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Fuego en la Mirada Capítulo 2 Susurros en la Noche

Karina siempre envidió la pasión desenfrenada de Clara y Gilberto. Pero esta noche, con su esposo dormido y el alcohol bajando las barreras, decide cruzar la línea que separa la admiración del deseo. Gilberto la mira con complicidad y le ofrece una lección que cambiará todo.

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El lunes llegó, y como siempre, Clara y Karina se encontraron en la estación central del Mexibús, rodeadas del bullicio matutino de Ecatepec. Mientras esperaban el camión, charlaron sobre trivialidades de su fin de semana: Clara mencionó la película que había visto con Gilberto, y Karina habló de la serie que había maratoneado con Heriberto. Pero la conversación tomó un giro más íntimo cuando Karina, con un tono casual que escondía su curiosidad, dijo: “Oye, el viernes te escuché… parece que Gilberto te atendió muy bien en la noche.” Clara se sonrojó ligeramente, pero su rostro se iluminó con una sonrisa llena de plenitud, una que Karina envidiaba en silencio. “Ay, Karina, fue fantástico,” confesó Clara, sus ojos brillando. “Tenía un poco de incertidumbre de hacerlo contigo en casa, pero a Gilberto le gusta la aventura, correr riesgos. Yo acepté, y fue lo mejor. Me hizo llegar tres veces seguidas… Al contrario, gracias por estar ahí, y disculpa que hayas escuchado, pero me siento espléndida.” Hizo una pausa, y luego añadió con una sonrisa pícara: “Deberías traer a Heriberto la próxima vez, así no te sientes tan sola.”

Karina sonrió levemente, pero algo dentro de su pecho se apretó. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al imaginar cómo Gilberto había logrado eso con Clara, y su mente se llenó de dudas. ¿Y si la sugerencia de Clara funcionaba? ¿Podría Heriberto esforzarse más si estuvieran en casa de Clara, sabiendo que Gilberto estaba cerca? ¿Sería esa la chispa que necesitaba para sentir lo que Clara sentía? Las preguntas se arremolinaban en su cabeza, pero las disimuló con una sonrisa, mientras el Mexibús llegaba a la estación Barca. “Ya llegamos,” dijo Clara, rompiendo el silencio. Era hora de trabajar, y Karina se obligó a dejar esos pensamientos atrás, al menos por el momento.

En FrikiFactory, los días transcurrieron con la rutina habitual: Karina cortando telas y asistiendo en la calandra, mientras Clara diseñaba nuevos estampados en su oficina. Pero algo había cambiado entre ellas. Karina, buscando entender más a su cuñada y tal vez acercarse a esa vida que tanto envidiaba, comenzó a buscar más momentos para estar cerca de Clara. El martes, durante el descanso, se acercó a su oficina con un café para las dos, charlando sobre los diseños que Clara estaba creando. El miércoles, en el trayecto de regreso en el Mexibús, le pidió consejos para su curso de diseño, escuchándola con una atención que iba más allá del interés profesional. El jueves, mientras compartían un elote en un puesto cerca de la fábrica, Karina se atrevió a preguntar más sobre su relación con Gilberto, y Clara, siempre abierta, le contó cómo lograban mantener la chispa viva a pesar de los años. Cada conversación alimentaba la curiosidad de Karina, pero también su envidia, y para cuando llegó el viernes, estaba más ansiosa que nunca por la noche de chicas.

Esa tarde, Heriberto pasó por Karina a FrikiFactory, como habían acordado. Llegó vestido con una camisa bien planchada y un pantalón que le daba un aire elegante, el aroma de su perfume masculino llenando el aire. Clara, que esperaba con Karina a la salida, no pudo evitar halagarlo. “Qué bien te ves, Heriberto,” dijo con una sonrisa, su tono cálido pero con un dejo coqueto. “Y qué rico huele tu perfume, se nota que te arreglaste para la ocasión.” Heriberto se rió, agradeciendo el cumplido, mientras Karina sentía una punzada de envidia y duda. ¿Por qué Clara halagaba a su esposo? Durante toda la semana, en sus charlas más cercanas, Clara no había mostrado tanto interés en Heriberto, pero ahora, frente a él, parecía más atenta que nunca. Karina frunció el ceño ligeramente, pero Clara, que intuía su reacción, sabía lo que hacía. Había notado las miradas furtivas de Karina hacia Gilberto, y traer a Heriberto era su forma de mantener el equilibrio, de asegurarse de que Karina estuviera más pegada a su esposo y así ella y Gilberto pudieran estar más juntos sin esas tensiones.

