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AVENTURAS SEXUALES EN PAREJA - Capítulo 1

Amanda no es solo una terapeuta; es el espejo donde sus deseos más oscuros se vuelven legítimos. Cuando la confesión cruza la línea del dolor y toca el fuego del deseo, la pregunta ya no es si pueden perdonarse, sino si tienen el valor de jugar con fuego juntos.

ISABELLEH8.3K vistas8.8· 10 votos

El gimnasio era un templo de sudor y metal, donde el aire se cargaba con el aroma salado del esfuerzo y el latido constante de las pesas chocando contra el suelo. Para Mateo, había pasado una eternidad desde que sus manos habían sentido el frío abrazo de una barra de acero. Por lo general, prefería la danza del capoeira, el vértigo de una carrera al amanecer o el roce de los cuerpos en un partido improvisado de fútbol en la playa. Pero el gimnasio local, abierto las 24 horas, era una tentación imposible de ignorar, con sus luces parpadeantes que lo llamaban durante sus sesiones matutinas de running. Aquel día, con Camila planeando algo ardiente para la noche, Mateo sabía que necesitaba descargar energía antes de que el fuego entre ellos estallara.

Mateo y Camila estaban recomponiendo sus vidas tras meses de tormenta. Ella, una chica muy hermosa había retomado sus transmisiones en línea, su voz un imán para miles de seguidores que colgaban de cada palabra suya. Mateo, por su parte, había vuelto a sumergirse en su negocio digital, EstiloVivo, una tienda en línea que vendía moda urbana con un toque latino. Entre campañas publicitarias, patrocinios y la producción de nuevas colecciones, su mente estaba siempre en movimiento, pero su cuerpo anhelaba algo más visceral. El gimnasio, con su promesa de esfuerzo físico, era el escape perfecto.

No podía negarlo: los últimos meses habían encendido algo nuevo entre él y Camila. Aunque el dolor de lo ocurrido con su antiguo inquilino aún latía en su pecho, también había desatado una pasión más cruda, más salvaje. Sus noches eran un torbellino de deseo, sus cuerpos entrelazados con una urgencia que recordaba sus primeros días como amantes. Camila, siempre audaz, había dejado salir una faceta más atrevida, susurrando palabras subidas de tono que hacían que la sangre de Mateo hirviera. A veces, mientras caminaba por su enorme casa, la encontraba en poses provocadoras, su piel morena brillando bajo la luz, invitándolo a perderse en ella. No podía resistirse a esas curvas que parecían talladas para el pecado, ni a la promesa de un encuentro que dejaba el aire cargado de electricidad.

La casa, aunque majestuosa, se sentía vacía sin más voces. Pronto, Sofía, una amiga cercana, se mudaría con ellos, llenando los pasillos con su risa y su energía. Mateo y Camila habían hablado de formar una familia, de llenar esas habitaciones con risas infantiles. Eran jóvenes, pero el reloj biológico no esperaba, y ambos querían ser padres vibrantes, llenos de vida para criar a sus hijos y disfrutar de los años que vendrían después. Sin embargo, no había prisa. Lo que habían vivido con su inquilino anterior les había enseñado a ser cautos, a no lanzarse de cabeza sin medir las consecuencias.

Esa mañana, mientras el sol apenas despuntaba en el horizonte, Mateo empujó las puertas del gimnasio. El lugar estaba casi desierto, salvo por el eco de unas pesas y el zumbido de una cinta de correr en la distancia. Se colocó sus audífonos, dejando que el ritmo de una salsa sensual llenara sus oídos, y comenzó su rutina. Sus músculos respondían con una mezcla de resistencia y entusiasmo, cada levantamiento un recordatorio de su fuerza. Pero su mente divagaba hacia Camila, hacia la forma en que sus labios se curvaban cuando planeaba sorprenderlo, hacia el calor de su piel cuando se apretaba contra él.

Mientras ajustaba el peso en la barra, un grupo de hombres entró, sus voces altas rompiendo la quietud. Mateo reconoció a uno de ellos: Luis, un tipo que frecuentaba el gimnasio y que tenía una risa que resonaba como un trueno. No eran exactamente amigos, pero la familiaridad era un alivio después de semanas encerrado con Camila, reconstruyendo su intimidad. Luis lo saludó con un choque de puños, presentándole a sus compañeros, Marco y Diego.

