Xtories
Dominaciónago 2025

Siervas del hombre: bienvenidas a mi harem 01

El camión se detiene, pero la verdadera tortura apenas comienza. Ivette descubre que su libertad no solo le fue arrebatada, sino que su cuerpo ahora pertenece a un placer que no puede controlar. Mientras la droga recorre sus venas, la rebelde se convierte en la sierva más dócil de su enemigo.

Jane Cassey Mourin16K vistas8.6· 14 votos
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

IVETTE

Llanto, el murmullo de los lamentos que se extendían por las calles, el sonido de algunos disparos que seguramente fueron dirigidos en contra de las rebeldes que aún intentaban escapar, el sentimiento de culpa que golpeaba a todas las chicas que estábamos en ese camión militar después de que fueran nuestras hermanas quienes hicieron explotar aquel edificio; todo eso era lo que sacudía mi mundo mientras el dolor de mis heridas parecía ceder paso a aquel que venía desde un lugar en el fondo de mi alma, surgido en el remordimiento y un ineludible sentimiento de vergüenza al saber que había sido parte de un movimiento que causó la muerte de miles de personas inocentes.

¿Cuánto tiempo pasaría antes de que los soldados comenzaran a violarnos? ¿Cuándo tomarían la decisión de acabar con nuestras vidas después de que hubiéramos matado a sus familias? ¿Cómo se sentiría morir? Esa era la clase de incógnitas que navegaban sin rumbo en mi cabeza, que me hacían suponer que mi vida terminaría muy pronto, que no pasaría mucho tiempo antes de que pagara por las malas decisiones que tomé desde que aquella mañana comenzó.

Horas más temprano

- ¿En serio piensas ir a esa protesta? - dijo ese insignificante chico que yacía acostado en mi cama, hablando con un tono de voz cargado de arrogancia, un tipo a quien conocí en un antro la noche anterior, uno de esos sujetos musculosos y con un pene enorme a los que solía llevar a casa para pasar un buen rato y luego correrlos por la mañana, cuando ya no me sirvieran de nada, algo que disfrutaba mucho hacer, en especial cuando eran de esos idiotas a los que les bastaban unos cuantos besos y algunos gemidos para terminar perdidamente enamorados, nada que ver con el imbécil de esa mañana, pues ese tipo era más bien del estilo de los que creen que fueron ellos los que se llevaron a una mujer a la cama, de los que no entienden que es la mujer quien selecciona al hombre con quien ha de acostarse, de los que se sienten superiores y tratan de demostrarlo a cada momento con expresiones de suficiencia y comentarios con los que pretenden hacerse con el control de las cosas. Pobre imbécil.

- A dónde vaya y lo que haga, no es algo que te importe, y ya entrados en esto, ya va siendo hora de que te vayas de mi departamento ¿O es que no tienes nada mejor que hacer? - le espeté, disfrutando de su reacción cuando abrió mucho los ojos y me miró extrañado, un poco molesto, evidenciando que jamás hubiera esperado aquellas palabras de mi parte, tal vez creyendo que pasaríamos el día juntos o que aquella noche de gemidos y orgasmos sería el inicio de una larga y fructífera relación - anda que en dos minutos me marcho y si no estás listo para cuando me vaya, tendrás que salir desnudo de mi departamento - lo apuré, riendo por dentro al ver su cara de perplejidad antes de que lograra reaccionar.

- Vale, vale. Ya entendí - respondió de mala gana, levantándose despacio de la cama para luego vestirse con esa misma lentitud, como si el idiota creyera que solo estaba jugando, una idea que supongo que se le borró de la cabeza cuando le lancé la chamarra que dejó tirada en el suelo, la misma que le dio un fuerte golpe en la cara.

- ¡Vamos, vamos! ¡Que tengo cosas que hacer! - lo apresuré, haciendo que me fulminara con la mirada para después desaparecer de mi habitación, escuchando segundos más tarde cómo se abría la puerta de mi departamento y luego era azotada con fuerza, un gesto que me hizo reír mientras terminaba de arreglarme para la protesta, una que prometía ser importante, tal vez la más relevante del movimiento, pues esa tarde comenzaríamos a tomar las cosas de una manera más agresiva, de una forma mucho más radical que pintar consignas en las paredes o portar pancartas con frases que fácilmente podían ser ignoradas. No, esa protesta no sería como las demás, sería el inicio de algo importante, de algo especial, con lo que me había sentido identificada desde que el movimiento Aurora comenzó.

