Alina la Ninfómana
Alina no necesita excusas ni pretextos elaborados; su cuerpo es su propio mandato. Cuando el deseo la golpea, no espera, no negocia: actúa. Esta vez, el destino la pone en el camino de un hombre que puede llenarla como solo él sabe hacerlo, rompiendo todas las reglas de la discreción.
Alina entró a casa con la niña de la mano.
- Al zapatero…- recordó a la pequeña la obligación de dejar las zapatillas en su sitio.
Obedeció a regañadientes y corrió al sofá donde su padre estaba ya con el pantaloncito del pijama sin camiseta jugando a la consola disfrutando de un agradable aire acondicionado, extremadamente necesario con el modo horno de vapor en lo que se había convertido Barcelona aquella semana.
Alina dejó su bolso, estaba empapada en sudor y olía a perros muertos de haber corrido detrás de la niña mil veces en el parque aquella tarde calurosa. Llevaba un vestidito fresco rosa de mamá bastante holgado.
La niña se lanzó a besuquear a su padre, él le hizo cosquillas y le preguntó cómo había ido. Alina se acercó a ellos.
- Vete al cuarto un rato que en breve nos duchamos. Ordena tus cosas que parece una leonera
Alina servía para el mando militar, hablaba suave pero sus órdenes eran imperativas y pobre del que la desobedeciera.
Tal cual desapareció de la vista, con los pulgares se quitó las bragas y rápidamente se subió al sofá, encima de Manuel, que había continuado la partida al irse la niña y no tuvo tiempo de volver a pausarla. Se quitó un tirante sacando su teta y estrujándola, moviendo las caderas para frotar su empapado y caliente coño encima del bulto de su novio.
Se echó hacia adelante para que teta y pecho entraran en contacto; bajó la mano a su entrepierna, le sacó la polla por donde pudo y de un certero movimiento se la encastó.
Ni retiró la mano; movía las caderas y se frotaba a lo loco el clítoris mientras se agarraba al cabecero del sofá
- Ummm…oh…ah…¡Ahhhhh!- No se estuvo ni un minuto, Manuel siquiera había dejado el mando a un lado y empezaba a sobarle el culo que Alina empezó a convulsionar, reír y quedarse relajada
Se separó con asco, estaba pegajosa.
- Yeeep, ¿Y yo qué?- Preguntó Manuel incrédulo
- ¿Tú qué, qué?- Dijo recogiendo las bragas y llevándolas al lavadero
- ¡Esto! ¿Me vas a dejar así?
Alina reía desde la cocina, sacando de la nevera una lubina para la niña y salmón para ella, para que se fuera descongelando. Estaba quitando el papel de film que tenían ambos peces bien pegados cuando Manuel, de dos saltos y con la polla enhiesta se le colocó detrás, le subió la faldita y de un certero movimiento se la encasquetó
- ¡Para coño!- Le dijo llena de carne, intentando acabar de quitar el film torpemente entre pollazos
- Ya, ya paro- Contestó él dándole muy rápido chafándole el estómago contra el mármol
Raro en Alina, recién corrida y sin que le tocase el clítoris, estaba llegando a un nuevo orgasmo mordiéndose el labio. Manuel se le corrió dentro y ella temblaba silenciosa. No dijo nada. Él se la sacó, se limpió con un papel de cocina y le dio un secado rápido al coño, cubriéndose la polla y volviendo al sofá.
“¿Por qué estoy tan cachonda y sensible?” Normalmente estaba excitada y se corría con facilidad si había estímulo, pero no tanto.
Se ducharon y cenaron tranquilamente.
A la mañana siguiente, con el primer pipí se hizo un test de embarazo. Negativo. “Uff…una cosa menos”
Llegó al trabajo inquieta. Severino no estaba para folleteos, habían tenido un marrón con un cliente (no por su culpa) y estaba de muy mal genio. De todos modos le dijo que se escaquearía unas horas. Él, al teléfono y dando patadas al mueble, le hizo señas que se largase.
