Mónica VII. La comunión
Mónica creía conocer sus límites, pero la mirada de Sergi desde la terraza le prometía algo prohibido. Cuando la pareja aparece en su puerta, no hay vuelta atrás: el deseo ajeno se convierte en su propia realidad, borrando fronteras y tabúes en una comunión húmeda y turbia.
VII.- La comunión
Al día siguiente, Mònica se levanta tarde. Se ha pasado toda la noche masturbándose, imaginando a Sergi y sus amigos la noche anterior. De hecho, la despierta la luz del día. Se ducha, desayuna, y se dirige al comedor para recoger las copas de la noche anterior. Sobre la mesa de mármol, entre los vasos, una mancha espesa, blanca. Acerca los dedos, temblorosa, y deja que el semen se escurra entre sus dedos, apreciando la textura, como si fuese un tejido. No pudo reprimirse y los acerca a la mejilla, frotándolos ligeramente sobre la piel. Se excita imaginando de quién de los dos sería, como había acabado en la mesa, hasta que, sin poder resistirlo, va acariciándose, dejándose llevar, con los ojos cerrados, hasta correrse. Parece mentira, pero ha despertado a su multiorgásmidad. “¿Cuántas cosas más descubriré?” - piensa
Se pone una camiseta y sale a la terraza a tender algo de ropa. Al darse la vuelta hacía el balcón de Sergi, es como si le hubieran golpeado la cabeza con un martillo. Él está allí, con su mujer. Presta atención. Es una morena impresionante. Pelo largo, piel morena del sol, unas piernas larguísimas saliendo de la abertura frontal de su vestido... está apoyada en la barandilla, mirando hacia la calle. Sergi está detrás, distraído, en bañador, tipo bóxer. Al verla, se gira hacía ella y Mònica vie o imagina, un brillo en sus ojos. Le hace una clara señal, indicándole que no se mueva de donde está.
Le obedece y se sienta, ligeramente vuelta hacia ellos, observándolos con los ojos entreabiertos. Sergi se acerca a su mujer, asiéndola por la cintura. Ella inclina la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Mònica ve la mirada de Sergi clavada en ella, que continúa sentada, sin perderse detalle. Él va desabrochándole el vestido a la mujer, empezando por los botones superiores, uno tras otro. La chica no da señales de estar violenta por la situación, moviéndose sensualmente, con los ojos cerrados, dejando que los dedos de él jueguen con cada botón. Por fin, al acabar, Mònica puede apreciar claramente que ella no lleva nada bajo el vestido, y que eso no parece importarle, así que queda desnuda en aquella terraza. Ni siquiera mira. Sergi sonríe a Mònica mientras con las manos aparta el vestido de su mujer, ahora completamente abierto, para que pueda apreciar la perfección de sus pechos. Ninguna marca de bañador. El vientre, plano, acaba en su sexo, rasurado. A Mònica no le atraen las mujeres, pero no puede dejar de reconocer que es una mujer espléndida.
Al rato de estar magreándole los senos, Sergi la coge por las caderas y ella echó el cuerpo hacia delante, apoyada en la barandilla, como si mirara hacia la calle. Él se baja el bañador hasta medio muslo y Mònica se maravilla de nuevo del tamaño de su miembro. Eso le basta para excitarse otra vez como una loca y, aprovechando que la mujer tiene la cabeza gacha, pasa una mano bajo la camiseta y empieza a masturbarse en silencio.
Mira como Sergi se abalanza sobre su mujer y, de un solo golpe, la penetra. Justo en ese momento ella levanta la cabeza y, con los ojos todavía cerrados, suelta un gemido. Él empieza a moverse rítmicamente, cogiéndola fuertemente de las caderas, sin dejar de mirar a Mònica, que empieza a correrse, disimuladamente. Las embestidas de él son cada vez más intensas, hasta volverse casi salvajes. La mujer le sigue el ritmo, con los gemidos convertidos en aullidos que deben oírse desde la calle. Su orgasmo es evidente, absolutamente ajena a lo que pasa a su alrededor. Es un espectáculo hipnótico, fascinante. Mònica no puede reprimir su propio orgasmo.
Cuando Sergi se cansa, se aparta. La mujer levanta entonces la cabeza y Mònica puede verle la cara, entre su pelo enredado. No tiene tiempo para más, ya que él la toma fuertemente de la muñeca y la arrastra hacia el interior del apartamento.
Mònica también se retira, intentando tranquilizarse. Por un lado, siente unos celos intensos intentando clavarse directamente en su estómago. Pero allí no hay espacio para nada que no sea el deseo de él.
El timbre de la puerta la sorprende intentando poner orden a lo que siente. Preguntándose quién será, abre la puerta y, con los ojos como platos, ve a Sergi y a su mujer. El lleva todavía el bañador y ella, un pareo de baño.
