Pollón salvaje
El resort prometía un apocalipsis real, pero Sara no esperaba que la supervivencia implicara ser devorada por un depredador de carne viva. Con Luis ausente y el mundo exterior olvidado, la única ley es el placer brutal.
El todoterreno, más ruidoso de lo que Luis recordaba y con un interior sorprendentemente espartano para un servicio de lujo, dejó atrás el último vestigio de civilización. El camino de tierra se abría paso entre una vegetación densa y salvaje, que poco a poco mutaba en un paisaje más árido, salpicado de rocas y arbustos retorcidos. Sara, apoyada contra la ventanilla, no paraba de sonreír, su labio inferior atrapado entre los dientes en un gesto que Luis conocía bien: pura anticipación morbosa.
—¿Estás nerviosa, bichito? —le preguntó él, deslizando una mano por su muslo. La piel de Sara era suave, incluso a través de la tela del pantalón de lino que llevaba. —¿Nerviosa? No, aunque igual con un poco de miedo. —Sara giró la cabeza, sus ojos verdes brillando con una luz traviesa—. ¿Tú no? Mira qué sitio más inhóspito. Promete. Se han tomado el serio el tema de la temática.
El resort apareció de repente, una silueta irregular de edificios de aspecto robusto y semiderruido, camuflados entre la roca y la maleza. No había rastro del lujo habitual; todo parecía diseñado para confundir, para sumergirles de inmediato en la fantasía. Un tipo con una vestimenta que recordaba a un carroñero postapocalíptico les abrió la puerta del coche. Su rostro era serio, su mirada, intensa.
—Bienvenidos al Refugio. —Su voz era grave—. Dejad vuestras pertenencias aquí. Se os indicará dónde depositarlas. Luis y Sara intercambiaron una mirada de complicidad. La experiencia temática ya había empezado. El hombre validó sus reservas a través de un lector de códigos QR y les pidió que dejaran los dispositivos en una caja. Unas manos invisibles, o al menos muy discretas, se llevaron sus maletas mientras ellos eran guiados a una cabaña pequeña y austera. Dentro, una cama con un colchón fino y una mesita de noche era todo el mobiliario. Sobre la cama, una bolsa de tela de saco.
—Aquí tenéis vuestra indumentaria para el inicio de la experiencia. Vuestra ropa se guardará hasta el final. Tenéis quince minutos para vestiros y dirigiros a la Sala de Iniciación. —El tipo no les dio tiempo a responder y desapareció tan rápido como había llegado.
Sara no esperó. Abrió la bolsa con la avidez de un niño en Navidad. Sacó un pantalón ancho y desgarrado, lleno de parches, una camiseta blanca de tirantes, sucia y con agujeros estratégicos y un chaleco de tela gruesa, también roto y con aspecto sucio.
—Joder, Luis, mira esto. ¡Es increíble! ¡Parecemos salidos de una peli! —Se cambió rápido, revelando el sujetador de encaje negro que Luis le había comprado—. ¿Te mola mi nuevo look de guerrera desquiciada? Luis se desnudó también, sus músculos bien trabajados tensándose mientras se ponía la ropa de la bolsa. El tejido rasposo se sentía extraño contra su piel. Miró a Sara, que ya se estaba atando los cordones de unas botas toscas que venían en la bolsa. El top, se pegaba a su pecho mediano y firme en algunos puntos, y dejaba entrever el ombligo plano y el inicio de su culito respingón cuando se agachaba. Los labios gruesos de Sara, ahora sin pintar, le daban un aire más salvaje.
—Estás tremenda. Pero no sé si con esta pinta vas a pasar desapercibida. Vas a ser la joya de la corona en este apocalipsis. —Esa es la idea, ¿no? Ser la joya y que me intenten robar. —Sara le lanzó una mirada seductora—. Y tú vas a ser mi protector, ¿o qué? Aunque no sé, con esta pinta de zombi sexy, igual soy yo la que te protege a ti. —No lo dudes, preciosa.
—Luis le pellizcó el trasero, haciéndola reír. —Uhm, eso me gusta.
Con sus nuevas vestimentas, salieron de la cabaña. El sol empezaba a caer, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojizos, como una herida abierta. La "Sala de Iniciación" resultó ser una cueva excavada en la roca, iluminada por antorchas y llena de otras parejas y algunos individuos solitarios, todos vestidos con atuendos similares. Había un murmullo de excitación contenida, nerviosismo y una extraña camaradería.
