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Mexizuela - La Diosa del Campamento – Capítulo 2

Johnathan no la ve como una alumna, sino como su propiedad. En el silencio del bosque, bajo la luz de la luna y el fuego, Abi descubrirá que su cuerpo no le pertenece, y que hay ojos observando cada gesto de su sumisión.

Nena Veneca2.9K vistas

Hola, aquí siguen mis perversit@s, favoritos, es probable que modifique los capitulos anteriores para darles mas cohesion narrativa, sin embargo no quiero detener el proceso asi que si lo hago será poco a poco, mientras tabajo en nuevos capitulos, si les gustan o no Acepto comentarios en el correo electrónico [email protected] mas los dejo con la continuación...Contrario a la timidez con la que había comenzado la noche anterior, Abi se despertó a la mañana siguiente, encuerada, su negra piel y su voluptuoso cuerpo eran una maravilla para ser observados. Al abrir las cortinas de la cabaña, vio que los otros jóvenes ya estaban despiertos, levantados desde muy temprano, realizando las primeras actividades del día en el campamento. La luz del amanecer se filtraba a través de las ventanas, iluminando cada curva y pliegue de su cuerpo, destacando su belleza exótica, el brillo de su piel era impecable.

Johnathan salió de la ducha, listo con su traje de Scout principal, lleno de medallas y condecoraciones que brillaban bajo la luz matutina. Vio la imagen de Abi desnuda con ese cuerpo increíble se acercó a ella, con una sonrisa confiada y autoritaria. "Buenos días, muñeca negra," le dijo, su voz profunda y reconfortante. Se inclinó hacia ella, capturando sus labios en un beso apasionado. Su lengua invadió su boca, explorando y reclamando, dejando claro quién estaba al mando.

Con una nalgada firme y posesiva, Johnathan se separó de ella, sus ojos brillando con lujuria y satisfacción. "Tómate tu tiempo, te esperamos afuera," le ordenó, en su mirada había una admiración de ese cuerpo, casi un escaneo que parecía tratar de captar una foto en 3D de su musa de ébano.

Abi asintió, sintiendo un escalofrío de anticipación recorrer su cuerpo. La noche anterior había sido intensa y reveladora, y ahora, bajo la mirada de Johnathan, se sentía más poderosa y deseada que nunca. Sabía que su día estaba a punto de comenzar solo que no imaginaba lo que le esperaba.

Mientras se vestía, Abi no podía evitar sonreír, recordando cada momento de la noche anterior. Cada roce de la tela del uniforme, rozando con su cuerpo, cada movimiento que le inducia algún dolor muscular, le traía las imágenes de la noche anterior. La forma en que Johnathan la había tratado, la mezcla de humillación y admiración, la había llevado a un estado de éxtasis indescriptible. Y ahora, bajo la luz del nuevo día, se sentía renovada y lista para enfrentar el mundo con una confianza que nunca había conocido.

Cuando Abi salió de la cabaña, se encontró con una escena bien coordinada. Todos los jóvenes ya tenían sus asignaciones hechas, trabajando diligentemente bajo la supervisión de los diferentes instructores. La eficiencia y el orden eran evidentes, cada grupo moviéndose con una precisión que solo la disciplina podía proporcionar.

Abi, sin embargo, notó algo peculiar. Ella no tenía ninguna asignación. Mientras observaba a los demás, se dio cuenta de que los instructores se aseguraban de que no hiciera esfuerzos innecesarios. "Abi, tú no necesitas hacer nada hoy," le dijo Marcela una de las instructoras, con una sonrisa cómplice. "Cuidamos de ti para que puedas guardar toda tu energía". Abi, no entendió del todo ese comentario, pero se sentía dichosa de tener un trato único entre todos.

Abi asintió, comprendiendo la implicación. Se sintió especial, como si fuera una diosa entre mortales, recordando las palabras que Johnathan le había dicho la noche anterior: “Eres una pinche diosa negra”. No tenía que cargar cajas, ni limpiar, ni participar en las tareas más pesadas; podía pasear por el campamento con la tranquilidad de quien sabe que su lugar está asegurado.

Las chicas la observaban de reojo mientras bebía café sentada a la sombra, con las manos libres y el cabello recogido sin prisa. Entre ellas corría un murmullo que mezclaba admiración y envidia: querían ese cuidado, esa atención casi reverencial que el instructor le brindaba. Más de una se preguntaba en silencio qué se sentiría recibir un trato así.

