Martín el camionero y los tres estudiantes (II)
La cabina del camión huele a sudor y deseo prohibido. Martín no es solo un conductor, es una fuerza de la naturaleza, y los tres estudiantes que se cruzaron en su camino están a punto de descubrir que la carretera es solo el comienzo de su viaje.
Continuación de “Martín el camionero y los tres estudiantes”
El camión de Martín, un mastodonte de metal y rugido ronco, estaba aparcado a un lado del camino, sus ruedas hundidas en el suelo de gravilla como si el vehículo mismo estuviera agotado por el viaje. Dentro de la cabina, el aire era denso, cargado con el olor a sudor masculino, marihuana y el aroma penetrante de la lujuria. Martín, sentado al volante, dominaba el espacio con su presencia imponente. Su torso musculado, cubierto de vello, y sus fuertes brazos con tatuajes que contaban historias de carreteras y noches sin fin, brillaban con una capa de sudor que resaltaba cada fibra de su cuerpo. Su cabeza rapada y su barba negra le daban un aire de rudeza que contrastaba con la suavidad de sus movimientos mientras guiaba las caderas de la chica morena que cabalgaba su polla.
La joven en cuestión, sentada en su entrepierna, se movía con un ritmo que era tanto un acto de sumisión como de poder. Su cuerpo, esbelto pero curvilíneo, temblaba con cada embestida, sus gemidos llenando la cabina como una melodía primitiva. La polla de Martín, gruesa y larga, la llenaba por completo, y cada movimiento arriba y abajo era una batalla entre el dolor y el placer. Sus manos, pequeñas y delicadas, se aferraban a los velludos antebrazos del camionero, como si buscaran anclarse en medio de la tormenta que recorría su cuerpo.
—Joder, Martín, eres una puta bestia —gimió la precoz adolescente, su voz afónica y entrecortada. El sudor le caía por la frente, mezclándose con las lágrimas que amenazaban con escapar de sus ojos. Pero no eran lágrimas de dolor —o no sólo de eso— sino de una rendición voluntaria, de una entrega total a la fuerza bruta que la penetraba. Martín soltó una carcajada gruesa, su tono grave y ronco como el motor de su camión.
—¿Te gusta, eh, preciosa? —gruñó, sus manos agarrando las caderas de la joven con una fuerza que dejaba marcas—. Pues disfruta mientras ese coñito tuyo lo resista.
El chico y la chica de cabello castaño, sentados en los asientos laterales, observaban la escena con una mezcla de asombro y excitación. El canuto de marihuana que Martín había liado pasaba de mano en mano, su humo espeso enredándose en el aire ya cargado. Ella, con los ojos brillando de un deseo contenido, mordía su labio inferior mientras observaba cómo su amiga se movía sobre Martín. Él, por su parte, tenía la mirada puesta en la polla del camionero, que entraba y salía de la chica de pelo negro con una fuerza que parecía desafiar las leyes de la física.
—Joder, qué pollón —murmuró el chico, su voz casi un susurro. La chica castaña le dio un codazo suave, pero su sonrisa la traicionó al revelar que pensaba lo mismo.
La morena, sintiendo que su orgasmo se acercaba, giró la cabeza hacia Martín. Sus ojos se encontraron, y en esa mirada había una conexión que iba más allá de lo físico. Era una mezcla de gratitud, deseo y algo que se parecía peligrosamente a la devoción. Sin pensarlo dos veces, se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra los del hombre. El beso fue profundo, desesperado, como si estuviera tratando de absorber cada parte de aquella boca masculina cercada de barba. El sabor a marihuana y a sudor masculino impregnó su paladar, y ella lo recibió con avidez.
Martín respondió con la misma intensidad, su lengua invadiendo su boca con una fuerza que la hizo gemir de nuevo, esta vez contra sus labios. Sus enormes manos, que antes sostenían sus caderas, ahora se deslizaron por su espalda, apretando las nalgas de la chica con una posesión que la hizo sentir como si fuera suya y solo suya.