El trayecto a casa de Clara fue una charla amena entre los tres, pero Karina no podía sacarse de la cabeza las palabras de Clara. Al llegar al departamento, Gilberto aún no estaba, así que Clara tomó el rol de anfitriona, ofreciendo a Heriberto un vaso de agua y preguntándole sobre su trabajo con un interés genuino. Karina observaba desde el sofá, sintiendo una envidia de la buena: Clara sabía cómo hacer que cualquiera se sintiera especial, algo que ella deseaba poder hacer con Heriberto. Justo entonces, Gilberto llegó, cargando unos dulces que había comprado de camino. “Para las reinas de la casa,” dijo con una sonrisa, dejando los dulces en la mesa. No se sorprendió al ver a su hermano Heriberto, ni al notar la atención que Clara le prestaba. Gilberto y Clara tenían reglas claras en su relación, pactadas para sobrellevar cualquier situación, así que todo fluía con naturalidad. “Hermano, ¿por qué no vamos por algo para tomar?” sugirió Gilberto, dándole una palmada amistosa a Heriberto. “Dejemos que las chicas se pongan cómodas.” Heriberto asintió, y los dos salieron, dejando a Clara y Karina solas, con la promesa de una noche que aún tenía mucho por revelar.

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Media hora después, Gilberto y Heriberto regresaron con bolsas llenas de botellas que tintineaban al chocar. Habían traído cerveza bien fría y una botella de tequila Don Julio, suficiente para calentar la noche. “Esto sí que va a animar la velada,” dijo Gilberto, dejando las bebidas sobre la mesa mientras sacaba unos vasos y un poco de sal y limones que habían comprado de paso. Clara aplaudió emocionada, y pronto todos se acomodaron en la sala: Clara y Gilberto en el sofá, y Karina y Heriberto en sillones frente a ellos. La música latina seguía sonando de fondo, creando un ambiente relajado pero cargado de posibilidades.

Heriberto, animado por el tequila que ya había probado en el camino, propuso un juego clásico: “Yo nunca nunca”. “Vamos a darle un toque divertido,” dijo con una risita, sirviéndose un shot. “Cada quien dice algo que nunca ha hecho, y los que sí lo hicieron toman. Si no, no toman.” Todos rieron, y Clara levantó su vaso. “Que empiece el show,” dijo, guiñándole un ojo a Gilberto. El juego comenzó con declaraciones ligeras: “Yo nunca he bailado en la lluvia,” dijo Clara, y todos tomaron menos Heriberto, quien se encogió de hombros con una sonrisa. Luego le tocó a Gilberto: “Yo nunca he cantado karaoke borracho,” y esta vez fue Karina la que se quedó sin tomar, riendo mientras explicaba que no era de su estilo.

Pero el juego pronto tomó un giro más picante. Heriberto, con el tequila aflojándole la lengua, soltó: “Yo nunca he hecho una felación en vía pública.” Clara y Gilberto intercambiaron una mirada cómplice antes de tomar un shot cada uno, dejando a Karina y Heriberto boquiabiertos. “¿En serio?” preguntó Karina, incrédula. Clara se rió, apoyándose en Gilberto. “Fue una noche loca en el parque central,” confesó, su voz baja pero llena de orgullo. “Gilberto me convenció, y… bueno, valió la pena.” Gilberto asintió, añadiendo con un tono juguetón: “La adrenalina lo hace todo mejor.” La confesión abrió la puerta a más revelaciones. Clara continuó: “Yo nunca he cumplido una fantasía en un estacionamiento,” y otra vez ambos tomaron. “Fue después de una fiesta,” explicó Gilberto, “con el coche temblando y la música a todo volumen.”

Karina escuchaba, fascinada y envidiada, mientras el juego subía de tono. “Yo nunca he hecho algo en un parque público,” dijo Clara, y otra ronda de shots confirmó que habían probado esa aventura también. “¿En serio, en un parque?” preguntó Heriberto, riendo nervioso. “Sí, de noche, detrás de unos arbustos,” respondió Gilberto, guiñándole un ojo a Clara. Luego vino: “Yo nunca he hecho nada en el transporte público,” y otra vez tomaron. “Un Mexibús abarrotado,” admitió Clara, “con disimulo, claro.” La lista seguía: un taxi, un Uber, incluso la casa de los suegros durante una visita familiar. Cada confesión pintaba una imagen de una vida sexual activa y alocada que Karina no podía ni imaginar con Heriberto. Su mente se llenaba de escenas prohibidas, y el tequila empezaba a nublarle el juicio, avivando su curiosidad y deseo.