Un hombre alto y corpulento, con una barba densa y una voz resonante, se puso en el centro de la sala. Llevaba una armadura hecha de trozos de chapa y cuero, y un casco que parecía sacado de una película de serie B. Su presencia llenaba el espacio.
—¡Bienvenidos, supervivientes! —Su voz resonó por la cueva—. Habéis elegido cruzar el umbral, dejar atrás la farsa de vuestras vidas pasadas. Aquí, la civilización ha caído. El mundo que conocíais ha desaparecido. No hay leyes, no hay moral, solo la supervivencia. Sois los últimos vestigios de la humanidad, y vuestra misión es simple: ADAPTAOS Y SOBREVIVIR.
Un silencio tenso se apoderó de la sala. Sara apretó el brazo de Luis, sus nudillos blancos. —Han hecho que la experiencia sea muy inmersiva. Hasta me parece barato por lo que es. —murmuró Sara. El hombre continuó:
—Cada uno de vosotros será puesto a prueba. Vuestras debilidades, vuestros miedos, vuestros deseos más oscuros saldrán a la luz. No hay lugar para la debilidad. Solo la fuerza, la astucia y la voluntad de sobrevivir os llevarán al mañana. Durante las próximas horas, seréis separados. Os enfrentaréis a desafíos individuales y colectivos. Y solo aquellos que demuestren ser dignos, aquellos que abracen la verdadera naturaleza de este nuevo mundo, encontrarán la recompensa. ¿Estáis preparados para el caos?
Un coro de "¡Sí!" resonó en la cueva. La energía era palpable
—¡Bien! —El hombre alzó una mano— ¡Qué empiece la experiencia!
Las luces de las antorchas parpadearon, y de las sombras surgieron figuras con máscaras, dirigiéndose hacia los participantes. Luis sintió un escalofrío. Esta iba a ser una noche muy, muy larga.
El eco del "¡Que empiece la experiencia!" aún vibraba en la cueva cuando las figuras enmascaradas se movieron con una eficiencia casi brutal. Una de ellas, un gigante cubierto de pieles y con una máscara de cráneo de animal, se acercó a Luis y Sara.
—Tú. —señaló a Luis con un dedo enguantado—. Sígueme. Luis intentó aferrarse a Sara, pero el enmascarado lo apartó con un empujón que dejó claro que no había negociación posible. —¡Luis! —Sara gritó, su voz teñida de una mezcla de alarma genuina y la emoción del juego. —¡Sara! ¡Nos vemos en el puto fin del mundo! —replicó Luis, mientras era arrastrado hacia una salida lateral, desapareciendo rápidamente en la oscuridad.
Sara se quedó sola, con el corazón latiéndole a mil. La sala se estaba vaciando a marchas forzadas, la gente siendo disgregada en diferentes direcciones. De repente, una figura más pequeña, enfundada en una especie de túnica harapienta, se deslizó a su lado.
—Acompáñame, superviviente. Un oscuro camino te espera. La voz era femenina, apenas un susurro. Sara asintió, su mente ya procesando la separación, el subidón de adrenalina. Esto era real, joder. O al menos, lo sentía real. La mujer la guio por un pasadizo estrecho y oscuro, el aire volviéndose más frío y húmedo con cada paso. El murmullo de los otros participantes desapareció, reemplazado por el goteo constante de agua y el crujido ocasional de algo moviéndose en la oscuridad.
Emergieron a lo que parecía ser un complejo abandonado, una serie de edificios semiderruidos, invadidos por la vegetación y el moho. La luz de la luna filtrándose entre las nubes apenas iluminaba el panorama, creando sombras fantasmales que danzaban con el viento. No había ni una sola luz eléctrica, solo el parpadeo ocasional de velas colocadas estratégicamente en nichos y alféizares rotos, sus llamas bailando y proyectando figuras grotescas en las paredes. El olor a humedad, polvo y algo vagamente metálico, como óxido y sangre seca, impregnaba el aire.
—Aquí. —La guía se detuvo frente a lo que parecía la entrada principal de un edificio que había sido un hotel o una instalación grande, ahora una ruina imponente—. Aquí comienza tu prueba. Sola. Busca lo que necesites para sobrevivir. Y no te fíes de nadie. Ni siquiera de tu propia sombra. Antes de que Sara pudiera formular una pregunta, la mujer se fue, dejándola completamente sola en la boca del lobo.
