Compañeros - Capítulo 21: Tres no son multitud
Capítulo 21 - Tres no son multitud Luis comprobó por enésima vez su reflejo en el espejo del armario. Se pasó una mano nerviosa por el pelo negro ensortijado, despeinándolo con ese toque casual que sabía que le sentaba bien. Llevaba solo…
Capítulo 21 - Tres no son multitud
Luis comprobó por enésima vez su reflejo en el espejo del armario. Se pasó una mano nerviosa por el pelo negro ensortijado, despeinándolo con ese toque casual que sabía que le sentaba bien. Llevaba solo unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca ajustada; suficientemente atractivo pero cómodo. Había recogido un poco la habitación 408, o al menos su lado, para causar buena impresión. Las sábanas de su cama estaban limpias, la ventana abierta ventilaba el olor a testosterona que solía acumularse allí tras sus entrenamientos. Todo listo, pensó.
Miró el reloj de su móvil. Las 9:47 pm. Marta llegaría de un momento a otro. Habían quedado a las diez menos cuarto. Él llevaba media hora esperando, incapaz de estarse quieto: subía los pies a la cama, los bajaba, encendía el cigarro que había prometido no fumar dentro, lo apagaba enseguida. Tranquilo, cabrón, se dijo a sí mismo. No era la primera vez que iba a follar con Marta. Llevaban ya varios meses de rollo intenso, viéndose siempre que podían para desfogarse.
Miguel… Luis sonrió fugazmente al recordar la cara que había puesto su compi cuando, un rato antes, Luis le había pedido el cuarto. —Ya ves cómo está el tema —le dijo señalando los mensajes coquetos de Marta en el móvil. Miguel se rió y, con la mejor onda, agarró sus cosas de estudio para irse a la sala común: —Tranquilo, tío. Yo me bajo un par de horas, sin problema. Pero ventila luego, cerdo —bromeó dándole un puñetazo amistoso en el hombro antes de salir.
Ahora, mientras esperaba, Luis se asomó a la ventana a ver si la veía llegar por la calle. El aire fresco de la noche madrileña le calmó un poco los nervios. ¿Por qué estás nervioso?, se preguntó con ironía. Con Marta tenía confianza de sobra. Quizá era la emoción de poder estar en su propio territorio; hasta ahora normalmente siempre se veían en el piso de ella o se las apañaban en rincones improvisados.
El sonido del móvil lo hizo girarse de golpe. Un WhatsApp: “Ya estoy aquí abajo, ¿me abres? 😏” de Marta. Luis sintió un cosquilleo en el estómago. Vamos allá. Pulsó el botón del portero automático en la habitación y luego salió al pasillo para esperar junto al ascensor. Por protocolo, las visitas debían dejar DNI en recepción, pero a esas horas los encargados tenían manga ancha y ya conocían a Marta de otras veces que venía a buscarlo.
El ascensor emitió un ding y las puertas se abrieron. Allí estaba Marta, y solo al verla Luis notó cómo su sangre se dirigía rauda hacia lugares específicos. Llevaba unos vaqueros ajustadísimos de color negro que le sentaban como un guante, marcando sus muslos y ese culo redondo que volvía loco a cualquiera. Arriba, vestía solo un top corto de color rojo oscuro, sin tirantes, que abrazaba sus pechos generosos; saltaba a la vista que no llevaba sujetador, porque el escote dejaba ver la forma natural de sus tetas, firmes pese a su tamaño. Su pelo castaño ondulado caía suelto sobre los hombros. Y esa sonrisa… Marta sonreía con picardía apenas salir del ascensor, sabiendo el efecto que tenía sobre él.
—¡Hola Lucho! —saludó en voz baja, pues era norma mantener discreción en los pasillos. Al instante él la rodeó con un brazo por la cintura y la atrajo para besarla. Marta correspondió con gusto, plantándole un beso sonoro en la comisura de los labios—. Qué ganas tenía de verte…
—Y yo, joder… —susurró Luis, dándole otro beso, esta vez de pleno en la boca. Un beso rápido, porque escuchó alguna puerta abrirse en el fondo del pasillo—. Vamos dentro antes de que montemos un espectáculo.
Marta rió y dejó que Luis la guiara con un brazo aún rodeándola. Entraron en la habitación 408 y Luis cerró con pestillo para evitar sorpresas. En cuanto quedaron a solas, Marta se pegó a él, apoyándolo contra la puerta. —A ver, déjame verte… —dijo juguetona, repasando con sus ojos color avellana el cuerpo de Luis. Con ambas manos le agarró la camiseta por el dobladillo y se la subió apenas, lo justo para colar las manos y palpar sus abdominales duros—. Mmm, tenías mono, ¿eh? Que me dijiste de vernos un lunes…
Luis sonrió, echando el cerrojo. Las manos de Marta en su estómago ya lo estaban poniendo cachondo. —Lunes, martes… cuando sea —replicó, besándola otra vez, ahora con más ganas.
El beso subió rápidamente de intensidad. Marta sabía usar muy bien la lengua; la entrelazó con la de él en una danza húmeda, mientras sus dedos trazaban caminos por el torso desnudo bajo la camiseta, tentadores. Luis deslizó sus manos a la espalda baja de ella, debajo del top, notando la piel suave y tibia. No lleva sujetador, confirmó en su cabeza, excitándose más con la idea.
Se separaron un instante para tomar aire. Marta se mordió el labio con deseo, mirando a su alrededor con curiosidad. —¿Esta es tu guarida, eh? —dijo recorriendo la pequeña habitación con la mirada—. Mono tu cuarto. Bastante limpio para lo que esperaba.
Luis se rió, rascándose la nuca. —Hombre, me esforcé un poquito… no todos los días te tengo aquí. —Aprovechó la pausa para acercarse a la ventana y sacar medio cuerpo, encendiendo un cigarrillo rápidamente—. ¿Te importa? Prometo soplar pa’ fuera.
—Nah, dame una calada —pidió Marta, acercándose por detrás para rodearlo con sus brazos por la cintura. A Luis ese gesto le encantó; sentir los pechos de ella aplastados contra su espalda mientras exhalaba humo era gloria. Le pasó el cigarro. Marta aspiró una calada profunda con aire despreocupado—. Ah, qué gusto… Lo necesitaba después de la mierda de día que tuvo.
Luis se giró con interés. —¿Qué pasó?
Marta puso los ojos en blanco, entregándole el pitillo de vuelta. —Uf, pues lo de siempre: mis compis de piso son unas guarras que no limpian nada. Me tocó fregar un montón. Y en la uni, un profesor imbécil me echó la bronca por llegar tarde… Bah, nada que valga la pena arruinar la noche.
Luis asintió, tirando la ceniza por la ventana. —Olvídate de todo eso. Hoy solo hay buenas vibras. —Le dio una palmadita en el culo, que resonó leve en la habitación. Marta chasqueó la lengua con fingida indignación y se separó un poco.
—¿Tienes birras? —preguntó, mirando hacia el escritorio donde había una mini nevera portátil.
—Claro. Obvio. —Luis se apresuró a ir al frigo y sacó dos latas heladas. Le ofreció una a Marta, que se sentó en la silla de Miguel cruzando las piernas con elegancia. Abrió su lata con un pssh y brindó en el aire.
—Por nuestros lunes atípicos —dijo con una risita, chocando su lata con la de él. Ambos bebieron un trago. La cerveza fresca relajó aún más el ambiente. Luis puso música suave en el altavoz del móvil, un indie rock de fondo, y se sentó en el borde de la cama, frente a Marta.
—¿Sabes? Miguel me estuvo preguntando por ti el otro día —comentó Luis, recordando la charla reciente con su compañero.
—¿Ah, sí? —Marta levantó las cejas, interesada. Dio un sorbo y se inclinó hacia él—. ¿Y qué te dijo?
Luis sonrió de medio lado. —Pues… lo típico, que cómo lo llevamos, que si seguimos de follamigos…
Marta soltó una carcajada. —¿Así mismo lo dijo? Qué morro.
—Es nuestro término técnico —bromeó él. —Yo le dije que tú eras la hostia. Que tienes un cuerpazo increíble y en la cama eres pura dinamita… —Repitió prácticamente lo que le había contado a Miguel.
Marta rió con aire satisfecho y seductor. —¿Ah sí? ¿Eso dices de mí? —Se levantó de la silla, dejando la lata a un lado, y caminó hacia él con paso lento. Balanceaba las caderas deliberadamente—. ¿Que soy dinamita en la cama?
Luis tragó saliva al verla acercarse así. Sus ojos bajaron automáticamente al vaivén de sus tetas bajo el top. Se estaba poniendo duro ya. —Y-ya lo creo… —afirmó, esbozando una sonrisa hambrienta. Apoyó su cerveza en el suelo sin quitarle la mirada de encima.