El juego continuó, y las declaraciones se volvieron más subidas de tono. “Yo nunca he pedido un tratamiento facial,” dijo Karina, intentando probar los límites, su voz temblando ligeramente mientras miraba a Gilberto. Él tomó un shot sin dudar, riéndose mientras limpiaba una gota de tequila de su labio. “Depende de lo que llames tratamiento,” respondió con una sonrisa pícara, dejando claro en el lenguaje del juego que sí lo había hecho. Karina sintió un calor recorrerle el cuerpo, y sin pensarlo, posó su mano en la pierna de Gilberto, un gesto impulsivo que buscaba confirmar lo que su mente imaginaba. Gilberto no se inmutó, pero su risa se volvió más profunda, como si disfrutara el momento.

De pronto, Karina se levantó para ir al baño, y en el movimiento, su mano rozó accidentalmente el bulto en los pantalones de Gilberto. El contacto fue breve, pero suficiente para que un escalofrío le recorriera la espalda. Gilberto se limitó a reír, tomando otro sorbo de su bebida, mientras Karina se alejaba con el corazón acelerado, tratando de procesar lo que acababa de pasar. En el baño, Clara apareció poco después, poniendo pausa al juego. “Voy a refrescarme un momento,” dijo.

El silencio entre ellos era denso, cargado de una tensión que Karina no sabía cómo manejar. Se sentó de nuevo, evitando mirarlo directamente, pero su curiosidad seguía creciendo. Gilberto, por su parte, mantenía su compostura, sirviéndose otro shot como si nada hubiera ocurrido. “¿Todo bien?” preguntó con una calma que contrastaba con el torbellino en la cabeza de Karina. Ella asintió, forzando una sonrisa, pero su mente estaba en otra parte, imaginando cómo sería cruzar esa línea que tanto la tentaba.

Mientras tanto, Heriberto, afectado por el alcohol y el cansancio del día, empezó a bostezar. “Si me disculpan…” Se levantó tambaleante y se dirigió al cuarto de invitados, dejando a Karina sola con sus pensamientos. Clara regresó del baño, notando la ausencia de Heriberto, y sugirió pausar el juego. “Parece que la noche se nos adelantó,” dijo con una risita, sentándose junto a Gilberto. Pero para Karina, la noche apenas comenzaba a desvelar sus secretos, y el roce accidental con Gilberto seguía quemándole la piel, un recuerdo que prometía complicar todo lo que vendría después.

La conversación se desvió a temas más ligeros, pero Karina no podía concentrarse. Su mente seguía dando vueltas a las confesiones de Clara y Gilberto, a la vida salvaje que parecían llevar, y al deseo que había despertado en ella. Se preguntó si alguna vez podría convencer a Heriberto de salir de su rutina, de arriesgarse como ellos. Pero también se preguntaba qué haría con esa atracción hacia Gilberto, un sentimiento que crecía con cada mirada, cada risa, cada toque accidental. Clara, que había estado riendo y charlando animadamente, de pronto dejó caer su vaso vacío sobre la mesa con un suspiro. “Ay, no, me cayó pesado tanto shot seguido,” se quejó, frotándose la frente. Miró a Karina con un reproche juguetón. “¿Qué te pasa? Pensé que habías vivido más o al menos lo mismo que yo, pero me dejaste morir sola con tanto tequila. Yo me retiro, estoy que no puedo con este sueño.” Se levantó, tambaleándose ligeramente, y Gilberto se puso de pie para ayudarla. “Adelántate, amor, voy a recoger y te alcanzo,” le dijo, mientras la acompañaba hasta la puerta del cuarto.

Con Clara fuera de escena, la sala quedó en un silencio que parecía amplificar cada sonido: el crujir del sofá, el tintineo de los vasos vacíos, el latido acelerado del corazón de Karina. Ella y Gilberto estaban solos, y la tensión que había estado creciendo toda la noche ahora era casi palpable. Karina, con el alcohol desinhibiéndola más de lo que esperaba, murmuró para sí misma, aunque lo bastante alto para que Gilberto la escuchara: “¿Entonces sí me lo vas a dar, o solo era un juego?” Se sorprendió de su propia audacia, pero el tequila le había quitado la pena, dejando al descubierto sus pensamientos más profundos.