Sara dio un paso al frente, sus botas toscas resonando en el suelo cubierto de escombros. El silencio era casi opresivo, roto solo por el crujido de la madera podrida y el lejano aullido de algún animal. Se encendió una pequeña linterna de mano que le habían dado al principio, un haz de luz débil que apenas perforaba la oscuridad. Los pasillos eran un laberinto de puertas destrozadas, cristales rotos y muebles volcados. Podía sentir el frío en sus huesos, la tensión en su cuello. Pero también sentía algo más, algo que la excitaba profundamente: el desafío, la promesa de lo desconocido, la posibilidad de que algo salvaje y primario ocurriera en forma de un miedo primigenio.
Recorrió varias habitaciones, algunas completamente vacías, otras llenas de objetos irreconocibles cubiertos de polvo. La ambientación era impecable; parecía que el tiempo se había detenido el día después del apocalipsis. De repente, una puerta entreabierta al final de un pasillo oscuro llamó su atención. Un tenue resplandor anaranjado, más cálido que el de las velas de los pasillos, se filtraba por la rendija.
Con el corazón martilleando en el pecho, Sara se acercó sigilosamente. Empujó la puerta con cuidado. La estancia era una antigua habitación, ahora en ruinas. Una gran parte del techo se había derrumbado, revelando el cielo estrellado. En el centro, una hoguera improvisada, hecha con maderas viejas y trozos de muebles, crepitaba suavemente, lanzando sombras danzarinas por las paredes. El calor era un alivio bienvenido en el aire helado.
Sara dio un paso hacia el interior, su linterna explorando los rincones. No había nadie. Se acercó a la hoguera, extendiendo las manos para calentarse. La llama proyectaba su silueta contra la pared, haciéndola parecer más alta, más vulnerable. Mientras se deleitaba en el calor, un movimiento en la oscuridad, a su derecha, la hizo girar bruscamente.
De entre las sombras más profundas de la habitación, surgió una figura. Era un hombre. Alto, musculoso, su piel negra brillaba con el sudor y el reflejo de las llamas. No llevaba nada más que un taparrabos raído, que apenas cubría su virilidad, dejando al descubierto unos muslos potentes y un torso esculpido, surcado de cicatrices simuladas que le daban un aspecto aún más feroz. Sus ojos, en la penumbra, parecían dos ascuas ardientes.
La aparición fue tan repentina, tan impactante, que a Sara se le escapó un pequeño grito ahogado. La linterna se le cayó de la mano, rodando por el suelo y apagándose. La única luz que quedaba era la de la hoguera, que hacía que la figura del hombre pareciera aún más imponente, casi mítica.
El hombre dio un paso lento hacia ella, sus músculos flexionándose con cada movimiento, como los de un depredador que acecha a su presa. Su voz era profunda y gutural, resonando en la habitación como un trueno lejano.
—¿Qué haces aquí, escoria? ¿Tienes algo para mí? —Su mirada era intensa, depredadora, y se detuvo en su figura delgada, recorriéndola de arriba abajo con una lascivia apenas contenida.
Sara, aunque supo que era parte del juego, sintió un escalofrío que no era solo de frío. Este tipo era una fuerza de la naturaleza. Trago saliva, su garganta de repente seca.
—Yo… yo no tengo nada. Me acaban de dejar aquí. El hombre soltó una risa ronca, que retumbó en la habitación y le puso los pelos de punta. Dio otro paso, acortando la distancia entre ellos.
—¿Nada? ¿Ni una migaja, ni un trozo de carne? En este puto mundo, si no tienes nada que ofrecer, entonces eres lo que se come. —Sus ojos se clavaron en los de ella, oscuros y prometedores. —Si no tienes comida para mí… entonces te comeré a ti.
El aliento del gigante, caliente y salvaje, le golpeó la cara. Sara sintió un escalofrío que le recorrió la espalda, pero no era de miedo. Era una descarga eléctrica, una chispa que encendía algo primario en su interior. Se repitió mentalmente que aquello era un ambiente controlado, que no podía pasarle nada.
Aunque dudó.
