Mi vida con Roxana (3/5) María parte 1
Jorge cree que su novia lo engaña, pero la realidad es más compleja y perversa. Entre tutorías tensas y juegos eróticos en casa, la línea entre fantasía y traición se difumina. ¿Podrá resistir la tentación de sus alumnas o se dejará llevar por el caos que Vicente ha sembrado?
Miércoles por la mañana
«Nosotros, cuando nos acercamos a una obra, todo lo percibimos como algo que nos han legado. Es el pacto del lector.»
Como un cura dando el sermón, así se sentían las somníferas clases de semiótica a primera hora de la mañana. Mi voz quebraba el zumbido de los halógenos, acompañada del punzante murmullo de los bolígrafos y teclados escribiendo lo que decía.
Habían pasado dos semanas desde lo que me sucedió con Victoria. Seguía con Roxana como si no hubiera pasado nada.
Entre el tumulto de estudiantes estaban Laura y María, en la cuarta fila, mirando qué tenían cada una apuntado en su libreta. Cerca de ellas estaba el hueco que suele ocupar Victoria. Ausente. Normal, conmigo ya tiene el aprobado. En primera fila, tomando apuntes, estaba Maite, que no paraba de mirar el móvil.
Laura era algo más entrada en carnes. Con una buena delantera, cara muy guapa y maquillada. María es la típica estudiante despreocupada por su físico y que tiene pinta de que en el instituto no se comió nada: cara de alelada, gafas, fea, muy delgada, poco pecho, pelo castaño rizado y marcas de sudor en las axilas. Maite tiene un poco de cara de guarra, con poco pecho, pero con mucho culo. Muy alta.
De vez en cuando cuchicheaban y se reían entre ellas mientras. La verdad, no entendía cómo Laura y Maite, dos chiquitas tan inocentes, eran las guarras que me habían dicho Vicente y Victoria.
Las cremalleras y los suspiros indicaban que la clase estaba a punto de acabar. Tenían prisas por irse a la cafetería.
De camino hacia el ascensor me aborda María, sonriendo nerviosa y tartamudeando. Necesita que le aclare un par de dudas, así que la cito en mi despacho en media hora.
Mientras estoy haciendo fotocopias en el departamento, oigo voces. Las procesiones de alumnos y profesores hacia los despachos son típicas de estos días. Quedan tan apenas semanas para que empiecen las vacaciones y después exámenes. Mientras llevo las fotocopias hacia mi despacho me cruzo con Vicente junto a dos profesores más. Nuevos, no los conozco.
«Hey, pichabrava. Te los presento. Ignacio y Marcos.»
«Encantado.» Tras estrecharles la mano pasan Maite y Laura por mi lado.
«Hola, Lauri», dice Marcos. «El sábado os veo por casa.» No entendí. Laura sonrió.
«Por si no lo sabías, estos también tienen tutorías “especiales” con alumnas, jajajaja.» Espetó Vicente, sin tan apenas darme tiempo a reaccionar.
«Tutoría conjunta, más bien.» Continuó Marcos. «Que esas dos los necesitan de dos en dos, jajajaja.»
«¿Seguro que no quieres venirte este finde, Nacho?» Preguntó Vicente.
«No, este fin de semana tengo con la vikinga, vive a tomar por culo, así que no podré quedar con vosotros. Ya os la presentaré, es muy cerda. Seguramente se traerá amigas.»
«Madre mía cómo ha venido esta promoción, jajajaja.» Rieron Vicente y Marcos.
No daba crédito a la conversación.
«Chicos, os tengo que dejar, tengo una tutoría.» Dije tímidamente.
«Jajaja, ahí, ahí. Recuerda, tíratelas en su casa. Que encima de putas pongan la cama, jajajaja.» Continuó Vicente. A lo que asentí como un idiota. «¿Y quién es la susodicha?»
«María.» Contesté.
«Ni puta idea, nene. ¿Y tú, Vicente, la conoces?» dijo Marcos. Ignacio ya se había ido.
«Sí, creo que es una petarda de primero. Una pava muy fea, muy escuálida. Seguro que no será para follársela, porque hay que tener estómago. Es como tirarse un saco de huesos. Además, siempre va toda sudada. Qué asco.»