Los chicos, en cambio, la seguían con miradas cargadas de reproche. Para ellos no había misterio: sabían que Abi no hacía lo mismo que todos, pero ignoraban el porqué. Algunos mascullaban que no era justo, otros preferían callar y concentrarse en sus propias tareas. Como en cualquier grupo, había quien protestaba, quien se resignaba y quien simplemente dejaba que las cosas siguieran su curso.

Johnathan, con su traje de Scout principal, se acercó a ella de nuevo, su presencia imponente y autoritaria. "Abi, hoy te quiero en mi cabaña a las 10 en punto," dijo, con un tono que no admitía réplica y que, sin embargo, parecía una promesa. "Tengo planes especiales para esta noche".

Ella asintió, sintiendo un estremecimiento recorrerle la piel. Sabía que él tenía la capacidad de llevarla a territorios desconocidos, y mientras se alejaba, empezó a prepararse. Notando como se alejaba, desde ese momento comenzó a prepararse mental y físicamente para lo que intuía que vendría.

Johnathan, sin embargo, no hacía énfasis con nadie sobre el trato especial de Abi. Bastaba con la forma en que la miraba, o con cómo sus tareas se desvanecían antes de que alguien pudiera asignárselas. Para él, lo importante no era que el resto lo supiera, sino que Abi entendiera que su lugar estaba asegurado. Y eso, para ambos, era suficiente.

Los chicos ya descansaban en sus cabañas, dormidos o a punto de hacerlo, ajenos a la intensa actividad que se desarrollaba en el corazón del campamento. En una cabaña apartada, Marcela, Fabián, Rogelio, Berenice y Laura, los otros instructores, se reunían con binoculares en mano, observando con una mezcla de fascinación y envidia lo que ocurría.

La noche traía un aire distinto, una energía que ellos no podían ni entender del todo, pero que los mantenía pegados a la ventana, como testigos silenciosos de un ritual privado. Mientras tanto, en la cabaña cercana, Abi se preparaba, ajena a las miradas furtivas, envuelta en un mundo propio, esperando que el tiempo se alineara con sus deseos.

La cabaña estaba en silencio, iluminada apenas por la luz de la luna que se colaba por las rendijas de la ventana. Abi, recién salida de la ducha, envolvió su cuerpo en una toalla blanca. Se detuvo frente al espejo.

Se pasó brillo en los labios con movimientos seguros, sin prisa. Se quitó la toalla con calma y se miró desnuda al espejo. Sonrió. Reconoció esa belleza impecable que durante años había olvidado que tenía. Cada rasgo de su cuerpo, lo vio tal como era: hermoso, sensual... perfecto. Por primera vez en mucho tiempo, sintió el impacto brutal de su propia belleza.

Tomó una bata semitransparente y se la puso con intención, dejando que el tejido rozara su piel mientras se maquillaba cuidadosamente. Volteo para ver el colchón, ahí Johnathan le había dejado una caja, cuando terminó de maquillarse, levantándose y se dirigió a la cama, vio el contenido: un arnés de cuerpo y un collar para perro con correa. El collar llevaba inscripto: “Abi mi perra negra de tetas enormes”, Simplemente sonrío, Abi, con manos temblorosas, tomó el arnés y la correa, examinándolos con una mezcla de curiosidad y deseo, se quitó la bata y miro sus tremendas ubres con los pezones negros levantados por la excitación que la inscripción que había leído en el collar, entonces se coloco el arnés poco a poco asegurándose que sus grandes y redondas tetas sobresalieran, para eso estaba hecho ese modelo. Y ella le daba vida con sus curvas naturales y su esencia sexual.

Sabía que él la miraría con admiración, esa admiración que le había sido negada tanto tiempo. En ese pequeño ritual, Abi sintió que ese campamento le estaba devolviendo algo que creía perdido: la confianza en sí misma.

