Una Vida Peculiar. Emputecimiento. Cap. IX
No es solo obediencia, es entrega total. Desde las calles bulliciosas hasta el silencio opresivo del maletero, cada paso la acerca más a perder cualquier resto de dignidad humana.
UNA VIDA PECULIAR. Emputecimiento.
Capítulo IX
Dejé los papeles con suavidad en la mesa y me bajé al suelo sentándome sobre mis talones con la cabeza gacha y las piernas ligeramente abiertas. Tenía los ojos vidriosos, habían sido demasiadas emociones en muy poco tiempo. Esperé órdenes sin atreverme a levantar la vista. Mi Ama cogió el contrato y lo guardó.
—Ahora presta atención porque no lo voy a repetir dos veces; vas a ir a la habitación y cogerás la ropa que te he puesto encima de la cama. La llevarás en la mano. Te vas al cajón de los accesorios y coges las pinzas y te las pones en los pezones. Tienes que ir acostumbrándote porque las vas a llevar seis horas al día. Después cogerás el plug de calle y lo mismo, al culo. Cuando hayas hecho todo, te vas a la puerta de casa y esperas a cuatro patas con tu ropa sobre la espalda y de cara a la puerta ¡Vamos! ¿A qué esperas?
Fui a la habitación. Encima de la cama había una blusa y una falda. Es la misma ropa que suelo llevar al trabajo, es la única que tengo. Me acerqué al cajón de la cómoda y la abrí para coger el plug y las pinzas. Primero me puse el tapón anal. Me escupí en la mano y me la restregué por el agujero del culo, metiendo un dedo para lubricar también por dentro, después me llevé el plug a la boca para ensalivarlo y me lo metí con mucha facilidad. Notaba, desde hacía ya unos días, el ano cada vez más dilatado. Dentro de poco me pondrán un plug más gordo, pensé.
Lo que me costó más fue ponerme las pinzas en las mamas. Me las había colocado en contadas ocasiones, solo cuando me castigaban. Con los dedos me masajee los pezones para endurecerlos, acto seguido abrí las presillas y las fui alojando en cada uno. A medida que se iban cerrando me iban produciendo unas laceraciones terribles, el mordisco fue desgarrador. Ya no me acordaba lo que sufría cada vez que me obligaban a ponérmelas debido a que suelo tener los pezones muy sensibles y la mordedura de la tenacilla, en cada uno, me producía un dolor de muerte. Una vez “preparada” para salir, me dirigí hacia la puerta a esperar. Me apretaban demasiado las pinzas, el dolor era arrebatador. No sé si iba a poder cumplir la obligación de tener que llevarlas seis horas diarias. Pasados unos minutos aparecieron mis Amos muy bien vestidos y perfumados.
—Muy bien perra. Muéstrame tus tetas para comprobar las pinzas —Me ordenó mi Amo cuando llegó a mi altura.
Mi Ama me cogió la ropa que tenía sobre mi espalda y yo me giré hacia él cogiéndome las tetas para ofrecérselas. Sólo tener que juntarlas me ocasionaba un suplicio tremendo. Las miró con signo de aprobación y dio un golpecito con el dedo a cada pezón provocando que el pellizco fuera mayor y me doliesen aún más.
—Mira que pezones más bonitos se te están quedando, muchas chicas te envidiarían. —Sonrió.
—Vamos al coche. A partir de ahora, cada vez que vayas al garaje, irás así, desnuda y a cuatro patas. Te montas en el coche y cuando lleguemos al destino, sea cual fuere, te bajas y te vistes, pero en el coche siempre desnuda. ¿Entendido?
Asentí con la cabeza, Pero interiormente me iba haciendo mil preguntas, ¿cómo iba a ir desnuda hasta el garaje? Vale, teníamos plaza propia en el parking del edificio, pero en el camino hasta el coche me podría ver algún vecino. ¿Y me tenía que vestir fuera del vehículo cuando llegásemos al destino, en plena calle? Además, me destrozaría las rodillas si abusaba de ir siempre a cuatro patas hasta el coche. El suelo del aparcamiento es más rugoso que el de casa. Estaba hecha un mar de dudas.
