Xtories

Mi mujer me engaña en un concierto con sus amigas

Sara siempre tuvo un lado travieso, pero esta vez va más allá de las fantasías. Mientras él espera su regreso, un amigo le revela los detalles más sucios de su noche con otros hombres. ¿Podrá soportar escuchar cómo su esposa fue poseída por otros, y aún así, volver a desearla?

CMoriarty15K vistas7.7· 14 votos

- Tío, me parto con Sara.

Estábamos desayunando Raúl y yo, en un descanso del trabajo. Llevábamos los dos un rato consultando el móvil, cada uno a lo suyo, cuando me soltó ese comentario.

- ¿Cómo?

- Sí, nada, que me parto con lo que me dice tu chica.

- ¿Ah, que habláis?

- Sí. Teníamos una conversación pendiente tras lo que pasó en el funeral. Ella dijo que me explicaba lo que quisiera de vuestra forma de vida y empezamos a hablar de vez en cuando.

Había pasado un mes, aproximadamente, desde el funeral. No me gustaba lo que me estaba diciendo Raúl y se me notaba. Él parecía incluso algo confundido por mi tono interrogativo. Me pregunté si no tendría una idea equivocada de las reglas de nuestra pareja. Y además, ¿estaba intentando algo con ella o ella tenía alguna intención con él? ¿por qué ella no me había dicho nada de esas conversaciones? De mala gana, le pregunté que por qué se partía, en concreto. Retomando el tono despreocupado con que me había sacado el tema, Raúl prosiguió:

- Me ha contado que este finde se va con unas amigas al concierto de Billy, el amigo metalero de tu padre. Me ha preguntado si quería unirme pero me es imposible. El caso es que le pregunté si con Billy ya había sido mala, y me respondió esto.

Me enseñó su móvil, el chat con “Sarita Marcos”, y ahí vi la respuesta de ella: “Mira que eres curiosón…” y el emoji de la cara que sonríe con picardía. Moví el chat hacia abajo y vi la respuesta de Raúl “jajajaja” y una carita sonriente que saca la lengua, y tras ese mensaje, otro de Sara: “Todavía no, pero tal vez lo haga. Si quieres, te lo cuento” y el emoji que lanza un beso.

- Así que tiene toda la pinta de que este finde va a ser mala. ¿Tú vas al concierto? -me preguntó.

- No. Va a ir con sus amigas y a mí me gusta darle su espacio.

- Sí, claro, normal. Pues ya nos contará -me dijo, riendo divertido.

“Ya nos contará”. Durante toda la mañana le di vueltas a esa expresión, que señalaba mi lugar, igualado al de cualquier otro, ajeno a la relación. Había veces, además, que por autoprotección no le pedía todos los detalles de lo que hacía. Como lo que pasó con mi tío el día de la misa. Pero me los contó Raúl sin querer, suponiendo que estaba al tanto. Yo le pregunté qué más le había contado mi mujer, y ahí es donde me soltó lo de Paco, aparentemente, lo único que ella le había contado, por el momento. Le contó que nos hizo bajarnos del coche con la excusa de que tardaría en encontrar aparcamiento, que nada más bajarnos, empezó a piropearla, a decirle que no dejaba de pensar en ella, que estaba preciosa… y que todo se precipitó en cuanto aparcaron, a la sombra, al lado de un parque. Él le acarició la cara y le dijo que quería besarla. Ella no dijo nada y él recorrió la distancia hasta ella. Se besaron y él recorrió su cuerpo con su mano, deteniéndose en sus pechos y continuando hasta sus piernas, donde hurgó hasta alcanzar el calor de su coño, bajo las medias. Siguieron besándose mientras él la acariciaba, y también ella adelantó su mano hasta su paquete. Él entonces le dijo que tenían poco tiempo y llevó sus manos hasta los elásticos de las medias, ella alzó el culo para ayudarle a quitárselas. Supo lo que quería y se lo concedió, se sentó encima de él y ella misma se metió su polla. Por desgracia, pasaba gente y esa postura era demasiado obvia, así que, tras unos pocos botes, él le dijo que mejor se la chupaba, que sería más discreto. Ella se sacó su pene de su interior, volvió al asiento del copiloto y se inclinó hacia su miembro, que ahora sabía a ella. Mientras se la chupaba, él pasó su mano por su espalda y le metió dos dedos en el coño. Él gemía muchísimo, lo que la hacía sentir poderosa. Cuando estaba de correrse, sacó uno de los dedos de su coño y se lo metió en el culo, y estuvo penetrándola en ambos orificios hasta que acabó en su boca. Estaba tan agradecido, que en cuanto acabó de chupársela volvió a morrearla, sin importarle que todavía tuviera restos de su esperma. Quiso hacerla acabar con los dedos, pero ella le detuvo. No quería llegar muy tarde y él ya se había corrido, así que, con eso se daba por satisfecha.

