Xtories

Duelo sexual en la mesada de la cocina

Se conocían solo por pantallas, pero la realidad era más intensa de lo que imaginaban. Ella lo invitó a su casa para tener el control, pero él llegó dispuesto a disputar cada centímetro de poder. En la mesada de la cocina, el duelo por la dominación comienza.

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Ellos no se conocían personalmente, una persona en común fue el nexo. Solo tenían relatos, fotos y videos, para llenar su imaginación. Esa simple acción que parecería poco fue lo que encendió la llama del deseo en ambos. Miles de kilómetros los separaban, pero había una conexión, sus destinos estaban entrelazados, un enlace mágico, inexplicable e invisible los unía.

Él, un hombre de 50 años, alto, delgado y cuidado; golpeo la puerta de su casa. Era una masa ansiedad y nervios, vestía pantalón de jean, zapatos sport, una camisa blanca con finas líneas grises claras, un sacón para combatir el frio y una gorra irlandesa. En su mano un ramo de flores. Ella, sintió los golpes de la puerta, esperaba con ansias el encuentro, pero debía mantener la conducta. Se miro al espejo para hacer una última revisión: vestido corto de jean, remera apretada, debajo un top de gimnasia y unos hermosos zapatos negros con taco (los había elegido porque le gustaba ser disruptiva con alguna prenda de su vestimenta) para sus 40 y pico estaba muy bien.

Abrió la puerta y vio el ramo de flores: rosas rojas -no la enloquecían las flores-, pero el detalle le gusto. Él, bajó las flores y dejó ver su rostro, la miró a los ojos, puso su mejor sonrisa y dijo: “hola soy ‘J’”. Hubo un instante de silencio en donde pasaron muchas cosas. La voz grabe de él la impacto más que las flores, subida a los dos escalones del umbral ella lo podía contemplar en su totalidad: era más alto de lo que pensaba, tenía la espalda más ancha de lo que creía, los anteojos le quedaban bien, la barba estaba recortada; la imagen general era agradable. Él, desde el rellano inferior de la puerta observó sus largas piernas, sus caderas, la hermosa cintura, sus pechos como dos gotas, su cabello negro largo, todo asentado sobre unos hermosos zapatos de tacón, cuando llego a su bello rostro la miro a los ojos y escucho: “hola, un gusto conocerte, pasá que hace frio”.

Él extendió la mano derecha y le entrego el ramo de flores. “Gracias, no te hubieras molestado” dijo ella en un raro tono de mezcla de satisfacción y pudor. Luego dio un paso atrás y lo invito a pasar, el subió dos escalones e hizo el ademan para saludarla con un beso en la mejilla, ella entendió. Un beso en el lado derecho y quito el rostro, él quedo con el otro beso en el aire. “En nordeste argentino damos dos besos…” dijo él, “ahhh….claro perdon” dijo ella y ofreció la otra mejilla. Este primer contacto visual y físico, generó muchas cosas en ambos. Ella escucho su voz, vio su rostro, percibió su aroma -un perfume seco y dulce la embriagó-, lo vio en plenitud en vivo y directo no a través de fotos o videos. Él, pudo ponerle rostro a un cuerpo con el que había soñado de diferentes maneras, la persona con la que había anhelado tener una charla, sentir levemente su piel al darle un beso, el aroma dulce de su cabello, su vestimenta simple pero atrevida y sensual; la persona atrás de pantalla: era esplendida.

Entraron a su casa, estaba cálida, de fondo se escuchaba los primeros acordes de guitarra de “More Than Words” (Más que Palabras) de Extreme; ella le ofreció quitarse el saco y la gorra y colgarlo en el perchero, lo miro de espaldas mientras lo hacía. El pantalón de jean y la camisa blanca, le sentaban muy bien, cuando se dio vuelta pudo verlo de frente, la figura era atractiva y de sus pectorales sobresalían dos leves puntos, estaba excitado. Ella, se dio cuenta que lo impactó y que el cuerpo de él no lo podía esconder. Con las flores en la mano se dio vuelta y fue hacia la cocina para colocarlas en un florero, sin darse cuenta sus movimientos se volvieron sensuales: movió un poquito más las caderas al caminar, se toco el cabello, mientras los tacos retumbaban al golpear el piso. Sus pezones dieron la primera señal, al igual que sus pechos se pusieron duros

En estos breves instantes que transcurrieron ya había tensión sexual en el ambiente, ambos lo notaban. Eran dos adultos con experiencia de vida, que habían acordado un encuentro casi a ciegas, para conocerse. Sus cuerpos eran totalmente reconocidos por el otro, conocían sus aventuras sexuales, sus gustos, pero todo virtual, había una necesidad de “verse, solo para charlar”, pero ambos inconscientemente querían otra cosa. Ella había propuesto su casa, lo quería en “su terreno” para manejar la situación, para medir los tiempos, para tener el control de lo que ocurriera.

