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Una Vida Peculiar. Los inicios Cap. VI

No es solo obediencia lo que le exigen; es exhibición. Desde el asiento trasero de un coche hasta el mostrador de una tienda, cada paso es una prueba de su degradación. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar para no defraudar a sus amos?

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UNA VIDA PECULIAR. Los inicios.

Capítulo VI

Viajamos en coche al Centro Comercial. Me senté en el asiento trasero. Mi hermana me engrilletó muñecas por detrás de la espalda. La excusa fue que no se fiaba que tuviera tentaciones de tocarme. No era lógico, mi Amo conducía y mi Ama iba en el asiento del copiloto podía vigilarme sin tener que recurrir a esos extremos pero el ansia por humillarme y maltratarme era cada vez mayor.

Iba bastante incómoda. Pero eso no fue todo. Una vez que salimos del garaje desde su asiento, alargó su mano y me desabrochó los tres botones que me quedaban anudados, abriéndose de par en par la blusa. Mis tetas salieron disparadas y quedaron a la vista de cualquier persona indiscreta que nos pudiéramos cruzar en el camino. No podía hacer nada para taparlas con las manos atadas. Me puse colorada de vergüenza y recé porque llegáramos lo antes posible.

—¡No me lo puedo creer! —Exclamó mi hermana mientras, con su mano hurgaba por debajo de mi falda y metía dos dedos dentro de mi vagina. —Estás chorreando.

Me folló con los dedos. Empecé a gemir. Era una excitación constante en la que me tenía desde hacía varios días y sin tener un solo orgasmo.

—Ni se te ocurra correrte, puta. No estropeas más tu situación con otro castigo. —Sacó los dedos y empezó a acariciarme el clítoris. No podía más, me iba a morir de placer y a la vez mi mente intentaba no llegar al clímax.

—Pero que puta eres, basta con tocarte un poquito para que te mojes a tope. Alex deberíamos castigarla también por guarra ¿Qué te parece?

—Lo que tú digas amor. Contestó mi Amo. Esta puta va a necesitar muchos palos antes de poder auto controlarse. Hasta que no lo consiga no podré follarla mucho.

—No te preocupes, en poco tiempo y a base de castigos, podrás hacer con ella lo que quieras. —Replicó mi hermana.

Yo ya no escuchaba nada. Cerré los ojos e intenté controlarme lo más que pude pues mi hermana seguía haciéndome un dedo y el placer que me recorría todo el cuerpo era indescriptible.

En un momento determinado, me dio una fuerte palmetada en el coño lo que me hizo salir del trance en el que me encontraba y metió los dedos dentro de mi boca para que procediera a lustrarlos.

—Ya hemos llegado, puta. Termina de limpiarme los dedos.

Me desataron y salimos del parking dirección a la zona de tiendas del Centro Comercial. Mientras subíamos las escaleras mecánicas, ellos un escalón por delante, no perdieron ninguna oportunidad para seguir avergonzándome;

—Súbete la falda puta. —Dijo mi Amo.

Vi que teníamos a un hombre detrás lo que hizo la situación aún más humillante y denigrante. No llevaba bragas y además tenía incrustado un tapón anal, iba a dar el espectáculo.

—Por favor Amo, no me haga esto, hay un señor detrás. —Le supliqué.

—¿No me has oído?, si no te has subido la falda antes de que lleguemos al final de las escaleras mecánicas, se sumará una nueva corrección a las que ya llevas acumuladas. Y son unas cuantas.

No quería más castigos y sabía que si me negaba me lo harían pagar caro, así que resignada, pero por algún motivo que ya me empezaba a preocupar, muy excitada y mojada, me subí la falda hasta la cintura intentando, inútilmente, que el hombre de detrás no se diera cuenta.

Cuando llegamos al piso de arriba, mi Ama me autorizó a que me bajara la falda. En ese momento miré para atrás y no solo el señor que subía detrás, sino también bastantes personas que deambulaban cerca de las escaleras, estaban haciéndome fotos con sus móviles. Me quise morir de vergüenza, pero inexplicablemente mi conejo seguía rezumando líquido como si de una fuente termal se tratara.

—Jajaja, la muy puta está súper mojada. —Se reía mi hermana mientras, con disimulo, me tocaba el coño por debajo de la faldita.

Los dos se echaron a reír mientras yo miraba al suelo sonrojada por la vergüenza.

—Vamos a aquella tienda de ropa. —Señaló mi Ama una que se encontraba muy cerca de donde estábamos. —Quiero que te portes bien en el comercio, si te comportas mal, te dejaremos en el centro comercial totalmente desnuda ¿entendido?