Raúl dudaba de la veracidad de la historia, o dudaba de cuánto habría de verdad y cuánto de fantasía, pero, fuera como fuese, la historia le daba un morbo increíble y la había releído varias veces. “Tu chica es un tesoro, Marcos” y “¿lo llevas bien? ¿cómo controlas los celos, tío?”. La dualidad de lo que sentía mi amigo ante esas historias era muy similar a lo que yo mismo sentía. “Como puedo. Pero tenemos nuestras normas y nuestros límites” dije, en un intento de parecer que controlaba algo la situación. Respondido con un humillante “¿Si?” por su parte, sin mala intención, ingenuo y espontáneo. ¿Si? ¿Había límites? ¿Qué clase de límites iba a haber cuando todo había empezado con mi propio padre? Parece que este hecho, él todavía no lo sabía. Y supe que en algún momento me vería explicándoselo a mi amigo, con las orejas gachas y el corazón en un puño.

Estaba acurrucada contra mí en el sofá, esperando a que la vinieran a buscar sus amigas en coche. Estaba ya vestida para un concierto de rock: vestido cortito, negro con efecto brillante, palabra de honor, a la vista el inicio carnoso de sus grandes pechos, cuyo volumen quedaba delatado, entre otras cosas, por las arrugas que se le generaban junto a la axila. Llegaba justo hasta debajo del culo, donde comenzaban sus medias y, bajo las rodillas, sus botas altas de tacón. Recordé lo traviesa que se había puesto cuando le conté mi conversación con Raúl. No me había contado nada porque sabía que tarde o temprano me llegaría por él, y pensó que sería más excitante así. También me dijo que lo más probable era que pasase algo con Billy, el único que le faltaba de ese grupo de amigos que formaba con mi padre y con mi tío. Le apetecía sentirse una grupi, aunque fuera de un viejo rockero. Y todavía tenía que decidir si me lo contaría ella o si haría que me llegase a través de mi amigo Raúl.

Desde que tuvimos esa conversación hasta esa tarde de sábado en el sofá, pasaron tres días. Tres días en que no podíamos dejar de follarnos. Ese era el único efecto positivo de nuestra nueva vida. Pero ahora mi mujer se iba a ir de concierto y a mí me tocaba cargar con la cara B.

Cuando llegaron sus amigas, me despedí de ella y no volví a verla hasta el día siguiente después de comer. Esa noche, traté de ponerme una película, de hacer zapping, de leer… en nada alcanzaba a concentrarme. Me masturbé viendo porno, una paja triste y breve. Asalté el mueble bar y me dormí medio borracho, para encontrarme con una mañana insoportable, sin apenas noticias de Sara, más que un mensaje a las 00:23 en el que me decía que había acabado el concierto y que tomarían algo con la banda, y otro a las 06:49 en el que me decía que estaba bien y que llegaría a lo largo de la tarde. Pasé el día con el niño, tratando de abstraerme. No tuve ni ganas de comer. Saqué al pequeño al parque y, al volver a casa, a eso de las 17, mi corazón por fin recibió una alegría: estaba mi mujer bebiendo un vaso de agua en la cocina, recién llegada. Se nos abalanzó a abrazarnos y besarnos. Llevaba todavía la ropa de anoche, pero estaba duchada y con el pelo recogido. Dejamos al pequeño jugando en su cuarto y entramos en nuestra habitación. Me la comí a besos y ella se dejó querer, pero con una mirada enigmática en el rostro. Me devolvía los besos y me acariciaba la cara y el pelo, pero me dejó claro que estaba muy cansada para hacer nada sexual. - Cuéntame algo. ¿Lo pasaste bien? ¿Cómo te encuentras? ¿Hay algo que debas contarme? -la bombardeé a preguntas.

