Martín se folla a la fulanita de su amigo Antonio
El calor no es el único que se respira en la casa de Antonio. Cuando Martín cruza la puerta, la tensión se vuelve insoportable: Olivia no ha venido a hacer favores, sino a provocar, y Martín no es de los que se conforman con mirar.
El calor caía como una losa en la casa de Antonio, un bochorno pegajoso que parecía derretir hasta el buen humor. Era uno de esos días de verano donde el aire no corría ni a patadas, y dentro del salón se mascaba un sopor espeso, cargado de olor a sudor, a café recalentado y a hombre frustrado.
El camionero llevaba ya más de dos semanas de baja, fastidiado por una lumbalgia que le había dejado fuera de combate. Aunque ya no le dolía tanto, el médico seguía tocándole los cojones con que debía “reposar”. Reposar, decía. Como si un tío como él supiera estar quieto. Lo único que reposaba era su mala leche, que iba subiendo en grados como el termómetro.
Sentado en el sofá, con una pierna en alto reposando sobre la mesita frente a él y la camiseta empapada en la espalda, mascaba con desgana una tostada fría, mientras su mirada se clavaba —una vez más— en el espectáculo que se representaba ante sus ojos.
Olivia se paseaba por el salón con cocina como si aquello fuera un puto desfile. Su “fulanita” habitual, como él la llamaba medio en broma, medio en serio, había aparecido aquella mañana con la excusa de traerle algo de compra. Pero Antonio sabía bien que eso era puro cuento. Esa no venía a hacer favores… venía a calentarle la sangre.
Y vaya si lo conseguía.
Llevaba puestos unos leggins negros, tan ajustados y finos que más que vestirla, parecían pintados sobre su piel. Cada vez que se agachaba o estiraba los brazos para colocar algo en la despensa, el culo le brillaba con la luz del sol colándose entre las cortinas, marcando el pliegue redondo y firme como si no llevara nada… porque no lo llevaba. La falta total de ropa interior era evidente. A cada paso, se le insinuaba la forma del pubis, suavemente delineado bajo el tejido estirado hasta el límite.
Por arriba, una camiseta blanca de tirantes, sencilla, sin sujetador, pegada a su piel por el sudor. Dos pezones duros como chinchetas apuntaban bajo la tela, dejando claro que el calor no le quitaba las ganas de provocar. Caminaba descalza, con las uñas pintadas de rojo, y su melena castaña recogida en un moño flojo, de esos que se deshacen con una mano.
Antonio no decía nada, pero sus ojos hablaban por él: dos brasas encendidas que la recorrían de arriba abajo con una mezcla de lujuria y cabreo contenido. Apretaba la mandíbula, con las manos cruzadas sobre el vientre, observando cada gesto, cada movimiento de cadera, cada vez que Olivia pasaba por delante del ventilador y se quedaba unos segundos con los brazos en jarra, fingiendo buscar algo mientras le enseñaba el culo de perfil.
Era evidente que jugaba. Que disfrutaba con ese tira y afloja silencioso, con ese mirar sin tocar, con ese deseo cargado de electricidad que se espesaba en el aire como el calor.
Antonio, gruñón, sudoroso y con ganas de estallar, ya empezaba a notar cómo el descanso forzoso le estaba pasando factura… y que si esa fulana seguía provocando así, iba a acabar “rompiéndose la espalda otra vez”, pero de otra forma muy distinta. O no tan distinta, en realidad, porque el último empeoramiento de su lumbalgia no se debía precisamente a cargar cajas o dormir mal, sino a haberse follado a lo misionero —y con un entusiasmo nada terapéutico— a su hija Valeria en donde ahora estaba empotronado.
Antonio resopló con fuerza, como un toro a punto de embestir, y se echó hacia atrás en el sofá, gruñendo para sí.
—Vas provocando, fulanita —murmuró con voz ronca, lo bastante alto como para que ella lo oyera desde la cocina—. Luego no te quejes si te pego un revolcón que te deje andando despatarrada una semana…
Olivia soltó una risita sin girarse, agachada frente al frigorífico con el culo en pompa. Se sabía observada y le encantaba. Exageró el movimiento al sacar una botella de agua, y su voz sonó dulce, pero cargada de picardía.
—Ay, Antoñito… si estás convaleciente, mejor no forzar, ¿no? No vaya a ser que la espalda te haga “crac” otra vez y justo cuando más falta me haga…
Antonio masculló algo entre dientes, a punto de levantarse, pero justo en ese instante se oyó el golpe de una puerta de coche cerrándose de una hostia seguido del chirrido de la verja de su jardín.