Marta se detuvo entre sus piernas abiertas. Colocó las manos en sus hombros y pasó una pierna por encima, montándose a horcajadas sobre él. Luis contuvo la respiración un segundo ante ese movimiento; ahora tenía el rostro a la altura del escote de Marta, y vaya visión. La forma redondeada de sus pechos lo tentaba por encima de la tela roja.
—¿Sabes qué digo yo de ti? —preguntó Marta en susurro, acercando sus labios al oído de Luis mientras se acomodaba a horcajadas. Le arrebató el cigarro de los dedos para dejarlo en el cenicero cercano, sin apartar nunca su cuerpo del contacto con él.
—¿Qué dices? —consiguió preguntar Luis, llevándose automáticamente las manos a la cintura de ella. Notó la piel caliente bajo sus dedos donde el top terminaba.
Marta exhaló, rozándole la oreja con los labios. —Que eres un puto animal. —Y con eso, bajó la boca a su cuello, mordisqueándolo con pasión.
Luis gruñó suave. La forma en que Marta lamía y mordía su cuello siempre lo enloquecía. Sus manos subieron por la espalda de ella, descubriéndola desnuda —efecto de no llevar sujetador—, y continuaron ascendiendo hasta hundirse en su melena. Tiró ligeramente de su pelo hacia atrás para exponer su rostro. Marta lo miró con ojos cargados de deseo.
En un movimiento rápido, Luis capturó sus labios con los suyos, besándola con avidez. Marta gimió contra su boca, restregando su cuerpo contra él. La posición era perfecta para sentir cómo la entrepierna de Marta, apenas cubierta por los vaqueros, rozaba el bulto creciente en sus jeans. Luis endureció al instante y no pudo evitar empujar un poco hacia arriba con las caderas, buscando más fricción.
—Mmm, espera… —murmuró Marta, separando un segundo sus labios. Se incorporó apenas para agarrar el bajo de su top—. Me está molestando esto.
Luis observó con fascinación cómo Marta se quitaba el top de una sola vez, revelando su pecho desnudo. Las tetas le saltaron libres, rebotando tentadoras frente a su cara. Eran gloriosas: grandes, naturales, de pezones rosados ahora duros por la excitación.
—Joder… —suspiró Luis, sin poder contenerse. Llevó la boca directamente a uno de aquellos pechos, atrapando el pezón entre sus labios. Empezó a chuparlo con gula, saboreándolo como un caramelo.
—¡Ahh…! —Marta echó la cabeza atrás, sorprendida por la ansiedad de Luis—. Tranquilo, bebe, que hay de sobra… —rio entre gemidos, hundiendo las manos en el pelo rizado de él, guiándolo de un pecho a otro.
Luis alternó su atención, lamiendo y succionando los pezones duros, rodeando la areola con la lengua. Los chupaba con fuerza, llenándose la boca de esa carne caliente, mientras sentía cómo Marta volvía a restregarse contra su paquete. Cada gemido de ella le alimentaba el ego y las ganas.
Envalentonado, deslizó una mano entre sus cuerpos, directo al frente de los vaqueros de Marta. Desabrochó el botón sin esfuerzo y bajó la cremallera. Marta se mordió el labio sin dejar de mirarlo. Cuando sintió los dedos de Luis colándose por dentro de sus bragas, soltó un jadeo ahogado.
—Estás empapada, reina… —susurró Luis con voz ronca, notando sus dedos cubrirse de la humedad en la vulva de Marta. Pasó la yema del dedo corazón por toda la hendidura, encontrándola abierta, caliente. Marta gimió y empezó a moverse lentamente, follándose con su mano.
—Claro… ¿qué esperabas? —logró replicar entrecortada, apoyando la frente en la de él. La invasión de esos dedos era justo lo que necesitaba—. Llevo cachonda todo el día pensando en esto…
Luis sonrió contra sus labios, satisfecho. Sin más preámbulos, hundió su dedo corazón entero dentro de Marta, que soltó una palabrota. Empezó a meter y sacar el dedo, despacio. Luego añadió el índice para ensancharla. Marta gemía bajito, moviendo las caderas al ritmo de la penetración manual.
Su otra mano aprovechó para apretar una nalga de Marta por encima del pantalón bajado. —Vamos a la cama, anda… —dijo Luis de repente, con la voz tensa. No aguantaba más tenerla encima sin estar dentro de ella.
Marta asintió fervorosamente. Se levantó de su regazo, ayudada por él. En un torbellino de impaciencia, Luis se puso de pie y acabó de bajarle los vaqueros a Marta, que tuvo que apoyarse en él para no caerse al quitarse los pitillos tan ceñidos. Rieron por lo bajo en ese forcejeo sexy hasta que finalmente la prenda salió volando hacia una esquina. Marta quedó únicamente con un tanga negro minúsculo que no cubría prácticamente nada.
Luis se tomó un microsegundo para admirarla de pie frente a él: su figura curvilínea, con esos pechos enormes al aire, la cintura estrecha, las caderas y muslos potentes… y esa diminuta tela negra empapada entre sus piernas. Se lamió los labios—. Estás… buf… —no encontró palabras; solo gruñó de gusto y la empujó con suavidad sobre la cama.
Marta cayó de espaldas riendo, pero la risa se le quebró en un gemido cuando Luis enganchó sus dedos al elástico de su tanguita y se lo quitó de un tirón. El frío del aire en su sexo húmedo la hizo estremecer. Abrió las piernas sin vergüenza, mostrándole lo lista que estaba para él.
—Mira qué coño más bonito tienes… —soltó Luis, arrodillándose sobre el colchón entre sus muslos. Con dos dedos separó los pliegues brillantes de su intimidad, admirando la vista por un instante: su entrada se contraía, pidiendo guerra; su clítoris sobresalía erecto y enrojecido—. Y es todo mío esta noche. —Dicho eso, se agachó y le dio a Marta un lametón directo al clítoris.
—¡Ah! Cabrón… —chilló ella, hundiendo la cabeza en la almohada. Pero antes de que pudiera recrearse, Luis ya se incorporaba de nuevo.
Él se llevó los dedos a la boca, probando la humedad de Marta con descaro. —Mmm… deliciosa. —Sus ojos centelleaban. Estaba tan empalmado que dolía contra la tela. Se levantó un segundo para quitarse de una vez los vaqueros y los calzoncillos, que salieron disparados hacia el suelo. Su polla, gruesa y erecta, saltó hacia arriba liberada.
Marta se incorporó apoyándose en los codos para mirarla con lujuria. —Ven aquí, toro… —lo provocó, abriendo los brazos para él. Luis sonrió y se lanzó encima, capturando sus labios de nuevo en un beso feroz.
—¿Tienes condón? —susurró Marta entre besos. Era la única pausa responsable que hacían siempre.
Luis asintió, alargando la mano al cajón de su mesilla. Sacó un preservativo que tenía estratégicamente colocado ahí. Marta se lo arrebató juguetona—: Deja, yo te lo pongo.
Luis se mordió el labio viendo cómo ella sostenía la gomita entre los dientes para abrirla. Su mano pequeña y firme rodeó su verga, provocándole un escalofrío de placer anticipado. Con pericia, Marta colocó la punta del condón en el cabezal púrpura de su polla y desenrolló el látex hasta la base. Lo hacía tan sexy, mirándolo a los ojos con esa sonrisita… Luis casi se corre ahí mismo. Pero aguantó, respirando hondo.
—Ahora sí, fóllame como sabes —le susurró Marta al oído, tirando de él para que la cubriera.
Luis no necesitaba más invitación. Se acomodó entre sus piernas, que Marta enganchó alrededor de sus caderas. Con una mano guió el glande envuelto a la entrada de ella, restregándolo un par de veces por sus labios mojados. Ambos gimieron con ese roce.
Finalmente, Luis empujó despacio. La punta se abrió camino fácilmente en la vagina resbaladiza. —Dios… qué caliente estás… —masculló, hundiéndose centímetro a centímetro. Los talones de Marta se clavaban en sus lumbares, instándolo a no detenerse.
—Métemela toda… —imploró ella, con los ojos apretados. Sentir esa polla llenándola la volvió loca al instante. Luis no la torturó más: de un golpe de caderas se enterró por completo, hasta los huevos. Marta gritó, agarrándolo fuerte de la espalda—. ¡Sí!
—Joder, qué gusto… —bufó Luis, inmóvil un segundo dentro de ella, saboreando la manera en que las paredes internas de Marta se amoldaban a su verga como un guante húmedo. Luego comenzó a moverse, sacando casi todo y volviendo a embestir con fuerza.
La cama chirrió bajo su peso cuando empezó a follarla con ganas. Marta gemía abiertamente en cada arremetida; no le importaba si alguien escuchaba. Clavaba las uñas en los omóplatos de Luis, elevando las caderas para recibirlo más profundo.
