Xtories

El círculo. Cap.17 Jugar con fuego

El poder no se toma, se roba. Y para hacerlo, Damián debe convertirse en el espejo de sus enemigos, jugando con fuego mientras su propia vida se quema. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar por la victoria, y qué queda de su alma cuando la traición se vuelve rutina?

Ixchel Diaz M1.9K vistas9.7· 7 votos

Ixchel: Hola amigos, gracias por leerme. Sé que he estado lejos de la plataforma, una disculpita. He tenido la vida complicada estas semanas, el progreso del círculo ya va como en veintitantos capítulos, prometo publicarlos todos. Gracias por leerme, y por odiar a Damián... Espero les guste como sigue, y espero que esta historia les parezca igual de erótica de lo que me parece a mí. Me encanta leer sus comentarios, no dejen de ponerlos, please.

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Damián caminó por los pasillos alfombrados del Palacio Nacional como quien ha cruzado tantas veces un umbral alucinado que ya no se sorprende del sueño. Los muros, con sus óleos patriarcales y relojes que no marcaban la hora sino el peso de los siglos, ya no le intimidaban. El eco de sus propios pasos no le parecía acusatorio, como en los primeros encuentros. Esta vez sentía otra clase de tensión: la del animal que huele el filo del metal sin saber aún si le abrirá el pecho o la jaula.

La secretaria lo recibió con una sonrisa tan medida que parecía ensayada frente al espejo de un baño de Estado. Jovencísima, apenas unos veintitantos, llevaba una carpeta en una mano y una taza humeante en la otra.

—Licenciado, la presidenta lo espera —dijo con voz nítida, sin temblores—. ¿Le ofrezco un té? De jazmín, es el favorito de ella… pero le traje uno de jengibre, el que pidió la última vez.

Damián agradeció con una inclinación de cabeza. No necesitaba té, pero tomó la taza como se toma un talismán antes de entrar en un territorio donde todo puede ser símbolo o trampa.

El despacho de Regina Villaseñor olía a piel, incienso sutil y poder. El mismo que no se nombra, que se insinúa en la forma en que están dispuestas las sillas, en la luz exacta que cae sobre el escritorio, en el silencio que precede a la voz de quien ocupa ese lugar.

La presidenta lo recibió sin levantarse. Tenía un expediente abierto frente a ella, aunque sus ojos estaban clavados en él como si leyera otro tipo de documento: su rostro.

—¿Cómo te fue en Grecia? —preguntó, sin transición. Su tono era el de quien tantea la orilla del agua antes de entrar.

Damián sonrió de medio lado.

—Maravilloso. Me encontré con el oráculo de Delfos. Me dijo que huyera de las profecías.

La presidenta rió suavemente. No tanto por la broma como por la señal de que él seguía siendo quien necesitaba que fuera.

—Espero que hayas regresado más claro que trágico.

—Siempre regreso más cínico.

Villaseñor cerró el expediente con un gesto casi teatral, y lo apartó como se aparta algo ya decidido.

—El mapa electoral está en movimiento. No es un mar… es un campo minado. Y tú apareces en él con una marca brillante. Estás en segundo lugar en todas las encuestas serias. No por azar. Ni por mérito propio solamente. La ciudad te reconoce. Pero más que eso... te espera.

Damián no respondió de inmediato. Sorbió el té sin mirar la taza. Quería ganar segundos. Sentía la trampa de la alabanza y el desafío envueltos en la misma frase.

—¿Y qué espera usted de mí, presidenta? —preguntó finalmente, con esa cortesía que roza la insolencia.

Ella entrecerró los ojos apenas. No molestia, sino evaluación.

—Que prepares a tu equipo. Que abras tus flancos, pero no tu pecho. Que afiles tus ideas como si fueran cuchillos. Vamos a una guerra, Damián, no a una elección. Necesito tu alma, no tu ambición. Lo otro ya lo tienes. Esto… —apuntó con la barbilla hacia un portafolio cerrado, negro y sin marcas visibles—. Esto es una nueva posición. Coordinador Nacional de Vinculación Ciudadana. Menos funciones operativas. Más libertad política. Acceso directo conmigo. Sin intermediarios. Pero también, sin margen de error.

Damián asintió lentamente. No podía evitar sentirse observado por la historia desde cada rincón de ese despacho. No estaba eligiendo un cargo. Estaba aceptando una consagración o una condena.

—¿Y cuál es el costo? —preguntó, no por ignorancia sino por precisión.

Villaseñor abrió el portafolio con lentitud. Extrajo unas hojas impresas en papel grueso, sin membrete. Las deslizó hacia él con la misma delicadeza con la que alguien ofrece una pistola cargada.

—Lorenzo quiere que el candidato a la jefatura sea Serrano. Ya lo sabes. Es su carta más pulida. Leal, obediente. La joya de su corona. Tú... eres otra cosa. Otro tipo de criatura. Por eso no puedo imponer tu nombre. Pero puedo colocar tus pasos. Si tú me das lo que necesito, puedo hacer que su decisión no importe. Que no sea él quien cierre el círculo esta vez.

Silencio.

El nombre de Lorenzo flotó en el aire como un conjuro prohibido. Damián sintió la piel del cuello tensarse. No por miedo, sino por anticipación.

La presidenta lo miró. Directo. Como si cada palabra suya estuviera siendo evaluada no por su contenido, sino por su lealtad subterránea.

—Lo que necesito saber, Damián… —dijo, con voz más baja, casi íntima—, es si puedes moverte conmigo, no detrás de mí. Si puedes dejar de responder al viejo ritmo. Si tienes el valor de ser tu propio centro.

Su silencio fue más largo esta vez. No de duda, sino de cálculo. La taza de té ya se había enfriado.

—Tal vez el centro está sobrevalorado —murmuró él, como si hablara para sí mismo—. Pero sí. Me puedo mover con usted. Siempre que el mapa no esté dibujado con la tinta de los muertos.

Ella no sonrió, pero sus ojos brillaron un segundo. Entonces extendió la hoja con los resultados. Las encuestas.

Serrano a la cabeza. Damián detrás, pero peligrosamente cerca. Las cifras no decían mucho. Pero los márgenes… los márgenes hablaban.

—Esto no se filtra aún —dijo ella, como una orden, pero también como una promesa—. Quiero que Lorenzo vea venir la ola cuando ya sea demasiado tarde para detenerla.

Damián no contestó.

Sabía que en ese despacho se estaba decidiendo más que una candidatura. Se estaba redibujando el poder. Y el precio de participar era perder la certeza de a quién se le debía la victoria.