Me sacó de mis pensamientos la voz de mi Ama;
—Venga, vámonos ya, que se nos va a hacer tarde. Tú, puta, vas al lado de tu Amo a cuatro patas hasta el coche, una vez lleguemos, te esperas a que te abramos la puerta y después montas.
Abrieron la puerta de la calle y por suerte no había nadie en el rellano. Eran las cuatro y media de la tarde. Intentaba acelerar el paso para llegar cuanto antes al ascensor, pero mis Amos iban a su paso, da igual cuán rápido avanzase yo. El tiempo que tardó en llegar se me hizo eterno, con mucho miedo a que algún vecino abriera su puerta y me viera en esa guisa. Al fin llegó y gracias Dios iba vacio. Bajamos hasta el garaje. Llegamos al coche y me dirigí a la puerta de atrás para esperar a que la abriesen y poder montarme.
—No. ese no es tu sitio, puta. Las perras como tú van en el maletero. Sube. —Me dijo mi Amo abriéndolo. No me lo podía creer, iba a ir en el maletero del coche como un vulgar bulto.
No tuve ninguna opción. Por voluntad propia había perdido cualquier derecho a discutir y, mucho menos a protestar sus decisiones u órdenes, por lo que no me quedó otra que subir. Casi no entraba. Me indicaron que permaneciera a cuatro patas también allí. No tenía forma de agarrarme. En las curvas y en los baches podría golpearme en los laterales. Pensé asustada.
—Así estás perfecta. —Susurró mi Ama. —Este sitio es donde viajarás siempre. Tus días de conducir ya se terminaron. Al principio estarás incómoda pero ya verás como acabas cogiendo la postura.
Y sin más, cerró la compuerta. Me invadió la oscuridad y la claustrofobia, los espacios cerrados nunca me gustaron. Escuché las puertas delanteras cerrarse y el coche se puso en movimiento.
El viaje duró unos veinte minutos. En el trayecto me di unas cuantas veces contra las paredes del maletero debido a los frenazos y alguna curva cogida sin ninguna consideración hacia mí. Cada vez que pisábamos un bache salía rebotada con el consiguiente balanceo de mis tetas y éstas tiraban de las pinzas. Fue un viaje terrible.
Estaba muy agobiada y a punto de entrarme la ansiedad cuando el coche se paró. Sentí las puertas del coche cerrarse y abrirse la del maletero. Entró de repente muchísima luz. Tuve que entornar los ojos hasta que se acostumbraron a la claridad y fue cuando vislumbre que estábamos aparcados en una calle importante con bastante gente deambulando por los alrededores.
—¡Vamos puta! Quítate las pinzas y visteté rápido a no ser que quieras dar el espectáculo en la vía pública. —Me dijo mi Ama.
Me quité las pinzas con sumo cuidado. La sensación de dolor extremo llegó cuando la sangre pudo circular por los pezones nuevamente. Los froté un poco para ver si me aliviaba, pero el dolor seguía siendo muy lacerante. Los tenía, además, bastante inflamados.
—¡Vamos!, ¡Deja se sobarte las tetas y visteté de una vez!, éstas dando el espectáculo, puta. —Se impacientaba mi Amo.
Como pude, pero dentro del maletero, me puse la blusa. Tenía los pezones muy duros y sensibles. Solo el roce con la tela me producía escalofríos de dolor. Los tenía duros por lo que a través de la camisa se marcaban los pezones. Estaban muy sensibles. Pero, por otro lado, todo el roce que me producía se iba tornando poco a poco en excitación y mi coño empezó, de una manera alarmante, a emitir fluidos.
