Marido cornudo por una entrada de fútbol (II)
Su marido la vendió por una entrada de fútbol, pero ella no planea ser la víctima. Esta noche, Olga toma las riendas de su deseo, buscando en la cama de otro hombre la liberación que su matrimonio le negó.
Una vez que Olga se hubo depilado, y tras haberse corrido frente al espejo, imaginando una intensa follada por parte de Chema, con la piel hirviendo y el pulso aún acelerado, se dio una ducha para calmarse y relajarse antes de vestirse.
El cabrón de Fermín debió de darle su número de teléfono a Chema, pues éste, que parecía que quería quedar como todo un caballero, le había anunciado con un mensaje de whatsapp que pasaría a recogerla a las 9 de la noche. Primero irían a cenar a uno de los restaurantes más elegantes y caros de la ciudad. Después…, después no sabía dónde irían, aunque sí sabía a qué.
Tras una larga y relajante ducha, y una vez que se hubo peinado el pelo con algunos tirabuzones, que hacían que su cabello cayera de forma insinuante sobre sus hombros, y de haberse maquillado de forma discreta, Olga comenzó a vestirse. Eligió un conjunto de braguitas y sujetador, en color negro, con grandes transparencias. Era un conjunto explosivo, con el que sus pezones eran perfectamente visibles y que apenas ocultaba a la vista los labios de su vagina, ajustándose a su cuerpo como si de una segunda piel se tratase.
Sobre la ropa interior se enfundó un vestido largo, de corte de sirena, de color verde esmeralda, con una larga abertura en el lado izquierdo, que subía tanto que casi permitía ver la sexy braguita que había debajo. El vestido contaba con un único tirante sobre el hombro izquierdo, dejando el derecho al descubierto, ajustándose perfectamente, tanto al pecho, como a las caderas y al culo.
A continuación eligió un par de zapatos, con tacón alto y fino, que estilizaban su figura, adornados con cristales brillantes.
Eran casi las 9 de la noche cuando terminó de vestirse. Tras elegir una cartera de mano, a juego con los zapatos, Olga se miró en el espejo de su dormitorio, sobre el que aún quedaban patentes las señales de su reciente corrida. El resultado de lo que vio no podía ser más impresionante.
Durante aquellos días de zozobra, después de que su marido le confesase que la había vendido a cambio de una entrada para asistir a la final de la Champions, había decido algo: dejaría de ser una abnegada y resignada ama de casa. Había decidido comerse el mundo, aunque para ello tuviera que empezar comiéndole la polla a Chema.
Aún estaba Olga ensimismada en sus pensamientos, y contemplando el espectacular resultado del atuendo y peinados elegidos, frente a su confidente espejo, cuando su teléfono móvil sonó de nuevo. Esta vez era una llamada. Se trataba de Chema.
- Hola Olga, buenas noches. Cuando quieras puedes salir, he aparcado frente a tu casa –le dijo Chema con la mayor naturalidad.
- Hola Chema. Ya salgo –respondió Olga.
Olga volvió mirarse en el espejo, tras sonreírse guardó el teléfono en la cartera de mano, emitió un largo suspiro y salió de su casa.
Chema la estaba esperando fuera del vehículo, un flamante BMW Serie 2 coupé, de color gris metalizado. Si el vehículo no estaba nada mal, el aspecto de Chema no se quedaba atrás. Con el cabello algo revuelto y barba de un par de días, vestía con un polo muy juvenil, en colores azul y blanco, junto con un pantalón de color beige, bastante ajustado a su fibroso cuerpo. Una limpia y brillante sonrisa remataban su aspecto.
- Buenas noches, Olga –dijo Chema a la vez que se inclinó sobre la mujer para besar sus mejillas.
- Buenas noches, Chema –respondió la mujer, prestándose a los dos besos de saludo que Chema le ofreció.
- Estás realmente preciosa, -añadió el hombre, tras echar un paso atrás para poder contemplar en toda su integridad a Olga.
- Por eso me elegiste –respondió Olga, de forma seca.
Chema abrió la puerta del copiloto y, después de que Olga se acomodara en el asiento, la cerró con suavidad. Una vez sentado en su lugar dentro del vehículo, Chema lo puso en marcha, en dirección al restaurante elegido.
