Antonio el camionero y sus asistentas latinas
La lumbalgia de Antonio era solo la excusa perfecta para que dos chicas latinas entraran en su casa con un propósito mucho más sucio que limpiar. Lo que empieza como un masaje terapéutico se convierte rápidamente en una guerra de bocas y cuerpos donde el patrón manda, pero el placer lo dicta la carne.
Después de un mal giro descargando una caja de botellas en el almacén, Antonio notó un tirón en la espalda. No era nada grave, pero lo suficiente como para que el médico le recomendara tomarse un par de semanas de descanso. Y claro, el descanso incluía no hacer esfuerzos: ni cargar sacos, ni subirse al camión, ni barrer la casa, ni fregar los platos. Aquello era una tortura para un tipo como él, hecho al trabajo y a la bulla. Por eso su sobrina, siempre metida en mil líos, le mandó el contacto de dos chicas que "limpiaban casas y también hacían masajes si era necesario". Antonio se rió al leer el mensaje, pero no dijo que no.
A la mañana siguiente, tocaron al timbre.
—¿Antonio? Somos las chicas que vienen a ayudarte con la casa —dijo una voz alegre, con acento colombiano.
Cuando abrió la puerta, se encontró con dos mujeres que parecían salidas de un anuncio de telenovela. Yessica, la colombiana, era morena clara, de pechos generosos y sonrisa fácil, con una coleta alta y unos leggins que dejaban poco a la imaginación. La parte de arriba no era mucho más recatada, con sus pezones marcándose descaradamente bajo una camiseta ajustada. No dejaba de lanzarle miraditas mientras se mordía el labio.
Rosita, la dominicana, era más bajita, más explosiva: culo redondo, labios carnosos, piel de chocolate brillante y una mirada de "por dinero te dejo que me hagas lo que quieras… y si lo tienes bien gordo, hasta gratis". En cuanto entró, clavó los ojos en el paquete de Antonio, que al no llevar gayumbos marcaba con descaro su polla bajo un viejo pantalón de chándal. Le dedicó una sonrisa lenta, maliciosa, como si ya supiera que acabaría probando lo que allí se escondía.
—Pasad, guapas —dijo Antonio, rascándose la barriga bajo la camiseta vieja.
Antonio las llevó hasta la cocina con una sonrisa ladeada y un brillo pícaro en los ojos.
—Aquí tenéis todo lo que necesitáis: fregona, trapos, estropajos… y por ahí el fregasuelos, lejía… y bueno… un montón de mierdas más —les dijo, señalando mientras ellas cuchicheaban entre risas bajas, lanzándose miradas cómplices.
Y no era para menos: Antonio se paseaba por la casa con ese chándal viejo y dado de sí que más que vestir, insinuaba. Sin calzoncillos debajo, el bulto se marcaba como una amenaza: largo, grueso, balanceándose como el badajo de una campana, dibujándose sin vergüenza en la tela gastada, arrancando sonrisas traviesas y alguna que otra mordida de labio. La tela se pegaba a sus muslos peludos, revelando cada contorno, cada curva de aquel cuerpo basto, viril y vivido. Su culo, ancho y algo peludo, asomaba por detrás cuando se inclinaba un poco o se sentaba, dejando ver la hendidura profunda entre las nalgas, descarada, como si también tuviera intención de participar en la fiesta. Con la barriga cervecera colgando levemente sobre la cinturilla y cercos de sudor en la camiseta, Antonio parecía un bastardo salido de un anuncio de testosterona pura: un lobo maduro con el pelaje gris, de los que ya no necesitan aullar para hacerse entender. Solo con andar por la casa, imponía. Y ellas, que lo miraban de reojo con la entrepierna caliente, lo sabían de sobra.
Ya en acción, las chicas entraron y se pusieron manos a la obra: fregona en mano, música puesta, risas en el pasillo. Antonio se tumbó en el sofá con una cerveza fría, abriéndola con ese chasquido que siempre le sonaba a gloria. Desde allí, con una pierna colgando y la barriga reposando tranquila, se dedicó a observar los vaivenes de aquellos culos ajenos como quien ve el Tour de Francia… pero con mucha más motivación.
Y no era casualidad. Las cabronas limpiaban, sí, pero con arte. Rosita fregaba el suelo con la espalda arqueada, el culo en pompa y las piernas abiertas como si estuviera ensayando para algo más sucio que pasar la fregona. Yessica, por su parte, se subía a una silla para así alcanzar las estanterías, dejando que la camiseta corta se le subiera y dejara a la vista un tanga mínimo, que parecía más un adorno que una prenda. Se movían al ritmo de la música, sacudiendo las caderas, riendo a carcajadas cada vez que notaban que Antonio las miraba, sabiendo perfectamente lo que hacían.
De vez en cuando, alguna se agachaba de espaldas a él más de la cuenta, o se pasaba la lengua por los labios sin venir a cuento. Hasta los movimientos con el plumero parecían ensayados: sensuales, provocadores, descarados. No era una limpieza normal. Era un puto espectáculo para calentarle la sangre.
