Xtories

La sombra de las estrellas

El hospital huele a desinfectante y a secretos. Molly está sana, pero su mirada dice más que mil palabras. Archie sabe que este beso no es un comienzo, sino un adiós necesario.

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XVI

LA DESPEDIDA

Tres días después de lo relatado hasta ahora, me desayunaba en mi apartamento un buen tazón de café con leche y una remesa de mis adorados churros. A mi lado, tenía extendido como una sábana de cama de matrimonio la edición matinal del L.A. Times. En ella, se comunicaba la soprendente retirada del comisario Sebastian Blackbourn de su carrera política. Una columna de opinión, escrita por uno de los chupatintas mejor pagados por la candidatura rival, atribuía su renuncia a algún asunto turbio de su lugarteniente, el cual, había sido apartado del servicio activo de forma fulminante y sin que el responsable del departamento diera explicación alguna.

Eso era todo el ruido mediático que se había derivado de nuestra intervención en todo aquel asunto. Bueno, eso y una nota marginal, perdida entre las notas de sociedad, en la que se informaba de un viaje, con carácter desconocido, que el Arzobispo Marco Espada había emprendido hacia el Vaticano acompañando al Nuncio Apostólico, Amleto Giovanni Cicognani.

Nada más.

Tampoco lo esperaba.

Pero una cosa es no esperarlo, y otra era que no me hirviera la sangre al leerlo. Vivir en una de las sociedades más hipócritas, de una de las ciudades más hipócritas, de uno de los países más hipócirtas, es lo que tiene. Lancé el último trozo de churro con violencia hacia el tazón, salpicándome la camisa. Eso, a otro nivel, también era una desgracia.

Me cambié de mal humor. Pero no eran las manchas, era la espera el verdadero motivo de inquietud. Aún faltaban dos horas para poder ir al hospital donde Hernando había hecho trasladar a Molly. Pese a mis intentos de que me dejara verla en los días anteriores, el español había sido inflexible. Me mantenía al tanto de su evolución, y no fue, hasta anoche, cuando me telefoneó para decirme que me esperaba al día siguiente.

Otro motivo de desasoiego con el que lidiaba era la ausencia de Lana. Pese a su reticencia, alegando unos ligeros problemas de salud, había sido requerida para rodar las escenas de la película que tenían lugar en una localización exterior de Victoria, en el puto Canadá. El rodaje estaba siendo un desastre, y, ante lo que representaría un estrepitoso fracaso en la carrera del sátiro y famoso director, los nervios estaban a flor de piel. Para no ahondar más en chapuza, Lana, había cedido a las demandas. Nos despedimos la madrugada siguiente a la detención de Espada. Fue un momento difícil, la verdad. Es curioso como puede alguien que no conocías anteriormente, convertirse en algo imprescindible de un día para otro. En aquella despedida, los silencios hablaron más alto y más claro que las palabras. La pregunta que Lana no me hizo el día anterior, seguía allí, cobrando fuerza en el mundo de las cosas que no se dicen.

Cuando ya no me quedaba baldosa de mi casa sin pisar por quinta o sexta vez, ya no pude aguantar más. Salí hacia Bel-Air, barrio donde se encontraba el hospital, en mi recuperado y polvoriento DeSoto. Sería la inquietud, o los churros, pero no tenía el estómago muy católico. Sonreí de mi propia gracia: si antes me repelía todo lo relacionado con los papistas (y con los demás), a esas alturas, para que contaros.

Pero mis prisas, de nuevo, tendrían que esperar. Allí, sentado en uno de los bancos de la zona ajardinada del hospital, me esperaba un sonriente Kovack. El entente cordial que nos había obligado a adoptar las peculiares circunstacias, se había acabado. Volvía a ser el hombre de gris, por lo menos, por mi parte. El resquemor por las leves consecuencias tras lo ocurrido en los pasados días, había enfriado cualquier acercamiento que pudiera desear tener con él o con la Agencia.