Y aún no sabían si él ya había elegido a quién traicionar primero.

Damián sostuvo el papel entre los dedos como si fuera una reliquia, o una trampa. Lo leyó una vez más, no por necesidad, sino por disciplina. Serrano a la cabeza, sí, pero con ventaja endeble. Él detrás, con cifras que no decían “triunfo”, pero sí “amenaza”. Y lo sabían todos. También Lorenzo.

—Presidenta… —dijo al fin, sin levantar la mirada del documento—, Lorenzo no es ningún idiota. Si acepto este nuevo cargo, lo va a leer como lo que es: un cambio de lealtad. O, peor, una ruptura. No lo va a permitir. No él. No el círculo.

Regina Villaseñor asintió con una lentitud que parecía religiosa.

—La forma es fondo, Damián. Y en política, la ambigüedad es una herramienta de precisión. No tiene que parecer una ruptura. No debe parecerlo. Yo le voy a plantear a Lorenzo esta reconfiguración. Se la voy a vender como una victoria suya. Como una contención de tu impulso. Un blindaje. Él se va a quedar con esa idea… mientras tú te vuelves algo más difícil de nombrar.

Damián alzó la mirada. Había algo en el tono de la presidenta que le recordaba a su padre cuando hablaba del ajedrez. No ganar de inmediato. Encerrar las piezas sin que lo noten.

—No sé si se va a tragar eso. Y aunque lo haga… el resto no. Helena, sobre todo. Ella me ve como una bisagra. No como un peón.

La presidenta se inclinó ligeramente hacia él. Un gesto casi imperceptible, pero lleno de cálculo.

—Tu trabajo no es romper con el círculo, Damián. Tu trabajo es quedarte con él. Que sigan confiando en ti. Que te vean como su hombre dentro del Estado, dentro de mí. Que sus secretos pasen por tus manos. Yo no necesito un mártir. Necesito un testigo. Y un ladrón, si hace falta.

El silencio cayó entre ambos como una vela que se apaga sin viento. Damián desvió la mirada hacia el ventanal, aunque no veía la ciudad, sino la trampa.

—¿Y si no puedo sostener la simulación? —preguntó, más para sí que para ella—. ¿Y si dejo de saber dónde empiezo yo… y dónde empieza su sombra?

—Entonces habrás llegado al nivel en el que jugamos los adultos —dijo Regina, seca, sin consuelo—. Pero ahí ya no hay vuelta atrás. Lo sabes.

Lo sabía. La presidenta se puso de pie con suavidad. Tomó una carpeta distinta, más delgada. Se la entregó a Damián como si le diera una llave. O una daga.

—Tendrás holgura política. Presupuesto. Discrecionalidad. Pero también vas a estar expuesto. Tu margen de error será mínimo. Ellos van a buscar tus grietas. Y tú vas a usar las suyas para entrar. No te quiero haciendo política social. Quiero que atrapes al círculo. Que te vuelvas el aceite de esa máquina. Que entiendas su idioma. Y lo desarmes desde dentro.

—¿Y si se rompe antes de que lo domine?

—Entonces ya habré ganado —respondió ella, sin parpadear.

Por un instante, el tiempo se congeló. El despacho, con sus maderas nobles, sus símbolos patrios, su silencio imperial, pareció inclinarse hacia ellos. Dos piezas moviéndose en un tablero de siglos.

Damián extendió la mano. Regina la tomó con firmeza. Él sonrió, leve. Casi con cansancio.

—¿Y cuándo empiezo a ser coordinador nacional?

Ella lo soltó con una mirada que ya no era cálida ni severa. Era histórica.

—En unas horas. Renuncias en Gobernación. Y te nombro antes del anochecer. Que Lorenzo lo sepa por mí. No por ti.

Damián asintió.

Caminó hacia la puerta sin apuro. Llevaba la carpeta negra bajo el brazo, el té olvidado, y una sensación que no sabía si era poder... o condena. Cuando la secretaria le abrió, le pareció aún más joven que al entrar.

Y él, más viejo. La presidenta se inclinó ligeramente hacia él. Un gesto casi imperceptible, pero cargado de intención. El broche dorado en su saco —una serpiente enroscada en forma de ocho, el símbolo del eterno retorno— brilló con el movimiento, como si también participara en la conversación.

—Justamente por eso, Damián. Porque no eres un peón. Porque Helena ya te ve como algo más. El círculo… —su voz bajó un tono, envolvente—...es una secta sofisticada, atrapada en las maneras de la puta europea. No le temen al poder; le temen a perder su estética. Tú conoces sus rituales, sus lealtades. Quiero que te quedes con ellos. Pero que sea mío.

Damián no respondió de inmediato. Miró por la ventana detrás del escritorio. Desde ahí, la ciudad era un diorama abstracto, irreconocible. Una postal muda. El poder olía a incienso discreto y a madera antigua. Sonrió apenas.

—¿Y si no puedo atrapar al círculo? ¿Si lo único que consigo es que me expulsen?

Regina bebió un sorbo de té antes de contestar. El silencio fue denso, casi elegante.

—Si logras que desconfíen de ti, pero no puedan prescindir de ti… entonces ya ganaste. —Pausó, y lo miró con severidad templada—. Esto no es una ofensiva. Es una posesión gradual. Vamos a ocupar el círculo desde dentro. Como una humedad invisible.

Damián desvió la vista hacia la joven secretaria, que aguardaba con discreción junto a la puerta. Volvió a Regina. Estaba claro que ella ya había hecho su apuesta. Pero no le entregaría las cartas tan fácilmente.

—¿Y qué gano yo?

Los ojos de la presidenta brillaron por primera vez en toda la conversación. No de ternura, sino de reconocimiento.

—Presupuesto. Holgura política. Y acceso directo a mí. —Apuntó el escritorio con un leve ademán—. Esta línea segura no es decorativa. Es para cuando necesites hablar sin ruido. Pero más que eso, Damián… —se acomodó en el asiento—, ganas tiempo. Tiempo para construir. Tiempo para convertirte en algo que ni Lorenzo ni Helena van a saber cómo nombrar.

Damián dejó el papel sobre el escritorio. El peso simbólico del gesto era claro: aceptaba.

—¿Cuándo empiezo como coordinador?

Regina extendió la mano. No sonreía. Su rostro era un estudio de voluntad y cálculo.

—En unas horas. Presenta tu renuncia en Gobernación. Yo haré el resto.