Antonio bufó cachondo, sin molestarse en disimular.
—Oye, colombiana —dijo Rosita, con voz burlona—, creo que al señor le gusta mirar.
—¡Ay, Rosita, no seas así! Él es un hombre solo, hay que entenderlo —respondió Yessica, riendo mientras sacudía el polvo de una estantería justo frente a él, agachándose exageradamente.
Antonio, con la mano en la barriga y la otra en la cerveza, soltó una carcajada ronca.
—Si vais a mover así el culo, tendré que pagaros el doble. Pero eso sí, antes quiero que dejéis la casa como los chorros del oro.
Las chicas se miraron y rieron.
La tensión subió cuando, al rato, coincidieron las tres en la cocina. Rosita fregaba los platos, Yessica limpiaba el microondas, y Antonio se acercó por detrás a pillar otra cerveza. Pasó entre las dos, sin pedir permiso, y su cuerpo grande rozó los suyos.
—Uy, patrón, si quiere me agacho más, pa' que pase mejor —dijo Yessica, riéndose.
—No hace falta, reina. Si me agacho yo, lo mismo ya no me levanto. Pero tú sigue así que lo mismo te subo el sueldo… a pollazos —dijo Antonio, soltando una carcajada ronca.
Las dos soltaron una carcajada, aunque también se lanzaron una mirada de rivalidad amistosa. Competencia pura y dura.
—¿Y quién le ha hecho masajes a usted últimamente? —preguntó Rosita, cruzando los brazos bajo sus pechos y sacando cadera.
—Últimamente… nadie que valiera la pena. ¿Sabéis dar masajes vosotras? De los buenos, ¿eh? No esas mierdas de fisioterapeuta —respondió Antonio, ya con esa media sonrisa de perro viejo.
—Yo soy buenísima con las manos —afirmó Yessica.
—Y yo mejor con la boca —soltó Rosita, cruzando la línea sin pudor.
Antonio alzó las cejas. Aquello prometía.
—¿Qué tal si hacemos una prueba? —gruñó Antonio, con su voz de camionero que ya se olía jodienda—. Pero antes… voy a darme una duchita, que ando más sudao que los cojones de un toro en plena feria —remató, soltando una risotada ronca mientras se estiraba la espalda con un quejido y se iba hacia el baño marcando una media erección como quien lleva un arma enfundada.
Entró en el cuarto de baño arrastrando los pies, con esa pachorra de macho lesionado que a duras penas ha ganado una pelea y se va silbando. Levantó la tapa del váter y soltó una meada larga y ruidosa, de esas que resuenan como si alguien estuviera llenando un cubo. Desde la cocina, las mujeres se miraron entre risas, oyendo el chorro potente.
Al terminar, sin molestarse siquiera en tirar de la cadena, Antonio asomó la cabeza por el marco de la puerta, con el torso ya desnudo, el pelo revuelto y esa media sonrisa que siempre anunciaba lío.
—Si alguna quiere enjabonarme la espalda… que no se corte.
Las dos se miraron. La colombiana fue la primera en acercarse, pero Rosita no se quedó atrás. Al entrar en el baño, se encontraron con Antonio completamente desnudo, echándose agua por el cuerpo peludo y robusto. Su polla colgaba entre sus piernas como un animal en reposo, pero impresionante incluso flácida. El vello le cubría el pecho, la barriga y los brazos como una alfombra ruda, masculina.
—Mierda… —murmuró Rosita, entre risas—. Este hombre tiene la pinga como mi ex… pero con esteroides.
—No me jodas —dijo Yessica, mordiéndose el labio—. Esto sí que es un patrón… Qué barbaridad, y eso que está flojo.
Antonio gruñó mientras se enjabonaba el pecho.
—Venís a por la propina, ¿eh? Pues venga, ganáosla.
Yessica no perdió el tiempo. Se arrodilló frente a Antonio con una sonrisa traviesa, tomó el gel y lo vertió generosamente sobre su mano. Sin decir ni mu, empezó a frotarle la entrepierna con movimientos lentos, casi ceremoniosos, repasando cada rincón con mimo sucio. Le acariciaba los huevos con la palma bien abierta, como quien limpia una reliquia sagrada, mientras la polla, aún algo flácida, empezaba a levantarse poco a poco, espabilando bajo la espuma y el agarre de sus dedos.
Rosita, por su parte, ya se estaba quitando la ropa como si nada, dejándola caer al suelo a cada paso, con esa chulería natural de quien sabe que su cuerpo vale oro. Era bajita, menuda a su manera, pero con culazo y unas tetas redondas y generosas que destacaban aún más por su tamaño. Entró en la ducha detrás del camionero como una sombra ardiente y lo abrazó por la espalda, apretándose contra él. Sus pechos mojados y suaves se pegaron justo en la zona de las maltrechas lumbares de Antonio, que soltó un gruñido mezcla de gusto y dolor, como si el calor de esa carne mullida le aliviara el alma. Ella deslizó las manos por su torso peludo y empapado, bajando despacito, con intención, como si supiera exactamente qué botones tocar para volver a ponerlo a punto.