La luz parpadeante de la hoguera hacía que los músculos del hombre parecieran esculpidos en la noche, cada fibra tensa, cada vena un mapa de poder. Su mirada, ardiente y posesiva, la devoraba.
—¿Comerme a mí? —susurró Sara, su voz apenas un hilo, pero con un matiz que no era de súplica, sino de provocación—. ¿Y qué parte de mí te apetece más, salvaje?
El hombre sonrió, una sonrisa ancha y depredadora que mostró unos dientes blancos perfectos. Sin previo aviso, se abalanzó sobre ella, pero no con violencia, sino con una rapidez asombrosa. Antes de que Sara pudiera reaccionar, la había levantado en brazos, colocándola a horcajadas sobre su cadera, de frente a él, como si fuera una pluma. Sus muslos delgados se aferraron instintivamente a la cintura de acero del hombre, y sus pechos, cubiertos por el top de tirantes desgarrado, quedaron a la altura de su rostro.
La boca del gigante, caliente y húmeda, atrapó uno de sus pezones a través de la tela. Un gemido escapó de los labios de Sara. Sintió cómo succionaba con fuerza, arrastrando el pezón y la tela con él, una sensación brutalmente placentera que la hizo arquear la espalda. Sus manos se aferraron a los hombros anchos del hombre, sus uñas casi clavándose en la piel tensa. Luego, su boca se movió al otro pecho, succionando con la misma avidez, la misma ferocidad, dejando una mancha de humedad en la tela. Los sonidos de sus labios y lengua contra su piel mojada por la saliva resonaban en el silencio de la habitación en ruinas.
Mientras sus pechos eran torturados con un placer exquisito, el hombre soltó una de sus manos de la espalda de Sara y la bajó, rasgando la tela de su camiseta con un movimiento seco y brutal. El sonido del algodón cediendo fue música para sus oídos. De un tirón, le arrancó el precioso sujetador de encaje, dejándolo caer al suelo. El aire frío de la noche golpeó sus pechos desnudos, que ahora se alzaban, duros y palpitantes, ofrecidos sin pudor a la boca hambrienta del depredador. Sus labios gruesos y su lengua experta se dedicaron a un festín, chupando, mordisqueando, lamiendo sus pezones con una intensidad que la hizo jadear.
El hombre no se detuvo ahí. Con la otra mano, descendió por su espalda, agarrando la cintura de su pantalón. Con un tirón poderoso, la tela áspera se rasgó de arriba abajo, revelando sus caderas y la curva de su culito respingón. El sonido del rasgado fue seguido por el frío de la noche en su piel, y luego, el roce cálido de su mano. La ropa voló por los aires, reducida a jirones. Sara estaba ahora casi completamente desnuda, a excepción de su tanga.
Mientras sus cuerpos estaban pegados, piel contra piel, Sara sintió una protuberancia dura y gruesa presionando contra su bajo vientre. No había duda de lo que era. El taparrabos, que apenas cubría la entrepierna del hombre, no podía disimular el tamaño y la erección de lo que se escondía debajo. Era como un tronco, palpitando con una vida propia.
El hombre la bajó suavemente al suelo, sin romper el contacto visual, sus manos grandes y ásperas acariciando sus nalgas. Se arrodilló frente a ella, sus ojos fijos en los suyos. Su aliento caliente le acarició la intimidad.
—¿Esto… esto también está incluido en la experiencia apocalíptica? —preguntó Sara, con la voz ronca, una mezcla de excitación y curiosidad en su mirada verde.
El hombre soltó una risa profunda, que hizo vibrar el aire.
—¡Calla puta! Como te he dicho antes, ¡te voy a comer!
Sara sonrió, una sonrisa pícara y llena de una malicia deliciosa. Su mirada descendió, clavándose en el bulto bajo el taparrabos del hombre. Una idea traviesa y audaz se formó en su mente.
—¿Comerme? ¿O que coma yo? Aunque antes… —Sus dedos delgados y ágiles se movieron con una lentitud deliberada, rozando el borde del taparrabos. Sus ojos no se apartaron de los del hombre, una promesa silenciosa bailando entre ellos—. Antes de que me comas, quiero ver qué escondes aquí…
Con un movimiento audaz y sin dudar, Sara metió la mano bajo el taparrabos. Sus dedos se cerraron alrededor de algo caliente, duro como una roca y sorprendentemente grueso. Era aún más grande de lo que había imaginado. Con un tirón suave pero firme, sacó a la luz la polla del hombre.