Me abroché los botones y subiendo el culo pude colocarme la falda. Toda mi ropa era una talla menos. La falda me llegaba a la mitad del muslo y, al ir sin bragas, tendría que tener mucho cuidado al agacharme pues, probablemente, se me vería todas mis intimidades. Cuando estaba bajando del maletero sin que ninguno de mis Amos me ayudara, me di cuenta de que iba descalza, se me había olvidado coger los zapatos.
—Permiso para hablar.
—¿Qué quieres, puta?- Di lo que sea rápido que vamos con prisa. Me dijo mi Ama.
—Perdón, pero se me han olvidado coger los zapatos.
—Además de puta eres estúpida. ¿No te diste cuenta que debajo de la cama, a la altura donde te dejé la ropa estaban los zapatos?
—Con las prisas me olvidé, Ama. —Estaba a punto de ponerme a llorar.
—¿A, si? Pues ya sabes lo que te toca, tendrás que ir descalza ¿No crees?
—Por favor Ama, no me haga esto. Daré el espectáculo por la calle. Todos me mirarán. —Lloraba desconsoladamente sobre todo por los nervios que me estaba causando esta situación.
—Pero crees de verdad que eso me importa, puta. Ese no es nuestro problema, eres tú la que te tienes que acordar de las cosas. Yo llevo mis zapatos, tu Amo también. Así que, si te dicen algo, te jodes. Por cierto, te ganaste el primer castigo del día, por estúpida y olvidadiza. —Sonrió malévolamente al decírmelo.
—Ya sé lo que vamos a hacer para que no te miren tanto los pies. —Exclamó mi Ama
Sin decir nada más, me arrancó dos botones de la blusa y me subió aún más la falda dejándola justo por debajo de las nalgas.
—Arreglado. Ahora no te mirarán los pies, lo harán en el culo y el escote. Ves que fácil. Vega, tenemos prisa.
Si me doblara lo más mínimo, se vería todo. Y por la parte de arriba, las tetas estaban prácticamente visibles para cualquier viandante que nos cruzáramos y más llevando los pezones como escarpias de duros.
—Irás unos pasos por detrás de nosotros. Si nos paramos, te paras más atrás. ¿Entendido?
Asentí totalmente humillada. Se pusieron a andar calle abajo. Les seguía tres pasos por detrás. La gente me miraba. Debía parecer una puta barata buscando clientes por la calle. Por otro lado, los pezones los tenía duros, marcándose sobre manera por debajo de la blusa y muy sensibles. Con el movimiento me rozaban en la tela lo que hacía que, a cada paso, me iba produciendo una ola de placer que me invadía por todo el cuerpo. Tenía el coño chorreando y, sin ninguna prenda interior que aguantase tanta humedad, ésta se iba resbalando por la cara interna de mis muslos. Por todo ello, opté por bajar la cabeza y mirar al suelo para no ver a la gente cuando se cruzaba conmigo.
Llegamos a un portal bastante grande y señorial. Se dirigieron al ascensor, yo iba detrás.
—Puta. Tú sube por las escaleras. Las perras no pueden entrar en el ascensor. Es el quinto piso. Y date prisa, no nos hagas esperar.
Me dieron con la puerta en las narices como se dice castizamente. Tuve que subir los peldaños de dos en dos. Mis pies descalzos sufrieron enormemente por la rapidez en que debía acometer los peldaños, además me estaba ocasionando un mayor bamboleo en mis tetas por lo que el roce de la tela con mis pezones era mucho más pronunciado y por ende mi excitación también era mayor. Me salía tanto fluido del coño que ya se empezaba a deslizarse por las piernas.
Llegué con la lengua afuera del esfuerzo y del placer inconsciente que me estaba proporcionando el mencionado roce. Estaban mis Amos esperando en el descansillo. Llamaron a una puerta con un cartel que ponía Notaria.