—Qué pasa, ¿cómo andas? —dijo Luis, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.

—Todo bien, solo dándole duro a la espalda y los brazos —respondió Mateo, señalando las mancuernas frente a él.

Los tres se rieron, pero la conversación pronto tomó un giro que hizo que Mateo frunciera el ceño. Marco, con la mirada fija en su teléfono, señaló hacia una esquina del gimnasio.

—Mira eso, ¡qué culo, hermano! —dijo, su voz cargada de una admiración cruda.

Diego soltó una carcajada. —¡Eso sí que es un espectáculo! Gracias a esos leggings, ¿no?

Mateo siguió sus miradas y vio a Lucía, una mujer que había cruzado un par de veces en el gimnasio. Su cabello negro caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos verdes brillaban con una mezcla de confianza y desafío. Estaba terminando una serie de sentadillas, su cuerpo moviéndose con una precisión que hablaba de fuerza y disciplina. Los leggings que llevaba abrazaban cada curva, dejando poco a la imaginación, y Mateo no pudo evitar notar la forma en que su piel brillaba bajo las luces fluorescentes.

Lucía, claramente consciente de las miradas, se quitó los audífonos y los enfrentó con una ceja arqueada. —¿Qué pasa? —preguntó, su tono firme pero con un dejo de diversión.

—Nada, solo sigue moviendo ese culo —respondió Luis, con una sonrisa que pretendía ser encantadora pero que resultó más bien grosera.

Lucía no se inmutó. —Claro, no sé qué me gusta más: levantar más peso que tú o hacer que tu ego se tambalee —replicó, provocando una risa de Marco y Diego. Luis se puso rojo, balbuceando una respuesta que no llegó a formarse.

Mateo, harto de la escena, intervino. —Oye, Luis, ¿por qué no te relajas? —dijo, su voz baja pero firme. El ambiente se tensó, pero Luis, sabiendo que no tenía el peso para enfrentarlo, retrocedió con un murmullo.

Ignorando las risas de Marco, que parecía pensar que Mateo estaba marcando territorio, este se acercó a Lucía. Ella estaba ajustando las pesas en su barra, su respiración aún agitada por el esfuerzo.

—Oye, disculpa a esos idiotas —dijo Mateo, apoyándose en una máquina cercana—. No todos aquí somos así.

Lucía lo miró, una sonrisa curvando sus labios. —¿Así que no estás en el club de los cavernícolas? Qué alivio.

Mateo se rio, sintiendo una chispa de conexión. —Definitivamente no. Aunque, debo decir, esa barra está cargada con más de lo que muchos aquí podrían manejar. ¿Cuánto es eso, 300 libras?

—Algo así —respondió ella, con un brillo de orgullo en los ojos—. Me gusta desafiarme.

Hablaron un poco más, la tensión del encuentro anterior disipándose. Lucía era directa, con un humor mordaz que le recordaba a Camila. Mientras charlaban, Mateo no pudo evitar notar cómo el sudor delineaba las curvas de su cuerpo, cómo sus movimientos eran un equilibrio perfecto entre fuerza y gracia. Pero su mente volvió a Camila, a la promesa de su noche juntos, y se despidió con una sonrisa, prometiendo cruzarse de nuevo en el gimnasio.

De vuelta en su auto que habían comprado para mantenerse discretos entre sus lujosos deportivos, Mateo sintió el calor del día mezclándose con el cosquilleo de la anticipación. Camila lo esperaba en casa, y la sola idea de sus manos explorando su cuerpo lo hacía acelerar. Pero también había un peso en su pecho, un eco de lo que habían vivido con su inquilino anterior, un hombre que había jugado con sus deseos y los había llevado a un lugar oscuro.

Cuando llegó a casa, Camila lo recibió con una sonrisa que prometía problemas deliciosos. Estaba en la cocina, con una camiseta ajustada que dejaba poco a la imaginación. —Adivina a quién vi en el gimnasio —dijo Mateo, acercándose para rozar su cintura.

—¿A Luis, ese pesado? —preguntó ella, girándose para mirarlo, sus ojos brillando con picardía.