En el aire se percibía algo raro, dos personas con carácter fuerte en un duelo por la dominación, ambos se contenían, mostrando su faceta más sueve, pero ella movía levemente las caderas y él mostraba toda su hombría inflando el pecho. Era un juego, como dos animales en un cortejo natural, silvestre y salvaje. Hembra y macho, macho y hembra, alguien debía dar el primer paso. En ese breve lapso, ambos habían mostrado sus intenciones.

Ella, colocó las flores y ofreció un café. “Si, muchas gracias, no estoy acostumbrado a este frio” respondió él y luego se acercó tímidamente hasta la cocina quedando cerca de ella. Comenzó un diálogo superficial: el clima, el viaje, la belleza de la ciudad, su provincia, sus trabajos, cosas banas; minutos eternos que acrecentaban la ansiedad de ambos y que transcurrían mientras se hacia el café. “Es muy linda… tu casa” dijo él haciendo un alago general, “te gusta…” respondió ella girando la cabeza sobre el hombro, mirándolo a los ojos y regalándole su mejor sonrisa. Fue un instante, un movimiento, un gesto -ocurrió eso inexplicable: la chispa-, pero el inconsciente de ambos lo percibió. Mirandola a los ojos él dio dos pasos sintiendo que saltaba al vació, que no había vuelta atrás, que era todo o nada. Ella lo miraba con una mezcla de arrogancia, sensualidad, desafío y entrega, sin darse cuenta entreabrió levemente su boca y se quedó inmóvil. Sin tocar otra parte de su cuerpo que no sean sus labios, la besó con suavidad.

Como desafiándose ambos se miraban profundamente no cerraban los ojos. Sin dejar de besarse ella giró sobre sí misma y quedaron frente a frente, sus cuerpos se rozaron. Los pezones de ella se clavaron en su pecho, el pene de él comenzó a hincharse en su entrepierna, los dos lo percibieron. Él, la tomó del rostro y el beso se hizo mas intenso, un intercambio de saliva, sabor a tabaco de ambos y pastillas de menta, aderezaban ese beso que pasó, en un instante, de suave a profundo; las manos de ella fueron a su espalda atrayéndolo.

Se deseaban, pero allí había un duelo era por el dominio de la situación. Él la empujo contra la mesada de la cocina, apoyo toda su hombría, la tomo de la nuca y casi la ahogo con un beso, mientras le hacía sentir -con leves movimientos- su duro miembro. Ella, le levando la camisa puso sus manos en la espalda y en un gesto de fortaleza le clavó las uñas. Se dejaron de besar, pero se seguían desafiando con la mirada. Las manos del él fueron al abdomen de ella y subieron levantando la remera y metiéndose debajo del top deportivo, apretando sus pechos y finalizando en los pezones. “Ahhhggg…” exclamo ella con voz de dolor y placer, inmediatamente con su mano derecha fue hacia la entrepierna del él, sin desabrochar el pantalón, bajó y le agarro la verga y los testículos a la vez, se los apretó levemente, los masajeo, mientras lo miraba a los ojos con cara de pasión y autoridad. El mensaje subliminal era claro, el desafío explícito: “te tengo agarrado”, “te doy placer, pero cuando yo quiero y como quiero”. Una lucha sensual de deseo y dominio estaba en pleno apogeo.

Al contrario de lo esperado él no se amilanó. Saco sus manos de los pechos, las puso en el culo de ella y la levanto sobre la mesada de la cocina, el movimiento la obligó a soltar su dura pija. Ella sintió el poder de él. La disputa entre ambos era una mezcla de fuerza, sexualidad y ferocidad. Su corta falda se subió, en un cruce de manos ella trataba de vencer los obstáculos para desabrochar el cinto del pantalón, el botón la cremallera y él, de sacarle la remera y el top. Se miraban profundamente a los ojos y se besaban, sus rostros eran el de dos fieras, en un combate sexual.

La imagen posterior fue casi pornográfica. Ella, sobre la mesada de su cocina, con sus piernas abiertas, su pollera de jean sobre la cintura, zapatos de taco, los pechos al aire, su vagina empapada, agarrándolo del culo y la nuca. Él, con el pantalón y su calzoncillo en los tobillos, tomándola de una pierna y de la espalda, con su miembro duro, a centímetros de ese brillante lugar de deseo. Sus cuerpos estaban calientes, casi sudando a pesar del frio, respiraciones fuertes, bocas a punto de tocarse, olor a sexo y café, en toda la habitación. La disputa sexual de un hombre y una mujer estaba en su máximo apogeo.