Me quedé impasible mientras Vicente la humillaba de aquella manera. No supe qué decir, aunque tampoco es que viera a María con ojos de querer tirármela. Después de lo de Victoria, me sentía fatal, y más aún al saber que Roxana no me era infiel y fueron todo imaginaciones mías.
Apareció María casi corriendo, riéndose nerviosa. «Hola. ¿Jorge?» Me dijo al subirse el puente de la montura de las gafas con el dedo índice. «Vengo por la tutoría.»
«Sí, ve allá al fondo, despacho 11.» María asintió sonriendo, y al irse me dirigí a ellos. «Mirad, no sé de qué coño vais, pero estas mierdas no me molan. Lo de Victoria fue un error que no volverá a suceder,» miré hacia Vicente, «y con María sucederá lo que tenga que suceder, y es una tutoría. Ni más ni menos.»
«Madre mía, se nos ha puesto digno Jorge. Oye, te paso el móvil de Laura para que le hagas una visita. A ver si así se te va la amargura.» Concluyó Vicente.
Con frecuencia pienso en mí como estudiante. Me daba pánico entrar en alguna tutoría. La tensión, la vergüenza, la inexperiencia… Ahora, en el otro lado del espejo lo veo diferente. Ahí puedes tener una conversación más fructífera con tus alumnos. Conocerlos. No como durante las clases, pues son cabezas anónimas. María me mostraba sus apuntes, en papel grueso y con caligrafía cuidadosa. Tenía dudas sobre la ruptura con el clasicismo. Y no es para menos. Hasta que no concluí mis estudios no acabé de entenderlo. María seguía atentamente mis indicaciones, asintiendo y mirando fijamente hacia el papel. De vez en cuando me miraba de reojo.
«Jolín, es que sabes mucho sobre esto. Yo, en cambio, soy muy tonta.»
«No digas eso. Simplemente llevo más años con esto. De hecho, tu pregunta ha sido muy pertinente. No me espero que en cuatro meses sepas todos los secretos sobre la crítica literaria. La idea es la de abrirte a nuevas posibilidades. Que sepas dónde buscar. Verás cómo de aquí unos años te reirás por saber más.» Tenía una sonrisa bastante preciosa. Su tez cubierta de pecas se plegaba cuando sonreía. Asentía mirándome fijamente. La verdad es que tenía unos ojos con los que perderse. Te veía el alma.
«No sé, es que me siento tonta.» Arrugó la cara, que se puso roja y empezó a lloriquear levemente.
«María, no te pongas así, mujer…» Dije, a la vez que acerqué mi mano a la suya.
Impasible, lloró a lágrima viva. Así que me levanté para abrazarla. «Se me da muy mal todo. No sé si aprobaré su asignatura.» Dijo entre sollozos.
«Venga, ya verás que en volver de las vacaciones lo verás de otra manera.» Sentía sus lágrimas empapar mi cuello, mientras le daba besos en el suyo. No sé por qué lo hice, pero creo que la tranquilizó. Me abrazó con más fuerza y dejó de llorar.
«Muchas gracias, de verdad.» Dijo tras darle un beso en la frente. Le acaricié la cara y se alejó de mí. María tenía algo que me atraía. Era difícil de explicar. Con Iris funcionaba aquello que dicen de las mosquitas muertas, y algo dentro de mí se cuestionaba si con María sería igual.
Tras acabar la tutoría con ella entró Vicente. «Hola, Jorge, ¿qué tal?» Tan apenas pude responder. Estaba en tensión, como incómodo. Seguro que iba a venirme otra vez con sus proposiciones y guarradas. «Verás, disculpa a los chicos. Nos hemos emocionado y… ya me entiendes. A veces, nos alteramos un poco, jejeje.»
«No te preocupes. Es que simplemente no estoy acostumbrado. Por si no lo sabes, tengo novia.»
«Lo sé, lo sé. Y yo estoy casado. Pero de vez en cuando… Si no le fuese infiel, mi matrimonio se hubiera ido a la mierda hace años.»
«Bueno, cada uno tiene sus métodos.»
«Sí. No obstante, me dijeron que hace un año tuviste un problemilla con otra chica, Isa, Irina…»
«…Iris.»