Naturalmente, se alarma. Él entra como si estuviera en su casa diciendo:
- Mònica, ésta es Ester, mi mujer. – Las dos respondieron a la vez:
- Encantada. – en voz baja, sin mirarse. Sergi sigue de pie en medio de la sala mientras ellas se sientan.
– Hemos visto como nos mirabas antes. – le dice de repente. A Mònica siente que se encuentra al borde de un precipicio, mirando al fondo. Vértigo.
– Y hemos venido a que nos veas de más cerca. – Entonces se acerca a Ester y la alza suavemente, cogiéndola de los hombros. Sigue:
- Mírala. – mientras le desanuda el pareo y lo deja caer. Ester se queda ahí, de pie, desnuda en todo su esplendor, mirando al suelo, ante Mònica.
- ¿Te gusta? - continua Sergi. Mònica empieza a sentirse mareada. Reacciona para decirle:
- Mira Sergi, no sé de qué va esto pero a mí las mujeres no..
Él se acerca, sin dejarla terminar y también la levanta, pero esta vez violentamente, hasta colocarla frente a Ester y tomándole el cuello de la camiseta con las dos manos y rompiéndosela de un solo movimiento, grita:
- ¡Mírala! – Sin poder resistirse, Mònica eleva la cabeza y la mira
Sergi las empuja hasta quedar sentadas juntas en el sofá. Ninguna se atreve a levantar la vista ni a mirarse entre ellas.
– Ahora os lo haréis para mí.
Indica, mientras se sienta ante ellas. Mònica está absolutamente paralizada. En ese momento se fija por primera vez en los ojos de Ester. Su mirada era tan dulce, como si entendiera lo que está sintiendo ella en ese momento... De un modo muy cálido le pasa el brazo por la espalda y la abraza, tomando la iniciativa, ya que Mònica es incapaz de moverse. Así, siente el tacto de la piel de Ester sobre la suya, como se le acerca, la dureza de sus pezones clavándose en los suyos que, extrañamente, también están tensos, acariciándolos, mimándolos, con la palma de la mano sobre sus pezones, su respiración, cada vez más agitada, el pelo de Ester, tan suave sobre el hombro, su mano deslizándose lentamente, sin prisas, por su vientre, rozándole casi sin tocarla su vello púbico, abriéndole, con extremada ternura, los labios de su clítoris y empezando a buscarla, a perderse en su humedad, entregándola a ese punto de placer cálido. Mònica se deja llevar y sus músculos pierden rigidez bajo las caricias de Ester, sabiendo que eso es lo que Sergi quiere.
Se siente en una nube, dentro de una escena que se va tornando más irreal a cada momento. Como en una película, observa como Sergi se levanta (debe haberse desnudado cuando ella no lo miraba) y se coloca frente a su esposa. Sin parar de tocarla, Ester coge el pene de Sergi y se lo introduce en la boca. Lo hace con una sensualidad irresistible, manteniendo la tensión y el ritmo. Mònica se sorprende a sí misma buscando con la mano los senos de Ester. Le acaricia el pelo y le pellizca los pezones cuando puede alcanzarlos. Su cabellera morena le proporciona una visión memorable mientras la mueve con la misma cadencia que imprime a la mamada. Es un cúmulo de sensaciones las que pasan por la mente de Mònica. Se convierte en compañera de Ester en la labor de hacer feliz a Sergi, un sentimiento que borra cualquier sombra de celos.
Empieza a masturbarla ella también a Ester, hundiendo los dedos en su sexo, mojando las ganas en su nueva humedad, absolutamente rendida al nuevo descubrimiento. Con las mejillas enrojecidas de deseo, con un brillo de excitación en sus ojos, observa atentamente como Ester lame y chupa la enorme polla, besándole los testículos mientras con la mano manipula lentamente el tronco. A la vez, repasa con la lengua el miembro de arriba a abajo, chupando el glande, tragándosela entera, con tanta suavidad y convencimiento a la vez... La observa con admiración y envidia y, encontrándose con su mirada cómplice le sacó los dedos del sexo y se los lleva a la boca con ansia.
Cuando Sergi se corre en la boca de Ester se da cuenta de su extremada belleza. Ella la mira con los ojos azules brillando de placer mientras degusta el esperma antes de tragarlo. Entonces es como si una extraña conexión se encendiera entre ellas. Mònica, con la mirada clavada en sus labios carnosos abiertos, en sus dientes blancos y la boca llena de semen, se acerca y empieza a lamerle los labios, hundiendo la lengua en su boca para compartir la anhelada leche de Sergi, en una comunión de pasiones compartidas, de promesas, de sexo, y de emociones turbias y húmedas, corriéndose las dos a la vez.
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