Compañeros - Capítulo 22: La que te debía
Miguel le debe a su novia una noche de pasión, pero esta vez la deuda se paga en un probador público, en la cama de su amigo y en la casa de una extraña. El riesgo y la complicidad los llevan a cruzar límites cada vez más atrevidos.
Capítulo 22 – La que te debía
—No me mires así, boba. Sabías que este finde me tocaba escapada con los chavales… —Miguel sonrió de lado mientras caminaba junto a Carlota por el centro comercial. Llevaba un par de bolsas en la mano y la observaba con ese brillo divertido en los ojos oscuros.
—Ya, ya… pero qué morro tienes —replicó ella en tono juguetón, dándole un codazo suave—. Un puente de cuatro días y en vez de pasarlo conmigo te vas con esos tres cafres a la playa.
Miguel soltó una risita. Era jueves por la tarde y el centro comercial hervía de gente aprovechando las rebajas de mayo. Carlota se detuvo frente a un escaparate de ropa urbana y fingió enfurruñarse, cruzándose de brazos. Su melena rubia natural cayó sobre un hombro desnudo; llevaba una blusa ligera color crema y shorts vaqueros que dejaban ver sus piernas bronceadas. Miguel no pudo evitar mirarla de arriba abajo, apreciando lo bien que le sentaba el sol primaveral en la piel clara. Era preciosa, incluso cuando hacía pucheros.
—Oye, que no haremos nada raro, ¿eh? —dijo él, acercándose por detrás para rodearla con un brazo y darle un beso rápido en la mejilla—. Tenemos planeado lo de la casa de Arnau desde hace varios meses. Además… —bajó la voz cerca de su oído, con picardía—, todavía te debo una, Suárez.
Carlota alzó una ceja sin girarse, pero Miguel notó la sonrisilla que asomó en la comisura de sus labios. “Suárez” era el apellido de Miguel, y solo se lo soltaba en tono burlón cuando le tocaba en la fibra.
—¿Ah, sí? —dijo ella, fingiendo inocencia mientras entraban a la tienda de ropa—. ¿Y eso por qué? No recuerdo que me debas nada.
Miguel soltó aire por la nariz, incrédulo—. Qué morro tienes… —murmuró, dándole un azote cariñoso en el trasero apenas cubierto por los shorts. Carlota soltó un breve ¡eh! y miró alrededor riendo, comprobando que nadie se hubiera fijado—. ¿De verdad no te acuerdas, amor? —ironizó Miguel, recalcando la última palabra. Se inclinó más, hasta rozar con los labios el lóbulo de su oreja—. Te follaste a Paolo. Eso te debe sonar de algo.
Carlota se mordió el labio conteniendo una sonrisa culpable. La famosísima historia de Paolo aún era un tema sensible entre ellos… y también una fantasía retorcida que ambos recordaban en privado con el morbo subido. Tras aquel viaje loco a Italia durante Semana Santa, Carlota y Miguel habían salido extrañamente fortalecidos; pero él jamás había perdido la oportunidad de recordarle, en tono de broma, que tenía una deuda pendiente.
—Mmm… yo diría que ya te compensé en su momento, ¿no? —canturreó ella, volviendo la cara para mirarlo de frente. Sus ojos verdes chispearon de diversión al encontrarse con los de Miguel. Apoyó las manos en el pecho de él, jugueteando con la solapa de su chaqueta vaquera—. Hasta donde recuerdo, disfrutaste bastante jugando con nosotros dos aquella noche.
Miguel notó un calor travieso subiéndole por el cuello. Cierto: había disfrutado… y mucho. Aún así, no estaba dispuesto a darle la razón tan fácil.
—Puede… —cedió, ladeando la cabeza—. Pero sigo pensando que me debes una, Carlota. Y justo este finde te vas a quedar solita…
Carlota abrió la boca, fingiendo ofensa—. ¿Solita? Oye, que tengo planes.
—¿Ah, sí? —Miguel frunció el ceño divertido—. ¿Planes mejores que conmigo?
—Igual de buenos —bromeó ella—. Cine con Daniela, brunch con mis primas… —Enumeraba con los dedos mientras caminaban entre percheros—. Y quién sabe, quizás llamo a mi amigo Paolo para que me haga compañía… —soltó de golpe, con una risita provocadora.
Miguel entrecerró los ojos y apretó la mandíbula, exagerando un gesto celoso—. Ni se te ocurra, tía. Una vez vale, dos ya sería vicio —refunfuñó empujándola suavemente con la cadera. Carlota se echó a reír.
—¡Era broma! —logró decir, girándose para abrazarlo por el cuello. Estaban en medio de la sección femenina, rodeados de ropa. La gente pasaba a su alrededor, pero en ese instante Miguel y ella se aislaron. Carlota acercó sus labios a los de él en un beso corto pero intenso. Miguel pudo saborear el chicle de menta que ella mascaba y oler el perfume dulce de su cuello—. Sabes que como tú no hay ninguno —susurró contra su boca—. Mis chicos guapos… —Añadió eso último en tono travieso, y Miguel no supo si se refería solo a él o incluía también al italiano en el recuerdo. Poco importó: el cosquilleo familiar del deseo ya se instalaba en su abdomen.
—Tsk, qué lista… —Miguel sonrió y le mordió suavemente el labio inferior antes de separarse un poco. Tragó saliva, notando de golpe la atmósfera cargada entre ambos. Carlota tenía las mejillas levemente sonrosadas y respiraba más profundo. Él se pasó la lengua por los labios, saboreando el resto de menta que le dejó—. Oye —cambió de tema de pronto, carraspeando—. ¿No ibas a probarte un bikini o algo? Dijiste que necesitabas para el verano, ¿no?
Carlota parpadeó, aún recuperándose del beso, y tardó un segundo en responder—. Ah… sí. ¡El bikini! —Recordó, sacudiendo la cabeza para aclararse—. Vi uno monísimo por aquí, espera… —Lo tomó de la mano y tiró de él por la tienda con entusiasmo renovado.
Miguel la siguió esquivando a un par de adolescentes que casi chocan con ellos. Verla tan contenta lo hizo sonreír. Por unos minutos, recorrieron el local escogiendo un par de prendas: el bikini, un vestido veraniego color verde oliva que a Carlota le había gustado, y Miguel incluso se animó a agarrar una camiseta para él. Bromeaban sobre qué talla le cabría a Luis si intentara ponerse el vestido.
Finalmente se dirigieron a los probadores del fondo, cargados de ropa. Una empleada les cedió un puesto amplio, corriendo la cortina para que Carlota entrara. Miguel se apoyó fuera, esperando.
—¿No vas a pasar? —preguntó Carlota desde dentro, asomando la cabeza con picardía.
Miguel arqueó las cejas—. ¿Contigo? Eh… no creo que debamos, nos van a decir algo.
Carlota chasqueó la lengua—. Bah, tonterías. He visto a parejas meterse juntas mil veces. Anda, entra, que quiero que opines.
Antes de que pudiera objetar más, Miguel se coló tras ella en el probador, cerrando la cortina. Era un cubículo no muy grande, con espejo de cuerpo entero y un banquito plegable. La luz blanca caía directa desde el techo. De pronto, la intimidad del espacio reducido les envolvió. Miguel se sentó en el banquito mientras Carlota colgaba las prendas de una percha en la pared.
—Primero el bikini —anunció ella alegremente, comenzando a quitarse la blusa sin pizca de vergüenza.
Miguel tragó, admirando cómo la prenda caía al suelo y dejaba al descubierto su sujetador de encaje blanco. Carlota le dedicó una mirada coqueta por encima del hombro mientras desabrochaba el botón de sus shorts y los deslizó por sus piernas, quedándose en ropa interior.
—¿Te gusta el conjunto? —bromeó, girándose lentamente. Llevaba un culotte blanco semitransparente que se ajustaba a sus caderas estrechas. Miguel sintió que se le secaba la garganta. La cercanía, el reflejo de los dos en el espejo estrecho, el perfume flotando en el ambiente… Todo contribuía a acelerar su corazón.
—Mucho —consiguió responder con media sonrisa. Sus ojos recorrieron la figura delicada de Carlota: desde sus clavículas hasta la curva suave de sus pechos, apenas cubiertos por el encaje; bajando por su vientre plano y la cinturita marcada, hasta esa prenda mínima que dejaba adivinar más de lo que ocultaba. Notó un calor denso despertando entre sus piernas.
Carlota sonrió satisfecha al ver su reacción. Sin más preámbulos, se quitó el sujetador, liberando sus senos pequeños y firmes, de pezones rosados que ya se veían duros. Miguel contuvo un suspiro al verlos; nunca se cansaba de esa vista.
—Ayúdame con esto —pidió ella suavemente, extendiéndole la parte superior del bikini. Miguel se levantó del banquito para atar las cintas tras su espalda. Sus dedos rozaron la piel tibia de Carlota, y notó cómo ella se estremecía apenas con el contacto. A propósito, deslizó las manos por sus costados al retirar las suyas. Carlota le lanzó una mirada de advertencia divertida a través del espejo.
—¿Qué? —preguntó él en tono inocente, colocando luego las tiras inferiores del bikini a la altura de sus caderas—. Solo estoy cumpliendo órdenes.
Carlota negó con la cabeza, sonriendo, y ajustó ella misma la braguita del bikini por encima del culotte que aún llevaba puesto. Se giró hacia el espejo, examinándose. Era un bikini azul oscuro de corte brasileño, sencillo pero favorecedor.
—Te queda genial —comentó Miguel, sinceramente. Aunque en su opinión cualquier cosa (o nada) le quedaba genial a ella.
—¿Sí, verdad? —Carlota se giró haciendo un pequeño desfile para él en el estrecho espacio—. A tus amigos se les va a caer la baba cuando me vean en la playa en verano —añadió con malicia, solo para picarlo un poco más.
Miguel puso los ojos en blanco y la agarró de la cintura, atrayéndola hacia sí—. Eres imposible, ¿lo sabías?
Carlota soltó una risita y rodeó el cuello de Miguel con los brazos—. Pero me quieres así —murmuró contra sus labios antes de besarlo.
El beso los tomó a ambos por sorpresa en cuanto a intensidad. Miguel deslizó las manos de la cintura hacia la espalda desnuda de Carlota, presionándola contra él. Los cuerpos de ambos apenas cabían entre el espejo y la cortina cerrada, pero ninguno parecía notar la incomodidad. La boca de Carlota sabía aún a menta, mezclada con el dulzor de su propia saliva. Miguel entreabrió los labios, dejando que la lengua de ella se encontrara con la suya en un vaivén lento y excitante.
El ritmo pausado duró poco. En cuestión de segundos, Carlota estaba gimiendo quedamente contra su boca, y Miguel respirando con fuerza mientras sus manos bajaban más, hasta apoderarse de las nalgas firmes de la chica. A través del fino tejido del bikini las estrujó con ganas, apretándola contra su pelvis. Notó cómo el bulto bajo sus vaqueros crecía rápidamente, endureciéndose contra el bajo vientre de Carlota.
—Mig… —suspiró ella, separando los labios apenas un centímetro—. Vamos a… nos van a oír…
Lo dijo sin mucha convicción, porque al mismo tiempo sus dedos jugaban con los rizos cortos de la nuca de Miguel, incitándolo a más. Los ojos de Carlota estaban entrecerrados de placer; su pecho subía y bajaba, rozando el torso de Miguel. La temperatura en el probador parecía haber subido diez grados.
Miguel sonrió, con la respiración agitada—. Entonces baja la voz… —susurró de vuelta, rozando su nariz con la de ella en un gesto íntimo. Al mismo tiempo, llevó una mano adelante, palpando con atrevimiento el triángulo de tela que cubría su entrepierna—. Y dime si quieres que pare.
Carlota ahogó un gemidito cuando los dedos de Miguel presionaron suavemente sobre su pubis. Notó la caricia cálida incluso a través de la doble capa de bikini y culotte. En vez de responder de inmediato, lo besó de nuevo, con más pasión si cabía. Su lengua buscó la de él desesperada, mordiéndole luego el labio inferior. Miguel entendió el mensaje. Sin romper el beso, enganchó con destreza los pulgares en las cinturas elásticas y tiró hacia abajo.
Carlota alzó los brazos y Miguel le quitó de un tirón tanto la braguita del bikini como el culotte, dejándola desnuda de cintura para abajo. La prenda cayó a sus pies. Los dos se miraron un instante en el espejo: la imagen era puro combustible erótico. Carlota, prácticamente desnuda salvo por la mínima tela que cubría sus pechos; Miguel, totalmente vestido, pegado a su espalda, con las manos atrevidas acariciando los muslos de ella.
—Dios… —murmuró Miguel, recorriendo con la mirada la figura de su novia reflejada. Verla así, expuesta en un sitio público, con las mejillas encendidas y los labios hinchados por los besos, encendía en él un instinto primario. Acarició la cara interna de sus muslos, subiendo despacio. Carlota separó un poco las piernas, dándole permiso silencioso, aunque sus dientes mordían su propio labio en un gesto de ansiedad deliciosa.
Miguel deslizó una mano hasta el chocho húmedo de Carlota y rozó con un dedo sus pliegues ardientes. Ella dejó caer la cabeza contra su hombro, cerrando los ojos.
—¿Así…? —susurró él, entreteniéndose en pasar la yema del dedo corazón por toda la hendidura resbaladiza. Apenas la había tocado y ya la sentía caliente y empapada—. Joder, estás mojadísima…
Carlota asintió con la cabeza, tragando saliva para no gemir muy alto. Se cubrió la boca con una mano, tratando de recordar que estaban en un probador y no solos en su habitación. Pero qué difícil era pensar con los dedos de Miguel deslizándose por su coño con tanta maña… Él encontró su clítoris y lo frotó con suavidad circular, provocando que las piernas de Carlota flaquearan un segundo.
—Siéntate… —le indicó Miguel en un susurro apresurado. La guió para que se apoyara con la espalda contra el espejo y luego fue flexionando las rodillas de ella hasta que Carlota quedó sentada en el banquito, de frente a él. La imagen era para enmarcar: Carlota sentada medio desnuda, las piernas abiertas y temblorosas, y Miguel arrodillado frente a ella en el estrecho espacio.