Gilberto, que estaba recogiendo las botellas vacías, se detuvo y la miró con una ceja levantada, una sonrisa traviesa asomándose en su rostro. “¿Sabes cómo hacerlo, o quieres que te enseñe?” respondió, su voz baja y cargada de un tono que hizo que el estómago de Karina diera un vuelco. Ella sintió una sonrisa interna crecer, una mezcla de nervios y lujuria que la consumía. Sabía que estaba mal, que Heriberto dormía a pocos metros, que Clara confiaba en ella, pero el deseo que había estado acumulándose desde la noche anterior era más fuerte que cualquier sentido de culpa. “Trátame bonito,” susurró Karina, su voz temblando de anticipación, “es mi primera vez.”

Gilberto soltó una risa suave, casi paternal, mientras se levantaba y se ponía frente a ella, su figura alta proyectando una sombra sobre el sofá. Bajó la bragueta de su pantalón con una calma que contrastaba con la intensidad del momento, y con un tono que era más una sugerencia que una orden, dijo: “Imagina que es una paleta que no puedes morder. ¿Cómo lo harías?” Karina, con el corazón latiendo tan fuerte que temía que Gilberto lo escuchara, se inclinó hacia adelante, sus manos temblando ligeramente mientras tomaba su miembro con una mezcla de timidez y curiosidad. Lo imaginó como él le había dicho, una paleta que debía tratar con cuidado, y comenzó a moverse con una suavidad tentativa, explorando con movimientos lentos y torpes, como si quisiera descifrar un secreto que nunca había intentado antes.

El aire en la sala se volvió más denso, cargado de un calor que no provenía del ambiente sino de la intensidad del momento. Karina, con los ojos entrecerrados, se concentraba en las sensaciones: el calor que emanaba de Gilberto, el ritmo de su respiración que se volvía más pesada con cada segundo, el leve temblor que recorría su cuerpo mientras ella lo exploraba. Sus movimientos eran tímidos al principio, casi vacilantes, como si temiera equivocarse, pero poco a poco fue ganando confianza, dejando que su imaginación llenara los espacios vacíos. Imaginó el sabor de una paleta de fresa, dulce y tentadora, y dejó que sus labios y lengua se movieran con una delicadeza que contrastaba con la tensión que crecía entre ellos.

Pasaron al menos veinte minutos, un tiempo que para Karina pareció eterno. El silencio de la sala se rompía solo por el sonido de su respiración y los leves murmullos de aprobación que Gilberto dejaba escapar de vez en cuando. Pero nada parecía cambiar, y la impaciencia comenzó a mezclarse con su nerviosismo. “¿Lo estoy haciendo bien?” preguntó, levantando la vista hacia él con una mezcla de duda y curiosidad. Gilberto, con una sonrisa que escondía una mezcla de diversión y deseo, respondió con calma: no es como Heriberto, ¿verdad? ¿Cuánto se tarda él?” Karina se sonrojó, bajando la mirada mientras confesaba en un susurro: “Nunca le he hecho esto a nadie… Es mi primera vez de verdad.”

La revelación hizo que un destello de excitación cruzara por los ojos de Gilberto. Su miembro tembló en la mano de Karina, un movimiento que la tomó por sorpresa y la hizo mirarlo con asombro. “Entonces eres toda una novata,” dijo él, su voz más ronca ahora, cargada de un deseo que ya no podía disimular. “Cierra los ojos y concéntrate,” le indicó, colocando una mano suavemente en su cabello para guiarla. Karina obedeció, dejando que sus sentidos se agudizaran: el calor de su piel, el ritmo de su respiración, el leve temblor que ahora era más evidente. Siguió moviéndose con más seguridad, dejando que su imaginación y las instrucciones de Gilberto la guiaran, mientras el tiempo parecía detenerse.

No pasaron ni un minuto cuando Gilberto, con un gemido bajo que apenas contuvo, tomó a Karina del cabello con firmeza pero sin brusquedad, apartándola de él. “Ya viene,” murmuró, y antes de que Karina pudiera reaccionar, sintió el calor de su liberación en su rostro, una sensación que la tomó por sorpresa y la hizo cerrar los ojos con fuerza. Gilberto, con movimientos lentos y deliberados, usó su miembro para esparcir el líquido por su cara, trazando caminos que dejaban un rastro cálido y húmedo sobre sus mejillas, su barbilla, incluso su frente. Karina, con el corazón acelerado y el rostro ardiendo, no sabía si sentirse avergonzada o liberada, pero la intensidad del momento la dejó sin palabras......