—Entra perra. Me ordenó mi Amo. —Vamos a hacer legal el documento que has firmado.- Me dijo mientras entrabamos.
—Buenas tardes. Somos Alex y María. Teníamos cita con el notario. —Se dirigía a la recepcionista.
—Sí. Ya me habló el notario de que estaban citados con él. En un momento les atenderá. Pueden sentarse en la sala de espera.
La secretaria, solo miró al suelo y vio mis pies descalzos y ya bastante manchados. No comentó nada ni me dirigió la palabra en ningún momento, solo puso una cara mitad extrañeza y mitad de asco.
—Muchas gracias señorita. —Contestó mi Amo.
Pasamos a la sala de espera. Había doce o trece butacas de las cuales estaban ocupadas más o menos la mitad de ellas. Mis Amos se sentaron en dos sillas. Yo no sabía qué hacer. Ante la duda permanecí de pie al lado de donde ellos estaban sentados. Alce la cabeza y vi como varias personas no hacía más que mirarme las pintas que llevaba. No sabía dónde meterme. La vergüenza era terrible, pues se trataba de una notaria y allí la gente iba muy bien vestida.
—Puedes sentarte. —dijo mi Ama refiriéndose a mí.
Tomé asiento a su lado e intenté cruzar las piernas para procurar que no se me viera el pubis. En ese momento, noté la mano de mi Amo sobre mi rodilla haciendo el gesto de que separara las piernas y no las cruzase. Enfrente se encontraban dos ejecutivos trajeados. Estaban hablando entre ellos.
En un momento dado, uno de ellos se dio cuenta de la “vista tan maravillosa” que tenía enfrente y, disimuladamente, se lo trasladó a su compañero. Desde ese momento dejaron de hablar y con bastante descaro se pusieron a mirar lo que “escondía” debajo de mi pequeña falda. Esta situación hizo que me pusiera roja como un tomate. Todo esto me superaba, estaba muerta de vergüenza y sin poder juntar las piernas.
Pasaron unos diez minutos que se me hicieron interminables con la sala totalmente en silencio y las miradas furtivas de los dos ejecutivos. Pero, increíblemente, aún con la vergüenza, mi coño no dejaba de manar fluidos, estaba cada vez más salida.
Al fin se presentó la secretaria y les indicó a mis Amos que la acompañaran. Se levantaron y la siguieron. Hice lo mismo, pero unos pasos por detrás, como tenía ordenado.
Nos hicieron pasar a una sala. Era una habitación espaciosa, con una estantería en la pared de la izquierda donde había libros de derecho y fotos. En el centro había una mesa de despacho de estilo castellano con dos sillas de confidentes por la parte de delante y por la contraria el típico sillón de ejecutivo. En la parte derecha de la sala se encontraba un mini bar con distintas botellas de licor y un sofá.
Al cabo de unos segundos de espera. Apareció el notario. Se acomodó en el sillón y dirigiéndose a mis Amos:
—Por favor, tomen asiento.
—Perdón por la espera. Tenemos una tarde muy complicada de trabajo, pero he podido hacerles un hueco.
Era una persona cincuentona, con una prominente barriga cervecera. Tenía el pelo canoso y desaliñado. Iba vestido con un traje oscuro bastante rasgadillo impropio de un notario, pensé. Pero lo que me llamó más la atención es que, incluso desde donde estábamos, a dos o tres metros, llegaba el olor que desprendía a destilería bastante desagradable.
Era del todo punto lógico que mis Amos no pudieran acudir a cualquier notario. Solo algunos, “notarios especiales” podrían prestarse a esto, de ahí las pintas del sujeto en cuestión. Pensé.
A mí todavía no me había dirigido la palabra y, al no haber más asientos disponibles, opté por quedarme detrás de mis Amos, de pie y con la cabeza baja.
—Muchas gracias por hacernos un hueco esta misma tarde. —Empezó a hablar mi Amo.