Él estrechó su mano. Su piel era fría, firme, impecable.

“Esto no es un pacto,” pensó, mientras la soltaba. “Es una iniciación.”

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Las campanas de la Parroquia de San Juan Bautista marcaban la hora con una precisión antigua, como si el tiempo en Coyoacán tuviera un ritmo más lento, más benévolo. Era mediodía, el sol de primavera atravesaba las jacarandas y se colaba entre los toldos del café, formando manchas violetas sobre la mesa de hierro forjado donde Abril y Rebeca compartían una charla que sabía a reencuentro.

Abril vestía un vestido blanco ligero, con los tirantes finos dejando ver sus hombros dorados por el sol griego. Su cabello suelto caía en ondas suaves, y los lentes de sol descansaban en la coronilla como una coronita casual. Sus ojos verdes brillaban, no por el reflejo del sol, sino por esa mezcla de nostalgia y plenitud que sólo tienen las personas que han tocado la belleza en otro continente.

—Te lo juro, Rebe —dijo con una sonrisa arrastrada—, Grecia fue un sueño. O sea, literal. No hay otra forma de decirlo. Santorini es como si lo hubieran diseñado para que todo salga bien en las fotos. Y las playas… ¡No manches! El agua azul, azul. Nada de Acapulco fake.

Rebeca soltó una carcajada, removiendo el hielo de su café helado con la pajilla metálica.

—Güey, sí se te nota. Te bronceaste perfecto. Y el vestido... puta, pareces influencer de viajes. ¿Quién te lo tomó? ¿Damián?

Abril giró los ojos con una risa suave.

—No. Bueno, algunos sí. Pero la mayoría me las tomé yo con el tripié. Ya sabes. Control freak hasta en vacaciones.

—Ay, pero qué rico. Yo llevo meses sin salir ni a Cuernavaca. —Rebeca la miró con una mezcla de cariño y envidia—. Te hacía falta, la neta. ¿Y ya te ofrecieron algo nuevo o todavía andas libre?

Abril tomó un sorbo de su café con leche, pensativa. Una hoja de jacaranda cayó sobre su regazo y la quitó sin mirar.

—Nada formal. Estoy tomándome estos días para... no sé. Respirar. Damián ya tiene nuevo cargo, y pues... no quiero correr. Si algo aprendí allá, es que todo puede esperar un poquito.

Rebeca sonrió y se acomodó en su silla, cruzando las piernas. Llevaba pantalones negros entallados y una blusa de lino color mostaza que resaltaba su piel morena clara y sus labios rojos. Siempre había tenido ese aire de actriz de cine de arte.

—Pues justo por eso quería verte. Mira, en el Senado están buscando un coordinador de asesores. Es con un senador de oposición —bajó la voz como si hablaran de algo prohibido—. Con tu experiencia, quedas perfecta. Yo sé que no es tu corriente, pero...

Abril arqueó una ceja y alzó su taza como brindando.

—¿La oposición? ¿Yo? ¿Quieres que me dé urticaria?

—Güey —río Rebeca—, el senador muere por tener una asesora como tú. Es de los otros, inteligente, buena imagen, cero dinosaurio. Y... entre nos —se inclinó hacia ella con una sonrisita ladeada—, creo que le encantaría conocerte.

Abril soltó una carcajada, esa risa suya abierta y musical, que llamaba la atención de las otras mesas sin proponérselo.

—Ay, cállate. Me estás vendiendo como si fuera vino importado.

—Pero del bueno, amiga. —Le guiñó un ojo—. Piénsalo. No tienes que casarte con el proyecto, solo tomarte una copita.

Abril estaba por contestar cuando su celular vibró sobre la mesa. Lo volteó con naturalidad, pero al ver el remitente, sus dedos se detuvieron un segundo más de lo necesario.

Damián: “Te espero en casa. Cena juntos.”

Se quedó mirando la pantalla un momento. Luego la apagó sin contestar.

Rebeca la observaba con media sonrisa.

—¿Y? ¿Te vas a casar con él o qué?

Abril no respondió enseguida. En lugar de eso, pasó la mano por su vientre de forma inconsciente, como si al hacerlo pudiera calmar una inquietud que ni siquiera sabía nombrar. No estaba hinchado ni había señales, pero ese gesto —íntimo, suave— hablaba de algo que aún no se decía en voz alta.

—Es complicado —susurró al fin—. Damián es... muy especial.

—¿Especial como “le pone el cuerno a medio gabinete” o especial como “me lee poemas en la madrugada”?

Abril rió, pero su risa ahora tenía un filo de resignación dulzona.

—Un poco de las dos. Es él. Lo conozco, sé cómo es. Y aún así...

—¿Aún así qué?

—Aún así me quedo. —La mirada de Abril se perdió un segundo en el cielo entre las ramas—. Porque con él nunca hay tierra firme, pero... es adictivo. Como caminar sobre lava. Caliente, peligroso, hermoso.

Rebeca hizo una mueca entre ternura y burla.

—Güey, estás súper enamorada o te metiste algo en Grecia.

Abril volvió a reír. El viento agitó las copas de los árboles, y la vida siguió su curso alrededor, pero ahí, en esa mesa entre amigas, el tiempo era otro: más lento, más íntimo, como si el universo les regalara unos minutos más antes de que cada una regresara a sus mundos tan distintos.

Abril se recargó en el respaldo de la silla, todavía con esa sonrisita boba que la delataba. Sus mejillas tomaron un tono rosado que, bajo el sol filtrado por las jacarandas, parecía aún más evidente.

—No me mires así, Rebe... —dijo en voz baja, jugando con el asa de su taza—. Ya sé, suena cursi, pero... sí me lo imagino, ¿sabes? Un futuro. No sé si como en los cuentos, pero... con él.

Rebeca entrecerró los ojos con picardía y se inclinó hacia ella.

—¿A poco sí coge muy rico?

Abril abrió la boca escandalizada, ahogando una risa entre sus manos.

—¡Rebeca! ¡Qué bárbara! ¡Eres una pinche indiscreta!

—¡Pues dime! Mira nomás cómo te pones toda roja, te delatas sola, amiga. Y yo tengo derecho a saber, para eso son las mejores amigas, ¿o no?

—Güey, no... O sea, no voy a decirte detalles —bajó la voz, mirando a los lados—. Pero sí... está cabrón. Es como... intenso. Y muy atento. Muy de... escuchar lo que te gusta.

Rebeca silbó despacito.

