El círculo. Cap.8 Hasta el cuello
Damián siempre ha controlado el juego, pero esta noche la lluvia y el sudor en el asiento del copiloto le recuerdan que no puede controlar todo. Cuando su esposa le cierra la puerta de la casa, no solo lo expulsa del hogar, sino que lo obliga a enfrentar el vacío que Abril ha llenado sin pedir permiso.
El Lexus de Damián avanzaba despacio por calles dormidas, bajo las luces anaranjadas que resbalaban en el pavimento mojado.. Llovía, pero apenas una llovizna constante, más sonora que molesta, como un susurro que arrullaba la noche. El mundo parecía respirar más lento.
Dentro del coche, el ambiente estaba espeso. Olor a coche nuevo, perfume, sudor y sexo. El eco del sexo flotaba aún. Massive Attack sonaba bajo (“Paradise Circus”), cada golpe de bajo vibrando en el pecho. La música no invadía, apenas flotaba, como si supiera que ya había algo más fuerte gobernando ese silencio.
Damián conducía sin decir una palabra. Su mandíbula permanecía tensa, aunque sus manos sobre el volante parecían tranquilas. Llevaba una camisa negra, desabotonada hasta el pecho, apenas metida en un pantalón oscuro que aún tenía arrugas de una prisa sin cuidado. La luz callejera le trazaba sombras en el rostro, acentuando la expresión dura, esa que no se le quitaba ni después del placer.
Abril iba en el asiento del copiloto, con las piernas cruzadas. Llevaba puesta una sudadera tipo hoddie suelta de algodón color vino, caída sobre los hombros, y unos leggings grises que se ajustaban a su cuerpo. El cabello suelto, algo húmedo, caía como una cortina desordenada sobre su espalda. Estaba relajada. Satisfecha. Pero había un brillo extraño en sus ojos, algo entre emoción y vértigo, como si el cuerpo ya se hubiese rendido pero la mente aún caminara por el filo de la experiencia. Miraba por la ventana, pero no parecía ver el exterior.
—¿Tu hermano ya te volvió a escribir? —preguntó de pronto, sin mover la mirada.
Damián tardó en responder.
—No. Supongo que sigue encabronado. —Hizo una pausa, breve pero densa—. Igual no sé si quiero que me escriba.
Abril asintió con un movimiento lento, casi imperceptible. Ya lo sabía. Conocía lo suficiente de la vida de Damián para no esperarse finales felices. Sabía de los hilos rotos, de los errores, de los silencios largos. Y no era eso lo que la alejaba. Al contrario. Le gustaba que él no intentara parecer perfecto. Le gustaba que llevara sus cicatrices como si fueran parte de su ropa.
—No tienes por qué arreglar todo —dijo ella en voz baja—. A veces es mejor dejar que las cosas se pudran solas.
Damián esbozó una sonrisa sin alegría.
—Qué visión tan romántica del perdón.
—No hablé de perdón —susurró—. Hablé de libertad.
Él la miró de reojo, sin responder. Solo volvió a fijar la vista en el camino y giró con calma hacia la siguiente calle.
Llegaron minutos después. La casa de la familia de abril parecía dormida. La esperaban, sin embargo, Abril observó aquel recinto como si lo viera con otros ojos, como si algo dentro de ella hubiera cambiado y ahora todo le devolviera una imagen distinta. Respiró hondo. Aquel lugar tenía la huella de su madre, de su infancia, de su familia, que horas antes parecía tan distinta a ella. Pero esa noche, con el cuerpo aún vibrando, con las marcas aún frescas en su piel, la casa le pareció menos ajena.
Antes de bajarse, se inclinó hacia Damián. Lo miró con una calma tensa, una ternura silenciosa que no necesitaba palabras. Y entonces lo besó. Suave. Lento. Sin pedir permiso. Como si el beso fuera algo inevitable, algo que no podía no ocurrir. Damián no se movió al principio, pero luego cerró los ojos y respondió.
El cristal se empañó por dentro.
Y afuera, la lluvia siguió cayendo, como un murmullo constante que lo envolvía todo.
Damián deslizó la mano con lentitud por la cintura de Abril, levantando la tela de su sudadera, sintiendo la tibieza de su piel. La yema de sus dedos trazó una curva invisible, tan suave que parecía una caricia fantasmal. Ella se estremeció ligeramente, no de frío, sino de ese agotamiento dulce que sigue a un clímax múltiple. El aire dentro del coche se sentía tenso, pero cálido.
Ambos estaban exhaustos. No solo por el sexo —que había sido brutal y tierno, como una tormenta domesticada—, sino por lo que se habían permitido decirse sin palabras.
Sonrieron al mismo tiempo. Ella con esa expresión traviesa que escondía el miedo detrás de la belleza. Él con una mueca cansada, casi derrotada, como si supiera que esa sonrisa lo estaba dinamitando por dentro.
—¿Vas a ir a tu casa con Isabella? —preguntó Abril, sin apartar la mirada.
La pregunta no era celosa. Era una verificación. Una forma de ubicarlo en el mundo real después de tanto temblor compartido.
Damián soltó un suspiro que se mezcló con la música que aún sonaba en el fondo —ahora era Portishead, “Roads”—. Asintió con un movimiento seco.
—Sí.
El tono le salió con una mezcla de hartazgo y resignación, como si cada letra le pesara. Abril no dijo nada. Solo tomó su mano y la besó con ternura, cerrando los ojos por un instante como si pudiera guardar ese gesto en un frasco.
—¿Y tu papá? —preguntó él después, sin soltarla.
—Voy a ir mañana temprano —respondió—. Le dan de alta en dos días. Está de malas, pero es buena señal. Cuando se queja es que se siente vivo.
Damián bajó la mirada hacia su muslo, y sin pensarlo, amasó su músculo, suave como si pudiera borrarle la angustia con la palma. La miró a los ojos, con una seriedad inesperada.
—No te preocupes por el dinero, nena.
Ella no respondió de inmediato. Lo miró largo, como quien contempla un abismo que empieza a parecerle familiar. Luego, asintió en silencio. No con gratitud, sino con una aceptación rota. Sabía que no había regalos limpios.
La conversación fue muriendo sola, como una vela que se consume sin prisa. Se miraron sin hablar, compartiendo el silencio como si fuese un idioma que sólo ellos entendían. No hubo promesas, ni despedidas dramáticas. Solo una pausa, como una oreja recién formada en un cuerpo nuevo. Algo sensible, húmedo, vulnerable.
—Te veo el lunes —dijo ella por fin, abriendo la puerta con delicadeza.
Damián no respondió. Solo la vio bajar, caminar con paso lento hacia la entrada de la casa, el sonido de sus tenis apenas audible entre la lluvia. El portón blanco se tragó su silueta. Pero su olor —a sexo, a jabón, a algo floral y turbio— seguía suspendido en el aire del coche, como un encantamiento que no sabía romperse.
Encendió un cigarro, lo encendió con una mano temblorosa y dejó que el humo se mezclara con el perfume que aún flotaba.