Cuando finalmente se separaron, la morena intentó levantarse, pero Martín la detuvo con una mano firme en su cadera. —¿Adónde te crees que vas, preciosa? —preguntó, su voz cargada de intención. —Aún no he terminado.
La chica castaña y su amigo intercambiaron una mirada de complicidad. El chico, con una sonrisa pícara, se inclinó hacia adelante y susurró algo al oído de la morena, haciendo que ella asintiera con una risita nerviosa. —No te preocupes, Martín —dijo la chica castaña, su voz suave pero firme. —Nosotros nos encargamos.
Martín soltó una carcajada gruesa y satisfactoria, su torso musculado temblando con el sonido. —Me gusta cómo piensan, joder. —Se ajustó los pantalones, su erección aún evidente a pesar de la ropa interior y del grueso tejido vaquero. —Pero fuera del camión. Aquí hace demasiado calor.
Los cuatro bajaron del vehículo, y el sol les golpeó con una intensidad que los hizo parpadear. El aire libre, aunque cálido, era un alivio después del ambiente cargado de la cabina. Martín se quitó la camiseta de tirantes sin ceremonia, revelando un torso que era un mapa de músculos y vello, sus tatuajes brillando bajo la luz de la tarde como cicatrices de batallas ganadas. Los tres estudiantes —algo drogados ahora— lo miraron con una mezcla de asombro y deseo. Sus ojos, bajo párpados caídos por efecto del porro, recorrieron cada centímetro de su cuerpo con una avidez que no intentaban disimular.
El muchacho y la chica castaña se arrodillaron frente a él, sus manos temblorosas desabrochando los vaqueros que colgaban de sus caderas. La tela cayó hasta sus botas, revelando unos calzoncillos ajustados que apenas contenían su erección. Martín se cruzó de brazos, su torso imponente y velludo brillando con una capa de sudor, mientras observaba cómo los dos jóvenes se inclinaban hacia su entrepierna. Sus tatuajes, intrincados y oscuros, se movían con cada músculo que se tensaba, un mapa de su vida grabado en su piel. La morena, por su parte, se acercó por detrás, sus dedos trazando patrones en la bronceada espalda de Martín mientras sus labios se curvaban en una sonrisa traviesa.
—Vamos, cabroncetes —dijo el camionero con una sonrisa burlona, su voz cargada de una condescendencia sexual que hizo que los dos estudiantes se estremecieran—. A ver si sois tan buenos como os creéis.
Los dos jóvenes en el suelo comenzaron a lamer y morder el bulto que se marcaba en los calzoncillos de Martín, sus lenguas trazando patrones húmedos que hicieron que la tela se transparentara. La erección de aquel armario empotrado se hizo aún más evidente, la punta de su polla escorada presionando contra la tela como si buscara escapar de su prisión. La morena, mientras tanto, seguía recorriendo con sus manos la espalda ancha y musculosa de Martín. Sus dedos se enterraron en la carne firme, trazando líneas invisibles que hicieron que el hombre soltara un gruñido de aprobación, un sonido que resonó en el aire como un rugido de placer contenido.
—Cago en la puta… Qué bien enseñados os tienen en ese instituto vuestro —murmuró, cerrando los ojos para disfrutar del placer que aquel trío de adolescentes le estaba proporcionando. Su voz era gruesa, casi un susurro que se perdía en el viento, pero cargada de una intensidad que hizo que los tres estudiantes se sintieran más excitados aún.
—Venga, no perdáis más el tiempo —les reprendió Martín, su voz gruñona pero con un dejo de diversión. —Aún tenemos carretera que hacer.
La chica castaña y pecosa miró a su amigo con una sonrisa desafiante, como si estuvieran compitiendo por ver quién podía excitar más al hombre con la polla más grande que hubieran visto en persona hasta ese día. Con un movimiento coordinado bajaron los calzoncillos de Martín, liberando su miembro erecto que se alzaba como un monumento a la virilidad. A plena luz se les antojó aún más gruesa, venosa y de un tamaño intimidante, pero los dos jóvenes no se amedrentaron. Se turnaron para lamerla, sus lenguas deslizándose por los lados, la punta y el tronco, mientras sus manos masajeaban los testículos pesados y colgantes del maduro fortachón. Su olor a macho, fuerte y penetrante, llenaba sus pulmones mezclándose con el aroma de la marihuana y el sudor. El camionero, con los ojos entrecerrados de placer, dejó escapar un gruñido gutural.