—¡Uff! Esos son los peores, amiga. Porque uno se enamora y luego ni cómo escapar. Ya valiste.

—Ya valí desde hace rato —dijo Abril sonriendo, mirando su taza como si ahí estuviera la respuesta a todo. Luego la miró de nuevo con una carcajada contenida—. Pero no me hagas hablar más, te lo juro que me da pena. ¡Yo soy una dama!

—Una dama con ojos verdes, chichis perfectas y novio cabrón que la deja temblando en Santorini. ¡No me jodas! ¿Qué clase de novela vives?

Ambas estallaron en risas, atrayendo por un instante las miradas de otras mesas. Abril le lanzó una servilleta arrugada, Rebeca la esquivó con estilo.

—¿Y tú qué? ¿No sales con nadie? ¿Sigues con el mismo?

—Ay no, ya no. Me aburrió. Tenía más plática mi cafetera. Y eso que hace como tres ruidos nada más. —Se encogió de hombros—. Pero mira, soltera y sin hijos. Sin nadie que me marque para que lo recoja de la escuela...

Justo entonces, el celular de Abril vibró de nuevo. Ella lo tomó distraída, pero al leer el mensaje su expresión se suavizó.

Ximena: “Salgo a las 3, ¿me puedes pasar a recoger, Abi?”

Suspiró con ternura y comenzó a guardar sus cosas en la bolsa. Rebeca la miró con sospecha.

—¿Quién fue?

—Xime. Me pidió que la recoja en la escuela. Ya casi son las tres.

Rebeca se acomodó los lentes de sol y la miró con fingida solemnidad.

—¿Qué pedo con la vida, eh? Mi amiga la chichona, ahora es la señora que va por sus hijos a la escuela...

Abril soltó una carcajada.

—¡No es mi hija! ¡Es su hija! ¡Solo la cuido!

—Ajá. Y en unos meses la estás ayudando con la tarea y llevándola al pediatra. Y todo eso ¡sin haber amamantado! ¡Pérame tantito!

—¡Cállate, ridícula! —respondió Abril entre risas, caminando alrededor de la mesa para abrazarla—. Pero sí, ya me voy. Te marco luego. ¿Sí me mandas bien los datos del senador?

Rebeca la apretó fuerte y le dio una palmada en el trasero.

—Claro que sí, señora senadora. Pero prométeme que si lo aceptas, me vas a contar si también ese coge rico.

—¡Eres una enferma, Rebeca!

Ambas salieron del café aún riendo, perdiéndose entre la luz dorada de la tarde coyoacanense, con olor a pan recién horneado, hojas moradas por el piso y la promesa de nuevos capítulos por escribirse.

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El salón olía a incienso espeso y antiguo, como si cada ceremonia dejara una capa invisible sobre las paredes. Las cortinas de terciopelo rojo se cerraban sobre las ventanas, impidiendo cualquier contacto con la luz del exterior. Tapices góticos, con símbolos apenas reconocibles, colgaban entre columnas de mármol negro. Figuras femeninas y andróginas esculpidas en piedra blanca flanqueaban el recinto como guardianes mudos. La única iluminación venía de candelabros bajos y dispersos, que lanzaban sombras danzantes sobre los rostros de los presentes.

En el centro, una mesa redonda, de madera oscura. Sobre ella, copas de cristal tallado, pequeños montones de papeles, y una figura de obsidiana con forma de serpiente enroscada.

Helena presidía la mesa. Sentada en un sillón ligeramente más alto que el resto, con los brazos apoyados en los descansabrazos tallados en forma de garras. Su vestido era una túnica translúcida, dorada, con un leve tinte marfil, que apenas cubría su piel clara. Su cabello rubio, largo, suelto y liso, caía como un velo sobre sus hombros. No llevaba sostén, ni nada debajo. Y aun así, no había nada vulgar en su presencia. Era como ver una deidad pagana. Los pezones apenas se intuían bajo la gasa. Sus ojos eran celestes, casi inhumanos. Estaba maquillada apenas con un toque: los labios húmedos, un poco de sombra en los párpados. Su belleza no era moderna; era mitológica.

—Comencemos —dijo, y su voz hizo que los seis hombres presentes enderezaran la espalda, incluso los que fingían no temerle.

Lorenzo se aclaró la garganta. Se había quitado el saco y tenía la camisa abierta en el cuello, como si el calor simbólico del lugar lo afectara más que al resto.

—La situación en la Ciudad de México aún es maleable —comenzó—. El proceso electoral iniciará en ocho meses, pero las estructuras se están consolidando. Serrano tiene las mejores cifras. No solo es el candidato más viable… —miró de reojo a Damián, apenas con un gesto—, es el más leal a los principios del Círculo. Su nombre se perfila ya como el del sucesor natural. No lo digo yo. Lo dice la estadística. La calle. La prensa.

Helena giró la cabeza lentamente hacia él, como si pesara más de lo que parecía. No dijo nada. Aún no.

—Y en lo personal —continuó Lorenzo—, me encuentro… cansado. Este será mi último ciclo completo. Creo que es hora de dejar que una nueva generación tome su lugar.

Damián no se movió al principio. Solo levantó su copa de vino y la giró entre los dedos. Luego la dejó sobre la mesa y habló, sin mirar a nadie en particular.

—Eso era cierto… antes de que yo llegara.

Un silencio contenido se apoderó del salón. Uno de los más jóvenes soltó una risita seca que apagó al instante con un carraspeo.

Helena sonrió. Pero su mirada, firme, sedosa, no era para Damián. Se mantenía fija en Lorenzo.

Serrano cruzó una pierna sobre la otra, con ese estilo antiguo de macho al mando. Apretó los labios, y luego soltó una frase que parecía más un rugido bajo:

—Muchacho… una cosa es encabezar campesinos y putas de cola fácil en Puebla… y otra muy distinta es gobernar la ciudad más grande de América. Aquí no basta con hablar bonito ni montar teatros para la prensa. Aquí se sangra. Aquí se rompe. Y tú, Damián, todavía hueles a nuevo.

Damián giró el rostro hacia él con calma. Lo miró, sereno, como si estuviera midiendo la estatura de una sombra.

—En Puebla limpiamos diez plazas en tres semanas. Desarmamos tres cárteles intermedios. Y en cada reunión del consejo de seguridad, los presidentes municipales se me cuadraban. ¿Sabes por qué, Serrano? Porque sí huelo a nuevo… pero huelo a pólvora nueva. Y tú estás hecho de madera vieja… cruje cada vez que respiras.