- Tranquilo, mi niño. Estoy bien. Lo pasé muy bien. Hay cosas que querrás que te cuente pero que no te voy a contar hoy. ¿Podrás resistirlo? Prometo que mañana, ya descansadita, te dejaré volver a disfrutar de mi cuerpo.

Mantenerme en ascuas era parte de su diabólico juego. Mi mente no dejaba de hacerse preguntas. Solté alguna de ellas, las que no eran directas, a ver si averiguaba algo. Ninguna de sus respuestas tuvo otro efecto que inquietarme aún más. Lo único que saqué en claro fue que durmió en una casa y que una de sus amigas aguantó con ella hasta esa misma tarde. Todo lo demás, era un misterio. Tenía claras las intenciones de Sara: tarde o temprano, me llegaría la información de sus nuevos cuernos a través de mi amigo Raúl. Mis ojos le escrudiñaron los primeros días de la semana, en el trabajo, sin ser capaz de averiguar si ya sabía algo. A decir verdad, ni tan siquiera pudimos coincidir a solas, siempre estábamos en grupo con más compañeros, también en los desayunos. A mitad de semana, estábamos desayunando en grupo cuando, delante de los demás, me habló de mi mujer:

- Ya he conseguido que Sara me cuente qué tal el concierto. Me dijo que el local estaba lleno de puretas pero que tenían más marcha que ellas. Que a ver cuándo repiten. ¿A qué hora llegó a casa?

Los demás estaban a lo suyo, vagamente pendientes de nuestra conversación, que, a priori, no tenía nada de su interés. Igualmente, me empezaron a invadir los nervios.

- Después de comer, a mitad de tarde -respondí, tratando de parecer tranquilo. Raúl abrió los ojos mucho.

- Pues sí que ha sido mala… -dijo, con una sonrisa pícara.

- ¿Qué más te ha contado?

Sentía cómo mi amor propio se esfumaba al tener que preguntarle eso, acerca de mi mujer, a un amigo. ¿Sabía él que Sara no me había contado nada? Mientras pudiera, trataría de hacer ver que yo estaba al tanto de todo y que solo quería saber cuánto le había contado a él.

- Pues es que la cabrona ha sido dura. He tenido que ir sacándole casi minuto por minuto. Del concierto, me dijo que todo el mundo estaba pendiente de ellas por la escandalera que montaban. Los puretas se sabían todos los temas, claro, y bebían a saco pero de bailar iban mal. Que ellas eran las que más bailaban y animaban a la banda. Ellas y el grupo de amigos de la mujer del batería.

- Sí, me las puedo imaginar perfectamente. Cuando salen juntas es como si volviesen a tener 20 años.

- Total, por lo que me dijo… bueno y que se volvieron locas con una versión de Barón Rojo. Que estaba dándolo todo, botando y cantando la canción cuando una amiga le hizo una putada. Y ahí no veas lo que se hizo de rogar para seguir contándome.

- Eso no sé si me lo contó -tuve que reconocerle.

- Pues hay fotos. Como estaban en primera fila… ella me dijo que sabía que habían sacado foto del momento pero que no las tenía, que igual ni las subían a ningún lado. Y ahí me puse en plan detective.

- ¿Tú la tienes, entonces?

- Sí -dijo riéndose-. ¿Qué me das si te la enseño?

Le lancé una mirada fulminante.

- Es broma. Mira -y me tendió su móvil.

La vista se iba sola al centro de la acción: Sara con los ojos cerrados, cantando y saltando, con el vestido palabra de honor por la cintura, con sus grandes pechos blancos balanceándose. Eran varias fotos. En alguna, sus pechos salían en movimiento, alocados, borrosos, pero en otras, el cámara había podido captar toda la belleza de sus pechos estáticos. Y esas fotos las tenía ahora mi amigo y, si él había podido obtenerlas, quién sabía cuánta gente más. Uno de nuestros compañeros nos miraba con curiosidad, había percibido que nuestra conversación era de interés. Le devolví el móvil a Raúl. - ¿Qué pasa, que estáis ahí a lo vuestro? ¿Algo divertido? -preguntó Chema, el compañero que nos miraba curioso.

