Historias de Prado (8) Con su madre en casa
La madre de su amante lo recibe con una cortesía helada y una mirada que lo atraviesa. En la casa donde Prado es tratada como sirviente, el narrador decide que la presencia de la anciana no es un obstáculo, sino el ingrediente perfecto para su placer. Con la puerta abierta y el miedo a ser escuchado, el juego de poder se vuelve carnal.
Los días posteriores a nuestra primera incursión en el sex-shop los pasé muy revolucionados mentalmente. Si bien no era la primera vez que iba acompañado a un sitio así con una mujer, el hacerlo con Prado me daba especial morbo. Creo que ella estaba cruzando una línea impensable en su cabeza y que lo hiciera acompañada conmigo me gustaba especialmente.
Durante las siguientes noches probó los consoladores y lubricantes comprados en la tienda y según ella le mejoró su relación con el sexo, no solo porque no le lastimaban tanto como el bote, sino más bien porque las formas que tenían llegaban a puntos específicos que con el tubo era imposible de presionar.
Seguimos con el juego del sexo auditivo, de llamarla puta y que ella me lo pidiera y dijera porque la excitaba sobremanera y a mí también todo hay que decirlo. A tener en mi galería de WhatsApp fotos que iban subiendo de tono de sus escotes y a ver cómo se iba soltando poco a poco.
Una de las noches me pasó con la madre para hablar con ella por teléfono, quería invitarme a comer en su casa y así oficialmente presentarnos.
Por teléfono parecía una mujer muy tranquila, muy pausada en la conversación y educada. Me trataba de usted y dijo algo que me llamó la atención, al acabar de hablar con ella me dijo “te paso con tu mujer”.
Imaginaba que las personas mayores tienen el compromiso más arraigado y claro que nosotros, pero me hizo gracia que usara esa frase y concretamente con esa me tuteara. Al devolverle el teléfono a Prado le comenté si lo había escuchado.
- ¿Has oído lo que ha dicho tu madre? Le paso el teléfono a tu mujer, jajaja, qué crack.
- Sí, lo he oído, jajaja… - Me contestó Prado.
- Y no lo eres…
- No.
- ¿Qué eres en lugar de mi mujer? – Pedí que me contestara sabiendo que la ponía en un compromiso.
-… tu puta… - Me dijo susurrando.
- No te he escuchado bien. Dímelo.
- Tu puta. – Me contestó tras unos segundos, sabiendo que era el tiempo para que ella se hubiera ido a otra sala a decírmelo en voz alta.
Divertido lo di por válido, tampoco era plan el poner a Prado en problemas sin venir a cuento. Había cumplido mi objetivo de que poco a poco asumiera cuál era el rol que teníamos a modo de juego, pero que se iba convirtiendo en una experiencia para los dos.
Los días siguientes, que quedé con Prado para salir por Madrid, cuando la madre llamaba me la pasaba un momento para que la saludara. A mí no me hacía mucha gracia, no sabía qué hablar con ella más que conversaciones típicas de ascensor, pero había que cumplir con ello y con el paso de los días se relajaba con los horarios y las llamadas de atención que solía hacer a su hija. Lo que no cambiaba era la manera de despedirse.
- Pásame de nuevo con tu mujer – me decía siempre.
A nosotros nos hacía gracia y ya lo usaba yo con ella cuando hablaba con la vieja; “que me ha dicho mi mujer”, “te paso con mi mujer” y siempre nos provocaba una risa en voz baja.
El día señalado llegó. Después de dos semanas en las que salí de viaje de trabajo, llegué a Madrid y era la jornada para hacer la presentación oficial con la madre. Esos días fuera los tratamos de manejar de la mejor manera posible. Prado masturbándose con los juguetes nuevos que tenía, yo masturbándome cuando hablaba con ella mientras que ella jugaba consigo misma y subiendo el tono del lenguaje.
Cuando llegué a la capital en el tren de alta velocidad, tomé un taxi directamente a su barrio y salió de su casa a recogerme.
Cuando nos vimos observé que tenía una camisa que le marcaba las tetas a las que me agarré nada más besarla y tenerla a mi alcance. Se notaba bajo la tela un sujetador fino y sus pezones duros bajo el mismo.