—¡Eh! ¿Se puede, cabrón? —tronó una voz grave desde fuera, reconocible para él como la de un hermano.
Antonio se incorporó lo justo para asomarse por la ventana. Alzó la voz, con media sonrisa torcida en los labios:
—¡Pasa, coño! Ya era hora. ¿Dónde te habías metido, puto búfalo?
Unos segundos después, Martín apareció en la puerta de cristal que daba al jardín, imponente como siempre: cabeza rapada, camiseta sin mangas empapada de sudor, tatuajes en los brazos, barba negra de pirata y una bolsa de hielo colgando en una mano.
—He parado a por cervezas frías, que sé que tu nevera es un cementerio. ¿Y esa cara? ¿Sigues con la espalda jodida o te han dicho que tienes disfunción eréctil?
Y entonces la vio.
Olivia había salido de la cocina justo en ese instante, con la botella de agua pegada a los labios. Al cruzar la mirada con Martín, se quedó a medio trago, como si no se esperara encontrarse con aquel animal de casi dos metros que la escaneó de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose con descaro en sus pezones marcados y en el contorno de su sexo bajo los leggins.
El silencio fue corto, pero cargado.
—¿Y esta? —dijo Martín, ladeando la cabeza, con una sonrisa torcida y peligrosa—. ¿La enfermera que te manda la mutua o la que te parte la espalda cuando el médico no mira?
Antonio rió por lo bajo, disfrutando del momento. No era el mejor momento para contarle que habían sido su hija Valeria y su nieta las responsables directas de su recaída en la lumbalgia.
—Esta es Olivia —dijo, con tono socarrón—. Viene a hacerme compañía. Y de paso, a provocarme hasta que la pille por banda. Pero tranquilo, aún no la ha probado nadie más que yo. Bueno, sí… su marido.
Martín soltó una carcajada gutural, dejando la bolsa de hielo sobre la mesa y abanicándose con la camiseta.
—Pues te estás arriesgando mucho, colega. Porque si la dejas mucho rato sola con esta pinta, te la voy a acabar robando.
—Primero tendrás que aguantarle la lengua —replicó Antonio—. Es más lista de lo que parece… aunque a veces también más guarra.
Olivia, en vez de cortarse, dio un paso adelante. Miró a Martín directamente a los ojos, con una mezcla de descaro y curiosidad. Sabía que aquel tipo era distinto. Grande, rudo, sin filtro… y la forma en que la devoraba con los ojos le arrancó un escalofrío.
—¿Y tú quién eres? —preguntó ella, fingiendo desinterés mientras bebía un sorbo de agua.
Martín la miró como si se estuviera imaginando ya lo que había debajo de esa ropa sudada.
—Martín. Camionero y actor porno ocasional. Amigo de este viejo gruñón. Y si te portas bien… quizás tu nuevo fisioterapeuta.
Olivia alzó una ceja, divertida.
—¿Especialista en masajes?
Martín sonrió, dejando caer su cuerpo en la butaca como si fuera el dueño del salón.
—No, reina. Especialista en desajustarte las caderas. Pregúntale a alguna de mis ex si quieres referencias.
Antonio soltó un bufido, encendiendo un cigarro con cara de perro viejo que ya olfatea el morbo en el aire.
—Ya estás pavoneándote. No llevas ni dos minutos y ya quieres empotrar a mi fulanita.
—Si tú la tienes de florero, no es mi culpa —replicó Martín—. Aunque este bonito jarrón tiene pinta de que le quepan hasta dos capullos.
La carcajada de Antonio retumbó en la sala.
Olivia se apoyó contra la mesa, con los brazos cruzados, dejando que su pecho resaltara aún más bajo la camiseta empapada. Se notaba que disfrutaba del ambiente, de la tensión, del juego entre machos.
—Si os vais a pelear por mí, que sea en calzoncillos y con barro —dijo, con una sonrisa socarrona.
Martín le sostuvo la mirada.
—No hace falta barro, niña. Con el sudor ya vale. Ahora dime: ¿te gusta que te miren o sólo vienes así vestida para torturar a los viejos?
Ella no contestó con palabras. Se limitó a girar sobre sí misma, dándole la espalda, y agacharse a recoger una bolsa del suelo. La licra de sus pantalones se estiró aún más, revelando la forma perfecta de sus nalgas y la hendidura húmeda entre ellas. Martín soltó un silbido grave.
—No lleva bragas, el bicho… —dijo en voz baja, casi para sí mismo.
Antonio chasqueó la lengua.