—Sí Ama, me portaré bien. —Contesté muy sumisamente.

Estaba aterrorizada pensando en qué otras humillaciones querían hacerme pasar. Pude ver que la tienda en cuestión había varias personas comprando pero no estaba muy llena. Cuando entramos en el establecimiento, se dirigió a nosotras un empleado:

—Bienvenidas, ¿puedo ayudarlas en algo?

—Sí. —Se apresuró a decir Mi Ama. —Te explico, mi hermana es una guarrilla y quiere ir con ropa de puta. ¿Qué tenéis para ella?

El dependiente se quedó un poco desconcertado ante tal pregunta, me puse roja como un tomate por la vergüenza de ser humillada de esta manera.

—Síganme, haber que encontramos, —respondió con un deje malévolo.

El dependiente empezó a mostrar a mis Amos diferentes prendas de ropa. Yo permanecía en un segundo plano. Les enseñó sobre todo faldas cortísimas, blusas muy apretadas y algún top escotado. También les sugirió un par de modelos de pantalón muy corto y pequeño, por detrás era como un tanga, por lo que se vería perfectamente gran parte de las nalgas.

—Este le quedará estupendo. —Coincidieron mis Amos.

—El problema es que sólo nos queda esta talla, y no sé si le quedará bien a su hermana.

—A ver, Alba, enséñale tu culito a este hombre para que nos diga si, en su opinión profesional, te quedaría bien el pantaloncito. —Me habló mi Ama.

Me quedé paralizada ante tal propuesta. El vendedor también parecía sorprendido, pero no dijo nada.

—Vamos, no tenemos todo el día, deja hacer su trabajo a este señor y enséñale el culo de una vez. —Aseveró mi Amo.

Miré a mi hermana con cara suplicante, esperando que solo fuera una broma, pero su semblante permanecía impertérrito y su rictus empezaba a endurecerse peligrosamente. Comprendí que no iba a poderme negar máxime cuando recordé lo que me dijeron antes de entrar en la tienda y el miedo me inundó sobremanera.

Roja como un tomate, me gire dándole la espalda y me subí la falda inclinándome ligeramente para que pudiera contemplarlo mejor. Estaba aterrorizada por que pudieran notar o ver lo mojadita que estaba, aunque no entendía ¿por qué la situación me excitaba si me estaban humillando?

—Si quiere puede tocarla para que compruebe con mayor exactitud si le quedará bien. A mi hermana no le importa, de hecho seguro que lo está deseando, ¿verdad guarrilla?

No me quedó otra que contestar lo que querían oír.

-Sí, por favor, tóqueme todo lo que quiera.

No tardé mucho en notar su mano en mis nalgas, rozándome la empuñadura del plug anal que llevaba, luego, disimuladamente paso los dedos por la rajita y fue bajando hasta que notó mi humedad.

—Aunque un poco apretado, creo que le entrará el pantalón, tiene buenas nalgas pero no son muy grandes. Quizás lo mejor sería que se lo probase antes, para asegurarnos. —Concluyó el vendedor.

Yo no sabía si podía bajarme ya la falda así que no me moví por miedo a que se enfadaran, y me quedé con el culo al aire mientras hablaban. La gente que estaba comprando poco a poco empezó a darse cuenta de la situación y muchos chicos disimuladamente iban donde estábamos para darse una buena ración de vista.

—Es una buena idea, veremos cómo le queda, seguramente le irá un poco pequeño pero eso es lo que va buscando la guarrilla de mi hermana. —Aseveró mi Ama.

—Ya has oído hermanita, a probarte el pantalón, y bájate la falda que parece que no quieras dejar de enseñar tu culito nunca.

Me tapé avergonzada y fui al probador. Los tres me siguieron hasta la cabina. Cuando fui a cerrar la cortina, el empleado lo prohibió:

—Lo siento. Está prohibido tocarse en los probadores, y viendo lo guarra que eres no puedo dejar que cierres la cortina, tengo que comprobar que no te masturbes.

No me lo podía creer, estaba segura de que el empleado sólo quería verme desnuda. Me quedé bloqueada unos segundos, no sabía qué hacer, miré a mis Amos con cara de súplica pero sólo me hicieron acelerar el paso:

—¡Empieza de una vez!, ya has oído al pobre hombre, suficiente es para él tener que estar aquí vigilándote para que no te toques, además deberías estar agradecida, antes parecía que te gustaba que te mirase y te dejaste tocar así que no te quejes y empieza a cambiarte.