Esa mañana salí de mi casa con una vestimenta muy sencilla, una camiseta blanca, jeans, zapatos deportivos y un chaleco de mezclilla, ropa cómoda que consideré apropiada para lo que haríamos más tarde, un atuendo con el que recorrí la calles, orgullosa de formar parte de Aurora, de ser un factor de cambio, de luchar en contra de las barbaridades que se cometían en el sistema Siervas del Hombre, de las atrocidades que fomentaba La Corporación y la manera tan descarada como el Gobierno Central miraba a otro lado mientras todo ocurría.

Sí, nos sentíamos muy importantes al reunirnos para pelear por algo que considerábamos justo, se sentía bien estar con las hermanas en esa plaza, esperando a que dieran el banderazo de salida y las filas de Aurora comenzaran a avanzar, en medio de gritos de protesta que permitían que nuestras voces se unieran en una sola.

Era hermoso estar ahí, ser parte de algo tan trascendente, o al menos lo fue hasta que las cosas se fueron al carajo, justo en el momento en el que llegamos a aquel edificio donde la inteligencia de Aurora nos indicó que se encontrarían los altos mandos de La Corporación y el Gobierno Central, un objetivo al cual debíamos atacar para que al fin nos pusieran atención, para que finalmente nuestras voces fueran escuchadas.

Muchos silbidos, una bengala volando en el aire y algunas chicas encapuchadas abriendo maletas enormes y repleta de botellas llenas de gasolina, fueron la señal que a muchas de nosotras nos hizo saber que la revolución acababa de comenzar.

Vidrios estrellándose, gritos de miedo, disparos, bombas molotov en llamas volando en contra de ese edificio y entrando por las ventanas rotas, fueron lo que caracterizó aquellos minutos en los que el ataque tuvo lugar, los mismos en los que los soldados comenzaron a disparar proyectiles no letales y bombas de gas lacrimógeno contra las mujeres que peleábamos para que el sistema Siervas del Hombre llegara a su final.

Una fuerte explosión se escuchó al interior del edificio, haciendo que las simpatizantes de Aurora gritáramos victoriosas, pero entonces, justo cuando aquella explosión cimbró el mundo, algo muy extraño comenzó a ocurrir, algo que a muchas nos desconcertó, que nos hizo pensar que algo no había salido conforme el plan: los soldados dejaron las armas y corrieron en dirección de las llamas.

Fue en aquel momento cuando un poco de lucidez surgió en mí, de entre el caos y la euforia de la batalla, cuando noté que del edificio comenzaron a salir gritos de auxilio en las voces de mujeres y niños a los que los soldados trataban de rescatar de las llamas, haciendo que algunas intercambiáramos miradas asustadas y desconcertadas, pues no se suponía que hubiera niños en ese lugar, no se suponía que hubiera nadie más que personal militar y gente de La Corporación.

Fue en aquel momento cuando las filas de Aurora se dividieron entre aquellas que continuaron atacando sin importarles lo que escuchaban y aquellas que nos abalanzamos hacia el edificio para tratar de hacer que las hermanas dejaran de atacarlo y ayudar a la gente a salir y escapar del fuego; por desgracia, justo en el momento en el que muchas de nosotras decidimos ayudar a esas personas, una segunda explosión se escuchó, proveniente del sótano de aquel edificio, una tan poderosa que hizo estallar la parte baja de la construcción y nos derribó a todos los que nos encontrábamos alrededor.

¿Cómo pudo haber pasado eso? ¿Cómo fue que una bomba casera de gasolina logró tan clase de destrucción? No lo hizo. Como muchas de nosotras lo supimos con el paso de los días, aquella tragedia fue la consecuencia de una trampa que le tendieron al movimiento Aurora, una en la que caímos sin remedio, que despertó la furia del ejército y constituyó el pretexto perfecto para que el Gobierno Central y La Corporación terminaran de manera definitiva con nuestro movimiento, aprobando la ley más abominable que ningún gobierno hubiera decretado en la historia de la humanidad.

Después de la explosión quedé noqueada por quién sabe cuánto tiempo, sin estar dormida ni inconsciente, pero lo bastante confundida como para no entender nada de lo que pasaba a mi alrededor, sin terminar de comprender lo que habíamos provocado ni asimilar por completo el hecho de que acabábamos de atacar un sitio donde había mujeres y niños.