- Lo primero que quiero aclararte es algo: A pesar de que a Fermín le pedí acostarme contigo a cambio de la entrada, quiero que sepas que no va a ocurrir nada que tú no quieras que ocurra, no soy un violador ni un chantajista. Él es un gilipollas si ha hecho lo que ha hecho y ha estado dispuesto a anteponer una maldita entrada de fútbol a tu dignidad –explicó Chema mientras emprendían el camino hacia el restaurante, algo que a Olga la descolocó en parte.
- Pensé que querías follarme –dijo ella.
- Olga, quiero que te sientas bien, que hagas lo que hagas, lo hagas porque realmente quieres hacerlo, no por imposición de nadie. Es más, si ahora mismo me dices que ni siquiera quieres cenar conmigo, doy media vuelta y te dejo de nuevo en tu casa –respondió Chema.
- No, está bien. A nadie le va a ocurrir nada por cenar con un… conocido –dijo Olga.
- Gracias, Olga. Esta noche quiero que sea muy especial para ti –dijo Chema.
- Desde luego, lo está siendo –confirmó la mujer.
Poco más dijeron durante el trayecto hasta el restaurante. Olga trató de relajar su actitud, a lo que ayudó considerablemente el modo en el que Chema la había hablado. Además, debía reconocer que el hombre era muy apuesto, o directamente atractivo, cualquier mujer querría derretirse entre sus brazos. Por otro lado, la mezcla de aromas de su piel junto con el perfume que utilizaba, resultaba de lo más agradable y sugerente.
Llegados al restaurante, de nuevo Chema se mostró de lo más caballeroso, bajándose inmediatamente del vehículo para abrirle la puerta a Olga, esta esbozo una especie de sonrisa, con el rostro más relajado de lo que había estado apenas 10 minutos antes.
Una vez dentro del local, y tras ser llevados hasta una mesa al fondo del mismo, Chema comenzó a intentar entablar una conversación más o menos normal con su acompañante:
- Entiendo que la situación no es la más normal, y que puedas tener tus suspicacias –comenzó diciendo el hombre.
- Hombre, que tu marido te diga que ha llegado a un acuerdo con otro hombre, para que éste me folle a cambio de una entrada para un partido de fútbol, es muy anormal o, al menos, a mí me lo parece –respondió Olga, aunque el tono de su voz era menos agresivo de lo que había sido un rato antes.
- Lo sé y lo comprendo. Por eso te pido que te olvides de esa parte. No estamos aquí exactamente para eso –comenzó explicando Chema-. Estamos aquí para pasar una noche agradable, entre dos adultos que eligen y deciden qué hacen y con quién. Como ya te dije hace un rato, no pasará nada que tú no quieras que suceda. No soy ese tipo de hombres –añadió-. Todo comenzó como una especie de juego. Tú me has gustado desde el primer momento en que te vi. Siempre odié y envidié a Fermín por tener la suerte de ser tu marido. Cuando el otro día me pidió el favor de conseguirle una entrada para la final de la Champions vi una oportunidad para gastarle una broma, y para hacerle ver cuánto me gusta su mujer. Lo que no pensé jamás es que él iba a acceder a algo tan indigno y falto de respeto. Pero lo hizo. En ese momento podría haberle dicho que no quería llegar a tanto, que tenía la entrada, si la quería, y que se olvidara de la segunda parte del trato. Pero decidí seguir adelante, sin decirle nada, pues así tendría la oportunidad de compartir una cena contigo y, quién sabe, si lograría seducirte para que fueras tú quien decidiera acostarte conmigo.
- Pues sí que el gilipollas de Fermín ha demostrado cuánto me quiere y me respeta. Le has hecho quedar ante mí como un perfecto hijo de puta –dijo Olga-. Y tú, ¿qué tipo de hombre eres? –preguntó a continuación la mujer.
- Un hombre que cree que Fermín es el tío más afortunado del mundo, aunque él es tan gilipollas que no se da cuenta. Eres una mujer fantástica: guapa, elegante, educada, seduces con la mirada, con tu forma de caminar y de vestir, seduces cuando hablas y hasta cuándo no dices nada. Eres pura magia y seducción –terminó diciendo Chema.