—Ni siquiera formas parte del Círculo —interrumpió Serrano, su voz ahora más áspera, como piedra arrastrándose—. Te falta pasar dos pruebas. Y sin ellas, ni derecho a voz tienes aquí.

—Lo ha dicho bien —intervino Lorenzo, aunque no con la energía de antes. Miraba a Helena como pidiendo guía—. Damián ha demostrado méritos. Nadie niega su eficacia. Su nombramiento como Coordinador en Presidencia no fue coincidencia. Pero este consejo es reservado. Puede estar presente, sí… pero no tiene voto. Ni palabra.

Un breve silencio cayó de nuevo. Helena entonces giró el rostro. Por primera vez lo miró. A Damián. Y él la miró de vuelta.

Fue un instante apenas perceptible. Pero el aire pareció tensarse. Los labios de ella se humedecieron apenas. La lengua trazó una línea sutil, sensual, sobre su labio inferior. Damián ladeó el rostro, y por un momento, la sonrisa en sus labios fue igual a una llave abriendo una cerradura secreta. No dijeron nada. Pero algo se entendió.

Una trampa. O un pacto. Quizá ambas cosas. Y sin romper esa mirada, Damián apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos… y esperó.

La escena seguía viva. Y aún no se había dicho lo más importante. Serrano chasqueó la lengua, se recargó contra el respaldo con una pesadez teatral y cruzó los brazos sobre su pecho ancho. Sus dedos, gruesos, llenos de anillos de oro y cicatrices viejas, tamborilearon lentamente.

Damián no se inmutó. Sostenía aún la mirada de Helena, pero había algo más ahora en su expresión. Una seguridad helada, de animal que ha probado sangre y le gustó.

Fue Lorenzo quien rompió la tensión.

—Este círculo… —empezó con voz grave, más baja, más íntima, como si hablara en una catedral—, ha visto nacer y caer imperios en esta ciudad. Hemos consagrado obispos, destituido caciques, enterrado traidores y puesto en la cima a perfectos desconocidos. Todos los que estamos aquí… sabemos qué se siente tener el poder verdadero en las manos.

Hizo una pausa. Los otros miembros, silenciosos, asintieron con gestos lentos, como si fueran parte de un rito viejo, aprendido de memoria.

—Hoy nos toca decidir si hay sucesión. Y si la hay, cómo. No importa si es Serrano, si es Damián… o si el destino nos lanza a otro nombre. Sea quien sea el elegido para portar la máscara… lo blindaremos. Lo haremos intocable. Como nuestro nuevo mesías.

Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Lorenzo, aunque sus ojos estaban lejos. Cansados. Vacíos.

—Porque este será mi último baile —dijo suavemente—. Y quiero bailar con todos ustedes… hasta que la música se detenga.

La frase quedó suspendida en el aire como humo de incienso. Serrano bajó la cabeza, en un gesto que era más respeto que rendición.

—Entonces que bailemos… pero que el ritmo lo marque el verdadero líder. No un improvisado.

Damián sonrió. Levemente. Como quien sabe que está ganando aunque no le den el trofeo todavía.

—Solo los improvisados pueden crear una nueva partitura, Serrano. Los demás solo repiten viejas melodías.

—O repiten los mismos errores —gruñó el otro.

Helena soltó una risa sutil. Casi musical. Nadie la miró, pero todos la escucharon.

—Los errores son la parte más honesta del poder —susurró—. Lo demás es solo teatro.

Damián le sostuvo la sonrisa. Y ella, como si le respondiera sin palabras, se estiró apenas, la tela de su túnica flotando sobre su piel como humo dorado. En su cuello, un dije negro con forma de cruz invertida giró sobre sí mismo, reflejando la luz de las velas.

Fue entonces cuando Lorenzo alzó la copa.

—Propongo que el círculo reconozca a Damián como miembro observador… con derecho a presencia y palabra. Que lo vigilemos, que lo pongamos a prueba. Pero que escuchemos su voz. —Miró a cada uno—. Si hemos de elegir un nuevo rostro… no será por nostalgia. Será por fuego.

Uno a uno, los miembros asintieron. Serrano lo hizo por último, con la mandíbula apretada.

—Que hable —dijo—. Pero no olvido que aún le falta sangre en los dedos.

Helena no dijo nada. Solo bajó los párpados un momento. Una afirmación muda.

La reunión fue cerrándose como se cierran las madrugadas: sin aviso, con cuerpos cansados, miradas intensas, murmullos en clave. El ambiente se volvió más espeso conforme las decisiones se sellaban en lo no dicho.

Damián fue el último en levantarse. Los demás se retiraron en pequeños grupos, en silencio, como sombras que se deslizan por pasillos secretos.

Al pasar cerca de Helena, ella no lo miró. Fingía revisar un documento. Su túnica había resbalado aún más sobre uno de sus hombros, revelando un destello pálido de piel perfecta.

Pero cuando él pasó a su lado, ella habló. Apenas un susurro que solo él oyó:

—Todavía no lo entregas. Y él sigue hablando…

Damián se detuvo solo una fracción de segundo. Sus pupilas se contrajeron, su mandíbula se tensó. Luego siguió caminando, lento, como si las palabras le hubieran clavado una espina en el talón.

La puerta del salón se cerró detrás de él con un crujido sordo.

Helena levantó la mirada y sonrió.

Como si ya supiera cómo acababa la historia.

__

El calor seguía pegado a los cuerpos como una segunda piel. En el interior del coche, el aire acondicionado apenas era una caricia tibia, pero suficiente para hacer de ese espacio una especie de burbuja cálida, privada. Afuera, la ciudad vibraba. La calle frente a la Arena Puebla hervía de movimiento: tamaleros, franeleros, parejas, familias, motociclistas, y el rumor ansioso de la noche poblana con ganas de lucha libre.

Valeria se inclinó un poco hacia el parabrisas, miró la fila que empezaba a formarse y volvió la cara hacia Darío con una sonrisa floja, encantada.

—No puedo creer que me hayas traído aquí. Las luchas, neta. Qué pedo. Eres un naco sofisticado, Darío.

Él rió despacio, como si le gustara ese insulto vestido de halago.

—Me ofende lo de “sofisticado”.

Ella soltó una risita nasal. Tenía los pies cruzados sobre el tablero, los jeans a la cadera dibujaban el trazo firme de su cuerpo joven, tenso, dorado por el sol. El top negro de tirantes mínimos parecía más una insinuación que una prenda; la chamarra de mezclilla colgaba floja de sus brazos, como un capricho que no se había querido quitar del todo. Su cabello, recogido en un chongo improvisado, dejaba ver la línea limpia del cuello. Un brillo apenas perceptible en los labios, y una línea delgada de delineador en los ojos grandes, listos para reír o morder.

