Xtories

El velatorio y los engaños de mi mujer continúan

Marcos sabe que su esposa está con su padre en la habitación de al lado, pero no se levanta de la cama. Escucha los gemidos y comprende que su dignidad ya no importa; solo importa el placer de ella y la complicidad de su familia.

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Mi madre y yo comemos con el niño. Es el último día que mis padres están en casa, mañana vuelven a su pueblo, ahora que ya pasó el funeral y todo tiene que volver a su cauce. Sara salió temprano a trabajar y mi padre ha querido salir a buscarla al trabajo para comer con ella. Es el último favor que me veo obligado a concederle en estos días, en que cualquier tipo de reparo por mi parte puede ser contestado con una petición de compasión con el duelo. Me pregunto a qué hora volverán, a dónde la habrá llevado mi padre, cómo irán por la calle, si lo harán familiarmente o como una pareja. Mi madre me habla de cosas corrientes y yo apenas le presto atención. No soy como ella, que ha vivido aceptando con naturalidad toda petición de mi padre y hasta disfrutando de su estilo de vida.

Ayer fue la misa. La noche anterior, nuevamente la pasó mi mujer con mis padres, a la vista de todos, de Alfonso y también de Billy, tras haberla estado sobando mientras bebíamos cerveza juntos en el salón. Mi padre mismo vino a buscar a Sara a nuestro cuarto, donde casi nos disponíamos a echarnos a dormir tras haber tenido sexo de reconciliación. Un sexo parcial: no quiso que la penetrase porque esa noche se reservaba para mi padre, si es que la reclamaba. Y así hizo. Pero primero nos invitó a pasar un rato en el salón con ellos, incluido mi tío Alfonso y su viejo amigo Billy. Venían ya un poco bebidos de la calle. Mi padre sentó a mi mujer en su regazo y no se cortó en acariciarle los muslos, los brazos, masajearle el cuero cabelludo y darle besos en la nuca y los hombros. Sara llevaba únicamente una camiseta mía que le quedaba grande, eso y unas braguitas de encaje, que afortunadamente no se le veían. Billy estaba al tanto de la situación pero me pareció que por primera vez tomaba cuerpo como algo real en su cabeza. Mientras que siempre se había mantenido como prácticamente alguien de la familia a la hora de dirigirse a nosotros, ahora veía su mirada lujuriosa recorrer los pies descalzos y las piernas desnudas de Sara. Envidiaba a su viejo amigo y anhelaba a una criatura como mi esposa, con un apetito sexual tan vivo que la había llevado a transgredir las normas sociales. Quiso existir de forma sexual para Sara, así que, hablando de su grupo de rock, llevó la conversación a las anécdotas sexuales en los camerinos. Y mi mujer prestó atención, le encantaban ese tipo de historias. Y por azar, Billy tocó una tecla que le gustaba especialmente a Sara, nos habló de Noe, una morenaza medio gótica, un poco gordita, tetona, que se folló una noche después de tocar. Una de las que tonteaban con todos los de banda, a ver quién caia, que por casualidad acabó con Billy, como podía haber acabado con cualquiera de sus colegas. "Se esforzaba la ostia en todo lo que hacía, de las mejores mamadas que me han hecho. Con ese cuerpo que podías apretar en cualquier parte y agarrar carne." Y nos contó cómo se encaprichó de ella y lo bonitos que fueron los seis meses que duró, hasta que le puso los cuernos con un amigo. - Avidina quién, Marcos -me preguntó mi tío.

Mi padre, sonriendo ligeramente, respondió:

- No le quité la novia, simplemente aproveché una oportunidad de comerme unas tetas enormes. Fue ella quien me entró. Supe en ese momento que su relación con mi amigo se iba a acabar, me liase con ella o no, así que mejor aprovechar lo que se van a comer los gusanos.