—Si. No se preocupe. Ya sabe que esta clase de contratos requiere, digamos, “un trato especial” —Dijo sarcásticamente. —Sí recuerdo bien, querían legalizar algunas cláusulas sobre un acuerdo de sumisión. ¿Es así?
—Así es. —Respondió mi Amo. —Esta mañana hemos rubricado el convenio. María, por favor entrégale el documento al señor notario.
Mi Ama sacó los papeles del bolso y se los entregó. El notario se puso las gafas y leyó por encima el escrito.
—Saben que este tipo de contratos no se pueden legalizar porque no son de acuerdo a derecho. Una persona, aunque sea voluntariamente, no puede esclavizarse a otra.
En ese momento vi el cielo abierto. Alguien con dos dedos de frente les iba a parar los pies a mis Amos. Pero inmediatamente después, la cruda realidad me volvió a dejar en mi sitio.
—Pero lo que si podemos hacer es legalizar, y yo como notario dar fe, a que su sumisa que, supongo es esa chica que les acompaña, autorice a que ustedes cuando lo crean conveniente puedan publicar, exhibir o enviar todos los documentos, audios y videos relativos a, digamos, la vida disoluta de su sumisa. Y poder seguir grabándola y editando los videos futuros. De esta manera ustedes se aseguran que la sumisa cumplirá todo lo que “voluntariamente” ha firmado, en caso contrario, ustedes podrán difundir todos ese material y los futuros que puedan grabarla sin que la sumisa pueda demandarlos porque ante notario autorizó expresamente la difusión de los mismos.
—Nos parece perfecto. —Contestaron al unísono mis Amos.
—Bien, pues solo nos queda la firma.
No me preguntó mi opinión. Estaba claro que aunque fuera notario estaba muy familiarizado con el mundo de la sumisión y el bondage. Solo hablaba con mis Amos y a solo ellos les pedía su autorización.
—Vamos perra, firma los papeles que te presenta el notario. —Me ordenó mi Ama.
Me entregaron un documento en el que autorizaba expresamente la difusión del material pornográfico que me habían grabado estos tres años y autorizaba también a que de por vida pudieran seguirme grabando y difundiéndolo. Esto todavía era peor que el contrato de sumisión porque, con esta autorización, podrían, cuando quisieran y, aún obedeciendo en todo, enviar todo ese material a mis contactos. No me quedaba otra que fiarme de ellos, de mis Amos y eso eran palabras mayores sobre todo mi hermana que me odiaba desde que éramos niñas.
Sin saber por qué, agarré con fuerza el bolígrafo que me pasaron y rubriqué, junto al notario, la autorización aludida.
—Ya hemos terminado con el asunto legal. En breve les enviaré por correo copia simple de esta Escritura. Ahora nos queda un “pequeño detalle” —Ahora sí que noté las miradas libidinosas del notario. —No es otro que el pago de “mis honorarios”.
—Por eso no se preocupe. ¿Cuál sería el pago? —Preguntó mi Amo.
—Se lo diré claramente. Por dinero no se preocupen. Sería más bien, digamos, un pequeño pago en especie. Una retribución justa sería poder usar a la sumisa.
No me lo podía creer. Todavía no estaba preparada para que me utilizaran personas diferentes a mis Amos. Pensé que no lo permitirían. Una cosa es que me trataran como una puta y otra bien distinta era ejercer como tal. Fue mi Amo el que habló:
—Me parece justo, pero con una condición. Puede follarla por la boca o por el culo. En eso no tenemos ningún problema. En el coño no. No por nada, es solo por una cuestión sanitaria. Queremos hacerla una revisión en algún veterinario o lugar parecido para asegurarnos que la perra no tenga alguna enfermedad de transmisión sexual, no quisiéramos que le pegara nada malo.
—Tú, puta. Desnúdate y ofrécete a este buen señor que ha conseguido hacer realidad “tu sueño de ser una sumisa”.