La hoguera lanzó un destello, iluminando la escena. Era un pene negro, oscuro como la noche, largo, grueso, con una cabeza prominente y brillante. Casi parecía de mentira. Pulsaba con vida, con venas marcadas que recorrían toda su longitud. Era una bestia. Sara se quedó sin aliento, sus ojos verdes abriéndose de par en par, no con sorpresa, sino con una admiración casi reverente. Era un espectáculo.
Su lengua, de forma casi inconsciente, se deslizó por sus labios gruesos, humedeciéndolos. Una sonrisa de deseo puro y sin adulterar se extendió por su rostro.
—Joder… —murmuró, su voz apenas audible. —Nunca había visto un pollón así...
El pene, oscuro y palpitante, era una visión que le robó el aliento. Sara, con los ojos verdes clavados en la polla que acababa de sacar a la luz, no pudo evitar que una sonrisa depredadora se extendiera por su rostro. Aquello no era un juguete; era un arma, una promesa de placer desmedido.
—Esto sí que es un puto manjar —murmuró, su voz ronca de deseo.
Con una lentitud deliberada, como saboreando cada instante de la anticipación, Sara deslizó ambas manos por la longitud del falo. Su piel era suave y caliente, y las venas marcadas bajo sus dedos eran como caminos que invitaban a la exploración. Sus pulgares se movieron por la base, presionando suavemente, mientras sus dedos acariciaban el tronco, sintiendo cada pulsación. El pene se puso aún más duro bajo su toque, la cabeza goteando una perla de líquido preseminal que ella, instintivamente, rozó con la punta de su lengua, saboreando el gusto salobre y excitante.
Subió y bajó sus manos por la polla, masturbándole lentamente, el ritmo de sus caricias haciendo que el hombre gimiera con una voz gutural. Sara llevó la cabeza del pene hacia sus labios, rozándola suavemente, sin llegar a introducirla, solo la punta, sintiendo el calor y la humedad que emanaba. El hombre cerró los ojos, sus fosas nasales dilatadas, absorbiendo el aroma de su deseo.
Mientras Sara le mimaba la herramienta, el hombre, con un movimiento lento y calculado, bajó una de sus manos hasta el coño de Sara. Sus dedos ásperos y calientes, apartaron el tanga a un lado y comenzaron a rozar los labios de su vagina. El contacto fue eléctrico. Sara sintió cómo sus jugos empezaban a fluir, humedeciendo su entrepierna. Los pequeños roces se volvieron más intensos, y el prepucio del hombre, húmedo y resbaladizo, se deslizó contra sus labios mayores, una y otra vez, con un ritmo que la estaba volviendo loca.
—Joder, joder, qué bien lo haces, cabrón… —Sara jadeó, su respiración acelerándose—. Qué puta barbaridad… Me estás poniendo como una puta perra en celo… Quiero que me la metas, quiero que me folles hasta que me revientes… Soy una superviviente, ¡quien va a comerse alguien aquí voy a ser yo!
La excitación era palpable en el aire. Con un grito repentino, Sara empujó al hombre hacia atrás. Él cayó al suelo, sin oponer resistencia, una sonrisa de éxtasis en su rostro. Sara se arrodilló frente a él, el pene erecto apuntando directamente a su boca. Abrió los labios, pero la inmensidad del miembro la sorprendió. Apenas pudo introducir la punta. Era tan gruesa que sus mandíbulas dolían al intentar abarcarla. Sus labios se esforzaron, succionando con todas sus fuerzas, su lengua intentando rodear la cabeza. Cada centímetro que conseguía introducir era una victoria, un desafío que la excitaba aún más. La sentía vibrar en su garganta, un latido bestial.
El hombre la detuvo, sus manos en su cabeza.
—Ahora es mi turno de comerte, mi pequeña perra.
