La tentación en el jardín
María sabe que el joven jardinero la observa. Decide no esconderse, sino invitarlo a ser testigo de su placer más prohibido. Esta vez, ella no solo quiere ser vista, quiere ser grabada mientras lo domina.
María se recostó en la tumbona junto a la piscina, sintiendo el cálido sol de Alicante en su piel desnuda. La brisa suave acariciaba su cuerpo, y un leve rubor cubría sus mejillas mientras sus dedos comenzaban a trazar círculos lentos sobre su vientre. Sus ojos, entrecerrados, observaban con disimulo al joven jardinero, Kwame, quien podaba las rosas a unos metros de distancia. Su cuerpo atlético, cubierto solo por unos shorts ajustados, contrastaba con la elegancia fría de la mansión. María recordaba perfectamente el momento en que lo había visto desnudo en el cuarto de herramientas: su pene erecto, oscuro y poderoso, hacía despertad en ella un deseo que la hacía arder y excitarse.
Con un suspiro, María dejó que sus manos bajaran hacia su coño. Sus dedos se deslizaron entre sus pliegues húmedos, y un gemido ahogado escapó de sus labios. Sabía que Kwame podía verla, pero no le importaba. De hecho, eso era parte del juego. Quería que la viera, que se excitara con ella, que deseara tocarla tanto como ella deseaba sentir su polla dentro de su coño. Sus movimientos se volvieron más rápidos, más desesperados, mientras su mente imaginaba las manos de Kwame en su cuerpo, su aliento caliente en su cuello.
Kwame, ajeno a la mirada de María, seguía con su trabajo. Pero cuando levantó la vista para ajustar su gorra, sus ojos se encontraron con la escena que María estaba protagonizando. Su respiración se aceleró, y sus manos temblaron ligeramente al sostener las tijeras de podar. Nunca había visto a una mujer masturbarse frente a él, y menos a una mujer como María, con su cuerpo maduro y sus pechos firmes que se movían al ritmo de sus caricias. Sin poder evitarlo, su mano derecha se deslizó hacia su entrepierna, ajustando su erección a través de la tela de su pantalón corto.
María sonrió al ver la reacción de Kwame. Sabía que lo tenía enganchado. Con un gesto lento y deliberado, se sentó en la tumbona y lo llamó con un tono dulce pero firme.
—Kwame, ¿podrías acercarte un momento? Necesito que me ayudes con la crema protectora y me pongas un poco por la espalda.
El joven dudó por un momento, pero la invitación era demasiado tentadora como para rechazarla. Se acercó con pasos lentos, sintiendo la sangre golpear en sus oídos. María le tendió el bote de crema con una sonrisa que le hizo el corazón latir con fuerza.
—Gracias —murmuró, su voz ronca por la excitación.
Kwame se arrodilló detrás de ella y comenzó a aplicar la crema en su espalda, sus manos temblorosas traicionando su nerviosismo. María cerró los ojos, disfrutando de la sensación de sus dedos firmes sobre su piel. Sin prisa, Kwame masajeó sus hombros, sus brazos, y luego, con un atrevimiento que lo sorprendió incluso a él mismo, dejó que sus manos bajaran hacia sus pechos. María gimió suavemente, arqueando su espalda para darle más acceso.
—Eres muy hábil con las manos —susurró, su voz cargada de deseo.
Kwame no respondió. En su lugar, sus dedos se aventuraron más abajo, rozando la curva de sus caderas antes de detenerse en sus muslos. María se giró ligeramente, mirándolo con ojos llenos de deseo. No quería esperar mas, notaba como el jardinero se ponía cachondo y su erección aumentaba de tamaño. Fue directa:
—¿Te gusto, quieres follarme y hacerme sentir? ¿Quieres subir conmigo a la habitación? —le decía, su voz con un susurro seductor. —Quiero sentir esa polla negra dentro de mí, ¿te atreves? — le retó ella.
Kwame asintió, incapaz de hablar. María se levantó con gracia, tomándolo de la mano y guiándolo hacia una habitación de invitados que había en la parte baja de la casa. Cada paso que daban juntos era una promesa de lo que estaba por venir. Al entrar en la habitación, María se detuvo frente al trípode que había colocado estratégicamente cerca de la cama. Su teléfono móvil, ya encendido, apuntaba directamente hacia ellos.
—Espero que no te importe —dijo con una sonrisa pícara. —Me gusta grabar mis momentos más intensos, como me corro follando a un negro como tú.