—No, y lo hace a propósito. Le gusta que se le marquen los labios. Como si fuera un escaparate.
Martín no quitaba los ojos de encima.
—Pues como siga así, va a acabar con el cristal roto a causa de un buen alunizaje de mi polla.
Antonio se rió, pero con una sombra de advertencia:
—Con cuidado, que tiene más veneno que un alacrán. Aunque si te la ganas, igual te deja jugar un rato.
Martín miró a Olivia una vez más, esta vez con los ojos entrecerrados, como un depredador tanteando a su presa.
—A mí no me gustan los ratos. Me gustan las sesiones largas.
Olivia se relamió los labios.
—Pues empieza por ofrecerme una cerveza, camionero. Y luego ya veremos si mereces una sesión entera o solo un calentamiento.
Martín se levantó sin decir nada, abrió la bolsa, sacó tres latas sudadas de condensación y le tendió una, mirándola a los ojos.
Antonio, desde el sofá, los observaba como un general viendo cómo se organiza la batalla.
Y pensaba: como esta tarde no reviente el sofá, va a ser un milagro.
Martín abrió la cerveza de un chasquido y se la tendió a Olivia con su mano grande, callosa, manchada de grasa seca en los nudillos. Ella la cogió sin apartar la mirada, tocándole los dedos más de lo necesario. Sonrió con ese gesto de niña mala que sabe perfectamente lo que está haciendo.
—Gracias, fisioterapeuta —murmuró, antes de darle un largo trago a la lata, dejando los labios húmedos.
Martín se giró hacia Antonio con una sonrisa lobuna.
—¿Tú estás seguro de que esto es una mujer o una trampa para osos?
Antonio soltó el humo del cigarro con calma, con una pierna aún en alto y la camiseta remangada.
—No me hables, que llevo casi dos semanas aguantando sin meterle mano. Si no es una trampa, que baje Dios y lo vea. Lo que no sé es si es para osos… o para machos sin remedio como nosotros.
Martín se dejó caer de nuevo en el sillón junto al sofá, sin dejar de mirar a Olivia. Sus ojos eran los de un camionero que ya ha visto mucho, pero que aún sabe cuándo algo le va a volar la tapa de los sesos.
Ella, mientras tanto, se sentó al borde de la mesa baja del salón y acarició el empeine del pie de Antonio, cruzando las piernas con cuidado, sabiendo perfectamente lo que enseñaba. Los leggins se estiraron aún más, dejando ver no solo el contorno de sus labios, sino un rastro de humedad que no dejaba lugar a dudas.
Antonio gruñó.
—Mírala. Si es que va chorreando y se hace la digna. ¿Tú has visto eso, Martín?
El otro hombre asintió despacio, como si estuviera evaluando una mercancía peligrosa.
—He visto mujeres calientes. Pero esta… esta parece estar en plena ovulación tribal.
Olivia soltó una carcajada, llevándose la cerveza a la boca.
—No sabía que los camioneros tenían tanto vocabulario —dijo—. ¿También sabéis recitar poesía mientras me abrís de piernas?
—No —replicó Martín, sin pestañear—. Pero sé describir muy bien cómo vas a suplicar cuando te tenga agarrada del pelo.
Antonio rió desde el sofá, con esa carcajada gruesa que le salía del pecho.
—Hostia, tú… si esta tarde no acabamos todos en bolas, me cambio de gremio.
—Eso si te puedes mover, abuelo —le soltó Olivia con sorna—. Que estás ahí tirado como una vaca vieja.
Antonio la señaló con el cigarro, sin perder la sonrisa.
—Sigue provocando, fulanita. Ya verás cómo me da por levantarme de golpe y te dejo más torcida que una toalla escurrida.
—Uy, qué miedo —dijo ella, levantándose con lentitud—. ¿Y tú, Martín? ¿También amenazas o haces cosas?
—Yo no amenazo —dijo él, serio—. Yo aviso.
La tensión se hizo densa como el calor. Olivia dio unos pasos hacia Martín, lenta, felina, hasta quedar justo delante de él. Le tendió la lata vacía con un gesto suave, como si estuviera devolviendo una ofrenda.
—¿Otra? —preguntó.
Martín no respondió de inmediato. La miró despacio, de abajo arriba, recreándose. Le cogió la lata, y justo al rozarle los dedos, apoyó su otra mano en la parte baja de su vientre, ahí donde empezaba el contorno húmedo entre las piernas.
—Estás ardiendo, niña.
Olivia jadeó apenas, pero no se movió. Se quedó quieta, respirando hondo, mordiéndose el labio.
