Me obsesioné con aquella mujer
En la oficina, la discreción es la regla de oro. Pero cuando una mirada cruza la mesa del banquete y una mano se desliza bajo la falda en un servicio público, las barreras se derrumban. Lo que comienza como una tentación prohibida se convierte en una sumisión absoluta, lejos de las miradas de sus respectivas vidas.
Conocí a Mika en una cena de empresa con motivo del fin de año que organizó la empresa a la asistimos con nuestras parejas. Yo asistí con Elena mi mujer, que se había comprado un vestido negro para la ocasión, dado que había que asistir de rigurosa etiqueta. La verdad es que estaba preciosa y podía competir con cualquier otra mujer en elegancia y clase. Éramos más de cincuenta personas entre empleados y acompañantes y el evento se celebraba en los salones de un conocido hotel madrileño de cinco estrellas, junto a la plaza de Neptuno.
Ya antes de la cena, mientras disfrutábamos del coctel que se sirvió en la zona de barra, donde todos nos pudimos saludar y presentar a nuestras compañías, me llamó la atención la esposa de Pedro, el subdirector de informática de la compañía. Tan solo coincidí con ella en el momento de las presentaciones y de la mano de su marido.
Era una mujer menuda y delgada. Tenía unos grandes ojos verdes y el pelo rubio, casi blanco. De su anatomía no había nada que resaltar en especial, pero en conjunto era una mujer preciosa que irradiaba sensualidad y delicadeza. En el momento que estreché su mano tuve una sensación extraña que me llamó poderosamente la atención.
El destino hizo que la organización nos sentara en la misma mesa de ocho comensales, coincidiendo ella justo enfrente de mí. La cena fue muy amena contando anécdotas que iban subiendo de tono a medida que circula el vino y los acompañantes se iban integrando al grupo, aunque mi mujer y la de Pablo, otro compañero, ya se conocían desde hacía tiempo.
Al acabar la cena retiraron las mesas centrales y se empezaron a servir copas en una barra lateral. Le pregunté a Elena que quería beber y me acerqué a pedir dos ginebras con tónica. Cual fue mi sorpresa cuando Mika se colocó a mi lado y me preguntó si podía pedir otros dos más para ella y su marido. Casi de inmediato sentí el rocé de su pecho derecho sobre mi brazo, pero no le di importancia pensando que era casual.
Seguíamos esperando a que nos sirvieran las copas cuando la vi separar los pliegues de su falda por debajo de la rodilla hasta mostrarme el muslo hasta la altura de la ingle. Una vez volvió la falda a su sitio me miró a los ojos y sonrió. Me quedé cortado. No sabía a qué venía aquello, pero me sentí cohibido. Se trataba de la esposa de un compañero, aunque se comportara como una buscona de bar.
Volvimos a la zona donde nos habíamos acomodado los ocho y al rato me fui a los servicios y no tardó ni dos minutos en asomarse por la puerta del servicio de caballeros y al ver que solo estaba yo, entró y cerró la puerta pasando el pestillo para bloquear la puerta. Me miró fijamente y se apoyó en la encimera de los lavabos.
Se levantó la falda y se deshizo de las bragas. Se giró y se inclinó mostrándome el trasero. Me coloqué detrás de ella sin llegar a subirme la bragueta, busqué su sexo a tientas con el pene y me introduje dentro de ella de una sola estocada. Estaba muy húmeda y entré sin problema. Con cada embestida ella retrasaba las caderas para aumentar la dureza de las penetraciones.
Ni dos minutos tardamos en corrernos. Al acabar me guardé la polla en los pantalones y ella se metió en el servicio, imaginé que para limpiarse. Abandoné los servicios y la dejé allí para volver con los demás, era lo más prudente. Cinco minutos más tarde apareció, cogió a su marido de la mano y se fueron a bailar. No cruzamos ningún comentario en el resto de la noche.
Unos días más tarde me la encontré en la puerta del edificio donde tenemos las oficinas de la empresa. Tan solo me dio las buenas tardes y me entregó un papel que me guarde inmediatamente, sin pararme a ver lo que ponía. Ya en el coche lo saqué del bolsillo y había escrito un número de teléfono y una breve nota que decía que la llamara en horario de trabajo.
Saqué el móvil y gravé el número poniendo el nombre de una empresa. Hice una bolita con el papel y lo tiré. Me entraron muchas dudas de si debía llamarla en algún momento o era mejor borrar el número y así evitar la tentación de tener una historia extramatrimonial y menos con la mujer de un compañero. Pero no lo borré.
Pasó al menos un mes antes de que me atreviera a marcar aquel número de teléfono. Tenía sensaciones encontradas. Por una parte, estaba deseoso de volver a follar como lo habíamos hecho en los servicios del hotel. Por otra me planteaba si merecía la pena engañar a mi mujer y más con la mujer de un compañero al que tenía que ver todos los días en el trabajo. Pero sucumbí a la tentación.