Que una novia de su amigo le entrase, lo vio en aquel momento como una causa justificada para que su amigo mandase a la mierda a esa chica. Ahora, magreaba a mi mujer, tras haberme hecho, meses atrás, aquella intervención familiar en la que me convencieron de que no podía dejarla por su traición. Todo aquello me recordó que vivía desde hacía meses en el mundo al revés. El mundo de las reglas más favorables a mi padre. El mundo en el que mi mujer saciaba su necesidad de validación sexual dejándome ante todos como un cornudo. - Siempre has sido un cabronazo, Fede. Podías haberte contenido y al menos nos hubiéramos ahorrado esa amarga pelea que tuvimos tras lo de Noe -tras dirigirse a mi padre, Billy pasó a dirigirse a mí-. Pero en fin. Le perdoné. Tenía razón cuando me dijo que me iba a engañar igual. Así que en el futuro me aseguré de no presentarle a Fede a las novias en las que menos confiaba. Y Fede por su lado, siguió por los siglos de los siglos encaprichándose de novias ajenas.

Lo último lo dijo riendo y alzando las cejas señalándome lo que le hacía a mi esposa. Sentí la vergüenza en mis mejillas. Las mangas de la camiseta eran muy holgadas, así que mi padre, pienso que más desinhibido de lo normal por el alcohol, había introducido por ellas sus manos y ahora acariciaba, piel con piel, los grandes pechos de mi esposa, a la vista de todos. Mi mujer se mordía el labio, sonriendo. Sabiendo cómo le había entusiasmado la historia de mi exnovia, Sofía, que también me quitó mi padre, esta nueva historia, junto al magreo público, la tenía a cien. No era la única. Mi padre ya se sentía inquieto, demasiadas horas conteniendo su apetito. Sacó una para girarle la cara a mi mujer y se dieron un morreo en toda regla delante de todos, le susurró que se fuesen ya a la cama y Sara se levantó, su mano enredada en la de mi padre, que se levantó tras ella. Y mi madre, servicial y leal a su rol, también nos dio las buenas noches y se fue con ellos. Tras eso vinieron los comentarios, más o menos respetuosos, pero invasivos y sexuales. Preguntas sobre todo este enredo, sobre si yo con mi madre hacía algo, sobre cuáles eran los límites y hasta preguntas directas, por parte de Billy, de si me molestaría si ocurriese algo con él, cuya imaginación volaba ya muy por encima de nuestras cabezas al descubrir que también mi tío había jugado con mi esposa. De fondo, suavemente, los gemidos de mi mujer. Me fui a la cama y esos dos lobos solitarios todavía pasaron un rato bebiendo y charlando, borrachos, excitados y envidiosos de su amigo y hermano.

Y ahora mi madre, con su rostro angelical, hablándome sobre la familia, sobre la tristeza de mi padre, que ahora se sentía más viejo al irse el suyo, que ahora sentía que ya era su generación la que tenía tras de sí el abismo. Sensación que algún día sentiría yo, cuando ellos faltasen. Mi mente iba de aquella noche, en que dormí solo, tras pajearme tristemente escuchando los gemidos de mi esposa, al día siguiente, el día de la misa, el entierro, la comida y la cena familiares. Ese día, desde el tanatorio a la misa nos repartimos en coches y Paco insistió en que fuésemos con él y con Carmen. Mi tío político lanzaba constantes miradas por el retrovisor hacia Sara. Se le veía nervioso, con un exceso de energía o de impulsos a los que no estaba habituado. Sabía que iba a hacer algo, y así fue. En un momento en que nos quedamos detenidos, le escribió un mensaje a mi mujer: “Estás impresionante, como siempre. Cuando vaya a aparcar, Carmen y Marcos pueden bajarse con el niño y hablamos, si tú quieres. A mí me encantaría." Sara me lo enseñó, agitada. Estableció contacto visual con Paco, que hablaba con Carmen pero estaba pendiente de ella, y me miró a mí. Lo pude ver claramente: la aventura a escondidas la ponía como una moto. Curiosamente, esta aventura ya no era a escondidas de mí, sino del resto de la familia. Estaba mal, muchos lo verían con malos ojos, incluso los más liberales, y él la adoraba. Demasiados ingredientes picantes. “Como quieras, cielo, tened cuidado”, acabé diciéndole. Cuando llegamos a la iglesia, Paco nos sugirió bajarnos y que alguien se quedase con él para ayudarle a aparcar. Carmen tenía que estar por ahí en todo momento, era la hija, todo el mundo buscaba hablar con ella o con sus dos hermanos. Y yo podía bajar con el niño, que se empezaba a inquietar de tanto tiempo en el coche.Tenía sentido. Nos bajamos y Sara pasó al asiento del copiloto. Los vi alejarse con el corazón en un puño y deseando que pasase el tiempo lo más rápidamente posible.