—¡Así, así…! —jadeó—. Fóllame duro, Luis… Dame con todo…
Esas palabras encendieron aún más a Luis, que sujetó una de las piernas de Marta por el muslo para abrirla más y poder entrar incluso más hondo. Aceleró el ritmo, su pelvis chocando contra la de ella con chasquidos húmedos. —Toma… toma… —murmuraba cada vez que se enterraba hasta el fondo. Ver la cara de placer de Marta, sus pechos rebotando con cada sacudida, sus labios entreabiertos gimiendo su nombre… era un espectáculo que amenazaba su aguante.
Para no correrse demasiado pronto, Luis disminuyó la velocidad tras unos minutos y cambió de posición. —Ponte arriba, guapa… —dijo sin aliento. Marta asintió, y con torpeza pero urgencia invirtieron papeles. Ahora Luis se recostó de espaldas y Marta se subió encima a horcajadas.
—¿Listo para el show? —ronroneó ella, agarrando la base de la polla de Luis para recolocársela en la entrada.
—Dale… —sonrió él, las manos posadas en sus caderas.
Marta descendió de golpe, empalándose hasta el fondo con un gemido gutural. Sin darle respiro, comenzó a cabalgarlo con brío. Sus rodillas se afirmaban en el colchón mientras subía y bajaba, haciendo que el miembro de Luis entrara y saliera de su coño rápido y profundo. —Ohh… te sientes tan bien dentro… —soltó Marta, echando la cabeza atrás, disfrutando de cada centímetro rozando su punto G.
La vista era pornográfica: Luis miraba embelesado cómo esas tetas enormes saltaban frente a su cara cada vez que Marta caía sobre él. Incapaz de resistir, se incorporó ligeramente para atraparlas una vez más con su boca. Mordió y lamió sus pezones, alternando la mirada entre ellos y la expresión éxtasis de Marta. Ella no paraba de moverse sobre su verga, incluso intensificó los brincos cuando él empezó a chuparle los senos.
—¡Me corro… me corro! —avisó Marta de pronto, temblando. Efectivamente, una ola de calor le subió desde el vientre: llevaba tiempo al borde y decidió dejarse caer. Con un último rebote, se dejó empalar completamente y su cuerpo estalló en orgasmo. —¡Ahhh, sííí! —gritó con una risa de puro alivio, convulsionando sobre él. Sus paredes vaginales apretaron con fuerza la polla de Luis dentro de ella, palpitando sin control.
—Hostia… —gimió Luis, sintiendo cómo el coño de Marta estrujaba su polla en oleadas. Aquella sensación unida al ver a Marta correrse con esa intensidad casi lo hace seguirla. Pero apretó la mandíbula y se contuvo lo mejor que pudo. Aún no quería terminar.
Marta se desplomó sobre él, jadeando y riendo suavemente, con el sudor perlándole la frente. —Dios… —susurró, dejando un beso baboso en el cuello de Luis—. Casi veo estrellitas…
Luis sonrió, pasando la mano por su cabello húmedo en la nuca. Bajó la vista: su polla seguía enterrada, dura como piedra, dentro de ella. Los movimientos involuntarios del orgasmo de Marta lo habían dejado al borde del abismo, así que necesitaba enfriarse un poco. Con ternura, la sacó despacio de encima. Su miembro salió de aquel calor con un pop húmedo y quedó apuntando brillante al techo.
—Ven aquí… —dijo él, levantándose de la cama con Marta en brazos. Ella pataleó riendo, sorprendida por el ímpetu. Luis la llevó hacia el pequeño baño contiguo de la habitación. Era casi un aseo: solo cabían un lavabo y una ducha mínima. Pero a él se le ocurrió en calentón. Abrió la puerta de un manotazo y guio a Marta frente al espejo del lavabo, donde la giró para que se apoyara con las manos en la cerámica.
—¿Otra vez en el espejo, pillín? —bromeó Marta, pero en sus ojos renacía la lujuria. Adoraba ver cómo Luis tomaba la iniciativa con esa fuerza viril.
Luis sonrió, ubicándose tras ella. —La última vez te encantó, ¿no? —Le dio un azote cariñoso en una nalga que la hizo saltar. Sus miradas se encontraron en el espejo: la de él, oscura de deseo; la de ella, brillando de anticipación—. Agáchate un poco.
Marta arqueó la espalda, sacando el culo en pompa y apoyándose con los antebrazos en el lavabo. El edredón medio caído de la cama les cubría un poco las piernas, una escena caótica y tremendamente erótica. Luis contempló la espalda de Marta descender en una curva perfecta hasta esas nalgas redondas y separadas, ofreciendo una visión completa de su sexo desde atrás: los labios aún enrojecidos, un hilillo de flujo resbalando hacia su ano rosado. Jesucristo…, juró para sí. Agarró su pene por la base y lo guió de nuevo.
Sin preliminares, la penetró de un solo golpe desde atrás, deslizando su longitud entera de regreso en esa vagina que lo reclamaba. Marta gritó de gusto, agarrándose al borde del lavabo. Luis sujetó con una mano una de sus caderas y con la otra apretó la nuca de Marta hacia abajo, dominándola con suavidad contra el espejo. Ella lo miró a través del cristal, pura lujuria rendida.
—¿Te gusta así, eh? —gruñó Luis, empezando a follarla con embestidas profundas y controladas. El nuevo ángulo le permitía llegar hasta lugares recónditos en Marta, a juzgar por cómo ella abría la boca en cada entrada.
—¡Sí… me encanta…! —sollozó ella, nublada por el placer. Sus pechos colgaban rebotando bajo su torso con cada sacudida, chocando contra el borde frío del lavabo, pero eso solo añadía más morbo—. Dame más fuerte… por favor… —pidió entre gemidos.
Luis gruñó de nuevo y obedeció. Aceleró sus caderas, haciendo temblar la estrecha estancia con el ruido de carne contra carne. Los gemidos de Marta pronto se convirtieron en grititos agudos; tuvo que morder el dorso de su mano para no chillar demasiado. La imagen en el espejo era hipnótica: Luis detrás de ella, fornido y moreno, bombeando con sus abdominales tensos; Marta delante, con el rostro sonrojado de éxtasis, sus ojos entornados de puro vicio y los labios formando o de placer.
No tardó en sentir otro orgasmo merodeándole. Apenas había terminado el anterior y ya su cuerpo pedía rendirse de nuevo a la verga implacable de Luis. —Luís… Luís, para… —musitó de pronto, casi sin voz.
Él se detuvo en seco, alarmado. —¿Te hago daño?
Marta negó, respirando agitada, y se enderezó un poco contra su pecho sin sacárselo. Giró el cuello para mirarlo sobre el hombro—. Cielo… quiero… —tomó aire—, ¿tienes más condones?
Luis frunció el ceño con curiosidad y señaló hacia su mesilla en la habitación. —Ahí hay… ¿por?
Marta sonrió de forma traviesa. —Porque quiero que te corras con Miguel —soltó directamente.
Luis parpadeó. —¿Qué? —No estaba seguro de haber escuchado bien.
Marta se giró completamente, quedando esta vez sentada en el borde del lavabo, cara a él. Luis seguía dentro de ella, aunque hasta la mitad. —Que me apetece hacerlo con los dos —repitió sin rodeos, pasándose la lengua por el labio superior—. Quiero un trío. Tú, yo… y tu compi.
El cerebro de Luis tardó un par de segundos en procesarlo. ¿Marta proponiendo… un trío con Miguel? Jamás se le habría ocurrido que ella tuviera esa fantasía. Su polla reaccionó dando un respingo dentro de Marta, lo que la hizo soltar una risita.
—¿Estás de coña? —logró decir Luis finalmente, con una mezcla de sorpresa y excitación creciente pintada en la cara.
—Para nada —respondió Marta, rodeando el cuello de él con sus brazos para hablarle cerca de los labios—. Tengo curiosidad por tu amiguito desde hace tiempo. Es tímido y es mono. Me pone… —admitió, frotando su nariz contra la de él—. Y sé que a ti también te va la marcha… ¿o me equivoco?
Luis tragó saliva. Las palabras de Marta le encendían cada vez más la imaginación. ¿Miguel, él y Marta? Recordó que hacía poco había fantaseado con algo así en conversaciones con Jordi y Arnau… ¿Podría hacerse realidad? Era cierto que tras tantas experiencias locas, lo veía con menos tapujos. Además, Miguel era su hermano; confianza había de sobra. Sin embargo, debía asegurarse: —¿Estás segura? —preguntó, moviendo un poco las caderas para mantener la tensión placentera—. Igual Miguel no quiere…
Marta gimió leve con el movimiento y sonrió. —Dudo que diga que no… —Sus manos bajaron por el pecho de Luis en caricias—. Y si lo dice, me lo follo yo solita, no hay drama.