—Miguel… nos van a pillar… —logró articular ella, aunque sus manos ya estaban en la nuca de él, alentándolo a continuar.
—Calla… —pidió él, pero con ternura, mirándola a los ojos un instante antes de inclinarse entre sus muslos.
Carlota tuvo que morderse el puño para no gemir fuerte cuando sintió la lengua tibia de Miguel lamer directamente su coño. Él había apartado a un lado la tela del bikini que aún tapaba en parte la vulva, y ahora probaba su sabor sin reservas, enterrando la cara entre sus muslos con hambre. La primera lamida, lenta y de abajo arriba, le arrancó un temblor. A la segunda, Carlota echó la cabeza atrás contra el espejo, respirando entrecortado.
Miguel adoraba hacerle eso. No importaba dónde: el sabor dulce-salado de Carlota y la forma en que su cuerpo reaccionaba siempre lo enloquecían. Saboreó sus pliegues con la lengua plana, subiendo hasta el botoncito hinchado. Lo rodeó y lo chupó suavemente, y sintió las uñas de Carlota clavándose en sus hombros a través de la chaqueta.
—Mmm… ahí… —escapó la voz ahogada de ella. Su otra mano seguía cubriendo su boca, consciente de que un gemido demasiado alto podría delatarlos. Pero Miguel sabía cómo hacerla perder el control. Alternó los movimientos exactos que sabía que a ella le gustaban: presión lenta con la punta de la lengua sobre su clítoris, luego descender a su entrada y penetrarla con la lengua todo lo profundo que podía. Repite. Arriba y abajo. Cada vez más rápido.
Carlota sollozó de placer. Abrió más las piernas como pudo, con las rodillas temblando ya. Sentía oleadas de calor recorriéndole el vientre. Aún con la boca tapada, pequeños jadeos escapaban de su garganta. Miguel los escuchaba, y escuchaba también los sonidos húmedos de su propia lengua trabajando en ese coño mojado. Eran obscenos y excitantes. Su propia erección dolía contra la bragueta del pantalón, pero se obligó a ignorarla un poco más.
Con dos dedos, Miguel apartó completamente la tela del bikini hacia un lado, descubriéndola entera. Con la otra mano, sin dejar de lamer, deslizó un dedo dentro de Carlota, despacio.
Ella dio un respingo y lo miró con ojos vidriosos—. Sí… —musitó apenas, asintiendo frenéticamente para animarlo.
Miguel introdujo el dedo hasta el fondo. La estrechez caliente lo abrazó, empapando su mano. Empezó a sacarlo y meterlo con suavidad, y entonces añadió el segundo. Carlota emitió un gemido ahogado contra su mano y su espalda golpeó el espejo sin querer. Por un segundo contuvieron ambos la respiración, temiendo haber hecho ruido. Pero nadie pareció acercarse fuera.
El peligro latente de ser descubiertos hacía todo más intenso. Miguel volvió a concentrarse en su tarea: bombeó sus dedos dentro de ella lentamente mientras rodeaba su clítoris con la lengua en círculos rápidos. Carlota ya no podía ni sostener la mano contra su boca: la bajó para agarrarse al borde del banquito mientras su cuerpo entero comenzaba a sacudirse.
—Joder… Miguel… me corro… —gimió en un suspiro cortante.
Miguel sintió las paredes internas de Carlota contraer rítmicamente sus dedos. Dio una última lamida firme al clítoris y ella estalló: su primer orgasmo la recorrió de pies a cabeza, robándole la voz. Un flujo tibio humedeció aún más la mano de Miguel. Él continuó moviendo los dedos con delicadeza, alargando ese clímax todo lo posible. Carlota temblaba y trataba de reprimir grititos agudos, con la cara hundida en el brazo de Miguel ahora.
Lentamente, Miguel retiró los dedos de su interior. Ella dejó escapar un gemido lastimero al sentirse vacía, pero él la calmó con besitos suaves en la cara interna del muslo. Sus labios y su mentón brillaban de humedad ajena. Se incorporó despacio, quedando de pie frente a Carlota, y la contempló. Estaba divina: el top del bikini torcido mostrando uno de sus senos, la otra pieza corrida a un lado, y su coño palpitando todavía, abierto y rosado, mostrando destellos de sus jugos. Carlota alzó la mirada, aún recuperando el aliento, y en sus ojos había puro deseo.
—Ven aquí… —susurró, incorporándose sobre sus rodillas en el banquito para quedar a la altura de la bragueta de Miguel.
Él tragó saliva, entendiendo al instante. Ni se molestó en protestar: el sabor de Carlota aún en su boca y la erección punzante en su pantalón acallaban cualquier prudencia. Con dedos apresurados desabrochó el botón y la cremallera de sus vaqueros. Su polla dura hacía una tienda notable en los calzoncillos, y cuando Miguel la liberó bajándose ambas prendas hasta medio muslo, saltó erecta, tensa y caliente, prácticamente golpeando el rostro de Carlota.
Ella soltó un tenue “madre mía…” antes de relamerse los labios. Lo agarró con ambas manos por la base, notando la firmeza y el pulso de esa carne contra sus dedos. Siempre la impresionaba lo grande que era; especialmente larga y especialmente gruesa, con venas marcadas a lo largo del tronco y el glande ancho goteando líquido transparente.
Sin dudarlo, Carlota sacó la lengua y lamió la punta, recogiendo ese primer indicio salado. Miguel cerró los ojos un segundo, mordiéndose el labio para no gemir. Su glande estaba hipersensible después de tanta tensión contenida. Carlota sonrió y volvió a lamer, esta vez rodeando la cabeza entera con la lengua.
Miguel dejó caer la cabeza hacia atrás, respirando hondo por la nariz. Levantó la mirada un instante hacia el techo, como pidiendo fuerzas para no correrse demasiado pronto. Era ridículo: acababa de hacerla llegar al orgasmo con la boca en un probador público… pero sentir ahora esos labios rodeando su polla conseguía ponerlo al borde en cuestión de segundos.
Carlota le besó el tronco, deslizando una mano para pajearlo lentamente mientras abría más la boca. Sus ojos verdes lo miraron desde abajo, cargados de travesura. Miguel no pudo resistir más esa mirada: llevó una mano a la cabeza de Carlota, entrelazando los dedos en su pelo rubio sedoso, y guio su boca hacia adelante.
Ella lo entendió enseguida. Abrió bien los labios y se tragó su punta, dejando que la polla enorme le llenara la boca centímetro a centímetro. Un gemido vibró en la garganta de Carlota cuando notó cómo Miguel empujaba un poco más, tocando casi la campanilla. Sus ojos se aguaron, pero no se echó atrás. Al contrario: empezó a succionar con fuerza, retrocediendo luego hasta la punta para inmediatamente volver a hundirse, marcando un ritmo.
—Oh, joder… —exhaló Miguel en un susurro apenas controlado. La visión era casi obscena: Carlota semidesnuda, de rodillas, chupándole la polla con ganas en aquel probador estrecho; él medio vestido, sudando ya, con la espalda pegada a la pared y mordiéndose la mano para no gemir fuerte. Por un segundo pensó en lo fácil que sería que los descubrieran, que alguien corriera la cortina y los viera. La idea en lugar de frenarlo le añadió un morboso subidón.
Carlota se movía con maestría, variando la velocidad, usando la lengua cada vez que la sacaba casi por completo, haciendo círculos sobre la punta roja y húmeda, para luego devorarla de nuevo hasta la mitad. Una de sus manos le masajeaba los huevos con delicadeza, jugando con ellos, provocando que Miguel gruñera de puro placer.
De repente, entre las sensaciones exquisitas, Miguel oyó algo: pasos en el pasillo de probadores. Alguien se acercaba. Abrió los ojos alarmado y miró hacia la cortina; se veía la sombra de dos pies deteniéndose justo enfrente. Quizá otro cliente esperando, o un empleado. Su corazón casi se detuvo. Carlota debió percatarse también, pues frenó unos segundos, con la polla de Miguel aún en su boca, mirándolo interrogante.
Miguel llevó un dedo a sus labios en gesto de silencio. Contuvieron el aliento. Los pies tras la cortina se movieron, como si la persona hubiera dudado si era un probador libre. Miguel sintió que la sangre le martilleaba en los oídos. Si los descubrían ahora…
Pasaron un par de largos segundos. Al final, los pasos se alejaron. Quien fuera tal vez notó que estaba ocupado y se marchó. Miguel suspiró aliviado. Miró a Carlota y ambos intercambiaron una risa muda, de puro nervio y adrenalina.
—Estás loca… —le susurró él, acariciándole la mejilla con ternura y pulgar tembloroso.
Carlota sonrió con los ojos brillantes. Sin sacar del todo la polla de su boca, murmuró: —Y tú más…
Apenas acabó la frase, volvió a chuparlo, esta vez con redoblada pasión, como castigándolo por haberla llamado loca. Miguel apretó los dientes para no soltar un ¡hostia! en voz alta. Carlota se la tragó con avidez, esta vez llegando un poco más profundo que antes; la punta tocó su garganta y la obligó a retroceder entre babas, tosiendo leve. En lugar de detenerse, ella misma se llevó la mano a la base del cuello, se animó y volvió a intentarlo, queriendo dárselo todo.
Miguel notó cómo el borde de las uñas de Carlota se clavaban suave en sus muslos mientras ella forzaba su garganta a abrirse para recibirlo mejor. La cabecita empujó un poco más allá del punto anterior y un ruidito húmedo escapó de la boca de Carlota cuando literalmente la tenía haciendo deep throat. Esa entrega hizo que algo explotara en Miguel.
—Mierda… para… que me corro… —susurró apresuradamente, intentando echar la cadera atrás antes de correrse sin remedio en su boca.
Pero Carlota no se apartó. En vez de eso, lo tomó con ambas manos por las nalgas y lo empujó de nuevo hacia su cara, invitándolo a correrse dentro. Sus ojos verdes lo miraron con lujuria y determinación desde abajo.
Miguel no pudo más. Un cosquilleo feroz se concentró en la base de su verga, subiendo luego en un espasmo. Apretó la cabeza de Carlota contra sí, hundiéndose lo más que pudo en su boca cálida, y dejó que todo sucediera.
Un gemido ahogado escapó de su garganta al sentir la corrida salir a borbotones. Notó sus propios chorros descargarse directamente en la garganta de Carlota. Ella gimió también, con los ojos muy abiertos y brillantes, obligándose a tragar rápido para no atragantarse. La polla de Miguel palpitó repetidamente entre sus labios sellados, entregándole toda su lefa caliente. Carlota lo sostuvo ahí, aguantando heroicamente hasta la última gota.
Cuando Miguel por fin exhaló el aire y su cuerpo dejó de temblar, se dio cuenta de que estaba sujetando la cabeza de Carlota con ambas manos contra su pubis. La soltó al instante—. Joder… perdón… —musitó, retirándose apenas. Su miembro, hipersensible, resbaló fuera de la boca de Carlota con un hilo de saliva y semen conectándolos un segundo.
Carlota tosió suave, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano. Tragó lo último que quedaba en su lengua y luego sonrió con aire aturdido. Tenía los ojos húmedos y la cara completamente arrebolada. Aun así, en su expresión había triunfo… y satisfacción.
—Tragué todo, ¿ves? —bromeó en voz bajita, sacando la lengua un instante para mostrarle que no quedaba nada.
Miguel rió entre dientes, todavía recuperando el aliento—. Eres una maravilla… —susurró, agachándose para darle un beso rápido, sin importarle probar su propio sabor en la boca de ella. Carlota se dejó besar, acariciándole el rostro con dulzura ahora.
—Y tú estás loco… —repitió ella, apoyando la frente contra la de Miguel unos segundos. Ambos respiraban agitados, intentando recomponerse. El pequeño probador olía a sexo de forma inconfundible: una mezcla de sus fluidos, sudor y perfume floral.
Miguel se guardó su ya flácida hombría dentro de los calzoncillos y subió los vaqueros, abotonándolos con dedos algo torpes. Carlota se enderezó y, sujetándose del hombro de él, se puso de pie con las piernas aún temblorosas. Ambos se miraron y no pudieron evitar reír en silencio. Habían cruzado un límite más, uno bastante temerario, y la complicidad entre los dos en ese instante era electrizante.
—Vístete, anda —murmuró Miguel, agachándose a recoger la braguita y el culotte del suelo. Carlota asintió y se apresuró a quitarse el top del bikini, volviendo a ponerse su ropa interior y luego los shorts y la blusa. Miguel la ayudó con los corchetes del sujetador, depositando un beso tierno en su hombro antes de subirle la cremallera de los pantaloncitos. Los dos reían por lo bajo, nerviosos aún.
Cuando estuvieron presentables de nuevo, Carlota agarró las prendas de bikini y vestido y salió primero del probador, echando un vistazo cauteloso. Miguel salió tras ella, carraspeando para aclararse la garganta y procurando una expresión neutral. Sus mejillas ardían.
Casi lo lograron. Ya caminaban hacia la puerta cuando una voz grave les detuvo:
—Disculpen.
Miguel sintió que el corazón le daba un brinco. Se giraron con toda la inocencia que pudieron fingir. Un guardia de seguridad corpulento, de barba incipiente, los miraba con los brazos cruzados.
—¿Sí? —atinó a decir Carlota, tratando de sonar casual.
El guardia elevó una ceja—. Los probadores son individuales, chicos. No se pueden meter dos… ya sabéis.
Los pómulos de Carlota se tiñeron de rojo intenso. Miguel quiso que lo tragara la tierra. Empezó a balbucear una excusa—. Oh, eh… sí, perdón, es que… solo estaba ayudándola con la talla…
—Ajá —el guardia no sonaba convencido. Esbozó una mueca mitad severa mitad divertida—. Anda, circulad. Y que no se repita.
Sin esperar respuesta, el hombre dio media vuelta y se alejó negando con la cabeza. Miguel y Carlota se miraron, aliviados de no haber recibido más que un regaño leve, y casi echan a reír de nuevo. Dejaron a toda prisa la ropa que no iban a comprar sobre un estante cercano y salieron del local tomados de la mano, con la vergüenza pintada en el rostro… y una sonrisa satisfecha difícil de ocultar.