Después llegó la misa, Sara y Paco llegando cuando ya había empezado. Paco dándonos a todos la paz, en la iglesia, frente a su propia mujer, sin ningún remordimiento en el rostro. Después la comida y la despedida de Carmen y Paco, Carmen pidiéndonos que fuésemos a verles pronto, ya que la casa estaría muy vacía tras la pérdida y una criatura siempre da mucha alegría. Paco sumándose a la petición insistiéndonos en que por favor fuésemos pronto, e incluso proponiéndonos fechas “¿el fin de semana que viene tenéis algo?”. Yo teniendo que ponerle freno por dignidad y rabia contenida hacia ese tío político, que tras coger la mano ahora quería agarrar el brazo.Y las horas pasando, las risas, las caricias a escondidas, de mi padre y mi tío a mi Sara. Y la omnipresente mirada suspicaz de mi hermano, que, quizás con algo de paternalismo protector y sospechaba que deseo hacia mi mujer, desaprobaba todo ese desmadre. Mi hermano, que se marchó visiblemente mosqueado cuando, habiéndose despedido ya Billy y estando mi padre entre los cariñosos brazos de mi madre, Fonso que llevaba más de una hora acaparando a mi mujer con historias, chistes y tímidas caricias, por último, desapareció con ella de camino al baño. Al ver que tardaban y que se confirmaba lo que tanto Dani como yo sospechábamos, mi hermano le dijo a su mujer que ya era de irse a casa. "Esto te va a estallar tarde o temprano, estáis jugando no ya con fuego, sino con radiación nuclear" me susurró mi hermano, al abrazarme para despedirse.

Y ahora, ese largo día de la extraña cita de mi padre con mi mujer. Mi padre, que había vuelto a poseer a mi esposa durante la noche, tercera noche que no dormía conmigo. Ese largo día en que recibí con alivio la noche, cuarta noche a solas pero última. Todavía estaba despierto cuando les escuché llegar, riéndose, y escuché cómo se iban juntos al cuarto donde los esperaba mi madre. Los escuché divertirse, follar, ir al baño, quedarse aparantemente dormidos y, resultando que no era así, volver a follar, los tres juntos. A la mañana siguiente despedimos a mis padres y volvimos a ser solo ella y yo, y el niño.

Esa quinta noche, juntos por fin, abrazados, ella me contó los detalles pendientes, lo bien que lo había pasado el día anterior con mi padre y bueno, una situación bochornosa por la que hoy había tenido que dar explicaciones: mi padre la morreó delante de los compañeros de trabajo con los que solía coordinarse para salir juntos de camino a la estación. La estaba esperando a la puerta, lo presentó como mi padre y fueron en dirección al coche, dejando a sus compañeros atrás, que todavía charlaban relajadamente mientras los fumadores saciaban su ansiedad. Y, a la vista de ellos, mi padre pasó una mano por su espalda hasta reposar sobre su culo y la besó. Y ella le correspondió, dejándose llevar. "Son muy hippies y muy liberales, pero no vayáis a pensar nada raro. Lo hace también frente a Marcos. No le damos mucha importancia." Algo así fue los que les contó, ante sus miradas divertidas y suspicaces, ante su incredulidad. Y yo supe que, tanto si la habían creído como si no, solo había palabra que les podía venir a la mente al pensar en mí, su marido.