- Me vas a poner roja… Y tú, ¿cómo te defines? –quiso saber Olga.
- Como un hombre que no cree en el amor. Al menos no creo en el amor permanente e imperecedero. El amor, como cualquier otro sentimiento, tiene sus idas y venidas, sus momentos álgidos y sus baches. Y, como todo en la vida, llega a desaparecer. Por eso, no creo en el amor. En lo que sí creo es en el respeto, tanto hacia la otra persona, como hacia uno mismo. Y creo en la belleza, en el deseo, en el placer y en todo aquello que nos pueda hacer sentir mejor, tanto física como emocionalmente –discursó Chema.
- Vaya, interesante reflexión… Me parece muy acertado eso de respetarse a uno mismo y a los demás –dijo Olga-. Y también empiezo a estar de acuerdo contigo en eso de que el amor tiene fecha de caducidad. Jamás pensé que lo diría, pero en la última semana mi perspectiva sobre el tema ha cambiado por completo –añadió la mujer, que comenzó su frase con la mirada perdida en la pared del fondo del restaurante, pero que terminó clavándola en los ojos de su acompañante.
Por efecto del partido de fútbol, el local estaba menos frecuentado que de costumbre, lo que hacía que el ambiente fuera más relajado y amable. Ambos comensales eligieron los platos que querían comer, a los que los acompañaron de sendas copas de vino. Durante la cena, ambos se dedicaron palabras amables y de respeto. Olga acabó reconociendo que la velada la estaba resultando mucho más agradable de lo que había esperado, y Chema manifestó sentirse contento por ello.
- Te has vestido de un modo especialmente elegante, logrando que destaque aún más tu sensual atractivo –dijo Chema en un momento dado.
- Tras unos días de reflexión sobre esta “cita”, decidí que lo mejor sería, si es que tenía que acostarme contigo, hacerlo de verdad. Si mi marido quiere ser un cornudo, le daré cuernos. Pero no será porque él me lo haya impuesto, si no porque yo lo he decidido así, y vengo con todas mis armas para regalarte una noche inolvidable –explicó la mujer.
- Pero ya sabes lo que te he dicho… -comenzó a explicar de nuevo Chema.
- Sí, lo sé: no tiene por qué suceder si yo no quiero que suceda. Lo sé, y te agradezco mucho que ese sea tu planteamiento. Ahora te diré algo: antes de encontrarnos, tenía claro que acabaría follando contigo. Venía predispuesta para soportarlo. Pero, tras haber hablado contigo, y después de conocerte un poco mejor, mi percepción sobre ti ha cambiado, no es que me vea capaz de soportarlo, es que ahora deseo que ocurra, deseo acostarme contigo. Muchas cosas en mi vida van a cambiar, han comenzado a cambiar ya. Sin saberlo, mi marido acaba de convertirme en otra mujer –explicó Olga, dándole, al finalizar de hablar, un largo trago a su copa de vino.
Maravillado por la respuesta recibida, triunfante por estar a punto de lograr lo que desde hacía mucho tiempo deseaba, Chema se sentía eufórico. Trató de no demostrarlo demasiado, pero tenía urgencia por terminar de cenar, por salir del restaurante y dar el siguiente paso. No quería llevar a Olga a la cama de manera inmediata. Quería que aquella velada fuera algo inolvidable para ella. Por los comentarios que Fermín le había hecho desde hacía tiempo, y por el modo de comportarse de ella, era evidente que Olga no se sentía querida, respetada y valorada. Eso también tenía que cambiar, y Chema quería dar los primeros pasos para que así fuera, para que aquella bella e inteligente mujer, plagada de virtudes que cualquier hombre inteligente desearía tener cerca, se sintiera respetada, querida y deseada.
Por ello, cuando dieron por terminada la cena, Chema le propuso a Olga ir a una discoteca ubicada en la zona, a la que solían acudir personas de mediana edad, dónde la música que ponían iba mucho más allá de bachatas, reggaetones y similares. Olga aceptó encantada, hacía mucho tiempo que no vislumbraba la posibilidad de bailar con un hombre.
Chema le ofreció su mano, a lo que Olga accedió, y juntos, como una pareja más, abandonaron el restaurante, dando un agradable paseo hasta la cercana discoteca.