Los minutos pasaban mientras ella esperaba, su mirada fija en la puerta. El corazón le latía fuerte, no solo por la anticipación, estaba nerviosa y ansiosa al mismo tiempo por saber lo que la noche le tendría preparado en ese campamento. Justo en ese momento, Johnathan entró en la cabaña, su presencia imponente y autoritaria llenando el espacio. "Veo que has encontrado tus nuevos juguetes," dijo con una sonrisa malvada, acercándose a ella. La observo ajusto la correo un poco, se cercioro que el arnés le quedara perfecto tomó la correa y de un tirón hizo que Abi se irguiera levantando su rostro, sus abrillantados labios carnosos sintieron los de Johnathan rozarla abriendo su boca, y despacio comenzó un beso que mas que beso parecía ritual, lentamente se fueron abriéndose los labios, Johnathan hundió su lengua al mismo tiempo que ella dejaba que la dominara entrelazándose ambos

Para cuando acabo el beso Abi se deslizó con suavidad al suelo arrodillándose ante él, Abi, con el corazón latiendo con fuerza, respiro, lista para cualquier cosa que a Johnathan se le ocurriera…

La puerta de la cabaña de Johnathan se abrió, y de ella salió Abi, su cuerpo enfundado en un arnés de cuero que realzaba cada curva y pliegue de su piel negra. Sus tetas colgaban pesadamente, y su culo estaba expuesto, ofrecido a la noche. A cuatro patas, Abi avanzaba con una gracia felina, siguiendo las órdenes de Johnathan, quien la guiaba con la correa.

Fabian y Rogelio, con admiración y un toque de envidia, murmuraron entre ellos. "Lo va a hacer otra vez," dijo Fabian, su voz llena de asombro. "¿A cuántas se habrá cogido ya?"

Berenice y Laura, con una mezcla de vergüenza y complicidad, confesaron. "A nosotras," admitió Berenice en voz baja, sus mejillas teñidas de rojo. Laura asintió, confirmando las palabras de su compañera. Marcela, mordiendo su labio, no dijo nada, pero su expresión lo decía todo. Ella también había caído bajo el hechizo de Johnathan.

"¿Y qué les hizo?" preguntó Rogelio, su curiosidad evidente.

Berenice, con una sonrisa tímida, respondió primero. "Me hizo practicar la asfixia erótica. Al principio, pensé que era peligroso, pero la excitación que sentí me llevó a un éxtasis indescriptible."

Laura, con los ojos brillantes de recuerdos, añadió: "A mí me obligó a usar un arnés de castidad durante días. La anticipación y la frustración me volvían loca, y cuando finalmente me liberó, el orgasmo fue tan intenso que casi pierdo la conciencia."

Marcela, con una voz apenas audible, confesó: "Me hizo suya, y no hablo del modo romántico, simplemente me llevo a explorar nada conservadoras..."

Fabian, con una sonrisa maliciosa, preguntó: "Y a entonces, Marcela, ¿lo harías de nuevo?"

Marcela, con una mezcla de deseo y miedo, calló. No necesitaba responder; su silencio era suficiente. Todas lo harían de nuevo, a pesar de los riesgos y las consecuencias. Johnathan tenía ese efecto en ellas, una combinación de dominio y ternura que las hacía desear más, siempre más.

Mientras observaban a Abi desaparecer en la noche, guiada por Johnathan, los instructores sabían que estaban presenciando algo especial, algo que los cambiaría para siempre. Y aunque no lo decían en voz alta, todas esperaban su turno, ansiosas por ser las siguientes en experimentar el placer que él sin tabúes les brindaba.

La fogata había sido intencionalmente dejada prendida para que el fuego estuviera en su esplendor ante la noche, creando un ambiente misterioso y tentador. Las llamas danzaban y crepitaban, proyectando sombras alargadas y bailando con la brisa nocturna, como si la naturaleza misma estuviera conspirando para añadir drama a la escena.

Johnathan, con una confianza y dominio que emanaban de cada poro, sacó de paseo a Abi como si fuera su mascota. Con cada paso que daba, Abi sentía cómo su posición a cuatro patas la hacía consciente de su propia vulnerabilidad y sumisión. La correa que tiraba suavemente de su cuello era un recordatorio constante de quién estaba al mando. Con calma y paciencia sin prisa Johnathan camino despacio, permitiendo que Abi experimentara esa sensación de adrenalina y deseo, que fuera adaptándose y perdiendo el temor

Llegaron a un claro en el bosque, un lugar apartado y privado, donde la luz de la luna se filtraba a través de las hojas, creando un juego de sombras y luces sobre la piel de Abi. Johnathan la hizo detenerse y, con una voz autoritaria y suave a la vez, le ordenó: "Colócate en cuclillas, Abi. Muéstrame lo que es mío."

Abi obedeció, su cuerpo temblando de anticipación y nerviosismo. Se colocó en cuclillas, con las piernas abiertas, exponiéndose completamente a la mirada de Johnathan. La brisa nocturna rozaba su piel, enviando escalofríos por su columna vertebral, mezclándose con el calor que irradiaba de la fogata cercana.