- Sí. Pero no sé si Marcos querrá compartirlo…- Raúl me concedió a mí la decisión.

- No -respondí muy bruscamente y me di cuenta-. No, nada. Son anécdotas nuestras.

Traté de quitarle hierro pero igualmente Chema puso una mueca de extrañeza, como de “bueno, vale, chico”. Poco podía imaginar él que tenía buenas razones para no compartir esta historia.

- Oye pues estoy orgulloso de haberlas conseguido. Tuve que indagar. La sala compartió algunas fotos pero no estas, claro. Y en etiquetados, nada. Tampoco con el perfil de la sala etiquetado. Busqué a la banda en Instagram y no tienen perfil. Me pasé a Facebook y la banda ahí solo comparte carteles de los conciertos. Otra vía muerta. Así que busqué la sala en Facebook y otra vez las mismas fotos, sin etiqueta ni nada. Pero en me gustas… ahí lo vi: el perfil del fotógrafo. A rastrear su Facebook, su insta, su página web… estaba ya asumiendo que no las iba a encontrar hasta que vi que tiene un perfil en una página de fotografías. ¡EUREKA!

- Joder. El CNI eres tú, macho -realmente se había esforzado en encontrar esas fotos de las tetas de mi mujer, tenía mérito, las cosas como son.

- A Sara le dio vergüenza que yo las viese, pero le fliparon. Yo creo que con todo esto se ha sentido como una chavala.

Raúl la había calado bien. Todo esto venía de su crisis de edad con la maternidad. Estas cosas la hacían sentirse joven, deseable, viva. El tiempo de desayuno llegaba a su fin y tuvimos que levantarnos de la mesa. De camino al ascensor, donde nos teníamos que separar, Raúl todavía mesa adelantó algunos detalles. El vestido se lo había bajado Elena, una amiga rubita, algo mayor que ella, que tras su divorcio estaba muy alocada, lo que contrastaba con lo modosita que había sido siempre como esposa y mamá. Tras ese numerito, se le acercó sin éxito un grupito de puretas, con todas las pintas de metaleros viejos y moteros. El que mejor estaba de ellos fue directo a por Sara, que se dejó piropear un poco y le dejó que le pasara el brazo por la espalda para hablar con ella con tanto ruido. Le dejó tocar un poco de carne de su espalda y de sus brazos pero acabó diciéndole que estaba felizmente casada. “Si hubiera ido directo a por Elena en vez de a por mí, yo creo que se la habría ligado, porque luego ella me dijo que le parecía guapo, pero que no era segundo plato de nadie” le había escrito mi mujer a Raúl. Tras el concierto, las invitaron, junto al grupo de la mujer del batería, al balconcillo que tenía la sala. Arriba serían como unas veinte personas, entre banda, amigos y gente VIP del local. Nada más encontrarse arriba, me contó, Billy achuchó a Sara y la levantó del suelo, dando giros sobre sí mismo. Ella estaba maravillada por lo bien que había cantado, no se lo esperaba. Cuando la dejó en el suelo, se quedaron mirando fijamente y Billy le entró. Y ahí empezaron a liarse delante de sus amigas.

- Tío. ¿Le van solo los tíos mayores? -me preguntó mi amigo, justo al despedirnos- Es que Billy y Paco… a cuál más hecho mierda. No lo entiendo. ¿Es parte de vuestro pacto? ¿Y qué le decía yo? Y eso que él no sabía de mi padre y de Fonso. Pero lo cierto es que también lo había intentado con mi hermano y el juego este con él mismo…

- No sé qué decirte, Raúl. Ya te digo que tampoco es que sea algo muy común. Yo creo que simplemente ha ocurrido, y ha ocurrido así con esos dos. Sin ninguna relación ni patrón. Lógicamente, no estaría con alguien que realmente me jodiese -le respondí, consciente de mi farol.