—Estás metido hasta el cuello, cabrón —murmuró para sí, con una sonrisa torcida.
Entonces, su celular vibró. Una notificación sin sonido, solo una luz azul.
Un mensaje del Círculo.
PRUEBA: VICIO Y CORRUPCIÓN. Seducir para obtener lo que deseas.
Damián se quedó mirando la pantalla unos segundos. Luego, la apagó.
Su rostro cambió. Se endureció como una máscara. El amante tierno se desvaneció en segundos. En su lugar, quedó el estratega. El depredador que sabía usar el placer como arma. Cerró los ojos por un instante y vio a Abril, sus ojos brillando después del castigo, su voz temblando al pedir más.
La prueba ya había comenzado. Y él… ya estaba dentro.
__
La casa olía a suavizante de lavanda y algo recalentado. Esa mezcla tibia de hogar sin alma. Damián cerró la puerta con cuidado, como si no quisiera despertarla, aunque sabía que estaba despierta. Siempre lo estaba cuando él llegaba tarde.
Las luces del pasillo estaban apagadas, pero el resplandor azul del televisor lo guiaba hacia la sala. Ahí estaba Isabella, recostada en un sillón gris, con una pierna doblada bajo la otra, en bata de satén color perla. La pantalla reflejaba una escena de hospital en tonos fríos. No la miraba del todo, pero tampoco parecía pensar en otra cosa.
—Ya llegué —murmuró él, como quien deja constancia de presencia, no como quien busca una bienvenida.
Isabella no apartó la vista del televisor de inmediato. Parpadeó una vez, lenta, y solo entonces giró el rostro hacia él. Sus rasgos eran finos, marcados por el cansancio. El cabello recogido de forma descuidada le dejaba ver la frente y unas ojeras tenues que no se molestó en cubrir. Tenía los labios sin pintar, y una arruga nueva en el entrecejo.
—Ya vi —contestó con voz neutra, pero con esa rigidez que se clava como una astilla—. ¿Sabes qué hora es?
Damián no respondió. Caminó hasta la cocina abierta y sacó hielo del congelador. El crujido al caer en el vaso fue la única interrupción. Luego sirvió whisky hasta la mitad, sin prisa. Tomó el primer trago de pie, mirando hacia el jardín trasero por la ventana.
Las luces del patio estaban apagadas. La silueta del columpio se balanceaba apenas, por el viento o la memoria.
—Es sábado —agregó Isabella, sin levantar la voz. No era reclamo, era rutina—. Pensé que ibas a llegar antes.
Damián no se giró. Su reflejo en el cristal parecía más real que su cuerpo. Su espalda ancha, la camisa arrugada, el vaso en la mano, la sombra en la mirada.
—Hubo cosas que hacer —dijo al fin, sin matices.
Isabella lo observó desde el sillón. Había algo en ella que no terminaba de explotar. Un picor interno. No era celos, no era rabia. Era ese malestar sordo de quien sabe que algo ya cambió, pero no quiere nombrarlo. Se ajustó la bata sin necesidad, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Claro —dijo apenas, bajando la vista.
La serie seguía. En la pantalla, alguien lloraba. Afuera, el viento. Adentro, silencio. Damián no se movía. Su whisky comenzaba a aguar el hielo. Y aunque estaba en casa, su cuerpo parecía seguir en otro lugar.
El clic seco del control remoto cortó de golpe la serie. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier diálogo. Isabella dejó el control sobre la mesa con un gesto contenido, como quien no lanza una copa por educación. Se levantó del sillón lentamente, estirando las piernas con ese aire cansado y elegante que tenía incluso en su hastío.
La bata de satén cayó justo hasta la mitad del muslo. Se notaba que debajo no llevaba sostén, los pezones marcaban apenas la tela, fríos o irritados. Caminó descalza sobre el mármol con pasos suaves pero tensos, como si cada uno fuera una declaración muda.
—Ya no me miras —soltó, sin rodeos. Su voz era baja, grave, domesticada por años de contención, pero con filo.
Damián seguía frente a la ventana, pero se giró apenas, apoyando el hombro contra el marco, el vaso a media asta. La miró con los ojos entrecerrados, no por el alcohol, sino por el fastidio.
—¿Y eso a qué viene?
—A lo que siempre viene. A que podrías ser un extraño que entra a esta casa y ni me daría cuenta. —Hizo una pausa, se cruzó de brazos, el satén se deslizó un poco más, dejando entrever su cadera delgada, su vientre plano, sus clavículas marcadas—. Ni cuando me desvisto. Ni siquiera eso.
Damián se acercó dos pasos, despacio. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Isabella con la misma precisión con la que un cirujano evalúa un cadáver. Sí, era hermosa. Lo había sido siempre. Tenía el tipo de belleza limpia, discreta, como de retrato familiar caro: piel beige sin marcas, cuello largo, senos grandes y firmes, piernas torneadas por el yoga. Pero era como mirar una estatua que alguna vez significó algo.
—Te desvistes igual desde hace años, Isabella —dijo al fin, con voz neutra.
Ella apretó la mandíbula. No era eso lo que quería oír. Dio otro paso, casi lo tocaba.
—No soy una costumbre, Damián. No voy a quedarme aquí como un florero solo porque a ti se te acabó la emoción.
—¿Y qué esperas? ¿Un aplauso cada vez que te quitas la bata? —espetó él, el tono ya endurecido, la mandíbula tensa.
—Espero respeto. Presencia. Deseo. Algo.
Damián soltó una risa seca, amarga.
—No confundas tu aburrimiento con mi falta de deseo. No me mires a mí como si fuera el villano de tu jaula de cristal.
—No me insultes.
—No lo hago. Pero tú tampoco eres una santa, Isabella. No desde hace mucho.
El silencio volvió como una ola. Ella tragó saliva, herida pero orgullosa.
—No voy a pelear. No ahora.
Damián tomó otro trago largo de whisky, la observó un segundo más y luego dio media vuelta.
—Entonces no lo hagas.
Y sin más, subió las escaleras con paso firme, cada peldaño marcado por el peso de su coraje. Isabella se quedó en la sala, los brazos cruzados, el rostro inmóvil, los ojos brillantes. Como si aún esperara que él regresara. Pero no lo hizo.
Solo el hielo en el vaso siguió derritiéndose.
__
El salón del Centro de Convenciones de Puebla era un rectángulo austero, de techos altísimos y lámparas que colgaban como cristales envenenados sobre las cabezas de los asistentes. El aire estaba saturado de perfume caro, sudor contenido y esa energía tensa que sólo surge cuando hay poder en juego. Las paredes estaban forradas con paneles de madera oscura, pulida como una fachada de funeral. Todo tenía ese olor a institucional, a alfombra vieja y café recalentado, a dinero disfrazado de civismo.
Una mesa larga ocupaba el frente, con micrófonos dispuestos como armas. Los nombres en tarjetas blancas parecían juicios sumarios. A los lados, decenas de sillas negras plegables formaban filas perfectas para los operadores, secretarios, enlaces, asistentes personales y traidores con corbata.