No daba crédito a la situación. Estaba muy equivocada si pensaba que mi Amo no iba a dejar que me follase cualquiera. El notario se levantó de la silla y se fue al mini bar a ponerse una copa de bourbon. Acto seguido se sentó cómodamente en el sofá.
Una bofetada en la cara por parte de mi Ama me sacó de mi atontamiento.
—Ya has escuchado a tu Amo puta, quítate ahora mismo la ropa y le pides a este señor que te folle.
Me llevé la mano a la mejilla. No tuve más remedio que reaccionar. Me quité la blusa y me bajé la falda. Dejé la ropa en el suelo y me acerqué a cuatro patas al notario. Iba meneando el culo mientras ponía cara de puta salida.
—Por favor señor. ¿Puede follar a esta perra sucia? Querría agradecerle que haga realidad mi sueño de convertirme en una sumisa. —Dije con la voz más sensual de la que fui capaz.
—Bueno, nosotros nos vamos para dejarle más intimidad. Espero que disfrute de la perra. Por cierto, no deje correrse a la puta lo tiene prohibido y tampoco la deje lavarse. Cuando acabe con ella que se vista y se vaya. —Le recordó mi Ama al notario.
—No se preocupe. No pensaba hacerlo. Aquí el único que goza soy yo. —Exclamó el notario.
—Puta. No quiero oír ninguna queja por parte de este señor. Como me entere de que no le dejas satisfecho te azotaré el culo hasta dejártelo en carne viva. Cuando termines te bajas al portal y nos espera allí.
Asentí, mientras me dirigía lo más sensual que podía al encuentro del notario.
—Ven aquí y prepárame la polla para tu culo. —Me ordenó mientras degustaba su copa.
Me acerqué y le desabroché los pantalones. En ese momento llegó a mi nariz un hedor insoportable. Me encontré con una polla tiesa en mis manos que apestaba a suciedad y a pis reseco. No era un pene muy largo, pero sí más grueso que el de mi Amo.
Me la llevé a la boca. A medida que me acercaba la fetidez que desprendía su vello púbico era alarmante, provocándome alguna arcada. El sabor era mucho peor que el olor. Chupé y lamí rápido para excitarle y que esta pesadilla terminara cuanto antes. Bajé a los cojones y el olor era todavía más nauseabundo. Iba intercalando mi lengua entre su rabo y los huevos. Empezó a suspirar cada vez más entrecortadamente. En ese momento incrementé el ritmo de la mamada, con la esperanza de que se corriera lo antes posible.
Pero estaba claro que no quería terminar con una simple felación. Cuando las primeras gotas del líquido preseminal empezaban a resbalarse por mi boca, me separó de su polla y agarrándome de las caderas me dio la vuelta.
—¡Anda! Pero si llevas un plug —Exclamó.
Me lo quitó de un tirón y me lo metió en la boca. Puso la punta de su polla en mi culo.
—Penétrate, puta.
Con lo cachonda que estaba no dudé ni un segundo y de un empujón me introduje esa polla hasta que sus pelotas rebotaron en mi coño dejándolas empapadas. No me resultó ningún problema, el ano cada vez lo tenía más dilatado. Lo que empezaba a preocuparme era la excitación que me provocaba cada vez que alguien me trataba como una puta.
Estuve penetrándome la polla del notario unos quince minutos y lo digo así puesto que el notario no hizo el mínimo esfuerzo por moverse y me tocó a mí dar los golpes de riñón, trabajándole un mete y saca explosivo. Pero el notario demostraba un aguante fuera de lo normal. Mi coño era una auténtica catarata y la excitación de la enculada se estaba convirtiendo en castigo al no poder correrme.
Llegó el momento esperado y sentí como su polla daba espasmos, síntoma de la inminente corrida. Al cabo de unos segundos, el notario me llenó con su leche todo el interior de mi recto. Yo seguía muy caliente.