—Sabía que no tardarías en aparecer, Archie—dijo, a modo de saludo, levantándose de su asiento con la mano por delante.

Cerramos el saludo y él, notó la frialdad con la que fue ejecutado. Su sonrisa inicial se esfumó.

—¿Qué haces aquí? Ya tienes lo que habías venido a buscar.

—Quería hablar contigo.

—No creo que tengamos nada más de lo que hablar. Llevo un poco de prisa.

—Vamos, Archie—intentó conciliar mi sequedad—. Acerquémonos a ese bar y hablemos. ¿Por lo viejos tiempos?

—Kovack, no voy a ningún sitio. Me esperan. Dí lo que tengas que decir, y sigamos a lo nuestro.

—Como quieras. En realidad—asumió en tono neutro—, es breve.

Me invitó con un gesto a sentarme en el banco que ocupaba anteriormente. Miré mi reloj para enfatizar mi poca disponibilidad a permanecer allí más de lo necesario, pero me senté. El también lo hizo, acomodándose la raya de su pantalón gris una vez se cruzó de piernas. Extraje un Lucky, indicándole, con el gesto, que ese era su tiempo.

—He reportado el éxito de nuestra misión a nues…mis superiores. Está encantados y…

—¿Éxito?—dije, sin altérame, mientras el Zippo prendía el extremo del cigarrillo—. ¿A qué llamas éxito? ¿A que un policía de moralidad distraída no se presente para la alcaldía? ¿A que un cura obsceno se evada del país con su prestigio intacto? ¿A que un montón de hijos de puta no paguen por lo que hicieron a unas mujeres engañadas y drogadas? O, ¿tal vez, para ti el éxito es que un criminal de guerra vaya a ser «juzgado»—hice el gesto de las comillas en el aire (cosa que odio casi tanto como las sorpresas)—en un tribunal completamente opaco del que no pagará más precio que el de su miserable vida?

Kovack me retaba con la mirada al enumerarle los primeros «éxitos», pero, cuando solté el último, su vista bajó hasta la raya perfecta de sus pantalones. Empezó a quitarse una inexistente mota de polvo. «No me jodas», pensé.

—No lo vaís a juzgar, ¿verdad?

—Von Süddlich…—empezó sin saber muy bien lo que iba a decir a continuación—pagará lo que hizo. Pero lo hará de la forma más adecuada para reparar su daño. Muerto no sirve de nada. Otra venganza más saldada contra mi pueblo, pero vivo…

—Veo que no os importa mucho, pero te recuerdo que aparte de a los de tu pueblo, hubo mucha gente más que desapareció en aquellos campos. Gente de otros credos, homosexuales, enfermos, disidentes políticos…Ellos también merecen una reparación de daños y reconocimiento. Con vuestro exclusivo afán de acaparación, les estáis privando de ella.

—Ya lo sé, Archie—concedió—, pero hay que ser pragmáticos. Razón de Estado. Estamos en guerra, aunque no lo parezca. Una guerra silenciosa, fría; pero no por ello menos peligrosa. Los rusos nos llevan mucho adelanto en la materia en la que von Süddlich es clave. La seguridad del país, de tú país, sigue estando en juego.

—No me jodas, Kovack. Hace tiempo que los mensajes patrióticos dejaron de aparecer en las cajas de cereales. Estoy hablando de moralidad. ¿De qué coño sirve una guerra si de ella no sale un mundo mejor?

—¡No me seas ingenuo! Sabes perfectamente cómo funciona esto.

—Sí, lo sé. Pero no es ingenuidad, es esperanza. Esperanza de volver a tenerla. De volver a poder creer en algo. Y, esa, igual que tu pragmatismo, también es necesaria para «mi» país.

—Eres un cínico.

—Lo sé. Es mi condena y mi salvación. Pero igual que al ateo le gustaría equivocarse y que al final hubiera algo más, al cínico le gustaría que hubiera esperanza antes de que todo termine por irse al carajo definitivamente.

Kovack negó, despacio, con la cabeza.