Una vez en el establecimiento, los dos miembros de la pareja eligieron una consumición con la que seguir hidratando sus cuerpos. Poco a poco, la música y el alcohol hicieron su efecto, y comenzaron a bailar. No fue nada difícil acompasar sus movimientos a los de las melodías que sonaban, bailando como si hiciera mucho tiempo que lo hacían juntos.
A medida que el tiempo bailando fue incrementándose, sus cuerpos rozaron repetidamente. En un principio de un modo menos evidente, más sutil y casi imperceptible. Pero, poco a poco, aquellos leves roces pasaron a un nivel superior. Tanto que Olga comenzó a sentir un cosquilleo de ansiedad en su entrepierna, que ascendía desde lo más profundo de su sexo hacia su pecho, en una clara demostración de su deseo creciente por el cuerpo de Chema. Éste, a su vez, tardó poco en sentir una potente erección. Una erección difícil de disimular con aquel pantalón ajustado, bajo el que la forma alargada y cilíndrica de su polla se dibujaba de forma evidente, la cual rozó y presionó, en infinidad de ocasiones, sobre el vientre y la entrepierna de Olga.
Las cartas estaban sobre la mesa.
Un buen rato después de comenzar a bailar, la pareja se retiró a un lado. Apenas habían hablado, al menos no lo habían hecho con los labios, pero la comunicación no había faltado: se habían comunicado con los gestos inconfundibles de sus cuerpos, con sus miradas encendidas, con la actitud que mantuvieron y con todo lo que habían interrelacionado a través de los sensuales movimientos del baile, plagados de roces y sugerentes gestos.
- Vámonos ya de aquí –pidió Olga, tras darle un largo trago a su bebida.
- ¿Estás segura? –le preguntó Chema, el cual deseaba oír un sí.
- Nunca en mi vida he estado tan segura de algo –respondió la mujer.
La pareja abandonó la discoteca, con sus cuerpos más juntos que nunca, y con el deseo y la ansiedad por gozar y disfrutar del cuerpo del otro más elevados que nunca.
Una vez que ambos subieron al coche de Chema, se unieron en un beso que llevaban mucho tiempo deseando los dos. Las dos lenguas se unieron, se enlazaron y se acariciaron con verdadera devoción. A la vez, las manos de los dos se aferraron al cuerpo del otro, acariciándose, recorriéndose y tratando de conocer cada uno de los rincones más prohibidos y oscuros de sus cuerpos.
Una oleada incontenible de humedad encharcó la entrepierna de Olga, mientras que una erección imposible de disimular, y con la que la mano de Olga “tropezó”, se hizo perfectamente visible bajo el pantalón de Chema.
- ¿Dónde quieres que vayamos? Había pensado en algún hotel discreto –comenzó diciendo el hombre cuando sus bocas se separaron por fin, para tomar aire.
- Llévame de nuevo a mi casa. Quiero que sea allí –respondió Olga, acariciando el pecho de Chema.
Sin esperar un solo segundo más, Chema puso el motor del vehículo en marcha, para dirigirse de nuevo al punto de partida: el domicilio de Olga.
La calentura de ambos no hizo más que crecer durante el corto trayecto de vuelta. Olga sentía como su sexo se había empapado por completo, como un suave pero cada vez más intenso cosquilleo, que nacía en su coño, invadía cada poro de su piel, cada rincón de su cuerpo, haciéndola estremecer en deseo y ansiedad.
Por su parte, Chema seguía con su verga dura y caliente. No recordaba haber tenido una erección así desde hacía muchísimo tiempo. Haber probado los labios de Olga sólo habían producido un efecto: querer probar todo su cuerpo, cada rincón, cada recoveco. Llenarse con los aromas y fluidos de su cuerpo. Provocar el éxtasis de la mujer, con el que llegaría a su propio éxtasis.
Siguiendo las indicaciones de Olga, tras haberse besado de nuevo, mientras un semáforo permanecía en rojo, y después de haber acoplado sus manos a las tetas excitadas y a la polla ardiente, Chema condujo para aparcar el vehículo en la plaza de aparcamiento del edificio que Fermín había dejado libre esa mañana: si él estaba dispuesto a dejar que su amigo se acostase con su mujer, mucho menos iba a poner pegas a que utilizase también su plaza de aparcamiento.
