Xtories

Descubriendo un nuevo mundo 6

La noche de bodas prometía ser sagrada, pero Frank duerme como un muerto y el deseo despierta con fuerza. Cuando la puerta se abre, no es la realidad la que entra, sino el secreto que ella creía enterrado. Esta vez, no hay un solo amante, sino dos, y la línea entre el deber y el placer se desvanece en la penumbra.

MariaGonzalez6K vistas8.3· 12 votos

Este relato es idea original y ha sido pedido por el subscriptor albusdonbuldor03

La habitación principal estaba sumida en una penumbra silenciosa, rota únicamente por los ronquidos suaves y rítmicos de Frank, que yacía desplomado sobre la cama king-size, su cuerpo hundido en el colchón como si el alcohol lo hubiera disuelto. Nadia permanecía de pie al borde del lecho, con el vestido de novia aún puesto, aunque ya no era la prenda impecable que había lucido al inicio del día. La tela blanca, una mezcla de encaje delicado y satén suave, estaba arrugada en los costados, con pequeñas manchas de sudor oscureciendo la zona bajo sus brazos y un leve desgarro en el dobladillo que había pasado desapercibido durante la recepción. Su cabello, antes recogido en un moño elegante, caía ahora en mechones desordenados alrededor de su rostro, algunos pegados a su piel por el calor y la humedad de la noche.

Miró a Frank con una mezcla de frustración y desconcierto. Su rostro, relajado en el sueño, seguía siendo el mismo que había amado durante años: las líneas suaves de su mandíbula, las cejas oscuras que enmarcaban unos ojos cerrados, la boca entreabierta dejando escapar un leve silbido con cada respiración. Esta era su noche de bodas, el momento que habían planeado con tanto esmero, guardando su intimidad como un pacto sagrado. Habían hablado de ello innumerables veces: cómo sería esa primera vez juntos, cómo sellarían su compromiso con un acto que habían reservado para este día exacto. Y ahora, él estaba ahí, inconsciente, incapaz de cumplir con el papel que ambos habían imaginado. La decepción se asentó en su pecho como una piedra fría y pesada, mientras sus dedos apretaban el borde del vestido, arrugándolo aún más entre sus manos temblorosas.

Se inclinó para quitarse los tacones blancos, dejando que cayeran al suelo con un sonido sordo contra la alfombra. El velo, una pieza ligera de tul bordado, lo desprendió de su cabello y lo dejó caer sobre una silla cercana, donde quedó como un espectro olvidado. Mientras se enderezaba, un pensamiento intrusivo cruzó su mente: las palabras de Mauricio antes de la ceremonia, susurradas con esa seguridad que siempre la desarmaba: “Quiero que cuando te cases esté yo dentro de ti”. El recuerdo la golpeó con fuerza, y un cosquilleo recorrió su piel al sentir el rastro aún húmedo de lo que había sucedido horas antes. El semen de Mauricio, espeso y cálido, se deslizaba lentamente por el interior de sus muslos, dejando un rastro pegajoso que manchaba la cara interna de sus piernas y se acumulaba en pequeños charcos translúcidos en la tela del vestido, justo donde el satén rozaba su piel. Era una prueba tangible de su traición, una marca que la había acompañado incluso mientras pronunciaba sus votos frente al altar.

Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos. Su corazón dio un vuelco, latiendo con una mezcla de miedo y anticipación. No necesitaba adivinar quién era; lo sabía con una certeza que le erizaba la piel. Con pasos silenciosos, casi instintivos, se acercó a la puerta y giró el pomo con dedos temblorosos. Al abrir, se encontró con los ojos oscuros de Mauricio, brillando bajo la luz tenue del pasillo como si fueran brasas a punto de encenderse. Vestía aún su traje de la boda, aunque la camisa estaba desabrochada en los primeros botones, dejando entrever el vello oscuro de su pecho, y la corbata colgaba suelta alrededor de su cuello como un trofeo despreocupado.

—Felicidades, señora de Frank —dijo con una sonrisa torcida, su voz grave resonando en el espacio cerrado. Había un filo de ironía en sus palabras, un desafío implícito que hizo que Nadia sintiera un nudo en el estómago.

