Lo que no me atreví a contar hasta hoy
Se escondió detrás de la cabaña y escuchó los gemidos de su esposa con otro hombre. Podría haber gritado, podría haberse ido. Pero se quedó, y lo que sintió no fueron solo los celos que esperaba.
Este relato es una adaptación de la fantasía de un lector y adaptado a mi estilo
Para ti J.Landa
Hola. Esto pasó hace dos años. Nadie lo sabe. Ni mi esposa. Ni mis amigos. Ni ella, la que estaba aquella noche con él. Solo tú, ahora.
Sheyla —mi esposa— y yo llevábamos ocho meses casados. Tenía 26, yo 25. Habíamos ido a Tulum, invitados a la boda de uno de los socios de la empresa donde trabajo. La boda fue en la playa, rodeada de luces cálidas, alcohol y cuerpos bronceados. Y ella, con ese vestido suelto, ligero, que parecía flotar con el viento, estaba sencillamente… increíble.
Siempre supe que Sheyla atraía miradas. Pero esa noche lo noté más. Cada vez que me giraba, veía a algún tipo intentar entablar conversación con ella. Ella sonreía, les daba largas. Hasta que apareció él.
Era joven, no tendría más de 20. Rubio, alto, de esos que parecen sacados de un anuncio. Hablaban, reían, y yo no podía hacer nada porque estaba atrapado en una conversación con mis jefes. Solo observaba de lejos. Ella inclinaba la cabeza, le rozaba el brazo sin querer. Él la miraba con una calma provocadora. Me tranquilizó saber que era el hijo de uno de los socios. Educado, con buenos modales. No parecía una amenaza. O eso me quise creer.
Más tarde, algo borracho ya, noté que Sheyla no estaba. Intenté llamarla, pero su móvil estaba apagado. Fui a buscarla, primero dentro del hotel, luego en la playa. La música seguía sonando detrás. Caminé por la arena hasta que encontré una cabaña al fondo, de esas que parecen vacías. Me acerqué con la intención de mear sin que nadie me viera. Pero algo me detuvo.
Una voz. Un gemido.
Ella.
Y él.
Me escondí detrás de la cabaña. Y los vi. Él la tenía de espaldas, agarrada por las caderas. El vestido de Sheyla estaba subido hasta la cintura, y ella se aferraba a una barra de madera. Su boca entreabierta, los ojos cerrados, gimiendo. No eran gemidos contenidos. Eran profundos. Mojados. Le decía cosas. No pude oírlas, pero su tono lo decía todo.
Me quedé paralizado. Debería haberme ido. Gritado. Hecho algo. Pero no lo hice.
Me quedé. La miré.
Y no fue solo celos.
Fue algo más oscuro. Más íntimo. Sentí calor. Sentí culpa. Sentí deseo. La forma en que ella se rendía al cuerpo de otro, la forma en que su espalda se arqueaba, cómo se mordía el labio…
No me había visto nunca así.
Después de unos minutos me alejé, sin hacer ruido. Volví a la fiesta. Bebí más. Fingí que no había pasado nada. Nadie se dio cuenta. A la mañana siguiente, cuando desperté, ella estaba en la ducha. Él ya no estaba. Y yo no dije una palabra.
No sé si ella lo recuerda. No sé si fue algo puntual o hubo más. Pero desde entonces, cada vez que la miro gemir con los ojos cerrados… no puedo evitar preguntarme si, en el fondo, está pensando en él.
O si sabe que la vi.
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