Apenas salieron del coche, la pareja volvió a unirse. Sus bocas se devoraron con pasión creciente, con una intensidad inusitada, más propia de adolescentes en plena revolución hormonal. Olga quedó aprisionada entre el cuerpo de Chema y uno de los vehículos aparcados, sintiendo el placer que la presión de la polla, empalmada y caliente del hombre, le producía sobre su propio sexo.
Entre jadeos y suspiros, cada vez más intensos, Olga dejó que las manos de Chema bucearan bajo el vestido para acariciar, cuando no sobar y apretar con fuerza, sus tetas, cuyos pezones se habían endurecido hasta parecer dos diamantes rosados.
A duras penas lograron llegar hasta le ascensor. El viaje de subida hasta la planta en la que se ubica la vivienda, siguió el mismo guión que en el garaje, aunque en esa ocasión, Olga lanzó su mano a la caza de la verga de Chema, haciendo de aquella una presa fácil.
Una vez que Olga logró abrir la puerta de la vivienda, pasaron dentro de la misma, precipitados y ansiosos, buscando de manera descarada sus cuerpos, sus bocas y sus besos, lanzados el uno sobre el otro, sobre todo ahora Olga, que no soltaba la polla de Chema, todavía por encima de la ropa, pero cuya dureza y tamaño la habían atrapado aún más de lo que ya lo estaba.
A trompicones lograron llegar al dormitorio, el cual y sobre la cómoda, una foto del matrimonio, presidía la estancia. Por un momento, Olga pensó en tumbar la foto, un gesto simbólico pero, en el último instante, antes de arrodillarse ante la verga hinchada de Chema, decidió dejarla, que Fermín viera en lo que la había convertido.
Olga se arrodilló ante la polla dura y caliente de Chema, haciendo que este se apoyara sobre la cómoda. Desabrochó su pantalón y comenzó a deslizarlo por sus piernas, hacia el suelo. Con él se llevó el bóxer, tan caliente como la polla, y que apenas podía contenerla. Cuando la cinturilla del bóxer descendió por debajo de la verga, ésta saltó liberada, amenazando con sacudir en la boca de Olga, la cual se abrió, al igual que lo hicieron sus ojos, ante la imponente imagen de aquel magnífico capullo y de la vigorosa tranca que los sostenía.
Apenas llevó los pantalones del hombre al suelo, y ya había tomado posesión de su polla con sus labios. La besó, lamió, chupó y acarició con la lengua y con los labios, sintiendo en su boca el calor y la tensión de aquella magnífica estaca.
Abrió la boca todo cuanto pudo, y pasó a engullir toda la parte de la polla de que fue capaz. No pudo enterrarla por completo en su boca antes de sentir una arcada. Hacía muchos años que no le mamaba la polla de aquel modo a su marido, y la polla de su marido no era comparable a la de Chema. Tuvo que sacarla de su boca y tomar aire, antes de volverla a introducir.
Lo hizo de nuevo despacio, saboreando aquella verga, hundiéndola poco a poco en su boca, a la vez que acariciaba y masajeaba los duros cojones de Chema, el cual, disfrutaba de aquella muestra de erotismo y lujuria de una manera plena.
Cuando por fin Olga logró introducirse casi por completo toda la tranca de Chema, este le sujetó la cabeza con sus manos, no para obligarla a tragar más o marcarle ningún ritmo, si no como muestra de cercanía y de gratitud. Acarició su cabello y su nuca, deslizó sus dedos entre el pelo de la mujer, provocándole con ello un dulce estremecimiento, al que Olga respondió acabando de tragar la pequeña porción de polla que aún estaba fuera de su boca.
De ese modo, Chema llegó hasta la garganta de Olga, la cual, una vez que se habituó a la presencia de la tranca en su boca, comenzó a mamarla, deslizando sus labios desde la base hasta la punta del enrojecido y calentísimo capullo de Chema.