Luis soltó una carcajada. Esa tía era tremenda. —Vale… —cedió finalmente, notando la emoción bullir en su pecho—. Vamos a liarla, entonces.
Marta dio un brinco emocionado, que se tradujo en un apretón interno alrededor de la polla de Luis. —¡Sí! —Exclamó bajito, besándolo con un chasquido rápido—. Llama al pardillo de tu compi, anda…
Luis se salió con cuidado de Marta, su miembro empapado de todos sus jugos aún duro apuntando al techo. Se quitó el condón usado —había aguantado tanto que ya se empezaba a resecar— y lo tiró. Mientras Marta se enjuagaba rápidamente la entrepierna y se arreglaba el pelo frente al espejo, él buscó su teléfono móvil. Tenía un mensaje de Miguel de hacía unos minutos: “Tranquilo bro, tomate tu tiempo” con un par de emoticonos de guiño.
Luis rio para sí y le escribió: “Oye, ¿puedes subir un segundo? Necesito una cosa”. Intentó sonar casual.
La respuesta tardó menos de diez segundos: “¿Ya? Ok, voy”.
Luis sintió los latidos en las sienes. Miró a Marta, quien se estaba poniendo de nuevo el tanga negro y ni se molestó en taparse los pechos. Ella le guiñó un ojo al notarlo mirarla. —¿Lista? —le preguntó Luis, acercándose. Se sentía de pronto algo nervioso; no sabía cómo demonios introducir a Miguel en lo que estaban a punto de proponer.
Marta asintió con media sonrisa, se acercó y le pasó las manos por los costados, acariciándolo. —Tranquilo, yo me encargo de calentar el ambiente… —susurró, rozando sus labios.
Un par de minutos después, se oyó la llave en la puerta. Luis y Marta intercambiaron una mirada cómplice: había llegado el momento. Marta se sentó en la cama de Luis, que estaba contra la pared opuesta a la puerta, y fingió estar hojeando una revista que había allí. Luis se puso la camiseta (ya que estaba desnudo) pero dejó sus pantalones en el suelo; total, en breve saldrían sobrando. Se mantuvo de pie junto a la cama, adoptando una pose despreocupada.
La puerta se abrió un poco, asomó la cara de Miguel con expresión precavida. —¿Se puede? —preguntó, antes de levantar la vista del suelo. Claramente no quería toparse con nada incómodo.
—¡Sí, tío, pasa, pasa! —dijo Luis con tono perfectamente normal, como si nada. Miguel empujó la puerta del todo y entró… quedándose congelado al instante al ver a Marta sentada allí.
—Ehm… —Miguel se ruborizó violentamente y miró hacia otro lado—. Perdón, no sabía que…
—Tranqui, Miguel —intervino Marta antes de que él retrocediera—. No pasa nada.
Miguel tragó, aún sin atreverse a mirarla fijamente. Notaba su rostro arder; Marta estaba ahí, con solo unos vaqueros entreabiertos y… ¿sin sujetador? Tenía un brazo estratégicamente cubriendo sus pechos, pero Miguel alcanzó a vislumbrar la piel descubierta arriba. Pestañeó, confuso, y miró interrogante a Luis. —Pensé que… necesitabas algo.
Luis sonrió medio culpable y se encogió de hombros. —Bueno, en verdad era… una excusa.
Miguel frunció el ceño sin entender. —¿Una excusa? ¿Para qué?
—Para invitarte a algo —dijo Marta entonces, poniéndose de pie. Miguel no pudo evitar que su mirada cayera rápidamente en ese instante en los senos semitapados de Marta, pero enseguida los ojos le huyeron a la cara de ella. Marta lo notó y una risita suave escapó de sus labios—. Qué mono, se pone colorado…
—¿Qué… qué está pasando? —soltó Miguel, con la voz estrangulada de la turbación.
Luis se mordió el labio, divertido con la situación. Dio un paso adelante y colocó una mano en el hombro de su amigo. —Verás… A Marta se le ocurrió una idea loca. Y bueno, estoy de acuerdo. La cosa es… ¿confías en mí?
Miguel se tensó un poco, su mirada yendo de Luis a Marta, que estaba ya junto a la cama de pie, sin molestarse en subir el pantalón del todo, revelando el inicio de su pubis. Todo indicaba adónde iba aquello, pero su cerebro todavía se negaba a creerlo. —Y-yo… sí, claro, pero…
Marta decidió terminar con la agonía: se acercó lentamente a Miguel, que seguía plantado cerca de la puerta, y levantó su mano para posarla en la mejilla de él. Miguel contuvo el aliento al sentir ese tacto suave. Marta sonrió con dulzura. —Miguel, cariño… —dijo en tono casi maternal—. ¿Te gustaría divertirte con nosotros?
La garganta de Miguel se secó en un nanosegundo. —¿Divertirme…? —repitió con un hilo de voz. ¿Es lo que creo? Tenía que serlo. Los indicios eran claros: la habitación olía a sexo, Luis medio desnudo, Marta semivestida, y ahora ella proponiéndole unirse.
—Un trío, Miguel —dijo Luis directamente, apretándole el hombro para animarlo. Miguel se giró a verlo, estupefacto—. Solo si quieres, bro. Cero presión.
Miguel sintió un millón de emociones de golpe: shock, vergüenza, euforia, miedo, excitación… Miró a Marta, que le sostenía la cara con una mano con sorprendente ternura, y luego a Luis, quien le sonreía con genuino compañerismo y lujuria a la vez.
—Yo… no sé… —balbuceó. Aunque su erección incipiente traicionaba que sí sabía: la mera idea lo estaba excitando. Pero era muchísimo para procesar. ¿Marta quiere hacerlo con los dos? ¿Luis quiere? Recordó su fin de semana en Italia con Carlota y cómo también había cruzado una línea que creía infranqueable. Al final no se había arrepentido. Confía en Luis, resonaron las palabras de su amigo. Y vaya si confiaba. Si él decía que todo bien…
Marta, para disipar cualquier duda, se acercó más a Miguel hasta que sus pechos desnudos rozaron el torso de él a través de la tela de su camiseta. Miguel abrió los ojos como platos al sentir esa suavidad tibia. Marta usó su otra mano para tomar la de Miguel y guiarla a su propio pecho. Le hizo palparla por encima de su brazo que la cubría. —¿Te gusta? —susurró.
Miguel tragó con dificultad. Su palma notó la redondez y la piel tersa, y su verga reaccionó dando un brinco contra su pantalón. —Sí… —admitió al fin, con voz temblorosa. No podía negarlo; aquello le gustaba. Mucho.
Marta sonrió radiante, retirando por fin su brazo del medio, descubriéndose por completo ante Miguel. Puso la mano de él directamente sobre su pecho desnudo, para que la tocara a placer. —Entonces no hay nada que pensar… —murmuró antes de acercar sus labios y besarlo.
El primer beso de Miguel y Marta fue suave, casi casto, porque Miguel estaba atónito. Los labios carnosos de ella se movieron con delicadeza sobre los de él, dándole tiempo. Luis observaba la escena con las tripas revueltas de excitación. Ver a su colega besándose con su folla-amiga era surrealista y morboso al extremo. Notó su propia polla endureciéndose de nuevo.
Miguel tardó unos segundos, pero terminó cediendo a la situación. Su mano en la teta de Marta cobró vida propia, apretándola suavemente, sintiendo el peso y la textura maravillosa. Abrió los labios por fin y correspondió el beso, tímido. Marta aprovechó para colar su lengua y profundizar.
—Muy bien… —susurró Luis, como animador, acercándose por detrás de Miguel. Puso sus manos en la cintura de su amigo para indicarle que se relajara. Miguel se separó un momento de los labios de Marta, volviendo la cabeza hacia Luis. Sus ojos azules estaban dilatados e inseguros. Luis le dedicó una sonrisa tranquilizadora y, en un arrebato de genuino cariño, le plantó un corto beso en la mejilla—. Disfruta, hermanito.
Esa muestra de afecto derribó la última barrera de Miguel. Asintió levemente, esbozando una sonrisa nerviosa. —V-vale… —dijo. Y entonces, ya sin más vacilación, se volvió hacia Marta y la besó de nuevo, esta vez con más hambre. Su mano que estrujaba su pecho se movió instintivamente al pezón, pellizcando suave. Marta gimió en su boca y bajó una de sus manos a la bragueta de Miguel, notando el bulto firme bajo la tela.
Luis, complacido de ver a su amigo entrar en calor, decidió unirse de verdad. Se situó tras Marta, pegando su cuerpo desnudo al de ella. La besó en el hombro y nuca, mientras sus manos rodeaban sus costados hasta atrapar sus pechos junto con la mano de Miguel. Ahora cuatro manos se disputaban esos enormes senos. Marta reía y gemía entre besos, encantada con tanta atención.