—Mira, mayor, no voy a entrar en discusiones de geopolítica contigo. Sería igual de inútil que hacerlo sobre el sexo de los ángeles. Mis superiores, como sabes, quieren que te traslade la oferta de venirte a trabajar con nosotros. Una oferta en firme y bastante buena. Ya lo comprobaste en D.C. Supongo que si conocieran tus…ideales, no lo harían, pero bueno, yo cumplo órdenes y, a que negarlo, me ha gustado trabajar contigo.

—Para lo único que sigo siendo mayor, es de edad. Lo suficiente para saber cuando estoy escuchando gilipolleces. Diles de mi parte que se vayan a tomar por culo. O que me siento muy honrado pero tengo que declinar su oferta, que me han ofrecido la dirección de un puesto de perritos calientes en Santa Mónica. Diles lo que quieras. Prefiero seguir viviendo con mi cínica ingenuidad a formar parte de vuestra guerra fría. No llevo muy bien el tener que estar vomitando todos los días.

—Lo creas o no—volvió a cambiar el tono, Kovack—, yo tampoco. Pero no sirvo para otra cosa. La guerra me lo arrebató todo y se lo debo a la memoria de mi hermano.

Esto último lo dijo tocándose la sobaquera donde cargaba la Webley.

—Lo siento, Kovack.

—Ya—elevó los hombros—. En una cosa comparto tu opinión: de una guerra tendríamos que salir mejores. Lástima que nuestra naturaleza sea la que es. Pero también tenemos cosas buenas. Si alguna vez necesitas algo de mí, no lo dudes.

Me tendió de nuevo la mano. La estreché. Pero, esta última vez, lo hice con un poco más de entusiasmo. La gente, en general, no me gusta. Pero las personas…algunas, es otro cantar.

El cigarrillo se había consumido.

***

Una enfermera bajita y silenciosa, de nombre Marilyn y de etnia inuit, me acompañó hasta el despacho que Hernando mantenía en aquel hospital. Cuando entré, el médico salió de detrás de su escritorio con la bata blanca desabrochada sobre su traje negro. A diferencia de su gabinete de la universidad, aquel estaba en perfecto orden, pulcro y con el inquietante olor a desinfectante que desprenden este tipo de lugares.

—¿Preparado, Archimedes?—me estrechó la mano.

—Bueno, todo lo que se puede estar en esta clase de situaciones.

—No tienes porqué preocuparte. Al menos—incidió, con una medio sonrisa—, en el aspecto médico. Se recuperará perfectamente.

—¿Cómo está?

—Mejor, Archimedes, mejor. Hemos intervenido a tiempo para poder sacar de su organismo cualquier resto de lo que le han estado suministrando. Y hablo tanto desde el punto fisiológico como el mental.

—Sé que está en buenas manos. En las mejores.

Hernando agitó la mano quitándose importancia.

—Como digo, hemos tenido suerte. Desde que el laboratorio analizó aquellos viales, sabemos exactamente a que atenernos. Los antídotos mágicos no exiten, pero, tenemos lo más parecido. Tanto a la señorita Connors, como a sus dos compañeras, le estoy administrando el cóctel Orfila; con muy buenos resultados, por cierto.

Me había vuelto a olvidar el diploma de química, pero la palabra «cóctel» en aquel ambiente, me obligó a preguntar:

—A mi me sacas del Gimlet y el Destornillador y me pierdo. ¿Qué demonios es un «Orfila»?

Hernando rió la absurdez.

—Es una receta de un compatriota mío. Un menorquín pionero de la medicina legal y forense en el París del XIX. Se podría decir que él inventó el término de policía científica. Su tratado de venenos aún se usa en todas las policías del viejo continente. Te buscaré una copia, igual, hasta lo encuentras interesante.

—De momento, me conformo con la página de las carreras del «Daily» y con saber que lleva ese brebaje.