Era increíble, fueron mis Amos quienes me obligaron a que me subiera la falda y me tocase, pero mi hermana siempre aprovechaba la ocasión para dar la vuelta a cualquier situación si con ello conseguía humillarme un poco más… Pero lo más curioso de todo ello es que cada vez estaba más cachonda y mojada.

Me quité la falda y procedí a ponerme el pantalón bajo la atenta mirada de los tres y, aunque me costó, para mi desgracia conseguí que entrara. Se me veía medio culo pero eso pareció agradar a mis Amos y, sobre todo al vendedor. Seguramente me harían llevar ese pantalón tanga al trabajo o por la calle. Luego me tuve que probar toda la demás ropa a cual más escandalosa, diferentes faldas, blusas y siempre mi hermana le pedía una talla menos de la que me correspondía y todo bajo la vigilancia del vendedor.

Cuando Mis Amos se dieron por satisfechos, procedieron a pagar toda la ropa escogida con mi tarjeta.

Al salir de la tienda, era ya la hora de comer así que buscaron un sitio donde poder almorzar.

Eligieron una hamburguesería. Mi hermana se sentó enfrente de mí y mi Amo a mi lado. El camarero vino enseguida a darnos la carta y sin apenas mirarla se pidieron una hamburguesa cada uno y para mí, sin preguntarme nada me pidieron una salchicha de Frankfurt con extra de kétchup y mostaza.

—Esta vez no te quejarás hermanita, vas a poder comer algo normal. —Se reía mientras lo decía.

Cuando el camarero se fue, noté el pie de mi Ama haciéndose paso entre mis muslos;

—Abre las piernas que quiero jugar contigo. —Me ordenó.

No tuve más remedio que obedecer. La planta de su pie comenzó a masajearme el contorno de la vagina. Sus dedos empezaron a juguetear en el clítoris. Empezó una masturbación impresionante, con lo salida que estaba solo me quedaba pasar por esta nueva prueba. Empecé a jadear lo más bajo que podía para intentar no llamar la atención a los demás comensales que se encontraban en las mesas contiguas. Cuando llevaba un rato masturbándome, trajeron la comida. No le importó que el camarero estuviera sirviéndonos, ella seguía con su pie dándole al tema y yo disimulando todo lo que podía. No sé si se llegó a dar cuenta pero por profesionalidad no dijo nada.

Una vez el camarero se fue, apartó su pie y le dijo a Mi Amo que le tocaba jugar conmigo, pero él prefirió dar órdenes;

—Sé que eres muy zorrita pero tienes prohibido correrte sin nuestro permiso, ya lo sabes, ¿entendido?

—Sí, ya me lo dejó muy claro esta mañana la Ama. —Dije entre suspiros.

—Veo que lo tienes muy claro, ahora que ya está el coñito bien lubricado, métete la salchicha en el conejo, bien dentro.

—Está con extra de kétchup y mostaza como se lo pidieron al camarero. —Intenté protestar levemente.

—Vaya, veo que no escarmientas. Otro castigo te has ganado. No vuelvas a cuestionar una orden de tus Amos. Si está la longaniza esa embadurnada de mostaza o lo que sea, tú obedeces. Ese agujero asqueroso que tienes se tragará todo aquello que digamos. Si te escuece, te aguantas, si se ensucia te jodes. ¿Queda claro, putita de mierda? —Su tono de voz era cada vez más autoritario. Confieso que me dio miedo de lo que sería los castigos si seguía negándome a obedecer.

Cogí por la punta el frankfur y me lo llevé con disimulo al coño, introduciéndolo despacio no fuera a partirse. Estaba tan salida que entró sin ningún problema.

—Mételo lo más adentro que puedas, que se hunda por completo en tu agujero. No tuve otra que obedecer. —Luego me hizo sacarlo y volverlo a meter repetidas veces. Así, ellos fueron comiendo mientras yo tenía que masturbarme, follándome con la mencionada longaniza.

Los flujos de mi coño se mezclaron con restos de mostaza y tomate que dificultaba bastante el mete saca al que me tenían sometida, pero incluso así, me encontraba a punto de correrme. Los jadeos, aun intentando suavizarlos todo lo que podía, empezaban a oírse con nitidez por el local y estoy segura que los de la mesa de al lado se quedaron con toda la copla pues no dejaban de mirar y cuchichear entre ellos.