- Es que… un bombón como ella… casi hasta me jode -dijo riendo, para luego encogerse de hombros. Nos despedimos y ese día no pude averiguar nada más. Estuve barajando escribirle, pero ese ansia mostraría que yo no sabía nada. Prefería dejarlo para una conversación natural. Tampoco le pedí las fotos, pero me puse a hacer yo las mismas investigaciones, hasta dar con la página en la que el fotógrafo subía el grueso de sus trabajos.

- Sí, ese fue -me confirmó Sara, en casa, una vez que le mostré las fotos del concierto, que yo previamente había estudiado al milímetro-. ¿No hay fotos de cuando intentó ligar conmigo?

Negué con la cabeza.

- Pues ahí que se me pegó el tío. A ver, ya le ves, no está mal, pero no estoy interesada. Yo estoy felizmente casada, le dije -y me acarició la cabeza y me dio un pico-. Y es verdad. Solo me gusta ser mala con gente que conoces, pero porque sigue siendo algo entre nosotros.

Tenía tantos pensamientos cruzados en mi cabeza, que ninguno fue capaz de imponerse sobre los demás y salir de mis labios. No sé lo que entendió ella, pero sintió que debía retomar la conversación:

- Como todo, tiene sus excepciones. Pero lo del batería fue como una extensión de Billy. Y habiéndole visto con su mujer ahí… me pudo el morbo de ser mala. Pero te juro que nunca estaré con un tío cualquiera que venga a entrarme de buenas a primeras.

Sin saberlo, acababa de contarme algo que Raúl todavía no me había dicho. Lo vio en mis ojos, se rio mucho y lo remató con un “ups”, mordiéndose a continuación el labio, “ya te contará tu amigo los detalles”. Le encantó verse en las fotos con las tetas al aire. Raúl la había calado bien. Se veía como una chavala, veía lo que veíamos los demás, una joven hermosa cuyas carnes uno ansía probar. La maternidad le había traído una crisis de los 30 tardía y un poco absurda. Quizás ella misma empezaba a verlo, pero dudaba que eso la alejase del remedio que había encontrado para verse otra vez así. Esa noche, devoré esas dos tetas. Mientras lo hacía, le dije que era una cabrona, que me pertenecían y que no debería ir regalándolas por ahí. “Son tuyas… pero así te enseño a valorarlas”, me respondió entre gemidos y risas. Lo cierto es que llevaba años sin mamárselas así, sin hacerla sentir avasallada por el ímpetu con que trepé sobre ella para follárselas. Tan cachonda se puso que, tras haberme corrido por todo su canalillo y su cuello, cuando bajé a comerle el coño apenas me dio tiempo a saborear su vulva antes de que atrajese hacia su clítoris para correrse con unos pocos lengüetazos.

Una cosa era contener mis ganas de escribirle para sonsacarle todo lo demás y otra aguantar con estoicismo un relato dividido en capítulos. Le escribí a Raúl que ese día íbamos solos a otra cafetería, que no quería volver a pasar por la situación incómoda de tener espectadores. Accedió y, a la hora acordada, nos encontramos para desayunar. Tras preguntarle qué más le había contado mi mujer, fue proporcionándome más datos. Se liaron en esa zona VIP. Besos y las manos inquietas de Billy. Sus amigas la miraban, traviesas pero conocedoras de su nueva forma de vida. Elena tenía al bajista camelándola, un hombre de menor estatura que ella con tacones, con mucha cultura y divertido, tanto, que ella, que solo quería estar con tíos altos y fuertes ahora que estaba viviendo una segunda vida libremente, acabó cediendo a sus encantos y enrollándose también con él, como una adolescente. Y entre besuqueo y magreo, muchas risas, bailes, bromas… Por supuesto, salió el tema del flash de tetas de mi mujer, con todos piropeándola y ella, halagada y colorada a la vez, tapándose la cara con las manos. Y sin saber Raúl los detalles precisos pero sí la esencia, ocurrió que con mucha guasa, acabaron pidiéndole otro flash de tetas para los que no habían tenido el gusto, esto es, los VIPS del local y el solterón del grupo de amigos de la mujer del batería. Y ella lo hizo, a cambio de tener barra libre. Elisa, la otra amiga de mi mujer, la que había llevado el coche, acabó retirándose, aburrida de no beber alcohol y de tener a sus dos amigas, la mayor parte del tiempo, enrolladas con dos puretas. Era una mujer fiel a su marido, aunque un poco amargada con su vida matrimonial. Ella se marcharía sobre las 2 o así, y el tiempo pasó volando hasta que a las 3 cerraron la sala. Propusieron ir a un after y allí tuvieron la siguiente tanda de bajas: la mujer del batería y sus amigos, el otro guitarrista, que andaba liado con una amiga de la mujer del batería, así como los VIP de la sala (propietarios, DJs y otros habituales). Quedaron solo el batería, al que llamaban Peña por su apellido, el bajista de Elena, Charly, Elena, Billy y Sara. Y de la que iban de camino al after, Billy propuso que, siendo tan pocos, mejor fueran a su casa.