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Esa noche, Miguel regresó a la habitación 408 con pasos ligeros y una sonrisilla que aún le duraba. Había acompañado a Carlota hasta el portal de su residencia y se despidieron con un beso largo, de esos que prometían más a la vuelta del puente. “Pásalo bien con los chicos… y no seas muy malo”, le había susurrado ella, mordiéndole el labio. Miguel solo rió, dándole una nalgada de despedida.
Al empujar la puerta de su cuarto encontró a Luis de espaldas, organizando su mochila sobre la cama. Su compañero se giró al oírlo entrar.
—Hombre, ¿ya era hora? —saludó Luis con tono socarrón. Llevaba una camiseta vieja de los Lakers y pantalones cortos de pijama. Tenía el pelo negro revuelto, recién duchado, y el pecho aún ligeramente húmedo asomando por el amplio escote de la camiseta—. Pensé que ibas a llegar de madrugada.
Miguel dejó las llaves sobre el escritorio y se tiró bocarriba en su cama, suspirando dramáticamente—. Tío, casi nos meten a la cárcel hoy —soltó, cubriéndose los ojos con un antebrazo.
Luis parpadeó sorprendido—. ¿Cómo? ¿Qué hicisteis ahora?
Miguel no pudo contener una risa al recordar la escena—. Nos liamos en el probador de una tienda, tronco.
Luis abrió la boca en una mezcla de horror y diversión—. No me jodas… ¿En serio? ¿En plena tienda?
—Te lo juro —Miguel se incorporó hasta quedar sentado en la cama, con una sonrisa de oreja a oreja—. Fue… pfff, una locura.
Luis dejó lo que estaba haciendo y se sentó frente a él en la otra cama—. A ver, a ver, cuenta eso ya, por favor.
Miguel se pasó una mano por el pelo, aún incrédulo de su atrevimiento—. Pues nada, que estábamos de compras y Carlota empezó a picarme con lo de que me voy sin ella, y yo que “que me debes una por lo de Paolo”… total, que la tía se puso cachonda o qué sé yo, y acabamos los dos encerrados en un probador minúsculo…
Luis escuchaba con los ojos muy abiertos y una sonrisilla ansiosa—. No puede ser, sois unos enfermos —dijo en tono admirativo—. ¿Y no os pillaron?
Miguel dejó escapar una carcajada baja—. Casi. Nos enganchó el segurata saliendo. Por suerte no mientras… —Se detuvo, viendo la cara impaciente de su amigo—. Tío, mientras follábamos, ¿te imaginas? Ella en bolas, yo con la chorra fuera… —Negó con la cabeza, entre divertido y escandalizado de sí mismo.
Luis soltó un bufido, pasándose la mano por la cara—. Joder, Miguel… qué envidia os tengo a veces. Siempre me toca oír vuestras historias calientes y yo aquí estudiando como pringado —bromeó.
—Anda ya —Miguel le dio un cojín en la cara—. Tú tampoco te quejas, cabrón. Que hace nada tuviste a Marta aquí montándote un circo.
Luis se rió al recordar la última visita de su follamiga. Alzó las manos en son de paz—. Vale, vale. Pero me superáis, ¿eh? Entre lo de Paolo y ahora público… Carlota y tú estáis on fire.
Miguel sonrió con un deje de orgullo y travesura—. Qué te digo… la rubia es insaciable. —Notó de reojo que Luis se recolocaba discretamente la entrepierna por encima del pantalón de pijama, probablemente imaginando la escena que acababa de narrar. Un destello pícaro cruzó la mente de Miguel—. Oye… y hablando de “insaciables”… —dijo en tono sugerente.
Luis levantó la mirada, entre curioso y alerta—. ¿Qué? ¿Qué pasa?
Miguel se humedeció los labios, sintiendo de pronto una pequeña oleada de nervios mezclada con expectación. Llevaba semanas —meses, en realidad— esperando el momento adecuado para sacar cierto tema. Tal vez esa noche de adrenalina sexual era el punto perfecto.
—Estaba pensando… —comenzó despacio—. ¿Te acuerdas de aquella vez?
No hacía falta decir más. La expresión de Luis cambió al instante; sus ojos oscuros se agrandaron ligeramente y una tensión sutil se dibujó en su mandíbula. Por supuesto que se acordaba. Esa noche, hace unos meses, cuando ambos habían cruzado una línea juntos por primera vez.
—Eh… sí —respondió Luis tras un segundo, frotándose la nuca con una risita nerviosa—. ¿Cómo olvidarlo?
Miguel sintió un cosquilleo en el estómago al ver la reacción de su amigo. Luis podía ser muy echado pa’lante para todo, pero en esto en particular, aún conservaba cierto pudor adorable. Miguel decidió ir al grano, antes de que la valentía se le esfumara.
—Bueno, pues… —Se pasó la mano por la nuca, imitando sin darse cuenta el gesto de Luis—. ¿Te acuerdas lo que dijimos? Que la próxima vez…
—…te tocaba a ti —completó Luis en un murmullo. Se hizo el silencio un par de latidos. Los dos amigos se miraron: Miguel con media sonrisa expectante; Luis con las cejas alzadas y una mezcla de sorpresa y renuente emoción pintada en la cara.
—Eso es —confirmó Miguel suavemente. Puso una mano sobre la rodilla de Luis, en gesto camaraderil, pero la dejó reposar ahí, apretando un poco—. Ha pasado tiempo… no quise meterte prisa, ya sabes. Pero… me apetecería cobrarme esa deuda esta noche.
Los latidos del corazón de Luis se aceleraron lo suficiente para que él mismo los notara en sus oídos. Soltó una risita tonta—. Vaya, el señorito viene cachondo perdido, ¿no? ¿No tuviste suficiente hoy? —preguntó, intentando aligerar la tensión súbita en el aire.
Miguel rió entre dientes—. Digamos que me quedé con ganas de más —admitió, notando cómo su propia mano en la rodilla de Luis empezaba a moverse en caricias leves—. Pero si tú no quieres, colega, no pasa nada. Cuando estés listo, dijiste…
Luis respiró hondo. Su mente era un torbellino breve: Por un lado, los nervios típicos ante lo desconocido. Por otro, la confianza absoluta que le tenía a Miguel, sumada a la excitación creciente que empezaba a sentir con solo recordar lo bien que se sintió aquella vez que se invirtieron los papeles. Tragó saliva—. Estoy listo —dijo de pronto, sorprendiéndose a sí mismo. Forzó una sonrisa relajada—. Va, venga. Como dicen… lo prometido es deuda, ¿no?
A Miguel se le iluminó el rostro. Intentó controlar la sonrisa de entusiasmo para no asustar a su amigo. —¿Seguro? —insistió, buscando confirmación en la mirada de Luis.
Luis asintió, esta vez con más convicción, aunque no sin cierto rubor en las orejas—. Seguro. Acojonado, pero seguro. —Soltó una carcajada suave y se puso de pie—. Voy a… cerrar con llave. No quiero sorpresas de Arnau o Jordi viniendo a molestar antes de hora.
—Buena idea —dijo Miguel, que aprovechó para levantarse también. En cuanto Luis echó el pestillo, Miguel apagó la luz principal de la habitación, dejando solo la lamparita del escritorio encendida. Una penumbra anaranjada cálida envolvió el pequeño cuarto—. Así mejor.
Luis dio media vuelta tras cerrar y se quedó parado, sin saber muy bien cómo empezar. La última vez, cuando fue él quien tomó la iniciativa, todo surgió de forma más impulsiva. Ahora, teniendo que entregarse, se sentía extrañamente cohibido. Pero Miguel, percibiéndolo, tomó las riendas con naturalidad.
—Tranquilo, Lucho… —murmuró con una sonrisita, acercándose despacio. Era raro llamarlo así, Lucho, apodo que solo Marta usaba; pero Miguel lo hizo a propósito, con cariño burlón, para relajar el ambiente. Y resultó: Luis soltó un pff de risa y negó con la cabeza.
—No me llames Lucho, imbécil —dijo, poniendo voz de fastidio falso.
Miguel llegó hasta él y le puso ambas manos en los costados, sobre la camiseta—. ¿Prefieres que te llame bebé?
—Anda que… —Luis rodó los ojos, pero sus manos instintivamente fueron a posarse en la cintura de Miguel también. La cercanía de sus cuerpos activó algo familiar. Ya habían estado así antes, múltiples veces, en juegos y roces, en aquel viaje a la nieve, en las últimas fiestas, incluso compartiendo chicas. Se conocían de memoria. Esto era solo otra faceta—. Mejor cállate y bésame o algo, colega —soltó al fin, alzando levemente la barbilla en un gesto desafiante, aunque sus labios curvados lo delataban.
Miguel no se hizo de rogar. Llevó una mano a la nuca de Luis y acercó su rostro, juntando sus bocas en un beso firme. Al principio fue extraño, como siempre ocurría: la sensación de los labios de tu mejor amigo contra los tuyos nunca dejaba de ser surreal. Pero la extrañeza duró medio segundo. Enseguida ambos recordaron lo excitante que podía ser.
Luis entreabrió los labios y profundizó el beso, tomando la iniciativa en ese ámbito al menos. Su lengua buscó la de Miguel con la misma habilidad con que besaba a cualquier chica. Miguel dejó escapar un gruñidito de aprobación, pegando su cuerpo al de Luis. La diferencia de alturas era poca, Miguel apenas un par de centímetros más bajo; encajaron perfectamente, pecho contra pecho, pelvis contra pelvis.
En segundos, el ambiente se caldeó. Miguel deslizó las manos por debajo de la camiseta de Luis, encontrando su torso desnudo, musculoso y tibio. Los abdominales de su colega se contrajeron al tacto, pero Luis no se echó atrás. Sus propios brazos envolvieron la espalda de Miguel, recorriéndola hacia abajo. Pronto, ambos estaban respirando fuerte por la nariz mientras sus lenguas se enredaban con lujuria recién desatada.
—Mmh… —Miguel gimió muy quedo al sentir las manos de Luis colarse bajo su camiseta también, acariciándole la piel. La familiaridad de esos toques no le restaba ni una pizca de emoción. Notó sus pezones endurecerse al roce accidental de los pulgares de Luis y sonrió contra sus labios, divertido de cómo su cuerpo respondía.
El beso se volvió más desordenado, alternando pequeñas mordidas en los labios hinchados y respiraciones entrecortadas. Cuando se separaron un instante para tomar aire, Miguel apoyó su frente en la de Luis. En la penumbra, sus ojos se hallaron: había en ellos ese brillo mezcla de camaradería y desenfreno compartido.
—Tú dirás… —murmuró Luis, casi sin aliento, como dándole la última palabra.
Miguel acarició la mejilla incipiente de barba de su amigo con una mano—. Diría que te relajes y disfrutes —contestó en voz baja. Sin más preámbulo, agarró el dobladillo de la camiseta de Luis y empezó a subírsela—. Fuera esto.
Luis levantó los brazos y dejó que se la quitara. La prenda cayó al suelo, revelando su torso fornido a la luz cálida de la lamparita. Miguel dejó vagar la mirada: aún se maravillaba de la complexión de su compañero de cuarto, tan diferente a la suya. Pectorales anchos, definidos; hombros redondos y fuertes; brazos robustos. Una cicatriz pequeña cruzaba el costado izquierdo de su abdomen, recuerdo de una lesión de rugby. Miguel la repasó con un dedo, dibujándola suavemente, y Luis se estremeció.
—¿Frío? —susurró Miguel.
Luis negó, tragando saliva—. No… es que… se siente bien.
Miguel sonrió. Descendió su mano hasta el elástico del pantalón de pijama y se detuvo allí—. ¿Puedo?
Luis resopló una risa ansiosa—. Tío, no hace falta que preguntes cada cosa… —Y diciendo eso mismo, enganchó él los pulgares y se bajó de una vez el pantalón junto con el calzoncillo. La prisa le ganó a la vergüenza. Total, Miguel ya lo había visto desnudo incontables veces.
Aun así, ver a Luis desnudo y excitado justo ahora fue diferente para Miguel. Su amigo se enderezó tras patear la ropa al lado, y su cuerpo quedó completamente expuesto. La luz lateral acentuaba los relieves de sus músculos y la ligera curva de su erección apuntando hacia arriba. Luis tenía el pene más grueso que largo, con la punta sonrosada asomando bajo el prepucio. En la base y los testículos tenía vello negro rizado, no muy tupido. Miguel sintió un escalofrío de deseo recorriéndole la espina dorsal ante la visión.
—Estás… joder, muy bueno, colega —admitió con una sonrisa entre pícara y sincera.
Luis se rió, ruborizándose un poco—. Cállate, imbécil…
Miguel se quitó su propia camiseta, revelando su tronco más delgado pero definido. Al momento, Luis posó las manos en su cintura, recorriendo con las palmas su piel suave.
—Tú también —devolvió el cumplido en murmullo—. Cada vez que te veo sin camiseta me dan ganas de… —no terminó la frase, pero sus manos bajando por el vientre de Miguel hasta abrir su cinturón hablaron por él.
Miguel sintió un tirón de placer anticipado en la ingle. Se apresuró a ayudarle: desabrochó su pantalón y se lo bajó junto con los calzoncillos de un empujón. Su miembro erecto, ya duro por toda la estimulación previa, quedó liberado entre ambos, casi rozando la cadera de Luis. Miguel también se quitó los calcetines de un manotazo, riendo por la torpeza.
—Ya estamos en paz —bromeó, refiriéndose a la igualdad de condiciones: los dos desnudos.
Luis bajó la mirada y no pudo evitar fijarse, una vez más, en la polla de Miguel. Incluso en la penumbra se veía imponente, proyectando sombra. Recordó con un vuelco en el estómago que en breve la tendría dentro de sí. Apagó el amago de pánico con determinación: va a ir bien, va a ir bien, se repitió.
Miguel, intuyendo la montaña rusa interior de su amigo, decidió empezar por algo que relajara el ambiente. Se acercó más, de modo que sus erecciones se rozaron ligeramente. Los dos jadearon suave ante el contacto fugaz de carnes tensas. Miguel tomó la iniciativa y envolvió con su mano ambas vergas a la vez, la suya y la de Luis, juntándolas en un solo puño.