—¿Pero qué coño estás haciendo? —gruñó Antonio, girándose para mirarla por encima de su hombro—. ¿Te crees una putilla de cinco estrellas o qué?
Rosita tragó saliva, pero Antonio no le dio tregua.
—Venga, de rodillas, y empieza por el ojete, que quiero notar esa lengua metiéndose donde no da el sol… mientras tu amiga me deja la polla reluciente por delante. No os dejéis nada, que aquí se viene a sudar.
—Ay, patrón… eso sí me da como cosita —murmuró ella con una risita nerviosa, apartándose un poco, con los ojitos brillando entre la vergüenza y la picardía—. No se me enoje, ¿sí? Es que nunca he hecho algo así…
Antonio soltó una carcajada seca, sin pizca de dulzura, y giró apenas la cabeza para mirarla de reojo, con los ojos entornados y la mandíbula apretada.
—¿Te da cosita? —repitió, con voz grave—. Pues te vas quitando la tontería, que los hombres españoles no estamos pa’ delicadezas. Si tienes lengua, la usas. Y si no, me buscas otra que sí sepa lo que hay que hacer.
Luego se inclinó un poco, sacando culo sin pudor, y escupió una orden como si estuviera dando marcha atrás con el camión:
—Al tajo, morena. Y bien abierta esa boca.
Rosita bajó la mirada, tragándose un nudo en la garganta pero sin atreverse a decir ni pío. Se mordió el labio con fuerza, intentando ocultar lo mucho que le repelía la idea, y con un ademán de sumisión se arrodilló despacio en la retaguardia de Antonio. Sus manos temblaban ligeramente, aunque su lengua no tardó en lanzarse con firmeza al ano peludo del camionero. Al principio tanteó con cuidado, como si explorara un territorio prohibido, pero pronto empezó a hincar más profundo, rozando cada pliegue con una mezcla extraña de obediencia y un dejo de oscuridad que la sorprendía a ella misma.
Yessica seguía frotando sus manos enjabonadas alrededor del tronco de la polla de Antonio, subiendo y bajando con firmeza mientras el jabón resbalaba por su carne gruesa y dura. Su mano apretaba la base con fuerza, mientras los dedos acariciaban la corona y la cabeza sensible, arrancándole a Antonio un gruñido bajo y satisfecho que resonaba por el baño.
—¡Eh, parad ya! —gruñó Antonio con esa voz ronca que cortaba el aire—. Aún no me quiero correr, hostia.
Se aclaró y salió de la ducha como un oso mojado, con el agua chorreando por cada pliegue de su cuerpo fuerte, curtido y peludo. El vapor se pegaba a su piel como un segundo sudor. Rosita y Yessica se acercaron enseguida, sin atreverse a contrariarlo. Cogieron un par de toallas y empezaron a secarlo con cuidado, casi con devoción, como si cada centímetro de aquel cuerpo basto y velludo fuese sagrado. El contraste entre sus manos suaves y su piel áspera era casi eléctrico.
Antonio las dejó hacer un rato, disfrutando del masaje involuntario, hasta que soltó un bufido y las espantó con un gesto seco:
—Al salón, venga. Y cuando vaya… quiero ver a Yessica igual de en bolas que tú, Rosita. Ni una puta braga.
Se quedó solo, secándose las axilas peludas con rudeza, gruñendo de gusto al sentir la toalla rasposa contra la piel sudada. Después se la anudó en la cintura, justo bajo esa barriga cervecera que subía y bajaba con cada resoplido.
Al salir, sus pies desnudos apenas hacían ruido en el suelo, lo que le permitió acercarse lo suficiente para oír con claridad la charla susurrada desde el salón. Rosita, con tono serio, le advertía a su compañera:
—Tú hazle caso y no le toques los cojones. Ese Antonio es un mala entraña. El canalla tiene una polla que parece una porra de los antidisturbios. Como te descuides, nos vamos de aquí con un desgarro.
Yessica soltó una carcajada traviesa, sin mostrar ni un gramo de miedo:
—¿Y qué? Si precisamente por eso estoy arrecha. Con ese bicho no se juega, pero…. ¡Ay, madre! Sólo de imaginarlo dentro ya me vibra todo. Ese man tiene pinta de follar como un animal.
Antonio curvó los labios en una sonrisa muda. Sabía que las tenía bien caladas. Y sabía también que, cuando cruzara el umbral del pasillo al salón, ambas estarían esperando su turno… como alumnas traviesas en manos del profesor más cabrón del instituto.
Esperó unos segundos más, disfrutando desde la sombra de esa conversación húmeda como quien huele un guiso antes de hincarle el diente. Luego se irguió con un gruñido, ajustándose bien la toalla enroscada a las caderas —ese trapo ya estaba haciendo milagros para contener lo que llevaba debajo— y cruzó el pasillo con paso firme, aunque algo torpe por la espalda machacada.