No respondió de inmediato. Sus ojos lo recorrieron: la mandíbula marcada, la postura relajada pero dominante, la forma en que la miraba como si ya supiera todo lo que ella intentaba ocultar. Había bebido lo suficiente durante la recepción para sentirse relajada, con las mejillas sonrojadas y una ligereza en sus movimientos, pero no tanto como para perder el sentido. Y sin embargo, ahí estaba, permitiendo que Mauricio entrara en la suite sin una palabra de protesta. Cerró la puerta tras él con un clic que resonó como un martillo en su cabeza, sellando el momento.

—No deberías estar aquí —murmuró, su voz apenas un susurro, aunque sabía que esas palabras eran vacías, un eco de lo que debería sentir en lugar de lo que realmente sentía.

—¿No? —respondió él, dando un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Creo que los dos sabemos que esta es la verdadera fiesta.

Antes de que Nadia pudiera replicar, Mauricio la tomó de la cintura con ambas manos, sus dedos hundiéndose en la tela del vestido con una fuerza que arrugó aún más el satén. La atrajo hacia sí con una seguridad arrolladora, y sus labios se encontraron en un beso urgente, casi desesperado. No había suavidad en él, solo hambre, un deseo crudo que la hizo jadear contra su boca. Sus manos se aferraron a los hombros de Mauricio, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la chaqueta, mientras el vestido blanco se arrugaba bajo su agarre, el encaje crujiendo levemente con cada movimiento. El sabor del whisky en su aliento se mezcló con el dulzor del champagne que aún persistía en el de ella, creando una combinación embriagadora que nubló sus sentidos.

—Te traje un regalo —susurró Mauricio contra su oído, su aliento cálido rozando la piel sensible de su cuello y enviando un escalofrío por su columna—. Pero no estamos solos.

Nadia frunció el ceño, confundida, hasta que la puerta se abrió de nuevo con un chirrido suave. Un hombre entró en la habitación, más alto que Mauricio, con una complexión más robusta y hombros anchos que llenaban el marco de la puerta. Su cabello era igual de oscuro, aunque más corto, y sus ojos, de un marrón intenso, la observaron con una mezcla de curiosidad y calma. Mauricio lo presentó con una sonrisa traviesa que dejaba entrever sus intenciones.

—Mi hermano, Javier. Pensé que esta noche debía ser especial para ti.

El corazón de Nadia latió con fuerza, un nudo de nervios y anticipación formándose en su estómago. La idea la golpeó como un relámpago: Mauricio no solo quería reclamarla él, sino compartirla, llevarla a un terreno que nunca había pisado. Sabía lo que estaba sugiriendo, y aunque una parte de ella gritaba que debía detener esto —que debía correr hacia Frank, despertar a su esposo y aferrarse a la vida que habían prometido—, otra parte, más profunda y silenciosa, la empujaba a seguir adelante. Había cruzado tantas líneas con Mauricio que una más parecía insignificante, como un paso más en un abismo del que ya no podía escapar.

—¿Qué dices, Nadia? —preguntó Mauricio, su mano deslizándose por su espalda, sus dedos rozando la curva de su columna bajo el vestido—. ¿Te atreves?

Ella tragó saliva, su mente nublada por el alcohol, el deseo y el eco de las palabras de Mauricio resonando en su cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Javier, que la miraba con una calma inquietante, como si esperara su respuesta sin prisa. Finalmente, asintió, apenas un movimiento leve de cabeza, pero suficiente para que Mauricio sonriera con satisfacción, sus dientes brillando bajo la luz tenue.

—Ven conmigo —dijo Mauricio, tomándola de la mano y guiándola hacia una puerta que conectaba con una habitación contigua, un espacio más pequeño pero igualmente lujoso, con una cama de tamaño queen cubierta por sábanas blancas que contrastaban con la oscuridad de las cortinas cerradas. La luz de una lámpara en la mesita de noche proyectaba sombras suaves sobre las paredes, creando un ambiente íntimo y cargado de tensión.

Mauricio la llevó hasta la cama y, con un gesto firme pero sin brusquedad, la hizo girar para que quedara de espaldas a él. —A cuatro —ordenó, su voz grave y autoritaria, mientras sus manos levantaban el vestido de novia, amontonando la tela blanca alrededor de su cintura. El encaje crujió bajo sus dedos, y el satén se deslizó hacia arriba, dejando al descubierto sus piernas largas y la piel aún húmeda por lo que había sucedido antes. El semen de Mauricio de esa mañana, ya seco en algunas partes, se mezclaba con la transpiración de la noche, formando pequeñas manchas translúcidas que brillaban bajo la luz y se adherían al vestido como un recordatorio silencioso.