—De rodillas y abre la boca. —Me ordenó el notario.
Obedecí de inmediato y un gran chorro de orina me escupió esa polla. Tuve que tragar a prisa toda la meada aunque algo se derramó en mi cara y cuello y algunas gotas llegaron a salpicar mis tetas. Después de follarme el culo y mearse en mi boca, me obligó a limpiarle el pene, acción que hice lo mejor que pude con la lengua. Una vez que quedó del todo satisfecho, me indicó que pusiera el culo en pompa y me introdujo de un empujón el plug hasta dentro.
—Si te preguntan tus Amos, le dices que llevas mi leche en tus entrañas por si quieren hacer algo con ella. —Concluyó el notario.
Mientras se estaba vistiendo, me tocó el coño con una de sus manos, introduciéndome posteriormente un par de dedos. Se dio cuenta de lo mojada que estaba.
—Siento que no te puedas correr. Pero ya sabes, las órdenes de tus Amos tienen que ser obedecidas. Visteté y ya te puedes ir. Y no te preocupes… No creo que lleguen a publicar nada—Se tocaba la barbilla como pensativo hasta que cambio de tercio. —Mejor si, preocúpate. Pero eso es bueno para una sumisa. Siempre obediente y siempre en guardia. —Cerró la puerta mientras tatareaba una canción.
Tenía el cuerpo pegajoso, olía a orín y el tapón anal guardaba celosamente las lefosidades del notario. Me vestí con la poca ropa que llevaba. Sin despedirme de la secretaria por vergüenza y por las pintas que llevaba abandoné la notaria.
Bajé por las escaleras. Está visto que mi mente empezaba a procesar mi nuevo rol y sabía que mi Amo me había prohibido coger el ascensor. Sentí la frialdad de las baldosas de mármol de las escaleras en mis pies desnudos.
Me hicieron esperar en el portal unos veinte minutos. Cada persona que entraba se me quedaba mirando como si fuera una prostituta de los arrabales. Las mujeres se agarraban el bolso y los hombres me miraban con cara de salidos.
—Qué tal, perra. ¿Te has divertido con el notario? —Supongo que sí, contestó ella misma. Apestas a semen y orina una barbaridad. —Se rió mi Ama.
Salieron del portal yo les seguía unos pasos por detrás. Iba con la cabeza agachada intentando no mirar a ninguno de los viandantes que nos cruzábamos por vergüenza.
Seguimos andando por todo el centro en busca de otro establecimiento hasta que se pararon en un veterinario.
—Creo que es aquí. —Comentó mi Amo. Llevaba un pequeño papel con una dirección anotada.
Entraron en el local y yo detrás. No entendía muy bien qué íbamos hacer en semejante lugar. Sé que para ellos era menos que una perra, pero de ahí a llevarme a un veterinario… Pensé que eran exageraciones de mi Amo.
Creía que el no autorizar al notario a follarme por el coño con el pretexto, según sus palabras, de que antes tenía que llevarme a un veterinario para que me hiciera un estudio y comprobar mi estado de salud y si tenía alguna enfermedad de Transmisión sexual, era algún tipo de excusa para no permitir que me follara el coño porque en los tres años que llevaba de sumisa solo me había follado él así que no creía que tuviera nada de eso.
—Buenos días. Estábamos buscando a la Sra. Gutiérrez.
—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarles?
—Vera, hemos hablado con usted esta mañana. Somos los Amos de esta perra —Señalándome a mí. —Creo que usted pertenece al círculo bondage y queríamos que se ocupe de ésta puta —Volvía a señalarme. —Necesitaríamos que le haga una revisión general de sus partes sexuales para descartar que tuviera alguna ETS. En caso contrario no podremos usarla a conciencia o dejar que la usen otras personas o animales sin estar seguro que no nos contagiará nada. Seguía hablando,
—Creo que después de la consulta, se dedica a estos… menesteres, con esta clase de perras. ¿Me equivoco?