Al entrar al salón, el ambiente cambió de golpe. Rosita y Yessica se callaron como niñas pilladas en plena travesura, pero las miradas no bajaron la intensidad ni un segundo. Antonio no dijo nada, solo levantó una ceja mientras sus ojos recorrían los cuerpos sin ropa de las dos como si los pesara con una balanza invisible.
La toalla a modo de falda le colgaba baja, casi indecente, dejando ver el comienzo del vello púbico y parte del abdomen mojado aún, donde las gotas se deslizaban con pereza. Su torso peludo brillaba bajo la luz cálida del salón, y su barriga cervecera se alzaba y bajaba con cada respiración lenta. Imponente. Inmóvil. Como un toro que entra a la plaza sabiendo que es él quien manda.
—¿Qué pasa? ¿Qué tanto cuchichean? —gruñó al fin, con voz ronca, mientras se dejaba caer en el centro del sofá como un rey cansado de la guerra.
Su cuerpo crujió. Literalmente.
—Cago en… —murmuró, llevándose una mano a la zona lumbar y recolocándose como podía—. Debería follaros en la cocina, encima del mármol. Este puto sofá va a matarme.
Pero la sonrisa torcida que se le escapó después dejó claro que estaba muy lejos de darse por vencido.
Frente a él, Rosita y Yessica estaban completamente desnudas, sin taparse nada, sabiendo perfectamente el efecto que causaban. La dominicana tenía un cuerpo compacto y poderoso, con el culo redondo y firme, las caderas anchas y los pechos grandes pero bien plantados, de pezones oscuros y orgullosos. Su piel morena brillaba con un ligero velo de sudor, como si su cuerpo ya estuviera en plena faena aunque no hubiera empezado.
Yessica, más joven y delgada, tenía un cuerpo más suave, de curvas discretas pero marcadas, el vientre plano y un tatuaje pequeño justo encima del pubis depilado. Los pechos le temblaban al menor movimiento, más pequeños que los de su amiga, con las areolas claras y los pezones duros como si supieran que iban a ser chupados. Tenía las piernas largas, torneadas, y entre ellas, ese coño húmedo, rosado, abierto con descaro, hablaba por sí solo.
Antonio las recorría con la mirada como quien elige postre sabiendo que va a repetir. Y luego, con media sonrisa de cabrón, soltó:
—A ver si entre las dos me dejáis la polla más limpia que el suelo… pero quiero ver coordinación, ¿eh? Que una sola boca se me queda corta pa' este rabo.
Sin decir una palabra más, Antonio alzó los brazos y golpeó con fuerza las almohadas a ambos lados de su cuerpo, marcando territorio como un macho alfa en su trono. El gesto fue claro, seco, autoritario: una para cada lado. Venid.
Y ahí estaban ellas, quietas un segundo, tragando saliva, antes de avanzar como felinas obedientes, listas para colocarse donde Antonio ya las había imaginado.
La cosa se calentó en un abrir y cerrar de ojos. En pocos minutos, las dos estaban a cada lado de Antonio, pegadas como lapas, entregadas a un masaje que tenía más de provocación que de alivio. Las manos iban y venían sin pudor: una le recorría el pecho peludo, la otra le acariciaba los hombros, y de pronto bajaban, resbalaban por la barriga, se colaban por los costados. Yessica le murmuraba guarradas y zalamerías al oído, con esa voz dulce y viciosa que le hacía cosquillas en la nuca, mientras Rosita, más bruta, le agarraba los muslos con ambas manos como si quisiera asegurarse de que no se le escapaba.
Antonio, tumbado con los brazos abiertos y la toalla todavía sujeta a duras penas en las caderas, dejaba hacer con la tranquilidad de quien sabe que tiene el control absoluto. Bajo la tela, su rabo ya iba tomando forma, hinchándose con ritmo lento pero seguro, como una bestia despertando de la siesta. Tenía esa sonrisa de cabrón satisfecho que le salía sola cuando sabía que, en cualquier momento, iba a empezar el verdadero juego.
—Joder… esto sí que es una buena rehabilitación —murmuró.
Yessica fue la primera en atreverse. Apartó la toalla, dejando al descubierto la polla semierecta del camionero de baja, y le pasó la lengua de forma lenta, provocadora. Rosita no se quedó atrás y bajó a lamerle las pelotas, turnándose entre caricias y mordiscos suaves.
—A ver cuál de las dos me hace acabar antes —dijo Antonio, ya jadeando.
—Yo soy rapidita —dijo Yessica, lamiéndole la polla con maestría.
—Y yo tragona —replicó la dominicana, tragándosela hasta la garganta.
Aquello se convirtió en un auténtico duelo de mamadas, una batalla silenciosa y sucia entre las dos, que se disputaban la polla de Antonio como si fuera un premio gordo. Se empujaban con los hombros, se apartaban con codazos suaves pero decididos, y se lanzaban miradas cargadas de picardía y desafío mientras se turnaban para tragársela.