Escuché su voz al otro lado de la línea, dulce y sensual. Me dijo que no esperaba que la llamase después de tanto tiempo. Tan solo añadió que me mandaba un mensaje al teléfono indicándome día, hora y dirección donde nos veríamos. Dos minutos después de colgar recibí un SMS dándome la información y solicitando respuesta por si no podía ese día. Ni siquiera consulté la agenda en el móvil. Si tenía alguna cita, ya la cambiaría.
El jueves siguiente, tres días después, a las diez de la mañana estaba en el portal de la calle Velázquez. Me sorprendió mucho que la cita fuera en un lugar tan lujoso. Más tarde supe que era propiedad de la embajada de su país a disposición de su padre que era diplomático para cuando venía a Madrid y ella podía hacer uso del inmueble que estaba siempre listo para ser usado, de lo que se ocupaba la propia embajada.
Me sorprendió cuando entré en el portal y el portero, vestido como si fuera un militar me preguntó mi nombre. Se lo facilite y me dijo que podía subir, que me estaban esperando. Cuando salí del ascensor vi entornada la puerta de la vivienda. Entré con sigilo, no sabía lo que me podía encontrar. Cerré la puerta, accedí al salón y la vi allí. Estaba tumbada en el suelo de madera, completamente desnuda y con las piernas abiertas.
Con su mirada clavada en mí, empecé a desnudarme. Una vez en pelotas me arrodillé entre sus muslos. Me tendió los brazos y me tumbé sobre ella. Me cogió el pene con la mano, tanteó la entrada de su vagina y se introdujo la punta. Me rodeó la cintura con sus piernas y presionó para introducirme dentro de ella. Fue un polvo salvaje que duró algo más que el primero, pero aún así más rápido de lo que me hubiera gustado.
Una vez concluido lo que había ido a hacer allí y ante su pasividad entendí que ya estaba de más. Me vestí y me marché dejándola tal y como estaba cuando llegué, tumbada en el suelo con las piernas abiertas. La única diferencia era que ahora mi semen se escurría hacia fuera de su sexo. Al salir a la calle miré el reloj. Tan solo habían transcurrido veinte minutos desde que había llegado a la puerta de la casa. No habíamos cruzado palabra alguna.
Ya en el coche, analizando lo ocurrido, me dije que nunca más. Su actitud era más de una psicópata que de una mujer que a la que le gustaba el sexo y tan solo quería echar un polvo. Pero estaba muy equivocado y lo descubrí demasiado pronto como para olvidarme de ella. Cinco días más tarde recibí otro SMS indicando tan solo el día y la hora, en el mismo sitio y pedía confirmación. No lo pensé ni un segundo y contesté. OK.
Cuando llegué a la cita el portero me saludo casi con una reverencia y no me preguntó nada. Al llegar al piso volví a encontrarme la puerta de la casa entreabierta. Ella estaba de píe en medio del salón, desnuda, con las piernas separadas y cinta roja brillante entre las manos. Al acercarme a ella me tendió la cinta y me dijo que era mi sumisa, que podía hacer con ella lo que quisiera, pero qué por favor, no utilizara la violencia física.
Le pasé la mano por la cara a modo de caricia y giró la cara para sentir más la caricia. Le puse la otra mano en el pubis y lo recorrí de arriba abajo. Esta mojada. Me llevé el dedo a los labios y lo chupé. Repetí la operación de nuevo y esta vez lo metí un poco en la vagina. De ahí lo llevé esta vez a sus labios. Me lo relamió mirándome a los ojos y la besé.
- Pon las manos delante para que pueda atártelas – dije.
Le pasé la cinta alrededor de las muñecas e hice un nudo flojo, ya se apretaría el solo más tarde. Con el otro extremo hice otro nudo alrededor de una figurita de plata que había en una mesita baja, dejando entre medias una medida aproximada para lo que pretendía hacer. Me acerqué a una puerta y la dije que viniera. La alcé los brazos por encima de la cabeza y pasé la figurita atada por encima de la puerta y la cerré. Tan solo podía apoyar la mitas de los pies en el suelo y eso tensando los brazos hacia arriba.
Me desnudé tranquilamente ante su intranquila mirada y un poco asustada. Seguro que no esperaba una situación como esta. Me palpé la polla para endurecerla un poco y me pegué a ella. Pasé una mano por el pubis y la otra por las nalgas, buscando con el dedo el orificio trasero para presionarlo. Dio un respingo cuando sintió el dedo entrar, señal de que no estaba acostumbrada a que se lo tocaran.