Lo que me regresó a la realidad fue la forma como un soldado enloquecido por el odio me tomó del cabello y me obligó a levantarme, antes de que me golpeara con toda la brutalidad que había en su corazón, gritándome cosas que en aquel momento no parecían tener sentido, en medio de una rabia que alcanzaba los límites de cualquier cosa que hubiera visto en el pasado.

- ¡Maldita ramera! ¡Maldita perra! ¡Mataste a mi familia! ¡Puta de mierda! ¡Mataste a mi familia! - gritaba mientras me golpeaba la cara con tal fuerza que pronto me sentí muy mareada y confundida, hasta que otros soldados lo detuvieron, separándolo de mí, haciendo que cayera de nuevo al suelo antes de que un par de tipos me levantaran y me esposaran, para luego llevarme a un camión del ejército, donde me obligaron a ocupar un asiento antes de que esos hombres fueran por más hermanas que pertenecían del movimiento, mientras un par de tipos fuertemente armados se aseguraban de que ninguna de las chicas que ahí nos encontrábamos nos moviéramos o tratáramos de escapar.

Los minutos pasaron en medio de la angustia que me agobiaba al no tener idea de lo que sería de mí, sintiéndome culpable por haber atacado a gente inocente, por no haber sido capaz de ver lo que estábamos haciendo antes de que fuera demasiado tarde, mientras observaba a las mujeres que se encontraban frente a mí, lastimadas, con heridas sangrantes, la mayoría llorando, aunque puedo decir sin miedo a equivocarme, que aquellas lágrimas no se debían al dolor que nos provocaban nuestras heridas, sino a la culpa que nos embargaba al saber que fuimos parte de un movimiento cuya brutalidad cobró decenas o tal vez miles de vidas.

El camión del ejército se llenó en unos pocos minutos, un momento en el que creí que nos llevarían a las oficinas del Gobierno Central para ser juzgadas o algo parecido, en el que creí que comenzaría un proceso que terminaría en el momento en el que me metieran en una celda de alguna de las prisiones del estado; sin embargo, el hecho de que el camión se encontrara lleno, no hizo que nos moviéramos de donde estábamos, algo que tampoco logró el aparente silencio que dominó las calles minutos después, cuando los tortuosos sonidos del exterior se detuvieron, mientras los soldados nos miraban con odio, pero mostrándose pacientes, como si supieran que algo estaba a punto de pasar, como si solo estuvieran esperando que ocurriera algo en particular.

Un hombre apareció de pronto haciendo que los soldados lo saludaran como suelen hacerlo al presentarse un oficial, un militar que en aquella ocasión subió en el camión, mostrando con orgullo las medallas e insignias que brillaban en su uniforme, quien nos recorrió con la mirada a todas, una por una, parándose en el medio de aquel vehículo mientras sostenía una celular en todo lo alto, uno en cuya pantalla apareció la imagen del Supremo Líder del Gobierno Central, frente a un micrófono y una multitud que supuse sería gente del gobierno, el ejército y seguramente también de La Corporación.

Damas y caballeros. Con un profundo dolor me presento ante toda la nación para informar de lo que ha sido el más sanguinario e inhumano atentado terrorista que ha sufrido este país y que ha sido protagonizado por el grupo criminal autonombrado Aurora.

Hace unos minutos tuve la desgracia de saber que este grupo terrorista atacó una unidad habitacional donde residían miembros del ejército de nuestro país y sus familias, acabando con las vidas de miles de inocentes y dejando heridos de gravedad a muchos de ellos, una desgracia que llegó su punto máximo cuando una bomba incendiaria alcanzó la línea de gas e hizo que el edificio entero fuera consumido por las llamas.

Dados estos sucesos y las continuas acciones de la organización Aurora para desafiar al Gobierno Central y a La Corporación, uno de los mayores benefactores de este país, minutos atrás ha sido aprobada la ley Aurora por el Congreso del Gobierno Central, la cual condena a perpetuidad al servicio en el sistema Siervas del Hombre, a toda mujer que sea identificada como simpatizante del movimiento rebelde en contra de La Corporación y el sistema Siervas del Hombre, autonombrado Aurora, así como toda mujer que sea sorprendida cometiendo actos de traición en contra el Gobierno central.