El hombre emitió un primer sonoro gemido, mezcla de placer y sorpresa, cuando Olga le mordió suavemente el hipersensible capullo. A partir de ese momento, y sin dejar de masajearle y acariciarle los huevos, Olga no paró de subir y bajar con su boca por la polla, envolviéndola con sus labios, lamiéndola con la lengua, succionándola cada vez que casi se la sacaba de la boca, para volver a clavársela hasta la garganta.
- Olga, vas a hacer que me corra… -acertó a decir Chema, mientras se sujetaba a la cabeza de la mujer, sintiendo una sucesión constante de oleadas de placer que, pronto le harían sucumbir en un fenomenal orgasmo.
La respuesta de Olga no se hizo esperar: continuó mamándole la verga, aún con más intensidad, sin dejar de acariciarle los cojones con una de sus manos, mientras que con la otra, previamente humedecida en sus propios fluidos, estimuló el ano del hombre. A partir de ese momento, Chema supo que no había posibilidad de marcha atrás y, tras un breve tiempo, su garganta comenzó a bramar, a la vez que de su polla brotó una buena cantidad de semen, que fue recogido, casi en su totalidad, por la boca de Olga.
Cuando ambos recuperaron el aliento, Olga le pidió a Chema que se echara sobre la cama, lo que él hizo de inmediato. Olga permaneció junto a la cama y, con una sucesión de movimientos suaves, sensuales y provocadores, comenzó a desnudarse. Se deshizo poco a poco del fantástico vestido que lucía. Cuándo éste cayó al suelo, la cuidada figura de Olga, perfectamente adornada por su ropa interior, quedó a la vista de Chema.
El hombre disfrutó de cada segundo de aquel magnífico espectáculo. Olga aprovechó cada uno de sus movimientos para, a la vez que iba desnudando su cuerpo, mostrarle a Chema todo cuánto albergaba, para acariciarse lujuriosamente la piel, sin dejar un solo trozo de su anatomía sin estimular: pechos, pezones, vientre, muslos, nalgas y, por supuesto, sexo. Sus braguitas estaban empapadas, hacía mucho rato que lo estaban, y la mamada que le había regalado a Chema sólo había hecho que incrementar el grado de humedad.
Un aroma a sexo, deseo y ansiedad flotaba en el ambiente, proveniente de la reciente corrida de Chema y de la notable excitación de Olga.
Cuando por fin la mujer se quitó el sujetador, dos preciosas tetas quedaron ante los ojos de Chema quien, de forma instintiva, comenzó a acariciarse la polla, haciendo pronto que esta cambiara su estado, para comenzar a mostrarse de nuevo cada vez más dura y dispuesta a dar y recibir placer.
Acariciándose los pezones, tirando de ellos y pellizcándolos con sus dedos, Olga se acercó a la cama lo suficiente como para que Chema, pudiera alcanzar su cintura y, en una muestra de deseo y fuerza, lograra alzarla sobre su propio cuerpo, haciendo que la mujer se situara sobre él a horcajadas.
Ambos sexo, únicamente separados por el fino tejido de las braguitas, se rozaron y presionaron, haciendo que Olga lanzase un primer gemido. Tras él llegaron muchos más, provocados por los movimientos cadenciosos de Chema bajo su coño y por las, en un principio, suaves caricias que con la lengua le propinó en cada uno de sus hinchados y duros pezones.
Apenas un minuto después, y como si una fuerza diabólica lo hubiera poseído, Chema pasó a devorar los pezones de Olga. Los metió en su boca y los mordió y succionó cada vez con más fuerza, haciendo que también la mujer suspirara y gimiera con más fuerza, y que de su coño brotaran nuevos fluidos que empaparon aún más sus ya empapadas braguitas.
Olga comenzó a frotarse con fuerza sobre la verga, cada vez más dura y gruesa, de Chema, logrando estimular tanto su coño y su clítoris que, mientras el hombre succionaba con fuerza sus pezones, una oleada de placer la hizo estremecer, retorcerse y gritar, en mitad de un orgasmo que la llevó a derramar varias ráfagas de fluidos, cayendo exhausta junto a su amante.
Chema, con la polla de nuevo tan dura y caliente como antes de la mamada de Olga, necesitaba más. Aquella mujer había logrado encender todas las hogueras de su cuerpo, y no se iba a conformar con lo que ya había probado.