—Por supuesto que no. Ha acudido al sitio correcto—Contestó la veterinaria. —Ya se lo expliqué por teléfono. Pero ahora no puedo atenderla. Esta clase, digamos, de trabajo, la realizo fuera de horas de consulta y los sábados. Si les parece bien. Mañana que es sábado puedo atenderla. ¿Les parece bien a eso de las once de la mañana?
No salía de mi asombro. Era verdad, me iba a tratar una veterinaria. Me entraron ganas de llorar de la pura impotencia que me estaba entrando pero conseguí evitarlo. Continuaba en un rincón sin abrir la boca para nada.
—Además nos preguntábamos Alex y yo si también hace otra clase de trabajos. —Preguntó mi Ama.
—Díganme. ¿Qué quieren que haga?
—Pues queríamos anillarla los pezones y los labios vaginales y quizás marcarla con algún tatuaje que indique a las claras su condición de esclava y sumisa.
—No hay problema. Se lo puedo hacer yo también. Entonces mañana les reservo una cita larga para que pueda hacer todo los encargos en la misma jornada.
—Muy bien. —Contesto mi Ama. A las once nos vemos.
—Por cierto. Mañana traigan a la perra aseada, por favor. Voy a trabajar en sus partes íntimas y no quisiera aguantar malos olores. ¡Que apesta a pis y semen!
—No se preocupe. Es que es una guarra y le gusta salir a la calle así. Pero mañana, se lo prometo, la traeré limpia.
Salimos del establecimiento. No dejaban de humillarme en todo lo que podían. Hablaban de mí como si fuera una perra de verdad. Y si estaba sucia, es porque me había follado y meado y el notario y, por indicación de mis Amos, no me había dejado lavarme. Además me iban anillar mis partes y me iban a tatuar. No sabía si iba a poder soportar semejante cambio, me volvían a saltar las lágrimas. La voz de mi Ama me sacó de mis cavilaciones.
—Es tu día de suerte. Pero mañana te taladrarán. Qué bien vas a quedar. Ahora nos vamos a casa, que aún tienes que hacer los ejercicios. Y tengo que ducharte que apestas a sexo y mierda. También imponerte un castigo. No creas que me he olvidado del tema de los zapatos.
Nos fuimos a por el coche. Continuaba aparcado en la misma calle principal donde lo dejamos y, en la misma puerta del maletero, me hicieron desnudar, sin importarles la gente que podía pasar andando por la acera, antes de meterme dentro. La ropa la tiraron dentro del cubículo. Me coloqué a cuatro patas. Sin ninguna consideración me puso las pinzas en los pezones. Con la mano me magreó el coño por encima y comprobó lo mojado que lo tenía.
—Hay que ver con qué facilidad te excitas cuando eres humillada y te obligan a hacer cosas que nunca te imaginaste qué harías. Al final ha sido un acierto que aceptaras vivir de esta forma. Eres mucho más feliz así, ¿no ves que ya vuelves a estar cachonda? —Se reía mientras me metía dos dedos dentro del coño.
Era verdad. El sentirme humillada de esa forma me excitaba sobremanera y mi coño se encharcaba. Cerró la puerta del maletero y se montaron en el coche. El trayecto a casa fue igual de insufrible que el de ida. Y las pinzas me mordían con autentica saña en mis castigados pezones.
Al fin el coche paró y apagó el motor. Estaba deseando que me sacasen. No me acostumbraba a la claustrofobia y la oscuridad. Escuché cerrarse las puertas y pasos alejarse. Seguía esperando impaciente a que abriesen el maletero, pero pasaban los minutos y nadie abría. ¿Se habían olvidado de mí? Empecé a llorar desconsolada. Tenía claustrofobia. Estaba cansada, dolorida y apestaba a mierda. No podía creer que me dejasen dentro del maletero del coche.
Continuará.
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