Rosita se lanzó primero, directa, con la boca abierta y los ojos brillando de vicio. Se metió la polla de Antonio hasta la mitad con un ansia desvergonzada, moviendo la lengua como una experta, cubriéndola de saliva mientras soltaba gemidos suaves que vibraban por todo el tronco. La otra no tardó ni cinco segundos en reaccionar: le agarró del brazo y la apartó sin contemplaciones.
—Eh, buscona, déjame a mí un rato —masculló Yessica, medio riéndose, con la respiración ya desbocada.
Le arrebató el sitio y se lanzó sobre aquella polla gruesa y morcillona como si fuera suya. Se la metió en la boca con hambre, y en cuanto la tuvo bien dentro, empezó a mover la cabeza con ritmo rápido, haciendo ruidos obscenos que llenaban la habitación de chasquidos húmedos y gemidos roncos. Pero lo que no se esperaba era sentir cómo, dentro de su boca, aquella bestia seguía creciendo.
La notó engordar, palpitante, como si cada lametón suyo despertara algo más salvaje en Antonio. El glande le presionaba el paladar con fuerza, cada vez más tenso, y el tronco se endurecía hasta convertirse en una barra de carne viva, dura como una puta piedra. Le latía contra la lengua, contra la garganta, como si tuviera vida propia, como si rugiera por meterse hasta el fondo.
Yessica soltó un leve gemido, con la boca llena, sorprendida por esa transformación brutal. Lo que al principio era grande, ahora era directamente descomunal. Su saliva ya no bastaba para cubrirlo; chorreaba por las comisuras mientras intentaba mantener el ritmo, tragando con ansia y sujetándose a los muslos de Antonio para no perderse ni una pulgada.
Él soltó un gruñido grave al notar cómo su rabo alcanzaba el máximo esplendor dentro de su boca, más duro, más gordo, más caliente. Y ella, con los ojos cerrados y las mejillas enrojecidas, no se detuvo ni un segundo, como si estuviera decidida a hacerlo explotar solo con la lengua.
La dominicana, sin quedarse atrás, se colocó debajo, de rodillas entre las piernas de Antonio, y empezó a lamerle los huevos con dedicación. Se los chupaba uno a uno, con cuidado pero sin pausa, mientras le pasaba las uñas por las ingles, despertando en él un escalofrío bestial que le hizo apretar los dientes. Era un espectáculo digno de una película porno: dos bocas, dos lenguas, un solo objetivo.
Cada vez que una se la sacaba de la boca, dejaba un hilo de baba colgando del glande, y la otra lo cazaba con la lengua como si fuera miel. Se hablaban entre lametones, se picaban, se mordían a ratos entre risas y gruñidos. El juego era tan competitivo como lascivo.
—Yo se la chupo mejor, ¿a que sí, Antonio? —dijo Yessica con la voz áspera, arrodillada a su lado, justo antes de volver a engullirle la polla hasta la garganta.
—Tú solo babeas —contestó la otra desde el suelo, tirándole del pelo para sacarle el pollón de la boca. Esparció la saliva acumulada en su punta por toda su envergadura antes de volver a saborearlo como si fuera un helado en pleno agosto—. Mira cómo se chupa bien esto, mi amor.
Antonio las observaba desde arriba, con las manos en sus cabezas, sin interferir demasiado, dejando que se devoraran entre ellas por tenerle en la boca. Su polla, brillante, palpitante, más dura que nunca, estaba en el centro de una guerra deliciosa. Se le marcaban las venas, le latía desde la base hasta la punta, mientras sus huevos subían poco a poco, cargados y tensos.
Aquellas dos hembras latinas tenían ya los labios hinchados, los ojos llorosos y el maquillaje corrido, pero seguían peleando por turnarse. Una se lo tragaba hasta atragantarse, la otra acariciaba lo que quedaba de tronco por cubrir y lo lamía como si rezara. Era un puto combate de viciosas, una competición por ver quién le arrancaba el gemido más bruto.
Y Antonio, encantado, sabía que no había ni ganadora ni perdedora. Sólo una certeza: acabaría corriéndose a lo grande… y ellas se lo tragarían todo. Al menos una de ellas.
—¡Eh, que aquí manda el patrón, no se me peleen! —gruñó el afortunado camionero con voz ronca pero divertida, mientras las dos seguían peleando con las manos y las bocas para adueñarse de más polla.
Ambas se esforzaban por engullir lo máximo posible de la polla gruesa de su patrón, babeando entre arcadas y toses ahogadas mientras él se regodeaba, fascinado al ver cómo luchaban por no atragantarse y, a su vez, por quién de las dos se atragantaba más.
—Mira qué tamaño de verga, amiga ¿tú la estás viendo? —susurraba Yessica, babeando—. No sabía que este man pudiera tener la polla tan gorda y dura.
Antonio le presionó la cabeza con una mano, sintiendo cómo aquellos labios húmedos y desesperados volvían a deslizarse por su rabo fornido y venoso.