El problema era la prohibición absoluta que tenía de correrme. Mi mente luchaba contra mi coño para evitar el orgasmo que sin duda estaba a punto de aparecer. Cuando terminaron la hamburguesa, me autorizaron a comerme la salchicha. Tenía hambre y aun con sabor a coño era lo más decente que podía llevarme a la boca en varios días, no lo dudé y en dos bocados me la comí.

—Vámonos a casa, que es tarde. —Se levantaron de la mesa y todavía me quedaba una humillación más en esa cafetería que no tardó mi hermana en hacerla realidad.

—Toma la tarjeta, ve a la barra y paga la comida. Nosotros esperaremos fuera.

Me di cuenta que tenia los muslos con manchas de kétchup y mostaza, además de pegajosos por mis propios flujos. La falda era tan corta que no me iba a disimular nada de esto y al estar en una mesa apartada tenía que pasar por todo el local hasta llegar a la barra y poder pagar. Se me saltaron las lágrimas de pura impotencia y con un hilillo de voz intenté, en vano, suplicar;

—Por favor. Tengo las piernas y la falda machadas de tomate y mostaza, me van a mirar todo el mundo.

—Y a mí qué me importa. Contestó secamente, para luego añadir, —Qué culpa tenemos de que seas una guarra en toda la extensión de la palabra y, además cualquier cosa con aspecto cilíndrico te lo metas en tu coño como una autentica fulana, que es lo que eres. Pues nada, a exhibirte que es lo que te pone, como bien haces todas las mañanas para secarte de la ducha.

No me lo podía creer, habían sido ellos quienes me pidieron la salchicha, quienes me obligaron a masturbarme con ella y mi hermana, además, quien me forzaba a salir todas las mañanas a la terraza desnuda con la excusa de secarme.

Pero era una lucha perdida de antemano si no quería agravar más la situación, debía obedecer. Me armé de todo el valor del que fui capaz y me dirigí a la barra del bar a pagar. Por el rabillo del ojo notaba como los comensales no hacían más que mirarme a medida que pasaba cerca de ellos por no contar la cara mezcla de asco y estupor que pusieron los empleados del bar, sobre todo el camarero que nos atendió que estaba segura vio como me follaba con la salchicha.

Pagué y sin mirar atrás abandoné el local lo más deprisa que pude. Les seguí hasta el coche que estaba en el aparcamiento del centro comercial. Durante el camino de bajada por las escaleras mecánicas me explicaron lo que tenían en mente;

—Como parece que no te ha quedado suficientemente claro que solo eres una puta, una fulana y a veces una perra y en todos los casos siempre obediente, te vamos a tener que enseñar, una vez más, cuál es tu nueva posición.

No sabía a qué exactamente se refería mi Amo con ese comentario, yo había obedecido y me había prestado a soportar todas y cada una de las humillaciones que me habían afligido, no sabía que más me iba a pasar.

Enseguida lo comprendería. Cuando llegamos al coche y antes de entrar empezó mi humillación.

—¡Desnúdate! —Ordenó mi Amo. —La próxima vez cuando te digamos cualquier cosa, obedecerás a la primera sin poner ninguna objeción.

Estábamos en mitad de un aparcamiento público con coches que entraba y salían. Pero no podía suplicar, me daría igual y mucho menos negarme porque las consecuencias podrían ser nefastas para mí. Miré al suelo y me quite la blusa y la falda.

—Todo, puta. —Exigió mi hermana.

Todavía me quedaban las deportivas. Me las quité igualmente. Ahora sí que estaba totalmente desnuda. Había personas que ya se iban dando cuenta. Alguna madre me gritaba que era una guarra y estaba dando un espectáculo nefasto para sus hijos que, dicho de antemano, no me quitaban ojo de encima.

—Y ahora como la perra que eres, ¡a cuatro patas, ya! Qué bastante espectáculo estás dando a todo el mundo —Gritó mi Amo.

Totalmente derrotada y llena de vergüenza me puse a cuatro patas. Pero lo que me extrañaba de una manera alarmante es que mi coño seguía totalmente húmedo y generando gran cantidad de fluidos, me encontraba otra vez al borde del orgasmo.

Mi hermana se puso detrás de mí y me incrustó más adentro el plug anal que llevada, el cual ya estaba bastante reseco por la cantidad de horas puesto. Al estar a cuatro patas pudo acariciarme la zona perineal y llegar al borde de mi vagina.

—Mira que eres guarra, estas súper mojada, tienes los muslos pegajosos de tanto zumo expulsa tu coño. Venga, sube al coche y no des más el espectáculo.