—Joder, qué rica estás… —murmuró Luis en el oído de ella, apretando sus pezones. Marta empujó más su culo contra la erección de Luis en respuesta. Miguel, ya valiente, inclinó la cabeza para chupar el cuello de Marta. Sintió su propio nerviosismo transformarse en puro deseo al escuchar a la chica suspirar por él y su amigo a la vez.
Pronto, la habitación se llenó de suspiros y roces. Luis deslizó una de sus manos por el vientre de Marta hasta el botón de sus vaqueros medio abiertos. —Esto ya sobra, ¿no? —ronroneó, desabrochándolo por completo. Marta levantó las caderas colaborando para que bajara la prenda por sus muslos. Miguel se apartó solo un segundo para ayudar desde delante, y entre los dos le quitaron el pantalón y el tanga. Marta quedó totalmente desnuda. Miguel tuvo la visión completa de su cuerpo por primera vez y quedó boquiabierto: la había visto en lencería alguna vez brevemente, pero así, su cuerpo voluptuoso sin nada, era increíble. Sus ojos bajaron a la entrepierna de ella, encontrándola perfectamente depilada, los labios exteriores hinchados y húmedos ya. Sintió su polla palpitar fuerte.
Marta notó esa mirada de Miguel y sonrió, tomando su mano para guiarla directo entre sus muslos. —Tócame, guapo… —le susurró contra los labios. Miguel obedeció, deslizando dedos tímidos por la raja empapada. Al sentir la cremosidad en su mano, se excitó como nunca. Comenzó a acariciar su sexo, repasándolo todo sin saber muy bien qué le gustaba a ella.
Luis observó esa interacción y pensó que tal vez Miguel necesitaría guía. Con su mano, se unió a la de Miguel entre las piernas de Marta. —Así, mira… —le indicó, presionando los dedos de Miguel sobre el clítoris de Marta y moviéndolos en círculos suaves. Marta jadeó, afirmándose en los hombros de Miguel—. ¿Ves? Ahí le gusta… Sigue tú.
Miguel continuó el movimiento por su cuenta, concentrado en darle placer. Estaba fascinado con lo resbaladizo y cálido que se sentía el coño de Marta bajo sus dedos. Cuando ella empezó a gemir más alto, supo que lo hacía bien. Sin pensarlo demasiado, hundió un dedo dentro. Dios, qué apretada, pensó al sentir la cavidad estrecha envolviendo su dedo. Añadió un segundo y empezó a meter y sacar lentamente.
—Ahhh… —Marta apoyó la frente en la de Miguel, moviendo las caderas para más. Luis, satisfecho con la iniciativa de su amigo, se dedicó entonces a quitarle la ropa a Miguel. Le agarró el borde de la camiseta y se la subió. Miguel colaboró soltando a regañadientes la atención de Marta por un momento para alzar los brazos. Luis le quitó la camiseta por completo, revelando su torso definido de nadador. Marta aprovechó para bajar la boca y morder uno de los pezones de Miguel juguetonamente, haciéndolo jadear sorprendido.
Luego, Luis bajó sus manos a la cinturilla del pantalón de chándal que Miguel llevaba. —¿Puedo? —preguntó en un susurro junto a su oído.
Miguel asintió sin habla, y sintió las manos de su amigo, cálidas y decididas, despojándolo de sus pantalones y bóxers de una vez. Su erección salió libre, con el glande húmedo rezumando líquido preseminal. Luis se mordió el labio al verla; hacía tiempo que no la veía tan de cerca, no desde aquella vez… No pienses en eso ahora, se dijo. Esta vez era diferente: era con Marta, todo consensuado y sin culpa.
—Pero bueno… Miguel, ¿y ese paquetazo? —bromeó Marta al notar el miembro rígido golpeando su vientre cuando Luis terminó de quitarle la ropa. Bajó la mirada y lamió sus labios al ver la polla de Miguel tiesa entre sus cuerpos, goteando ganas—. No está nada mal, eh…
Miguel se ruborizó, esbozando una sonrisa tímida. —Gracias… —farfulló, sintiendo morirse un poco pero excitado por el cumplido.
Marta deslizó su mano entre sus cuerpos y la envolvió alrededor del pene de Miguel. Él siseó por la súbita oleada de placer que lo atravesó. Marta comenzó a pajearlo lento, gozando de la textura sedosa y la dureza debajo. —Mmm, jugoso… —ronroneó, esparciendo con el pulgar la húmeda preleche por su glande. Miguel tembló.
Luis los rodeó por un lado para situarse enfrente de ambos. Marta volteó su rostro hacia él con picardía. —A ti no te vamos a dejar fuera… —dijo, llevando su otra mano a la verga de Luis, que ya estaba erecta también de nuevo. La sensación de las manitas de Marta masturbando a la vez a los dos chicos los hizo gemir a ambos. Marta reía encantada. —Así me gusta, que los dos lo gocéis… —Sus movimientos subían y bajaban al unísono por ambos troncos masculinos. Cada tanto apretaba suavemente al subir, exprimiendo líquido transparente de ambas puntas.
Miguel miraba la escena casi en tercera persona, incrédulo. Notó la mano de Luis posarse en su hombro; se volvieron a ver a los ojos. En la mirada de su amigo había excitación y también un ligero matiz interrogante, como asegurándose de que todo estaba bien. Miguel sonrió, asintiendo apenas y lamiéndose los labios. Todo estaba más que bien. Era demencialmente morboso, pero a esas alturas su vergüenza se había disipado entre las feromonas.
—Chicos… —interrumpió Marta suavemente, soltando sus miembros—. Quiero probar algo… —Se acuclilló repentinamente ante ellos. Luis y Miguel intercambiaron un vistazo fugaz de anticipación. Marta se relamió, teniendo enfrente a la altura de su cara dos vergas empalmadas, venosas y palpitantes. Una maravilla. Tomó la base de ambas con cada mano y sonrió hacia arriba—. ¿Os imaginasteis alguna vez algo así?
—Ni en sueños… —musitó Miguel, ya respirando agitado.
—Pues disfruten, guapos —dijo ella, y sin más ceremonias, sacó la lengua y lamió la punta de la polla de Miguel, luego la de Luis, alternando. Cerró los labios sobre el glande de Miguel primero, chupándolo despacio unos segundos, luego se separó y se metió el de Luis, saboreándolo igual.
—Hostia… —juró Luis, clavando la mirada en la performance de Marta. Qué vicio tenía aquella mujer.
Marta, traviesa, juntó las dos pollas contra su cara. Sacó la lengua y lamió ambas puntas a la vez, empujándolas para rozarse entre sí sobre su lengua. Miguel jadeó con fuerza; la sensación era intensísima, más aún al notar por primera vez la otra verga frotándose con la suya bajo la boca de Marta. Ese leve contacto con Luis le sacudió la cabeza, pero lejos de rechazarlo, le prendió más. Por puro instinto, llevó una mano al falo de Luis para sostenerlo junto al suyo y facilitar que Marta los mamase a la vez. Luis gruñó de sorpresa al sentir la mano de Miguel en su miembro, y cuando sus ojos se encontraron, Miguel estuvo a punto de apartarla pensando que quizá había ido demasiado lejos.
Pero Luis sonrió ladino, negando con la cabeza para asegurarle que estaba bien. Incluso cubrió la mano de Miguel con la suya en señal de complicidad. Marta se dio cuenta de aquel momento y, con ambos penes pegados, los metió cuanto pudo en su boca abierta. Succionó las cabezas juntas, deslizando la lengua entre ambas mientras babas le escurrían por la comisura.
—¡Joder, Marta…! —soltó Miguel, casi mareado del placer. Nunca imaginó que compartir una mamada con otro tío sería tan obscenamente placentero. Sentía la lengua de Marta revolviéndose y de paso rozando el glande de Luis junto al suyo, mezclando sus fluidos. Era tan guarro y tan bueno que su cabeza daba vueltas.
—Tragadita de polla a dúo… —rió Marta al separarse para tomar aire, masturbándolos a mano un instante—. Mis chicos se portan bien juntitos…
Luis, chispeante de lujuria, decidió que quería probar más. —Marta… ¿te gustaría vernos…? —dejó la frase en el aire, pero con la mirada señaló las pollas de ambos.
Marta arqueó las cejas, sorprendida y excitada por la insinuación. —¿Veros qué? ¿Esto? —Llevó la mano de Miguel hacia el falo de Luis, envolviéndola junto a la de ella. Luego hizo lo mismo con la de Luis sobre la polla de Miguel. Los chicos captaron la idea enseguida.
Miguel sintió su mano envolviendo el miembro de su mejor amigo. Era caliente, grueso, palpitante en su palma. Esto es una locura, pensó, pero no la soltó. En cambio, empezó a mover la mano despacio, pajeándolo. Luis cerró los ojos un segundo, profiriendo un gemido ronco ante el toque de Miguel. La mano de Luis empezó a hacer lo propio en la verga de Miguel, copiando el ritmo.