Nadia obedeció, apoyando las manos y las rodillas sobre las sábanas, su cuerpo temblando ligeramente mientras el vestido colgaba desordenado a su alrededor. Mauricio se desabrochó los pantalones con una mano, dejando que cayeran al suelo con un sonido suave, y se posicionó detrás de ella. —Sin preservativo —dijo, su voz cargada de intención—. Quiero que sientas todo.

Ella no protestó. Mauricio se inclinó sobre ella, sus manos aferrando sus caderas con fuerza, y comenzó a presionar contra su entrada trasera. Nadia se tensó, un jadeo escapando de sus labios mientras sentía la primera intrusión. Nunca había sido tocada allí, y el dolor inicial fue agudo, como un pinchazo que la hizo contener el aliento. Mauricio avanzó con lentitud, dejando que su cuerpo se acostumbrara, su pene abriéndose paso con una mezcla de firmeza y cuidado. El semen que aún goteaba de su vagina, caliente y viscoso, comenzó a deslizarse más abajo, lubricando el camino y facilitando la penetración. Pronto, el dolor dio paso a una sensación extraña, intensa, un placer nuevo que se extendía por su espalda y hacía que sus piernas temblaran.

Mauricio gruñó suavemente, sus manos apretando la carne de sus caderas mientras se movía con un ritmo pausado pero implacable. Cada embestida hacía que el semen de su vagina goteara más, deslizándose por sus muslos en riachuelos pegajosos que manchaban el vestido. Las gotas caían sobre las sábanas, formando pequeños charcos blancos que brillaban bajo la luz, mientras otras se acumulaban en el borde del satén, empapándolo hasta que la tela quedó translúcida y adherida a su piel. Nadia gemía, sus manos aferrándose a las sábanas, el placer creciendo desde ese lugar virgen que Mauricio estaba reclamando como suyo.

Javier, que había estado observando desde un lado, se acercó entonces. Se desabrochó los pantalones con calma, dejando que cayeran al suelo junto a los de su hermano, y se posicionó frente a Nadia. Sus manos grandes y callosas levantaron aún más el vestido, exponiendo su vagina húmeda y palpitante. Sin decir una palabra, se inclinó y la penetró vaginalmente, su pene deslizándose con facilidad gracias a la mezcla de su excitación y el semen de Mauricio. Nadia jadeó más fuerte, atrapada entre los dos cuerpos, sus movimientos sincronizados llevándola a un estado de éxtasis abrumador. Javier se movía con un ritmo más rápido que Mauricio, sus caderas chocando contra las de ella con un sonido húmedo que llenaba la habitación, mientras el semen seguía goteando desde su interior, resbalando por sus piernas y manchando el vestido en un caos de fluidos.

El placer era insoportable. Mauricio sodomizándola desde atrás, su pene abriendo su puerta trasera con cada embestida, y Javier follándola vaginalmente desde el frente, llenándola por completo. Sus gemidos se volvieron incontrolables, resonando en la habitación mientras el vestido se arrugaba y se empapaba aún más. El semen de Mauricio, que había comenzado a salir de su vagina con cada movimiento de Javier, formaba hilos pegajosos que colgaban del dobladillo del vestido, estirándose como telarañas antes de romperse y caer sobre las sábanas en pequeñas gotas brillantes.

Después de varios minutos, Mauricio se apartó, su respiración agitada mientras se corría dentro de su trasero, el semen caliente brotando de él y deslizándose por la curva de sus nalgas. El líquido blanco goteó lentamente, dejando un rastro pegajoso que se mezclaba con el sudor y caía sobre el vestido, manchando el encaje con trazos viscosos que brillaban bajo la luz. Javier, sintiendo su propio clímax acercarse, se retiró de su vagina y se corrió sobre su piel, esparciendo el semen caliente por sus muslos y el satén del vestido, donde se acumulaba en charcos translúcidos que empapaban la tela hasta hacerla pesada.

Pero no terminaron ahí. Mauricio y Javier intercambiaron una mirada, y con un movimiento coordinado, levantaron a Nadia de la cama. Mauricio se acostó boca arriba sobre las sábanas, su pene aún erecto y brillante de fluidos, y la guió para que se sentara sobre él, penetrándola vaginalmente esta vez. Nadia gimió al sentirlo dentro de ella de nuevo, sus manos apoyándose en el pecho de Mauricio mientras el semen de Javier seguía deslizándose por sus muslos y goteando sobre el vestido arrugado. Entonces, Javier se posicionó detrás de ella, sus manos aferrando sus caderas mientras la penetraba por detrás, completando el "sándwich".