Siendo el momento de la lectura de este decreto el instante en el que la ley Aurora entra en vigor, autorizo a nuestro ejército a tratar como siervas del estado a las mujeres que han sido capturadas por su participación en los actos terroristas que sacudieron este día a nuestra nación, en el entendido de que podrán hacer con ellas lo que quieran tras haber perdido sus derechos como ciudadanas reconocidas por el Gobierno Central y haber adquirido de esa manera el estatus de propiedades de la nación.

Aquel discurso terminó en medio de los aplausos que cientos de personas le dirigieron al Supremo Líder, en medio del miedo que pude ver que dominó a cada una de las mujeres que estábamos en ese camión, mientras los soldados reían burlándose de nosotras y ese hombre en el camión nos recorría una vez más con la mirada, mostrando una expresión severa y una actitud que no dejaba dudas acerca del miedo que debíamos sentir en ese momento, después de que hubiéramos dejado de ser mujeres libres para convertirnos en esclavas del estado.

- Por si no quedó claro, ahora son propiedad del gobierno y serán condenadas a servir como siervas por el resto de sus días - gemidos ahogados, llanto y otras expresiones de dolor se escucharon al interior del camión - debieron pensar mejor las cosas antes de unirse a un grupo terrorista - expresó el hombre antes de que bajara del camión - todas suyas muchachos. Hagan su trabajo - se despidió, hablando de una forma que dejaba ver lo lamentable que aquello le parecía, un segundo previo a que una decena de soldados subiera en el camión y comenzaran a ponernos los dispositivos de sumisión, unos brazaletes tecnológicos que inyectaban ambrosía en el cuerpo de la portadora, una potente droga que estimula los centros de placer de todo el cuerpo de una mujer, provocando que se sintiera tan excitada como nunca antes lo había estado mientras tuviera puesto ese grillete que sería el símbolo de nuestra esclavitud, un objeto que hacía que la portadora fuera vulnerable, que lograba que una sierva fuera sumisa y obediente, que le hacía mantener la vagina lubricada en todo momento, dejándola lista para cualquier instante en el que su amo quisiera hacer uso de su sierva. Una abominación tecnológica a la que muchas mujeres temíamos.

Resistirse a un destino que parecía inevitable, resultaba completamente inútil, algo que me quedó claro cuando observé a las primeras mujeres que trataron de oponer pelea y terminaron dominadas por los soldados, gritando de dolor cuando las agujas del dispositivo se enterraron en su piel, hasta que la ambrosía fue liberada en su cuerpo y dejaron de luchar, mostrándose sumisas ante los hombres que las dominaron, viéndolos con un deseo que solo se explicaba por los efectos de esa droga, antes de que esos malditos les rompieran la ropa y las violaran.

Era escalofriante ver cómo esas mujeres se sometían a los deseos de los soldados mientras la droga corría por sus venas, resultaba aterrador observar cómo esas mujeres alcanzaban nuevos niveles de humillación al ser obligadas a disfrutar de lo que esos hombres les hacían sin importar que les pegaran, que les escupieran en la cara, que se dirigieran a ellas de las formas más degradantes como pudieron hacerlo, sin dejar de penetrar sus cuerpos hasta dejarles la cara y el coño llenos de semen; pero aún más aterrador resultaba saber que, tarde o temprano, llegaría mi turno de convertirme en una muñeca dominada por el poder de una droga que me haría perder el control, que me convertiría en un ser cuyo único objetivo en la vida giraría en torno de la posibilidad de obtener un orgasmo.