«Eso. Y… bueno, no te rayes, pero también confiabas en ella por aquel entonces y… simplemente te digo que, bueno, si mantienes tu cabeza fría y sigues estando enamorado de ella… el resto es solo sexo, nada más. No todo iban a ser pajas.»
«No sé. Debe costar mucho mantener esa doble vida.»
«No lo sabes tú bien. Tal vez mi mujer nunca me ha sido infiel, tal vez tu novia tampoco, o tal vez sea cuestión de tiempo. Simplemente te digo que tal vez llegue el momento en el que te des cuenta de que has perdido oportunidades de oro. Mira, yo te dejo el teléfono de Laura aquí.» Sacó un papel plegado que dejó sobre mi mesa. «Haz lo que creas conveniente. Así tengo la conciencia tranquila. Solo quiero que sepas que, ante cualquier cosa, ya sabes que estoy aquí.»
Me extrañaba el súbito paternalismo de Vicente. Nos conocemos desde hace 8 años y nunca había tenido una conversación tan profunda con alguien que no fuese familia. Qué coño, ni mi padre me ha hablado con tal sinceridad.
Al llegar a casa
Aquella mañana acabé más pronto de lo esperado. Al parecer, no me enteré de que el último grupo de estudiantes tenían una salida al centro para visitar una exposición de arte urbano. Podría haberme quedado por el departamento, ordenando cosas en mi despacho o leyendo en la sala de profesores. También estaba la opción de esperar a Roxana e irme con ella, pero me di cuenta de que ya estaba bien. Ella tardaría en acabar, así que por un día que puedo llegar a casa sin prisas…
El camino a casa fue rápido. Por una vez no me entretuvo ninguna retención. Llegué con 3 horas de antelación a casa.
Al abrir la puerta olía extraño. Un olor que nunca había olido antes. Como de colonia de hombre, o algo así. Una parte de mí quiso pensar que sería todo fruto de mi imaginación. Otra vez me ha pasado como con los condones caducados, al final será una paranoia mía. «Ah, sí, uf.» Oía en el comedor, al fondo del piso. Era la voz de Roxana. «¿Ves cómo al final no era para tanto?» Oía otra voz, masculina. Lo más chocante de todo era que Roxana no tendría que estar en casa, pues hoy tenía clase. «UUUFFff, aaahhh, uufff.» Esta vez volvía a ser Roxana. Temía lo peor. Al final tendría razón Vicente, todas te encuernan al final. Simplemente es cuestión de tiempo.
Me acerqué sigilosamente hacia donde provenían los gemidos. «Así, sigue encima, sigue, ya falta poco… Ábrete más…» continuaba la voz masculina. Ese comedor, el mismo sitio donde descubrí a Iris follando con Rober será el mismo escenario donde descubra a Roxana poniéndomelos. Estaba nervioso, con ganas de vomitar, pero excitado. No sé qué me sucedía. «AAAaaahhhh, sííííííííí, aaaah, aaaaaaaahhhhh.» Me iba acercando y el olor se hacía más intenso. Esta vez olía a sudor, a sexo.
Entré directamente y me vi a Roxana en el suelo despatarrada. Estaba haciendo ejercicio. La voz masculina era un vídeo que seguía para ponerse en forma y hacer deporte desde casa. Ella no me vio, pues acababa de hacer la actividad y estaba recomponiéndose. Con los ojos cerrados y sudando a mares. El olor sería tal vez del desodorante mezclado con el sudor.
«Uff, qué… qué sus… susto, cari.» Dijo Roxana al verme entre suspiros.
«Hola, sí, es que hoy he acabado antes. Te había enviado un Whatsapp.»
«Ah, no lo habré… visto. Es… es que… estaba…»
«Tranquila, respira, que vas a expulsar los higadillos, hahaha.»
Cuando Roxana se repuso, continuó. «Yo no he ido a clase. Ya te dije que hoy no iría, la visita esa al museo y eso.» Joder, era cierto. Me lo dijo aquella mañana, que no iría. Como tenemos un horario bastante distinto…
«Sí, por eso te envié un Whatsapp antes de salir, para avisarte…» Disimulé.
«¿Para avisarme? Así me dabas tiempo para que te los ponga, ¿no?» Respondió Roxana con sorna. «Venga, no te pongas así que en cuanto me duche te daré mimos.» Dijo tocándome el brazo.