Damián estaba sentado hacia el centro, en una segunda fila privilegiada. Llevaba un traje azul noche entallado, la camisa blanca abierta un botón de más. Observaba con una mezcla de interés y placer enmascarado cómo se tejían las conversaciones en voz baja, los gestos de ceja, las risas falsas. Hasta hace un año, no habría soportado estar en un lugar así. Ahora le parecía cómodo. Interesante. Adictivo, incluso. Como meterse en una alberca de tiburones y saber nadar mejor que algunos.
En el estrado, la única que no miraba a nadie era Mireya Sosa, la mano derecha del gobernador. Su blazer era negro, su blusa beige impecable. Tenía los labios finos y secos, y los ojos como líneas de bisturí. Sentada al extremo derecho de la mesa, revisaba su tablet con un gesto impaciente, como si ya supiera que todo lo que se diría le sería útil solo para apuntalar su siguiente jugada. A su izquierda, un par de diputados locales se murmuraban entre sí como estudiantes con chuletas antes de un examen.
Y del otro lado del estrado, como si fuera la parte norte de un campo minado, estaba Teresa "Chikis" López. Su cabello rubio de salón brillaba bajo la luz con la arrogancia de los que ya no se esconden. Vestía un conjunto rojo carmesí que gritaba poder sin pedir permiso. Sonreía sin mostrar los dientes, y cada vez que alguien del ala del gobernador hablaba, ella anotaba algo en una libreta diminuta con una pluma estilográfica. Su sola presencia era una cuña, una espina, un obstáculo que el gobernador —y por ende Damián— no habían logrado arrancar. Y eso le ardía.
El murmullo del salón fue decayendo. Alguien pidió orden. Las pantallas detrás del estrado se iluminaron con la agenda de la asamblea: Definición de método para candidaturas 2025-2026. El juego estaba por empezar. O quizás ya había empezado. Solo que algunos aún no lo sabían.
Finalmente, tras más de dos horas de discursos disfrazados de propuestas y argumentos que olían a consigna, la mayoría se inclinó por la opción más predecible: encuestas. El método de las ilusiones democráticas. Lo vendieron como una herramienta transparente, pero todos sabían que era una carrera de sombras donde lo importante no era medir, sino controlar quién medía.
Teresa "Chikis" no levantó los brazos ni aplaudió como sus operadores. Solo sonrió, apenas. Una sonrisa que sabía a satisfacción lenta, medida. A su lado, dos hombres con rostros de cómplices bien pagados chocaron puños por debajo de la mesa. Uno de ellos le susurró algo al oído y ella asintió sin mirarlo. Tenía el control, aunque fuera por un instante.
Sus ojos se encontraron con los de Damián entre el murmullo triunfalista. No hubo coqueteo ni amenaza, solo reconocimiento. Como dos espadachines que se saludan antes de desenvainar. Él mantuvo la mirada, y luego la inclinó apenas, en un gesto ambiguo que podía leerse como cortesía… o provocación.
Mireya apareció a su lado como una ráfaga helada. Su perfume, seco y cítrico, lo golpeó antes que su voz.
—¿Estás contento? —le dijo sin preámbulos, sin molestarse en bajar el tono—. ¿Eso era lo que querías? ¿Una oposición fortalecida?
Damián no contestó de inmediato. Se giró hacia ella con esa sonrisa pequeña, asimétrica, que usaba cuando ya había previsto la jugada siguiente.
—Yo solo escuché al partido —respondió, dejando que la frase flotara entre ellos como un cuchillo—. Nadie quería imposiciones, Mireya. Tú misma lo dijiste la semana pasada.
Ella lo miró como si quisiera escupirle encima pero se contuviera por protocolo. Luego se alejó sin decir más, con la espalda rígida, mordiéndose las uñas por dentro.
Damián se quedó unos segundos observándola desaparecer entre los pasillos alfombrados, y después se dirigió con calma hacia Teresa. Se detuvo frente a ella justo cuando uno de sus operadores se apartaba, y le extendió la mano con una media sonrisa.
—Felicidades, presidenta municipal.
Ella lo miró, tomó su mano con firmeza.
—Aún no soy candidata —dijo, con voz neutra.
—Pero ya te sientes gobernadora —replicó él, sin soltarla.
Chikis curvó los labios, apenas. Su sonrisa no llegó a los ojos.
—¿Tú crees?
—No. Tú lo sabes —dijo él, y soltó su mano con suavidad.
Un segundo de silencio. La tensión entre ambos no era enemistad, era algo más crudo: respeto armado. Teresa dio un paso atrás, ajustándose el saco carmesí, y luego se perdió entre sus huestes.
Damián se quedó allí, viendo cómo la asamblea comenzaba a disolverse, como una ola de lava que se enfría. Sabía que ese día había perdido una batalla. Pero también sabía que la guerra apenas se estaba escribiendo.
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La reunión del Círculo se celebraba en una casa antigua de la colonia Juárez, una de esas propiedades escondidas tras portones negros, donde el poder se disfraza de elegancia discreta. A simple vista, parecía una galería privada: techos altos, muros de concreto pulido, arte contemporáneo distribuido con un gusto quirúrgico. Pero bastaba con poner un pie dentro para entender que ese lugar no era de exhibición: era de control. Un santuario de alianzas perversas y decisiones en voz baja.
La luz era tenue, cálida, calculada para halagar rostros y disfrazar intenciones. Sonaba un jazz lento, instrumental, que no distraía pero tampoco permitía el silencio total. Había copas de cristal fino, bandejas con bocados diseñados para no mancharse los dedos, y una sola regla implícita: nadie pregunta nada directamente.
Eran seis. Cinco hombres y una mujer, además de Damián. Él era el más joven, pero ya no el nuevo. Los demás se saludaban con familiaridad medida, como quienes comparten un secreto demasiado grande para nombrarse. Uno era un exgobernador que aún movía hilos. Otro, un empresario editorial que parecía inofensivo. Había un militar retirado con voz grave y ojos fríos, y un juez en activo con fama de incorruptible. La mujer, rubia y de acento argentino, decía poco pero observaba todo.
Y entonces entró Abril.
Irrumpió en la sala como una gota de vino tinto sobre lino blanco. Su vestido era negro, entallado, con un escote profundo que dejaba ver el nacimiento generoso de sus pechos. La tela apenas rozaba sus curvas, como si su cuerpo la empujara a cada paso. Llevaba el cabello recogido en un moño alto que le dejaba el cuello expuesto, vulnerable y desafiante. Sus tacones sonaban con precisión, como un metrónomo sensual.
No saludó a todos, solo a quien la miró directamente. Luego se acercó a Damián y se sentó a su lado con una naturalidad que gritaba pertenencia. Una mano sobre su muslo, la otra sosteniendo la copa que él le alcanzó sin mirarla. No dijo una palabra, pero su presencia alteró la temperatura de la sala. Como si alguien hubiera abierto la ventana y dejado entrar el peligro.