—Lo llamo cóctel por sus diversos ingrediente, no por que se beba; de hecho, se inyecta. Es un preparado vegetal de ipecacuana y cáscara sagrada, amalgamado con calomelanos y con un poco de estricnina.

—¿Estricnina? Pero…

—Sí, el mismo que se usa de raticida; o para asesinar maridos. Pero como decía mi paisano, reformulando a Paracelso: “el veneno es la dosis. No la sustancia”. Por eso, en homenaje, lo he bautizado con su nombre.

—Recuérdame que no lo pida si termino viéndolo en la carta del Harry’s.

—Sería un éxito—profetizó el español.

Sonreí yo también a su broma, pero Hernando, me caló la inquietud.

—Ahora en serio, Archimedes, lo ha pasado mal. Ha sufrido un par de ataques epilépticos por alguna reacción adversa de las sustancias que le inyectaban. O, tal vez, han sido producidos por su cerebro como mecanismo de defensa. Pero sea lo que sea, ya ha terminado; a ella y a sus compañeras, las hemos tratado a tiempo. La recuperación no será de un día para otro, puede que lleve algún tiempo, pero te garantizo que no le quedarán secuelas. Físicamente está perfecta. Es fuerte y no tardará en sanar por completo. Las adicciones son un tema complicado y más con los métodos de von Süddlich. No quería creerte cuando me lo dijiste. No quería aceptar que aquellos rumores que escuché fueran ciertos, pero, por desgracia, superan mis peores pesadillas. La ciencia sin ética es el arma más peligrosa de nuestros días. ¡Qué te voy a contar! Pero bueno, dejémosnos de pesismismos y ve a verla. Se alegrará de verte.

Medité un instante las palabras del médico.

No estaba yo tan seguro de lo último.

***

Hernando se despidió de mí en la puerta de la habitación a la que me había conducido. «Cuando notes que se cansa, despídete y dile a alguien de por aquí que me llame». Esa, había sido su última indicación antes de perderse por uno de los corredores del edificio.

Molly estaba sentada en un sillón al lado de la ventana. Estaba quieta, con la mirada perdida en el paisaje que se veía por ella. Llevaba puesta una rebeca rosa sobre el camisón hospitalario y el pelo recogido en su nuca con una coleta. Giró su cabeza hacia la puerta cuando el ruido que hice al cerrarla la sacó de sus pensamientos.

Entonces, me sonrió.

Fue una sonrisa triste, cansada. Hizó un ademán de levantarse, pero yo, raudo, me situé a su lado para impedírselo. Ella tomó mi mano y se la llevó a la cara, recostándola sobre ella.

Permanecimos en aquella posición unos minutos. Sin movernos. Sin hablar. Sólo contemplado las suaves laderas verdes que descendían hasta el lago de Stone Canyon. En aquel momento, la luz del sol, incidía directamente sobre la superficie del embalse, dorando toda la extensión y devolviendo unos fulgores de oro.

—Lo siento, Archie—comenzó, susurrando, como si temiera que alguien nos escuchara.

—No tienes que disculparte de nada, Molly. Tú no tienes la culpa de nada de esto que ha pasado. Han sido ellos, y nada más que ellos, los culpables. ¿Lo entiendes?

Me solté de su agarre y me situé, de rodillas, frente a ella para poder mirarla a la cara. Sus ojos estaban acuosos. El brillo que siempre los había caracterizado había desaparecido, y los moretones, dispersos por el rostro y el cuello, tenían esa tonalidad ocre que anuncia su inmininete reabsorción.

—Siento no haberte escuchado—ahondó ella en su disculpa—. Te dije cosas…actué como una niña caprichosa que no…

—Molly, hiciste lo que creías mejor para ti. Te repito que no es culpa tuya que haya tanto desgraciado suelto con ganas de engañar para hacer daño.

—Eso es lo peor, que me lo creí. Fui una estúpida y me dejé engatusar sin tan siquiera plantearme las cosas. Todo vino tan…de repente, que no fui capaz de analizar que me estaba pasando. Tú me advertiste y yo te dí la patada.