Antonio los observaba con una mezcla de orgullo y lujuria, como quien ve cómo dos piezas encajan solas.
—Si vas a meterle mano, hazlo ya —dijo, divertido—. Que la puta tensión me está subiendo más que la presión.
Martín retiró la mano, despacio, y se levantó. Olivia tuvo que alzar la cabeza para seguir su mirada. Era más alto, más ancho, más intimidante de cerca. Se inclinó un poco hacia ella y le susurró al oído:
—A mí me gustan las que saben lo que quieren. No las que juegan. Si te vas a mojar… mójate del todo.
Olivia le sostuvo la mirada. Se dio la vuelta, caminó hacia Antonio y se sentó de golpe en su regazo, a horcajadas, como si aquello fuera su trono personal.
Antonio soltó un gruñido cuando el peso la presionó contra su pelvis.
—Cuidado, joder… que tengo la espalda jodida.
—¿Y el rabo?
—Ese está mejor que nunca, por tu culpa, guarra.
Ella se inclinó hacia él y le mordisqueó el lóbulo de la oreja.
—Pues usa lo que puedas. Lo otro… se lo dejamos al amigo.
Martín observó la escena con los brazos cruzados, la camiseta pegada al torso por el sudor. Y mientras Antonio empezaba a pasar las manos por el culo de Olivia, masculló con voz ronca:
—Voy a mear. Cuando vuelva, espero encontraros en condiciones. Si no, ya me encargo yo de caldear la sala.
Olivia, sin girarse, le respondió mientras frotaba su entrepierna contra el paquete de Antonio, que crecía bajo los pantalones deportivos:
—Corre… pero no tardes. Esto no se enfría. Sólo se desborda.
Martín desapareció por el pasillo, y en cuanto se oyó la puerta del baño cerrarse, Olivia bajó la cabeza y le susurró al oído a Antonio:
—¿Te gusta cómo me mira?
—Me pone a mil. Pero lo que me flipa es cómo tú le miras a él.
Ella sonrió.
—Pues espérate, viejo. Lo mejor aún no ha empezado.
Antonio tenía la respiración pesada, los ojos clavados en Olivia como si estuviera a punto de devorarla. Ella, sentada sobre su regazo, no dejaba de frotar su entrepierna contra el bulto cada vez más evidente en los pantalones de chándal. Se movía lento, con la malicia de quien disfruta provocando un incendio que no piensa apagar ella sola.
—Estás hecho un toro, Antoñito —murmuró ella, bajando una mano para tantear su erección—. Y eso que no te puedes ni agachar.
El cincuentón gruñó, con la voz ronca.
—Sigue así y te vas a tragar medio metro de polla sin que me levante del sofá.
Pero en ese instante, la puerta del baño se abrió de golpe.
—¿Qué pasa aquí? —tronó Martín, de vuelta, con la camiseta tirada sobre el hombro, dejando al aire su torso ancho, velludo entre los pectorales y brillante de sudor.
Se quedó en el marco de la puerta unos segundos, observando la escena. Olivia sobre Antonio, moviéndose como una furcia en celo. Los ojos se le encendieron como brasas.
—Vaya, vaya… así que el espectáculo ha empezado sin mí.
—No te preocupes —dijo Antonio, sin inmutarse, con una sonrisa torcida—. Esto es solo el tráiler. La película empieza contigo.
Martín no necesitó más. Cruzó la estancia con paso lento pero firme, como quien sabe que ya ha ganado. Se paró justo delante de Olivia y se inclinó sobre ella, tan cerca que podía oler el calor húmedo de su cuerpo.
—Ponte de pie —ordenó, sin levantar la voz.
Olivia lo miró, desafiante, pero obedeció. Se irguió con un movimiento felino, dejando a Antonio resoplando bajo ella, y se plantó frente a Martín. Él no esperó más: le agarró de la cintura con una mano y con la otra, le metió los dedos por debajo de la camiseta, levantándola sin miramientos hasta dejarle los pechos al aire.
—Mira eso, joder… —murmuró, mientras le pellizcaba un pezón con la rudeza de un hombre que no está para juegos delicados.
Antonio, desde su trono, soltó una carcajada baja.
—Te dije que era puro veneno, ¿eh?
Martín no contestó. Se limitó a inclinarse y morderle un pezón, fuerte, haciendo que Olivia soltara un gemido agudo que reverberó por todo el salón. Después, sin darle respiro, bajó las manos hasta sus caderas y le giró el cuerpo de golpe, empujándola contra la mesa baja. El sonido de sus palmas chocando contra la madera fue seco, brutal.