Estaba muerta de vergüenza, no se lo hice repetir dos veces. Me acomodé en los asientos de detrás.

El coche arrancó conducido por mi Amo. Mi hermana, desde el asiento del copiloto siguió con el castigo:

—Esta vez no te ataré las manos a la espalda como en el viaje de ida. Permanecerás desnuda durante todo el trayecto de vuelta y además, estarás todo el viaje masturbándote. Tienes que entrenar esa mente tan calenturienta que tienes. Pero mucho ojito con correrte porque te aseguro que si lo haces, la represalia que sufrirás no te gustará nada.

Me bloqueé durante unos segundos intentando procesar la orden. Tenía mi Ama la mente muy retorcida pues sabiendo lo caliente y salida que estaba, me obligaba a ir todo el camino masturbándome sin poderme correr.

—¡Vamos, empieza! —Comenzaba a impacientarse mi hermana

Me coloqué en el medio del asiento, abrí las piernas y con los dedos índice y corazón empecé a acariciar suavemente el clítoris. Comencé a jadear. Los conductores de los coches que nos cruzábamos, sobre todo en los semáforos, me veían perfectamente en pelotas y masturbándome. Alguno sacaba la cabeza para gritarme si necesitaba ayuda y yo sin parar de tocarme. Me estaba costando controlar el orgasmo porque mi hermana ajustó el retrovisor para poder controlarme y me hacía ir más rápido con mis dedos, si consideraba que había disminuido la velocidad. Tenía el clítoris como un garbanzo de duro y yo seguía frotando y frotando.

En unos diez o quince minutos, el vehículo se detuvo y los dos bajaron del coche. Yo no paraba de tocarme en ningún momento, no me habían ordenado que parara y tampoco les podía preguntar ya que últimamente, cada vez que decía algo, estropeaba más mi situación. No conocía la zona, estábamos parados en medio de un parque.

Mi Amo abrió el maletero de coche y sacó algo que no pude ver, bastante tenía con aguantarme el orgasmo, pero no tardaría mucho en descubrir que era pues, acto seguido, entró en la parte trasera del coche y me puso un collar de perro que ató a una correa.

—Vamos, deja de sobarte y sal del coche a cuatro patas perrita.

Ahora recordaba que tales accesorios también estaban en la caja de sorpresas que compraron mis Amos el primer día y que poco a poco, para mí desgracia, los iba probando.

Salí del coche a cuatro patas. Por suerte no había nadie en ese momento, serian más o menos las cuatro o cuatro y media de la tarde. Ambos se fueron caminando por el interior del parque haciéndome seguirlos por la correa. Al principio no entendía a donde nos dirigíamos, pero pronto lo comprendí y mis ojos se llenaron de terror. Me estaban sacando de paseo.

Por el camino nos cruzamos con un par de personas, que se quedaban mirando mientras mis amos hablaban tranquilamente y yo me moría de vergüenza. Tras unos minutos de deambular de un lado a otro. Llegamos a una especie de pipi can donde se detuvieron y me soltaron la correa del collar ordenándome que entrara en ese recinto. Menos mal que en ese momento se encontraba vacío de perros y dueños.

—Venga perrita, mea y volvemos.

Yo los miré de forma suplicante, mi hermana sacó el móvil y empezó a grabarme. Yo seguí mirándola con cara de súplica, esperando que no me hicieran hacer eso, pero solo conseguí que se enfadaran todavía más por mi tardanza en cumplir la orden.

Me introduje a cuatro patas dentro del recinto y escuché a mi Amo decirme que avanzara hasta la mitad más o menos, una vez llegué, su orden fue taxativa,

—¡Mea!

Me quedé un poco paralizada, no entendía bien la orden o quizás mi mente no quería procesar aquel mandato. El caso es que me quedé unos segundos paralizada.

—No me oyes, puta. He dicho que te pongas a mear, ¡ya! Y hazlo como la perra que eres.

Ahora la orden estaba suficientemente aclarada. Tenía que hacerlo a la vista de ellos y de cualquiera que pudiera pasar cerca. Cada vez más humillada, levanté un poco la pierna derecha como una perra y empecé a mear.

—¡Sube un poco más la pata, que acabarás salpicándote!. —Reían al unísono mis Amos por su ocurrencia.

El chorro fue grande, llevaba sin hacerlo desde la mañana y la verdad que tenía ganas. Cuando terminé me dirigí a la puerta del pipi can, donde estaban mis Amos.

—No seas guarra y límpiate. —Escuché decir a mi hermana.