—Tampoco yo me comporté como ejemplo de serenidad y reflexión.

Molly esbozó otra de sus apagadas sonrisas.

—Los oí hablar—comentó, con pudor—. Lo de Epson, su…

—Sí, vaya detective que estoy hecho—respondí, mortificado—. Otro año que no ganaré el Sherlock de oro.

—Me salvaste—dijo, pasando sus dedos, con suavida, sobre mi cabestrillo—. Pese a todo, me salvaste. No quiero ni pensar lo que hubiera sido de mí si me hubieras dejado a mi suerte.

—Sabes que eso nunca hubiera pasado.

—Lo sé. Te doy las gracias por arriesgarte por mí, aunque no lo mereciera.

—Molly, te repito que no te tienes que sentirte culpable, es normal que lo sientas así, pero es solo el producto del shock. Tú perseguías tus sueños, tú felicidad. Nadie debería sentirse mal por ello.

—Esa es otra, Archie. Yo ya no sé que perseguía. El doctor Hernando me lo ha explicado. Quiero ser escritora, es lo que siempre he querido, pero por lo que me ha contado eso genera en mí un anhelo de ser reconocida, de hacerme notar en el mundo. Fassbender—se volvió a romper al nombrarlo—aprovechó ese deseo para inculcarme una necesidad que no sentía. Un hambre de fama inmediata, fácil y ególatra. No veía más allá, Archie. Solo sabía que tenía que conseguirlo a cualquier precio.

Escondió la cara entre sus manos y comenzó a llorar. La atraje hacia mí y la abracé. Aguardando a que se desahogara.

—Te drogaron, Molly. Usaron sus conocimientos para sus fines. No puedes recriminarte nada. Pero eso ya se ha acabado.

—¿Sabes lo peor?—me miró—Que me gustaba. Me gustaba mucho sentirme así. Lo necesitaba. Que quiero volver a ser ella, pero por mí misma.

Recordé a la Molly que entró en el almacén donde los Pinkerton me tenían retenido la noche de mi actuación estelar. Aquella seguridad, aquella sensualidad… Entendí a que se refería.

—Porque eso también forma parte de ti. Porque lo llevas dentro. Porque eso se gana con el tiempo y, a ti, te lo han sacado de la peor forma posible. No te tienes que avergonzarte de lo que eres o lo que quieres. Sólo date tiempo y verás que esa Molly está ahí. Pero por tu decisión, no por ninguna influencia externa,

—No lo sé, Archie. Solamente sé que ahora, mi único propósito, es desaparecer. Pensar. Tragar. Asumir.

Me alarmaron aquellas palabras. Ella, lo notó.

—Tranquilo, cariño. No voy a hacer ninguna tontería. Voy a volver a mi casa. Con mi familia. Quiero alejarme de todo este estercolero, como siempre lo has llamado con razón. Necesito reencontrar mis raíces para poder volver a florecer.

—¿Ves?—dije, algo más tranquilo—Esa es una frase que sólo la diría un buen escritor.

Molly sonrió, por primera vez con comedida alegría, ante el comentario.

—No sé si seré buena o no. Pero sí que lo escribiré. Algún día.

Volvimos a abrazarnos en silencio. Uno eterno. Estaba seguro de que no era el momento de hablar de nada más. Pero, también sabía que era el único. Me separé de ella.

—Molly, hay algo que te quiero decir. Sé que no es el mejor momento pero…

Ella me miró entristecida. Pero no era una tristeza al uso, era una mucho más madura de lo que su cara aparentaba. Una, casi determinista.

—No hace falta, Archie. Lo sé.

Me sorprendí. ¿Lo sabía?¿Qué sabía? Y, lo más importante, ¿cómo?

