Me Rendí en su Oficina. Parte 2
Él cerró la puerta y la tensión estalló. No fue una conversación, fue una rendición. Ahora, cada rincón de la oficina es un territorio de deseo prohibido.
Después de aquello, intentamos fingir que nada había pasado. Él seguía siendo mi jefe. Yo seguía siendo la asistente ambiciosa que quería escalar. Pero los ojos no mienten, y cada vez que nos cruzábamos en el pasillo, sentía su mirada como un roce entre las piernas.
No hablábamos de aquella tarde. Pero su fantasma nos seguía a todas partes.
Hasta que la tensión se volvió insoportable.
Fue un martes. Llevaba una falda demasiado corta y una blusa blanca que, lo admito, no dejaba mucho a la imaginación. Él no dijo nada durante todo el día. Pero en cuanto dieron las seis, apareció en mi escritorio.
—Mi oficina. Ahora.
Cerró la puerta detrás de mí. Lo miré, esperando la tormenta. Y la tormenta llegó, pero no con palabras.
Se acercó con paso lento, como un depredador. Me empujó contra la pared y me besó con una urgencia que me hizo gemir contra su boca.
—¿Sabes lo que me hiciste hoy? —gruñó—. Pasaste todo el día caminando como si no te importara que todos te vieran el borde del encaje.
—Tal vez quería que tú lo vieras.
Él sonrió. Un gesto peligroso.
Me levantó en brazos, como si pesara menos que nada, y me tumbó sobre el sofá de cuero que tenía en la esquina de su oficina. Me arrancó las bragas sin preguntar. Se agachó y enterró la cara entre mis muslos como si necesitara respirar de mí.
Esta vez no fue lento. Fue desesperado. Me lamía como si estuviera hambriento, como si cada gemido mío fuera un premio. Yo me retorcía bajo su boca, perdida, gritando su nombre mientras me hacía explotar en su lengua una y otra vez.
—Tú me perteneces —dijo entre dientes, mientras se incorporaba—. Desde ese día.
Se bajó la bragueta y sacó su polla dura, brillante de deseo. Me la restregó por la entrada, jugando con mi desesperación.
—Dilo —me ordenó—. Dime que soy tuyo.
—Eres mío —jadeé, entre gemidos—. Todo tuyo.
Y entonces me empaló sin piedad.
Cada embestida era un castigo delicioso. Me follaba con una intensidad salvaje, sujetándome del cuello, controlando mi respiración, mi placer, mi cuerpo entero. Yo le rogaba más, y él me lo daba todo. Me hablaba al oído mientras lo hacía:
—Así me gusta verte… así de rendida, así de mía.
Me corrí otra vez, con las uñas clavadas en su espalda. Él me siguió segundos después, gruñendo contra mi cuello, llenándome como si marcarme por dentro fuera su única misión.
Caímos juntos al sofá, jadeando, sudados, enredados.
—¿Y ahora qué? —pregunté, en voz baja, acariciando su pecho.
Él me miró, con una sonrisa ladina.
—Ahora viene la parte divertida.
Después de eso, no pudimos parar.
Empezó como algo físico, una válvula de escape. Pero cada vez se volvió más adictivo. Me escribía mensajes a mitad de reuniones: “Sin bragas. Ahora. Ven.” Y yo iba. A su oficina. Al baño. A su coche. Una vez me folló de pie en el archivo general, con una mano tapándome la boca mientras me hacía venirme sin piedad.
Yo lo deseaba como nunca deseé a nadie. Y él me tomaba como si cada vez fuera la última.
Pero no era solo sexo.
Había algo más.
Una noche, me llevó a su departamento. Por primera vez fuera del trabajo. Me sirvió vino. Me hizo el amor lento. Me besó como si me tuviera miedo. Como si yo pudiera romperlo.
—¿Qué estamos haciendo? —le pregunté.
—Lo que no deberíamos —respondió, con voz ronca—. Pero no puedo dejarte ir.
Esa noche dormimos juntos. Por primera vez sin ropa. Por primera vez abrazados. Por primera vez… vulnerables.
Un día, me pidió que lo esperara después de una cena de trabajo.
Estaba sola en la oficina, con un vestido rojo ajustado que sabía que lo volvería loco. Me senté en su silla, con las piernas cruzadas, sin ropa interior. Cuando entró, me encontró así.
—¿Te parece gracioso provocarme así? —preguntó, cerrando la puerta.
—No. Me parece necesario.
Él caminó hasta mí y me besó sin freno. Me agarró de la cintura y me subió al escritorio una vez más.
—Te voy a follar tan duro que mañana no vas a poder sentarte en esa silla.
—Promesas, promesas...
Y cumplió.
Esta vez me tomó por detrás, con una mano en mi pelo y la otra en mi cintura. Entraba y salía de mí con un ritmo brutal, mientras yo me aferraba al escritorio como podía.
—¿Esto es lo que quieres? ¿Así? ¿Como una puta en mi oficina?
—Sí... joder, sí... —gemía, perdida.
Me corrí tan fuerte que vi blanco. Sentí sus manos sujetarme mientras temblaba, y después él se vino dentro de mí con una sacudida que me dejó sin aire.
Nos quedamos así, exhaustos. Rotos.
Y felices.
Ahora ya no somos jefe y asistente. Las cosas cambiaron.
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