La tumbó suavemente sobre un colchón desvencijado que había en un lateral de la estancia. Sus manos expertas abriendo sus piernas. Sara las separó de inmediato, ansiosa, ofreciéndole su coño húmedo y palpitante. El hombre se inclinó, su cabeza entre sus muslos. Su lengua, grande y poderosa, se deslizó por su clítoris, una caricia húmeda y precisa que hizo que Sara arqueara la espalda con un gemido desgarrador. Él succionó su clítoris con una avidez salvaje, alternando con lametones largos y profundos por toda su vulva, saboreando cada pliegue, cada gota de sus jugos. Sus dedos se hundieron en sus nalgas, apretándolas, mientras su lengua trabajaba sin descanso, llevándola al borde del orgasmo una y otra vez.
—Oh, Dios, ¡sí! ¡Más! ¡Más fuerte, por favor! —Sara gemía, sus manos enredadas en su pelo, tirando suavemente.
Cuando sintió que estaba a punto de estallar, el hombre se incorporó. Sara se sentó, girándose, y se colocó de espaldas sobre él, su coño a la altura de su pene. Agarró el pene con una mano, guiándola hacia su entrada. Era un monstruo. La punta apenas entró, estirando su coño al máximo. Se apoyó sobre sus manos, moviéndose con lentitud, sintiendo cómo la piel de su coño se estiraba, pero no cedía. La fricción era intensa, dolorosa y exquisita a la vez.
El hombre, con una sonrisa, le dio una suave palmada en su culito pequeño y respingón.
—Vamos, perra. Déjame entrar. Si quieres sobrevivir aquí, tienes que serme útil, y si no puedo follarte ni comerte, no me servirás de nada.
Esa palmada fue el detonante. Sara comenzó a cabalgar, primero despacio, sintiendo la presión, el roce, la batalla de su cuerpo por aceptar semejante tamaño. Cada empuje hacia abajo era un suspiro, cada vez que la punta lograba avanzar un milímetro, un gemido de placer. Los gemidos se volvieron continuos, un lamento gutural que llenaba la habitación. El hombre seguía acariciando y azotando suavemente su trasero, marcando el ritmo.
—¡Sí! ¡Así! ¡Más! ¡Más profundo! —gritó Sara, con la voz rota— ¡Me vas a partir en dos!
Con un impulso final, Sara se giró y se sentó de frente, sus ojos clavados en los de él, una mezcla de dolor y éxtasis en su rostro. Esta vez, con la ayuda de sus manos guiándola, el pene entró con una profundidad que la dejó sin aliento. Era un dolor delicioso, una sensación de plenitud que la inundó por completo. La cabeza del pene presionaba contra su cérvix, y la sentía estirarse, abrirse, como si hubiera sido creada para aquel momento.
Él la agarró por las caderas, y el ritmo cambió. La penetración se volvió brutal, sin piedad. El hombre la levantaba y la dejaba caer sobre su polla con una violencia controlada, sus embestidas rápidas y profundas, haciendo que sus cuerpos chocaran con un sonido húmedo y ruidoso. Sara gemía y gritaba, su cabeza echada hacia atrás, sus uñas arañando los hombros del hombre, clavándose en su piel. Sus culos se golpeaban, sus pechos rebotaban, era un caos de carne y placer.
—¡Joder! ¡Así! ¡Fóllame, fóllame fuerte! ¡Fóllame como si fuera el fin del puto mundo! —gritó Sara, confundiéndole con la intensidad del momento, con el cuerpo empapado de sudor.
El hombre gruñó, su rostro contorsionado por el esfuerzo. Sus ojos se abrieron y se clavaron en los de Sara. Con una última embestida brutal, un espasmo recorrió su cuerpo. Sintió un torrente caliente y espeso inundar su coño, un placer que la hizo gritar de éxtasis. Borbotones de líquido blanco salieron de su coño, escurriéndose por sus muslos y manchando la piel oscura del hombre. Él se corrió dentro de ella con una fuerza y una cantidad que la dejó sin palabras, empapada en su semen.
Pero no habían terminado. El hombre la levantó, la giró, y la puso a cuatro patas. La penetró por detrás con una ferocidad renovada, sus caderas golpeando las suyas con un ritmo implacable, aplastando su pequeño culito con cada embestida. Sara jadeaba, su trasero expuesto y ofrecido a cada embestida. La vista de sus nalgas moviéndose con cada golpe, su coño siendo penetrado, era una locura.
—¡Eres un animal!