- Tu turno, princesa - dijo un soldado mientras acariciaba mi cabello y me quitaba la liga con la que lo había sujetado por detrás de mi cabeza, dirigiéndome una risa siniestra mientras se acuclillaba frente a mí, observando cómo mi cuerpo temblaba de miedo en medio de mis intentos por desviar la mirada, por no mirarlo a los ojos, por no dejar que la imagen de su rostro se imprimiera en mi memoria, pero sin poder evitar mirar de reojo el regocijo que parecía dominar su rostro, que dibujaba una sonrisa horrible en sus labios - si tan solo te hubieras quedado en la cama conmigo, nada de esto hubiera pasado - expresó, haciendo que en aquel instante sintiera un vacío en el estómago, que girara mi cabeza permitiendo que mis ojos se encontraran con la imagen de ese chico a quien más temprano eché de mi departamento, contemplándolo tan sorprendida que ni siquiera me di cuenta del momento en el que ese bastardo tomó mi brazo y me colocó el dispositivo de sumisión, robándome un estremecedor grito de dolor cuando lo hizo, haciendo que me retorciera de sufrimiento por un momento, antes de que un calor muy intenso comenzara a dispersarse por todo mi cuerpo, de que gimiera al sentir el cosquilleo que se apoderaba de mi vagina y experimentara la forma como mis pezones se ponían repentinamente muy duros, provocándome una enloquecedora excitación que me hizo temblar de pies a cabeza y mirar con añoranza la forma como ese soldado se levantaba frente a mí, desabrochando su cinturón, liberando su miembro a unos pocos centímetros de mi cara, obligándome a mirarlo con una devoción que hizo ruido en algún lugar de mi alma, en un sitio muy oscuro desde el cual una voz me gritaba desesperada en un intento por despertarme de aquel estado de seminconsciencia inducido por la ambrosía que corría por mis venas, una vocecilla que me decía que no debía sucumbir a lo que mi cuerpo me pedía, que no debía permitir que ese imbécil me humillara, una débil voz que fue acallada en el instante en el que todo mi cuerpo se estremeció ante el poder de las sensaciones que me provocó meterme la verga de ese soldado en la boca, algo que me hizo engullirlo como si del manjar más delicioso del mundo se tratara, que me hizo besarlo con una devoción casi religiosa, tratando de sentir las palpitaciones de sus venas con mi lengua, con mis labios, mientras mis manos seguían esposadas y él me tomaba de la cabeza, sacudiendo sus caderas con fuerza, enviando su pene hasta mi garganta, obligándome a disfrutar de esa sensación de ahogamiento que jamás había permitido que un hombre me provocara.

¿Quién era esa mujer que estaba enloquecida por la verga de ese imbécil? ¿De dónde salió esa necesidad tan agobiante por complacer a un hombre? ¿Por qué tenía tantas ganas de que ese soldado se viniera en mi boca si jamás había permitido que un hombre lo hiciera?

Todo lo que sentía era nuevo para mí, nada parecía tener sentido, pero sin importar lo mucho que me esforzara por detenerme ni lo mucho que tratara de no disfrutar de lo que estaba haciendo, mi cuerpo parecía comportarse como si tuviera voluntad propia, haciendo justo lo que ese soldado quería, obedeciendo aquella orden muda que me dirigió en el momento en el que tomó su miembro y me restregó sus huevos en la cara, provocando que los engullera, que los masajeara con mi legua y disfrutara incluso del olor a sudor que escapaba de ellos, de su sabor, de la forma como tiraba de mi cabello provocándome mucho dolor, hasta que se aburrió de mi forma de besar sus genitales y se apartó de mí, obligándome a extrañar el contacto con su cuerpo, riéndose de la forma como estiré las manos en un intento por retenerlo, antes de que me abofeteara con mucha fuerza, una y otra vez, sin que yo dejara de sentir el impulso de besarlo, de meterme su verga en la boca y motivarlo para que me cogiera de una buena vez, porque para ese momento la desesperación que sentía por llegar al orgasmo se había convertido en algo por completo insoportable.

En cualquier otro momento de mi vida, aquello que hicieron con mi cuerpo y que yo misma hice con tal de alcanzar ese codiciado orgasmo, hubiera sido la experiencia más degradante y humillante que hubiese tenido que soportar, algo que me hubiera hecho sentir miserable y devastada tras haber perdido hasta el más mínimo atisbo de dignidad; sin embargo, después de que mi cuerpo fuera inundado por esa maldita droga y de que la excitación que alcancé me llevara a conocer lo lejos que podría llegar con tal de apaciguar el calor que me consumía por dentro, no pude evitar sentirme entusiasmada y muy excitada cuando ese estúpido comenzó a desgarrar mi ropa hasta dejarme medio desnuda, arrancándome los jeans y las bragas mientras me hacía levantarme y luego me obligaba a inclinarme sobre el asiento del camión, haciendo que recargara el peso de mi cuerpo sobre mis manos, dejando mi trasero expuesto ante él, quien se tomó su tiempo para observarme antes de que se dignara a tocarme, de que me robara un gemido al sentir la forma como sus dedos hacían contacto con mi empapada vulva, un sonido que expresó con exactitud la desesperación que me embargaba y el vehemente deseo que me agobiaba ante la posibilidad de ser penetrada por ese soldado, quien golpeó mis nalgas sin entregarme de inmediato lo que tanto quería, llevándome a la desesperación, a suplicarle que me cogiera de una buena vez, que me penetrara, que me permitiera alcanzar el orgasmo que tanto ansiaba sentir.

