Xtories

El paraíso del cornudo (extracto 2)

Pablo sabe que su esposa le ha sido infiel con su propio hermano. Ebrio y desesperado, cruza la línea prohibida con la cuñada, ofreciendo su cuerpo como arma de venganza. Pero ¿estará dispuesto a pagar el precio de su propia traición?

Abel Santos5K vistas9.0· 10 votos

EXTRACTO DE MI NUEVA NOVELA "EL PARAISO DEL CORNUDO"

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Dejaba el coche en el parking del chalet diez minutos después. Sin tiempo que perder, busqué por el jardín.

Nadie.

¿Manuel no estaba entrenando? Era raro, pero al menos no estaba de por medio. ¿Estaría con Alma, tal vez, restregándose entre ellos? Menuda faena en ese caso. Mi cuñada se llevaría su polvo, pero con el empotrador equivocado.

Entré en la casa por las puertas del salón y busqué en la cocina, en el sótano y en las dos plantas superiores. Si no aparecía Alma, le preguntaría a Noelia en el caso de encontrarla. Ella sería la mejor fuente de información.

Pero solo hallé un absoluto silencio.

Me sentí aturdido, y no solo por el efecto del alcohol. El mutismo de la casa parecía sobrenatural. Era como si hubieran tirado una bomba de neutrones en el patio y hubieran desaparecido todos sus habitantes.

Volví a la planta segunda desde la buhardilla. Me asomaba por los corredores que llevaban a las habitaciones, cuando una sombra femenina cruzó la puerta del cuarto de Alma y Manuel, entrando en ella de forma sibilina.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Alma? —susurré con la lengua de trapo producto del alcohol.

Estaba seguro de que había sido ella la que entraba en la habitación, aunque no hubiera podido jurarlo. Había algo en la mujer que me había resultado extraño, como si se tratara de un fantasma. Pensé en Noelia, pero dudé que se moviera por las habitaciones de una forma tan desenvuelta. Que yo supiera, se lo tenían prohibido mientras no hubiera nadie en ellas.

A grandes y silenciosas zancadas me acerqué a la puerta de mis cuñados. Apoyé la oreja sobre la madera y escuché a alguien tararear una cancioncilla. Era una voz de mujer. Solo podían ser Alma o Noelia.

Rogué porque fuera mi cuñada, recordando que le gustaba tararear como había comprobado en nuestro viaje a Valencia.

Era el momento de atacar, pero me costaba decidirme. No podía simplemente empujar la puerta de la habitación y decir «hola, ¿follamos?». Además, el estómago se me había encogido de nuevo por el pánico de saber que no había vuelta atrás.

Si todo iba bien, iba a cometer la mayor infidelidad de mi vida.

Si la cosa se torcía, a saber cómo podía acabar.

Finalmente, reuní las fuerzas que necesitaba para dar el gran paso. Golpeé la puerta de forma sutil y hablé acercando la boca a la madera.

—¿Alma? —dije y esperé.

No obtuve respuesta y volví a intentarlo. En esta ocasión tuve más suerte.

—¿Pablo? —preguntó la voz de Alma desde dentro— ¿Eres tú?

—Sí, soy yo… —respondí—. ¿Puedo entrar un momento?

Pareció pensarlo, pero al fin respondió.

—Dame un segundo, no estoy visible. Me pongo algo y te abro.

Unos segundos más tarde la puerta se abría y Alma aparecía con un albornoz de hombre por encima. Sospeché que debajo de él solo encontraría piel, la piel de una diosa que podía ser mía si sabía conquistarla.

—Dime… —soltó colocándose entre el marco y la hoja, sin dejarme pasar.

—Verás… —comencé—. Necesito hablar con alguien. Estoy un poco de bajón. ¿Me dejas entrar para que charlemos?

Volvió a tomarse su tiempo para responder.

—Bueno, entra, pero solo cinco minutos. Estaba a punto de meterme en la ducha.

Se echó a un lado y me franqueó el paso. Entré casi sin mirarla, me podía el bochorno de que notara que había bebido. Aun así, había observado en ella algo extraño, algo que no encajaba. Quizá por la cerveza, o quizá por los nervios, era incapaz de descifrar el misterio. Lo que no era óbice para saber que tal misterio existía.

Alma cortó mis pensamientos en cuanto empezó a hablar.

—¿Ha pasado algo? —soltó de repente, mientras me sentaba en el borde de la cama con mirada circunspecta.

Me sentí como si llevara pintado en la frente el letrero más temido: «CORNUDO». Y ese sentimiento me dolió más que haber visto a Leire y a su amante en el ascensor.

Antes de responder, pensé en las líneas rojas de la conversación que iba a mantener con Alma. De ninguna de las maneras debía sospechar que mi despecho ya no lo provocaba su marido.

—No, nada especial… –admití tras un paréntesis—. Ha pasado lo de siempre…

—¿Lo de… siempre? —repitió sin entender.

—Sí, ya sabes… Manuel y Leire…

—Espera… —dijo levantando una mano—. Te veo fatal. Voy a ponerte algo de beber para que te relajes.

—Sí, gracias —dije sin muchas ganas. Lo que menos necesitaba ahora era más alcohol, pero no podía contradecirla si pretendía llevarla a la cama, la cama en la que me hallaba sentado.