—Y estos huevos, ¡qué pelotas! —añadió Rosita, bajando a lamerle los testículos con ansia—. Pesan lo suyo, ¡y están bien puestos!
—Tú chupa las bolas que yo me ocupo del cacharro —le dijo la colombiana tras vaciar por un instante su boca.
Antonio, encantado, gruñía entre dientes, excitado por la devoción bruta con la que trabajaban, y por ver en sus caras esa mezcla de lujuria y ganas por tragarse hasta la última gota de lo que él les regalara.
—Venga, que me va a explotar ya el escroto, os voy a soltar todo el puto cemento aquí mismo —gruñó con voz tosca y desafiante.
—¡No, papi, que yo quiero que se venga en mi boca! —pareció suplicar Rosita, con voz entrecortada.
—Yo también quiero ser la primera en probarla —replicó Yessica, apretando con la lengua.
—La que me haga acabar, se lleva una propina extra —dijo Antonio con sonrisa canalla.
—Pues que gane la mejor —rió Rosita, mientras se peleaban por mamar y lamer sus huevos con más ganas que nunca, y las dos empezaron a pajearle a dos manos: una apretando con fuerza la base de su pollón y la otra frotando la parte superior, subiendo y bajando sin piedad.
—¡Eso es, coño! Así se trabaja en equipo. Sois unas putas artistas —gritó él, con la voz ronca.
Finalmente, Rosita se llevó la victoria. La dominicana, lista y experimentada, notó cómo la polla de Antonio empezaba a latirle con más fuerza entre sus dedos, caliente, vibrante, al borde del estallido. También oyó su respiración, cada vez más entrecortada, como un animal a punto de rugir. No lo dudó: se adelantó con un gesto rápido y se tragó el glande entero, dejando a Yessica con la boca abierta y sin tiempo de reacción.
Antonio, que llevaba varios días sin correrse, explotó dentro de su boca con un gruñido brutal, como una bestia liberada. Le agarró del pelo con fuerza mientras su polla palpitaba entre los labios de ella, descargando una corrida tan espesa y abundante que la mujer tuvo que tragar varias veces para no atragantarse.
—Hostia puta… —murmuró Antonio, resoplando—. Llevaba con eso guardao desde el martes, ¿eh?
Rosita se limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano y sonrió como una zorra orgullosa, aunque en su cara se le notaba ese gesto torcido, esa mueca entre risueña y asqueada que intentaba disimular sin éxito cierta repugnancia. Antonio, tumbado con la barriga al aire, no pudo evitar reírse al verla tragar con esfuerzo, como si se le hubiera atragantado un yogur caducado.
—¿Qué pasa, morena? ¿Muy fuerte pa’ ti, o qué? —dijo él, carcajeándose—. Es que llevaba días sin soltar ni gota… eso no era corrida, era cemento armado.
Rosita, aún con restos de lefa en la lengua, se encogió de hombros y se pasó la lengua por los dientes, haciéndose la brava.
—Nah… lo justo pa’ ganarme el bono de navidad, papito.
Antonio soltó otra risotada, encantado con la escena y con lo brutas que podían llegar a ser esas dos por un buen sobresueldo.
—Parece que tenemos ganadora.
—No, no, de eso nada –rezongó Yessica, entre ofendida y decepcionada—. Esto fue sólo la primera ronda. Ahora me toca a mí subir a la habitación y hacerle el masaje entero.
Antonio se levantó, desnudo, sacudiéndose la polla.
—Las dos pa’rriba, anda. Y que la casa quede limpia después, ¿eh? Que esto no es un puticlub, señoras.
Y con una palmada en el culo de cada una, las guió rumbo al dormitorio, refunfuñando por lo bajo. Le dolía la espalda como el demonio y cada escalón le parecía una putada del destino. Si no fuera por esa maldita lumbalgia, las habría empotrado ahí mismo, en el sofá del salón, como el semental que era. Pero no, su cuerpo de cincuenta y tantos le exigía por ahora de ciertas condiciones para el combate: un colchón firme, amplio, donde pudiera maniobrar sin que le crujiera la columna a la segunda embestida. Aunque su polla, más ensalivada que nunca, no tardaría en volver a estar lista para dar guerra.
Antonio se tumbó boca abajo en la cama, soltando un gruñido largo, como si se dejara caer sobre un saco de cebollas en vez de un colchón.
—La madre que me parió… —resopló—. Tengo las lumbares más tiesas que el cipote de un monaguillo.
Rosita, con aires de pionera y un brillo pícaro en los ojos, se subió a horcajadas sobre su espalda, justo encima de la zona dolorida.
—Tú tranquilo, papi… que esto te lo desbloqueo yo en un momentico —dijo mientras se frotaba las manos con un frasco de aceite que había sacado de su bolso antes de seguir al patrón hasta su cueva—. Le voy a dejar nuevo, como camión recién pintao.
