Entregando un paquete como repartidor
El timbre suena y la puerta se abre para revelar más de lo que el repartidor esperaba. Con una oferta que cambia las reglas del juego, la tensión entre la entrega del paquete y el placer prohibido se dispara en una casa donde las reglas sociales se dejan en la puerta.
Soy Juan, un repartidor de 20 años para Gloobo, y hoy he tenido un día bastante caluroso. Llego a una casa en un barrio residencial, toco el timbre y espero. La puerta se abre y aparece una mujer de unos 40 años, con el cabello húmedo y una bata de cuerpo completo que realza sus curvas. Sus ojos se encuentran con los míos y me dedica una sonrisa cálida.
"Hola, ¿eres el repartidor de Gloobo?" pregunta, su voz suave y melódica.
"Sí, traigo tu pedido," respondo, intentando mantener la compostura mientras mis ojos recorren su figura. La bata, ligeramente entreabierta, deja entrever un poco de piel, lo suficiente para despertar mi curiosidad.
"Pasa, por favor," dice, haciéndose a un lado para dejarme entrar. "Acabo de salir de la ducha y no he tenido tiempo de vestirme adecuadamente. Solo será un momento mientras busco la cartera."
La sigo al interior de su casa, y quedo impresionado por lo que veo. El piso está impecablemente decorado, con muebles modernos y elegantes que crean una atmósfera acogedora. Todo está en su lugar, ni un solo objeto fuera de sitio. Los suelos de madera brillan, reflejando la luz que entra por las grandes ventanas, y las plantas bien cuidadas añaden un toque de vida y frescura al ambiente.
"Tu casa es muy bonita," comento, mientras la sigo por el pasillo hacia lo que parece ser el dormitorio.
"Gracias," responde por encima del hombro, con una sonrisa. "Me gusta mantener todo ordenado y limpio. Es mi pequeño refugio."
Entro en el dormitorio, que es igual de impresionante que el resto de la casa. La cama está hecha con sábanas de un blanco inmaculado, y los muebles son de madera oscura, creando un contraste elegante. En las paredes cuelgan algunas obras de arte que añaden un toque personal y sofisticado.
"Aquí está," dice, sacando la cartera de un cajón. "Lo siento por la espera."
"No te preocupes," respondo, mis ojos fijos en los suyos, tratando de no dejar que mi mirada vagabundee por su cuerpo, aunque la bata se ha abierto un poco más, revelando un poco de su escote.
Me acerco para recibir el pago, y en ese momento, saca dos billetes de su cartera y me los muestra.
"Prefieres una propina de 5€, o una propina de 50€ por comerme el coño," dice, su voz firme pero seductora.
Antes de que pueda responder, se abre la bata, revelando su cuerpo completamente. Tiene una piel blanca y suave, y solo un poco de vello en su vagina, lo que hace que mi corazón lata aún más rápido. Sus curvas son perfectas, y sus ojos me miran con una mezcla de deseo y desafío.
Miro los billetes y luego a ella, sabiendo que la decisión es mía. La tensión en el aire es electrizante, y puedo sentir cómo mi cuerpo responde a la oferta.
"¿Es una broma o hay una cámara oculta?" pregunto, intentando ganar algo de tiempo para procesar la situación.
Ella sonríe, una sonrisa lenta y seductora que envía un escalofrío por mi espalda.
"No, no es ninguna broma," responde, su voz firme pero suave. "Me estaba masturbando cuando llegaste. Estoy caliente y quiero una comida de coño ahora."
Con esas palabras, se pasa un dedo por los labios vaginales y lo lame lentamente, sus ojos fijos en los míos, desafiándome a rechazar su oferta.
De manera dudosa, me arrodillo ante ella, mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Acerco mi rostro a su entrepierna y comienzo a recorrer sus labios con la lengua, lentamente al principio, saboreando su esencia. Ella gime, un sonido profundo y gutural que me enciende aún más. Es el pistoletazo de salida para comenzar a comerme el coño.