Él la tumbó de lado, entrelazando sus piernas, la penetración más suave pero igualmente profunda, sus cuerpos moviéndose al unísono, como dos depredadores en la danza final. Sus grandes manos la masajeaban las tetitas haciéndolas desaparecer bajo las palmas. Él la miró a los ojos, una posesión salvaje en su mirada. Sara sabía que estaba perdida, y quería estarlo.
Finalmente, el hombre se levantó. Sara lo miró, su coño todavía empapado de su semen, y supo lo que venía. El hombre se acercó, y con un empuje final, se corrió de nuevo, esta vez llenando su boca con un chorro espeso y caliente. Sara lo dejó caer por su boca, sin dudar, sin protestar, sus ojos fijos en los de él, una aceptación total de su dominio.
El silencio de la habitación, roto solo por sus respiraciones agitadas, fue el único testigo de la brutalidad y la pasión que habían compartido.
Ella se puso de pies, y se abrazaron. El calor de los cuerpos entrelazados, el aroma a sudor y semen, el eco de los jadeos y los gemidos, aún llenaban la habitación en ruinas. Sara, con el rostro brillando por el sudor y el pene flácido sobre su vientre. Había sido una orgía de instintos primarios, una descarga brutal que la había dejado exhausta y exultante a partes iguales.
De repente, un ruido. Pasos que se acercaban, voces ahogadas. La luz de varias linternas parpadeó en el pasillo adyacente. Sara se incorporó, alerta, su corazón aun latiendo con la adrenalina del encuentro. El hombre también se tensó, sus músculos volviendo a contraerse.
La puerta destrozada de la habitación fue empujada con brusquedad. Un grupo de cinco o seis figuras, vestidas con harapos similares a los suyos, con cascos y máscaras improvisadas, se detuvieron en el umbral, sus linternas apuntando directamente hacia la escena. Eran otros clientes, inmersos en su propio rol de supervivientes, que, por alguna razón del juego, habían llegado a esa habitación.
Las linternas se detuvieron, fijas, revelando la escena en toda su cruda gloria: el hombre negro, desnudo salvo por el taparrabos caído por completo a sus tobillos, su polla aún enorme y goteante, la piel oscura brillando a la luz de las antorchas y las linternas. Y Sara, tumbada a su lado, desnuda, sudorosa, con el pelo revuelto y, de forma inconfundible, con restos de semen pegados a la comisura de sus labios y una mancha brillante en su mejilla. El olor a sexo, a fluidos corporales, era innegable.
Hubo un silencio tenso, casi cómico. Las bocas de los "supervivientes" se abrieron, sus ojos se abrieron de par en par, sus máscaras no podían ocultar la sorpresa y el asombro. Algunos soltaron pequeñas exclamaciones ahogadas. La inmersión, para ellos, acababa de alcanzar un nuevo nivel.
Justo en ese momento, una voz familiar resonó desde el fondo del pasillo.
—¡Sara! ¿Estás aquí, joder? ¡Menuda puta odisea! Qué…
Luis apareció por detrás del grupo, con su ropa de superviviente aún más rasgada que antes, el rostro sucio y una expresión de agotamiento. Su mirada recorrió el grupo de clientes estupefactos, luego la habitación, y finalmente se posó en Sara, desnuda y cubierta de semen, y el hombre negro, desnudo y con el pene aún en todo su esplendor.
La escena lo golpeó como un rayo. La confusión en su rostro duró apenas un segundo. Sus ojos se abrieron, una sonrisa lenta y conocedora se extendió por sus labios. La sonrisa se convirtió en una risa, primero contenida, luego una carcajada sonora que resonó por las ruinas.
—¡Joder! ¡Joder, Sara! ¡Te has tomado al pie de la letra lo de la inmersión! —Luis comenzó a aplaudir, un aplauso lento y rítmico que rompió el silencio de los sorprendidos clientes. Sus ojos brillaban con una mezcla de celos, orgullo y una excitación palpable.
Sara sonrió, una sonrisa de satisfacción y picardía.
Luis se acercó, ignorando a los otros supervivientes que seguían atónitos. Se plantó frente a la escena, miró al negro, luego a Sara, y su risa se hizo más fuerte.
—Bueno, bueno, bueno… Veo que te has adaptado de puta madre, mi pequeña superviviente.
Se giró hacia el grupo, con una mirada desafiante pero divertida.
—Ahora… —Luis se desabrochó el pantalón, revelando una erección incipiente—. Ahora me toca a mí ser un superviviente.
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