Nadia se sintió abrumada, atrapada entre los dos hombres en una doble penetración que la llevaba al límite. Mauricio se movía desde abajo, sus caderas empujando hacia arriba con fuerza, mientras Javier la follaba desde atrás, su pene deslizándose en su trasero con un ritmo que hacía temblar todo su cuerpo. El semen de ambos se mezclaba dentro de ella, goteando desde sus entradas y resbalando por sus piernas en riachuelos espesos que manchaban el vestido aún más. Las gotas caían sobre el satén, formando un mosaico de manchas blancas que brillaban como perlas, mientras otras se deslizaban por el encaje, empapándolo hasta que la tela quedó adherida a su piel como una segunda capa.

Cuando ambos alcanzaron su clímax final, Mauricio se corrió dentro de su vagina, llenándola con una nueva oleada de semen caliente que desbordó y goteó sobre las sábanas, mientras Javier lo hacía en su trasero, el líquido blanco brotando y deslizándose por sus nalgas en un río pegajoso que manchaba aún más el vestido. Luego, se apartaron y, con las manos, esparcieron el semen por su cuerpo, cubriendo sus pechos, su rostro y sus muslos con el líquido caliente y viscoso. El vestido quedó hecho un desastre, empapado y pesado, con manchas blancas extendiéndose por el satén y el encaje como un mapa de su rendición.

Exhausta, temblando de placer y agotamiento, Nadia apenas podía mantenerse en pie cuando terminaron. Mauricio se acercó, limpiándole una gota de semen de la mejilla con el pulgar antes de llevárselo a sus propios labios con una sonrisa satisfecha.

—Ves, Nadia —dijo, su voz baja y cargada de certeza—. Esto es lo que te gusta. Ser infiel. Ponerle los cuernos a Frank. La emoción de saber que él está ahí, durmiendo, mientras tú te entregas a esto.

Ella lo miró, su respiración aún agitada, incapaz de responder. El semen seguía deslizándose por su piel, goteando desde su barbilla hasta el suelo en pequeñas gotas que brillaban bajo la luz. Porque aunque quería negarlo, aunque la culpa seguía latiendo en su pecho como un tambor, sabía que él tenía razón. Lo había disfrutado demasiado.

—Durante tu luna de miel —continuó Mauricio, inclinándose hacia ella hasta que su aliento rozó su oído—, no te limites. Fóllate a quien quieras. Disfrútalo. Esto es lo que eres ahora.

Sin decir más, Mauricio y Javier se vistieron con calma, recogiendo sus chaquetas y ajustándose las camisas como si nada extraordinario hubiera pasado. Nadia los observó en silencio, su cuerpo temblando mientras el semen seguía resbalando por sus piernas y manchando el vestido en un lento goteo que dejaba un rastro húmedo en las sábanas. Cuando la puerta se cerró tras ellos, se quedó sola en la habitación, el eco de sus palabras resonando en su cabeza como un mantra.

Lentamente, se levantó y caminó hacia el baño, tambaleándose con cada paso mientras el vestido empapado se adhería a su piel. El semen se deslizaba por sus muslos, dejando un rastro brillante que goteaba sobre la alfombra, y algunas gotas caían desde el dobladillo del vestido, salpicando el suelo con pequeños charcos blancos. Se metió bajo la ducha, dejando que el agua caliente limpiara su cuerpo, aunque sabía que no podía lavar lo que sentía por dentro. El vestido quedó amontonado en un rincón del baño, una ruina blanca manchada de semen y sudor, un símbolo de todo lo que había perdido y ganado esa noche.

Cuando salió, envuelta en una bata suave, se dirigió al dormitorio principal. Frank seguía dormido, ajeno a todo, su rostro tranquilo e inocente bajo la luz suave de la lámpara. Nadia se acostó a su lado, sintiendo el contraste entre la calidez del cuerpo de su esposo y el frío que se había instalado en su alma. Cerró los ojos, pero no encontró paz. En su mente, las imágenes de la noche se repetían una y otra vez: Mauricio sodomizándola, Javier follándola, el semen deslizándose por su piel y su vestido, el placer prohibido, la traición.

Y mientras el sueño finalmente la alcanzaba, una última pregunta quedó flotando en el aire: ¿quién era ella ahora?

Continuará...

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