Damián la observó de reojo. Ella sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Los del Círculo también. Pero ninguno dijo nada. Era una noche para fingir que todo estaba bajo control.
El ambiente se había espesado, como si alguien hubiera llenado la sala con un humo invisible, denso y cálido. El aire olía a madera vieja, whisky añejo y perfume caro, pero también al sutil aroma empolvado que despedía Abril al moverse: gardenias, con un fondo almizclado que parecía más propio de una noche de hotel que de una cena formal.
Ella no hablaba. Solo cruzaba las piernas con lentitud felina, dejando al descubierto el muslo firme y torneado que escapaba del vestido negro. Había algo deliberadamente provocador en su silencio, en la manera en que su mirada iba de un hombre a otro, como si fuera la única que verdaderamente disfrutaba del espectáculo.
Lorenzo fue el primero en romper la quietud.
—San Pedro Cholula es clave —dijo, girando su copa—. Ya hablamos con la gente de Tonantzintla. Tehuacán está más enredado, pero no es ingobernable.
—¿Y Atlixco? —preguntó uno de los otros, casi como una distracción.
—Tenemos dos perfiles... y un chantaje —rió Lorenzo, sin humor—. Lo normal.
Damián permanecía callado. Se había recargado apenas hacia atrás, una mano sobre el reposabrazos, la otra sujetando la copa de whisky con ese gesto suyo, de no tener prisa por tragarlo. A su lado, Abril lo miraba de reojo, como si esperara algo. Sabía que ese no era su escenario favorito. Las negociaciones menores lo aburrían.
Un silencio flotó brevemente.
Fue entonces que Serrano habló, con la cadencia de quien sabe que su voz pesa.
—Nos la jugamos con Teresa —dijo sin preámbulos—. La tenemos casi amarrada. El gobernador es el único que falta.
Damián giró apenas la cabeza. Sus ojos fijos en Lorenzo, pero la voz dirigida a todos.
—Necesitamos una mujer, sí. Pero Teresa no representa al Círculo.
Pausa.
—Mireya sí —añadió, con un tono afilado—. Ella es la apuesta del gobernador, y a él se le debe esta. No nos arriesga. Nos refuerza.
El silencio que siguió fue más denso que el anterior. Abril sorbió de su copa y paseó la mirada por el rostro de cada uno, como si se divirtiera. Serrano se inclinó levemente hacia el centro de la mesa. Su rostro, siempre impecable, parecía de pronto endurecido.
—Con la encuesta, Teresa es casi invencible —dijo, sin titubear.
Damián sonrió, apenas. No era una sonrisa amable. Era la de un jugador que acaba de descubrir que el otro tiene las cartas marcadas.
—Con las encuestas, mañana puede aparecer cualquier indigente en primer lugar —dijo, irónico—. O Helena. ¿Te imaginas? Presidenta municipal de Puebla.
Abril se rio apenas, el sonido fue corto y suave, pero le bastó para llenar la habitación de incomodidad. Sus ojos verdes brillaban como esmeraldas empañadas, fascinada por el intercambio de poder.
Serrano se cruzó de brazos. Damián le sostuvo la mirada. Entre ellos no había palabras vacías, sólo la tensión de dos animales que se reconocen en el mismo terreno.
Y entonces, Lorenzo habló. Su tono fue suave, como quien no quiere mojarse pero ya tiene el paraguas listo.
—Ya se ha dicho suficiente —murmuró—. En estas mesas, la lucidez no es gritar más fuerte, sino saber cuándo callar.
Luego bebió de su copa sin mirar a nadie en particular.
El eco de sus palabras quedó flotando como una advertencia. Nadie replicó. Abril cruzó las piernas otra vez, y el roce de su piel contra la tela fue más estridente que cualquier frase. Damián giró la copa entre los dedos, y por un momento, el mundo pareció girar con ella.
Uno a uno, los miembros del Círculo se fueron retirando con frases medidas, despedidas elegantes, palmadas suaves en el hombro y miradas cómplices. Las decisiones no habían quedado firmadas, pero el aroma del acuerdo flotaba en el ambiente como el humo de los habanos aún encendidos. Era un cierre tenso pero satisfactorio. Todos sabían que habían conseguido algo, aunque ninguno lo pudiera nombrar del todo.
Serrano salió primero, sin mirar a Damián. Luego los demás. La sala quedó en penumbra, apenas iluminada por las lámparas tenues y el último fondo de whisky en las copas. Abril, impecable en su vestido negro entallado, se mantenía sentada, cruzada de piernas, una mano sobre el muslo de Damián, que aún giraba su vaso como si quedara una decisión más por tomar.
Lorenzo se quedó de pie, junto a la ventana abierta que daba al jardín interior de la casona. Encendió un cigarro. Lo hizo como todo lo que hacía: sin apuro, sin mostrar demasiado.
—Don Damián… —empezó, sin mirarlo—. ¿Estás seguro de Mireya?
Damián lo observó. Dio un trago corto, seco.
—Más que tú de Teresa —respondió.
Lorenzo sonrió con la boca, pero no con los ojos.
—Altamirano no se va a partir la madre por ella. Ya ni siquiera estoy tan seguro de que quiera pelear en serio por Puebla. Tal vez... tenga que ceder.
Una pausa.
—Tal vez... tú también.
Damián se levantó. Se acomodó el saco, como si esa sola acción fuera una forma de marcar su territorio.
—Pídeme dos semanas —dijo con calma—. Y voy a darte una certeza que ahora no tienes.
Lorenzo soltó una carcajada breve, pero sin alegría.
—Don Damián, los tiempos no se fuerzan. Se cabalgan. Si esta no es tu ola, espera la siguiente. Te puedes ahogar por querer llegar primero.
Miró entonces a Abril, como si apenas la viera por primera vez.
—¿Y tú qué piensas, mija?
Abril sonrió con encanto, ladeando un poco la cabeza. Su voz salió firme, dulce como una daga en terciopelo.
—Yo creo que Damián no empuja olas. Las crea.
Lorenzo la miró por un instante más, luego soltó una exhalación y dejó caer el cigarro en un cenicero de cristal.
—No quiero fallas —dijo al fin, bajando la voz—. Es el último plazo que tienen para hacerme decidir por ustedes.
Se quedaron un segundo en silencio. Abril se acercó y le dio un beso en la mejilla, ligero pero firme.
—Gracias por la confianza, don Lorenzo.
Él asintió sin más. Damián le tendió la mano. Un apretón breve. Sólido.
Salieron juntos, ella agarrada de su brazo, con ese paso fluido y seguro que los hacía ver como una pareja blindada por el poder. Ya en la calle, el aire fresco de la noche les abrió el pecho como si todo estuviera por empezar. Y de algún modo, así era.
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El hospital olía a desinfectante y café viejo, entre carritos rodando y voces bajas. Era jueves, una mañana húmeda en la Ciudad de México, y el sol apenas se colaba entre las nubes grises, lanzando una luz fría sobre la entrada del Hospital Español.