El viernes al mediodía
«Así, así, cariño, suave…» Gemía Roxana mientras le comía el coño. La tenía sobre mí, con su pubis en mi boca, mirándome de arriba abajo mientras abría la boca deseosa de placer.
Durante ese fin de semana iban a venir unas amigas suyas a hacer un trabajo para la universidad, de hecho, estaban al caer. Tan apenas quedaría una escasa media hora para que apareciesen por la puerta. Roxana necesitaba su comida de coño diaria, y esa mañana no se la di.
«Van a llegar ya, Roxy. Nos van a pillar.»
«Tú a callar, que aún no me he corrido.» Dijo Roxana secamente mientras tenía su coño babeante en mi boca. «Seguro que les gustará verme así. ¿Te gustaría que nos vieran? A lo mejor se animan y te la comen.» Empecé a masturbarme. «Así, tócate. Si no descargas, te verán con la erección y querrán bajártela.»
Llevábamos unas semanas fantaseando con sernos infieles mientras follábamos. Al principio empezó siendo algo inocente, pero con la confianza nos montábamos nuestras propias películas.
Roxana tardó poco en correrse. Esta vez su orgasmo fue discreto y poco movido. Pero seguía siendo explosivo. Mientras tanto, ahí seguía yo masturbándome.
Tras correrse empezó a darme lengüetazos en el capullo mientras me pajeaba y me decía guarradas. «¿Sabes que las que vendrán hoy, algunas, son alumnas tuyas? ¿Te gustaría que te viesen así? Se te pone muy dura si lo digo.» Pero esa tarde hubo algo que cambió en la ecuación. Mientras estaba en éxtasis escuchando lo que me decía, me llamó. «Mira, cari, te presento a Nacho. Este me folla cuando no estás aquí.» Decía mientras me mostraba un pene de goma.
Sonreí mientras la miraba.
«¿Quieres que se la chupe? Sé que te gustaría verme con una polla en la boca.» Asentí como un idiota mientras me masturbaba. Se acercó hacia mi oído y me dijo: «Antes de que vinieras me lo he tirado. Me ha llenado enterita, cornudo.» Decía con voz bajita, como susurrando.
No podía más, estaba a punto.
«¡¡Crrriiiik!!» Sonó el timbre.
«Cari, ya están.» Decía Roxana mientras tenía a Nacho en la mano.
«No me jodas. Aún me queda un poco para correrme.»
«Cari, tengo que abrir. Ya te acabo luego.» Resignado, accedí. Me vestí como pude hecho una furia y fui a darme una ducha de agua fría. «¿Cuándo te duches te irás? Es que a lo mejor nos quedaremos algunas aquí a ver alguna peli o algo para después. Teníamos pensado irnos a casa de Marina, pero al final preferimos quedarnos aquí.»
«Joder. ¿Y a dónde voy? Esto me lo podrías haber avisado. Claro, como te has corrido a ti te la suda…» Respondí claramente enfadado.
«Lo siento, de verdad. Se me había olvidado avisarte de que estaríamos hasta tarde. Puedes quedarte en tu despacho si quieres, pero a lo mejor te molestamos. Seremos 6 chicas aquí.» Ni le respondí.
Al acabar de ducharme fui a vestirme. Las oía reírse, aunque no sabía de qué. Roxana entró de nuevo en nuestra habitación. «Cari, perdón por lo de antes. ¿Al final, tú qué harás?»
«¿Quieres que me vaya o no?»
«Mejor que te vayas, porque te molestaremos y tienes mucho trabajo.» Dijo mientras se acercó a mí a darme un beso. «Cuando se vayan, acabaré lo que habíamos empezado, que tengo ganas de mostrarte lo que me hace Nacho.» No entendía cómo a una parte de mí le excitaba eso, ni cómo a Roxana también. Tras lo de Layla, ella nunca me comentó nada sobre hacer ningún trío, ni mucho menos fantasear. Lo peor de todo es que a ese pene le había puesto nombre, el de un compañero de trabajo.
«No. Mejor te lo montas tú sola con Nacho.» Respondí secamente y me fui sin tan siquiera dirigirle la mirada.