—Hijo de… —Luis apretó la mandíbula, sorprendido por la movida. La mano de Miguel estaba caliente y firme, apretando sus dos miembros contra el otro. Podía sentir la dureza y el calor de Miguel, piel con piel, separados solo por los movimientos lentos del puño de su compañero subiendo y bajando.
—¿Te mola? —susurró Miguel con voz ronca, pegando su frente a la mejilla de Luis, respirando contra su oído mientras los pajeaba juntos.
—S-sí… —Luis dejó caer una mano al trasero de Miguel, aferrándose allí para no tambalearse. La otra la apoyó en el cuello de él. Cada vez que Miguel tiraba hacia arriba, sus glandes se juntaban y rozaban, enviando oleadas exquisitas a ambos.
Durante un minuto largo, se dedicaron a eso: una paja mutua compartida en la misma mano. Sus bocas se buscaron de nuevo, besándose entre jadeos, a ratos concentrándose en las lenguas cálidas, a ratos en el vaivén sincronizado de sus pollas frotándose. La habitación se llenó de sus respiraciones y del suave sonido húmedo de la fricción (Miguel había escupido discretamente en su palma al inicio para lubricar). Todo se sentía sumamente íntimo y cachondo.
Luis fue el primero en romper el beso, con la frente apoyada en el hombro de Miguel—. Para, para… —dijo entrecortado, sujetando la muñeca de su amigo.
Miguel detuvo el movimiento al instante—. ¿Todo bien?
Luis asintió varias veces, los rizos revueltos contra la piel de Miguel—. Sí, pero… si sigues así, me corro… y no quiero acabar aún.
Miguel sonrió aliviado. Ese “aún” significaba que Luis de verdad estaba dispuesto a seguir hasta lo que venía después. Besó la sien de su compi—. De acuerdo. Nada de correrse todavía.
Soltó sus miembros y Luis suspiró. Sus vergas quedaron húmedas, brillando bajo la luz tenue, palpitando contra sus abdómenes.
—Ponte cómodo —sugirió Miguel entonces. Tomó a Luis de la mano y lo guio hacia su propia cama, que estaba más despejada. Le dio un empujoncito juguetón—. Túmbate.
Luis se dejó caer de espaldas sobre la cama de Miguel, con las piernas aún colgando por el borde. Respiraba agitado, con el pecho subiendo y bajando rápido. Miguel se arrodilló en el suelo entre sus piernas sin dejar de mantener contacto visual. Ver a Luis ahí, ofreciéndose de esa manera, era casi surreal. Él, el más gallito y hetero de todos sus amigos… completamente desnudo y a punto de ser follado por Miguel. La veracidad de ese pensamiento golpeó a Miguel con una oleada de lujuria. Su polla saltó contra su vientre, exudando ya líquido preseminal que resbaló por el glande.
—Estás empapando las sábanas, cabrón —bromeó Luis al notar la gota caer en la colcha de Miguel.
—Tú calla… —replicó Miguel con una sonrisilla, pasando intencionalmente la mano por el líquido para embarrárselo travieso en el muslo a Luis. Este se sobresaltó con la frescura pegajosa.
—¡Eh! Cerdo —soltó, riendo entre dientes y dándole un manotazo suave en la cabeza.
Miguel se rió por lo bajo. Adoraba esa capacidad de ambos de bromear incluso en medio de una situación así de caliente. Pero ya había llegado el momento de ponerse serios en el asunto. Alargó un brazo hacia la mesilla y sacó del cajón un pequeño sobre plateado y un tubito de gel transparente. Luis reconoció al instante el envoltorio del preservativo y… ¿lubricante? Se alegró internamente de que Miguel hubiera pensado en todo.
—¿Siempre guardas lubricante en tu mesilla, pervertido? —bromeó para controlar sus nervios.
Miguel rompió el sobre del condón con los dientes y guiñó un ojo—. La experiencia hace al maestro —contestó, recordándole que no era la primera vez que usaban lubricante en aventuras compartidas.
Miguel desenrolló el condón sobre su erección palpitante. Luis observó, mordiéndose el labio; había algo hipnótico en ver aquella verga robusta enfundarse bajo el látex brillante.
Luego Miguel vertió un poco de gel en sus dedos. Lo frotó para calentarlo y alzó la vista hacia Luis con una expresión más suave.
—Oye, cualquier cosa me dices, ¿vale? —dijo en tono bajo y sincero—. Si te duele o lo que sea…
Luis tragó, asintiendo—. Lo sé. Confío en ti, tío.
Esas palabras derritieron cualquier duda residual en Miguel. Se inclinó hacia adelante, empujando con delicadeza las piernas de Luis para separarlas más. Él colaboró, flexionándolas y apoyando los pies en el borde de la cama, dejándose exponer. Miguel le sostuvo una pantorrilla con la mano libre, acariciando su piel, y con la otra guió los dedos lubricados entre los glúteos tensos.
Luis contuvo el aliento al sentir ese primer contacto donde nadie le había tocado jamás, excepto él mismo al asearse. Los dedos de Miguel rozaron su entrada con cuidado, esparciendo el gel fresco alrededor.
—Relájate… —murmuró Miguel, usando la yema del dedo medio para masajear el músculo arrugado que se resistía instintivamente—. Respira hondo.
Luis obedeció: inspiró largamente e intentó destensar el trasero. Miguel aprovechó ese momento para aplicar un poco de presión. La punta de su dedo se coló lentamente dentro del anillo de músculo.
—Ah… —Luis exhaló bruscamente, frunciendo el ceño. La sensación era extraña, de ardor sordo y mucha invasión. No era del todo dolor, pero sí incómodo.
—¿Duele? —preguntó Miguel, deteniéndose al notar la expresión de su amigo.
Luis negó varias veces—. No… sigue… —pidió entre dientes, decidido a sobrepasar la molestia inicial. Apretó las sábanas a sus costados.
Miguel avanzó un poco más, introduciendo el dedo hasta la mitad. La estrechez apretaba con fuerza; sintió cómo el esfínter de Luis palpitaba intentando adaptarse. “Joder, qué apretado…” pensó excitado, recordando cuando él estuvo en ese lugar y lo mismo pensó Luis. Se inclinó sobre el muslo de su amigo y, sin dejar de mover el dedo lentamente dentro, depositó un par de besos sobre la cara interna de su muslo, cerca de la ingle.
Ese gesto de ternura mezclada con sensualidad hizo que Luis soltara el aire en un suspiro más calmado. La primera incomodidad empezaba a ceder. Miguel aprovechó para meter el resto del dedo hasta el fondo.
—¡Uuuh! —Luis soltó un quejido gutural, una mezcla de incomodidad y sorpresa.
—Tranquilo… ya entró —murmuró Miguel, deteniéndose de nuevo. Levantó la mirada, buscando la de Luis para evaluar cómo estaba. Luis respiraba por la boca, con las mejillas encendidas. Pero le hizo un gesto afirmativo para que siguiera.
Tras unos instantes inmóviles que se hicieron eternos, Miguel comenzó a mover el dedo dentro, muy lentamente: casi saliéndolo por completo y volviéndolo a meter, permitiendo que el músculo empezara a acostumbrarse. Poco a poco, notó que la tensión en torno a su dedo cedía apenas.
—Eso es… vas bien —susurró Miguel, dedicándole una sonrisa tranquilizadora.
Luis respondió con una mueca que pretendió ser sonrisa—. Se siente… raro, tío.
—Lo sé —Miguel retiró el dedo casi del todo, aplicó un poco más de lubricante, y esta vez volvió a entrar con dos dedos juntos. Había que preparar bien.
—¡Ah, joder…! —soltó Luis, apretando los ojos un instante. Ahora sí había un poco de dolor agudo al ser estirado más. Miguel se detuvo de inmediato.
—¿Seguro? ¿Sigo?
Luis inhaló y exhaló despacio. Su orgullo le impedía recular a estas alturas—. Sí… sí, sigue. Despacio.
Miguel obedeció. Empujó sus dos dedos centímetro a centímetro. La resistencia era mayor, pero con paciencia logró que acabaran entrando enteros. Luis temblaba ligeramente. Su polla había perdido algo de erección durante la molestia, pero seguía engrosada descansando sobre su abdomen.
—Dime cuando deje de arder tanto —pidió Miguel, aguantando sus dedos inmóviles dentro del calor asfixiante de Luis.
Luis respiró. Pasaron unos largos segundos hasta que finalmente la quemazón inicial se convirtió otra vez en esa sensación extraña pero tolerable. Abrió los ojos y vio a Miguel mirándolo con genuina preocupación y deseo. Esa mezcla le resultó enternecedora.
—Ya… creo que ya —susurró.
Miguel probó entonces a mover los dedos, abriéndolos un poquito para dilatar mejor. Empezó a sacarlos y volver a meterlos, con delicadeza pero sin pausa, simulando embestidas muy suaves. Para su alivio, notó que cada vez era más fácil el movimiento.
Luis, por su parte, comenzó a sentir que la intrusión ya no era todo molestia. Había un atisbo de… ¿placer? Todavía difuso, como un cosquilleo interno. Cuando Miguel curvó un poco los dedos hacia arriba, rozó un punto que hizo que, de improviso, un escalofrío deliciosamente intenso recorriera a Luis de pies a cabeza.
—Ah… joder —gimió, esta vez en un tono muy distinto.
Miguel sonrió, sabiendo exactamente lo que había encontrado—. Ahí está… —musitó, repitiendo la caricia de sus dedos sobre la próstata inflamada de su amigo.
Luis soltó un gemido irreprimible y su semi-flácido pene dio un respingo, endureciéndose de nuevo casi al instante. Miguel notó la reacción y no pudo evitar reír quedamente.
—Mira que eres fácil… —bromeó, aunque en el fondo se sentía inmensamente aliviado de ver a Luis disfrutando al fin.
—C-callate… —Luis intentó replicar, pero Miguel justo presionó de nuevo en ese punto mágico y lo que salió de sus labios fue un largo suspiro de placer—. Mierda… así…
—¿Te gusta? —preguntó Miguel casi en un ronroneo, acercando una mano al falo de Luis, que volvía a estar duro y goteando. Pasó un dedo por la gota transparente en la punta, regándola por el glande. Luis tembló.
—Mgh… sí… —admitió con un hilo de voz. Sus inhibiciones se iban esfumando a medida que el placer le nublaba.
Miguel decidió que ya estaba listo. Con mucho cuidado, retiró los dedos de dentro de Luis. El esfínter ofreció resistencia al soltar los dos intrusos, provocándole a Luis una breve sensación de vacío extraño.
—¿Eh…? —abrió los ojos a medio asta, notando la ausencia.
Miguel se incorporó y se subió a gatas sobre la cama, entre las piernas de Luis. Sus rodillas se hundieron en el colchón al alzarse, posicionándose. Con la mano, guio la punta de su polla enfundada en preservativo hacia la entrada dilatada y reluciente de gel.
—Tranquilo… solo es el principio —anunció en susurro.
Luis sintió el contacto firme del glande empujando contra su orificio. Tomó aire bruscamente; la circunferencia de Miguel era mayor que la de dos dedos, y su cuerpo lo sabía.
—C-colócate bien… —atinó a decir. Instintivamente se llevó las manos tras las rodillas, sujetando sus piernas para exponerse mejor. Era una posición increíblemente vulnerable, pero no quiso pensar en eso. En su lugar, centró la vista en Miguel, en sus ojos oscuros ardiendo de deseo y en la vena de su cuello marcada por la tensión. Su amigo se mordía el labio inferior con concentración mientras dirigía su miembro a su objetivo.
—Despacio… —prometió Miguel al sentir el besito húmedo de su punta contra el anillo prieto. Empezó a empujar suave.
La cabeza de su polla hizo presión, resistiendo un poco. De repente, con un pequeño plop, el glande logró abrirse paso y se coló adentro.
—¡Ahh! —Luis dejó escapar un gritito ahogado de choque. Un punzada de dolor intenso le hizo ver estrellas un segundo—. Hostia…
Miguel se tensó—. ¿¿Duele mucho?? ¿Paro? —preguntó apresuradamente, alarmado. Sólo la mitad del glande estaba dentro y ya sentía al pobre Luis contraerse como una presa en torno a él, impidiéndole avanzar más.
Luis tenía el ceño fruncido y los ojos cerrados con fuerza, respirando rápido por la boca. Aguantó así unos instantes y luego negó débilmente—. N-no… tranquilo… solo… dame un segundo…
Miguel asintió, conteniendo las ganas instintivas de embestir. La sensación de calor y presión en la punta de su verga era exquisita, pero se controló. Se inclinó sobre Luis, liberando una mano para acariciarle el costado en gesto tranquilizador.
—Respira… como antes. Relaja… —susurró cerca de su rostro. Depositó un besito en el lado de su rodilla, que aún sujetaba doblada.
Luis hizo caso, inhalando profundamente y tratando de soltar la tensión muscular de su trasero. Poco a poco, el ardor fue disminuyendo a simplemente molestia. Asintió finalmente, abriendo los ojos—. Ya… prueba a meter un poco más.
Miguel tragó saliva; estaba casi sudando de la contención. Tomó ambas piernas de Luis por detrás de las rodillas y las elevó, doblándolas hacia el pecho de su amigo para un mejor ángulo. Esa posición hizo que la puntita entrara otro centímetro sin que Miguel siquiera empujara, arrancándoles un gemido a ambos.
—Joder… que apretado estás… —gimió Miguel con voz tensa, sintiendo cómo el condón y el lube le permitían apenas avanzar por ese canal virgen.
Luis soltó una risa temblorosa—. Y tú no ayudas, pedazo cabrón… —logró decir, refiriéndose al tamaño de Miguel.
Miguel rió entre dientes pese a todo—. Hombre, me has visto… sabías a lo que venías —bromeó, al tiempo que avanzaba otro poquito.