Abril estaba en el vestíbulo, apoyada en una de las columnas junto a la cafetería, con la mirada fija en su teléfono aunque no lo veía realmente. Llevaba un pantalón beige de corte recto y una blusa color marfil de lino suave que caía sobre su cuerpo como si lo conociera bien. El cuello en "V" apenas insinuaba su escote, más discreto que de costumbre, pero igual de inevitable. No se había maquillado mucho, pero su belleza seguía siendo evidente, casi más honesta sin artificios.
Cuando vio acercarse a Damián, su cuerpo se enderezó por instinto. Caminó hacia él sin pensar, como si fuera su centro de gravedad. Él, vestido con traje azul oscuro sin corbata, camisa blanca perfectamente planchada y lentes de sol, parecía no tener prisa, como si el tiempo mismo lo esperara.
—¿Cómo está tu papá? —preguntó Damián en cuanto estuvo frente a ella.
Abril suspiró.
—Mejor. Ya lo van a dar de alta. Pero quieren que liquidemos la cuenta hoy para poder llevarlo a casa. No me gusta que esté aquí más tiempo...
Damián metió la mano al saco, sacó un sobre de papel kraft y se lo tendió con una suavidad deliberada.
—Aquí está. Paga la factura. Llévatelo. Que esté en su casa, que esté tranquilo.
Ella lo miró, luego miró el sobre. No lo abrió. Solo lo sostuvo contra su pecho como si fuera algo más que dinero.
—No tenías que hacerlo, Damián...
—Sí tenía. —Su voz fue firme pero cálida—. Me necesitas. Y si tú me necesitas, yo estoy.
Abril bajó la mirada un segundo, lo suficiente para que sus ojos se humedecieran. No lloró, pero respiró hondo.
—Gracias... No sé cómo voy a devolverte todo esto.
Damián dio un paso más cerca. La tomó del mentón y la obligó a levantar la cara. La miró a los ojos.
—No me debes nada, Abril. Solo cuida a tu papá. Eso es todo.
Ella asintió despacio. Luego lo abrazó. Un abrazo corto, firme, casi ceremonioso. En medio del pasillo blanco del hospital, entre doctores que iban y venían, fue un gesto íntimo, de esos que pesan más por lo que no se dice.
Cuando se separaron, ella lo besó en la mejilla.
—Te llamo en cuanto lo saque. Te quiero, Damián.
—Lo sé.
La vio alejarse, caminar con el sobre aún en la mano. Damián esperó un momento, viendo cómo se perdía por el pasillo. Luego salió del hospital sin decir una palabra más.
La suburban negra lo esperaba frente a la entrada. El chofer le abrió la puerta trasera y Damián se dejó caer en el asiento con esa calma suya, como si el mundo siempre girara un poco más lento para él.
—A la oficina —dijo.
El chofer asintió y puso el vehículo en movimiento.
Mientras avanzaban por Ejército Nacional, Damián se quitó los lentes, apoyó un codo en la ventana y sonrió apenas. Ayudar a Abril le daba placer. Pero no era sólo eso. Era el poder de resolverle la vida a alguien. De tener a alguien como ella... así de hermosa, así de rendida, así de agradecida. Y lo sabía. No era amor puro. No del todo.
Pero tampoco le importaba.
__
Eran cerca de las siete de la noche, y la luz azul del crepúsculo empezaba a tragarse las formas del día. La suburban negra se estacionó frente a la casa de la familia de Abril, casi demasiado pulcra para esa zona de la ciudad.
Damián apagó el teléfono después de marcar.
—Voy por mi gafete. Abril lo tiene. Mañana salgo temprano —le dijo al chofer, que apenas asintió.
Del otro lado del teléfono, la voz de Abril fue ligera, cercana:
—Baja. Mi mamá te quiere saludar…
Damián resopló apenas, un gesto más teatral que real. La verdad es que no le molestaba. No del todo. A veces, cuando la escuchaba hablar de su madre, notaba un eco de sí misma en cada gesto que mencionaba. Y le intrigaba. Porque conocer a Abril —realmente conocerla— implicaba entender también de dónde venía.
Tocó el timbre. A los pocos segundos, la puerta se abrió.
Abril no llevaba más que un pantalón de mezclilla gastado, una camiseta blanca ajustada sin mangas y el cabello suelto, húmedo, como si recién hubiera salido de la regadera. Sus pies descalzos rozaban la cerámica de la entrada.
—Pasa —dijo, y la forma en que lo miró fue más cálida que las palabras.
Damián cruzó el umbral con esa mezcla de autoridad y respeto que reservaba para espacios íntimos que no eran suyos. La casa olía a comida reciente y a suavizante de telas. Sonidos suaves venían de la cocina. Cuando llegaron a la sala, la vio.
Sentada en un sillón beige, con un libro cerrado en la mano, estaba ella. Silvia, la madre de Abril.
Tenía el cabello castaño oscuro, con ondas suaves que le caían por los hombros como seda tibia. Su piel era clara, sin maquillaje visible, pero perfectamente cuidada. Vestía una blusa azul marino de manga tres cuartos y una falda recta, larga, elegante. Aunque sus curvas eran evidentes, todo en ella era comedido, sereno. Sus ojos verdes —idénticos a los de Abril— lo escanearon con una mezcla de cortesía y profundidad.
—Usted debe ser don Damián —dijo ella, poniéndose de pie con esa energía que no se desgasta con los años, solo se vuelve más precisa.
Damián extendió la mano. —Mucho gusto, señora. Perdón por la hora.
—No es tarde para los hombres importantes —respondió Silvia con una sonrisa suave, como si esas palabras vinieran de un lugar más íntimo que el protocolo.
Se saludaron, y ella lo hizo con ambas manos. No lo abrazó, pero lo tocó como si ya supiera quién era. Lo hizo sentir observado. Aceptado. Casi bendecido.
—Abril me cuenta cosas buenas de usted —añadió sin dobleces, con una naturalidad absoluta.
Damián asintió, sonriendo apenas. Abril, a su lado, se sonrojó con una sonrisa contenida y se alejó rumbo a su cuarto.
—¿Le ofrezco algo? ¿Un café, un agua? —insistió Silvia.
—Gracias, estoy bien. Solo pasé por un gafete. Mañana tengo asamblea nacional en Chihuahua —dijo, mirando de reojo el entorno—. Pero me alegra conocerla, al fin.
Silvia asintió. —Mi hija ha sido muy feliz estos días. Se le nota... más segura. Eso siempre se agradece, don Damián. Siempre.
No lo dijo con tono inquisidor. Ni maternal. Lo dijo como una mujer que conoce el poder cuando lo ve, y lo respeta.
En ese momento, Abril volvió con el gafete en la mano.
—Aquí está. Pero... ¿me llevas a la tienda? Dejé un pendiente ahí —dijo con naturalidad. Y añadió, mirando a su madre—: No tardo, ¿va?