Cuando me fui hacia la puerta intenté no cruzarme con las alumnas, pues entre ellas estaba Victoria, que tan apenas me miró. Además, al no tener fotos nuestras en el piso sería más difícil relacionarnos. Era mejor así. Así pues, decidí irme a mi despacho de la universidad, así trabajaría mejor. De camino pensaba en todo lo sucedido. No podía sacarme de la cabeza a María ni a Victoria, Vicente, Nacho, Roxana… Pero en mi casa estaban Roxana, Natalia, Mónica, Marina, Victoria y Claudia. Todas estaban allí, todas eran compañeras. Al parecer tenían que hacer un trabajo para la asignatura que impartía Vicente. Alguna me reconoció y cuchicheaba con otra. Seguramente ya sabrían lo mío con Roxana. Seguramente Victoria… bueno, no creo que haya trascendido lo nuestro, pues Roxana no dijo nada.
De camino a la universidad no hacía otra cosa que pensar en la escena. Tan apenas reaccioné. Era mejor y más sencillo todo cuando Roxana estaba a miles de kilómetros. Teníamos mejor sintonía. No obstante, la diferencia de edad empezó a ser un problema. Ella alguna noche salía con sus compañeras de clase, mientras que yo me quedaba en casa. Lo entendía porque ella era joven. Yo hacía lo mismo a su edad. Tal vez es cuestión de acostumbrarse hasta que ella sea algo más mayor y ya decida asentarse. Además, cada vez hablábamos menos de nuestro futuro. Tampoco hablábamos nada sobre tener niños. No recuerdo cuándo fue la última vez que hablamos de ello. ¿Nuestra relación estaba entrando en la rutina? ¿Cuándo vendrá un Rober en nuestras vidas dispuesto a girarlo todo?
Llegando al hall me cruzo con María. Estaba sentada en los bancos, cogida de la mano por un chico, seguramente su novio. Cuando me vio me saludó efusivamente. Iba con pantalones ceñidos negros y un jersey beige. Con el pelo recogido en una larga trenza y su sonrisa infantil.
No hice mucho caso y subí a mi despacho. Aún apestaba al perfume que usan las limpiadoras, así que abrí la ventana un poco para ventilar. Vi sobre la mesa un papel plegado, dentro, un número de teléfono y un nombre: «LAURA».
Enciendo el ordenador mientras miro el papel como un idiota. Y al entrar a mi correo algo me llama la atención. Un correo de felicitaciones.
Hoy es mi cumpleaños y ni me acordaba. Roxana tampoco.
Alguien tocó a la puerta. Era María. Pasó con su sonrisa nerviosa y, con voz angelical y tímida, me preguntó si podía sentarse. Accedí.
«Bueno, dime. ¿Qué es lo que quieres?» Pregunté intentando disimular mi frustración.
«Quería darle las gracias por sus palabras de ánimo el otro día.»
«Mujer, cualquiera hubiera hecho lo mismo. Es tu primer año…» Ella negaba con la cabeza mientras sonreía.
«Qué va. El resto de los profesores me tratan fatal. Me dicen que, si suspendo, pues que ya veremos en junio. Usted en cambio… Casi que me veo aprobando y todo, hahahaha.»
Interrumpió nuestra conversación una alerta de mi móvil. Era Roxana.
Pensaba que sería para felicitarme, pero no fue así: «Comentan las chicas de irnos esta noche a casa de Laura. Te envío la ubicación y me recoges cuando acabemos. Seguramente acabemos tarde». No me lo podía creer. No se había acordado de nada. Estaba pensando que esto sería una de esas comedias románticas, donde el chico no es consciente de que le están preparando una fiesta sorpresa de la que no sabe nada.
«…entonces, pensé que estaría en los artículos que puso usted en el aula virtual.»
Embobado respondí a María: «¿Qué?» No me había dado cuenta de que seguía hablándome.
«Sí, que me puse a mirarme los textos que nos puso y ya entendí muchas cosas que antes no sabía. Me parece fascinante el temario de la ruptura con el clasicismo.» En ese momento me cagaba en Hegel y en sus muertos. Mi novia me estaba ninguneando y encima ni se acordaba de mi cumpleaños. Y para colmo se va a zorrear con sus amigas. Estaba como para discutir de teoría literaria.