Él le agarró fuerte la pierna y abrió toda la extensión de la mano que tenía en su espalda, corrió la tanga negra que era la última barrera, aprovechando para dar una leve caricia al clítoris provocando un gemido y una descarga eléctrica que fue directamente al centro de placer de ella. Tomo su miembro y lentamente comenzó a rozar su concha con la cabeza de su verga, de abajo hacia arriba, separando sus labios vaginales y tocando su clítoris, para luego penetrarla, ella, volvió a clavar sus uñas, pero en sus nalgas. Su concha y su pija hervían, la lubricación de ambos era mayúscula, el hizo dos o tres movimientos leves solo metiendo la cabeza de su pija, paró un instante, la miró más profundamente a los ojos, hizo una pequeña mueca con la boca -ella sabía que es lo que se venía- y la penetró con firmeza y sin pausa hasta hacer entrar todo su miembro. Ella gimió fuerte, lo tomó del pelo -casi con rabia- y apagó un grito besándolo en la boca; luego lo abrazó, la camisa de él no permitía que sus pieles se tocaran, mientras era penetrada intentó desabotonarla, no pudo, se enfureció y la abrió de una sola vez, los botones volaron por todo el piso de la cocina, pero logró su cometido. Apoyó sus pechos contra él. Alli pudo tener un placer inesperado: era penetrada salvajemente, clavaba sus pezones en el macho y, a la vez, sentía los latidos de su corazón. Sentía como ese hombre amable y tranquilo, que hace un rato había entrado a su casa, se había transformado en un animal salvaje, ella lo había transformado. No pudo evitar sentir cierta satisfacción.

En esta pelea sexual, nadie había dicho una palabra aun, él fue quien rompió el silencio: “no sabés hace cuanto tiempo te quería coger” dijo entre jadeos, como queriendo decir que él la conquistaba; ella altiva respondió: “yo, quería esta pija… cogéme”, dijo haciéndole saber que ella se lo permitía. Ambos seguían en el duelo por la dominación: gimiendo, sintiendo y gozando; pero en un duelo al fin.

La mesada de cocina rechinaba, pero se sentía firme, él, tuvo el irrefrenable deseo de llegar a lo mas profundo, una forma de quedar pegado a ella, esa sensación de fundir los cuerpos, eso que pasa cuando dos personas hacen el amor y quieren ser una sola, sentía que ambos lo necesitaban. Puso las manos debajo de las rodillas de ella, subió sus piernas a su pecho, dio unos pasitos para atrás, mientras ella se apoyaba en la mesada con ambas manos. “Dame hijo de puta, dame todo…” ordenó ella y ni bien terminó la frase sintió como esa pija gruesa y caliente la abría hasta el fondo de sus entrañas; tiro la cabeza para atrás, abrió la boca, se quedó sin aire, sus ojos se pusieron blancos, y solo sintió como era penetrada hasta lo mas profundo. Él, enloqueció, parecía un salvaje, tenia los dientes apretados y la tomaba de la su cintura como queriendo ir más allá de lo posible, la penetraba con firmeza y sin pausa buscando dar y recibir todo el placer del mundo. “Toma mi puta, toma…” le decía, a la vez que le hacía sentir toda su hombría, atravesarla, enloquecerla, volverla adicta a su verga, quería domar a esa hembra, hacerla totalmente suya y a la vez ser totalmente de ella. “Griki, griki, griki…” rechinaba la mesada en una melodía que los acompañaba.

Ella y él estaban en éxtasis, sus cuerpos sentían todo lo que le ocurría al otro. Tenían la sensación que eran las dos únicas personas en el mundo. Sus sentidos percibían aromas, sonidos, el calor de la piel, cada pequeño gesto del rostro, la respiración, en un extraño fenómeno sentían el latido del corazón del otro y el roce: ese roce profundo de venas, pieles, labios y fluidos. Todos los sueños y todas las fantasías sexuales juntas de ambos, estaban presentes allí, todas las ansiedades, las marturbaciones de las noches, los orgasmos secos de los videos y las imágenes de sus cuerpos desnudos en fotografías que rondaban por días en sus mentes. Los dos querían satisfacerse, los dos querían que el otro y la otra sientan que todo era verdad, que nada había sido mentira; todo eso ocurría en ese momento de placer, el universo se había desvanecido.

Así, en ese éxtasis acabaron juntos, ella sintió su liquido caliente y abundante en lo profundo de sus entrañas; el sintió que el orgasmo avanzaba y se transformaba en el esquirt caliente sobre su abdomen. El movimiento no se detenía a pesar de que ambos acabaron, hasta que lentamente él fue bajando el ritmo. Así quedaron pegados, ella bajó sus piernas y lo envolvió con ellas por la cintura, sin bajarse de la mesada de cocina, se abrazaron sus cuerpos semidesnudos estaba transpirados, luego se besaron con amor por largo rato como tratando de prolongar el momento. No saben cuánto tiempo pasó, pero en un momento su verga perdió la rigidez y lentamente se escurrió de su concha, ella lo sintió salir y lo abrazo fuerte para que no se vaya, una catarata de fluidos se deslizo de su concha y cayó sobre sus zapatos, ambos miraron, rieron y volvieron a abrazarse. El duelo había terminado ya no importaba si hubo un triunfador o una triunfadora, ambos sentían que los dos salieron victoriosos.