Esperando que pudiera pasar el trance lo antes posible, me sequé con la mano y volvimos hacia el coche. Y hasta que llegamos a casa, me hicieron repetir lo mismo que en el trayecto anterior volví a darle a mi granito, excitada a tope pero haciendo malabarismos para no correrme.

Llegamos al garaje y mi Ama no me dejó vestirme, es más, me obligó a ir a cuatro patas, sucia y desnuda hasta la casa. Suerte que no había nadie.

En cuanto entramos, sin dejarme tan siquiera descansar un minuto;

—Hermanita tu principal obligación, no hagas que te lo recuerde como esta mañana.

Era verdad tenía que cambiarme el plug anal de calle por el de casa. Me dispuse a ir al cuarto de baño donde estaba guardado.

—Sabes que te digo. Tráete el plug de cola y los vamos a dejar en la entrada para que te los cambies inmediatamente llegues. ¡Vamos!, ¿a qué esperas?

No podía ir más deprisa, me dolían las rodillas un montón. El paseo por el parque y lo del pipi can me habían castigado tremendamente las articulaciones.

—Bien, putita quítate el de calle límpialo como te hemos enseñado y colócate el de la colita de perra.

No con poco esfuerzo, me puse de cuclillas y me quité el tapón de la joyita. Me lo metí en la boca y estuve chupándolo con fruición. Sabía algo fuerte pero no era ni mucho menos lo de la mañana, encima tenía que dar las gracias a mi hermana por la lavativa que me propinó en la ducha.

Cuando estuvo perfectamente brillante de mi saliva lo guardé en un cajón de la cómoda de la entrada y ensalivando un poco el plug de casa me lo metí suavemente. La verdad que cada vez me dolía menos, notaba el agujero del culo bastante dilatado.

—Ahora te vas a la cocina a prepararnos la cena, bastará con algo de fiambre y un café. Date prisa que después vienen las correcciones por tu conducta de hoy y te adelanto que serán duras. Tus desobediencias no pueden pasarse por alto. —Concluyó mi Amo.

—Y nada de picar a escondidas en la cocina. Con la salchicha ya tienes suficiente. Te estaré vigilando. —Gritaba mi hermana desde el salón.

Mientras les preparaba la cena estaba en un estado de nervios increíble. Aterrada por desconocer que me harían. De lo que si estaba segura es que hoy tampoco podría tener un orgasmo, ya me dijo mi Ama que el primer mes me olvidara de ello. El haber estado masturbándome en el coche no ayudó mucho. Mi coño seguía manando fluidos y eso todavía me hacia enloquecer mucho más.

Les serví la comida en dos bandejas y, mientras comían, me senté sobre mis talones a esperar.

—Puta, mientras cenamos métete por debajo de la mesa y chúpamela, ese será tu cena. —Me ordenó mi Amo.

Obedecí de inmediato. Siempre me gustó chupársela y siempre me excitaba muchísimo hacerlo cuando creía que era mi novio. Me deslicé por debajo de la mesa y le bajé suavemente los pantalones. Tenía el pene flácido. Lo descapullé con delicadeza y me lo metí en la boca. Mi lengua iba trabajando aquel glande que idolatraba hasta que se hizo grande en mi cavidad bucal.

—Sigue mamando. ¡No pares!

Mientras le hacia la felación, tenía muchas ganas de, con mi mano libre, meterla dentro de mi coño y masturbarme, pero sabía que lo tenía prohibido. Mi hermana vigilaba como un halcón. En un momento determinado, los músculos de mi Amo se tensaron y me preparé para recibir la corrida que no tardó en llegar. Me lo tragué todo y después continué chupándosela hasta dejarla brillante y limpia.

—Ya basta, puta. Recoge las bandejas, limpias los platos, y la cocina. Vuelve cuando termines.

Me levanté y recogí las bandejas e hice todo lo que me había ordenado. Acto seguido volví al salón y me senté frente a ellos en la posición de sumisa como debía hacerlo cada vez que no estuviera haciendo nada.

Mi Ama se acercó donde estaba sentada y me engrilletó las manos a la espalda. Con sus dedos empezó a pellizcarme los pezones hasta que éstos estuvieron endurecidos fue cuando se apartó y vi, con terror, a mi Amo con unos alicates en la mano con los que empezó a pellizcarme los pezones.

—¡Por favor Amo no me mutile, no volveré a cuestionar ninguna orden! —Gritaba sin parar pero mis lamentos no le impresionaron nada.