Faenó en un mueble bar de la habitación, una habitación al menos el doble en tamaño que la que Leire y yo teníamos asignada, y en pocos minutos me tendía un vaso con un líquido ambarino.

—Es ron negrita… —explicó—. No tengo otra cosa aquí, pero es un reserva de no sé cuántos años, el único que le gusta a Manuel. Con esto te sentirás mejor.

—Vale… —acepté y apuré el vaso de un trago.

—Y ahora, cuéntame… —dijo y se sentó a mi lado, mientras el albornoz se le abría como por ensalmo y sus preciosas rodillas aparecían ante mí.

En lugar de cerrarse la prenda, Alma se cruzó de piernas y entonces fueron sus morenos muslos los que me dejaron sin habla.

No sabía si aquello era una buena señal, pero al menos la charla no comenzaba mal.

*

Alma no dudó en servirme una segunda ronda de alcohol, pero esta vez no lo bebí, sino que jugué con el vaso entre las manos.

—A ver, cuéntame… —repitió Alma al ver que no arrancaba—. ¿Qué es «lo de siempre»?

Esta vez no me hice de rogar.

—Pues lo de siempre es… «lo de siempre» —dije con palabras juguetonas por culpa del alcohol. Era hora de mentir—. Desde la última vez que hablamos me he estado fijando en los dos y he visto… cosas…

—¿Cosas…?

—Sí, cosas… —me reafirmé—. Cosas como roces sin necesidad, abrazos por la espalda… Y, lo peor de todo, es cuando están haciendo ejercicios dentro de la piscina, donde no se ve bien lo que hacen por debajo del agua.

Alma me puso una mano en la rodilla y no pude evitar que mi entrepierna diera un tirón hacia arriba. La cosa iba bien, me dije.

—Pobre Pablito… —intentó consolarme—. Sigue, cuéntame que más has visto…

—Pues… hace dos o tres tardes… —me costaba soltar aquella trola, pero había que hacerlo, no quedaba otro remedio—. Me pareció que se besaban en la zona de la piscina que queda fuera de las luces del jardín.

—¿Estás seguro? —ahora eran las dos manos de mi cuñada las que descansaban sobre mi rodilla.

—Sí… pero eso no es todo…

Se removió en su asiento y el albornoz cayó por un lado. Ahora podía ver claramente el nacimiento de una nalga. No pude evitarlo, me estaba poniendo cachondo con su pasividad ante el espectáculo que me proporcionaba el albornoz al abrirse.

Llegué a pensar que me estaba provocando, cosa que encajaba con el hecho de que me hubiera ofrecido alcohol. ¿Estaba Alma intentando ligar conmigo mientras yo no sabía cómo hacer lo mismo con ella?, cavilaba.

—¿Qué más…? —dijo para que no dejara de hablar.

—Pues… me pareció verles rozarse de cintura para abajo… —inventaba sobre la marcha—. Ella le daba la espalda y él se acercaba por detrás y restregaba el paquete contra el culo de tu hermana. ¿Te lo puedes creer, semejante cerdo? Y luego, frente a frente, tuve la sensación de que se frotaban… Leire apretaba los ojos como si se estuviera… ya sabes…

Alma suspiró y pensé que era el momento de actuar. Si le echaba una mano al hombro, tal vez conseguiría que se venciera sobre el mío y que podría intentar besarla.

Pero me equivoqué. Alma se puso en pie de forma decidida y se ajustó el albornoz, cubriendo la piel que momentos antes mostraba impúdicamente.

—Vale, genial… —casi exclamó—. El bueno de mi cuñado ha descubierto lo que yo le llevo diciendo desde hace tiempo y no quería creerme… —se puso en jarras antes de proseguir—. ¿Y ahora qué? ¿Vienes a pedirme algo?

Me puse en pie frente a ella de forma decidida. Las piernas me temblaron, pero no era de miedo, era el alcohol el que las hacía flaquear.

—No, no vengo a pedirte nada —volví a mentir—. Vengo a darte la razón… Y a decirte que no podemos dejarlo pasar. Que tenemos que darles su merecido. Ojo por ojo…

Me había venido arriba, mi discurso se había disparado con la euforia del ron negrita. El último trago me había sentado de maravilla.

Pero Alma me cortó las alas.

—Ya… todo eso queda muy bonito… —me soltó con el ceño fruncido—. Pero al final lo que tú quieres es follarme, ¿no es eso? El nene está enfadado y viene a quejarse a su cuñadita para pedirle que se abra de piernas… Que quiere descargar su rabia entre ellas.

Hablaba con un tono de burla que en otro momento me habría destrozado. Pero no en ese momento, no con el alcohol corriendo por mis venas.

—No, no es solo eso… —protesté.

—Ah, ¿no? —fingió sorpresa cruzándose de brazos.

—No… lo que yo quiero es venganza… con mayúsculas…

Alma se echó a reír, intentando humillarme.

—No me hagas decirte que ya te lo advertí, cuñado…

—Es cierto, me lo advertiste —admití sosteniéndole la mirada—. Y yo fui tan idiota de no hacerte caso. Pero es mejor tarde que nunca —la tomé de un brazo y la atraje hacia mí—. Ahora te doy la razón y aún estamos a tiempo de arreglarlo…

Y entonces, infeliz de mí, tuve la peor idea de las vacaciones:

—Te ofrezco que nos grabemos en la cama y les demos en las narices con el video.

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