«María, disculpa, pero ahora no es un buen momento.»
«Oh, perdón, no sabía… Bueno, permítame que le felicite por su aniversario.» La miré fijamente. Ella sonreía ajena a lo que me pasaba en mi cabeza. «Vi en su libro que cumplía años hoy y…»
«Gracias, María.» Respondí. Tenía la boca seca.
María se puso contenta. Con esos ojos tras las gafas. Ojos que podían congelar las cataratas del Niágara al instante. Ojos de alegría e inocencia. «¿Puedo darle dos besos?» Dijo.
«Sí. Si no te importa…»
Se levantó de un salto, sonriendo y me abrazó. No me molestaba su olor a sudor. Y noté un primer beso húmedo en mi mejilla derecha y luego otro en la izquierda. Después, posó sus gélidas manitas asiendo mi cabeza. Nos mirábamos mutuamente. Ella sonreía. Acercó sus labios a los míos.
Nos fundimos en un beso lento y torpe. Ella abrió su boca buscando mi lengua. No me lo esperaba. La tenía muy larga. Su respiración entrecortada y precipitada hacía ver que estaba muy excitada, lo que hizo que alargase mi mano hacia su entrepierna.
Su respiración aumentó, y ella me correspondió metiendo su mano bajo mi pantalón. No sé si fue del calentón que tenía desde la mamada de Roxana, o nuestras fantasías adúlteras, o saber que tenía el teléfono de Laura. O tal vez fue el teléfono que sonó.
Era de María, un mensaje de Whatsapp.
Sentada encima de mí, interrumpió su beso para mirar el móvil. Aún tenía una mano en mi nuca y, con la que me había tocado la polla, en la pantalla. Estaba tecleando para luego dejar el móvil sobre la mesa y seguir besándome y metiéndome mano.
«María, tienes que irte. Te espera tu novio.» dije interrumpiendo el beso.
«¿Estás celoso? Si quieres lo dejo.» No me lo podía creer. ¿Cómo era eso posible?
Por un momento pensé en el pobre desgraciado de su novio. Seguramente seguiría en el hall, esperando como un capullo. María le diría que estaría de tutoría, y él se lo creyó. Por una vez volví a sentirme como con Victoria. No solo le estaba siendo infiel a Roxana, sino que también incitaba a María a ser infiel. Bueno, incitar… más bien seguir el juego.
Notaba cómo su coño emitía calor a través de su entrepierna. Ella gemía de vez en cuando, refregándose contra mí. Estando tan cerca de mí no parecía tan fea. Y su cuerpo… en la línea del de Iris.
No pude más.
«María, lo siento, pero prefiero no continuar.»
«¿Por qué?» Me miraba con sus ojos abiertos de par en par. «¿Es por mí? No te gusto.»
«No es eso, es que… no sé. Esto no está bien.» Respondí avergonzado.
«Mientes. Si fuese Laura o Martina sí que no dudarías en follarme. Nadie quiere a la flaca sudorosa.» Rompió a llorar mientras hablaba.
«No es eso. Me gustas mucho, pero tu novio, tú… yo…» Algo dentro de mí me decía que no lo estaba arreglando. «No sé, es que…»
María intentaba masturbarme torpemente por debajo del pantalón. Quiso sacarme la polla por la bragueta, pero no podía. «Si fuese la vikinga ya me habrías follado. Ella se los tira a todos.» Era la misma chica a la que se refirió Ignacio.
No di crédito a lo que oía. Tal vez fuese fruto de la rabia y de los celos. «Mira, María, no sé a quién te refieres, pero no quiero nada con ninguna alumna.»
Sacó su mano de mi entrepierna, se levantó y se dirigió hacia la puerta. «Bueno, si tú lo dices. Pero algún día caerás y te tirarás a esa rubia tetuda. Como solo se lo monta con profes la muy puta…» Y se fue dando un portazo. El papel con el número de Laura salió volando al cerrarse la puerta.
En casa de Laura
Me atreví a llamarla. Me dijo que podíamos hacer una tutoría en su casa, pero tendría que ser rápida, ya que esta noche tenía visita. Por eso quise ir. ¿Qué sucedería esa noche en casa de Laura y por qué esta tenía tanta prisa? ¿Acaso era por Roxana?