El mundo desapareció a mi alrededor cuando ese hombre al fin decidió entrar en mi cuerpo, reduciendo mi existencia a la sensación que me provocaba su miembro al entrar en mi vagina, al estirar las paredes de mi coño a su paso y deslizarse hasta llegar al fondo de mi vientre, quedándose ahí por un momento, tocándome los senos, riéndose de mí, de la manera como estaba gimiendo, de lo mucho que estaba disfrutando de esa violación gracias a la droga que me inducía tal clase de excitación.

Los segundos pasaron mientras lo tenía dentro de mi cuerpo, sintiendo cómo se movía de atrás hacia delante, cómo entraba y salía de mi concha a un ritmo lento y pausado, queriendo que acelerara el ritmo, que me permitiera llegar a ese orgasmo que detendría aquella ansiedad y el calor que me consumía por dentro, llevándome a tal punto de desesperación que de pronto mi cuerpo comenzó a moverse en respuesta de la forma como ese hombre me penetraba, viéndome repentinamente a mí misma moviendo el trasero a un ritmo desesperado y apresurado, escuchando mis gemidos como si provinieran de un lugar lejano, como si fueran ajenos a mi boca y al placer que estaba sintiendo, mientras ese maldito imbécil se reía de mí, de la forma tan necesitada como trataba de llegar a un orgasmo que prometía terminar con aquella tortura que había logrado dominar cada centímetro de mi cuerpo.

El dolor que sentí cuando me tomó del cabello y tiró de él, quedó opacado por la intensidad del placer que me agobiaba mientras ese hombre me metía una y otra vez su verga, sacudiendo mi cuerpo, tomándome de las tetas con su mano libre, enterrándome las uñas en la piel, haciendo que gritara y gimiera, desentendiéndome por completo de lo que ocurría a mi alrededor, entregándome totalmente a las sensaciones que me hacían estremecer, a la indiferencia con que reaccionaba ante la forma como me palmeaba las tetas, tiraba de mi cabello y en ocasiones me pellizcaba el clítoris, tratando de lastimarme sin que la ambrosía le permitiera lograr su cometido, hasta que de pronto, estrelló mi cara contra uno de los laterales del camión, haciéndome tanto daño que me hizo sentir mareada, que me hizo perder por un momento la consciencia, un breve instante en el que ese sujeto me obligó a recibir su semen en mi vientre, saliendo de mi cuerpo y dejándome ahí tirada, lastimada, con la cabeza sangrando en abundancia y el coño rebosante de su semen, nada que lograra importarme tanto como el hecho de que no me hubiera permitido alcanzar un orgasmo.

Tras ese hombre fueron muchos los que ocuparon su lugar, quienes me golpearon, me escupieron y humillaron lo mejor que pudieron, nada que me importara en lo más mínimo mientras sentía cómo uno y otro orgasmo sacudían mi humanidad, sin importarme los litros de semen que me obligaron a tragar durante las horas en las que permanecimos en ese camión, sin que le prestara atención a la manera como torturaban a las chicas a mi alrededor mientras las violaban una y otra vez, obligándolas a suplicar que aquella masacre continuara, a rogarles para que siguieran penetrándolas en su búsqueda interminable de un nuevo orgasmo que permitiera apaciguar ese calor y excitación que dominaba nuestros cuerpos y que parecía que jamás llegaría a su final.

¿En qué momento me quedé inconsciente? ¿Qué fue lo que hicieron conmigo mientras estuve desmayada? ¿Cómo fue que llegamos a esa celda enorme en medio de lo que parecía ser un cuartel militar? Cuando desperté en medio de aquella noche, no tenía idea de en dónde estaba ni de nada que me permitiera responder a aquellas preguntas, pero como pronto me di cuenta, había más de una veintena de celadas como aquella en la que me tenían cautiva, acompañada de no menos de unas doscientas mujeres que habían sido apresadas conmigo, la mayoría de las cuales seguían inconscientes o tal vez dormidas.