Luis arqueó la espalda un momento, gimiendo. Miguel se detuvo inmediatamente, pero esta vez la expresión de su amigo no era de puro dolor. Era de una mezcla compleja, en la que asomaba cierto deleite. Sentir la gruesa polla de Miguel abriéndose paso lentamente dentro de él dolía, sí… pero a la vez llenaba un vacío que Luis no sabía que tenía. Era abrumador y exquisito en partes iguales.
—Sigue… por favor… —pidió Luis en un suspiro lascivo, sorprendiendo incluso a Miguel con el tono.
El moreno no necesitó más invitación. Con cuidado pero con más decisión, empujó su cadera hacia delante, enterrándose otro par de centímetros. Ahora el glande entero y parte del tronco estaban dentro, estirando a Luis sin piedad.
Luis dejó escapar un gemido profundo—. Mgh… cabrón… —gimoteó, pasando de sujetarse las piernas a aferrar la nuca de Miguel, que se había inclinado más sobre él.
—¿Mucho? —preguntó Miguel, ya sudando. Sus músculos del abdomen temblaban por mantener el control y no clavársela de golpe, como su instinto pedía.
—No… n-no pares… —dijo Luis con ojos brillantes. Ahora el dolor agudo había dado paso a una sensación de plenitud salvaje que, aunque intensa, empezaba a volverse perversamente placentera. Notaba cada pulgada de Miguel invadiéndolo, y eso lo hacía sentirse… completo. Además, la postura hacía que la base de la polla de Miguel rozara de nuevo ese punto interno delicioso.
Miguel avanzó otro poco, y esta vez Luis alzó las caderas involuntariamente como para facilitarle la entrada. Entre ambos movimientos, casi toda la longitud de Miguel se abrió camino dentro hasta que su pelvis chocó ligeramente con las nalgas de Luis.
—¿La… tienes toda? —susurró Luis con incredulidad.
Miguel cerró los ojos un instante, abrumado por la calidez que lo envolvía—. Casi… —mintió; en realidad había dejado un par de centímetros fuera para no forzarlo demasiado. Pero ya estaban prácticamente unidos.
Se quedaron inmóviles unos segundos que parecieron eternos. Luis respiraba agitadamente contra el cuello de Miguel, quien a su vez contenía la respiración para no correrse del tirón. Estaba a la vez extasiado y profundamente conmovido; Luis le había permitido entrar hasta lo más hondo, literalmente. Aquello era otra cosa, tal como lo habían dicho aquella noche: un nivel de intimidad distinto a cualquier otro.
—¿Estás bien? —preguntó Miguel muy cerca de su oído.
Luis pasó la lengua por sus labios resecos—. E-estoy… lleno —dijo con una risita nerviosa—. Joder, sí que la tienes larga…
Miguel sonrió contra su mejilla—. Shhh, tonto… —Giró el rostro y presionó un beso cálido contra los labios de Luis, que fue devuelto con ansia. Esa pequeña distracción fue suficiente para que el cuerpo de Luis se adaptara mejor a la intrusión.
Aprovechando que él estaba más relajado y entretenido en el beso, Miguel comenzó a retirarse muy lentamente. Sacó apenas un tercio de su erección, lo justo para luego empujar de nuevo hacia adentro con suavidad. Luis gimió dentro de la boca de Miguel, rompiendo el beso.
—¿Te duele? —Miguel detuvo sus caderas.
—N-no… hazlo —insistió Luis, echando los brazos sobre los hombros de Miguel para aferrarse con fuerza. Necesitaba asirse de algo—. Fóllame…
Escuchar esas palabras en la voz grave de Luis envió un rayo de excitación pura directa al miembro de Miguel, que palpitó dentro del recto estrecho. No hizo esperar más. Comenzó a moverse con un ritmo lento pero constante, sacándola un poco más cada vez y volviendo a entrar con delicadeza.
El cuarto se llenó de sus gemidos amortiguados. La cama crujió apenas bajo ellos. Miguel apretó la cara contra el cuello de Luis, jadeando contra su piel cada vez que las ondas de placer se hacían más intensas. Por su parte, Luis ya no sabía ni qué sonidos salían de su garganta: una mezcla de gruñidos y gemidos sordos conforme la sensación inicial de ardor se transmutaba en pura lascivia.
Cada estocada rozaba su próstata, enviando chispazos eléctricos que se extendían por su bajo vientre. Luis sentía su propio pene duro atrapado entre sus abdominales y el torso de Miguel, goteando precum en una mancha caliente. Nunca imaginó que ser follado pudiera llegar a gustarle tanto.
—Ah… ah… —gemía al compás, procurando no alzar demasiado la voz. Sus uñas arañaban sin querer la espalda de Miguel, dejando líneas rojas finas. Sus piernas rodearon la cintura de su compañero por instinto, cruzando los tobillos tras su espalda para no dejarlo escapar.
Miguel levantó ligeramente el rostro para observarlo. Quería ver la cara de su amigo en ese momento, grabar a fuego esa imagen. La escena no lo decepcionó: Luis tenía la boca entreabierta, los ojos cerrados con expresión de éxtasis concentrado. Un hilillo de sudor corría por su sien rizada. Verlo así, rendido al placer bajo él, hizo que Miguel soltara un leve gemido animal.
—Mira qué guarro… —susurró en tono jocoso, recuperando el aliento el tiempo justo para soltar la frase—. Te está gustando, ¿eh?
Luis entreabrió los ojos con esfuerzo, devolviéndole una mirada turbia de lujuria—. C-cállate… y no pares… —replicó sin aliento, con una sonrisita ladeada que no engañaba a nadie.
Miguel rió entre jadeos—. Tranquilo… vamos a darte lo que quieres… —Murmuró contra sus labios antes de besarlo otra vez con desenfreno.
La necesidad pudo finalmente más que la mesura. Ambos amigos cayeron en un ritmo más intenso, los cuerpos moviéndose con sincronía natural. Miguel embestía más fuerte ahora, entrando casi hasta el fondo en cada vaivén; Luis flexionaba sus muslos para facilitarle la entrada, al mismo tiempo que empujaba un poco sus caderas hacia arriba cuando Miguel retrocedía, buscándolo de vuelta. Sus pelvis chocaban produciendo un leve chap húmedo por el lubricante y el sudor mezclados.
—Dios… Luis… —gruñó Miguel sintiendo un calor abrumador acumularse en su bajo vientre. Sus testículos se contraían, avisando que el orgasmo no estaba lejos. Apretó los dientes, queriendo aguantar un poco más—. N-no voy a… durar…
—Ah… yo tam… tampoco… —gimió Luis. La presión en su interior era exquisita; por un momento pensó que podría correrse sin tocarse, solo con los embates golpeando su próstata.
Miguel decidió ayudar: soltó una mano de la pierna de Luis y la llevó entre sus cuerpos, cerrándola alrededor del pene empapado de su amigo. Comenzó a pajearlo al ritmo de sus embestidas.
—¡Mmmh! —Luis casi gritó, sobresaltado por el shock de placer extra. Sus caderas temblaron y supo que estaba perdido—. Miguel… me… me corro…
—Hazlo… —jadeó Miguel, casi ordenando—. Córrete para mí…
Dos sacudidas más de su mano bastaron. Luis tensó todo el cuerpo, arqueando la espalda, y dejó escapar un gruñido profundo: —¡Aaagh!
Su polla empezó a disparar semen caliente en oleadas. El primer chorro grueso impactó en el pecho de Miguel; los siguientes en el vientre de Luis y en la mano que seguía estrujándolo. Miguel sintió los espasmos de la verga de su amigo en su puño y eso lo terminó de empujar al abismo.
Con un gemido ronco, enterró su polla lo más hondo que pudo dentro de Luis y se corrió con fuerza, vaciándose dentro del preservativo. Sus caderas dieron un par de sacudidas involuntarias mientras su semen llenaba la goma. —Uhh sí… —gimió, aferrando las caderas de Luis con ambas manos ahora, marcándole los dedos en la carne.
A Luis le sorprendió gratamente notar las contracciones de la polla de Miguel dentro de su culo; el pensamiento claro de “mi mejor amigo acaba de correrse dentro de mí” le provocó tal oleada de asombro morboso que casi sintió un segundo mini orgasmo recorriéndole la columna. Un placer sordo lo inundó de pies a cabeza aun cuando ya no le quedaba nada por eyacular.
Miguel cayó desplomado sobre él, respirando con dificultad, abrazando a Luis casi en reflejo. Luis correspondió, rodeándolo con sus brazos también mientras ambos atravesaban las últimas ondas de sus orgasmos.
Permanecieron varios segundos suspendidos en esa posición, conectados en todos los sentidos. Las bocas de ambos buscaban aire cerca del oído del otro; sus corazones latían como tambores en un duelo frenético; la habitación olía al almizcle dulzón del sexo consumado.
—Tío… —susurró Miguel al fin, rompiendo el silencio, con una risa incrédula—. ¿Acabamos de…?
Luis soltó una carcajada suave, todavía sin aliento—. Sí… acabamos de.
Miguel alzó un poco el rostro y ambos se miraron antes de estallar en risas bajas, entre cómplices y aliviadas. Era la risa de dos amigos que no podían creerse lo que habían hecho, pero que no se arrepentían de nada. Rieron hasta que les dolió el vientre —en especial a Luis, que notaba una punzada sensible al moverse— y cuando la risa cedió, un silencio cálido y pacífico los envolvió.
Miguel fue el primero en moverse. Con mucho cuidado, retiró sus caderas hacia atrás, deslizando su miembro fuera del cuerpo de Luis. Ambos gimieron quedamente al sentir cómo esa conexión íntima se rompía, dejando tras de sí una mezcla de alivio y extraña añoranza inmediata.
Miguel enseguida sujetó la base del condón para que no se derramara nada y se lo quitó con precaución. Lo anudó y lo dejó a un lado del suelo; ya se encargaría después. Ahora tenía otra prioridad.
Se dejó caer de lado en la cama, junto a Luis, y tiró suavemente de él para que girara también. Luis se volteó con un quejido leve al estirar la espalda. Tenía el rostro enrojecido, el pelo húmedo pegado a la frente, y una expresión de exhausto éxtasis que a Miguel le resultó jodidamente bonita. Se quedaron mirándose en la penumbra, compartiendo aún respiraciones aceleradas.
Miguel fue el primero en reír de nuevo, una risilla floja y llena de incredulidad. Se tapó la cara con las manos un instante, negando con la cabeza—. Tío… —murmuró desde detrás de sus manos—. ¿Acabamos de…?
—Sí —contestó Luis, sonriendo también, todavía recuperando el aliento—. Lo hicimos.
Miguel descubrió su rostro y sostuvo la mirada de Luis apenas un segundo antes de que ambos rompieran en carcajadas quedas de nuevo. Cuando las risas cesaron, se quedaron simplemente respirando juntos, hombro contra hombro en la cama angosta. Afuera, la noche madrileña estaba tranquila, y solo se escuchaba en la habitación el zumbido lejano de la neverita y sus propios latidos calmándose.
Tras un rato, Miguel deslizó la mirada por el cuerpo de su amigo a su lado. Observó su pecho amplio subir y bajar, perlado de sudor y con regueros de semen que le cruzaban un pezón y el vientre. Su propia mano y abdomen estaban manchados también de la corrida de Luis, pegajosa y tibia. La escena era un desastre delicioso.
Con la yema de un dedo, Miguel trazó una línea por la mezcla de fluidos que goteaba del torso de Luis. Este se estremeció por la sensibilidad post-orgásmica, contrayendo los abdominales.
—¿Qué haces? —preguntó en un susurro con ojos entrecerrados.
Miguel se encogió de hombros con media sonrisa—. Admirando el desorden que armaste —dijo divertido, mostrando su dedo pringoso de semen.
Luis soltó una risa perezosa—. Qué asco das… —murmuró, aunque en realidad la visión le resultó hasta erótica de algún modo.
Miguel rió y se limpió el dedo en la propia barriga. Luego, apoyando una mano en el colchón, se incorporó un poco—. Creo que necesitamos una ducha, ¿no te parece?
Luis hizo una mueca exagerada de cansancio—. Ufff, sí… pero no sé si puedo andar.
—¡Anda ya, drama queen! —se burló Miguel, dándole un empujoncito cariñoso—. Va, que mañana hay que madrugar para el viaje y estamos hechos unos zorros.
Luis gruñó algo ininteligible, pero asintió. Con movimientos torpes, ambos se levantaron de la cama. Luis titubeó al ponerse en pie; efectivamente, las piernas le temblaban y un latido sordo en sus entrañas le recordó la “faena” recién hecha.
—Hostia… —se quejó en broma, llevándose instintivamente una mano atrás—. Definitivamente mañana me acordaré de ti cada vez que me siente.
Miguel soltó una carcajada, recordando que esas fueron exactamente sus palabras meses atrás—. Touché. Ahora sabes lo que se siente.
Luis sonrió medio adolorido—. No te voy a mentir: me has matado… —Admitió con una risita.
Miguel se acercó y, en un arranque de ternura, apartó un rizo sudado de la frente de su amigo y le dio un beso suave en la sien—. Pero te ha gustado, ¿a que sí? —susurró.
Luis cerró los ojos un segundo, apoyando la frente en el hombro de Miguel—. Mucho… —dijo simplemente. Luego lo miró a los ojos—. Estamos bien, ¿no? —Había un destello de vulnerabilidad en la pregunta.
Miguel sintió un cálido apretón en el pecho. Puso su mano en la nuca de Luis y la restregó allí en un gesto de camaradería—. Estamos mejor que nunca, diría yo.
Intercambiaron una sonrisa cómplice. No había espacio para la culpa ni la vergüenza entre ellos. Lo que habían hecho, hecho estaba… y lo habían gozado.
—Bueno, colega —dijo Luis al cabo, respirando hondo—. Vámonos a la ducha rápido, que apestamos a tigre los dos.
Miguel rio y caminó con él hacia el baño. Solo entonces notó el leve escozor en ciertos lugares de su espalda—. Tú más que yo —le chinchó, oliéndose un sobaco con exageración—. Sudado y todo pringoso.
Luis se olió también y puso cara de asco cómica, restregándose la nuca—. Puaj, confirmo.
Entre risas suaves, entraron en el baño estrecho y se metieron bajo el agua tibia. La ducha fue breve y relajante: se enjabonaron la espalda el uno al otro sin ninguna tensión, comentando alguna tontería trivial como el agua tardía en calentar.