Dos llamadas hizo; su puesto y trabajo hacían que tuviera ciertos privilegios en el ámbito médico. Una al laboratorio de análisis clínicos, otra a un reputado endocrino que la controlaba.
A la hora del almuerzo se acercó a que le sacaran sangre, y un par de horas antes de que acabase su jornada ya tenía los resultados y esperaba en la sala del médico. Leía en el móvil los valores y por sus conocimientos estaba “bien”, pero le faltaba la opinión del experto. También le tranquilizó no tener ninguna venérea, prueba que se hacía cada 3 meses.
Dos mujeres cuchichearon enfadadas porque ella acababa de llegar y ya la estaban haciendo pasar. “Jodeos, haber estudiado”
La visita fue rápida, el doctor iba a lo que iba y no tenían mucho de qué hablar. Sí, los valores hormonales habían subido bastante pero no era nada serio. Que controlara más su peso (había cogido un par de quilos) y se tomara una pastillita de vitamina D, le subió la dosis de un fármaco y que si tenía algún síntoma raro le escribiera.
Ya más tranquila, sabiendo que era por sus taras, tal cual salió al bochornoso clima de Barcelona, cogió el móvil y cotilleó Tinder, impulsada por…su coño bien lubricado.
Nada, todo obsoleto, o feos, o gente que no le interesaba. “Mierda”
Entró en su modo radar. Imagínense a un “Terminator”, solo que con más inteligencia y mala baba, en modo “Searching”, con capacidades más avanzadas como ver a través de las paredes, olores, perfiles de personas que ninguna máquina sería capaz de saber. Pasó a modo filtro, demasiada chusma por la calle a esas horas “¿Es que nadie trabaja en esta puta ciudad?”
La verdad que su perfil de búsqueda era demasiado amplio, de 18 a 70 años, entre 40 y 100 kg, de 1,5 a 2,5m, cualquier etnia…mientras fuera macho o similar… ergo entraba el 99% de los hombres. A cada paso añadía un filtro, y al final tuvo que centrarse en un objetivo fácil, rápido y sin complicaciones. “Maduros o muy maduros solitarios, mirones y guarros”
Barcelona tenía una fauna diversa, pero había un grupo fácilmente reconocible: en los parques abundaban divorciados o viudos que, a resguardo de los plataneros de sombra, curvados hacia adelante para que no se les notase la erección (importante este punto, hay algunos que no se les levanta ya) que se pasaban las horas mirando a las muchachas que corrían casi en pelotas con ropa de running muy ajustada marcando tetas, culo e incluso coño, para luego volver a su casa a hacerse una paja pensando en la chavalilla con el culo 10 y tanga
Encontró exactamente lo que buscaba; un hombre bastante corpulento, no mayor de 65 años, bien conservado. Tenía barbita ya gris y el pelo corto bastante clareado, vestía cómodo con un pantalón de pinza fino y una camisa corta gris. Alternaba las miraditas a las chicas que pululaban por el parque con su móvil.
Alina se sentó a su lado, el banco era bastante pequeño.
- ¿Me permite?- Preguntó, el hombre la miró de arriba abajo
- Sí, claro
- Qué calor que hace….
- Sí, mucho, no se puede ni estar en la calle
- Jejeje…qué va, pero aquí estamos…
Alina no se andaba con chiquitas; su siguiente paso era decirle si estaba casado y si no, si vivía lejos. De coincidir ambos factores, un simple “¿follamos?”
Pero Dios quiso que no tuviera que conformarse y joder a desgana con un viejo desconocido
- ¿Dónde coño te has metido?- Sonó fuerte y directa la voz de su jefe Severino por el altavoz. Alina hizo, por instinto, la seña de “un momento” a su vecino de banco
- He ido al médico, ¡Te lo dije!
- ¡A mí no me has dicho nada!
- ¡Gililerdo! ¡Estabas a tus mierdas cuando te lo dije!