La separé lo suficiente para obligarla a que tan solo se apoyara poniéndose de puntillas. La giré para ponerla de espaldas y penetré su vagina. Le pasé la mano por la cintura para sujetarla y que no se cansara demasiado al estar de puntillas. La otra mano fue directa al clítoris y la masturbé un poco antes de empezar a follarla de verdad. Cuando empezó a jadear, la agarré de la cintura y empecé a penetrarla sin consideración. En cuanto se corrió se la saqué, abrí la puerta y la liberé sin desatarla las manos.
Le dije que se acercara a una silla y la até al respaldo. La doblé hacia delante y la pase un dedo por el pubis para desplazarlo hacia el ano y jugar con el dedo haciendo círculos. Enseguida empezó a sentirse cómoda con las caricias anales y en un momento dado, introduje la primera falange del dedo. Soltó un suspiro entre la sorpresa y el dolor.
- Acostúmbrate porque quiero que este agujero sea mío – la dije. A lo que asintió tímidamente.
La incorporé, la besé en los labios y le dije que se tumbara boca arriba sobre una mesa. Le abrí las piernas sujetándola de los tobillos y la penetré introduciendo la polla entera. La follé presionando con un dedo el clítoris y nos corrimos al mismo tiempo. Rodeé la mesa y acerqué el miembro a su cara. Ella lo cogió con la mano y se lo metió en la boca. Como en anteriores ocasiones, me vestí y me marché.
Tan solo dos días después recibí un SMS citándome para el día siguiente por la tarde, precisamente cuando estaba en una reunión de trabajo con su marido y otros compañeros. Sabía que Pedro se marchaba de viaje al día siguiente a primera hora de la mañana a una reunión en Londres, lo que nos daba la oportunidad de alargar el tiempo para follar.
Al acabarla jornada laboral me pasé por un sex shop y compré dos tapones anales de distintos tamaños y de acero inoxidable. Venían en una cajita cubierta de terciopelo a modo de las que se usan en joyería para presentar las piezas. Estaba dispuesto a desvirgar su culito y tan solo pensarlo hacía que me empalmara.
Esa noche, al llegar a casa, Elena me recibió en ropa interior lo que significaba que quería sexo. No me apetecía demasiado y hubiera preferido reservarme para el día siguiente, pero ante el miedo a que sospechara algo porque hacía unos diez días que no le proponía tener sexo, acepté.
Antes cenamos con vino. Una botella de las que reservamos para eventos especiales que ya estaba abierta cuando llegué. Me fui a duchar y me esperó en la misma puerta corredera de la ducha. Nada más salir se arrodillo en el suelo y empezó a chuparme la polla. En cuanto me empalmé, sacó el tubo de lubricante de un cajón y me dijo que hiciera los honores. Este ritual consiste en ponérselo en el ojete y metérselo dentro con un dedo, tan solo un anticipo de lo que realmente quería que le metiese.
Se inclinó apoyada en el inodoro. Puse la boca del tubo justo en su entrada y apreté. Una generosa porción de lubricante cayó sobre la piel y la esparcí alrededor del agujero negro para acabar introduciéndole dos dedos enteros para follarla un poco con el fin de repartirlo interiormente. Ella mientras se masajeaba el clítoris.
Nos fuimos a la cocina, nuestro lugar preferido cuando la voy a penetrar analmente. Se apoyó en la encimera y me coloqué detrás. Posé la punta sobre el orificio, presioné y me introduje dentro. En ese momento empecé a imaginarme que era el culo estrecho de Mika, aunque el de Elena estuviera mucho más ensanchado. Cerré los ojos y mi imaginación voló a la casa de la calle Velázquez mientras me agarraba a las caderas de Mika.
Empecé a bombear agresivamente el ano mientras se masturbaba. Me excité tanto que no tarde en derramarme dentro de ella. Para que no perdiera la estimulación cuando estaba a punto de alcanzar el orgasmo, saqué la polla y le metí el vibrador que siempre tenemos a mano cuando vamos a follar. El juguetito era algo más grueso que ni pene y tenía protuberancias como los pepinos y función de giro, para una mayor estimulación. No tardó ni un minuto en correrse, sobre todo cuando mi mano sustituyó a la suya en el clítoris.
Al día siguiente me pasé por una conocida tienda de sándwich a comprar algo para tomar por si la cosa se alargaba esta vez. Dejé el coche en el parking y recogí las compras. Al llegar al portal el portero una vez más dobló el espinazo a modo de reverencia mientras esperaba el ascensor. Nada más entrar le vi descolgar el teléfono interno del edificio. Estaba avisando a Mika de mi llegada.
En esta ocasión me recibió en la puerta con un conjunto de lencería erótica que estaba fabricado a base de tiras y en vez de tapar las partes pudientes, las resaltaba haciendo que la mirada se dirigiera justo a sus partes sensuales. La besé por primera vez como lo hacen los amantes. Mi lengua entró sin dificultad en su boca y para nada se comportó de manera pasiva. Su lengua buscaba la mía y permanecimos un buen rato sin despegar nuestros labios. Yo aproveché el ínterin para pasarle la mano por el sexo y meter dos dedos para excitarla.
