una súplica ahogada.

Clara se quedó paralizada, sentía el corazón latirle en las sienes y en su vagina, estaba totalmente húmeda, mientras escuchaba a la joven entregarse por completo, y no solo a un juguete, a una imagen mental, tal vez una fantasía, su nombre, pronunciado con lujuria y necesidad.

Y entonces llegó el clímax:

Liv gemía sin pudor ahora, un orgasmo real, húmedo, que le sacudió el abdomen, que la hizo apretar los muslos, que la dejó sin aliento, su cuerpo se estremeció bajo la brisa cálida que venía de la ventana, jadeaba con los ojos cerrados, sin saber que al otro lado de la puerta, una mujer la escuchaba, inmóvil, con la piel erizada y los labios entreabiertos, mientras se apretaba un seno y tocaba levemente su vagina.

Clara vio como desde la vulva de Liv emergió una gran cantidad de flujo, vio como esa sus labios rosas brillaban por el sol que se colaba por la ventana, de cómo tenso todo su cuerpo por unos segundos y luego simplemente se desplomo, como si se desmallara, solo pudo dar un paso atrás, despacio, y caminó hacia la cocina como si despertara de un sueño, apoyó las manos sobre la encimera, sin poder dejar de oír los ecos de esos gemidos aun flotando en el aire y en su cabeza, algo le ardía entre las piernas, una tensión indescriptible.

Liv, en su cuarto, aún temblaba, con los ojos cerrados, con el juguete en la cama aun encendido, con el cuerpo desnudo y la piel húmeda, y entre risas recordó que la nombro, fue inevitable, no sabía por qué había dicho su nombre, solo lo sintió, pero en el momento en que lo hizo deseo que estuviera allí, aunque no sabía que si estaba…. Y que lo había visto y escuchado todo.