Más que amor: Perdiendo la virginidad
El director se acerca y la fiesta se convierte en una trampa. Solo él puede salvarla, pero el precio de su libertad será cruzar la línea que separa al docente del alumno. En la oscuridad de la noche, la curiosidad se transforma en un deseo que ninguno de los dos podrá ignorar.
Yo estaba haciendo las prácticas como profesora de historia en el mismo internado en el que había cursado mis estudios secundarios. Era un centro exclusivo cuya matrícula costaba más o menos según el curso, pero nunca bajaba de los diez mil euros. Algunos alumnos accedían al centro a través de un programa de becas y, normalmente, eran marginados por el resto de alumnos y algunos profesores.
Yo, al ser una antigua alumna de las que pagaban y de excelentes notas, fui acogida por los profesores con mucho cariño cuando llegué para hacer mis prácticas. Con los alumnos también tuve buen rollo desde el principio, sobre todo con los mayores. Tampoco era raro, yo tenía apenas veintidós años y siempre había sido algo inocente para mi edad. En clase me trataban con el mismo respeto que al resto de profesores, pero en cuanto yo dejaba de ser Irene la profe para ser Irene a secas me trataban como una igual. Muchas veces me invitaban a sus planes tanto dentro como fuera del recinto. Yo solía apuntarme a todos porque era una segunda oportunidad. Era vivir la adolescencia que no viví en su momento por estar estudiando.
Desde el principio hubo un alumno de ese grupo que me descuadró, Lucas. No pertenecía a ninguno de los grupos sociales y pertenecía a todos a la vez. Su familia no era la más rica, pero tenía contactos, por lo que era aceptado por los líderes. Era alumno de pago, pero se juntaba con los becados. Era más culto que los empollones y era capaz de medirse con los deportistas sin llegar a ganar, pero también sin quedar en ridículo. Para poner la guinda, era un as de la diplomacia. Ejercía como delegado de la clase en la sombra.
Había un mercado negro de alcohol, tabaco, maría y hachís. Todos, alumnos y profesores, sabíamos que Lucas estaba metido en aquel lío. Él tenía tan controlada la situación que no se escondía y bromeaba sobre lo bien organizado que lo tenía todo. Cada vez que alguien sacaba el tema él decía alguna frase aleatoria de El Padrino y siempre terminaba la conversación con:
- Siempre recordaréis este día como el día en el que casi capturáis al capitán Holgazán. - Aprovechando su fama de no dar palo al agua con la rima.
Lucas era el que menos me hacía la pelota, el que menos colaboraba en clase y el que menos veces hacía los deberes, pero el que más atención ponía cuando yo hablaba. El que nunca interrumpía la clase. Ese al que puedes mirar con complicidad cuando alguno de sus compañeros dice una barbaridad.
La cosa es que a los profes enrollados nos invitaron a una fiesta que celebraban clandestinamente en la última planta del edificio de los chicos. En la última planta era en la que dormían ellos, los mayores, y se celebró una noche en la que los profesores que estaban de controladores estaban en el ajo. Por supuesto que había alcohol y otras sustancias. Era un desmadre, algo silencioso para no alterar al resto del edificio, pero un desmadre.
Estábamos todos los alumnos de segundo de bachillerato y cinco profes. A mí me abordaron las empollonas desde el principio y no me soltaron. Tampoco hice el esfuerzo, aunque sin quitarle el ojo de encima a Lucas. En aquel momento mi lo único que sentía (por lo menos que yo supiera) por él era curiosidad.
En cierto momento vi que Lucas se nos acercaba con cara de preocupación. Dejó la esquina desde la que lo controlaba todo, por lo que tenía que ser algo importante.
- Salid de aquí. - Nos dijo a las cuatro (tres empollonas y yo) que estábamos charlando.
- ¿Por? ¿Qué pasa? - Le pregunté.
- El dire viene para acá. Va a hacer una redada.
Él se iba a ir, pero al ver que nos quedábamos ahí paradas me cogió del brazo y me saco a tirones. Las tres empollonas nos siguieron como si yo fuera la mamá pato y ellas fuesen mis patitos. Él nos sacó de allí sin que nadie se fijara en que nos íbamos los cinco, ya que el sigilo era otra de sus especialidades. Fuera de la fiesta él siguió tirando de mí y acabamos los cinco en su dormitorio, que estaba el final del pasillo, en la punta opuesta al lugar en el que se concentraba la fiesta.
Efectivamente, Lucas tenía razón. Oímos unos gritos y el cese de la fiesta. Luego hubo un revuelo y de nuevo volvió el silencio. Unos segundo más tarde sólo se oía la reprimenda del director. Lucas nos había salvado de aquello, pero aún no podíamos cantar victoria. Oímos como el director ordenaba a alguien, posiblemente uno de los seguratas del turno de noche, que fuese al edificio de chicas para comprobar si las cinco chicas que faltaban estaban en su cuarto. Ordenó a otra persona, otro de los guardias, que inspeccionara los dormitorios de los chicos para ver si alguien se había escondido ahí. ¡Nos iban a pillar! Pues no. Lucas nos puso en alerta.
- Os vais a poner en fila y os vais a agarrar a la cintura del de delante. Cuando os diga nos largamos. - Nos dijo mientras corría la cortina para que no entrase nada de luz. - Lo siento chicas, pero para salir de aquí sin delatarnos necesito, necesitamos, que haya oscuridad absoluta.