Johnathan, sin prisa, se desabrochó el cinturón y bajó sus pantalones, liberando su verga. Abi, que la había sentido colosal la noche anterior, ahora la tenía de frente, y la visión la dejó sin aliento. Su pucha tuvo una contracción involuntaria, una respuesta física a la expectativa y el deseo que la inundaban.

"Mírame, Abi," ordenó Johnathan, su voz profunda y llena de lujuria. Mientras acerco su Güevo, a la cara de Abi que simplemente se relamia los labios y abría la boca despacio esperando probar ese glande grueso y venudo

Abi levantó la mirada, encontrándose con los ojos de Johnathan, que brillaban con una mezcla de dominio y deseo. Sabía que estaba a punto de experimentar algo que cambiaría su percepción del placer y la sumisión. Y mientras Johnathan se acercaba, su verga erecta y lista, Abi se preparó para entregarse por completo, lista para ser usada y satisfecha con brutalidad. "Chupa, pinche negra putona," le ordenó, su voz llena de rudeza y crudeza. "Muestra lo buena que eres con esos gruesos labios."

Abi, sin dudar, se inclinó hacia delante, tomando la verga de Johnathan en su boca. Comenzó a lamer y chupar con avidez, su lengua explorando cada vena y recoveco. Johnathan, con las manos en su cabello, guiaba sus movimientos, empujando su cabeza hacia delante y hacia atrás, usando su boca para su propio placer.

"Así, pinche negra, así," gruñó, su respiración entrecortada. "Eres una buena putita, ¿verdad? Te gusta chupar vergas, ¿no es así?", mientras con sus manos entrelazadas en lso rizos de Abi, la comenzó a bombear bucalmente, sin piedad, provocándole arcadas

Abi, con los ojos llenos de lágrimas y la boca llena, asintió, emitiendo un gemido ahogado que vibró alrededor de su verga, haciendo que Johnathan gruñera de placer.

Después de unos minutos, Johnathan, satisfecho, pero aún hambriento, tiró de la correa, obligando a Abi a quedar en 4 patas nuevamente. "Que lujo es ese culote, pinche negra," con su voz lujuriosa y controladora sentenció. "Voy a montarte como la perra que eres."

Abi obedeció, colocándose en cuatro patas, su culo expuesto y listo para ser tomado. Johnathan se posicionó detrás de ella, sujetando sus caderas con fuerza. Con un empujón brutal, la penetró, llenándola por completo. En una experiencia anal que sorpresivamente, no recibió tanto dolor -Yerson tambien ya la había estrenado antes “Uhhhh, qué buena estás, pinche negra putona, ese hoyo negro me aprieta riquísimo" murmuró, comenzando a moverse con embestidas profundas y rápidas. "Tu culote negro me está volviendo loco."

Abi gimió, el placer y el dolor mezclándose en una sensación indescriptible. Cada empujón la acercaba más al borde del éxtasis, su cuerpo respondiendo a cada movimiento con un éxtasis indescriptible. Las palabras de Johnathan la hacían vulnerable, la sensación de su culo recibiendo Güevo, eran más extremas, "Más, amo, más," suplicó, su voz entrecortada por los gemidos.

Johnathan, orgulloso de la reacción de Abi, aumentó el ritmo y la intensidad de sus embestidas. "Te voy a reventar, pinche negra," prometió, su voz llena de lujuria y dominio. "Voy a hacer que te corras tan fuerte que te olvides de todo." Comenzó a azotar las nalgas de la tremenda negra, los azotes cada vez eran mas fuertes, mas contundentes “Plas, Plas, Plas” se escuchaba resonando en el bosque, incluso los instructores desde su distancia podían alcanzar a escuchar como el ruido era intenso e inmenso. Para ellos tambien la excitación era creciente, ese quinteto de Voyeristas, estaban mirando el espectáculo…

Después de un rato, Johnathan, ya viendo enrojecidas las nalgas de su negra mascota, sujeto por la parte posterior de los muslos, "Te voy a reventar el culote, pinche negra," prometió, posicionándola sobre la fogata, su verga alineada con su entrada. Con un empujón brutal, la penetró por detrás, su verga llenándola por completo. "Eres mía, pinche negra putona," gruñó, comenzando a moverse con embestidas profundas y rápidas. Cargándola con toda soltura para bombearla asi sin que ella tocara el piso, analmente perfectamente abierta, y con su concha lista para salpicar un potente y extremo Squirt, con una embestida final y profunda, se detuvo, su verga aún dura y lista. "Ahora, a la fogata, pinche negra," apuntando su cuerpo hacia la fogata y dejando que Abi expulsara ese Squirt sobre el fuego que, al sentir el choque de su corrida, solo se escuchaba “tsss, tsss tsss”, Abi con la poca fuerza que tenía llevo su manito, a su clítoris y se froto con suma intensidad para prolongar el agua que salía de su ser. Una vez que perdió toda fuerza Johnathan se aseguro de dejarla colocada en el piso para terminar la labor de ella y apagar la fogata con su propia orina.