—También, pero me refería a Lucía. ¿Te acuerdas de ella? —dijo, mientras sus dedos trazaban círculos lentos en la espalda de Camila.

—Oh, sí. Esa chica es puro fuego —respondió Camila, mordiéndose el labio—. ¿Crees que le gustaría unirse a nuestra aventura?

Mateo se rio, pero la sugerencia encendió algo en él. No era solo el morbo de la idea, sino la forma en que Camila lo miraba, como si estuviera dispuesta a cruzar cualquier línea por él. La besó, un beso profundo que sabía a promesas y peligro, y supo que la noche estaría llena de fuego. De pronto Camila tomo por la barbilla a Mateo

—Mi amor, ¿adivina quién está aquí? —susurró Camila, su voz un ronroneo que hizo que la piel de Mateo se erizara. Sus dedos trazaron un camino lento por su pecho, deteniéndose justo donde su corazón latía con fuerza.

—¿Luis, ese imbécil del gimnasio? —bromeó Mateo, atrapando su mano para besarle los nudillos, dejando que su lengua rozara su piel por un instante.

Camila soltó una risita, inclinándose hasta que sus labios estuvieron a un suspiro de los suyos. —No, tonto. Me refiero a Lucía. ¿No te pareció… deliciosa hoy? —Sus palabras eran un desafío, una invitación a un juego que ambos conocían demasiado bien.

Mateo sintió un calor subir por su columna. La imagen de Lucía, con sus leggings ajustados y su cuerpo brillando de sudor, volvió a su mente. —Es un huracán, sí —admitió, su voz más grave—. Pero tú sabes que solo tengo ojos para ti, mi reina.

—Oh, lo sé —respondió Camila, mordiéndose el labio inferior mientras deslizaba una mano por la cintura de Mateo, tirando de él hacia el interior—. Pero a veces me pregunto… ¿y si compartiéramos un poco de ese fuego? ¿Te imaginas?

La sugerencia era un relámpago, y aunque Mateo se rio, el pensamiento encendió algo primal en él. La besó con hambre, sus manos encontrando las curvas de su cuerpo bajo la seda, pero antes de que pudieran perderse en el momento, Camila se apartó, sus ojos brillando con un plan.

—Ven, tenemos visita —dijo, guiándolo hacia el interior.

En el salón, decorado con muebles de líneas modernas y una vista hacia la piscina que relucía bajo la luz de la luna, los esperaba Amanda, una amiga de confianza que había prometido ayudarlos a navegar las aguas turbulentas de su pasado. Amanda, con su cabello rubio recogido en un moño elegante y un vestido negro que abrazaba su figura, se levantó del sofá con una sonrisa que era a la vez cálida y astuta. Sus ojos azules, siempre penetrantes, parecían leer cada rincón de sus almas.

—Mateo, qué placer verte —dijo Amanda, acercándose para darle un abrazo que se prolongó un instante más de lo necesario, su cuerpo rozando el suyo con una intención sutil pero innegable—. Camila me contó que han tenido… emociones intensas últimamente.

Mateo sintió un nudo en el estómago, pero la presencia de Camila a su lado, con su mano apretando la suya, lo ancló. —Algo así —respondió, sentándose en un sillón mientras Camila tomaba el sofá a su lado, sus piernas cruzadas de una manera que hacía que la seda se deslizara, revelando un atisbo de piel.

Amanda se instaló frente a ellos, su postura profesional pero con un aire de complicidad. —No soy terapeuta, pero mis estudios en comportamiento humano me dan cierta… perspectiva —comenzó, su voz suave como el terciopelo—. Y creo que lo que vivieron con ese inquilino, digamos que los llevó a un juego peligroso. Pero también despertó algo, ¿verdad? Una chispa que no quieren apagar.

Camila se inclinó hacia adelante, sus labios curvados en una sonrisa traviesa. —Oh, Amanda, no tienes idea de cuánto ha ardido esa chispa —dijo, su tono cargado de insinuación—. Mateo y yo… digamos que hemos encontrado formas muy creativas de lidiar con el calor.

Mateo sintió su pulso acelerar. La forma en que Camila hablaba, con esa mezcla de descaro y seducción, era suficiente para volver loco a cualquiera. —Ella no miente —añadió, su mirada fija en su esposa—. Pero también hay cosas que… pesan. Queremos dejar eso atrás, ¿sabes?