Yessica, con el bote de aceite para masajes ahora en sus manos y sonrisa de cabrona profesional, se colocó más abajo, centrada en los muslos y las pantorrillas del camionero. Empezó a apretar y amasar con fuerza, soltando comentarios con su delicioso acento colombiano.
—Estos músculos están tiesos… pero tiesos como si los hubieran metido en el congelador, mi loco… ¿tú no estiras nunca, o qué?
—Estiro… pero el chorizo, no las piernas —contestó Antonio, con la cara enterrada en la almohada.
Por debajo, asomaban sus huevos enormes, prisioneros entre su culo y el colchón, como dos frutas maduras atrapadas en un asiento de camión. Yessica, con una sonrisa traviesa, alargó los dedos y empezó a acariciarlos con las uñas, dibujando espirales lentas, apenas rozándolos, lo justo para que Antonio soltara un gruñido entre placer y cosquilleo.
—La virgen… —murmuró él—. No sé si me estáis arreglando o preparándome pa’ que me dé un ictus del gusto.
—Shhh, no te muevas, papi —le susurró ella—. Que esos cojones están pidiendo caricias desde que entramos por la puerta. Mira cómo palpitan…
Antonio rió entre dientes, con la cara enterrada en la almohada y el cuerpo a medio camino entre el placer y la parálisis. No sabía si estaba en casa o en un burdel tailandés. Pero lo que sí sabía era que no quería que acabara nunca.
Rosita apretó con los pulgares justo en la base de la espalda.
—¿Aquí te duele?
—¡Aaaaauuu! ¡Joder! —gritó Antonio, levantando el culo como si le hubieran metido una escoba por sorpresa—. ¡Ahí tengo el nudo de todos los polvos no terminados!
Las mujeres rieron a carcajadas mientras seguían masajeándole con sus manos calientes, deslizándose por su piel como si fueran mecánicas eróticas trabajando en un motor de seis cilindros. El culo blanco de Antonio brillaba ungido de aceite, las manos de Yessica pasándole entre las nalgas con descaro, rozándole todo.
—Esto ya no es fisioterapia, guapas —dijo Antonio—. Esto ya es puterío con coartada médica.
—Shhh, no se queje tanto, amor —le susurró Rosita, inclinándose para pegarle su boca al oído—. Que ahora viene la fase dos… la sabrosura de verdad, papi. Va usted a ver lo que es un masaje con final feliz, versión latina.
Con un movimiento coordinado, ambas chicas se levantaron. Antonio gruñó al intentar darse la vuelta, haciendo muecas de abuelo recién operado.
—Joder… dadme la vuelta como a un chuletón, que si giro solo me parto.
Las dos lo empujaron con suavidad hasta que quedó boca arriba, con la polla tiesa apuntando al techo como una antena parabólica.
—Pero bueno… ¡qué arma de destrucción masiva es esta! —soltó Yessica, mirándosela con los ojos como platos—. Eso no es una verga, eso es un poste de luz, mi rey.
—¿Y tú sabes cómo se trepa a un poste? —le preguntó Rosita a su compañera, ya subiendo a horcajadas sobre él y agarrando aquella barra caliente con una mano.
Sin apartar la mirada, la morena se agarró a los muslos de Antonio y empezó a bajar, muy despacio, con un gemido en los labios. Su coño, caliente y empapado, fue tragándose la polla del camionero centímetro a centímetro, con ese sonido húmedo y sucio que pone los pelos de punta. La cabeza del rabo desapareció primero, luego el tronco grueso, y al final toda la pieza quedó enterrada dentro de ella, hasta los huevos. Se quedó unos segundos clavada, temblando, con la boca entreabierta y los ojos en blanco.
—¡Ay, bendito sea el cristo negro de los milagros! —gimió ella—. Me está llegando al esternón…
—No te lances como una loca, que tengo la espalda más tocada que el motor de un Seat Panda del 82 —soltó Antonio, entre gruñidos y risas, mientras le temblaban hasta los pelos del culo.
Antonio se acomodó la almohada con un gruñido satisfecho, estirando el cuello y haciéndole un gesto a Yessica para que se subiera. La muchacha, excitada como una perra en celo, no tardó en colocarse a horcajadas sobre su cara, con ese coño brillante, jugoso y perfumado a pura hembra caliente, justo encima de su barba cana y desaliñada.
—Abre la boca, papi, que te traigo el desayuno tropical —soltó con una carcajada, agarrándole la cabeza con ambas manos.
—¡Así, papito! ¡Saca esa lengua, que tengo el timbre lleno de polvo! —chillaba Yessica, meneando el culo con ritmo de reguetón.
Antonio, que tenía una lengua más entrenada que un catador de helados, empezó a lamerla con hambre, jadeando entre gruñidos ahogados, mientras ella restregaba su chocho húmedo contra su cara como si quisiera limarle los rasgos.