Los instructores, sorprendidos y excitados, tuvieron su propia sesión, un poco menos intensa pero una orgia de ellos honrando el espectáculo visto…

Abi, con el cuerpo saciado y el alma en paz, se dejó caer en los brazos de Johnathan, sabiendo que había sido usada y satisfecha de la manera que solo él sabía cómo. Y mientras se recuperaban, el único sonido en la noche era el crepitar de las brasas moribundas y sus respiraciones entrecortadas, un recordatorio de la intensidad y el placer que habían compartido.

Abi y Johnathan regresaron a la cabaña; él la cargaba en sus brazos, agotado por la intensidad de lo que habían compartido, y ella se entregaba a ese cuidado con total confianza. La luz plateada de la luna iluminaba sus cuerpos, marcando cada curva, cada músculo tensado y relajado, mientras avanzaban hacia el refugio de la noche

Al llegar a la cabaña, Johnathan la depositó suavemente en la cama, su cuerpo aún temblando por la intensidad de lo que habían compartido. "Descansa, mi negra," murmuró, acariciando su cabello con una ternura inesperada. "Te mereces un descanso después de lo que hemos hecho."

Abi sonrió con satisfacción, sus sentidos aún despiertos por cada caricia, cada susurro, cada orden entregada y obedecida. Cerró los ojos y dejó que el sueño la envolviera, pero no sin antes grabar en su memoria cada instante de placer y sumisión que había vivido a su lado.

Cuando Abi abrió los ojos, se encontró en el presente, en la clase del profesor Aureliano. El aula estaba llena, y todos los estudiantes murmuraban entre ellos, lanzando miradas curiosas y especulativas hacia el profesor. Abi, recordando su experiencia con Johnathan, sintió un escalofrío de anticipación. Nadie se había acercado a los niveles de sexualidad, degradación, humillación y seguridad que el instructor le había dado.

Cuando despertó, Abi se encontró de nuevo en el aula del profesor Aureliano. El murmullo constante de los estudiantes y las miradas curiosas creaban una mezcla de nervios y excitación en su interior. Sabía de la reputación de aquel hombre, y ahora, con su propio pasado fresco en la mente, sentía que podía llevarla aún más lejos, abriendo puertas a placeres y límites que apenas comenzaba a comprender.

El campus entero murmuraba rumores sobre el profesor Aureliano: decían que era un degenerado sin moral, que actuaba al filo o incluso por encima de la ley, aunque nadie había logrado descubrirlo realmente.

Secretamente, se decía que dirigía un controvertido estudio en Cucumán, un pueblo olvidado de Venezuela donde la sensualidad femenina era legendaria y donde la química inexplicable con ciertos hombres mexicanos —barbones, peludos y dominantes— había llamado su atención.

Los “especímenes” que supuestamente había traído clandestinamente desde México para sus experimentos comenzaban a mostrar resultados prometedores, aunque también desataban presiones políticas y sociales. Cucumán, en consecuencia, enfrentaba el destierro, pero pronto se convertiría en la capital de Mexizuela: una isla independiente y rebelde, un paraíso de lujuria con reglas estrictas y responsabilidad emocional.

(Ver relatos anteriores de Mexizuela para más detalles).

Abi, con una sonrisa apenas perceptible, se dejó envolver por la promesa de lo que estaba por venir.

P.D. Si llegan a comentar procuro contestar siempre, Si alguien quiere hacer alguna donación me ayudaría muchísimo, para tratar de subir los capítulos mas seguido, si no pues sus comentarios siempre me ayudan, asi como sus dudas, tengo planeado realizar sesiones con las protagonistas para que respondan sus dudas y cuestionamientos en el programa escargot. chat por si alguien está interesado tambien háganmelo saber en mi correo y ver si es una buena opcion dejarlos interactuar con las protagonistas besitos se despide de ustedes Karina

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