—Joder, así me gusta —dijo, su voz ronca y llena de aprobación—. Como si fuera vuestra última comida.
La morena, arrodillada detrás de Martín, comenzó a besar y lamer su espalda, sus labios dejando un rastro húmedo que se mezclaba con el sudor. Aquellas manos adolescentes se deslizaron hacia abajo, agarrando las nalgas prietas del camionero con una firmeza que lo hizo gruñir de nuevo. Sin previo aviso, se inclinó y presionó sus labios contra el ano peludo de Martín, su lengua explorando con una audacia juvenil que lo hizo temblar.
—Joder, niña. ¿Qué cojones haces? —preguntó Martín, su voz una mezcla de sorpresa y placer.
—Relájate, Caballo —murmuró ella, con un habla arrastrada por los efectos del cannabis y sus labios aún presionados contra su piel—-. Déjame demostrarte lo que las chicas de ahora sabemos hacer.
Delante de él, los otros dos habían convertido la mamada en un duelo, turnándose la polla de Martín con una sincronización que parecía casi coreografiada. La chica la tomaba con fuerza, sus labios envolviéndola hasta la mitad mientras el chico lamía y chupaba sus huevos con una dedicación que lo hacía gemir. La saliva brillaba en la tranca del camionero, mezclándose con el sudor que caía de su cuerpo en gotas gruesas.
—Sois unos putos artistas —gruñó Martín, su voz cargada de admiración—. Nunca había visto algo así en unos niñatos de vuestra edad.
El duelo proseguía allá abajo, casi como un juego, cada uno tratando de superarse al otro. El chico se la metió hasta la garganta, sus mejillas hundidas mientras intentaba en vano tragarse la longitud completa. La chica de pelo castaño, por su parte, se centró en la gruesa base, lamiéndola y mordisqueándola con devoción antes de tirar del pelo de su compañero para adueñarse ella otra vez del babeado glande y chuparlo con fuerza, haciendo que Martín soltara un gemido ronco que resonó en el claro.
—Joder, así me gusta —gruñó Martín, su propio deseo deslizándose en cada palabra—. Pero no os peleéis, chavales. Hay rabo de sobra para los dos.
La morena, arrodillada detrás del hombre, no se quedó atrás. Había introducido un dedo en el ano de Martín, pero aquel gigante apenas fue consciente de ello. Luego, sus manos recorrieron otra vez aquellos glúteos duros como el mármol, apretándolos con fuerza antes de inclinarse para volver a lamer su ano peludo. El olor a macho, fuerte y penetrante, la hizo sonreír mientras su lengua exploraba el agujero estrecho, provocándole al hombre un escalofrío de placer que recorrió su columna vertebral.
—Mis zorritas, qué bien lo hacéis —murmuró Martín, su voz entrecortada por los gemidos—. Pero no os olvidéis de mis huevos, chavales. Son tan importantes como mi polla y se merecen también vuestra atención
El chico y la chica castaña obedecieron, turnándose para masajear los testículos de Martín mientras seguían trabajando su polla. La morena, por su parte, se centró en su ano, lamiéndolo y chupándolo con una intensidad que hizo que Martín se tensara, su polla palpitando en aquellas bocas torpes y con poco fondo pero igualmente placenteras. El sudor corría por su espalda, mezclándose con el semen que ya comenzaba a gotear de la punta de su polla, un jugoso avance de lo que estaba por venir.
—Preparaos, chavales… Me voy a correr —anunció Martín, su voz gruesa matizada de advertencia—. Quiero que abráis la boca. Quiero ver vuestras lenguas. Quiero que estéis listos para recibir mi leche.