—Yo…

—De verdad, no hace falta. Te conozco lo suficiente para saberlo. Los dos nos hemos perdido entre las estrellas. Yo, en su sombra. Tú, en su luz. Se te nota, Archie. Lo noto. Mala o buena, soy escritora y sé leer en las caras. Y me alegro, de verdad que lo hago. Tú y yo nos encontramos en un momento en el que los dos necesitábamos a alguien y no hicimos preguntas. Sólo lo cogimos. Fuimos lo que pudimos, pero tú siempre has necesitado más, y yo, yo aun necesito tiempo para saberlo. Te quiero Archie. De alguna forma, siempre lo haré. Pero sé que ahora no podría darte lo que ahora tienes. Así es la vida, supongo. El amor y el tiempo casi nunca van de la mano. Por eso, cuando pasa, no hay que soltarlo. Nunca.

Ahora, el que se emocionó fui yo.

—No entiendo cómo…

—No es cuestión de entender, Archie. Es cuestión de tomarlo. Si no lo haces te arrepentirás el resto de tu vida. Puede funcionar o no, pero si no lo aceptas nunca lo sabrás.

Hablaba con el aplomo de un viejo. O el de quien ha leído y asimilado mucho. De quien ha vivido a través de ellos.

—No sabes cómo, pero has estado enamorado de ella toda la vida. Nadie lo entiende, pero es así.

—Pero, si solo la conozco…

—A ella sí. Pero, a «Ella» la conoces desde siempre. Y te repito que me alegro. Siempre alegra saber que existe eso que los libros se cansan de decir. Dan veracidad a las palabras, dan…esperanza. Es la Schawnn, ¿verdad?

Asentí.

—Es curioso—dijo, reclinándose en el sillón. Empezaba a dar muestras de cansancio—, creo recordar que lo supe aquella noche de la fiesta. Ella te miraba de la misma forma que lo hace alguien que intenta recordar a una persona que le suena su cara pero que no le pone nombre. No sé si fue así, todo estaba ya muy nublado en mi mente—reconoció con cierta vergüenza—, o es lo que quiero imaginar que era. Que eso es así. Que dos personas se encuentran por primera vez y, de alguna forma, se reconocen. Es…es bonito ¿No crees?

Mirándola no me quedó ninguna duda de que se convertiría en una gran escritora. Tenía esa sensibilidad que se requiere para escribir algo que trascienda del papel donde se juntan los pensamientos.

—Sí, lo es.

—Me gustaría sentir eso. No todavía. No. Pero sí algún día.

—Estoy seguro de que lo harás.

—Sí—respondió ella, con seguridad—. Si no, siempre puedo buscaros y partirle la cara de un guantazo.

El exabrupto rompió algo y los dos nos pusimos a reír. Una risa acompañada de lágrimas reparadoras. De las que sanan corazones.

—Estoy cansada, Archie—dijo, trancurrido un rato y con un ligero temblor que empezaba a sacudirle su pequeño cuerpo—. Tengo que preparme para la siguiente «cura» del doctor.

Sabía lo que eso significaba. Hernando me había descrito el proceso de su terapia durante nuestro encuentro.

—Puedo quedarme. Acompañarte.

—No, Archie. Por favor. No quiero que me veas así. Que lo recuerdes. Ya has visto suficiente sufrimiento para un par de vidas. Necesitas ser feliz, recomponer esos trozos rotos que guardas, amontonados, en algún lugar de tu cabeza. Ponte a ello, ahora tienes quien de verdad puede ayudarte a hacerlo.

—Pero…

—Dame un beso y márchate. Sólo necesito eso. Del resto tengo que ocuparme yo misma. ¿Lo harás?

No respondí, solo la besé como en tantas otras ocasiones pero con la diferencia del ahora.

—¿Vendrás a vistarme mientras esté aquí?—preguntó cuando ya tenia el picaporte en la mano.

—Claro, pequeña. Siempre que quieras.

—Quiero, Archie. Claro que quiero. Y ven con Lana—añadió con una sonrisa—, quiero decirle un par de cosas sobre como aguantarte.

Me guardé el apelativo «cariñoso» que me vino a la boca y salí. No me gustan las sorpresas, pero las despedidas…

Tampoco.