Mis manos se posan en sus caderas, sujetándola mientras mi lengua explora cada rincón de su sexo. Recorro sus labios con la lengua, trazando patrones lentos y deliberados, disfrutando de cada gemido y suspiro que escapa de sus labios. Su piel es suave y cálida, y puedo sentir cómo se estremece bajo mi toque.
Lentamente, muevo mi lengua hacia su clítoris, jugando con él, rodeándolo, sin llegar a tocarlo directamente. Ella se retuerce, intentando acercarse más, pero la sujeto firme, alargando su anticipación. Cuando finalmente decido darle lo que quiere, lo tomo suavemente entre mis labios, chupando y lamiendo con movimientos suaves y rítmicos.
Sus gemidos se vuelven más fuertes, más desesperados, y puedo sentir cómo su cuerpo responde a mis caricias. Muevo una mano para separar sus labios vaginales, dando a mi lengua un mejor acceso. Exploro cada pliegue, cada rincón, saboreando su excitación. Mi otra mano se mueve hacia su pecho, acariciando y apretando suavemente, sintiendo cómo su corazón late tan rápido como el mío.
Ella enreda sus dedos en mi cabello, guiándome, pidiéndome más. Y yo se lo doy, moviendo mi lengua más rápido, aplicando más presión, llevándola al borde del abismo. Sus gemidos se convierten en gritos de placer, y puedo sentir cómo su cuerpo se tensa, listo para el clímax.
"Sí, así, no pares," susurra, su voz rota por el deseo.
Y no paro, continúo moviendo mi lengua, llevándola cada vez más alto,
Mis manos comienzan a explorar su cuerpo, recorriendo sus piernas suaves y tonificadas, subiendo lentamente hasta llegar a sus nalgas. Aprieto y masajeo su carne firme, disfrutando de la sensación bajo mis dedos. Mientras mi lengua continúa trabajando en su clítoris, mis manos se aventuran más, separando sus nalgas y explorando su entrada trasera.
Noto algo extraño, una pequeña resistencia, y al tocarlo, me doy cuenta de que tiene un plug anal. La idea de que esté llevando algo dentro mientras me abre la puerta me excita aún más. Comienzo a mover el plug lentamente, sintiendo cómo se ajusta y se mueve dentro de ella. Sus gemidos se vuelven más intensos, más desesperados, y puedo sentir cómo su cuerpo responde a la doble estimulación.
"Sí, así, no pares," susurra, su voz rota por el deseo.
Sigo moviendo el plug, sacándolo casi por completo y luego empujándolo de nuevo dentro, sincronizando mis movimientos con los de mi lengua. Ella gime y se retuerce, sus manos enredadas en mi cabello, asegurándose de que no me separe de la fuente de sus flujos. Su agarre es firme, casi desesperado, y puedo sentir cómo su cuerpo se tensa con cada movimiento.
Mis dedos exploran más, jugueteando con el plug, moviéndolo en círculos, sacándolo y empujándolo de nuevo, mientras mi lengua trabaja incansablemente en su clítoris. Ella está perdida en el placer, sus gemidos llenando la habitación, su cuerpo temblando con cada caricia.
"Más, por favor, más," suplica, su voz un susurro desesperado.
Obedezco, aumentando la intensidad, moviendo el plug más rápido, chupando y lamiendo su clítoris con una ferocidad que la lleva al borde del abismo. Sus músculos se tensan, y puedo sentir cómo su orgasmo se acerca. Con un grito final, se corre, su cuerpo temblando con la intensidad del clímax, sus flujos inundando mi lengua.
Me quedo arrodillado, mi rostro aún entre sus piernas, sintiendo cómo su cuerpo se relaja lentamente. Levanto la vista y la veo sonreír, una sonrisa de satisfacción y placer absoluto.
"Gracias, Juan," dice, su voz suave y agradecida. "Ha sido de las mejores comidas de coño de esta semana."
Me pongo de pie, sintiéndome satisfecho y excitado a la vez. Ella me besa suavemente en los labios, saboreándose a sí misma en mí.
Ella nota mi erección, evidente a través de los ajustados pantalones de ciclista que no dejan mucho a la imaginación. Sus ojos se fijan en mi entrepierna y sonríe, una sonrisa llena de deseo y anticipación.