Fue el dolor en mi cabeza lo que me hizo llevar mis manos a esa parte de mi cuerpo, haciendo que me sobresaltara y una oleada de tristeza me sobrecogiera cuando noté que mi cabeza había sido rapada y que tenía una gaza cubriendo la herida que ese imbécil me provocó, algo que representó un golpe muy duro para mi orgullo, vanidad y seguridad, porque siempre amé la forma como mi cabello enmarcaba mi rostro, un detalle de mi apariencia que me hacía sentir hermosa y me hacía pensar que podía tener el control de cualquier hombre, algo que parecía no tener sentido a la luz del hecho de que me había convertido en una sierva, pero que aun así me afectaba de una manera devastadora, haciendo que me sintiera vulnerable, desprotegida y débil.

- ¡Siguiente grupo! ¡Denles un buen baño! - gritó alguien a las afueras de mi celda, un segundo antes de que potentes chorros de agua cayeran sobre todas las mujeres que compartían aquel espacio, haciendo que nos levantáramos de inmediato, que lucháramos por recuperar el aliento que el agua fría nos estaba arrebatando - ¡Bienvenidas al Centro de Registro, siervas! - gritó el tipo ese, al tiempo que los chorros de agua se detenían - a continuación pasarán a una cámara de descontaminación, se les realizará una limpieza profunda de cavidades y después les serán recargados sus dispositivos de sumisión con ambrosía, les será aplicada la vacuna universal contra enfermedades de transmisión sexual y se les instalará un dispositivo anticonceptivo, tengan presente que en cualquier momento alguno de los soldados, médicos o personal del Gobierno Central o de La Corporación, podrán hacer uso de sus cuerpos como mejor les parezca, si así les place. Cuando esta parte del proceso termine, serán enviadas a su último destino, donde servirán a sus amos por el resto de sus vidas, serán prostituidas cambio de algunos créditos o vendidas por alguien que quiera tenerlas en casa como siervas personales ¡Bienvenidas a su nueva vida, siervas! - gritó el hombre, logrando que muchas chicas reanudaran sus llantos al no estar bajo el efecto de la ambrosía, que todas las que estaban tiradas en el suelo se levantaran tiritando por el frío y la humedad que lastimaba nuestros cuerpos, antes de que nos sacaran de la celda, nos hicieran formar una fila y nos pasaran en grupos a tiendas donde fuimos limpiadas y descontaminadas, donde nos metieron manqueras en la boca, el ano y la vagina para asegurarse de que quedáramos impecables, un procedimiento doloroso y denigrante que nos hizo perder hasta el más mínimo rezago de dignidad que conserváramos, al ser tratadas como meros objetos, antes de que nos hicieran todo lo que dijo ese sujeto y nos dejaran listas para salir a un gran estacionamiento donde escaneaban nuestros dispositivos de sumisión y algún soldado nos indicaba a dónde debíamos dirigirnos.

- ¡Irás a galería! ¡Dirígete al camión nueve! - gritó el soldado cuando fue mi turno, dándome una fuerte nalgada cuando le di la espalda, haciéndome rabiar de coraje mientras caminaba y hasta que llegué al camión que me fue indicado, sin que tuviera idea de qué demonios era una galería ni de qué era lo que podía esperar al respecto.

- ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Ahhh! - gemía una chica en el piso del camión nueve, una jovencita que en aquel momento estaba siendo violada por un soldado, una joven mujer que a todas luces estaba drogada con ambrosía, pues sus expresiones de un placer ansioso y la forma como su mirada indicaba que su pensamiento estaba muy lejos de ahí, eran síntomas inconfundibles del efecto que esa maldita droga estaba provocando en ella.

- ¡Siéntate en cualquier lugar vacío, sierva! ¡Ahhh! ¡Ahhh! Nos iremos en cuanto el camión se llene - dijo el soldado que estaba violando a la pobre chica, quien antes de que lograra encontrar un asiento libre logró alcanzar un orgasmo muy intenso, una eventualidad que hizo que el hombre que la poseyó se viniera dentro de ella, tomando después una tableta con la que presumiblemente le retiró la administración de ambrosía a la mujer que acababa de usar, quien no tardó en arreglarse la destruida ropa que llevaba encima y regresar a su asiento, mientras el tipo ese no parecía tener intención de subirse los pantalones, dejando su miembro manchado de semen a la vista de cualquiera que tuviera la mala fortuna de mirarlo - ¡Vaya que tuvieron muy mala suerte! - exclamó de pronto el soldado - las mandaron a una galería en un sector de clase baja - aseguró, hablando como si diera por hecho que todas sabíamos lo que era una galería, riendo mientras miraba algo en esa estúpida tableta.