Me recibió en pijama y sin sujetador. Los pezones se intuían a través de su ropa. Lo que sucedió después fue rápido. Sin duda, Vicente tenía razón. No tardamos ni dos minutos y Laura ya tenía el pantalón del pijama bajado y a cuatro patas. La manera en la que bamboleaban sus nalgas cuando entraba mi polla en su culo era casi hipnótico. No le dolía lo más mínimo. No se quejaba, solo disfrutaba.
«La tienes muy gorda. Me encanta.» Decía al contraste del ruido de mis embestidas. Aunque su cuerpo fuese normal, lo que más destacaba de ella era su iniciativa.
Estaba a punto de correrme, pero aun y así me costaba. No lograba concentrarme. No sé si fue por los nervios de la situación, las prisas o por Roxana. Le estaba siendo infiel, pero ella también es posible que así lo hiciese.
«Ponte encima.» Le dije después de darle un cachete en el culo. Tenía muchas ganas de ver sus tetas sobre mi cara. Lo que más me chocaba de Laura, como he dicho, era su iniciativa. Pero, sobre todo, lo que más loco me dejó fue que no me propusiese nada a cambio. No me pidió que la aprobase, ni la nota. Simplemente me folló sin pedirle nada a cambio.
«¿Me llenarás toda? ¿Te vas a correr todo? Lo quiero dentro de mi coño.» Dijo tras salir de ella. No sin antes darme una buena lamida de polla. Lo hacía con elegancia y profesionalidad. A saber la de pollas que se habrá follado. Temía que luego me pidiese dinero, porque parecía una puta. «Córrete dentro si quieres, tomo pastillas.»
Por una vez esa noche le hice caso a mi conciencia. Solo por ello, porque después de entrar por esa puerta ya me di cuenta de que no habría marcha atrás, que la confianza que tenía con Roxana se había ido al garete. O tal vez cuando me lie con Victoria…
«Me correré sobre tu carita.» Dije excitado.
«Vale, pero no me manches el pelo, recuerda que luego he quedado.» Dijo al ensartarse con mi polla.
El tiempo pasó muy rápido. Y aunque el coño de Laura albergaba mi polla sin ninguna dificultad, lo sentía apretado. Laura sabía cómo hacerlo, como cabalgarme. Adelante, atrás, adelante, atrás… su maestría encima de mí era casi militar. Mantenía un ritmo intenso y muy excitante. De vez en cuando me dejaba chupetearle las tetas mientras sonreía mirándome.
Los muelles de la cama crujían mientras el colchón sacudía nuestros cuerpos con una sincronicidad con nuestros cuerpos que ni el mejor de los péndulos.
Una parte de mí quería sonsacarle información, saber qué pintaba Roxana en esa fiesta. Otra muy evidente la tenía delante de mis narices. Quería sentir cómo me corría en esa carita. Si se lo tragaría, si sonreiría, si le disgustaría… Y otra empezaba a emerger. Una en la que estaba Roxana. Una en la que estaba Roxana dispuesta a ponerme los cuernos.
No sé por qué me pasó eso por la cabeza. Por lo de Iris hubiera hecho alguna locura, pero con Roxana era mucha la excitación de verla cómo la poseería otro hombre. Cómo gemiría. Ver lo que sucedió con Oscar, pero estando yo delante.
No sé por qué lo pensé, pero tampoco duraron mucho mis cavilaciones.
«Ponte de rodillas.» Dije.
Laura obedeció. Se salió de mí y se puso de rodillas frente a la cama. Sacaba la lengua y con una mano se tocaba el coño mientras con otra una teta.
«Aquí la quiero, tu leche.» Decía mientras me indicaba con el índice el centro de la lengua.
Cerré los ojos y vi a Roxana comiendo ese dildo, Nacho. Lo comía con gusto, mientras con otro dildo se masturbaba. Me miraba con los ojos entrecerrados, llorando de excitación. Con sus labios cerrados y gimiendo.
«¡¡¡AAAHHHHH!!!» Mi orgasmo interrumpió mi sueño. La cara de Laura estaba toda lefada, y aún me quedaba algo más, pues la mamada de Roxana y mi encuentro con María me habían excitado demasiado.