Kwame tragó saliva, su mente luchando por procesar la situación. Pero cuando María se acercó a él, desabrochando sus pantalones cortos con manos expertas, toda duda desapareció. Su polla, dura y palpitante, saltó hacia afuera, su glande rosado y María la agarró con firmeza, masajeándola lentamente antes de llevársela a la boca. Kwame gimió, sus manos enredándose en su cabello mientras ella lo miraba con ojos llenos de lujuria caliente como una perra en celo.
—Eres tan grande —murmuró, su voz ahogada por el grosor de su pene. —No puedo esperar, toca mi coño para que dilate y me folles penetrando dentro de el.
María se puso de rodillas en la cama, levantando las caderas para mostrarle su coño húmedo y abierto. Dominando a su macho:
—Fóllame, Kwame —ordenó, su voz un susurro imperioso. —Hazme tuya, y siente como una mujer blanca, madura y experimentada se corre con un macho africano.
Kwame no necesitó más invitación. Se colocó detrás de ella, alineando su polla con su entrada antes de empujar con fuerza. María gimió, sus uñas clavándose en las sábanas mientras él llenaba su coño con un movimiento fluido y profundo. La sensación era abrumadora: su polla era más grande de lo que había imaginado, pero su coño que tantas veces había sido follado por su esposo dilataba y se acoplaba a su tamaño, y con cada embestida la hacía sentir más viva que nunca.
—Más fuerte —gimió, su voz ronca por el placer. —Fóllame, y siente como te atrapo dentro de mi.
Kwame obedeció, aumentando el ritmo y la intensidad de sus movimientos. Sus caderas chocaban contra las de María con un sonido húmedo y obsceno, y el aire se llenó de sus gemidos y suspiros. María se giró ligeramente, buscando su boca con la suya. Sus labios se encontraron en un beso apasionado, sus lenguas enredándose mientras sus cuerpos se movían al unísono.
—Me encanta tu polla, joder —susurró María, su aliento caliente en su oído. —Nunca había sentido algo así, nunca un hombre negro me ha follado.
Kwame no respondió, demasiado excitado y perdido en el placer para formar palabras. En su lugar, cambió de posición, colocándola boca arriba para mirarla y tocar sus tetas mientras la follaba. Sus ojos se encontraron, y María sonrió, sintiendo como su polla la clavaba a u cuerpo, se movia al unisono con el rozando su sitio sensible sintiendo placer y cómo su orgasmo se acercaba.
—Graba esto —jadeó, señalando el teléfono. —Quiero verte mientras me corro.
Kwame asintió, su mirada fija en el rostro de María mientras sus caderas seguían moviéndose con fuerza. María cerró los ojos, dejándose llevar por la sensación de su polla llenando su coño, de sus manos sosteniendo sus pechos, de su aliento caliente en su piel. Y entonces, con un grito ahogado, se corría, su coño vaciando su placer en su polla, su cuerpo no podía dominarlo, temblando mientras su coño se contraía alrededor de la polla de Kwame.
—No pares —gimió, su voz un susurro ronco. —Me voy a correr otra vez y quiero que te corras dentro de mí, necesito sentir tu leche derramándose y llenándome completamente.
Kwame no necesitó más incentivo. Con un gruñido primitivo, aumentó el ritmo, sus embestidas cada vez más desesperadas. Y entonces, con un grito gutural, se corrió, llenando el coño de María con su semen caliente. María sonrió, sintiendo cómo su cuerpo se relajaba, sabia que no había riesgo de embarazarse, mientras Kwame se derramaba y derrumbaba sobre ella, jadeando por el esfuerzo.
—Eso fue... increíble —murmuró, su voz aún temblorosa.
Kwame asintió, su rostro enterrado en el cuello de María. Durante un momento, no hubo palabras, solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas y el leve zumbido del teléfono grabando todo. María se acurrucó en sus brazos, sintiendo la calidez de su cuerpo contra el suyo.
—Deberías irte —dijo finalmente, su voz suave pero firme. —Mi marido podría volver en cualquier momento.
Kwame asintió, besando su cuello antes de levantarse de la cama. María lo observó mientras se vestía, su mente ya planeando el próximo encuentro. Sabía que esto no había terminado, que su deseo por Kwame era solo el comienzo de algo mucho más grande. Y mientras Kwame salía de la habitación, María se recostó en la cama, mirando la grabación en su teléfono con una sonrisa satisfecha.
—Esto es solo el principio —murmuró, su voz llena de intención.
por: © Mary Love
Nota de la autora:
"Las historias que cuento generalmente son ficciones sacadas de mi imaginación. Espero que mis relatos te trasporten a tus fantasías.
Si te gustan mis historias compártelas con tus amigos, quizás les ayudes a salir de su rutina.
¡GRACIAS POR LEERME!
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