- Perdón… pero… ¿Qué es una…? - le preguntó la chica a quien acababa de violar, sin poder terminar de formular aquella incógnita antes de que ese imbécil malnacido le volteara la cara de una fuerte bofetada.

- ¡Acostúmbrense a terminar cada una de sus frases con la palabra Amo! eso les hará mucho más fáciles sus estúpidas vidas - gritó el hombre, sin dejar de mirar su tableta, sin que le importara que la chica a quien abofeteó estuviera llorando, antes de que dejara el aparato en las piernas de la pobre jovencita y se arreglara al fin la roma mientras recorría el camión con la mirada - las galerías son establecimientos donde La Corporación solía exhibir y prostituir a las mujeres que cometían alguna infracción en su servicio, una peculiar y muy ingeniosa forma de pagar su deuda, pero que ahora servirá como hogar para todas las putas de Aurora que traicionaron al Gobierno Central, donde serán prostituidas por el estado o vendidas a algún idiota que quiera quedarse con ustedes y llevarlas a casa. Así que prepárense, porque les espera una vida difícil, pues no todos sus amos van a ser tan amables y carismáticos como yo - levantó la voz ese maldito, antes de que un grupo de chicas subiera al camión, seguidas por algunos militares que se posicionaron a lo largo del vehículo mientras el tipo ese iniciaba nuestro camino a la galería que sería nuestro nuevo hogar, sin tener idea de lo que podía esperar de aquel aterrador lugar.

Lágrimas, llanto, expresiones de dolor y desesperación, fue lo que observé mientras recorríamos las calles, sin tener una idea exacta de lo que pasaría con nosotras, sin saber cómo terminarían las cosas para mí, sin querer pensar en la clase de humillaciones que me vería obligada a vivir en ese lugar, en la clase de hombres que me tendría que recibir en mi cuerpo, pensamientos que me hicieron llorar, que me provocaron una sensación de impotencia insoportable que me hizo apretar los puños al saber que no podía hacer nada para cambiar mi destino, el mismo que en aquel momento dependía por completo del estado, de un gobierno que me había arrebatado mi libertad y mi voluntad.

A pesar de lo largo que se me hizo el trayecto, en realidad el viaje fue inesperadamente corto. Cuando llegamos a nuestro destino, nos hicieron bajar en fila frente a lo que parecía ser un gran supermercado, al cual entramos casi de inmediato, formadas en una sola línea que avanzó por un pasillo flanqueado por cabinas transparentes que contenían una cama y un lavabo, donde algunas mujeres ya se encontraban ahí siendo violadas por algún extraño.

Lo que sentí al estar en ese lugar, fue devastador, al pensar que tal vez viviría el resto de mis días de esa forma, esperando a que un cliente entrara en mi cabina, añorando un orgasmo que apaciguara los efectos de la ambrosía, viviendo con la consciencia adormecida y siendo violada una y otra vez, día tras día, hasta que mi momento llegara y mi vida se agotara, un presagio que me hizo llorar de nuevo, que me hizo sentirme vulnerable, desprotegida y sola, expuesta a todo lo que quisieran hacer conmigo aquellos que pagaran el precio de mis servicios, induciéndome un estado de tristeza e indefensión que solo se vio inhibido cuando mi cuerpo fue inundado nuevamente de ambrosía y un hombre entró en mi cabina, abalanzándose sobre mi cuerpo para penetrarme en el acto, provocándome un dolor que hubiera sido insoportable si no hubiera estado bajo los efectos de esa maldita droga, obligándome a sentir esas ganas incontenibles de besarlo, de que tocara mi cuerpo y de mover las caderas para tratar de estimular mis propios nervios, para llegar a un orgasmo que prometía falsamente terminar con ese agobiante calor que me exigía alcanzar la máxima expresión del placer, siendo aquel el primer servicio de muchos que daría como sierva en esa galería, donde creí que viviría por el resto de mis días.

Espero que hayan disfrutado del relato. Si desean apoyar mi trabajo, pueden hacerlo suscribiéndose a mi página de PATREON (donde esta serie ya ha llegado hasta el capítulo 12) o adquiriendo alguno de mis libros en AMAZON (links en mi perfil) Gracias leer, compartir, comentar y valorar. Linda noche.