Amanda asintió, cruzando las piernas con un movimiento que atrajo la atención de Mateo por un instante. —Entiendo. Y por eso estoy aquí. Quiero que hablemos de lo que pasó, de lo que los excita y lo que los hiere. Mateo, ¿cuándo sentiste que las cosas se torcieron? No hablo de deseo, sino de… traición.

Mateo tomó un sorbo de la copa de vino tinto que Camila había servido, el líquido cálido deslizándose por su garganta mientras buscaba las palabras. El recuerdo de su inquilino, un hombre al que ahora solo podía imaginar con desprecio, era una herida que aún sangraba. —Fue cuando volví de un viaje de trabajo —comenzó, su voz baja, cargada de una intensidad contenida—. Camila estaba… diferente. Más atrevida, más hambrienta. Al principio, me encantó. Pero luego supe que él la había empujado a cosas que nunca discutimos. Cosas que ella encontró calientes, pero que él usó para herirme. Confío en ella, siempre lo haré, pero él… él era veneno.

Camila se acercó, su mano deslizándose por el muslo de Mateo, sus uñas rozando la tela de sus jeans con una presión que era tanto consuelo como provocación. —Cariño, sabes que me equivoqué al dejar que me manipulara —susurró, su aliento cálido contra su oído—. Pero también sabes que cada noche, cuando te tengo dentro de mí, es solo tuyo el fuego que enciendo.

Las palabras de Camila eran un incendio, y Mateo tuvo que contenerse para no tomarla allí mismo, frente a Amanda. Ella, por su parte, observaba con una sonrisa que era a la vez clínica y cómplice. —Eso es lo que quiero explorar —dijo Amanda, inclinándose hacia adelante, su escote insinuándose bajo la tela de su vestido—. La línea entre el deseo y el dolor. Mateo, dime, ¿te excitó alguna vez la idea de Camila con otro? Sé honesto. Nadie aquí va a juzgarte.

La pregunta era un dardo, y Mateo sintió su cuerpo tensarse. Miró a Camila, cuyos ojos lo desafiaban a ser sincero, a desnudar su alma tanto como ella estaba dispuesta a desnudar su cuerpo. —Al principio, quizás —admitió, su voz ronca—. Había algo… prohibido, ¿sabes? Verla tan libre, tan salvaje. Pero cuando supe que él quería humillarme, todo se volvió tóxico. Se sintió como si me arrancaran algo.

Amanda asintió, sus dedos tamborileando suavemente en su rodilla. —Y tú, Camila, ¿qué sentiste cuando cruzaste esa línea? ¿Fue solo él, o había algo en ti que necesitaba salir?

Camila se recostó, dejando que la seda de su bata se abriera ligeramente, revelando la curva de su pecho. —Fue como despertar —confesó, su voz un susurro seductor—. Siempre he sido atrevida, pero él… desató algo que no sabía que tenía. Y ahora, con Mateo, cada vez que nos tocamos, es como si reclamáramos ese fuego para nosotros. Pero sé que lo herí, y haría cualquier cosa para sanarlo. —Sus ojos se encontraron con los de Mateo, y añadió, con un guiño—: Incluso si eso significa dejar que me castigues como quieras, mi amor.

Mateo sintió un calor recorrerlo, sus manos ansiosas por explorar cada centímetro de ella. Pero Amanda, siempre en control, levantó una mano. —Eso es un buen comienzo —dijo, su tono ahora más suave, casi hipnótico—. Pero necesitamos ir más profundo. Quiero que piensen en lo que quieren de ahora en adelante. ¿Es solo sanar, o hay algo más… algo que aún los tienta?

La habitación se llenó de un silencio cargado, roto solo por el leve crujir de la seda cuando Camila se movió, sus piernas rozando las de Mateo. La noche apenas comenzaba, y con Amanda guiándolos, Mateo y Camila sabían que estaban a punto de enfrentar no solo su pasado, sino los deseos que aún los consumían. El aire estaba cargado de una electricidad que parecía crepitar entre los tres: Mateo, Camila y Amanda, sentados en un triángulo de deseo y confesión. La copa de vino tinto en la mano de Mateo temblaba ligeramente, el líquido oscuro reflejando las sombras de sus pensamientos. Camila, recostada en el sofá, dejaba que la seda de su bata se deslizara, revelando la curva tentadora de su muslo. Amanda, con su vestido abrazando cada contorno de su cuerpo, observaba con ojos que parecían desnudar no solo sus cuerpos, sino sus almas.