Marta observaba la escena boquiabierta, con las mejillas rojas y el coño latiendo a mil de la calentura. Lo están haciendo, se decía incrédula. Decidió echar más leña al fuego: se echó a un lado, aún acuclillada, para dejar que los chicos se acercaran más entre ellos.
Luis abrió los ojos y se encontró frente a frente con Miguel. Sus caras estaban enrojecidas, sus respiraciones entrecortadas. No hacía falta hablar. Una conexión silenciosa, cargada de amistad y de nueva pasión, se estableció. Luis estrechó un paso hasta quedar pegado a Miguel, pecho contra pecho. Sus manos siguieron masturbándose mutuamente, ahora atrapadas entre sus vientres. Esa cercanía hizo que sus erecciones también se rozaran entre sí en cada movimiento. Tanto Miguel como Luis jadearon al sentir ese contacto directo.
Marta, desde abajo, casi se corrió al ver a los dos compañeros así, abrazados por la calentura. Y para su fascinación, vio cómo Luis inclinaba la cabeza y besaba a Miguel. Pero no un beso de amistad: un beso de verdad, en los labios, hambriento. Miguel se quedó un instante petrificado de sorpresa, pero solo un instante; luego respondió con ansia, separando los labios y encontrándose con la lengua de su amigo. Gemidos profundos escaparon de ambas gargantas. Siguieron pajéandose mutuamente mientras se besaban con furia contenida.
—Diosss, sí… —soltó Marta, llevándose una mano a su propia entrepierna para masturbarse viendo aquella visión. Nunca imaginó que encontraría tan jodidamente sexy ver a dos tíos besándose y tocándose, pero la realidad la tenía empapada.
Luis y Miguel se devoraban la boca como si hubieran anhelado ese momento desde siempre. Quizá parte de ellos sí. Sus lenguas se enredaban, saliva mezclándose, respiraciones intercambiadas. Miguel apretaba con más fuerza la pija de Luis, masturbándolo ahora con determinación; Luis correspondía en la misma medida, frotando la de Miguel firme, usando el líquido preseminal para lubricar los movimientos. Pronto jadearon en la boca del otro, notando que si seguían así, se correrían sin remedio.
Marta se puso de pie de un salto, interrumpiendo antes de que aquello terminara prematuramente. —Chicos, parad… —dijo riendo, tirando suavemente del brazo de Miguel. Ellos se separaron del beso con un pop, con los labios hinchados y los ojos nublados de deseo. Marta vio que estaban al borde: las pollas de ambos palpitaban violentamente en sus manos y goteaban en abundancia—. No os corráis todavía… Os necesito para algo.
Ambos tardaron en recobrar la razón. Marta los empujó hacia la cama casi a empellones. Luis se sentó primero en el borde, respirando agitado, sin soltar del todo la mano de Miguel. Miguel se dejó guiar hasta quedar de pie entre las piernas de Luis. Marta se colocó tras Miguel y empezó a besuquearle la espalda y el cuello, mientras hacía que diera un paso adelante. Luis entendió la invitación: abrazó las caderas de Miguel y acercó el glande de su amigo a su cara. Miró hacia arriba, encontrando los ojos incrédulos de Miguel.
—¿Puedo? —preguntó en un susurro ronco.
Miguel asintió, apoyando instintivamente una mano en la cabeza de Luis. Esto es de locos, pensaba, pero ya no podía parar. Quería sentirlo.
Luis sacó la lengua y la pasó por la punta mojada de la verga de Miguel, saboreando sus jugos salados. Miguel siseó por la sensibilidad. Marta, excitadísima, metió la mano entre Miguel y Luis y agarró los testículos de su compañero de cuarto, masajeándolos para aumentarle el placer. —Disfruta, Miguel… —le murmuró al oído, mordiéndole luego el lóbulo.
Entonces Luis abrió la boca y se tragó la polla de Miguel todo lo que pudo. Miguel dejó escapar un gemido profundo desde el pecho. Ver a Luis agachado chupándole la polla era surrealista y ardiente. Luis movía la cabeza adelante y atrás, succionando fuerte al subir, usando la lengua por debajo. Miguel tembló, agarrando con sus dedos los rizos de su amigo.
—Mmh… sabes bien —dijo Luis separándose un momento para respirar, acariciando la base con su mano. Miró a Marta, que observaba babeando la escena—. Ven, preciosa… Tú también.
Marta bajó de nuevo y se unió a Luis, poniendo su boca junto a la de él en el grueso tronco de Miguel. Repartió besos por la mitad que Luis no cubría y luego ambos coordinadamente lamieron a dúo: uno lamía la cara izquierda de la verga, otro la derecha, lenguas a veces encontrándose alrededor del miembro. Miguel casi llora del gusto, aquello era demencial.
Cuando Luis volvió a engullir la punta, Marta se dedicó a chupetear los huevos de Miguel, metiéndose uno en la boca mientras masajeaba el otro. Miguel gimió más alto, sus manos acariciando a ambos a su alcance: una en la cabellera de Marta, otra en la de Luis.
—Para… para que me voy… a correr… —advirtió de pronto, sintiendo ese cosquilleo inconfundible subiendo por su glande. No quería correrse aún, no sin estar dentro de Marta al menos una vez.
Luis soltó su verga de inmediato, y Marta le dio un último lengüetazo a sus testículos antes de incorporarse. Miguel respiraba agitado, controlando a duras penas su inminente orgasmo. Marta se levantó y lo empujó suavemente para que él se sentara en la cama junto a Luis. Se quedó de pie frente a ellos, lamiéndose los labios.
—Ahora os toca a vosotros complacerme un poquito, ¿no? —dijo juguetona.
Luis sonrió de oreja a oreja. —Señorita, será un placer…
Antes de que ella diera más instrucciones, Miguel, en un arranque de determinación, se levantó un instante, tomó a Marta de la mano y prácticamente la tumbó en la cama. —Túmbate boca arriba —dijo, sorprendiéndose a sí mismo por el tono seguro de su voz. Marta se mordió el labio y obedeció, recostándose en el colchón con sus piernas colgando por el borde.
Miguel se arrodilló en el suelo, las rodillas en la alfombra, y abrió las piernas de Marta ante él. Tenía una vista privilegiada de su sexo húmedo y dispuesto. Recordando las veces que había bajado a Carlota, se lanzó. Sujetó los muslos de Marta y hundió su cara entre ellos, atacando su clítoris con lengua experta.
—¡Aaah! —Marta gimió sorprendida. No se esperaba esa faceta de Miguel. Él la lamía con maestría, succionando su botón, pinchándolo con la punta de la lengua. Marta echó la cabeza hacia atrás de placer. Luis se subió en la cama junto a ella, arrodillado a la altura de su pecho. Aprovechó para sustituir la boca de Miguel en los pezones de Marta, lamiéndolos y chupándolos con ganas, ya sin contenerse.
—¿Así te gusta, Marta? —preguntó Miguel abajo antes de lamer de abajo a arriba toda su vulva.
—Sí, mi amor… así, qué lengua tienes… —gimoteó ella, enterrando los dedos en el pelo de Miguel para pegarlo más a su coñito.
Luis alzó la cabeza de sus pechos y miró a Marta con fingido disgusto divertido. —¿“Mi amor”? Oye, a mí no me llamas mi amor cuando te la como… —reclamó en broma.
Marta rió y se mordió el labio. —Ay, es que tu amiguito sabe usar esa boquita… —soltó, provocando adrede.
Luis chasqueó la lengua. —¿Ah, sí? —Con un movimiento felino, se deslizó hacia abajo por el lado opuesto al de Miguel. Ahora Marta tenía a Miguel atendiendo su clítoris y a Luis acercando su rostro a su entrada más abajo. Se repartieron sin palabras: Miguel se enfocó en el botón hinchado y Luis sacó su lengua para lamer la abertura, incluso bajando más para mojar con saliva el anillo prieto de su culito.
—¡Dios! —gritó Marta sin poder contenerse cuando sintió dos lenguas a la vez dándole placer. Una en su clítoris, la otra jugueteando peligrosamente cerca de su ano. Esa doble estimulación la estaba volviendo loca—. Chicos, me voy a correr como sigáis… —sollozó.
Luis alzó la vista. —No tan rápido… —Canturreó, incorporándose sobre las rodillas. Miguel también levantó la cabeza, con el mentón empapado de la miel de Marta.
Ambos intercambiaron una mirada cómplice. Era hora de la gran final. Luis alcanzó la mesilla y sacó dos condones. Le lanzó uno a Miguel. —Te toca estrenarte con la nena…
Miguel casi lo dejó caer por la impresión. —¿De verdad? —preguntó, echándole un vistazo a Marta que yacía con la cara sonrojada y expectante.