—Piernas abiertas —ordenó.
Olivia obedeció sin dudar, temblorosa, con las mallas aún puestas pero tan empapadas que parecían una segunda piel. Martín las bajó de un tirón hasta las rodillas, dejando al aire aquel culo redondo y brillante de humedad.
—Joder, colega… —gruñó Martín, mirando a Antonio con una sonrisa torcida—. ¿Cómo cojones te has aguantado dos semanas sin follártela?
—Porque soy un santo —dijo Antonio, encendiéndose otro cigarro—. Y porque sabía que acabarías haciéndolo tú.
Martín se pasó la lengua por los labios y se inclinó sobre Olivia, pasándole la mano abierta entre las piernas.
—Estás empapada, zorra.
—Llevaba un buen rato así —murmuró ella, con la voz entrecortada—. Desde que entraste por la puerta.
Martín se rió. No era una risa alegre: era una risa de depredador satisfecho. Le dio una palmada fuerte en el culo y se arrodilló detrás de ella.
—Entonces no se diga más.
Y sin más preámbulos, le abrió las nalgas con ambas manos y se metió de cabeza entre ellas, lamiéndola con una brutalidad que la hizo gritar. Olivia arqueó la espalda, las manos aferradas al borde de la mesa, mientras Martín se la comía como un poseso, gruñendo, escupiéndole, devorando su coño y su culo como si llevara días sin catar carne.
Antonio observaba la escena sin perder detalle. Tenía la mano metida en el pantalón, acariciándose despacio, con los ojos entrecerrados y una sonrisa de lobo viejo.
—Eso es, Martín… hazle una buena puesta a punto. Que luego me tocará a mí darle el rodaje.
Martín no contestó. Solo gruñía y chupaba como un animal hambriento, con la cara hundida entre sus muslos y la barba negra empapada en los jugos de Olivia. La lengua se movía con ritmo salvaje, alternando lametones anchos con succiones brutales sobre el clítoris, mientras los dedos le marcaban las caderas, clavándose como garras. Ella se arqueaba, gimiendo sin control, agarrándole del cráneo como si temiera que parase. Martín devoraba sin piedad, resoplando, bufando, bebiéndose cada espasmo como si fuera vino.
Y en medio de aquel placer casi violento, Olivia no pudo evitar que su mente hiciera una comparación inevitable. Pensó en su marido. En aquellas “comidas de coño” tristes y torpes que le daba los domingos por la mañana, medio dormido, con la lengua seca y los ojos en el reloj, como si estuviera sellando una declaración de la renta. Se limitaba a dar cuatro lengüetazos tímidos, como un gato mojando el pienso, y al minuto ya resoplaba como si le doliera la mandíbula. Nada que ver con aquellos dos camioneros, que la comían como si les fuera la vida en ello, con hambre, con ganas, con técnica y mala leche. Así, sí. Así una se sentía viva… y no como con su esposo, que parecía más preocupado por no despeinarse que por hacerla correrse.
Cuando Martín por fin se incorporó, le dio una última nalgada que sonó como un disparo y la giró bruscamente para que se sentara en el borde de la mesa.
—Ya sabes lo que te toca ahora, guapa —le hizo saber, aferrándose el intimidante bulto de su entrepierna.
Y Olivia, con la mirada nublada de deseo, lo hizo sin pensar. Se inclinó hacia el cinturón de Martín, sus manos temblorosas pero ansiosas. Le desabrochó el pantalón con rapidez, y cuando tiró de la tela de sus calzoncillos hacia abajo, el miembro que liberó le arrancó un jadeo. La polla de Martín cayó con peso, gruesa, morena, venosa, palpitante como una bestia esperando caza. Olivia la miró con una mezcla de miedo y hambre. Martín sonrió con arrogancia.
—Abre bien la boca, guarra. Que vas a tragar más rabo que un retrete de puticlub —soltó aquel armario empotrado, con esa voz ronca y ese humor cabrón que lo hacía aún más bruto.
El comentario hizo reír a Antonio, que se pasó una mano por la barba cana mientras negaba con la cabeza, divertido.
—Joder, me has recordado al día de los gloryholes… —murmuró, mirando a Olivia con sorna—. Diez rabos se zampó la muy golfa, ¡diez! Como si fueran pintxos. Aunque ni uno como el tuyo, colega… ni siquiera el de aquel senegalés, el tal Oumar… —añadió, con una risita sucia—. Y eso que luego nos la ventilamos juntos en la parte de atrás del camión. Qué día, macho. Aquella tarde sí que tragó como si no hubiera mañana.