Al llegar a este punto, me contaba Raúl, Sara se hizo de rogar para seguir contando. - ¿A ti no te lo está contando todo, no? Esa necesidad de hablar conmigo… quieres saber si yo sé más.

Raúl me había pillado. Pero necesitaba saber más que andar con disimulo.

- Me ha contado algunas cosas. Los detalles más fuertes. Pero creo que le divierte contarte a ti todo lo demás para que yo tenga que preguntarte.

- Qué retorcida nuestra chica -comentó con una risa torcida.

“Nuestra chica” me jodió escucharlo.

- Pues le tuve que insistir. Me pinchaba recordándome mi cabreo el día que la pillé en el baño con tu tío Paco. “No querrás saber más cosas, que luego me coges asco por actuar como una guarra” me dijo. ¿Tú te crees? Le dije que mi problema era si lo hacía engañándote pero que ahora me gustaba oír sus historias. Y bueno, un tira y afloja hasta que accedió a seguir contando.

En el piso, continuaron la fiesta. Las dos grupis entre los brazos de su respectivo músico, bebiendo, riéndoles las gracias y disfrutando de sus caricias y sobeteos. Y Peña mirándolas a las dos, quizás lamentando, en momentos como ese, encontrarse emparejado. A esas horas de la noche, con la bebida acumulada y la excitación cada vez más alta, llegó un momento en que prácticamente ni se hablaba, solo se escuchaba a ambas parejas comiéndose los morros. Elena acabó llevándose a Charly a un dormitorio, pero Sara no era tan pudorosa, o disfrutaba de tener espectador, y Billy, como todos los de la banda, estaba acostumbrado a follar con chicas delante de los demás. Con ese vestido, era inevitable que nuevamente acabase con su palabra de honor enrollado en la cintura. Billy le tocaba los pechos desnudos mientras le comía los morros, las orejas, el cuelo, los hombros… y, por supuesto, acabó enterrando su cara en ellos. Sara, le contaba a Raúl, miraba a Peña mientras Billy le comía las tetas. Peña se moría por participar, ella quería que lo hiciese, pero no le iba invitar a hacerlo, quería que fuera él quien se arrastrase hasta ella para implorar un poco de su atención. Billy ya había metido una mano dentro de las medias y del tanga, y ella le había sacado la polla de los pantalones y le masturbaba. Billy la besaba y la chupaba por todas partes, halagándola y repitiéndole las ganas que le tenía. Ella estaba en la gloria pero necesitaba más. Se bajó al suelo y, a cuatro patas, con sus pechos colgando a la vista de Peña, se metió la polla de Billy en la boca, recorrió el grande con su lengua, como si fuera un polo de helado, “pocas cosas me gustan más que el poder que siento sobre un tío cuando le como la polla” le escribió Sara a Raúl.