Salieron refrescados y agotados. Se pusieron lo primero que pillaron para dormir: Miguel unos calzoncillos limpios, Luis su pantalón de pijama suelto sin molestarse en la camiseta. Después de ventilar un poco la habitación (el hedor a sexo era potente), apagaron la luz y cayeron rendidos cada uno en su cama.
—Buenas noches, cabrón —murmuró Luis en la oscuridad con afecto bromista.
—Buenas noches, fenómeno —devolvió Miguel riendo entre dientes.
A los pocos minutos, ambos estaban profundamente dormidos.
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—¿Has metido los condones? —preguntó Jordi desde el asiento delantero del coche, girándose a medias hacia atrás.
—Sí, pesado —bufó Arnau al volante, sin apartar la vista de la carretera—. En la mochila roja hay un paquete nuevo entero, por si acaso.
—¿Y la hierba? —inquirió Luis, acomodado en el asiento trasero izquierdo.
—Eso lo trae Jordi en la riñonera, fijo —respondió Miguel, que iba en medio.
Jordi sonrió, palmeando la pequeña bolsa cruzada en su pecho—. ¿Tú qué crees? Aquí hay costo para enterrar a un elefante, hermanos.
Los cuatro rieron. Eran las 11 de la mañana del viernes y el viejo Ford de Arnau devoraba kilómetros por la autopista camino a la costa. Habían salido de Madrid con tiempo, evitando el atasco fuerte del puente madrileño. La música trap sonaba a bajo volumen y en el maletero cargaban con lo esencial: mochilas, bolsas con comida, botellas de alcohol variadas, y hasta una paellera que Arnau había insistido en llevar “porque a saber qué menaje tiene la casa ahora”.
Miguel iba ligeramente recostado, los ojos ocultos tras gafas de sol. No había pegado ojo hasta tarde la noche anterior —por buenas razones— y ahora acusaba un poco el cansancio. Aun así, no podía borrar la sonrisa de su cara. De vez en cuando, sus ojos encontraban a Luis, sentado a su lado mirando memes en el móvil, y ambos sonreían fugazmente, compartiendo un secreto silencioso entre el rumor de la música.
El trayecto fue el aperitivo de lo que prometía ser un fin de semana de risas: Jordi y Arnau no pararon de soltar coñas, Luis se animó a cantar desafinado cada tema que sonaba y Miguel, cuando no cabeceaba de modorra, se unía a la fiesta con comentarios ingeniosos. En unas tres horas llegaron a su destino: una casita de veraneo propiedad de la familia de Arnau, situada en la costa catalana, a pocos minutos andando de la playa.
—Tío, esto es el paraíso —dijo Miguel maravillado al bajar del coche y estirar las piernas. El aire olía a sal y pinos. La casa, modesta pero acogedora, tenía paredes blancas encaladas y contraventanas azules. Detrás se vislumbraba el mar brillante bajo el sol del mediodía.
—No es Portofino, pero sirve, ¿eh? —bromeó Arnau guiñándole un ojo a Miguel, consciente de la comparación inevitable con la lujosa villa italiana que Miguel conoció semanas antes.
—Prefiero esto —contestó Miguel sinceramente, dándole una palmada en el hombro.
Descargaron las cosas, asignaron camas (dos habitaciones dobles; Miguel y Luis compartían una, Jordi y Arnau otra) y en menos de una hora estaban instalados. Después de un almuerzo ligero con los bocatas que traían, decidieron aprovechar el sol en el patio trasero.
La tarde transcurrió perezosa y relajada. Los cuatro se tumbaron en unas viejas hamacas al sol primaveral, con latas de cerveza en mano. Jordi liaba un porro con maestría mientras Arnau ponía algo de música chill-out en un altavoz portátil.
—Así sí, joder… —suspiró Luis con gafas de sol puestas, dando un largo trago a su cerveza.
—¿Qué? ¿Una noche de desenfreno y ya está mayor? —se mofó Jordi. Conocía bien a Luis y su tendencia a empalmar fiestas, así que lo encontró sospechosamente tranquilo.
Luis le dedicó un corte de manga flojo—. Cállate, que no dormí nada estudiando, imbécil.
Miguel casi escupe la cerveza de la risa, recordando a qué se debió realmente la falta de sueño. Arnau y Jordi notaron su expresión y ambos se incorporaron curiosos en sus hamacas.
—¿Qué os traéis? —preguntó Arnau entornando los ojos.
—Nada, que Luis es un puto empollón —improvisó Miguel encogiéndose de hombros.
—Sí, sí… empollando estabas fijo —soltó Jordi de inmediato, captando la indirecta con su habitual astucia para lo sexual—. ¿Qué pasó anoche, eh?
Luis miró a Miguel y no pudo contener una sonrisilla pícara. Quizá fueron las birras ya en su sistema, o el ambiente distendido, pero sintió que no le importaba contarlo. Total, entre ellos ya había confianza de sobra.
—A ver… es que Miguel y yo… —empezó Luis.
—Nos hicimos una paja juntos —terminó Miguel de golpe, directo al grano, con una media sonrisa desafiante.
Arnau casi se atraganta con su sorbo; Jordi abrió los ojos como platos.
—¿Qué? ¿Cuándo? —soltó Arnau incorporándose del todo.
—¿Anoche? —Jordi parecía sinceramente sorprendido y… ¿excitado? Había una nota de interés inusual en su voz—. ¿En plan cada uno la suya, o…?
Miguel rio ante la reacción—. Tranquilos, cotillas… no fue anoche —aclaró, disfrutando del dramatismo—. Esto fue hace meses, la verdad. Pero nunca os lo contamos.
Jordi y Arnau intercambiaron una mirada de incredulidad. Arnau apagó la música para prestar total atención.
—Explica eso, coño —demandó Arnau.
Luis se sentó al borde de la hamaca, encendiéndose un cigarro antes de hablar—. Pues veréis… Aquella noche, después de la fiesta… cuando todos dormíais.
—¡Lo sabía! —exclamó Jordi de repente, señalándolos—. ¡Lo sabía! Esa noche os vi salir al pasillo a los dos medio en bolas. Me olió raro, pero iba tan pedo que me quedé frito.
Arnau se llevó las manos a la cabeza—. ¿Y qué hicisteis exactamente?
Miguel se mordió el labio con un gesto travieso—. Lo que he dicho: nos la cascamos mutuamente. Mano contra mano, por así decir.
Luis soltó una risilla al recordar la competición idiota que había sido al principio—. Empezó como un pique de borrachos, tío. En plan “a ver quién aguanta más sin correrse”… —relató, encogiéndose de hombros—. Y acabamos los dos pringando la moqueta del cuarto.
Arnau meneó la cabeza, entre sorprendido y divertido—. Lo que no os pase a vosotros…
—¿Y desde entonces, nada? —preguntó Jordi con viva curiosidad—. ¿No repetisteis?
Miguel notó las orejas de Luis ponerse rojas. Decidió intervenir—. Bueno… hemos tenido alguna otra aventurilla, pero eso ya no se cuenta, cabrones —dijo, dando por zanjado el tema con un sorbo a su birra.
—No os hagáis los interesantes, mamones —protestó Jordi.
—Que sí, que mucho bla bla pero luego seguro que os pone la historia —se burló Luis.
Arnau rio—. Hombre, a ver… es morbo, la verdad —admitió, frotándose la barbilla incipiente—. Mis colegas heteros aquí tocándose entre ellos… suena a porno de coleguita.
—Total —asintió Jordi, que ya se había terminado de liar el porro—. De hecho… confieso que me estáis poniendo cachondo.
La risa estalló entre los cuatro. Pero tras reír, quedó un silencio meditado. Arnau y Jordi se miraron con una ceja alzada, como comunicándose telepáticamente.
Miguel entrecerró los ojos—. ¿Qué tramáis vosotros dos?
Arnau se mordía la lengua, indeciso, pero Jordi jamás tuvo filtro—. Yo digo… que aquí sobran manos y faltan coños —soltó, directo—. Y mientras llegan las tías mañana para la fiesta del pueblo… ¿por qué no hacemos algo al respecto?
Luis se incorporó con interés, pese a sus protestas iniciales—. Define algo.
Jordi se pasó el porro recién encendido a los labios, le dio una calada profunda y lo exhaló antes de hablar—. Pues, yo qué sé… una paja entre colegas. Los cuatro.
Miguel sintió que su corazón daba un saltito de sorpresa. Miró a Arnau esperando que lo desmintiera o se riera. Pero Arnau estaba callado, mirando el suelo. Luego levantó la vista con media sonrisa:
—A mí me vale —dijo encogiéndose de hombros—. No nos vamos a tocar entre nosotros, solo… juntos, ¿no?
—Exacto —confirmó Jordi, pasándole el porro a Miguel, que lo tomó casi automáticamente—. En plan todos en un mismo sitio, viendo porno o algo… Eso tiene su morbo. Y nos quitamos las ganas.
Luis soltó un silbido admirativo—. Hala. Vaya propuesta indecente.
Miguel le dio una calada al porro, dejando que la niebla dulce le calmara la mente. En realidad, la idea le estaba poniendo duro al instante, aunque no lo dejara ver—. Yo… si todos queréis, no voy a ser el aguafiestas —dijo al fin, exhalando humo.
—Bien dicho —Jordi sonrió ampliamente. Ya tenía los ojos algo vidriosos de la marihuana y la lujuria combinadas—. Además, no sería la primera vez que nos vemos las pollas, ¿no?
Arnau y Luis rieron. Era cierto: después de tantas borracheras y aventuras, la desnudez no era un tabú entre ellos. Pero de ahí a hacer lo que estaban a punto de hacer…
Cinco minutos después, se encontraban los cuatro en el salón de la casita. Las cortinas corridas, la puerta cerrada con pestillo por si algún vecino curioso asomaba. Jordi había conectado su portátil a la tele y buscaba algún vídeo en una conocida página porno.
—¿Preferencias? —preguntó, navegando entre miniaturas explícitas.
—Pon algo de tías buenorras y ya —dijo Arnau, sentándose en el sofá de tres plazas.
Luis y Miguel se acomodaron también en el amplio sofá. Los tres se quitaron las chanclas y camisetas, quedándose en bañador o pantalón corto; no tardarían en bajarlos, pero aún les daba algo de corte empezar del todo desnudos.
Jordi encontró un vídeo de una orgía amateur con varias chicas y chicos jóvenes—. Esto pinta bien —anunció, dándole play y apresurándose a ocupar el último hueco del sofá.
La escena iluminó la pantalla con gemidos femeninos y cuerpos entrelazados. Por un momento, los cuatro quedaron en silencio viendo cómo en la ficción digital un par de chicas compartían dos hombres.
Miguel tragó saliva. Sentía su verga ya semidura dentro del bañador; se la recolocó discretamente para aliviar la presión.
—¿A qué esperamos? —dijo Arnau de pronto, rompiendo la tensión. Sin más, agarró el borde de su bañador y se lo bajó hasta las rodillas, liberando su polla. Estaba a medio camino de la erección, que en su caso era de un tamaño promedio pero estética notable: recta, con el glande circuncidado asomando rojo.
Jordi fue el siguiente, empujando abajo su short junto con los calzoncillos. Su miembro saltó libre, ya casi erecto. Jordi tenía un pene fino y ligeramente curvado hacia arriba, con una pelambrera castaña que evidenciaba que no se lo recortaba mucho.
Luis y Miguel intercambiaron una mirada y decidieron unirse. Luis simplemente se subió la pernera del pantalón holgado y sacó su verga por un lado, erecta y lista. Miguel se bajó los suyos hasta los muslos, dejando la suya salir también, pesada y palpitante.
—Hostia puta… —murmuró Arnau, echando una ojeada a la entrepierna de Miguel—. Cada vez que la veo flipo, ¿eh?
Miguel se encogió de hombros con una risilla y enseguida centró la mirada en la televisión para no cohibirse. En la pantalla, una pelirroja gritaba de placer en doble penetración. Era una imagen bastante gráfica que aceleró el pulso de todos.
Sincronizados casi por instinto, las cuatro manos masculinas se cerraron alrededor de cuatro miembros tensos. Comenzaron a masturbarse despacio, en silencio salvo por la respiración, mientras sus ojos se alimentaban del porno en la tele.
Miguel estaba sentado entre Luis y Jordi; a su izquierda, los nudillos de Luis subían y bajaban sobre su tronco grueso y brillante; a su derecha, alcanzaba a ver el movimiento más rápido con que Jordi se pajeaba, sin circuncisión, su glande saliendo y escondiéndose bajo el prepucio rítmicamente.
—Joder… esto es fuerte —susurró Arnau desde el otro extremo, pero su mano no detenía el vaivén sobre su erección, ahora completa.
—Cállate y disfruta —bromeó Jordi, su voz ya tomada por el calentón.
Así lo hicieron. Cada uno concentró la mirada en distintos puntos: Arnau no quitaba ojo de la pantalla, mordiendo su labio inferior; Jordi alternaba entre mirar la porno y espiar sin disimulo las vergas de sus colegas; Miguel cerraba los ojos a ratos, saboreando cada sensación y el morbo de sentirse rodeado de sus amigos haciendo lo mismo; Luis observaba a Miguel de reojo, excitado al escuchar los pequeños jadeos que su mejor amigo soltaba.
El nivel de confianza era tal que enseguida empezaron a surgir pequeños comentarios cachondos:
—Buah, menudas tetas la rubia… —soltó Luis, respirando agitadamente mientras su puño golpeaba suave contra su pelvis.
—Mírala cómo chupa, joder… —añadió Arnau, ya con el ceño fruncido, perdido en la fantasía.
Jordi aceleró el paso, dejando su glande viscoso de líquido preseminal—. Chupa mejor Carlota, fijo… —dijo con atrevimiento, mirando a Miguel.
Miguel soltó un gemido y replicó sin pensar—. Uf, ni te imaginas… —Sus ojos estaban fijos en la pantalla, pero en su mente se reproducía el recuerdo fresco de Carlota tragándosela en el probador ayer mismo.