La conversación había llegado a un punto crítico. Las heridas del pasado, infligidas por un inquilino manipulador que había jugado con sus deseos, estaban expuestas, palpitando como una herida abierta. Pero también había un fuego nuevo, uno que Mateo y Camila habían avivado en sus noches de pasión desenfrenada. Amanda, con su mezcla de profesionalismo y provocación, los guiaba hacia un terreno donde el dolor y el placer se entrelazaban.

—Mateo —dijo Amanda, su voz un susurro que parecía acariciar el aire—, has sido honesto sobre el dolor. Pero también hay deseo en tus palabras. Dime, ¿qué parte de lo que pasó te excitó? No mientas, no aquí. —Sus labios se curvaron en una sonrisa astuta, y sus dedos juguetearon con el borde de su copa, un gesto que era tanto casual como calculado.

Mateo sintió el calor subir por su cuello. La mirada de Camila, intensa y cargada de promesas, lo anclaba, pero también lo desafiaba. Tomó un sorbo de vino, dejando que el sabor cálido lo estabilizara. —Fue… la libertad de Camila —admitió, su voz grave, casi un gruñido—. Verla tan desinhibida, tan cruda. Era como si se hubiera quitado una máscara, y yo quería devorarla. Pero cuando supe que él la manipuló, que usó eso contra mí, todo se torció. Se volvió… sucio, pero no en el buen sentido.

Camila se inclinó hacia él, sus dedos rozando su rodilla, subiendo lentamente por su muslo. —Mi amor, sabes que cada vez que me entrego a ti, es porque quiero que me reclames —susurró, su aliento cálido contra su oído—. Ese imbécil pudo encender una chispa, pero tú eres el incendio que me consume. —Sus uñas se clavaron ligeramente en su piel, un recordatorio de su poder sobre él.

Amanda asintió, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y complicidad. —Y tú, Camila, ¿qué quieres ahora? ¿Sanar el pasado, o explorar más de ese fuego que encontraste? —Se recostó, dejando que su vestido se tensara contra su pecho, un movimiento que no pasó desapercibido.

Camila se mordió el labio, su mirada paseándose entre Mateo y Amanda. —Quiero las dos cosas —confesó, su voz un ronroneo que hizo que el pulso de Mateo se acelerara—. Quiero borrar el veneno que nos dejó, pero también quiero que Mateo y yo sigamos jugando. Que exploremos cada rincón de lo que somos. —Se giró hacia Mateo, sus ojos encendidos—. ¿Te imaginas, cariño? Nosotros, libres, sin nadie que nos manipule. Solo placer, solo nosotros… y tal vez alguien más, si tú lo deseas.

La sugerencia era un relámpago, y Mateo sintió su cuerpo responder antes que su mente. La imagen de Camila, su piel brillando de sudor, entrelazada con otra figura—quizás Lucía, con su fuerza y su atrevimiento—lo golpeó con una fuerza que lo dejó sin aliento. Pero también había miedo, un eco del pasado que lo hacía dudar.

Amanda, siempre atenta, captó la tensión. —Mateo, imagina esto —dijo, inclinándose hacia adelante, su escote insinuándose bajo la tela—. Si pudieras elegir, si todo fuera seguro, ¿querrías ver a Camila con alguien más? ¿O quizás participar? No hay juicio aquí, solo verdad.

Mateo tragó saliva, sus manos apretando la copa con fuerza. Miró a Camila, que lo observaba con una mezcla de deseo y vulnerabilidad. —No soy bisexual, maldita sea —dijo, con una risa nerviosa que rompió la tensión—. Pero… sí, hubo momentos en que la idea de compartirla, de verla tan libre, me volvía loco. Pero no con él. Nunca con alguien como él. Si fuera a pasar, tendría que ser con alguien que respetara lo que tenemos, alguien que no quisiera destruirnos.