- ¿Te has muerto ya?- Preguntó después de un segundo
- No
- Pues ya estás volviendo. Tu pandilla me la está liando
- Tú eres el jefe, despídelos
- Arrea anda, aquí te espero- Sentenció antes de colgar
Primero pensó “Mierda, he de volver al trabajo”, pero le duró un segundo, cambiándolo por “¡Polla! ¡Polla!” y vítores internos. Su coño se abrió como una almeja hirviendo con unas gotitas de vinagre, se levantó despidiéndose del viejales y salió pitando deshaciendo el camino de antes.
“¿Haces deporte?” No, le respondió al endocrino en la visita. Ni un corredor hubiera recorrido estos kilómetros al pleno sol de Barcelona a su ritmo. Y por follar, se hubiera hecho los 100m vallas.
Llegó ansiosa a su puesto, ni se cambió. Uno de los nuevos estaba tocando la máquina de agitación y puso las palas que no eran, le hizo dos señas, reseteó la máquina que no dejaba de pitar y subió rauda las escaleras hasta el despacho de su jefe.
Como habéis leído, el rollo Alina-Severino era de buena amistad, además de follar. Por eso se permitían decirse barbaridades y, por ejemplo, no se tomó a mal que entrara sin llamar.
Severino estaba en su mesa, aún con cara de malas pulgas, rellenando papeles. Alina echó el pestillo y sin siquiera pensarlo se desnudó entera, caminó hasta el sofá y se recostó en el reposabrazos ofreciéndole su gran culo blanco y el peludo y brillante coño.
- Seve, polla, ya- Dijo, instrucciones sencillas.
Su jefe se levantó de la silla sonriendo y en silencio se le colocó detrás. Oyó cómo se bajaba la bragueta y el ruido del prepucio moviéndose. Una mano recia y callosa le sobó el coño, primero rozando los labios, luego repasando la raja y finalmente metiendo un par de dedos para comprobar que estaba bien lubricada
- ¡Métela ya!- Le suplicó. Oyó una risita.
Severino sabía follarla casi tan bien como Manuel, aunque él tenía una ventaja; su gorda polla de 26cm
Entró la cabeza abriéndose paso por su húmedo coño, encastándole casi de golpe el tamaño proporcional a una polla “al uso”, dándole un placer inconmensurable, ya fuera por el ancho de su manubrio o por las imperiosas necesidades de Alina de sentirse llena.
Y llena se sentía; como cuando estás muerta de sed y te bebes un vaso de agua de golpe. Placer, alivio, relajación
Severino por su lado jugaba con ella. Le metió y sacó lentamente la polla unas pocas veces hasta esa profundidad, haciéndola gemir, sin más contacto o cariñitos que agarrarse a su gordo trasero blanco. Guardaba su as con recelo. “Esto es lo que te sueles meter” Pensaría, según imaginaba Alina. “Pero espera….”
Se quedó sin aire, temblando entera, con una corriente que le subía del coño a la cabeza sin dejarse ninguna terminación nerviosa por alterar. Suerte de que estaba encima del sofá, porque se le nubló la vista y quedó con todo el cuerpo tenso como cuando te electrocutas. Cuando Severino la empalaba entera y su capullo rozaba y se abría paso por el cuello del útero, Alina moría de placer. Literalmente.
Tuvo ese orgasmo continuo y electrizante unos largos minutos que no pudo contar, para ella fueron horas. Los ojos abiertos sin ver; la boca abierta sin hablar, sólo babeando el cabecero.
Se la clavó hasta el fondo, ella imaginaba su capullo abriéndole el cuello y descargándole la leche directamente en el útero; recordó los polvos de embarazada, la misma posición y sensación imaginando a su bebé envuelto en la bolsa y todo un cúmulo de líquido blanquecino rodeándola.
Se la sacó poco a poco y cuando salió, le dio un azote suave en sus nalgas antes de dirigirse de nuevo a la mesa enfundándose la polla.
- Tira, que tengo aún papeleo.- Le ordenó.
Alina, feliz y bien follada, hizo caso a su jefe vistiéndose, guiñándole el ojo desde la puerta y yéndose a casa con las bragas empapándose cada vez más del semen que le escurría
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