Hablamos un rato y llegó el momento de subir a su casa. El trayecto en el portal y en el ascensor fue más largo de lo debido pues nos apoyamos varias veces en la pared a comernos la boca y a tocar nuestro cuerpo por encima de la ropa. Yo agarraba su culo al besarla y ella frotaba mi verga por encima del pantalón. Con pleno calentón entramos en su casa.
Dejé la maleta con la ropa y el ordenador de trabajo en la entrada y la madre vino a saludarme. Y digo saludarme porque parece que ignoraba a su hija.
Después de los dos besos de rigor, la miré de arriba abajo. Era una mujer menuda, muy pequeña, muy delgada, con arrugas de vejez, y que no se me parecía a Prado, o al revés más bien, en ningún aspecto. Me fijé en sus tetas, y eran muy pequeñas donde se marcaba un pezón como dos botoncitos de pila pequeñas.
No sabía qué hacía fijándome en las tetas de la vieja, de la madre de mi rubia, y procedí a echar un vistazo a la casa. Era una casa típica del Madrid antiguo, de techos altos y paredes llenas de años, cubierta de muebles, de mantelitos bordados, de fotos añejas. Parecía la típica casa de las series que he visto alguna vez en la televisión de hacía varias décadas, por la que no había pasado los años.
Me fijé en una de las fotos que había en una repisa, junto a otras, donde salía Prado muy joven y estaba con una minifalda que le llegaba a medio muslo, una camisa negra desabotonada y su melena rubia suelta al puro estilo de los años ochenta. Era la primera vez que la veía así con falda, mini más bien, y me llamó la atención. Nunca la imaginé así y se lo hice saber. Ella me comentó que hacía muchos años que no se ponía una, y además me enumeró quiénes estaban en la foto. Además de ella, estaban un par de primos, su padre, su madre mucho más joven que ahora, aunque la reconocí a primera vista, y su tío. Su famoso tío.
- Tráele a tu hombre algo para beber, que tendrá sed. – Dijo su madre sacándonos de nuestra conversación en torno a la foto.
Prado se fue sin preguntarme o rechistar a la cocina a por algo para que yo bebiera. Conociéndome, abrió una lata de refresco y se dispuso a llenar un vaso con ella.
- Ay que ver tu mujer, que no mira por ti y no te cuida.
- Sí que lo hace – contradecía a la señora, no me apetecía seguir el juego.– Se porta muy bien conmigo y me tiene bien cuidado.
- Eso espero – a un hombre hay que tenerle bien cuidado y con la tripa llena, aunque ella no sabe cocinar mucho.
- No, ella no cocina mucho, eso es verdad, ella es más de comer. Le encanta comer. – Le dije con mi doble sentido.
La madre me miró y no dijo nada más. Su mirada fue rara, no sabía si era poque quizás los viejos no son tan tontos como nos creemos los que tenemos menos edad de ellos y nos creemos más listos, o porque no había más que una conversación forzada de dos personas que no se conocen y no saben qué decir.
Volví a mirarle los pezones marcando la ropa y la vieja me miró a la cara y se dio cuenta dónde la estaba mirando. Segunda vez que miraba esos pezones y que se me venían pensamientos raros a mi cabeza.
El almuerzo lo recuerdo muy sabroso, la verdad es que la madre tenía buen gusto cocinando, y el tiempo transcurrió de una manera que fue agradable. Hablamos durante la comida, y cada vez que cambiábamos de plato, era Prado la ordenada por la vieja para levantarse a servirnos. Realmente parecía la chacha ordenada por la madre.
Los momentos que Prado no estaba, yo aprovechaba para mirar descaradamente los pezones de la madre. No sé qué me pasaba por la cabeza por hacer tal cosa, y la madre tan solo se erguía poniendo la espalda recta, lo que hacía que se marcaran más todavía los botoncitos en la camiseta.
Después de comer la madre pidió a Prado que recogiera la mesa y llevara todo al fregadero para limpiar los platos, y cuando me levanté a ayudar, no me dejó. Eso era cosa de mi mujer. El machismo se vivía en esa señora.
Me comentó que estaba cansada y que se iba a echar un rato. Allí parecía que la siesta era sagrada y me dijo que me acostara un rato a descansar del viaje.
La verdad es que no lo vi con malos ojos y tenía cansancio y sueño atrasado de los días trabajando fuera de Madrid. En uno de los viajes de Prado de la cocina al salón a por platos, me comentó que me echara un rato en su habitación. Los dos pusimos una sonrisa ligera, que denotaba las oscuras intenciones que teníamos.