La dominicana, mientras tanto, subía y bajaba con más fuerza, montando al camionero como si quisiera partirse en dos con cada sentada. Se clavaba la polla de Antonio hasta el fondo, hasta que no le cabía ni un milímetro más, dejando escapar gemidos roncos que se mezclaban con los gruñidos graves del hombre. Sus tetas, grandes y firmes, botaban al ritmo de cada embestida, chocando contra su pecho sudado mientras el pelo rizado se le pegaba a la nuca. El sudor le resbalaba por la espalda, bajando en hilos hasta la raja del culo, y el coño, completamente desbordado, chorreaba sin pudor sobre los huevos peludos de Antonio, que latían como si tuvieran vida propia.
El camionero la agarraba de las caderas con ambas manos, apretando con fuerza, ayudándola a marcar el ritmo, a cabalgarle como una yegua salvaje. Cada vez que se dejaba caer, los cuerpos chocaban con un sonido húmedo y obsceno, mezcla de carne, fluido y puro vicio.
—¡Cónchole… le noto hasta los pensamientos, señor Antonio —gimió—. ¡Qué pedazo de güebo!
El camionero ya apenas hablaba. Tenía la lengua en el coño de una, la polla dentro de otra y sus lumbares protestando como la bocina de un tráiler en cuesta. Pero se sentía vivo. Poderoso. Macarra y feliz.
—¡Así se cura una puta lumbalgia! —exclamó Antonio con la cara hundida entre los muslos de Yessica, relamiendo su chochito con avidez. Le agarró las nalgas con fuerza y volvió a enterrarse entre sus labios húmedos—. ¡A base de coño, coño y más coño! —rugió ahogadamente, en pleno frenesí devorador.
Las mujeres se miraron y rieron, sabiendo que lo tenían al borde.
Yessica empezó a temblar, apretándole la cabeza con las piernas, retorciéndose mientras se corría con un gemido largo, caliente, empapándole la barba cana y hasta las cejas.
—¡Ay, carajo! ¡Me vengo, coño! —chilló mientras lo regaba.
Rosita se vino justo después, clavándose hasta el fondo con un espasmo brutal, soltando un grito ronco mientras le arañaba el pecho. Antonio, con el cuerpo en llamas, gruñó como una bestia y soltó dos chorros espesos y calientes dentro de ella, temblando de pies a cabeza.
—¡Aaaaay…! ¡Coño bendito!
Las dos quedaron jadeando, empapadas, sudadas, desparramadas sobre las sábanas como si hubieran sobrevivido a una batalla campal… pero con final feliz y no sólo para el hombre. El aire olía a sexo, a aceite corporal y a macho sudado. El colchón estaba empapado, la sábana hecha un cristo, y el cuerpo de Antonio brillaba por el sudor y los restos del esfuerzo sobrehumano que acababa de hacer a pesar de su episodio de lumbalgia.
Yessica se dejó caer a un lado, con las piernas temblorosas, el coño todavía palpitando, y el pelo pegado a la frente.
—Tú no necesitas un fisio, mi amor… —dijo entre risas, con la voz ronca y los muslos empapados—. Tú lo que necesitas es un altar. O una estatua en pelotas, con la verga en alto y una placa que ponga: “San Antonio, patrón del rabo divino”.
Rosita, tumbada boca abajo, le dio un azote en el pecho a Antonio y soltó una carcajada.
—¿Y dice usted que tiene la espalda mala? ¡Pero si nos ha llenao como si se fuera a morir mañana, diache!
Antonio soltó un bufido, con los ojos medio cerrados y una sonrisa idiota de macho satisfecho en la cara.
—Me habéis dejado seco. No sé si me he corrido o me he reencarnado —gruñó, con la voz cascada y una mano en la barriga—. Eso sí… la espalda igual de jodida. No me noto el cuerpo desde los pezones pa’bajo.
Las mujeres soltaron risas cómplices y se acurrucaron junto a Antonio, una a cada lado, sus cuerpos sudorosos pegados al suyo. Las piernas se enredaron como serpientes hambrientas, atrapando las de Antonio en un abrazo cálido y pesado. Yessica, con una sonrisa pícara, apoyó la cabeza en su hombro, sin apartar la vista del pollón aún semierguido del camionero, que acabó colgando entre sus muslos con un brillo húmedo y orgulloso, testigo mudo de la batalla recién librada.
—Uy, parce… ya se fue a dormir el monstruo. Merecido lo tiene, después de tanto meneo.
Antonio giró un poco la cabeza, lanzándole un guiño perezoso mientras el resto del cuerpo seguía clavado en la misma postura, con una expresión de “hoy no estoy para más trotes”.
—Vosotras dos… contratadas. Masajistas oficiales de este camionero. Condición imprescindible: final feliz y que me dejéis los cojones más secos que la mojama.
—Y usted… no nos llame sólo cuando le duela el lomo. Llámenos cuando le pique que nosotras rascamos, señor —dijo Rosita, alzando la ceja como una profesional.
Y en esa habitación cargada de olor a sexo, entre jadeos que aún flotaban en el ambiente, risas sucias y cuerpos satisfechos, sólo quedaba una verdad: Antonio había sobrevivido a su lumbalgia… a base de coño y buena magia latina.
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