Se puso el primero de la fila y nos mostró cómo apagaba los plomos de todo el edificio desde su teléfono. Eso hizo que, lógicamente, se fuera la luz. Salimos de la habitación a oscuras y él nos llevó, a ciegas, hasta las escaleras de incendios, que estaban a cinco metros de la puerta de su dormitorio, pero encuéntralas a oscuras.
- Agarraos bien al pasamanos y bajad con cuidado. La luz nos puede delatar y el más mínimo ruido también. - Dijo susurrando.
Llegamos abajo y salimos del edificio. Nos escondió entre una maleza que había a mitad de camino entre el edificio de chicos y el de chicas, como a diez metros de cada uno. Desde allí trasteó en su teléfono, de nuevo, y acto seguido volvió la luz al edificio de los chicos y saltaron las alarmas de incendio de los dos edificios.
- En cuanto empiece a salir la gente nos camuflamos entre ellos. Cada uno al sitio asignado a ocupar por los miembros de su habitación, como cuando hicimos el simulacro. No la vayáis a cagar ahora. - Nos aclaró.
Su plan salió estupendamente (íbamos todos en pijama, al fin y al cabo, había sido una fiesta de pijamas. Original, pero de pijamas). A nosotros no nos pillaron. Al solucionarse la que se había liado. cada uno fue volviendo a su dormitorio. Los profes que estaban de guardia y habían permitido (y participado en) la fiesta fueron enviados a sus habitaciones y sustituidos por otros.
Me acerqué a Lucas cuando él estaba a punto de volver a su habitación para darle las gracias por salvarme el culo. Él le quitó importancia, pero yo insistí en agradecérselo y lo invité a pasarse por mi habitación cuando pudiese para darle un premio. Me despedí con un beso en la mejilla y él sólo sonrió y se metió en el edificio.
No sé cómo, cuando llegué a mi habitación, que estaba en la primera planta, él estaba esperando en la puerta. Se tapaba con una manta, como muchos otros, aunque los demás lo hacían para no pasar frío y él lo hacía para que no se notase que era un hombre en la zona de mujeres.
- ¿Qué haces aquí?
- Me parecía feo entrar sin pedirte antes permiso. - Me respondió sonriendo, controlando la situación. - ¿Me dejas pasar?
- Pero sólo para que no te pillen aquí.
Él me lo agradeció y me dio un beso en la mejilla, idéntico al que le había dado yo minutos antes. Charlamos un rato y cada palabra que salía de su boca me acercaba a la atracción. Era un chico misterioso, culto, líder y su manera de pensar se parecía a la mía. Tal vez por eso. tal vez por el alcohol, tal vez por la alteración de lo vivido. tal vez por todo junto... le di un beso en la boca sin pensar. Arrepentida, me intenté apartar enseguida, pero él no me dejó. Metió su lengua hasta mi campanilla. Sus manos sujetaban mi nuca con total suavidad. Era mi primer beso y era perfecto. Sentía que había merecido la pena reservarme tanto tiempo.
Él me fue quitando la camiseta con decisión y con la lentitud suficiente como para que yo pudiera pararlo todo si decidía no seguir con aquello. No lo paré. Mis tetas quedaron al aire. Lucas las masajeaba con una maña que me asustaba.
- ¿Has tocado muchas? - Le pregunté con miedo a escuchar su respuesta.
- Dos. Las tuyas.
Me ilusionó mucho eso. No sólo había encontrado el chico perfecto para estrenarme, nos íbamos a estrenar juntos, lo que era aún más perfecto. Yo lo desnudé a él y él me desnudó a mí. Lo preliminares fueron largos. Caricias por nuestros cuerpos, besos por la cara, el cuello y el pecho... restregándonos sin parar. Él me masturbaba sin parar y sin hacerme daño. Sus movimientos era muy delicados. De verdad que me costaba creer que fuese su primera vez, pero lo creía porque ese ángel sólo mentía cuando era necesario. Y también me negaba a creer que pudiera mentirme a mí.
La penetración fue diferente, torpe, bastante torpe. La disfrutamos los dos, pero nuestros movimientos era desacompasados. Yo me asusté un poco cuando al romperme el himen salió un poco de sangre. Sabía de sobra que eso podía pasar, pero no podía evitar asustarme ante una situación desconocida. No tardamos en amoldarnos al ritmo del otro y la penetración comenzó a ir bien. Estábamos cara a cara, haciendo el misionero, sin dejar de besarnos y mirarnos a los ojos. No fue algo fuerte, duro. Fue todo el rato algo delicado, pero hubo mucha pasión. Su pecho reposaba sobre el mío y nuestros pezones se frotaban con los del otro a causa del movimiento. Mis piernas rodeaban su cuerpo y mis manos manoseaban su culo. Las manos de Lucas me acariciaban, especialmente la cara.
Nos corrimos a la vez y ninguno se preocupó por el hecho de que su semen acabara en mi vagina justo durante mi periodo de ovulación, aunque él no tenía ni idea de que yo estuviese ovulando. Pero se lo podría haber imaginado. Después de corrernos estuvimos un rato haciéndonos mimos sin dejar de mirarnos a los ojos. La conversación más larga que tuvimos, que fue susurrando, fue:
- Me ha gustado mucho. No me digas que no se va a repetir. - Dijo él.
- A mí también me ha gustado. Y tampoco me digas que no se va a repetir. - Contesté yo.
Siguieron los mimos y las miradas hasta que nos quedamos dormidos, acurrucados bajo el edredón.
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