Silvia la miró un segundo. Luego desvió la mirada hacia Damián. —Tú sabrás cuidarla, ¿verdad?
—Siempre —contestó Damián sin pensarlo.
Silvia sonrió. Caminó hacia Abril, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y le dijo al oído algo que Damián no alcanzó a escuchar.
Luego se volvió hacia él.
—No quiero problemas. En ningún frente —dijo con tono ligero, pero con un trasfondo claro.
—No los habrá —respondió él.
Abril besó a su madre en la mejilla. Silvia la sostuvo un segundo más de lo necesario. Luego les abrió la puerta.
Cuando salieron, la calle ya estaba casi vacía. Abril caminaba junto a él con esa energía contenida, entre el deseo y el juego. Damián sintió, por un segundo, que el mundo volvía a girar a su ritmo. Y la noche apenas empezaba.
En la banqueta, la brisa nocturna soplaba con una dulzura cansada. Los faroles lanzaban sombras largas sobre la acera, y la suburban negra esperaba con el motor encendido, vibrando bajo la luz amarillenta.
Damián se quedó parado junto a Abril, las manos metidas en los bolsillos de su saco, con ese gesto de hombre que ya vio pasar muchos días como este, pero que aún encuentra pequeñas sorpresas en los últimos minutos.
—Mañana va a estar pesado —dijo, mirando al frente, como si ensayara mentalmente la agenda—. Hay un par de cosas en la oficina que se quedaron pendientes, y ahora con la asamblea... todo junto, como siempre.
Abril lo miró. La luz le daba en la cara justo donde sus ojos verdes atrapaban reflejos ámbar, y sonrió con la seguridad de quien sabe que es deseada. Se acercó sin decir nada y lo abrazó por el torso, con los brazos fuertes alrededor de su cintura. Luego, con dulzura, le dio un beso lento en la mejilla. No uno casto, sino uno largo, tibio, que se quedó más tiempo del necesario.
—Gracias por lo del hospital... —susurró sin soltarlo—. Por todo. Por estar.
Damián asintió, sin moverse.
—Te ves hermosa cuando estás así, tan... agradecida —le dijo en voz baja, ladeando la cabeza para mirarla desde más cerca.
—Y tú... te ves cansado —le contestó Abril con una sonrisa maliciosa—. ¿Seguro que solo es el trabajo?
—No tenerte en la oficina también pesa —dijo él, y lo dijo en serio.
Ella se separó apenas, pero sin dejar de tocarlo. Su mano subió hasta su hombro, y ahí se quedó.
—Te voy a extrañar estos días. Con eso de que vas a estar rodeado de diputadas, asistentes, chihuahuenses con faldas entalladas y buenas intenciones —bromeó, pero en el fondo no era broma—. Ya sé cómo se ponen las cosas en esas asambleas…
—No va a ser igual sin ti —dijo Damián, mirándola con una expresión que se rompía entre lo serio y lo cómplice—. Me hubiera encantado que fueras.
—¿Y si te doy algo para que no me extrañes? —soltó de pronto, mirándolo directo, con una chispa traviesa en los ojos.
El silencio entre ellos se volvió denso, como una tela húmeda. Damián no respondió. No tuvo que hacerlo. La sonrisa que se dibujó en su rostro fue suficiente.
Abril caminó hacia la puerta de la suburban y la abrió. Antes de subir, volteó al chófer, un hombre discreto de lentes gruesos que ya estaba acostumbrado a guardar secretos.
—¿Nos puede llevar al hotel Presidente, por favor? —dijo sin pestañear.
El chófer asintió sin cambiar el gesto. Damián subió detrás de ella.
Cuando las puertas se cerraron y la suburban se puso en movimiento, lo único que se escuchaba dentro era el leve zumbido del motor… y la respiración contenida de un deseo que no necesitaba más palabras.
__
La habitación del hotel Presidente tenía esa penumbra acogedora que se cuela por las cortinas pesadas y filtra la luz de la ciudad en tonos dorados. Todo parecía estar en pausa. Como si el tiempo hubiera entendido que debía darles un respiro.
Damián empujó la puerta con la espalda mientras sostenía a Abril por la cintura. La habitación se cerró detrás de ellos con un leve clic, y fue como si el mundo entero dejara de importar. Él aún llevaba el saco puesto, la camisa blanca ligeramente abierta del cuello, sin corbata, el nudo aún marcado por la costumbre. Su traje azul ya arrugado en los bordes, como si el día se lo hubiera ido bebiendo en sorbos largos. Abril, por el contrario, parecía recién salida de una fantasía: esa camiseta blanca que se ajustaba a su cuerpo como una caricia más, los pantalones de mezclilla desgastados que dejaban ver la curva de sus caderas, la piel firme de su vientre, los tenis blancos que hacían más notorio el abismo de edad… y la conexión que había entre ellos.
Damián la besó con suavidad, sin apuro. Nada de ese control férreo al que tenía acostumbrados a todos, ni el cálculo frío de sus discursos. Solo un hombre con los ojos cerrados, besando a una mujer que lo hacía sentir menos solo. Ella le rodeó el cuello, y sus dedos jugaron con el cabello de la nuca, con las arrugas del saco, con su sombra. Rieron. Se miraron.
—Siempre hueles a oficina —le dijo ella en voz baja, mientras le quitaba el saco, colgándolo torpemente en el respaldo de una silla.
—Y tú… a casa —contestó él, sin pensar, como si se le hubiera escapado.
Abril se quedó quieta un segundo, mirándolo. Le acarició la cara con la yema de los dedos, bajando por su barba afeitada, por la línea del cuello. Damián se dejó hacer. Se dejó mirar.
—¿Estás bien? —preguntó ella, suave, como si no quisiera romper algo.
Damián no contestó. Solo asintió. Y luego la abrazó por la espalda, hundiendo la nariz en su cabello castaño, respirando lento. No era deseo lo que lo movía. Era necesidad. De contacto. De refugio. De un calor que no se compra ni se negocia.
Se fueron desvistiendo como quien desarma un ritual. Abril levantó los brazos y dejó que Damián le quitara la camiseta. Él se la pasó por la cabeza despacio, como si quitársela fuera un privilegio, no un paso previo al sexo. Y ella reía bajo, con los ojos entornados, mientras él le besaba los hombros, los brazos, los costados.
—Siempre haces eso… —susurró ella—. Me miras como si te sorprendiera que esté aquí.
—Es que todavía me sorprende —dijo él, serio, besándole el ombligo, la piel tibia que se escondía bajo el botón de su pantalón.
Ella lo ayudó a quitarse la camisa, desabrochando cada botón como si cada uno llevara consigo una promesa rota. Y Damián se dejó hacer. Se dejó mirar también. Vulnerable, sin ese escudo de poder que le colgaba siempre de los hombros.
Se sentaron en la orilla de la cama, los dos ya a medio vestir, con las risas encajando entre caricias. Abril lo miraba y le acariciaba los brazos, las piernas, hasta los pies. Como si ese fuera el lenguaje verdadero entre ellos. Sin palabras, sin acuerdos. Solo piel sobre piel, latido con latido.