Los chorros de semen fueron disminuyendo, pero la cara de Laura mantenía un color blanquinoso uniforme. Sonreía mientras sacaba la lengua y cerraba los ojos. Lo disfrutaba, no había duda.
Me quedé quieto, sentado y respirando descompasado. Todo sudado y caliente. Sentía el calor de mi cuerpo emanar de mis sienes mientras las gotas de sudor frío recorrían mi frente.
Tuve que refregar las pocas gotas que quedaban de mi pene sobre las tetas de Laura. Ella, mientras tanto, se introducía los dedos manchados de semen en su boca, de la que salían limpios. No había duda de que se lo estaba tragando y disfrutando.
«Sí que tenías leche.» Decía mientras me miraba sonriendo. «¿Siempre es así o porque llevabas mucho tiempo sin hacerlo?»
«Porque estás muy buena.» Respondí con sorna.
«Qué mono.» Dijo antes de volvérmela a chupar para rebañar el poco semen que me quedaba.
He de confesar que antes de salir con Iris iba de putas esporádicamente. Y lo que experimenté aquella tarde con Laura fue muy parecido, salvo que no pagué nada.
«No hemos acordado nada.» Dije mientras me estaba metiendo la camisa por dentro del pantalón.
«Bueno, no hace falta. Ya puedo aprobar por mí misma. Lo que hemos hecho me gusta y ya está.» Respondió algo directa.
«Gracias, supongo.»
«¡Qué mono!» Dijo antes de besarme. Aproveché para tocarle el culo.
«Hmmmmm. ¿Tienes ganas de más?» Respondió a medida que me abrazaba. Yo aproveché para tocarle el coño.
«Lo siento, pero tengo que irme.» Le di un piquito.
«Si quieres, puedes quedarte. Tal vez quieras unirte a nuestra fiesta.»
Por fin. Creía que nunca me iba a decir nada sobre la fiesta de después.
«No sé, a lo mejor es una fiesta privada y no creo que al resto le guste que haya un profesor…»
«¿Bromeas? Si a la vikinga le encantan montárselo con profesores. Le hablaré de ti para que te folle bien follado. Si seguro que la conoces.»
Una parte de mí deseaba saberlo. ¿Quién era esa vikinga? Saber si era Roxana, saber si Roxana me ponía los cuernos. Desde que Iris me los puso, no niego que alguna vez tuve alguna fantasía. Si hasta me excité viéndola follar con Oscar. Pero otra parte de mí temía que a Roxana le acabasen gustando otros tíos si se lo proponía. No se le puede pedir a tu pareja que se tire a otra persona y que luego haga como si no hubiese pasado nada.
Y si era ella, ¿qué haría? ¿Me sumaría? ¿Me quedaría mirando como un pasmarote? ¿Lloraría? ¿Le daría una paliza a alguien?
«¿A sí? ¿Quién es?» Pregunté.
«¿Quién va a ser? La única europea del este de clase, Katya.»
Por un momento sólo oía los latidos de mi corazón. Acompasados con la vena de la sien que no paraba de dolerme por la presión sanguínea.
«Ah, vaya susto. Pensé que era Roxana.»
«¿Esa? Pero si es una estrecha. Además, no es de Europa del Este.» Dijo con asombro y cierta sorna.
«Es moldava.»
«A saber dónde está eso. Nah, esa es muy cortada. Alguna vez la hemos invitado a nuestras fiestas, pero se resiste. ¿Por qué te habías asustado? ¿Te gusta, pillín?» Preguntó sonriendo. «Pues lo tienes jodido. Antes te tiras a María la empollona, que a Roxana. Es una lástima, porque está muy buena. Si hasta Ernesto e Iván van detrás de ella. Por no hablar de Nacho y Vicente, que también se la quieren apretar. Así que ponte a la cola.»
Escuché atentamente en estado de absoluta perplejidad. Me excitaba saber que mi novia era muy deseada, y en gran parte tenía cierto alivio por saber que no era la famosa vikinga. Aun así, mi fantasía había sido muy fuerte. Tal vez mi ruptura con Iris y mi relación con Roxana me hayan hecho ver las cosas desde otra perspectiva.
Continuará…
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