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Larga batalla por una esposa. 30

Gastó miles de euros y cruzó fronteras ilegales solo para verla desde la distancia. Pero Beatriz siempre está un paso adelante, y él no puede dejar de seguirla, aunque el mundo entero se interponga.

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Larga batalla por una esposa. Capítulo 30

Al día siguiente estaba en el despacho del director de la mejor agencia de detectives privados en Madrid. Le abrevié el relato, para ceñirme a las sospechas sobre un desplazamiento, eventualmente no consentido, de Beatriz a República Dominicana, donde acaso pudiera estar retenida contra su voluntad. Me advirtieron que el asunto era delicado y que llevarlo a la policía no sería fácil y menos aún rápido. Me informó que ellos colaboraban con algunos colegas en aquel país caribeño, teniendo buenos contactos en el organigrama de las fuerzas de seguridad, de modo que con un poco de suerte podrían darnos toda la información que deseáramos. El inconveniente es que no era barato, debería adelantar 2.000 euros. No lo dudé ni un segundo. En una hora había sacado el dinero y lo entregaba. Me aseguraron que pronto tendríamos resultados.

Efectivamente, apenas en 48 horas me decían que Beatriz y Joana, junto con Luoise y Omar residían en Dajabon, una localidad prácticamente en la frontera con Haití. Posiblemente la pareja de color tenía allí raíces, y eran dueños de una villa y algunos negocios. Aunque era un lugar civilizado, no me aconsejaban acercarme sin contar con alguna seguridad adicional. Tampoco tuve ningún reparo y contraté, por medio de ellos, los servicios de una agencia internacional, verdaderamente un dispendio (5.000 euros). En tres días estaba volando desde Madrid al aeropuerto de Las Américas. Allí me estaba esperando un sujeto muy peculiar, por nombre Roberto. Resulta que era español, afincado allí desde hacía decenios, miembro de la “reserva policial” y antiguo mercenario en diversos lugares. Sobre la cincuentena, desde luego ya no estaba en forma, la camisa era incapaz de retener su abundante barriga y la corbata con un traje pasado de moda venía a reforzar una triste imagen de decadencia y hasta dejadez. Pero tenía muy bien amueblado el cerebro. Llevaba una especie de ayudante y chofer, un mulato descomunal, que por el contrario estaba claro era asiduo de gimnasios y, seguramente, ducho en artes marciales. Condujo el vehículo durante horas por diversas carreteras hasta que, ya de noche, me dejaron en un hotel afortunadamente digno, cuyo nombre “Super 8 by Wyndham Manzanillo” respondía perfectamente al estilo, pulcro pero anodino. Roberto me encareció que pasara lo más desapercibido posible y no saliera de aquel pequeño oasis. Al día siguiente vendría a recogerme para ir a la ciudad (que distaba unos 15 kilómetros), buscando la oportunidad de ver la casa donde vivía Beatriz. Otra cosa es que pudiera acercarme a ella. Si lo hacía, ellos me cubrirían de cualquier inconveniente.

Era muy temprano cuando me sonó el móvil. Era el español-dominicano para decirme que se acababa de enterar que mi ex-mujer y el resto del grupo se habían ido el día anterior a Fort Liberté, una ciudad cercana pero ya en la costa de Haití. Pasar la frontera no era recomendable, bajo ningún concepto. Lo más prudente sería aguardar que volvieran. Supuso un varapalo, aunque acostumbrado a tantos, lo asumí con bastante aplomo. Pasé las horas entre la piscina y la habitación, en el sopor del calor húmedo, y revisando los mensajes en el portátil, conectándome a la red por mi propio móvil. Pasaron los días, que se transformaron en semanas. Ciertamente Roberto venía todos los días a verme y se quedaba conmigo un buen rato, pero esa espera me estaba laminando. Cuando advirtió que mi paciencia se acababa, tuvo a bien asumir que haríamos una excursión hasta esa población haitiana, donde la seguridad brillaba por su ausencia, aunque no era de las peores en aquel país tan martirizado.