A los pocos minutos de estar en su habitación, entró Prado y me besó en los labios.
- ¿Estás cómodo? – Me preguntó.
- Bueno, estaría mejor sin ropa y contigo a mi lado. – Le contesté mientras la besaba de nuevo.
Nos sentamos en la cama y empezamos a hablar. No son lo mismo las conversaciones por teléfono que cuando tienes a alguien a tu lado y nos pusimos al día de estas dos semanas que no nos veíamos. Al rato de estar hablando la verdad es que apetecía echarme la siesta un poco, el estrés de los últimos días de proyecto, no me dejaron dormir bien y me apetecía cerrar los ojos un rato.
Me tumbé en la cama mientras mi rubia se apoyaba en la pared siguiendo sentada en la cama y seguimos conversando. La madre de Prado se asomó por la puerta por si yo necesitaba algo, obviando que su hija estaba allí también, y desapareció a sus cosas.
Mis ojos se cerraban y Prado posó mi mano en la bragueta para apretar mi bulto y decirme que me dejaba dormir un rato. Le dije que no y que siguiera con la mano en esa parte de mi cuerpo. Prado comenzó a masajear mi pene y éste comenzaba a ponerse más duro.
- Sigue. – le pedí suplicante. Hacía mucho tiempo que no tenía contacto de otra mano que no fuera la mía en mi paquete.
- Luego salimos y lo solucionamos. - Me contestaba mi mano amiga.
- Sigue un poco…
Y procedió a masajearme la zona, cada vez estaba más dura y yo más caliente.
- Cierra la puerta.
- No. No cerramos las puertas y necesito escucharla por si le pasa algo o viene por aquí. No llama a la puerta y la abre.
Me desabroché los botones del pantalón y mi calzoncillo estaba a la vista. Prado siguió masajeando y apretando mi pene por encima de él. La madre estaba en la sala contigua, en el salón.
- Sigue.
- Mi madre está ahí al lado. – Me susurró la rubia.
- Sigue puta.
Y era la palabra que últimamente nos encendía a los dos, era un sexo auditivo que a mí me ponía como una moto y a ella también.
Prado metió la mano por el calzoncillo, me sacó el pene durísimo y comenzó a hacerme una paja. Yo estaba tumbado en la cama con los pies fuera de ella, apoyados en el suelo y ella a mi lado derecho, girada sobre su cuerpo para pajearme con su diestra.
Estábamos con los 5 sentidos en lo que pasaba fuera de la habitación. No parecía muy normal que estuviésemos con la madre pululando a escasos metros y yo con la polla fuera siendo pajeado por su hija. Que se nos fuera la cabeza en la adolescencia estaba bien, con nuestra edad, todo lo que me pasaba con Prado me daba especial morbo por nuestra madurez.
La mano de la rubia seguía en mi polla haciéndome una paja, y sonidos de pies en la habitación contigua, la madre estaba haciendo algo en la mesa en la que habíamos comido. Prado paró y le pedí que siguiera.
- No pares que me corro.
- Está ahí afuera. – Me contestó Prado con la mirada a la puerta abierta.
- Sigue que me voy a correr.
- Espera un poco – me dijo moviendo de manera imperceptible.
- No te he dicho que pares.
- Por favor, espera. – Y la mirada se fue hacia abajo, como solía ser habitual.
En ese momento decidí volver a pensar por y para mí, y de manera directa hablé de nuevo con ella, sabiendo que la madre estaba al lado y podría oírnos a poco que prestara atención y estuviera bien de su audición, cosa que desconocía.
- Quiero correrme. ¿Qué es lo que eres?
- Soy tu puta. – me respondió Prado mirando a la puerta.
- Dímelo bien, no te he oído.
Prado tomó una respiración, dejó de mirar a la puerta, miró a mi polla que no podía estar más dura, y me respondió como yo quería que lo hiciera. En voz alta y sin dudarlo.
- Soy tu puta. – Y acto seguido se agachó y se metió la punta de mi polla en la boca succionándome el extremo de mi pene.