Al separarnos deje la bolsa con las viandas en una mesa, saqué del bolsillo de la americana la cajita con los tapones anales y se la entregué como si fuera un anillo de compromiso pidiéndole matrimonio. La miró extrañada y le dije que la abriera. Cuando descubrió los tapones puso ojos como platos y alzó la mirada hacia mí.
- Te me has ofrecido como mi sumisa y no me puedo quitar de la cabeza el deseo de meterme dentro de ti por detrás. Los tapones nos ayudaran a abrirte sin dolor y poco a poco serás tu quien me pida que te penetre por el culo.
La cogí en brazos y la senté encima de una mesa. Empujé sus hombros hacia atrás haciendo que se tumbara. Le abrí las piernas y pasé la lengua por el sexo y el oscuro botón posterior para ir lubricándola. Cuando consideré oportuno cogí el tapón pequeño y se lo introduje. En el momento de entrarle dio muestras de dolor que cesaron en cuanto la bola entró en sus entrañas y se acomodó al esfínter en la parte más fina.
Jugué un rato haciéndolo entrar y salir y le fue cogiendo el gustillo. Yo ya estaba cardiaco por las ganas de follármela. Debía medir mis fuerzas si quería darle por el culo más tarde. Le sequé el tapón pequeño y le pasé la punta de la polla por el orificio antes de que se le cerrara. Comprobé que era imposible metérsela sin dañarla. Le metí el tapón grande en el sexo para lubricarlo y le puse saliva en el ano. Después le fui metiendo por detrás el tapón poco a poco hasta que desapareció por completo dentro de su ella.
Respiraba entrecortadamente por el miedo al dolor. Dolor que no llegó en ningún momento porque fui extremadamente cuidadoso. En cuanto se relajó le dije que podíamos follar mientras esperábamos a que se acostumbrara a la intromisión posterior. Entrar en ella fue maravilloso. Gracias al tapón la estrechez de la vagina era increíble y con el ajetreo que llevábamos no tardamos en corrernos.
Me preguntó si me apetecía darme una ducha para quitarme el sudor y acepté con la condición de que se metiera conmigo y que no se sacara el tapón del culo. Me enjabonó con una esponja y lego fue lamiéndome cada parte del cuerpo que aclaraba. Una vez quedó satisfecha con el resultado, fue mi turno y repetí el mismo ritual aplicándome sobre todo en los pezones.
Nos comimos los sándwichs y por primera vez hablamos de algo que no fuera sexo. Me dijo que nunca había puesto los cuernos a su marido Pedro, pero fue verme en la fiesta y sus hormonas se alteraron de tal manera que decidió que tenía que tener sexo conmigo como fuera, a pasar de las consecuencias.
Yo veía que cada poco se movía sobre la silla. No pregunté, pero era evidente que le estaban gustando las sensaciones del tapón dentro del cuerpo y quise aprovechar el momento. Le dije que se recostara hacia delante en la mesa. Cogí la parte exterior del tapón y tiré un poco hacia afuera, solo hasta la mitad. En cuanto lo solté, la contracción de sus músculos hizo que volviera a entrar. Jugué un rato tirando y soltándolo hasta que empezó a jadear. Era evidente que estaba descubriendo el placer anal.
Por fin lo saqué del todo, me coloqué a su espalda y puse la punta de la polla en la estrada. Le pedí que cogiera aire y lo aguantara en los pulmones. En cuanto vi que estaba manteniendo la respiración le metí el capullo e inmediatamente presioné hacia dentro metiendo la mitad del glande.
Soltó el aire y giró la cabeza hacia atrás mirándome con carita de aceptación y ojos vidriosos. No había duda, era el momento de meterle el resto del pene. No dijo nada, simplemente empezó a mover el culo y yo a entrar y salir. Al principio despacito, hasta que pidió más energía y entonces follamos con todas las ganas hasta que nos corrimos los dos.
A partir de entonces en todos los encuentros tuvimos sexo anal. Incluso fuimos comprando juguetes para el placer y yo acabé usando los tapones que ella me metía mientras me la chupaba.
La dicha duro poco, no se si afortunadamente o no. A Pedro le trasladó la empresa a la sucursal de Barcelona como director y aunque intenté boicotear su ascenso por todos los medios, fue inútil. Los dos coincidimos que no estábamos preparados para una separación de nuestros respectivos e iniciar un nuevo proyecto de vida juntos.
A su marido le tuvimos que dar una semana sin asistir al trabajo para el traslado, lo que hizo que no tuviéramos oportunidad de quedar para despedirnos como nos hubiera gustado. Tan solo recibí un SMS despidiéndose y rogándome que borrara su número de mi teléfono.
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