Salimos muy temprano, pasamos los trámites aduaneros a base de mordidas y nos encaminamos por una carretera de firme en un estado lamentable. Por el camino, Roberto me fue diciendo todo lo que había podido llegar a saber. Al parecer, un tal Peterson (enseguida caí en que ese nombre correspondía a uno de los que participantes en el último video) ejercía como proxeneta a uno y otro lado de la línea, y era primo de Omar. El grupo estaba en la mansión de ese personaje, que mantenía buenas relaciones con los jerifaltes de la provincia. Había podido contactar con una pandilla de jóvenes que imponían “su orden” en un barrio, y tras sobornarlos esos mismos serían los que nos darían cobertura. La coartada es que yo era un arqueólogo que deseaba ver las murallas levantadas en el siglo XVI por los españoles.

Todo fue bien, hice mi papel escudriñando los recovecos de bastiones, torres y almenas, tomando fotografías y simulando anotaciones. Cerca notaba la presencia de los chavales, oscuros como el carbón y llenos de curiosidad. Les costaba entender que alguien diera valor a esas piedras tan gastadas y caídas. Cuando se hizo de noche salimos del recinto y tomamos rumbo al Carrefour Chivru. En ese lugar estaba la finca donde Beatriz se alojaba, por decirlo de alguna manera. Nos detuvimos pasado ya más de un kilómetro de distancia, para volver andando, casi a tientas, con una luz muy tenue de linterna enfocando al suelo, solos Roberto y yo. Nos arrojamos a tierra justo en el cerco de la linde. Era un amplio espacio llano, con una casa en el centro, hangar o granero amén de garajes y otras dependencias para aperos. Podíamos ver las luces del interior y en el silencio absoluto del páramo, oír, sin entender, las conversaciones. Creo que hablaban en criollo y no pude distinguir la voz de Beatriz. Salieron al exterior no menos de 5 varones y algunas mujeres, aparentemente para tomar el fresco y la mayoría fumar un cigarro. El asunto es que allí había mucha gente y Roberto me recordó que una entrada “a las bravas” era inviable. Decidimos volver a Dajabón y preparar otra “operación”, ya por la mañana, donde acaso pudieran estar solas las mujeres, o con Omar únicamente.

Una vez más, surgieron complicaciones. La frontera se había cerrado a primera hora, por razones de seguridad, y ni con sobornos sería razonable intentar traspasarla. Vinieron más días de calma chicha, donde solo la lectura de algún libro mitigaba ligeramente el tedio y la incertidumbre. Cuando, por fin, apareció Roberto con algo, mis aspiraciones recibieron otro golpe formidable. Se acababa de enterar que Beatriz, Louise y Omar habían vuelto por barca hasta Pepillo Salcedo y ahora ya estaban en la capital, Santo Domingo, alojados en el Marriott. No perdimos ni un minuto, hice mi pequeña maleta y sin parar más que para echar gasolina nos encaminamos a ese establecimiento. Era madrugada cuando estaba solicitando alojamiento a un recepcionista adormilado, con el “detective” a mi espalda. Me dijo que me instalara y que en un rato me diría en qué habitación estaban los que buscábamos. Pasó una larga hora antes de que sonaran unos golpecitos en la puerta y al abrir viera el rostro rotundo y ajado de Roberto, que evidenciaba cierta inquietud. Me venía a decir que los tres habían salido esa misma tarde en vuelo directo a Paris… El hombre no sabía como consolarme, se sentía responsable, y no lo era en absoluto.

Todo había sido en vano. Cabizbajo y deprimido, tomé yo al día siguiente el que se dirigía a Madrid. Fue el vuelo más triste, tedioso y desagradable de mi vida. Bajé del avión, sin ganas literalmente de nada. Me sentía rehén de una quimera inalcanzable, a la que sin embrago tampoco era capaz de renunciar. Sin saber a ciencia cierta porqué.

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