Cogí la cabeza de Prado, sujetándola del pelo por la parte de la nuca y moví su cabeza a ritmo. No se metía la polla hasta el fondo, pero sí lo suficiente para que me diera placer con la suma del morbo de lo que estábamos haciendo en su casa, en su habitación, con la puerta abierta y la madre moviéndose en la habitación de al lado.
Tenía ganas de forzarla más. De ir más allá en todos los sentidos. De dejarme llevar por los instintos y hacer que Prado se soltara a lo que fuera. A cualquier cosa que pasara.
Aparté un momento a Prado y me levanté poniéndome de pie al lado de la cama. Cogí a Prado y la levanté hasta pegarla a mí. Nos morreamos y comencé a tocarle las tetas por encima de la camisa. Pasará el tiempo que pase, sus tetas siguen llamando a mis manos como imán a hierro.
Sus pezones traspasaban la ropa y se marcaban bajo la palma de mis manos. Me acerqué a su oído y le susurré:
- Quiero que sepas que tú marcas el límite.
- ¿Límite de qué? – me preguntó inocente.
Sonriendo por la inocencia, la empujé por los hombros y la senté en la cama. Su cara estaba cerca de mi polla. Agarrándome el pene lo acerqué a su boca para que siguiera con la mamada.
Fuera de la habitación no se escuchaba nada. No sabíamos dónde estaba la madre, si se había retirado o estaba al lado. A mí me daba ya lo mismo, solo quería descargar y acompañé el movimiento de la cabeza de la rubia con una de mis manos.
Me contorsionaba un poco para poder tocarle un pecho mientras acompañaba la mamada. Le desabroché un botón de la camisa, el segundo y ya no llegaba bien al tercero sin que se sacara la polla de la boca.
- Ábrete la camisa.
Prado se sacó la polla de la boca, miró a la puerta y comenzó a desabrocharle los botones que faltaban.
- Quítatela.
Me miró a los ojos y volvió a mirar al hueco de la puerta, buscando signos de vida al otro lado de la habitación.
- Recuerda lo que te he dicho. – Le comenté haciendo referencia a que ella tenía los límites y que podía parar en cualquier momento. Aunque por lo visto ella no me había entendido en esta ocasión. O sí y entró a tope en mi juego.
- Sí. Soy tu puta.
Y se deslizó la camisa hasta dejarla caer por su espalda. Le agarré las tetas por encima del sujetador. Jugué con mis dedos entrando por él para tocar y titilar sus pezones con la punta de mis dedos. Saqué un pezón por encima del sujetador dejándolo al aire. Si la madre se asomara por la puerta vería algo imposible de negar.
Agarré a Prado por la cabeza y volví a dirigirla a mi polla. Engulló la polla hasta el fondo de su boca, todo lo más que podía y comenzó de nuevo a mamarme. Mientras lo hacía yo acariciaba su teta al aire.
Sin bajar la voz, di un paso más allá.
- Sigue. Pórtate como una buena zorra.
Se sacó la polla de la boca y me miró a los ojos. Creo que ya los dos creíamos que una burbuja invisible nos protegía de cualquier cosa externa a nosotros. Prado se llevó las manos al cierre del sujetador y se lo quitó dejándolo encima de su camisa.
Me situé al lado de Prado, dejé de estar delante de ella. Y la agarré por la nuca para guiarla de nuevo a mi pene. Sin soltar su nuca para guiar el ritmo, mi otra mano pasó de su teta a ponérsela en la cara tapándole los ojos. De esa manera estaba guiándola para que me la chupara a mi ritmo, que no era lento precisamente y a la vez la privaba de visión hacia cualquier otra distracción externa.
Alguien que mirara dentro de la habitación vería a Prado sentada en la cama, con las tetas al aire, sus brazos caídos a lo largo de su torso, la cabeza ladeada a un lado y yo follándole la boca.
No sé el tiempo que estuvimos así. Mentiría si dijera que no pensaba en qué podría estar sucediendo fuera de la habitación. El silencio penetraba en mi cabeza porque no tenía el control, realmente ninguno lo tenía y era parte del juego, de saber dónde estaba la pieza discordante de la casa. Cuando estaba a punto de correrme se lo hice saber a Prado.
Ella se separó de mí sacándose la polla de la boca. Se echó ligeramente hacia atrás, desafiándome con sus tetas y exponiéndolas hacia mí. Por primera vez en los últimos minutos, uno de sus brazos se movió y pasó a meter la mano por dentro de su pantalón y empezó a tocarse por dentro de la ropa.