Mientras recorría esa polla con su lengua, sintió unas manos en sus caderas. Peña había claudicado. “¿Puedo, cielo?” le preguntó, respetuoso y algo paternal. Ella se sacó la polla de Billy de la boca y se giró para mirarle. Le asintió sonriendo, exageró un poquito más la postura, alzando más el culo y hundiendo un poco la espalda, y volvió a mamar. Peña, con suma atención y mimo, le quitó las botas, le acarició los pies y las piernas y metió las manos bajo la falda del vestido, agarrando el elástico de las medias y quitándoselo lentamente, parecía disfrutar de tomarse las cosas con calma. Cuando por fin le quitó las medias, le besó las plantas de los pies y fue cubriéndole a besos todo el recorrido de sus piernas hasta su culo. Cada vez le costaba más centrarse en la mamada. Estaba sintiendo cosas muy intensas. Billy tenía una mano enterrada en su cuero cabelludo y otra posada sobre su mejilla, en conjunto, ambas manos hacían un agarre que, aunque suavemente y permitiendo que ella sintiera que tenía el control, permitía también a Billy dirigirla. Cuando ella sacó la polla de su boca para mirar hacia atrás y ver la cabeza de Peña enterrada en su culo, haciéndole cosquillas en su ano con la nariz y provocándole escalofríos de placer con su lengua recorriendo todo el coño, Billy no le giró la cara pero sí la acercó a su pene, para frotárselo contra la mejilla. “Ese degenerado… me giré para mirarle y tío, aunque al principio me sentí un poco molesta, verle la cara de placer que tenía por frotarme la polla contra la cara, me puso como una moto. Me quedé ahí, sin abrir la boca, mirándole a los ojos mientras me frotaba la polla y los huevos por la cara”.

Como a cada poco le pedía a Raúl que me enseñara las palabras literales de mi chica, este acabó cediéndome el móvil. Había momentos en que Sara se detenía en detalles muy morbosos y otros en los que resumía lo que había pasado en un par de palabras. Tras el detalle de la polla contra su cara, pasaba a decir que no fue Billy, que tantas ganas le tenía, el primero de los dos en follarla, sino Peña. Billy, al poco de follarle la cara, se la metió en la boca y ella le dio toda la caña que pudo para castigarle por insolente. Vaya castigo, pensé yo. Billy se corrió en su boca y le pidió que se lo tragase, sin saber que ella tragaba siempre. Y quien la folló fue Peña. Él quería follarla lento, pero ella le impuso otro ritmo con las embestidas de su culo, “Me moría por correrme así, a cuatro, con mis brazos abrazando las piernas y el culo de Billy, con mi cara apoyada contra su polla flácida y su mano acariciándome el pelo, y con las manos de Peña aferrando mis tetas para darme la caña que le pedía.” Raúl entonces le preguntaba si finalmente alcanzó su orgasmo, a lo que ella respondía: “No llegaba, creo que el alcohol me lo puso difícil. Me volví loca y le pedí que me diera caña de verdad, que no me tratase como a su noviecita y me tratase como a una grupi. Al pobre le pinché en el orgullo. Abandonó mis tetas, me hizo una coleta con sus dos manos y, tirándome del pelo, me empezó a follar durísimo. Yo me sujetaba sobre las piernas de Billy, le hice daño con las uñas. Ahora tenia la cabeza mirando casi hacia arriba, y con la boca abierta, gimiendo como una zorra. Billy metió dos de dedos en mi boca, que, con el vaivén de la follada, chupaba yo como si fueran pollas. Y entonces me corrí. A putas voces”. El relato de Sara continuaba narrando cómo su amiga Elena se corrió en el dormitorio poco después de ella. Mi mujer le decía a Raúl que le habría gustado que hubieran follado delante de ellos, pero que Elena era una modosita cuando quería.

Peña no se había corrido dándole caña pero estaba muy cerca, en el fondo debía de ser un cursi, la atrajo contra su cuerpo y se corrió follándola lento pero profundo, aferrando sus tetas en un abrazo y mordisqueándole una orejita. Al volver en sí, le decía, se sintió por mal por lo que le dijo de su mujer, así que le pidió perdón y le dijo que le parecía un hombre muy lindo, besándole en los labios. Peña no estaba molesto, le devolvió el beso y le dio unos cuantos más, en los labios y en la cara, pero claramente se sentía culpable por la infidelidad. Peña se fue de la casa y Billy y Sara se fueron al otro dormitorio.