—Claro. Quiero ver cómo se la metes —le incitó Marta, abriendo las piernas invitadoramente. Su vulva palpitaba por ser rellenada. Y todavía me queda un agujerito extra… pensó traviesa.
Miguel no necesitó más. Desenrolló el condón sobre su verga casi dolorosamente dura. Se subió a la cama y se colocó entre las piernas de Marta, frotando la punta envuelta contra su sexo para mojar el látex. Ella suspiró al sentirlo en la entrada. Miguel la miró a los ojos, buscando quizás una última confirmación. Marta asintió con apremio, agarrándole del culo con las piernas para empujarlo.
Miguel empujó la cadera y penetró a Marta con una lentitud exquisita. Ambos exhalaron al unísono: Miguel, maravillado por la sensación de calor y estrechez en torno a su polla; Marta, encantada con la suavidad con la que aquel chico dulce la llenaba.
—Mmm, qué rica… —susurró Miguel cuando estuvo todo dentro. Se quedó quieto un momento, deleitándose, luego empezó a moverse con un vaivén medio. No quería correrse tan rápido tras tanto edging; necesitaba aguantar. Así que marcó un ritmo relajado, saliendo casi entero y volviendo a entrar mojado hasta el fondo.
Marta gimió bajito, en contraste con los envites bestias a los que estaba acostumbrada. Esa polla nueva la llenaba distinto, quizás un poco menos gruesa que la de Luis, pero entraba muy profundo en esa postura misionero. Miguel se inclinó para besarla mientras la follaba, y Marta saboreó sus propios jugos en la boca de él, lo que le pareció morboso y dulce a la vez.
Luis observaba la escena masturbándose despacio. Ver a su tímido Miguel follándose a Marta era mucho más erótico de lo que habría imaginado. Pero no iba a quedarse fuera: quedaba el último paso. Cuando Miguel se incorporó un poco para cambiar la angle, Marta volvió su rostro hacia Luis. —Ven aquí detrás, campeón… —le dijo mordiéndose el labio. Luego se incorporó a cuatro patas en la cama, haciendo que la polla de Miguel saliera de su coño con un sonido húmedo.
—¿Qué…? —empezó a preguntar Miguel, pero se dio cuenta enseguida al ver a Marta arquear la espalda y ofrecer también su culito respingón. Oh Dios.
Marta giró la cabeza con picardía. —¿Te animas a estrenarme el culo? —le dijo a Luis en tono sucio.
Luis soltó una carcajada baja. —Pensé que ni preguntabas… —Rápidamente se colocó el preservativo que tenía en la mano. Su polla latía con fuerza; adoraba follar por detrás a Marta, pero nunca lo habían hecho anal. Era terreno virgen.
Miguel se arrodilló delante de Marta, entendiendo que debía volver a entrar en su coño mientras Luis se ocupaba de arriba. Tomó su base y la guió sin problema de vuelta al calor vaginal de Marta. Ambos gimieron de alivio. Marta apoyó la cara en la cama, preparada para el siguiente.
Luis se situó tras ella, escupió generosamente en su mano y untó su saliva en el ano de Marta, empapándolo. Con los dedos la fue dilatando un poquito; Marta jadeó, relajándose lo más posible. —Tranquila, mi vida… te va a encantar —le susurró inclinándose un segundo para besarle la espalda baja. Marta asintió, soltando el aire.
Miguel miraba fascinado desde delante, viendo la cara de gusto de Marta y sintiendo su miembro moverse en ella con cada respiración. Sabía que esto sería intenso para ella.
Luis alineó la punta de su verga envuelta con el anillo oscuro de Marta. Sostuvo un glúteo con una mano, abriéndola bien. Y empujó suave. La cabeza hizo presión, resistiendo un poco, hasta que plop, entró el glande.
—¡Uuuh! —Marta soltó un quejido, una mezcla de dolor y placer extraño.
—¿Duele? —preguntó Miguel preocupado, deteniendo sus embestidas en el coño.
—No… sigue… —dijo Marta apretando los dientes, decidida a sobrepasar la breve molestia inicial.
Luis avanzó más, despacito, sintiendo cómo centímetro a centímetro su polla se abría paso en ese culo estrechísimo. —Joder… qué apretada, Marta… —gimió él, casi con sudor por contenerse. Cuando logró meter medio tronco, decidió que era suficiente de momento. Empezó a sacarla y volver a meterla hasta ese punto, para que Marta se acostumbrara.
Miguel notó el cambio en la expresión de Marta: sus cejas dejaron de fruncirse y su boca se abrió en un gemido mudo. La propia vagina de Marta lo apretó más al sentir la incursión anal de Luis; Miguel soltó un gruñido—. Te gusta, ¿eh? —dijo, moviendo ahora su cadera también, follándola de nuevo por su parte.
—Mgh… cabrones… —gimoteó Marta, ahora sí disfrutando a tope la doble penetración: la sensación de estar rellena en ambos agujeros era abrumadora pero exquisita. Un temblor de pura lascivia la invadía con cada movimiento alternado de los chicos.
—Dime que te gusta… —siseó Luis, embistiéndole el culito un poco más fuerte, ya entrando casi del todo en su recto ya más relajado.
—¡Me encanta, me encanta! —soltó Marta, ya sin pudor.
Miguel y Luis empezaron a coordinarse en un ritmo natural: cuando uno entraba, el otro salía un poco, turnándose para no romperla en dos. Pronto, Marta estaba recibiendo embestidas casi simultáneas en ambos orificios.
—Ah… ah… ah… —gemía al ritmo, casi sin voz. Sus uñas arañaban las sábanas. Nunca en su vida había sentido tanto placer junto; las lágrimas le asomaron de los ojos de pura intensidad.
—Qué guarra, se está llorando de gusto… —bromeó Luis con voz entrecortada, estocándola sin piedad ya.
—Tranquila, preciosa… vamos a darte lo que quieres… —Miguel trataba de mantener la compostura, pero el calor abrumador en su bajo vientre era ya incontenible. Notaba sus huevos subiendo; no aguantaría mucho más. Miró a Marta, su carita contra el colchón, deshecha de placer, y sintió esa pulsión de dárselo todo—. Marta… me corro…
—Sí… sí… —gimió ella, dándolo por hecho.
—Yo… ah, yo también… —advirtió Luis atrás, sudando y al borde. La presión del culo de Marta en torno a su polla era deliciosa y estaba a segundos de acabar.
—Corred… correr… —musitó Marta, apenas coherente. De pronto, Luis salió de su interior de golpe, y Miguel también. Ella casi protestó, pero en un parpadeo ya la estaban girando.
—¡Rápido… arrodíllate! —dijo Luis, desechando su condón lleno y jalando del brazo de Marta para que se pusiera sobre la alfombra. Miguel hizo lo mismo con el suyo, su polla rebosando de líquido preorgásmico. Marta se dejó llevar, cayendo de rodillas frente a los dos. Sabía lo que venía y lo deseaba con ansias.
Se pegó sus antebrazos bajo los pechos para apretarlos juntos, presentándolos como recipiente. Alzó la mirada hacia Miguel y Luis, que ya se pajeaban frenéticamente frente a ella, uno al lado del otro. —Sí, así… corréos en mis tetas… —les suplicó con tono sucio—. Quiero vuestra leche calentita…
Esas palabras fueron la gota final. Miguel gimió primero: un espasmo le recorrió la columna y empezó a disparar su semen en chorros. —¡Ahhh! —jadeó, apuntando la punta hacia el canalillo de Marta. Líquido blanco y espeso manó a borbotones, manchando sus pechos y cuello.
Ver a su mejor amigo correrse así, con esa cara de éxtasis, terminó de empujar a Luis: —¡Mírame, mírame! —gruñó, agarrando su verga con ambos manos junto con la de Miguel, pajeándose mutuamente en los últimos instantes. Marta alzó la vista justo a tiempo para ver cómo Luis tensaba la mandíbula y soltaba un rugido grave. Un chorro caliente le impactó en la barbilla y labios, seguido de otro y otro que cayeron sobre sus tetas grandes, mezclándose con la corrida de Miguel.
Luis y Miguel siguieron masturbándose entre ellos hasta vaciarse por completo. Los últimos hilos cayeron directamente en la lengua afuera de Marta, que los recibió con deleite. Al terminar, los dos chicos quedaron temblando, con las piernas flojas. Se dejaron caer sentados en la alfombra junto a ella, jadeando.
Marta sonrió satisfecha: sus pechos estaban literalmente cubiertos de semen, goteando. Se lamió los labios, tragando lo que había caído allí. —Mmm… qué ricos estáis… —dijo traviesa, mirando a ambos.
Miguel se rió entre dientes, todavía en shock del placer. —Hostia… —es todo lo que pudo articular, antes de desplomarse de espaldas contra el borde de la cama. Luis no estaba mucho mejor: su corazón latía desbocado mientras intentaba recuperar el aliento, tumbado al lado de Marta.