Es más, cuando los tenía bien aprisionados, tiraba con tal fuerza que creía que me los iba a arrancar. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Seguí gritando. Como respuesta a mis lamentos, recibí una fuerte bofetada de mi hermana ordenándome que de no callarme, me arrancaría mi Amo los pezones.

Cuando estaban completamente doloridos y aplastados como dos hojas de papel. Retiró los alicates y me puso las pinzas con los dientes de cocodrilo, luego con los dedos apretó esos artilugios con fuerza. Mis pezones se enrojecieron, parecían dos uvas pasas.

—Así me gustan tus tetas, con pezones de verdad. —Disfrutaba mi Amo contemplando la obra que acababa de realizar.

Mi hermana le dio dos pequeños plomos de esos de pesca que colocó en las arandelas que colgaban de cada pinza de un kilo en cada uno, que estiraban y deformaban mis pechos de forma antinatural, como si fueran de goma. Además de que por el lastre que tiraba de las pinzas, los dientes de la misma, se clavaban con más fuerza, si cabe, en mis doloridos ubres.

—¿Qué te parece, puta? ¿Te gustan las tetas que te estoy moldeando? Seguro que nunca has sufrido tanto dolor ni has disfrutado tanto. La próxima vez que se te olvide una norma o no cumplas de inmediato una orden te acordarás de este día. —Gritaba con el mayor sadismo que yo nunca le había visto. Para luego proseguir. — Cuando termine contigo tendrás unos pezones enormes. —Dijo estirando y balanceando las pesas.

Chillaba y chillaba de dolor. Parecía que mis tetas iban a romperse.

—Jamás volveré a desobedecer, pero por favor quítenme los pesos de las tetas.

—Te arrancaría los pezones para qué aprendieras de una vez por todas, pero entonces de que nos serviría una puta mutilada, te gustaría que me los quedara de recuerdo, ¿verdad, puerca? —Seguía moviendo las pesas para generarme más dolor.

—¿Tienes algo que objetar, guarra?

No sabía que contestar, el dolor lacerante de mis pezones no me dejaba espacio para el raciocinio. Opté por decir aquello qué querían escuchar o quizás lo expresaba según me guiaba mis sentimientos hacia él. El caso es que me escuché decir,

- Sí, Amo, mis tetas le pertenecen.

Pareció satisfecho con la respuesta, pero sabía que no me iba a servir de nada, para el siguiente castigo.

Me desataron las manos de la espalda y me colocaron en el filo de la mesa del comedor, me hicieron doblar el espinazo lo suficiente para poder atarme cada extremidad a una de las patas delanteras de la mencionada tabla. Quedaron mis pechos colgando en paralelo a la mesa.

Cada uno de los dos se hizo con un látigo y al unísono empezaron a azotarme. Decenas de latigazos golpearon con estrépito mi espalda que rápidamente se volvió de color rojo. Veía las caras de mis Amos resplandecientes de satisfacción mientras yo me contraía de dolor y mis pechos se balanceaban con las pesas colgadas en mis pezones, lo que incrementaba de forma inhumana mi sufrimiento.

Cuando mi espalda estuvo marcada a su gusto, pasaron a castigarme el culo y los muslos.

No sé cuántos azotes me dieron, pero debieron ser más de cien. Mi blanca piel se había vuelto rojiza y, en algunas zonas, incluso, se notaban algunos puntos de sangre pero, a pesar de todo el dolor, seguía mi coño manando fluidos constantemente.

Después, con una sonrisa sádica, mi Ama apuntó con una fusta a mis doloridos pechos. Me desmoroné e intenté suplicar compasión, pero no podía más que emitir gemidos. De mi boca caían enormes regueros de saliva, producto del terror, pero mi coño seguía chorreando.

Mi hermana empezó a castigar con crueldad mis tetas con la fusta. El primer golpe me lo asestó en el pezón izquierdo. El dolor fue muy intenso, cuando terminó el suplicio mis mamas parecían dos tomates a punto de reventar.

—Espero que esta corrección te sirva de algo. Aunque lo dudo, me estoy dando cuenta que te excitan los castigos y los necesitas para vivir. Menudo reguero de fluidos se resbalan por tus piernas. Eres incorregible. —Exclamó mi Ama.

—Si querías vivir en sumisión, tus deseos se cumplieron, pero tonterías las justas. Ya sabes lo que esperamos de ti y no es otra cosa que obedecer como la furcia que eres. ¿Entendido?