Eso hizo reír a Arnau entre jadeos—. Cabrón, qué suerte la tuya…
—Cualquiera de las nuestras te la chupa si se la pides —apuntó Luis a Arnau, refiriéndose a las chicas de su grupo—. Marta le haría un apaño a tu rabo en cero coma.
Arnau gruñó de risa—. Me lo apunto… ahh… —Un gemido le interrumpió: acababa de deslizar la mano sobre su glande con algo de presión y se le fue la voz.
La temperatura subía. El aire olía a hierba, sudor y sexo. Los cuatro cuerpos masculinos brillaban de sudor en mayor o menor medida. Miguel notó que su propio muslo estaba pegajoso por el contacto ocasional con el de Luis al moverse; se dio cuenta de que se habían juntado tanto en el sofá que prácticamente hombros y piernas se tocaban, pero ya nadie parecía reparar en eso.
—Cabrón… me vas a manchar… —murmuró Luis con media sonrisa sin dejar de cascársela, al sentir la rodilla de Miguel rozarle.
—Estás igual, mírate… —devolvió Miguel. Miró hacia abajo: en efecto, la mano de Luis resbalaba tan rápido y su glande estaba tan lubricado que gotitas de precum salpicaban su propio muslo y, de paso, cayeron sobre la rodilla de Miguel también—. Eh, cerdo —rio.
—Tranquilo, ahora te apunto pa’l otro lado —se rió Luis, desviando exageradamente su pene hacia su costado izquierdo para provocarlo.
—Como niños, hostia… —gruñó Jordi, pero no pudo terminar la frase: su propia corrida le llegó sin avisar.
Con un gemido corto, Jordi tensó las piernas y su verga comenzó a disparar. Un chorro de semen salió despedido en parábola, cayendo… directamente sobre la mano de Arnau, que estaba pajeándose a su lado.
—¡Pero tío! —Arnau soltó una carcajada incrédula al sentir el calor pegajoso manchándole—. Me has pringado entero, gilipollas…
Jordi no podía ni responder, aún convulsionando mientras más chorros salían, algunos aterrizando en su propio vientre, otros salpicando la tapicería del sofá—. Ahh… lo… lo siento… —logró decir entre jadeos, aunque se reía.
Ver a Jordi correrse así desencadenó un efecto dominó. Arnau, que estaba al borde, no aguantó más la visión de la leche de su amigo sobre su mano. Apretó los dientes y se corrió también, emitiendo un profundo gruñido. Sostuvo su polla hacia arriba, dejando que los primeros disparos volaran sin control: uno le cayó a Miguel en el antebrazo; otro le salpicó la cintura a Luis; los siguientes Arnau los apuntó hacia sí mismo por reflejo, bañando su abdomen musculoso de blanco.
—¡Joder! —Miguel sintió la caliente evidencia en su brazo y eso lo terminó de empujar al límite. Sus testículos se contrajeron y su propia corrida llegó, intensa. Cerró los ojos y dejó que su mano volara sobre su polla, ordeñando cada gota. Sus gemidos quedaron ahogados en su garganta mientras su semen salía a presión. El primer chorro, largo y denso, alcanzó a Luis en la parte baja del abdomen. Los siguientes cayeron sobre la mano de Miguel y su muslo.
Luis sintió el calor viscoso de la corrida de Miguel manchándolo y eso fue su fin. Dejó escapar un gemido desgarrado—. Ahh, mírame, mírame… —gruñó a ninguno en particular, completamente entregado. Agarró su verga con ambas manos para el toque final y explotó. Un chorro espeso le saltó hasta el pecho; otro alcanzó el brazo de Miguel que estaba aún alzado; los últimos se derramaron entre sus dedos y regaron sus propios muslos.
El salón quedó lleno de jadeos y un silencio aturdido. Los cuatro amigos permanecieron unos segundos inmóviles, tratando de recuperar el aliento y procesar lo que acababa de pasar. Luego Jordi empezó a reírse, una risa tonta y satisfecha que pronto contagió a Arnau. Luis y Miguel se miraron y también rieron: estaban manchados con las lefas de unos y otros, pegajosos y sudorosos, pero muy relajados.
—Vaya panda de cerdos… —bromeó Arnau al fin, limpiándose la mano cubierta de semen con un pañuelo de papel que sacó de la mesa.
—La madre que os parió… —Luis intentaba limpiarse el vientre con un folio que encontró por ahí, sin mucho éxito—. Me habéis dejado hecho un Cristo.
—Ahí hay duchas de sobra, princesa —se mofó Jordi, encendiendo de nuevo el porro olvidado y dándole una calada triunfal.
Miguel negó con la cabeza, sonriendo—. Menuda manera de empezar el puente…
—Y las que nos quedan —repuso Arnau, guiñándole un ojo.
Tras un rato de risas y limpieza rápida (pañuelos de papel, camisetas viejas usadas de trapo, y promesas de lavar el sofá antes de irse), los chicos decidieron echarse una siesta reparadora. La noche anterior pocos habían dormido lo suficiente y, tras las cervezas, el porro y la paja colectiva, el cuerpo pedía descanso.
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El sábado amaneció brillante y con brisa suave. Tras un desayuno tardío en el porche, los cuatro se encaminaron a la playa cercana con nevera portátil y pelotas de palas en mano. Pasaron la mañana entre chapuzones en el Mediterráneo todavía algo frío, partidos de palas en la orilla (que Arnau y Jordi ganaron sin remedio, para burla de Miguel y Luis), y cervezas bajo la sombrilla compartiendo anécdotas.
A mediodía, volvieron a la casa hambrientos y decidieron preparar una paella. Arnau, con determinación, se proclamó chef principal, y entre todos picaron, removieron y vigilaron el arroz con marisco. El resultado fue sorprendentemente bueno, quizás ayudado por el alioli y el hambre acumulada.
—Si es que valemos pa’tó —presumió Jordi, llevándose el último camarón a la boca.
—De mayores, maridos ideales —rio Miguel, chocando su botella contra la de Arnau.
—Bueno, calmaos, que limpiar sí que no apetece —apuntó Luis, viendo la cocina hecha un desastre con restos de ingredientes por doquier.
—Luego lo hacemos, va —dijo Arnau esperezándose—. Hora de siesta 2.0.
Y así fue: tras la comilona, cada uno cayó en coma en distintos lugares de la casa. Jordi en una hamaca del patio, Miguel en el sofá, Arnau y Luis en sus respectivas camas. Un par de horas de sueño los dejaron nuevos y listos para la siguiente fase: la verbena.
Al caer la tarde, se ducharon y vistieron con sus mejores galas playeras: camisetas ligeras, vaqueros o bermudas, zapatillas cómodas. El plan era bajar al pueblo, donde esa noche había fiesta mayor en la plaza central por el puente festivo: casetas con música, bebida y baile.
La noche prometía. Tras una cena de bocatas en un chiringuito, los chicos se unieron a la muchedumbre que inundaba las calles estrechas de la localidad. La música mezclaba ritmos comerciales y tradicionales, las risas y voces se oían por todas partes. No pasó mucho tiempo antes de que cada uno tuviera un cubata en mano y el punto alegre subiendo.
—¡Por el mejor finde de la historia! —brindó Arnau alzando su vaso.
—¡Salud! —repitieron los demás, chocando los vasos de plástico y dando un trago generoso.
Ya entonados, se metieron de lleno en la verbena. Bailaron en corro haciendo el tonto con una canción de reggaetón, rodeados de desconocidos que se unían a su entusiasmo. Luis, con su atractivo innato y cero vergüenza, no tardó en acaparar la atención de un par de chicas locales. Arnau y Jordi también se sumaron al coqueteo, cada uno charlando y bailando con alguna chica que aparecía en su radio.
Miguel se alejó un poco a pedir otra ronda de bebida. Mientras esperaba su turno en la abarrotada barra al aire libre, alguien a su lado tropezó ligeramente contra él.
—¡Uy, perdona! —dijo una voz femenina risueña.
Miguel se giró. Se encontró con una chica morena de ojos negros y sonrisa encantadora. Tendría unos veinte o veintiún años, y un cuerpo de infarto: curvilínea, con caderas anchas y pechos generosos apretados bajo un top corto rojo. El pelo castaño oscuro lo llevaba recogido en una coleta alta que dejaba ver su cuello bronceado.
—No pasa nada —respondió Miguel, devolviéndole la sonrisa. El alcohol en su sangre le dio valor para mantenerle la mirada de forma coqueta—. Por poco tiro esto, pero estás perdonada.
La chica rió. Notando el acento de Miguel, ladeó la cabeza—. ¿Eres de aquí? No te había visto antes.
—No, de Oviedo —dijo él alzando la voz un poco sobre la música. Le echó un vistazo rápido: ella lo examinaba de arriba abajo sin disimulo, aún sonriendo. Miguel sintió un cálido cosquilleo. La morena le estaba echando el ojo claramente.
—Ah, turista —bromeó ella—. Yo soy de aquí, Alicia.
—Miguel —se presentó. En ese momento, la presión en la barra empujó a Alicia más cerca de él; sus brazos se rozaron.
—Encantada, Miguel —dijo, pegando sus labios a su oído para ser escuchada. Miguel se estremeció al sentir el calor de su aliento y el roce intencional de su pecho contra su costado—. ¿Y qué te trae por nuestro pueblito?
—Un amigo tiene casa cerca, vinimos de escapada —explicó Miguel de igual modo, aprovechando para posar suavemente una mano en su cintura al hablar cerca de su oído. Alicia no se apartó; al contrario, apoyó una mano en el abdomen de Miguel con naturalidad para equilibrarse entre la gente.
—Suena divertido… —susurró ella. Sus pechos rozaban el brazo de Miguel con cada movimiento, y él notó con aturdimiento lujurioso que no llevaba sujetador bajo el top; los pezones se marcaban ligeramente contra la tela.
Miguel tragó saliva. La noche, la música, el ron… y la cercanía de esa belleza morena le estaban nublando la cabeza. Recordó por un instante a Carlota, pero como habían hablado: le debía una. Y esta era su oportunidad en bandeja de plata.
—Lo está siendo —respondió finalmente, dibujando con el pulgar un pequeño círculo en la piel desnuda de la cintura de Alicia, justo donde terminaba su top. Ella notó el gesto y sus ojos chispearon de interés—. Pero podría ser mejor…
Alicia arqueó una ceja, divertida—. ¿Ah sí? ¿Cómo?
Miguel acercó sus labios a la oreja de ella esta vez, olfateando el aroma a vainilla que emanaba de su cuello—. Si bailaras conmigo, por ejemplo.
Alicia sonrió abiertamente. Sin responder, dejó su vaso vacío en la barra y tomó la mano de Miguel. Lo guió entre la multitud hacia un espacio donde podían moverse. Una canción urbana empezó a sonar, con un ritmo sensual.
Sin mediar palabra, Alicia comenzó a moverse contra Miguel, dándole la espalda. Pegó sus caderas a las de él, siguiendo la música con destreza. Miguel sintió esas nalgas firmes frotarse contra su pantalón y tuvo que respirar hondo para mantener la compostura. Posó las manos en sus caderas, dejándose llevar por el momento. Bailaron así, en estrecho roce, durante lo que pareció una eternidad deliciosa.
—¿Te estás quedando a gusto, asturiano? —bromeó Alicia girando la cara hacia él, rozando sus labios cerca de su mejilla.
—Mucho… —confesó Miguel, apretando un poco más la cintura entre sus manos.
Ella rió y se volteó de frente, pasando los brazos por encima de los hombros de Miguel. Ahora bailaban cara a cara, pegados. Alicia movía las caderas con maestría, rozando sus muslos con los de él. Sus pechos rozaban el torso de Miguel con cada paso lento. Él sintió su miembro endurecido palpitando contra la tela; estaba seguro de que Alicia lo notaba contra su vientre, porque la sonrisa de la chica se tornó más pícara.
—Hace calor aquí, ¿no? —dijo ella de repente, deteniendo el baile.
Miguel asintió, ligeramente desorientado por el deseo—. Podemos salir a tomar aire…
Alicia mordió su labio inferior un segundo, evaluándolo—. Mi casa está a dos calles —sugirió sin rodeos.
No hacía falta nada más. Miguel apenas tuvo tiempo de hacer una seña a lo lejos a sus amigos —que lo vieron partir con la chica y lo animaron entre silbidos— antes de dejarse arrastrar de la mano por Alicia a través de las callejuelas oscuras.
Llegaron a una pequeña casa de pueblo, de fachada amarilla y puerta de madera. Alicia buscó sus llaves bajo el felpudo.
—¿No están tus padres? —preguntó Miguel, de pronto consciente de la situación.
—No, vivo con mi hermana —respondió Alicia, encontrando la llave—. Pero tranquila, ella estará por ahí en la fiesta todavía.
Abrió la puerta y lo guió dentro. La casa olía a limpio con aroma a jazmín. Apenas entraron en el estrecho recibidor en penumbra, Alicia jaló a Miguel contra la pared y estampó sus labios contra los de él.
Miguel gimió de sorpresa, respondiendo al beso con hambre atrasada. Sus lenguas se encontraron de inmediato, explorándose con lujuria. Alicia sabía a mojito y algo dulce; su boca se movía con urgencia, devorándolo.
Mientras se besaban, Alicia deslizaba las manos bajo la camiseta de Miguel, acariciando su abdomen y su pecho definido. —Mmm… qué duro estás… —susurró contra sus labios, arañándole suavemente un pezón.
Miguel gruñó y aprovechó para bajar sus propias manos al trasero de Alicia, apretándolo por sobre la falda corta que llevaba. Era firme y redondo, delicioso al tacto. —Tú también estás dura en ciertos sitios… —replicó, refiriéndose a los pezones que había sentido tensos contra él.
Alicia sonrió con picardía y se separó un segundo para tirar de la camiseta de Miguel hacia arriba. Él colaboró alzando los brazos y pronto la prenda voló a un rincón. Alicia deslizó las uñas ligeras por el torso desnudo de Miguel, admirando—. Vaya, Asturias tiene buen género…
Él aprovechó para hacer lo mismo: agarró la basta del top rojo de Alicia y lo subió. Ella levantó los brazos y dejó que se lo quitara, revelando unos senos gloriosos: grandes, naturales, con pezones marrones oscuros que apuntaban erguidos. Miguel sintió que se le hacía agua la boca ante tal visión.