La habitación olía a sexo fuerte, el aire cargado y cálido. Durante largos segundos, solo se escucharon sus respiraciones desordenadas. Marta, pegajosa pero satisfecha, se dejó caer sobre el pecho de Miguel, cerrando los ojos con una sonrisa boba. —Sois increíbles, chicos… —murmuró, dándoles un cumplido sincero.
Miguel esbozó una risita suave, acariciándole distraídamente el cabello húmedo. Luis rodó hacia ellos y les echó un brazo por encima, juntándolos en un abrazo triple en el suelo. —Tú sí que eres increíble… —dijo, besando la frente de Marta y luego la mejilla de Miguel con afecto. Todos rieron, ya sin tensiones de ningún tipo, solo complicidad.
Cuando sus pulsos volvieron a la normalidad, se levantaron con pereza a asearse un poco. Marta se limpió el pecho con unas toallitas que Miguel alcanzó del baño, y ambos chicos se quitaron los restos pegajosos de encima. Ninguno hablaba mucho; estaban en esa nube post-orgásmica mezcla de aturdimiento y felicidad.
Marta fue la primera en empezar a vestirse. Se puso las braguitas y los vaqueros —con cierta dificultad tras el salvaje uso—, y buscó su top, que yacía arrugado sobre la mesita. Luis y Miguel, aún desnudos, la miraban con un punto de pena por verla cubrir ese cuerpazo otra vez. Ella se percató y rió. —Eh, habrá más ocasiones, fieras… —les guiñó el ojo, echándose su melena hacia atrás.
Miguel sonrió tímido, vistiéndose con rapidez antes de que la realidad lo golpeara muy fuerte. Luis directamente se quedó en boxers, más cómodo.
Marta se acercó a Miguel y le dio un beso dulce en la mejilla. —Tenía razón Luis, eres un amor. Y muy ardiente cuando quieres… —dijo, deslizando un dedo por su pecho desnudo. Miguel se ruborizó con una sonrisa tonta.
Luego Marta se volvió hacia Luis, poniendo morritos. —¿Mi camiseta? —pidió. Él se la alcanzó y ella se la colocó, guardando sus grandes pechos de nuevo bajo la tela. Luis casi suspiró al verlos desaparecer.
—Ha sido la polla, tía… —dijo Luis sinceramente, acercándola por la cintura y dándole un beso en los labios, más cariñoso que sexual ahora.
—Ya te digo —corroboró Miguel, que estaba sentado en la cama aún procesando.
Marta sonrió orgullosa. —La próxima vez, un hotel con jacuzzi, ¿eh? —bromeó, tomando su bolso.
—Hecho —rieron Luis y Miguel al unísono, y se miraron cómplices.
Luis acompañó a Marta hasta la puerta, mientras Miguel, algo abochornado todavía por la desnudez, acababa de ponerse una camiseta limpia. En el umbral, Marta se despidió de cada uno con un beso (con lengua para Luis; en la comisura para un Miguel más cortado, que igual lo recibió con agrado).
—Nos vemos, chicos. Ha sido un placer… —dijo, recalando la palabra con picardía, antes de desaparecer pasillo abajo.
Luis cerró y apoyó la frente en la puerta un instante, soltando un largo suspiro. —Buah… —exclamó finalmente, sonriendo. Miró a Miguel, que estaba sentado en la cama con la mirada perdida en el techo, sonriendo también—. Menuda noche, ¿eh?
Miguel lo miró y se echó a reír con esa risa suave suya. —Tío… no tengo palabras.
Luis cruzó la habitación, aún en calzoncillos, y se dejó caer sentado junto a él en la cama. Le pasó un brazo por los hombros. —¿Estás bien?
Miguel asintió varias veces. —Sí…sí, perfecto. No me creo nada aún, pero… —giró la cabeza hacia su amigo—. ¿Tú estás bien?
Luis apretó la mano en su hombro y le revolvió el pelo como solía hacer. —Estoy de puta madre, hermano. —Lo decía en serio. Aquello podía haber sido rarísimo y no lo fue: los unió aún más. De pronto sintió la necesidad de quitarle hierro—. Aunque sigo pensando que te has ligado a mi folla-amiga, cabrón.
Miguel soltó una carcajada corta. —Anda ya… —Con gesto pensativo, añadió—: Pero entiendo por qué te gustaba tanto. Marta es… la caña.
—¿Quién lo diría, eh? Tú con Carlota, yo con Marta… y ahora los cuatro somos unos salidoooos… —canturreó Luis, levantándose para buscar su paquete de tabaco. Sacó dos cigarros.
—No fumes aquí, que me llega el olor a la cama —se quejó Miguel, como siempre.
—Dame este capricho. ¿No me lo he ganado? —replicó Luis, aventándole uno de los pitillos a Miguel.
Este lo atrapó, sorprendido. —¿Quieres que…?
—Hoy puedes romper tus propias reglas, arquitecto responsable —se burló Luis afectuosamente. Abrió la ventana de par en par y encendió su cigarro. Miguel, tras un instante, se encogió de hombros y le imitó. Tomó una calada inexperta, tosiendo un poco después. Luis rió—. ¡Eso es! Se vuelve malote el niño.
Miguel le dio un codazo suave, riendo también. Se apoyaron juntos en el alféizar, mirando las luces de la ciudad a lo lejos mientras fumaban. El silencio era cómodo, sin necesidad de llenar con palabras lo que acababan de vivir.
—Oye… —dijo Miguel tras un rato—. Esto, entre nosotros… ¿verdad?
Luis sopló el humo y lo miró. —Claro. Ni los catalanes sabrán nada, tranqui. —Hizo una pausa con una mueca traviesa—. ¿Aunque… se lo contarás a Carlota?
Miguel se ruborizó levemente. —No sé… algún día quizá. ¿Y tú a Daniela?
—Puuff, no creo. Aunque a esa enana seguro le excitaría oírlo… —ambos rieron. Misión cumplida: sin tensiones.
Apagaron los cigarrillos y se prepararon para dormir un poco, que al día siguiente madrugaban. Cuando Miguel, ya acostado en su cama, cogió el móvil para poner la alarma, vio una notificación de WhatsApp de Carlota. Extrañado (era muy tarde ya), abrió el chat. Solo ponía: “Mira esto” con un emoji de beso, y un archivo de video adjunto.
—¿Qué pasa? —preguntó Luis desde su lado, notando la cara de sorpresa que puso Miguel al ver eso.
—Carlota me ha mandado algo… —murmuró Miguel. Le dio play al video y en pantalla aparecieron, nada menos, Carlota y Daniela desnudas, besándose frente a la cámara. Miguel parpadeó tres veces, incrédulo. Las dos chicas reían y gemían en la grabación, dedicándole palabras sucias al espectador mientras se tocaban. Sus mejores amigas. Juntas. ¿Pero qué…?
—¡Hostia! —soltó Luis, que desde su cama alcanzaba a ver un poco y sobre todo a oír los gemidos en estéreo de Carlota y Daniela—. ¿Esas son… Carlota y Dani?
Miguel no supo responder. Una Carlota en el video, con ojos traviesos, lamía un pezón de Daniela y decía: “Te gustaría estar aquí, ¿verdad Miguel?” mientras Daniela gemía su nombre.
Luis soltó una carcajada perpleja. —¡Estos cabrones se nos adelantaron!
Miguel no podía ni hablar. ¿Qué clase de universo paralelo era este donde su dulce novia y la mejor amiga de ella se enredaban así… y se lo mandaban? Desde luego, su vida sexual había dado un giro insospechado en cuestión de semanas. Ya nada podría sorprenderlo.
Cerró el video con manos temblorosas, sin terminarlo siquiera porque su mente estaba saturada. Apagó la pantalla y se dejó caer de espaldas, mirando al techo. Una risa suave e incrédula le brotó de los labios. Se giró hacia su amigo. Luis lo miraba con ojos abiertos y sonrisa cómplice, claramente pensando lo mismo: vaya fin de mundo.
Miguel negó con la cabeza, divertido. —Tío, tenemos que escribir un libro con todo esto… —dijo, repitiendo sin saber una frase que Luis le había dicho apenas un día atrás, tras contarle lo de Italia.
Luis estalló en risas. Apagó la luz de la mesilla y se acomodó. —Menuda vida sexual llevamos, macho… —comentó, suspirando satisfecho.
Miguel se acurrucó bajo sus sábanas limpias, notando aún el aroma mezclado de Marta y su amigo en su piel. Cerró los ojos con una sonrisa dibujada. —Y lo que nos queda… —susurró, antes de dejar que el sueño lo venciera, sumiéndolos a ambos en una oscuridad plácida, cómplice y llena de promesas de nuevas aventuras por venir.