Aprovechando que Olga se acostó a su lado, Chema hizo que se girara para tener a su alcance el culo y el coño de la mujer. Acarició su cuerpo, besando su espalda y sus hombros, hasta que logró quitarle las braguitas. Estaban absolutamente mojadas, portando el embriagador aroma de su sexo.
Chema pegó su cuerpo al de Olga, rozando con su polla, dura y caliente, su culo y su sexo. Sin dejar de besar su cuello y su espalda, comenzó a acariciar las tetas, el vientre y el clítoris de la mujer, la cual comenzó de inmediato a jadear y gemir. Sus dedos se deslizaban con absoluta suavidad por aquel sexo perfectamente depilado y completame mojado.
Ayudándose con la misma mano con la que Chema acariciaba el coño y el clítoris de Olga, colocó la punta de su verga en la abertura de los labios mojados y palpitantes del coño de Olga, presionando con su polla, a la vez que acarició el clítoris de la mujer. La tranca entró en el coño de la mujer como un cuchillo caliente lo hace en la mantequilla, llenando por completo sus entrañas.
Chema comenzó a moverse, a follar a aquella maravillosa mujer, a la vez que acariciaba su clítoris, sintiendo como varias oleadas de fluidos se derramaban sobre sus propios dedos y sobre la cama.
Pronto logró entrar por completo en el cuerpo de Olga, llenándola hasta lo más profundo de sus entrañas, sin dejar de bombear dentro de ella, cada vez con más intensidad, con más fuerza y más pasión.
Los dedos del hombre no abandonaron por un instante el clítoris de Olga, quien poco a poco volvió a sentir su cuerpo invadido por una sensación de placer que jamás había experimentado. La propia Olga ayudó con los movimientos de su cuerpo a hacer más placentera, la penetración de Chema, logrando que su polla entrara y saliera de su cuerpo con mayor intensidad.
Cuando el hombre pellizcó con más fuerza el clítoris de la mujer, tirando de él y moviéndolo a los lados, Olga volvió a gritar y gemir, apretando con fuerza su cuerpo contra el de él, alcanzando un nuevo orgasmo, esta vez con la estaca de Chema clavada hasta lo más hondo de su ser, el cual se derramó en una auténtica fuente de fluidos que envolvieron y empaparon la polla del hombre, y que acabaron por deslizarse por la parte interna de sus muslos.
Chema siguió follando, siguió embistiendo y sacudiendo su polla dentro de las entrañas de Olga, a los gemidos y jadeos de los dos amantes se unieron los sonidos característicos de su gruesa polla chapoteando en el charco de fluidos en que se había convertido el coño de la mujer. Ello provocó que Chema se excitara aún más, haciendo que, apenas un minuto después, y tras incrementar el ritmo y la intensidad de sus embestidas, se corriera de nuevo, llenando el coño de Olga con su semen, que fue a mezclarse con los fluidos de la mujer.
El orgasmo fue largo e intenso, los huevos se contrajeron hasta casi provocar dolor en el hombre, vaciándose por completo en el cuerpo de la mujer, la cual no dejó de moverse por un instante. Chema, a pesar de haberse corrido, siguió también moviendo su polla dentro del cuerpo de la mujer, un poco más flácida, pero aún con una importante erección, acompañando a sus movimientos con la incesante estimulación que sus dedos ejercían sobre el clítoris de la mujer.
Y de nuevo, un par de minutos después, acompañando al chapoteo de la verga en el coño lleno de los fluidos corporales de ambos, Olga volvió a correrse, volvió a sentir un fenomenal orgasmo, que la llevó a girar su cabeza todo cuanto pudo, a la vez que casi perdió el sentido, buscando la boca hambrienta de Chema. Se fundieron en un beso profundo y lascivo, mientras la mujer empujaba con fuerza sobre la polla del hombre, sacudiendo con ello los últimos instantes de su nuevo orgasmo.
El amanecer del nuevo día sorprendió a ambos amantes sobre la cama. Perdieron la cuenta de las veces que se corrieron, de las veces que follaron y de las veces que saborearon sus cuerpos.
Pero aquel amanecer tenía otro significado añadido para Olga. Supuso un amanecer a una nueva vida.
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