El chico y la chica castaña se separaron de la polla de Martín, con sus labios brillantes y los rostros enrojecidos por el esfuerzo. La morena, a su vez, retiró su boca de entre las nalgas del hombre y se unió a ellos, los tres arrodillados ante el camionero con una expresión de expectativa que era casi reverencial. Los estudiantes obedecieron, sus ojos chispeando con anticipación mientras se colocaban frente a él, con las bocas abiertas y las lenguas extendidas hacia adelante con una avidez que resultaba casi tierna. Martín agarró su enorme polla con una mano, bombeándola con fuerza mientras se acercaba al borde. Su respiración era acelerada, y sus músculos se tensaron como si estuviera a punto de levantar una carga inmensa.
—¡Joder, aquí voy! —rugió, su voz llenando el claro como un trueno.
Martín, con los ojos cerrados y el rostro enrojecido por el esfuerzo, dejó escapar un gruñido profundo y se corrió con una fuerza que parecía sacudir su cuerpo entero. Su corrida fue abundante pese a ser la segunda en menos de una hora, su semen caliente y espeso disparándose en arcos poderosos que alcanzaron las bocas de los tres estudiantes. Sus dos aplicados mamadores tragaron con avidez, cerrados los ojos mientras saboreaban la leche de Martín, sintiendo cómo ésta les llenaba la boca y les bajaba por la garganta. La otra chica, por su parte, dejó que el semen le cayera sobre la lengua, saboreándolo antes de tragarlo con una sonrisa satisfecha. El sabor salado y masculino la hizo gemir de placer, un sonido que se mezcló con los gruñidos de Martín y las risas cachondas de sus compañeros.
—La virgen, qué puto gusto —murmuró Martín, su voz ronca y satisfecha.
Los tres jóvenes, con las caras brillantes y las gargantas estucadas de semen, se miraron con una sonrisa de complicidad. La chica castaña se limpió los labios con el dorso de la mano y fue la primera en incorporarse, sus ojos centelleando con una mezcla de gratitud y deseo.
—Gracias, Martín —dijo, su voz suave pero firme. —Por todo.
El camionero, con una sonrisa lasciva, le dio una palmada en el culo.
—No hay de qué, preciosa —respondió—. Pero no os acostumbréis. Tengo carretera que hacer y más bocas y coñitos que domar.
Los tres jóvenes se rieron, sus sonrisas amplias, satisfechas y un punto orgullosas. Martín les lanzó una mirada burlona antes de volver a ponerse la camiseta. Su polla, ahora algo más blanda pero aún con todo impresionante, colgaba morcillona entre sus piernas como un recordatorio de lo que acababa de suceder.
—Os lo habéis currado —les hizo saber Martín, su respiración aún entrecortada mientras se subía y ajustaba los pantalones—. Sois unas putitas de primera clase. No todos los días me encuentro con estudiantes tan agradecidos.
El muchacho le sonrió y le guiñó un ojo mientras intentaba sacarse de la boca un vello púbico del cuarentón. La morena se había alejado unos cuantos metros y ahora estaba de cuclillas junto a un árbol, echando una meada.
—Vamos, subid —les ordenó Martín, encendiendo el motor con un rugido que hizo vibrar el vehículo—. Aún tenemos que informar de ese puto autocar averiado. Y quién sabe, igual encontramos más diversión en el camino. La carretera es larga, y este Caballo —dijo aferrándose el paquete—, siempre está dispuesto a galopar.
Los tres estudiantes subieron al camión, sus cuerpos aún temblorosos por la intensidad de lo que acababa de suceder. La morena se acurrucó junto a Martín, su mano descansando sobre uno de sus recios muslos como si buscara estabilidad paternal entre tantas emociones que la embargaban. El chico y la chica castaña se sentaron en la parte trasera, intercambiando miradas cómplices y sonrisas satisfechas. El aire en la cabina estaba cargado de una energía nueva, una conexión que iba más allá del sexo y se adentraba en lo desconocido. Algo bastante mejor para los chicos, en cualquier caso, que una mierda de excursión con la rancia de su profesora y el resto de sus compañeros de instituto.
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