—Te ves muy chula —dijo Darío, sin apuro.

—¿Sí? —fingió una sorpresa burlona—. Pues tú pareces papá joven en bautizo elegante.

—Es mi estilo. Casual, bautizo a mi sobrina con papás divorciados.

Valeria soltó una carcajada auténtica y le dio un empujón con el hombro. Darío dejó que su brazo cayera con naturalidad sobre su cintura, donde la piel suave quedaba expuesta entre el top y el pantalón. La acarició con el pulgar, lento, como si no tuviera intención alguna. Pero la tenía. Valeria se tensó apenas. Se le escapó un suspiro muy sutil. Él lo notó.

—¿Ya sabes qué grito vas a echar cuando salga el rudo? —preguntó, bajando un poco la voz, como si hablar más suave le diera más poder.

—Depende… —dijo ella, ladeando la cabeza—. ¿Tú vas a estar del lado técnico o del lado rudo?

—¿Tú qué crees?

—Eres un rudo disfrazado de burócrata, con reloj carísimo y zapatos italianos… Me das miedo.

Darío sonrió sin enseñar los dientes. La miró con esos ojos que no parpadeaban, como si calculara algo detrás de cada palabra que decía.

—¿Y eso te gusta?

Valeria no contestó. Solo se inclinó levemente hacia él. La distancia entre sus rostros se hizo más corta, como si algo invisible tirara de ambos. Fue él quien la besó primero. Despacio. Una vez. Luego otra. Más profundo. Ella lo dejó hacer. Respondió. Sus labios eran tibios, suaves, y tenían el gusto dulce de un agua mineral con limón que había tomado minutos antes.

Las caricias en la cintura se volvieron más claras, más firmes. La piel de Valeria se erizó bajo el tacto. Sus muslos se apretaron un poco. Cerró los ojos, luego los abrió. Lo miró.

—No te hagas ideas… —murmuró.

—¿Tú sí?

Valeria no respondió. Se rió en silencio y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento, con una expresión ambigua. Miró al techo del coche, como si buscara una respuesta ahí arriba.

—Te juro que a veces creo que sí te gusto —dijo con la voz más baja—. Y a veces pienso que solo estás jugando.

—¿Y si fueran las dos?

—Entonces el juego está bien hecho.

Darío le acarició ahora el costado, hasta casi tocar la línea de su cadera. Su reloj de acero brillaba al ritmo de su pulso lento.

—¿Y tú? —susurró—. ¿Estás jugando?

Ella lo miró. Un instante largo. Su rostro era una máscara serena, imposible de leer.

—Quizá. —Se inclinó hacia él otra vez—. O quizá solo me estoy dejando llevar.

Lo volvió a besar, más rápido esta vez. Un roce eléctrico, pero suave. El coche, cerrado, con los cristales apenas empañados, olía a su perfume mezclado con el desinfectante barato del volante y un poco de polvo de calle. El ruido de los cláxones y los vendedores ambulantes quedaba lejos, como si fuera otro mundo.

Valeria lo miró con una sonrisa torcida. Jugaba. Pero no se sabía si jugaba con él… o con ella misma.

—La neta, no entiendo qué quieres —le dijo.

Darío bajó la mano hasta el muslo de ella y la apretó levemente. Su mirada se volvió más intensa.

—Lo mismo que tú.

—¿Y qué crees que quiero?

—Lo que nadie te ha dado todavía.

Valeria bajó los ojos. Esa frase le dolió. O le gustó. O ambas. Nadie podría haberlo dicho. Pero el silencio que siguió fue espeso, vibrante.

Afuera, las puertas de la Arena comenzaron a abrirse. La gente empezó a moverse como enjambre. Pero ellos dos no se movieron todavía.

Estaban en pausa. Suspendidos entre algo que parecía placer… y algo que podía ser trampa.

Las luces de la Arena Puebla parecían una feria ambulante clavada en medio de la ciudad. Cuando Valeria y Darío se bajaron del coche, ya había una corriente humana arrastrando a todos hacia la entrada, entre el olor a sudor, garnachas, y ese polvo seco de calle recién barrida. Darío le tomó la mano sin avisar, con naturalidad, como si ya fuera parte de su cuerpo. Ella no se quejó. Lo siguió.

—¡Quiero una máscara! —dijo Valeria, casi gritando entre el bullicio—. ¡Quiero ser la ruda más chingona!

Darío se detuvo frente a un puesto de máscaras y la señaló con una ceja levantada.

—Te veo más de técnica. De esas que dan el discurso bonito y al final les patean la cara.

—¡Chinga tu madre, Darío!

—¡Así se habla, regidora!

Ella terminó comprando una máscara morada con dorado que le quedaba un poco floja, pero no le importó. Se la puso en la cabeza y comenzó a caminar como luchadora, marcando los pasos, lanzando codazos al aire.

Ya adentro, el ambiente era una olla de presión. El sudor de la gente, la humedad del calor, los gritos que rebotaban en las paredes metálicas, los niños trepados en los hombros de sus papás, las chelas escarchadas. Valeria estaba fascinada. Reía como niña pequeña, a carcajadas. Gritaba groserías con una voz cada vez más ronca.

—¡Ese rudo es tu tío, Darío! ¡Mira qué pelón tan cerdo! ¡Güero, bájate!

—¡Ese rudo te gana con una sola nalgada! —gritó Darío, apuntando a un luchador con traje plateado que acababa de hacer una maroma torpe.

Valeria se dobló de la risa. En un momento, un luchador voló por encima de las cuerdas y cayó a dos metros de donde estaban. Valeria se echó hacia atrás, asustada y emocionada.

—¡No mames, casi me cae encima!

—¿Eso dijiste la última vez también?

—¡Eres un puerco!

—Pero elegante —dijo él, con una sonrisa, y le alzó la máscara que le colgaba del cuello—. La regidora enmascarada. Suena a porno político.

Ella lo empujó riéndose, pero no pudo evitar que la risa se le quedara pegada al cuerpo como un hormigueo. Para cuando terminó la función, eran casi las once. Salieron arrastrando los pies. Valeria estaba afónica, transpirada, y con los cachetes rojos como si hubiera estado bailando toda la noche.