A partir de ese momento, el relato de Sara abandonaba los detalles. Arrastraban tal pedo y tal cansancio, que se quedaron fritos en la cama. En algún momento se despertaron, con sed y sensación de mareo, y, al sentir el cuerpo desnudo del otro al lado, con ganas de sexo. Billy finalmente se dio el gusto de entrar en ella y follaron varias veces. Sin más especificaciones de mi chica. Recordé que a eso de las 7 me había enviado el último mensaje de esa noche (que en realidad era el segundo). Casi una semana después y con intermediación de un íntimo amigo mío, por fin tenía un esquema de lo que había hecho Sara el fin de semana. Raúl me sacó de mis pensamientos, preguntándome que en qué pensaba, si estaba bien. - Sí… sigue haciéndoseme raro todo esto, a veces. Estas conversaciones entre tú y ella… hay veces que veo mi vida como un espectador, empiezo a disociar. - Tío, ¿he hecho algo que te moleste?

No me parecía que Raúl me estuviese siendo desleal. Había descubierto algo accidentalmente y mi mujer le había implicado con sus explicaciones. Luego, sí es verdad que él se mostró ansioso por saber más cosas. Pero, ¿podía culparle? Aún así, me estaba contando las cosas. Mi cabeza tuvo que asomarse a la posibilidad de que, tarde o temprano, Sara hiciese algo con él. Estaba jugando con su excitación, era obvio. ¿Dónde pondría ella el límite? ¿Me molestaría que mi amigo Raúl se la follase también? Y nuevamente tenía sensaciones contradictorias. La bola en el estómago a la vez que la presión de la sangre en mi pene, al imaginarlo.

- No, supongo que no. A ti te excita que te cuente estas cosas, ¿no? Quiero que me seas sincero.

Bajó con timidez la mirada, reuniendo fuerzas para responderme.

- Sí, tío, claro. Sara… coño, sabes que siempre me ha parecido un bombón. Me estás pidiendo sinceridad… si hasta hay veces que me he pajeado pensando en ella. Pero nunca se me había ocurrido liar nada, eres un amigo muy importante para mí, casi como un hermano. Pero cuando, de repente, me encuentro con que tenéis este tipo de relación… pues sí, me vienen fantasías a la mente. A Sara le gusta contarme estas cosas, sé que lo hace para ponerme cachondo. Tú lo sabes también.

Se detuvo para comprobar si yo estaba de acuerdo con eso o si tenía que recoger cable. Asentí levemente.

- Me he imaginado siendo yo Billy. Dios, o Peña. O tu puto tío Paco. Nunca contaría nada a nadie y la trataría con todo respeto, con el cariño que le tengo como vieja amiga. Se lo he llegado a insinuar y ella ni siquiera ha cerrado la puerta. Me respondió que quizás. Que en las circunstancias adecuadas, podría ser. Pero no haré nada con ella si eso implica perderte como amigo.

Tras un rato en silencio, le miré a los ojos y le respondí lo único que era capaz de decirle:

- No sé, Raúl. Ya se verá. Tú no hagas nada a mis espaldas y lo demás… todo se andará.

En casa, Sara estaba entusiasmada con mi relato. Le conté lo que Raúl me había contado y enseñado, que a su vez era lo que ella le había contado a él. Qué satisfecha estaba con su juego. Me pidió que se lo contase de pie, enfrente de la cama, mientras ella, desnuda, se masturbaba con mi historia. Estaba cachonda perdida. Cuando acabé de contarle, me ronroneó que veía mi polla a punto de reventar. Se mordió el labio y se rio de mí, y entonces me pidió que se la metiese. Cuando ya estaba dentro de ella, me susurró al oído: “tu amigo se muere por follarme”. La cabrona me estaba poniendo malo. La hice girar para ponerla a cuatro y reproducir la follada que le pegó Peña. Le dije que era una cerda y una guarra y la agarré del pelo. Ella no era capaz de responder, solo gemía, cerca de su orgasmo. Pero consiguió fuerzas para decirme solo una cosa más, una frase pronunciada de forma gutural, “me lo voy a follar”. Mi vista se nubló, mi cuerpo todavía reunió fuerzas para follarla aún más fuerte, ella llegó a su orgasmo y yo me corrí dentro de ella sintiéndome al borde del desvanecimiento.