Camila se acercó, sus labios rozando la mandíbula de Mateo, dejando un rastro de calor. —Oh, mi amor, sabes que solo quiero lo que nos haga arder juntos —susurró, su mano deslizándose bajo su camisa, acariciando la piel tensa de su abdomen—. Imagínate a Lucía aquí, con nosotros. Sus manos en mí, las tuyas en ella. ¿No te gustaría jugar con ese fuego?

Mateo dejó escapar un gemido bajo, incapaz de resistir la imagen que Camila pintaba. Amanda, con una sonrisa que era puro pecado, intervino. —Eso es lo que necesitamos explorar. No se trata de repetir el pasado, sino de reclamar su futuro. Pero primero, Mateo, una pregunta más. Si ese inquilino volviera, si Camila quisiera… ¿lo permitirías?

La pregunta fue un golpe, y Mateo sintió una furia visceral mezclarse con su deseo. —Si ese hijo de puta se atreviera a aparecer, lo destrozaría —dijo, su voz un rugido contenido—. No es solo por lo que hizo, sino por cómo la manipuló. Nunca más.

Camila, con lágrimas brillando en sus ojos, se acercó aún más, sus labios encontrando los de Mateo en un beso que era tanto disculpa como promesa. —Nunca, mi amor. Solo tú. Siempre tú —susurró contra su boca, sus manos enredándose en su cabello.

Amanda observó, su expresión suavizándose. —Eso es lo que necesitaba escuchar. Ahora, aquí está mi propuesta. Quiero que pasen la próxima semana hablando, no solo con palabras, sino con sus cuerpos. Exploren lo que los excita, lo que los asusta. Y si quieren incluir a alguien más, como Lucía, háganlo con reglas claras. Yo estaré aquí si necesitan una guía… o una cómplice. —Su guiño fue un destello de picardía que hizo que Camila riera.

La noche se deslizó hacia un terreno más ligero, las copas de vino vaciándose mientras las risas llenaban la sala. Amanda se despidió con un abrazo que dejó a Mateo con el aroma de su perfume en la piel, una promesa tácita de futuras conversaciones. Cuando la puerta se cerró, Mateo y Camila se quedaron solos, el silencio entre ellos vibrando con posibilidades.

Camila se levantó, dejando caer la bata al suelo, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz de la luna. —Ven aquí, mi rey —susurró, caminando hacia la piscina, sus caderas balanceándose con una invitación imposible de ignorar.

Mateo la siguió, despojándose de su ropa con una urgencia que hacía temblar sus manos. El agua de la piscina estaba tibia, un contraste delicioso con el aire fresco de la noche. Camila se sumergió, emergiendo con el cabello pegado a su piel, gotas deslizándose por sus pechos como joyas líquidas. Lo atrajo hacia ella, sus cuerpos chocando bajo el agua, sus bocas encontrándose en un beso que sabía a vino y deseo.

—Dime qué quieres, Mateo —susurró Camila, sus manos explorando su cuerpo, sus uñas trazando caminos que lo hacían jadear—. ¿Quieres tenerme solo para ti, o quieres que juguemos con alguien más? Sea lo que sea, estoy tuya.

Mateo la levantó, sus piernas envolviéndose alrededor de su cintura, el agua amplificando cada roce. —Te quiero a ti, siempre —gruñó, sus manos apretando sus caderas—. Pero si quieres a Lucía, si quieres que arda con nosotros… lo haremos.

Camila gimió, sus uñas clavándose en su espalda mientras se movían juntos, el agua salpicando a su alrededor. —Sí, mi amor. Nuestro fuego. Siempre nuestro —jadeó, sus palabras perdiéndose en un clímax que los dejó temblando, entrelazados bajo las estrellas.

A medida que la noche se desvanecía, Mateo y Camila se tumbaron junto a la piscina, sus cuerpos aún calientes, sus corazones más ligeros. Habían enfrentado el pasado, desnudado sus deseos, y encontrado un camino hacia adelante. La idea de Lucía, de Sofía, o de cualquier otra aventura, era ahora una posibilidad, no una amenaza. Con Amanda como guía, y su amor como ancla, sabían que podían sanar, explorar, y arder juntos, sin miedo a las llamas.

Continuara…

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