—Güey… no mames —jadeó, riéndose con voz ronca—. No puedo más. Estoy vibrando. Te juro… no sé qué pedo. Estoy… excitada, Darío. Pero de la emoción, ¿sabes? O sea, no en ese sentido… bueno, también… No sé, ¡me siento viva!

—Me gusta cómo te ves cuando estás sucia y feliz —dijo él.

—Ew, cállate. Suenas como tío borracho.

Caminaron tres cuadras hasta un puesto de tacos, uno de esos que están junto a un camellón, con sillas de plástico y un toldo sucio. Se sentaron y pidieron campechanos. Valeria se quitó la chamarra, con el top ya pegado a la piel. Estaba sudada, despeinada, hermosa. Darío aflojó el primer botón de su camisa pastel.

—¿Cómo gritaste tanto con esa voz de diputada suplente?

—Estás idiota. Nunca había ido a una función de lucha libre, ¿sabes?

—¿Nunca? ¿Qué hacías de niña?

—Tenía un papá panista y una madre ausente. O sea, ballet, clases de francés, piano… ni caricaturas veía. La primera vez que vi una piñata fue a los trece.

Darío soltó una carcajada.

—Con razón eres tan idealista. Te robaron la mugre.

—¡Sí! ¡Quiero mugre! ¡Quiero mugre y sudor y tacos a las once de la noche!

—¿Y sobornos?

Valeria lo miró de lado, con una tortilla en la mano.

—Eres un cínico.

—Soy práctico.

—No está bien, Darío. No puedes decir eso así nada más.

—¿Aceptar sobornos? ¿No está bien… para quién?

—Para la gente. Para nosotros. Para el país.

—Pero ¿quién dice que el país no funciona con sobornos? ¿Quién dice que el sistema no sobrevive gracias a ellos?

Valeria se lo quedó viendo, con un taco a medio camino de la boca.

—Estás loquito.

—Lo estoy.

—Y peligroso.

—También.

Ella sonrió. Lo pensó. No se asustó. Solo se le encendieron los ojos un poco más. Se lo comió todo. El taco, el comentario, la noche. Todo.

—¿Y tú? —preguntó él, limpiándose los labios con una servilleta vieja—. ¿Eres incorruptible?

—Soy nueva.

—Eso no responde.

Ella bajó la vista y murmuró, como si le hablara al plato:

—Quiero creer que sí.

Darío se inclinó hacia ella, cerca, con la voz en el oído:

—Las mejores personas que he conocido están podridas. Tú solo tienes miedo de descubrirlo.

Valeria tragó saliva. Sintió que algo le corría por la espalda, como un escalofrío envuelto en placer.

—Eres un maldito poeta.

—No. Solo un tipo que quiere saber cuántas capas tiene tu alma… y si me dejas quitártelas con calma.

Ella lo miró sin decir nada. Había algo en su mirada que parecía ceder y resistirse al mismo tiempo.

Se levantaron. El aire afuera era más fresco. Caminaron hacia el coche en silencio, sin prisas, como si no hiciera falta hablar. Él le abrió la puerta del copiloto con un gesto natural. Ella subió, acomodándose el cinturón. Lo miró mientras él rodeaba el coche y se metía al asiento del conductor.

—Llévame a mi casa… pero no tan rápido.

—Nunca lo hago —respondió él, y encendió el motor.

La noche se deslizó por las ventanas. La ciudad parecía dormida, pero ellos no. No del todo.

El coche se detuvo frente a un edificio viejo, de esos con fachada pintada de colores pastel ya desgastados por el sol y el tiempo. A un lado, un árbol escuálido se aferraba a sobrevivir entre el concreto y la basura barrida a medias. Valeria vivía en el tercer piso, en un departamento chiquito que había rentado desde que se fue a vivir sola, a las afueras de la ciudad, donde las avenidas aún huelen a polvo seco y gas LP.

Darío apagó el motor, pero no hizo intención de moverse.

—¿Subes? —preguntó ella, sin mirarlo directamente.

—No. Pero tampoco tengo prisa.

Valeria se giró hacia él, recogiendo el cabello mojado de sudor detrás de la oreja.

—¿No que eras práctico?

—Lo soy. Por eso no quiero cagarla.

Ella sonrió. Se hizo un pequeño silencio. Las luces del poste se colaban por la ventana del coche, dándoles un tinte ambarino, como de película setentera. Darío estiró la mano y le acomodó un mechón rebelde. Se acercó, lento, como probando el terreno.

—Hueles a euforia —murmuró.

—Tú hueles a cebolla —respondió Valeria, ladeando la cara justo cuando él iba a besarla.

Darío soltó una risa baja, ronca.

—Gracias. Justo lo que quería oír después de invitarte a tacos.

—Pues te lo ganaste, taco sudado. A ver, aléjate, que ya me lloran los ojos.

Él, sin moverse del todo, le acarició el mentón con el dorso de la mano, con ternura. La miró con una intensidad que rompía sus bromas.

—No sé qué hiciste hoy, pero tengo ganas de verte así todos los días —le dijo.

—¿Afanada, gritona y sudada?

—Encendida.

Ella respiró hondo, se le notó en los hombros.

—No digas esas cosas, güey… me desconectas el WiFi.

—Entonces te diré algo peor —dijo él, y rebuscó algo en su chaqueta del asiento trasero. Sacó un estuche pequeño, forrado en cuero negro—. Esto es para ti. Es algo especial. Como tú te estás volviendo en mi vida.

Valeria parpadeó. El tono había cambiado. Le tomó el estuche sin abrirlo aún. Lo miró con desconfianza, con los ojos puestos en él.

—¿Qué es esto?

—No es una argolla. Relájate, regidora.

—¿Es una bomba?

—Casi. Es un Rolex.

—No mames.

—Clásico. Discreto. Costoso. Como mis gustos. O como tú cuando no estás mentando madres.

Valeria soltó una risa nerviosa, de esas que salen cuando el cuerpo no entiende si emocionarse o correr. Abrió el estuche con cuidado. El reloj era precioso. Elegante, con una esfera blanca y correa metálica. Liviano y sobrio, pero se notaba que costaba más que el refrigerador de su depa.

—Estás pendejo, Darío. No puedo aceptar esto.

—No acepto devoluciones. Velo, pruébatelo. Si no te gusta, lo devuelves. Pero no digas que no te lo ofrecí.

—Ni uso reloj…

—Eso es lo que dices ahora. Mañana vas a estar viendo la hora nomás para presumir.