Mi piel no conservaba ni un centímetro de blancura, mis pechos colgaban deformados y de mis ojos no paraban de salir lágrimas. Levanté un poco la cabeza y pude ver sus caras de satisfacción.

—Atiné entre lamentos solo a decir; “En mis más íntimas fantasías sí que veía con buenos ojos vivir en sumisión. Pero esto es demasiado. Quisiera recuperar mi vida, al menos parte de ella, en la que pueda vivir siendo una sumisa pero también con la dignidad de cualquier persona”.

—Pero que te crees puta, ¿qué esto es como comer a la carta? —Interrumpió mi Ama. —Ahora quiero una cosa, ahora quiero lo contrario. No hermanita. Tienes el alma sumisa y eso no lo puedes evitar y si no explícame ¿por qué tienes el coño chorreando? —Mientras lo decía metió varios dedos dentro de mi vagina.

Seguía llorando porque en el fondo decía la verdad. Lo que me asustaban eran esas sesiones de castigo al que me infligían cada vez más duros, por lo demás creía haber encontrado mi sitio.

—No me castiguen tan duro, se lo suplico. Obedeceré. —Continuaba gimoteando como una niña pequeña.

—¿Por qué te crees que los castigos son tan duros? Porque de lo que se trata es de quebrar tu voluntad lo antes posible para que te des cuenta cuanto antes lo que eres desde que naciste y no es más que una puta sumisa sin albedrio. O no te acuerdas, de pequeñas cuando nos peleábamos siempre te dejabas azotar en el culo, ¿es mentira lo que digo? —Gritaba como una poseída, mientras yo permanecía llorando.

Entre lamentos no pude más que asentir con un movimiento leve de cabeza. No podía decir nada más.

—No te oigo, puta. —Gritó.

—Si Ama, logré balbucear entre lloros.

Se acercó mi Amo y me quitó sin ningún miramiento los pesos y las pinzas de mis pezones. Cuando la sangre volvió a manar por la zona aullé del dolor.

—Por hoy ya es suficiente. Estoy segura que lo que más desea mi hermanita es probar su nueva cama e irse a descansar y sobre todo meditar que hoy ha sido un día muy duro ¿verdad putita? —Se reía por la ocurrencia. —Además, mañana tienes que ir a trabajar que hoy has vagueado un poquito.

En ese momento me acordé de la jaula y volvió a venírseme el mundo encima.

Me llevaron a la habitación y antes de acceder al armazón, me ataron las manos a la espalda, para que no pudiera tocarme por la noche. La jaula estaba en la parte baja del armario, donde se ponían los zapatos. Tuve que ponerme de rodillas para poder penetrar ayudado por mi Amo. La espalda tuve que doblarla un poco hacia delante para que pudiera entrar la cabeza. Cuando ya estuve colocada cerró la puerta a mi espalda poniendo un candado.

—Bueno, perrita espero que descanses. Si te portas bien, quizás en unos días pueda ponerte un pequeño cojín debajo de las rodillas porque sufrirán, de eso no te quepa duda.

—Que buenas vistas hay desde la puerta del armario. —Le comentaba a mi Amo. —Mira, nada más abrir, aparece el culo de la puta con la cola de perrita. Espera, voy a comprobar una cosita. Metió su mano entre los barrotes y llegó al coño magreándomelo sin ninguna delicadeza. —Hay que ver lo mojada que estas. Hemos hecho bien en atarte las manos a la espalda seguro que te hubieras hecho un dedo por la noche. Bueno zorrita, que descanses.

Acto seguido cerró la puerta del armario quedándome totalmente a oscuras. Todavía les escuché durante un buen rato follar como monos hasta que el cansancio les ganó y quedó la habitación en un silencio profundo.

Ellos dormían a pierna suelta. Yo no sabía cuándo podría hacerlo. Me molestaban las rodillas, me tiraban los hombros por la posición en que tenía las manos atadas a la espalda y los pezones seguían doliéndome, los tenía muy sensibles por los castigos sufridos aquella tarde.

Y mañana a trabajar, suspiré. No sabía cómo podría rendir en la empresa pero era algo que ahora mismo no me preocupaba, mi inquietud principal era poder buscar una postura que me pudiera dejar pasar la noche de la mejor manera, aunque la jaula era tan pequeña que no tenía mucho margen de maniobra. Volvieron a aparecer las lágrimas en mi rostro pero lo más preocupante era mi coño, no dejaba de manar fluidos que ya empezaban a resbalarse por mis muslos internos. Mi hermana tenía razón, pensé. Soy una sumisa de manual.

Continuara.