Olivia se ruborizó al instante, notando el calor subiéndole por las mejillas tras escuchar la burrada de Martín y la no menos burra batallita del otro. Le lanzó una miradita rápida a Antonio, entre reprobatoria y cómplice, como diciéndole "eres un bocazas" sin necesidad de palabras. Él solo le respondió con una sonrisa torcida y un leve encogimiento de hombros, encantado de haber abierto la caja de los recuerdos.
Y entonces, sin más, se metió en la boca y hasta donde pudo el pollón de Martín, con decisión, tragando centímetro a centímetro mientras las venas le palpitaban contra la lengua. Cuando el glande le golpeó el fondo de la garganta, le brotaron lágrimas de pura entrega, pero no se detuvo.
Martín gruñó con la mandíbula apretada, cerrando los ojos un segundo, disfrutando como un condenado. Le sujetó la cabeza con ambas manos, fuerte, marcando el ritmo con las caderas mientras sentía cómo su polla crecía aún más dentro de aquella boca caliente y húmeda, palpitando con fuerza, vibrándole por dentro como si fuera a estallar en cualquier momento. Olivia tragaba, sentía cada latido, cada deslizamiento, como si aquella polla tuviera vida propia.
Antonio, desde el sofá, soltó una carcajada gutural.
—Joder, colega, se te ve contento. Y ya ves lo entrenada que la tengo. Mira cómo traga la muy puta…
—Tiene práctica, ¿eh? —masculló Martín, embistiendo con fuerza—. Aunque aún le falta fondo.
Olivia gemía con la boca llena, babeando, los ojos brillantes, las mejillas sonrojadas. Se aferraba a los muslos de Martín mientras él la empujaba una y otra vez, sin compasión, sin pausa. El sonido era obsceno: húmedo, rítmico, brutal. Saliva por todas partes. Le escurría del mentón, manchándole los pechos al aire.
Antonio se acariciaba por encima del pantalón con la calma de quien sabe que su turno llegará. Su polla marcaba un bulto imponente bajo la tela gris, y no apartaba los ojos del espectáculo.
—Así me gusta, Martín. Enséñale quién manda. Que luego se me relaja si no le das fuerte.
Martín soltó un gruñido y sacó la polla de golpe, con un hilo de baba colgando de los labios de Olivia, que jadeaba con la boca abierta, buscando aire.
—Ahora sí que estás lista —dijo, tirándola hacia atrás sobre la mesa con un empujón seco—. Piernas arriba.
Ella obedeció sin una queja. Se abrió de piernas como una estrella de mar, mostrando su coño empapado y abierto, brillante, palpitante, absolutamente entregado. Martín no esperó: se la metió de una embestida seca y profunda, arrancándole un grito que rebotó por las paredes del salón.
—¡Joder! —chilló Olivia, con los ojos desorbitados—. ¡Estás loco!
—Y tú estás hecha para esto —escupió Martín, empotrándola una y otra vez contra la mesa—. Mira que profundo te follo, golfa. Menudo coñito tragón tienes tú…
Las embestidas eran animales. Cada golpe hacía que los muebles crujieran y que las latas de cerveza vibraran en la madera. El culo de Olivia rebotaba con cada empuje, y sus gemidos eran ya una mezcla de placer desbocado y rendición absoluta.
Antonio se puso en pie con esfuerzo, gruñendo, apoyándose con una mano en el reposabrazos.
—Me cago en Dios… No puedo veros y quedarme quieto.
Se bajó los pantalones con torpeza, liberando su polla gruesa, curtida, palpitante, más que preparada a pesar de la lumbalgia. Caminó hasta la mesa, rodeando la escena como un buitre viejo que sabe cuándo lanzarse. Martín, al verlo acercarse, sonrió sin dejar de empotrar a Olivia.
—¿Vienes al relevo o vas a follarle la cara?
Antonio ladeó la cabeza, agarrándose la base del rabo con una mano.
—Esta tiene la boca libre, ¿no?
Olivia apenas pudo asentir entre gemidos. Antonio se colocó a su lado y le metió la polla entre los labios sin más preámbulos, con un gruñido ronco. Le sujetó la cabeza con una mano grande y firme, marcando el ritmo desde el primer segundo, follándole la boca con movimientos secos y profundos. Cada embestida le hacía soltar un quejido ahogado, con la garganta cada vez más abierta y los ojos vidriosos por la falta de aire. Antonio jadeaba con la mandíbula apretada, mirándola desde arriba con esa mezcla de lujuria y poder, sintiendo cómo su polla desaparecía entre aquellos labios húmedos una y otra vez, cálida, resbaladiza, perfecta. No era una mamada, no. Era una follada de boca en toda regla, sucia, rítmica, intensa. Como a él le gustaba.