Valeria lo miró. No sabía si llorar, besarle la boca o aventarle el estuche por la ventana. Pero en lugar de hacer algo dramático, solo se inclinó y le dio un beso corto, tierno, directo en los labios.

—Gracias, pinche loco —dijo bajito.

—De nada, pinche afónica.

Ella abrió la puerta y bajó del coche sin mirar atrás. Pero mientras subía las escaleras, no dejó de sonreír ni un segundo. Canturreaba algo sin sentido, un pedacito de bolero que le vino a la cabeza, y se reía sola.

—Contigo aprendí… que existen nuevas y mejores emociones… —cantó, arrastrando la voz como borracha de afecto.

Abrió su puerta. El departamento olía a humedad, a lo de siempre, pero ahora todo parecía distinto. Encendió una luz. Dejó las llaves en la mesa, el estuche en la otra. Dio vueltas, se descalzó. Se sentía ligera, como si aún vibrara con la energía de la arena, de los tacos, de la mirada de Darío.

Abrió el estuche. Otra vez.

El Rolex brillaba como un secreto caro. Lo acarició con la yema del dedo. Encontró el certificado de autenticidad doblado cuidadosamente en un compartimento oculto.

—Jesucristo con reloj suizo —susurró, sonriendo.

Lo dejó en la mesa del comedor, entre unos papeles de trabajo, una taza sin lavar y un cenicero viejo.

Se quedó ahí, parada. Viendo el reloj. Viendo su vida.

Y sonrió. Sonrió como si no supiera a dónde iba todo eso. Pero sabiendo que quería estar despierta para verlo.

__

La casa de Tlalpan estaba en calma. En el comedor, el aroma de mole negro recién abierto impregnaba el aire. Damián había traído comida de un restaurante oaxaqueño de renombre, uno de esos donde los meseros usan guayaberas bordadas y la salsa pica de verdad. Abril servía el mezcal en dos vasitos de vidrio grueso mientras Damián abría las hojas de plátano de un tamal envuelto con cuidado.

—¿Sabes que este tamal cuesta ciento ochenta pesos? —dijo él, divertido—. En Oaxaca eso te alcanza para alimentar a una familia.

—Pues ojalá alimenten también los argumentos, ¿no? Porque si no, no valió la pena la cruzada al sur —bromeó Abril mientras se sentaba frente a él.

—Ya basta de cinismo, licenciada. Que uno se esfuerza en consentirla y usted… muele.

Chocaron los vasitos de mezcal y sonrieron. Abril comía con lentitud, disfrutando los sabores. Damián, en cambio, hablaba entre bocado y bocado, con la euforia contenida del político que sabe que algo está empezando a salir bien.

—Estoy seguro de que el próximo mes me voy a posicionar bien en las encuestas. Las notas de la semana ya traen mi nombre. “El perfil sobrio de la izquierda responsable”. Así me dijeron hoy en Canal 11. ¿Cómo ves?

—Me encanta. Me encanta verte brillar, la neta. Me hace feliz —dijo Abril, mirándolo con afecto sincero.

Damián se detuvo un momento, como saboreando esas palabras. Le gustaba que ella lo viera. Lo hiciera sentirse admirado.

—¿Y tú qué tal? ¿Cómo te fue hoy?

—Fui a tomar café con Rebeca —respondió Abril, bajando la mirada al plato—. ¿Te acuerdas? La abogada que trabajó con los del grupo de Monreal… la que te conté que se fue a España, pero ya regresó.

—Ah, sí… la que no se callaba ni con vino.

—Esa mera.

Damián sonrió con media ceja levantada.

—¿Y qué dice la buena Rebeca?

—Bien. Está trabajando en el Senado, con la bancada del PAN. Coordinando algunas comisiones.

—Mira nomás… qué bueno por ella.

Abril jugaba con el tenedor, como si removiera algo más que arroz. Lo dijo casi al pasar:

—Me ofreció arreglarme una entrevista. Para ser jefa de asesores de un senador. No uno cualquiera, eh… con Miguel Canales.

Damián levantó las cejas, impresionado, aunque fingió desdén.

—Canales… El de los lentes de pasta y las ideas de 1994.

—Ajá, ese. Pero se está posicionando. Le están metiendo lana.

—Sí, claro. Lana tienen. Ideas, no tantas. Pero bueno, si necesitas practicar tu inglés, seguro te va bien con ellos —dijo con una ironía suave, casi cariñosa, mientras cortaba otro pedazo de carne.

Abril no sonrió. Lo miró un segundo, luego volvió al plato.

—No sé… siento que no te da gusto.

—Claro que me da gusto. Pero no entiendo para qué, si ya tienes plaza conmigo.

—Damián… no he entrado a trabajar. Tienes ya dos semanas en la Coordinación. Me la he pasado aquí, cuidando de Ximena, acomodando libros, regando plantas… y sí, me gusta esta casa, me gusta tu hija. Pero no quiero ser un mueble más. No quiero ser Isabella.

El nombre colgó en el aire como una ráfaga de aire frío. Damián dejó los cubiertos y se limpió la boca con la servilleta, sin mirarla.

—Isabella no fue un mueble.

—Pero lo parecía. Y yo no quiero vivir de a ratos. No quiero ser solo la mujer que vive en tu casa mientras tú haces historia en la calle.

Él hizo un gesto sutil de incomodidad, como si intentara estirar el cuello dentro de una camisa muy cerrada.

—Abril, no necesitas entrevistas. No tienes que irte con Canales ni con Rebeca. Vas a seguir siendo mi particular. Están por liberar la plaza, te la van a asignar. Ya estás en el equipo.

—Eso me lo dices desde que regresamos de Grecia. Y sí, me diste el lugar. Pero quiero ejercerlo. Quiero un lugar claro en tu vida. No sólo en tu cama, no sólo en tu casa. Quiero una idea de futuro. ¿Me entiendes?

El silencio se extendió unos segundos. Damián la miró, serio. Luego le acarició el rostro, con la yema del pulgar sobre su mejilla, lento.

—Tú ya estás dentro. Más de lo que imaginas.

Ella cerró los ojos. Quería creerle. Se dejó caer sobre su pecho, apoyando la cabeza con suavidad, buscando consuelo. Damián la abrazó, sin decir más. Miraba hacia la ventana, donde las luces lejanas de Tlalpan titilaban entre los árboles oscuros.

En su rostro no había sonrisas.

Solo ese ceño fruncido que usaba cuando algo se le escapaba de las manos. Y él no sabía si Abril… Era parte de eso.