Y en medio de esa calma, entre suspiros y silencios, se sintió algo parecido al amor. O al recuerdo de lo que alguna vez fue.
Y para Damián, ese recuerdo era suficiente para querer quedarse un poco más.
Damián no era el político calculador, ni el hombre que siempre tiene el control. Con ella se volvía distinto. Se deshacía en miradas, en detalles pequeños: la forma en que apartaba su cabello del rostro, cómo besaba la comisura de su boca con devoción, cómo le acariciaba la cintura como si ella fuera sagrada. Abril sentía cada gesto como una confirmación: él también estaba ahí porque quería.
Ella bajó la mirada apenas un segundo, coqueta, como si aún le sorprendiera que ese hombre —ese hombre tan deseado por muchas— se sintiera así de suyo. El pantalón de mezclilla se deslizó con torpeza entre risas, entre roces que hacían estallar los sentidos. Él se quitó la camiseta mientras Abril lo observaba, fascinada por sus movimientos, por sus hombros anchos, por la forma en que su rostro se suavizaba cuando estaba con ella.
Abril acariciaba su cuello, su pecho, se acercaba despacio a su oído y le susurraba cosas que no eran palabras, eran promesas no dichas, eran certezas que solo habitan en el silencio.
—No quiero que te vayas —dijo ella, bajito.
—Yo tampoco —respondió él, sin pensar. Era la verdad.
Se recostaron. Damián se tomó su tiempo. No había prisa. Abril lo miraba como si fuera el centro de su mundo. Acariciaba su rostro con los dedos, le tocaba la barba incipiente, le dibujaba sonrisas con la yema de los dedos. Y él le devolvía cada gesto con ternura.
Cuando finalmente él la penetró, sintió sus entrañas abrazar su pene delicadamente, fue como si todo encajara. No hubo una sola palabra, pero el lenguaje de las miradas lo dijo todo. Abril cerró los ojos, le envolvió la espalda con los brazos, y dejó escapar un suspiro que era amor, que era entrega, que era su forma de decir "aquí estoy, y siempre estaré".
Damián, por su parte, sintió cómo algo se quebraba dentro de él. No era dolor. Era la certeza dulce y amarga de saber que, en un mundo lleno de máscaras y juegos de poder, había alguien que lo amaba sin pedirle nada, sin exigirle nada. Solo por ser él.
Y en esa habitación —escondidos del ruido, del mundo, de las traiciones y las agendas—, se amaron a su manera. Como se aman los que saben que no se pertenecen, pero se eligen.
Los movimientos de Damián eran pausados, profundos, como si le costara separarse de ella incluso en ese vaivén inevitable. Abril arqueaba la espalda cada vez que lo sentía más dentro, como si quisiera abrirse por completo, como si pudiera entregarle más de lo que ya era suyo. Su cuerpo respondía como una flor que se abre al sol, y su mirada —esa mirada que siempre parecía contenerlo todo— lo miraba sin reservas, sin miedo, solo con amor.
Cuando Damián se detenía para verla un poco, ella sonreía, no con la boca, si no con un brillo mágico en los ojos, se extendía para besarle los labios y luego esperaba la siguiente embestida.
Damián se apoyó sobre sus antebrazos, acariciando su mejilla con la nariz, mientras sentía cómo Abril temblaba poco a poco, cómo sus piernas se enredaban en su espalda, cómo su voz se perdía en sus labios entre suspiros y murmullos que sólo él podía entender.
—Ya no puedo más... —dijo ella en un gemido casi risueño, pero lleno de dulzura.
Damián la miró y se sintió completamente vulnerable. No por lo que hacía con ella, sino por lo que sentía en ese instante, por la ternura con que Abril le tomaba el rostro entre las manos justo cuando su cuerpo entero se estremecía bajo él.
Y fue en ese momento, con los ojos abiertos, mirándola fijamente, que él también se dejó ir. No fue sólo físico. Fue como si algo más profundo lo atravesara, como si al vaciarse dentro de ella también estuviera entregándole algo que nunca le había dado a nadie más.
Ella sonrió, aún temblorosa, y le besó la frente con devoción.
—¿Ves? No era tan grave que vinieras por el gafete —bromeó, entre risas entrecortadas.
Él soltó una carcajada, bajita, mientras se dejaba caer suavemente sobre su cuerpo, aún dentro de ella.
—No tengo idea dónde lo dejaste... pero valió la pena.
Ella rió, le acarició el cabello, y luego ambos quedaron en silencio por un instante, con sus pechos subiendo y bajando al mismo ritmo.
El agua de la regadera caía tibia, relajante. Abril se sostenía del cuello de Damián mientras él le frotaba la espalda con lentitud, con ese tipo de cuidado que sólo se da cuando ya no se busca impresionar, sino estar.
—No me dejes de contestar mientras estás allá, ¿sí? —le dijo ella, apoyando la frente en su pecho.
—Te voy a extrañar... —contestó él sin titubeo, besándole la coronilla, acariciándole la cadera.
—Ya sé que te van a poner muchas tentaciones… pero al menos ahora llevas un recuerdo bien puesto.
—¿Sí? —preguntó él, con una ceja alzada.
—Claro —respondió Abril, con una sonrisa traviesa—. Mis uñas marcadas en tu espalda y mi olor en tu ropa. A ver quién te soporta así...
Damián se rio, bajó la cabeza y la besó, largo, lento, como si ese beso necesitara durar lo suficiente para sobrevivir a la distancia.
Se quedaron bajo el agua, en silencio. No existía nada más.
__
La cama estaba en silencio, pero no en paz.
Damián miraba el techo, con los brazos detrás de la cabeza, la luz de la calle colándose por las persianas, rebanando en líneas finas el techo blanco. A su lado, Isabella dormía de lado contrario, con la espalda descubierta, apenas cubierta por una sábana de lino que ella misma había traído de Europa. Él no podía dormir. Sentía la piel caliente, las sienes palpitando, el olor de Abril aún flotando en su nariz como un perfume que no quería que se borrara.
Sonó una notificación. El celular vibró suavemente sobre la mesa de noche.
Damián giró con disimulo. Lo tomó. No decía “Abril”, pero algo dentro de él brincó, deseándolo. Era un mensaje del grupo de WhatsApp de los asistentes a la asamblea. Un meme tonto, fuera de lugar. Resopló.
Se levantó sin hacer ruido, fue al baño. Cerró la puerta, apoyó las manos en el lavabo y se miró al espejo. Se veía cansado. Se veía distinto. Se preguntó si Abril lo vería distinto también.
—¿Estás esperando que te llame? —la voz de Isabella lo sacudió como una bofetada.
Damián volteó. Ella estaba en la puerta del baño, con la camiseta larga de dormir, la mirada más despierta de lo que debía estar a esa hora.
—No sé de qué hablas —dijo él, seco.
Isabella lo miró, como si ya supiera. Como si lo hubiera sabido desde hacía mucho.