—Abre bien, fulanita. Vas a acabar más llena que el maletero de mi furgo en agosto.
Y así fue. Antonio en la boca, Martín en el coño, y Olivia en el centro, tragando y recibiendo, con lágrimas corriéndole por las mejillas, con los pezones duros, con el cuerpo entero sacudido por el ritmo brutal de aquellos dos animales que la tomaban como si fuera una muñeca caliente, sin pausa, sin piedad, pero con un deseo que lo llenaba todo.
El sudor chorreaba por sus cuerpos. Las palabras sucias se entrecruzaban con los jadeos, los gemidos, el golpeteo húmedo del sexo y los gruñidos guturales de dos machos que se entendían sin hablar.
—Mírala, cómo se corre —gruñó Martín—. Me está chorreando la polla, tío. Esta se está deshaciendo por dentro.
Antonio resopló con fuerza, tensando la mandíbula como un perro en celo, los músculos del cuello marcados, la mirada clavada en ella con una mezcla de hambre y furia contenida.
—Traga, guarra… —gruñó, con esa voz ronca de macho encabronado—. Te vas a tragar mi corrida aunque te repita todo el día… y como sobre, te la pongo en un tupper pa’l desayuno.
Y no tardó. Con un rugido seco, Antonio le sujetó la cabeza con ambas manos y le descargó toda la corrida en la boca, embistiéndola hasta que se atragantó. Olivia no tuvo elección: tragó lo que pudo, tosió lo que no, y acabó con la cara llena de semen, saliva y puro vicio.
Martín la giró entonces sobre la mesa, sin sacársela del coño. La puso a cuatro patas de golpe, dominándola con esa fuerza suya que no pedía permiso, y se la clavó por detrás hasta el fondo con una furia renovada, haciéndola jadear como una posesa. Apoyó un pie sobre la mesa, buscando mejor estabilidad, y con ese ángulo ganado empezó a bombear con más potencia, más ritmo, más rabia. Le agarró la cintura con ambas manos, fuerte, como quien agarra una herramienta, y la movía adelante y atrás sobre su rabo como si estuviera usándola para hacerse una paja. La ensartaba con hambre, con saña, con esa precisión de macho que ya no necesita calcular nada, porque lo tiene todo controlado. Ella sólo podía gritar, abrirse y dejarse llevar por aquella bestia que la usaba como quería.
—Ahora sí, niña… ahora sí que te vas a acordar de esta tarde.
La folló con violencia, desatado, como si llevara años acumulando ganas. Le agarraba del pelo con fuerza, obligándola a arquear el cuello mientras le embestía sin piedad. Cada vez que ella gemía, él gruñía más fuerte, dominándola con todo el peso de su cuerpo, como un puto poseído. Le escupió en la espalda con rabia, dejando que la saliva le resbalara por la columna mientras le soltaba palmadas brutales en el culo, rojas, sonoras, cargadas de furia y deseo.
—¡Así te quería yo, guarra! —rugía Martín, con la voz rota, mientras se la volvía a meter hasta el fondo.
Ella gritaba su nombre entre gemidos, con la voz temblorosa, con la boca abierta de puro placer, corriéndose una y otra vez, temblando, pero sin parar de mover el culo hacia atrás, buscándolo, devorándolo. El sudor les chorreaba a los dos, mezclándose con los jadeos, los chasquidos húmedos y las frases sucias que él no paraba de soltarle al oído.
—¡Más, joder, no pares! —chillaba ella—. ¡Rómpeme, Martín, fóllame hasta que no pueda andar!
Y él obedecía, con cada embestida más profunda, más seca, más salvaje. Le sujetaba las caderas como si fuera suya, marcándole los dedos en la piel, abriéndola con cada empuje, haciéndola temblar, retorcerse, llorar de gusto. Era sexo sucio, rudo, primitivo. Y a ella la volvía loca.
Se apartó justo a tiempo, con un gruñido ronco que parecía salirle de las entrañas, y se corrió fuera de ella con una descarga potente y salvaje. Chorros espesos de leche caliente salieron disparados, regándole toda la espalda baja, escurriéndose entre los omóplatos y goteando por la curva de su culo. Uno de los últimos latigazos voló más lejos de lo previsto y fue a salpicar el brazo de Antonio, que pegó un respingo teatral a pesar de su maltrecha espalda.