- Córrete, dámelo… córrete encima de tu zorra. – Ya lo decía sin molestarse a bajar el tono de voz.
Cada uno seguía con su masturbación. Ella con la mano dentro del pantalón tocándose a su placer, y yo masturbándome pegado a su cara para echarle la lefa por donde saltara.
Mi corrida venía en segundos y así se lo hice saber. Ella siguió masturbándose, apuntando con sus tetas hacia la puerta y su cabeza ladeada hacia mí, esperando la salpicadura con los ojos cerrados.
El primer trallazo le dio en el cuello a la altura de la clavícula. Aceleró su paja dentro del pantalón. El segundo y el tercero me moví para que le cayera en la teta más cercana a mí. El cuarto y último recorrió poca distancia y no sé dónde fue a parar.
Prado ahora se había echado más para atrás. Una mano se apoyaba en la cama para no caer de espaldas y se masturbaba a toda velocidad. Me fijé que seguía con los ojos cerrados y vi los puntos de su cuerpo que brillaban por mi semen, y en ese momento se abandonó a cualquier cosa que pasara.
- Me voy a correr. Llámamelo… llámamelo… necesito que me lo digas.
- Córrete puta. Eres mi puta y quiero que te corras. – Le dije como creía que quería escucharme.
- Me corro… me corro… dímelo… soy tu puta. Soy tu puta. Dímelo.
- Eres la más puta que conozco y quiero que te corras para mí – y agachándome puse mi boca al lado de su oreja, cogí su pelo y la acerqué a mí. – Eres la más puta.
Y un orgasmo le vino a Prado con esas palabras. Cerró las piernas de manera intensa apretando su mano dentro de sus bragas. Realmente ese sexo auditivo era superior a nuestras fuerzas y comenzaba a mandar en nosotros y nuestros orgasmos.
No podría decirlo con certeza, pero me pareció escuchar como un susurro de pies por el suelo. No sé si es mi imaginación. Si son mis ganas de aumentar el morbo, pero siempre he creído y creeré que la madre se fue de la habitación contigua al correrse la rubia.
Prado se vistió. Ya era habitual que su sujetador estuviera manchado con mi semen después de vernos. Se puso la camisa y salió al baño a limpiarse cualquier resto que estuviera en su piel vista. Yo mientras me guardé el pene dentro de mi pantalón y vi como salía un poco más de líquido y se quedaba dentro de mi calzoncillo.
Abrí la ventana para que la habitación ventilara. Olía a sexo. A nuestra reciente corrida. La habitación de Prado daba a un patio interior, enfrente tenía la ventana de su cocina y al lado de esta estaba otra ventana de algún vecino de rellano.
Me asomé a la ventana un rato esperando a Prado, necesitaba asimilar las locuras en las que meto a mi compañera de puterío.
Cuando Prado regresó me besó en la boca como si hiciera mucho que no nos viéramos. Era increíble cómo esta madura se adentraba en los juegos sin rechistar.
Decidimos que podíamos salir a dar una vuelta y despejar un poco la cabeza y soltar la tensión que teníamos. Aunque con las corridas creo que la soltamos ya bastante. Era otro tipo de tensión.
Nos acercamos a la puerta de la calle y la madre estaba en su habitación. Le comentamos que salíamos a dar una vuelta a tomar el aire y que volvíamos en un rato.
La madre se acercó a despedirse de mí. Me volví a fijar en los pezones que marcaban su camiseta. Se acercó a darme dos besos y mi mano se posó en su costado, tocando con mi pulgar su pecho pequeño. No entendía que me pasaba con las tetas de esa vieja.
- ¿Se va a quedar a cenar con nosotras? – Me preguntó la madre.
- No, Otro día. Hoy tengo que ir a casa a poner lavadoras y trabajar un poco. – Le dije como excusa.
- Bueno, otro día será. Dile a tu… mujer… que venga pronto. – Me comentó como si su hija no estuviera delante.
- Se lo diré, traeré a mi… mujer… pronto a casa, no se preocupe. – Contesté haciendo una mínima pausa como hizo ella.
Creo que la vieja no era tan tonta como parecía. Y mientras le daba dos besos de despedida, el pulgar se acercó más adentro de su cuerpo, acariciando su teta ligeramente.
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