—¿Te gustan? —preguntó Alicia en tono juguetón, sacando pecho orgullosa.
—Me encantan… —respondió Miguel sinceramente. No resistió más: agachó la cabeza y capturó uno de esos pezones con su boca.
Alicia soltó un gemido—. Ah, sí… —Llevó una mano a la nuca de Miguel, animándolo a seguir.
Él lamió y chupó el pezón con dedicación, pasándolo entre sus labios, dándole pequeños tironcitos. Con la mano libre, amasó el otro pecho, sintiendo el peso y la suavidad en su palma. Alicia gemía bajito, arqueando la espalda para ofrecerle más.
Miguel bajó la otra mano por su espalda hasta el borde de la falda. Con determinación, la deslizó debajo de la tela, encontrando las bragas de Alicia. Frotó por encima de la tela de encaje su coño, notándola ya ardiendo.
—Qué malas somos las de pueblo, ¿eh? —susurró Alicia con tono travieso, refiriéndose a lo húmeda que estaba ya.
Miguel sonrió contra sus pechos—. Malísimas… —Y con un movimiento rápido, bajó la braguita por sus muslos.
Alicia se la quitó con una patada y se apresuró a desabrochar los vaqueros de Miguel. Mientras él terminaba de desnudarla, ella metió la mano en sus calzoncillos y cerró los dedos alrededor de su verga rígida.
—Hostia… —murmuró al notar la envergadura. Sacó el pene de Miguel hacia afuera, liberándolo—. Me llevé el premio gordo.
Miguel rió suavemente, gimiendo luego cuando Alicia empezó a masajearlo de arriba abajo con habilidad. Ella acariciaba su glande con el pulgar, repartiendo el líquido preseminal que ya rezumaba.
—Chúpamela —pidió él, sin poder aguantarse.
Alicia se dejó caer de rodillas sobre el suelo de madera del recibidor, quedando frente a la entrepierna de Miguel. Sin apartar la mirada de sus ojos, sacó la lengua y la paseó lentamente desde la base del tronco hasta la punta, saboreándolo.
Miguel apoyó la espalda contra la pared, abriendo ligeramente las piernas para darle mejor acceso. —Así… muy bien… —susurró, llevando una mano al cabello de ella.
Alicia introdujo la cabeza púrpura en su boca, succionando con fuerza mientras sus manos atendían el resto del miembro, una en la base y otra acariciando los testículos tensos. Poco a poco fue tomando más adentro, alternando chupadas profundas con jugueteos de lengua en la punta.
Miguel lanzaba pequeños gemidos bajos, tratando de no derrumbarse de gusto. La visión era magnífica: Alicia, morena y voluptuosa, de rodillas en el pasillo medio iluminado, con sus labios pintados de rojo rodeando su polla empapada. Sus propios gemidos de satisfacción se mezclaban con los de él, dándole feedback.
Tras un rato deleitándolo, Alicia sacó la verga de su boca con un pop húmedo y sonrió, limpiándose la comisura—. Quiero más de ti… —dijo con voz ronca.
Se levantó y tomó a Miguel de la mano, llevándolo a tientas por el pasillo hasta su habitación. Era un cuarto femenino con paredes claras y posters de grupos, pero Miguel apenas pudo fijarse en detalles antes de verse empujado sobre la cama.
Cayó sentado en el colchón y Alicia se puso a horcajadas sobre él al instante. Aún llevaba la falda puesta, pero la subió a su cintura, exhibiendo su coño cuidadosamente depilado en una estrecha franja.
Miguel deslizó los dedos por sus muslos y directamente a su chocho, recorriéndolo—. Estás empapada… —murmuró, sintiendo los pliegues caldositos.
—Por ti —replicó Alicia, besándolo con ansia. Sus labios devoraron los de Miguel mientras se acomodaba mejor sobre sus piernas. Buscó con su mano la punta de la polla de él y la posicionó entre sus labios vaginales, restregándola sin meterla aún.
Ambos jadearon ante la fricción provocadora. Alicia movió las caderas, deslizando la punta de la verga de Miguel de adelante atrás contra su entrada resbaladiza, golpeando ligeramente su clítoris con ella. Era un juego delicioso que la hacía temblar.
Miguel no aguantó más. Agarró las caderas de Alicia con firmeza y se inclinó hacia adelante para lamer uno de sus pezones, succionándolo de pronto. Alicia soltó un grito ahogado de placer y, en ese instante, ella misma empujó sus caderas hacia abajo, empalándose en su polla hasta la mitad.
—¡Aaah! —ambos gimieron al unísono.
Alicia se aferró a los hombros de Miguel, con la boca abierta en una expresión de puro goce. Su interior ardiente se había abierto para recibir a Miguel, y aunque sintió el estirón, era justo lo que buscaba.
Miguel, por su parte, casi ve chispas. La sensación de hundirse en aquella vagina estrecha y mojada fue gloriosa. La agarró más fuerte, conteniéndose para no correrse antes de tiempo.
—¿Te duele? —logró preguntar con voz tensa, preocupado por la brusquedad.
—N-no… me encanta… —gimió Alicia, y para demostrarlo volvió a bajar, tragándose un poco más de su longitud. Se mordió el labio, echando la cabeza atrás—. Joder… llena mucho…
Miguel gruñó, excitado por sus palabras sucias—. Toma todo lo que quieras, guapa.
Eso bastó. Alicia flexionó los muslos y terminó de hundirse hasta la base, soltando un gemido profundo cuando sintió a Miguel completamente dentro, tocando fondo en su vientre.
—¡Sí! —chilló, y empezó a cabalgarlo sin piedad.
Subía y bajaba sobre él a un ritmo frenético, haciendo que la cama crujiera. Miguel se echó hacia atrás apoyando las manos en la colcha, deleitándose con el espectáculo: los pechos de Alicia rebotando cada vez que sus caderas chocaban, su rostro concentrado de placer, la forma en que su polla brillaba de los jugos de ella cada vez que asomaba.
—Así… fóllame… —gemía Alicia, clavándole las uñas en el pecho de Miguel mientras marcaba el paso—. Dios, qué rico la tienes…
Miguel apretó la mandíbula, notando la tensión creciendo en sus bajos. Decidió tomar el control antes de correrse tan pronto. Con un movimiento ágil, sujetó a Alicia por la espalda y la hizo girar, quedando él encima ahora sin salirse de dentro.
—¡Oh! —exclamó ella, sorprendida gratamente.
Miguel sacó casi por completo su miembro y lo metió de nuevo lento y profundo. Alicia gimió, echando las piernas arriba para rodearle la cintura.
—¿Así te gusta? —preguntó Miguel, empezando a bombear con un vaivén intenso.
—Sí… así… más fuerte… —suplicó ella, alzando las caderas para recibirlo más duro.
Miguel obedeció. Aumentó la velocidad y la fuerza, embistiéndola con ganas, haciéndola moverse en la cama con cada arremetida. El cuarto se llenó del sonido rítmico de sus pelvis chocando y los gemidos de ambos.
Alicia gritaba obscenidades: —¡Así, joder… dame más! Mmm, me corro… me corro! —De repente, clavó los talones en la espalda de Miguel y su cuerpo se tensó.
Miguel sintió las paredes internas de Alicia contraerse salvajemente alrededor de su polla. Ella gritó un ¡sí! agudo y empezó a correrse, temblando bajo él. Un torrente de calor y fluido humedeció aún más su unión.
La visión y la sensación fueron demasiado para Miguel. Se salió de golpe, su verga bañada y palpitante, al borde del clímax. Tenía la respiración desbocada y la mente nublada de lujuria.
—En tu boca… —dijo con voz ronca, tirando de la cadera de Alicia para que se pusiera de lado.
Pero Alicia negó, aun con la cara sonrojada de su orgasmo—. No, quiero que te corras sobre mí —jadeó. Se incorporó débilmente y se tumbó boca arriba en la cama, juntando sus pechos con las manos—. Aquí… —indicó, ofreciendo su escote como recipiente.
A Miguel casi le da algo de la emoción. Se arrodilló sobre la cama, colocándose sobre Alicia. Con mano temblorosa se arrancó el condón que había logrado ponerse en algún momento (ya no recordaba cuándo) para poder complacer su petición. Empezó a pajearse frenéticamente mirando la escena: Alicia, desnuda y sudada, apretando sus grandes tetas juntas, mirándolo con deseo desbocado—. Dame tu lechita… —murmuró sucia.
Esa frase fue la gota final. Miguel gruñó desde lo más hondo, sintiendo el orgasmo explotar. Apuntó la punta de su polla hacia su pecho y dejó que ocurriera.
—¡Ahhh! —jadeó aliviado, viendo su semen salir a borbotones espesos. El primero salpicó la barbilla y cuello de Alicia; los siguientes cayeron sobre sus senos generosos, escurriendo por su piel bronceada. Alicia gemía al sentirlo, restregándose con las manos para extender la corrida caliente por sus pechos.
Miguel siguió masturbándose hasta vaciarse por completo. Un último hilo le cayó directamente en el labio inferior a Alicia, quien lo lamió sin pudor, sonriendo con ojos entrecerrados.
—Mmm… estás rico… —dijo traviesa, tragando lo que capturó con la lengua.
Miguel, temblando aún por las sacudidas post-orgásmicas, tuvo que apoyar una mano en la pared para no desplomarse. —Joder… —susurró riendo, incrédulo de lo que acababa de vivir.
Alicia se incorporó un poco, quedando sentada con sus pechos aún goteando semen. —Ha sido… increíble —admitió, mirándolo con satisfacción.
Miguel se dejó caer a su lado en la cama, pasando una mano por su pelo empapado de sudor—. Desde luego… —Respiraban ambos agitadamente, pero sonreían.
Alicia agarró su braguita del suelo y empezó a limpiarse el pecho con ella, aún con risita satisfecha. Miguel la ayudó, usando su propia camiseta abandonada para secar los rastros blancos de su cuello y rostro.
—Menuda forma de conocer a alguien, ¿eh? —bromeó Alicia.
Miguel rió—. Desde luego no lo olvidaré.
Se miraron con complicidad. Alicia, ya más limpia, se acercó a darle un beso suave en los labios a Miguel. Este le acarició la mejilla en un gesto dulce.
—Debería volver con mis amigos… —murmuró él, aunque no tenía muchas ganas de moverse.
—Lo entiendo —dijo Alicia, poniéndose en pie sin atisbo de vergüenza por su desnudez—. Yo haré lo mismo en cuanto me duche. —Se giró para mirarlo con picardía—. Aunque si quieres repetir antes de irte… —dejó la frase en el aire.
Miguel tentado estuvo de lanzarse de nuevo, pero su cuerpo exhausto protestó. Negó divertido—. Si repito ahora me matas, morena.
—Lástima —sonrió Alicia, guiñándole un ojo.
Miguel se puso de pie, encontrando sus calzoncillos y pantalones desperdigados. Se vistió lo mejor que pudo, notando ciertas partes de su ropa húmedas aún de sus juegos. Cuando estuvo listo, Alicia —ya con una bata ligera encima— lo acompañó hasta la puerta.
—Que tengas buen viaje, asturiano —se despidió ella, dándole un último beso breve en la boca.
—Tú pásalo bien, y gracias por la hospitalidad —repuso él con una sonrisa ladina.
—Gracias a ti por… —Alicia bajó la mirada a su escote con significado—…el regalito.
Miguel se echó a reír y, con ese subidón de ego y dopamina, salió a la calle nocturna tambaleándose apenas.
Tuvo que preguntar un par de veces para orientarse de vuelta a la plaza del pueblo. Cuando llegó, la verbena seguía pero más calmada. Localizó a sus amigos cerca de la iglesia, charlando animadamente con un grupo de chicas.
—¡Hombre! ¡El desaparecido! —gritó Arnau al verlo venir.
Luis y Jordi se giraron y al instante estallaron en aplausos burlones. —¡Ese Miguelón! —vitoreó Jordi—. ¿Qué? ¿Cómo te fue con la morena? —preguntó sin tapujos, probablemente con unas copas de más encima.
Miguel llegó con aires de triunfo—. Chicos… —inclinó la cabeza en reverencia exagerada—. No os lo vais a creer…
Luis le pasó un brazo por los hombros y le revolvió el pelo, riendo—. Qué cabrón… mírale la cara, Arnau. Está radiantito.
—Eso es cara de que le han vaciado los huevos tres veces —soltó Arnau en chiste, haciendo reír a las chicas presentes que escuchaban.
Miguel solo sonrió de oreja a oreja—. Algo así…
—Venga, tendrás que contárnoslo con pelos y señales luego —dijo Jordi, dándole un codazo.
—Hecho —prometió Miguel. Y sin poder evitarlo, añadió en voz más baja sólo para sus colegas—: Menuda deuda acabo de cobrarme, chavales.
Sus amigos entendieron la referencia y las risas cómplices no tardaron.
Con el grupo reunido de nuevo, disfrutaron un rato más de la música y la compañía, pero poco después decidieron emprender el camino de regreso a casa. La adrenalina del día y la noche se agotaba.
A la mañana siguiente, tras recoger la casa y despedirse con abrazos, emprendieron el viaje de vuelta a Madrid. En el coche, todos venían más callados, relajados, recuperándose de la sucesión de placeres y excesos vividos.
Miguel, sentado atrás junto a Luis, aprovechó un tramo de autopista para sacar su móvil sin que los demás se percataran mucho. Abrió el chat con Carlota. Habían intercambiado un par de mensajes escuetos el día anterior, pero nada detallado.
Sus dedos teclearon con rapidez una frase:
“Tranquila, que ya me he cobrado la que te debía.”
Lo leyó dos veces, notando una sonrisa traviesa formarse en su rostro, y presionó enviar. Luego apagó la pantalla, mirando por la ventanilla el paisaje que pasaba borroso bajo el sol de mediodía. Se sentía exhausto, sí, pero satisfecho en todos los sentidos. Al fin la cuenta con Carlota estaba saldada… y vaya si había valido la pena.
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