"Tengo condones, Juan. ¿Me quieres follar?" pregunta sin preámbulos. Su voz es directa, sin rastro de sentimentalismo, solo puro deseo físico.
Y los hombres somos tan simples. "Me encantaría," respondo, mi voz ronca por la excitación.
Ella se gira lentamente, posicionándose sobre la encimera de mármol con una gracilidad que me deja sin aliento. Deja caer la bata al suelo, revelando completamente su cuerpo. Veo su culo, aún con el plug anal, y una bonita joya de cristal con el color de un rubí y la forma de un corazón, colgando de su clítoris, reflejando la luz y añadiendo un toque de elegancia perversa a la escena. Su vagina gotea, brillante y tentadora, lista para mí.
Me acerco, mis manos temblando ligeramente por la anticipación. Saco un condón de mi bolsillo y lo abro, desenvainándome rápidamente. Ella me mira por encima del hombro, sus ojos llenos de lujuria, urgente.
"Fóllame, Juan. Fóllame fuerte," susurra, su voz un gemido de necesidad.
Me posiciono detrás de ella, mis manos agarrando sus caderas, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos. Con un movimiento lento pero seguro, entro en ella, sintiendo cómo su calor me envuelve, cómo su cuerpo se ajusta al mío. Gime, un sonido profundo y gutural que me enciende aún más.
Comienzo a moverme, lentamente al principio, saboreando cada sensación, cada gemido que escapa de sus labios. Pero pronto, la necesidad toma el control, y mis embestidas se vuelven más rápidas, más fuertes, más desesperadas. El sonido de nuestra piel chocando llena la habitación, junto con nuestros gemidos y jadeos.
Mis manos exploran su cuerpo, acariciando sus pechos, su cintura, sus caderas, mientras sigo moviéndome dentro de ella. El plug anal añade una presión extra, una sensación única que me lleva al límite. Ella gime, pidiendo más, y yo se lo doy, moviéndome con una ferocidad que nos deja a ambos sin aliento.
"Sí, así, no pares," susurra, su voz rota por el deseo.
Sigo sus órdenes, mis embestidas cada vez más rápidas, más intensas, hasta que finalmente, con un grito final, me corro, mi cuerpo temblando con la intensidad del orgasmo. Ella se corre conmigo, su cuerpo convulsionando, sus músculos internos apretándome con fuerza.
Me quedo allí, dentro de ella, sintiendo cómo nuestros cuerpos se relajan lentamente. Salgo con cuidado, quitándome el condón y tirándolo a la basura. Ella se gira, una sonrisa de satisfacción en su rostro.
Cuando recupera el aliento, me hace una pregunta que me sorprende:
"Tienes una buena habilidad, Juan. ¿Te gustaría trabajar como juguete sexual para un grupo de amigas? A veces contratamos a algún chico para jugar con él."
Mientras me da los 50€, añade:
"Serían más que 50€, pero tendrías que aguantar varias horas. Y una de mis amigas, además de recibir, le gusta usar un rabo de goma. ¿Te interesa?"
Sus palabras me dejan sin aliento, pero la idea de pasar varias horas con un grupo de mujeres dispuestas y experimentadas me excita. La posibilidad de explorar nuevas fantasías y llevar mi experiencia a otro nivel me tienta.
"Suena interesante," respondo, tratando de mantener la calma. "¿Cuándo sería?"
"Podríamos organizar algo para este fin de semana," dice, sus ojos brillando con anticipación. "Seríamos unas tres o cuatro, y te aseguro que te lo pasarías en grande. Vas a ser nuestro pornochacha, mayordomo, polla con patas y quizás culito a follar ¿Qué dices?"
Pienso en la oferta, en las posibilidades, en las nuevas experiencias que podrían esperar. La idea de ser el centro de atención de un grupo de mujeres deseosas me enciende.
"Me apunto," digo finalmente, una sonrisa formando en mis labios. "Dame los detalles y allí estaré."
Ella sonríe, satisfecha con mi respuesta.
"Perfecto, Juan. Te enviaré un mensaje con la dirección y la hora. Y no te preocupes, te aseguro que será una noche inolvidable."
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