—¡Me cago en tu puntería, cabrón! —protestó Antonio, entre risas—. ¿Pero qué haces, disparando a ciegas o qué?
Martín, aún jadeando, soltó una carcajada ronca y apoyó las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Antonio, sin perder la guasa, acercó su antebrazo peludo con parte de la corrida de su colega a la boca de la chica.
—Toma, preciosa —dijo con una sonrisa chulesca—. Ya que te ha gustado tanto, haz el favor y límpiame esto como Dios manda.
Ella no se hizo de rogar. Sacó la lengua y empezó a lamerle el antebrazo con una mezcla de sumisión y picardía, dejando que la mezcla de sudor y semen le empapara el paladar mientras Antonio la miraba con esa sonrisa canalla que no se le borraba ni cuando le salpicaban.
Y después… Silencio.
Sólo se oía el zumbido del ventilador y la respiración agitada de los tres.
Martín se dejó caer en el sofá, sudado, jadeante.
Antonio hizo el amago de recoger la lata que se había caído al suelo, pero sus lumbares le recordaron que mejor le dieran por culo a la lata.
Olivia, tumbada en la mesa, con el cuerpo aún temblando y los muslos pegajosos, soltó una risa rota.
—Me vais a matar, cabrones…
Antonio rió también.
—Tú lo buscaste, fulanita —murmuró Antonio, con esa media sonrisa suya, entre chula y agotada, mientras se acomodaba el cuerpo dolorido como podía.
Y no sólo se refería a aquella tarde, no. Se refería a mucho antes, a aquella primera vez en la caseta del jardín de su hijastra Valeria, cuando Olivia, con esa mirada sucia y la lengua más rápida que las manos, se le insinuó sin pudor. Buscaba rabo, sí, pero no uno cualquiera. Quería buenos polvos, de los que te dejan las piernas flojas y el alma revuelta. Quería nuevas experiencias, hombres de verdad, de los que gruñen, mandan y follan sin pedir permiso. Lejos de su vida de burguesita suburbana, del pusilánime de su marido que la tocaba como si tuviera miedo de romperla. Y fue allí, en aquella caseta, donde Olivia cruzó esa línea… y ya no hubo vuelta atrás.
Martín encendió un cigarro con la mirada aún brillante.
—Y lo volverás a buscar, seguro —añadió él, mirándola con esa chispa canalla en los ojos y el torso aún sudoroso, como quien ya conoce el final del cuento.
Y tenía razón. No hacía falta ser adivino para saber que aquello no terminaría allí. Los tres lo sentían en el aire, en el sudor que aún les perlaba la piel, en las miradas cargadas de promesas sucias. Olivia, despeinada y con la entrepierna ardiendo, lo supo también. Y más le valía estar lista, porque en cuanto Antonio se recuperara del todo de la lumbalgia, no pensaba tenerle compasión. Sin postura incómoda la iba a dejar doblada, sin escapatoria y pidiendo tregua… o más.
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
La vecina del quinto (Cap. 2)
Elena creía conocer los límites de su matrimonio hasta que las palabras sucias de su vecino las borraron.
Comparte:Dominacion masculinaCuckoldDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
Infidelidad en el aeropuerto
El aeropuerto es solo el escenario; el verdadero juego comienza cuando sus miradas se cruzan y la barrera de la decencia se rompe.
Comparte:Dominacion masculinaCuckoldTransgresion moral
- Hetero: Infidelidad
Mi antigua compañera de clase es una zorrita (3)
Natalia lava los platos con guantes mientras su marido se esconde en el baño. Tú sabes que es la esposa de otro, pero sus caderas te invitan a…
Comparte:CuckoldTrio mffDominacion masculina
- Hetero: Infidelidad
Entregada al jefe de mi marido Parte II
Enrique no solo la toca; la desmonta pieza a pieza. Esta noche, el juego sale de la cama y el escenario es la calle: su jefe, un desconocido y unas…
Comparte:CuckoldDominacion masculinaPoder y control
- Hetero: Infidelidad
Mi vecina... ¿prostituta de lujo?
El ascensor se detiene y el calor aprieta. Lo que empieza como un accidente vergonzoso se convierte en una obsesión cuando el exmarido de la vecina…
Comparte:Dominacion masculinaCuckoldDeseo reprimido
- Hetero: Infidelidad
Cuernos Deseados (V)
Él le pide que lo humille con otro, pero no imagina que el deseo de ser cornudo la transformará en una mujer dispuesta a cruzar cualquier línea.
Comparte:CuckoldDominacion masculinaPoder y control