—Te fuiste, Damián —dijo ella con un hilo de voz—. Y no cuando saliste de la cama. Te fuiste hace semanas… Quizá meses.
Él bajó la mirada, pero luego la levantó de golpe. La mandíbula tensa.
—¿Otra vez con tus dramatismos?
—No soy estúpida —espetó ella, la voz temblando—. No hace falta que lo digas. Siento el perfume en tu ropa, siento la distancia, y no es una más. No es como las otras, ¿verdad?
Damián se tensó, se dio la vuelta. No quería mirarla.
—Te estás inventando cosas…
—¡No, Damián! ¡No me estoy inventando nada! ¡Lo sé! —gritó, luego bajó la voz enseguida, como si se diera cuenta del riesgo—. Ya sé qué hay alguien. No sé cómo se llama. Pero cuando estás con ella… eres otro. Lo sé.
Él soltó una carcajada vacía, furiosa.
—¿Ahora vas a venir con que eres clarividente?
—No. Pero te conozco. Y hace mucho que no te sentías así por alguien.
Damián golpeó con fuerza el lavabo, haciendo vibrar los cepillos de dientes. Estaba rojo, alterado, y por un segundo, pareció otro hombre. Uno herido.
—¡Estoy harto de esta mierda! ¡Harto! —murmuró con la voz contenida pero vibrante—. ¡No puedes soportar que no te mire igual que antes! ¡No puedes con la idea de no ser el centro!
—¡No es eso! ¡Es que te estoy perdiendo y tú ni siquiera te das cuenta!
Isabella dio un paso hacia él. Estaba temblando. Las lágrimas le recorrían la cara pero no sollozaba. Parecía congelada por dentro.
—No soy estúpida —repitió, más bajo—. Y no puedo competir con alguien a quien sí le estás dando lo que a mí me quitaste.
Damián la miró, furioso, dolido, vulnerable. Como si sus palabras hubieran encajado justo donde dolía más.
—Entonces no compitas, Isabella. ¡Ya no compitas! —espetó—. Hazte a un lado.
El silencio fue brutal. Ella parpadeó, una vez. Lo miró con los ojos vidriosos. Se tragó el nudo de su garganta.
—Lárgate de esta casa, Damián.
Él la miró como si no hubiera entendido.
—¿Qué dijiste?
—Que te vayas —repitió ella, la voz baja, temblorosa—. No me importa a dónde. Pero no quiero que duermas aquí esta noche. Ni una más… si no sabes a quién perteneces.
Por un instante, solo se oyó el eco de sus respiraciones. Luego Damián se dio vuelta, furioso. Tomó su celular, sus llaves, su cartera. Ni siquiera se cambió. Salió del baño, cruzó el cuarto y salió sin decir una palabra más.
Isabella se quedó ahí, de pie, en la penumbra, sosteniéndose de la puerta. Se abrazó a sí misma, sintiendo el frío de una casa donde el amor había empezado a desaparecer hacía mucho, pero esta noche se había roto de verdad.
Temblaba.
Lo amaba.
Pero le tenía miedo.
Y no por lo que él pudiera hacerle, sino por lo que ya no era capaz de sentir por ella.
__
Damián cerró la puerta del coche con más fuerza de la necesaria. Se sentó, ajustó el asiento y apoyó la cabeza en el respaldo, soltando un suspiro largo, como si el aire de la casa lo hubiera estado ahogando y, por fin, pudiera respirar.
Encendió el Lexus. El ronroneo del motor fue suave, elegante, pero distante. No le emocionaba manejarlo. No esa noche. No con la mente hecha un nudo. Miró la hora: 1:54 a. m. Pensó en Abril. El impulso de marcarle lo recorrió como un calambre. Pero no. No podía ir con ella así. No era justo. Ni para ella ni para él.
Suspiró. Buscó un nombre entre sus contactos, apretó el botón de llamada.
—¿Qué carajos quieres? —respondió una voz ronca, medio dormida.
—No mames, Míriam. Apenas contestas y ya me insultaste.
—Porque sé que si me hablas a estas horas es porque la cagaste, y si la cagaste, es porque otra vez eres un imbécil emocional.
—Ok, sí. Merecido.
—¿Qué pasó ahora?
Damián tragó saliva. El volante bajo sus manos parecía más frío de lo normal.
—Me corrió Isabella.
—¿Isabella?
—Sí.
Hubo una pausa. Se escuchó un leve crujido, como si Míriam se acomodara en la cama.
—¿Y ahora?
—No tengo a dónde ir, cabrona. No quiero un hotel. No quiero pensar. Solo necesito... dormir. Respirar.
Míriam resopló.
—Ven. Aquí está la otra recámara. Te hago un té o te aviento un whisky, tú eliges.
—¿Pablo no se va a enojar?
—Jajaja. Pablo tiene seis semanas que se fue. Ni un “que te vaya bien”, el hijo de puta. Así que ven. Si quieres llorar, llora. Si quieres estar en silencio, lo respetamos. Pero no manejes como pinche loco, ¿eh?
Damián sonrió, cansado.
—Gracias, Míriam. Neta.
—Te espero, idiota. Aquí está tu cueva de emergencia.
Colgó.
Veintiséis minutos después, Damián estaba tocando la puerta de su departamento. Míriam abrió con una sudadera larga, el cabello desordenado y una expresión de ternura disfrazada de burla.
—Pareces perro regañado.
—¿Y tú siempre recibes a tus visitas en pijama de unicornio?
—Es mi uniforme oficial para rescatar imbéciles sentimentales.
Entró. El departamento olía a canela, incienso y libros viejos. Como siempre. Era cálido, acogedor. Seguro. Damián se dejó caer en el sofá.
Míriam le trajo un vaso de whisky, hielo incluido, y se sentó a su lado, piernas cruzadas.
—¿Te vas a quedar callado o me vas a contar la telenovela?
Él bebió un sorbo. Miró al techo. Luego la miró a ella.
—Es que, ya no es lo mismo con Isa. Pero no por lo que ella cree. No fue solo sexo, Míriam. Es algo más. Y eso… eso me está chingando.
Ella bajó la cabeza, como si ya lo hubiera sospechado.
—Abril, ¿verdad?
Damián no dijo nada, pero su expresión lo confirmó todo.
—Puta madre —murmuró Míriam—. Eres un cabrón, pero por primera vez, te veo enamorado. Y eso me da más miedo que cualquiera de tus putas.
Él rió. Se tapó la cara con las manos.
—No sé qué chingados hacer, Mir.
—Lo que siempre haces, pero con menos ego y más tripas. Quédate aquí esta noche. Duerme. Mañana vemos si sigues siendo un pendejo enamorado… o solo un pendejo.
Él asintió. Por fin. Cerró los ojos y dejó que el silencio lo envolviera. Míriam se quedó a su lado unos minutos más. No hablaron. No hacía falta. Sabían cómo sostenerse el alma sin usar las manos.
Y esa noche, Damián durmió en paz. Por primera vez en semanas.
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