El chico de la uni
María sabe que su sonrisa dulce es la mejor trampa. Marco cree que la conquista, pero ella ya tiene todo planeado: el piso vacío, la camiseta sin sujetador y las ganas de dejarlo sin aliento. Esta noche, la niña buena va a mostrar su verdadera cara.
Me llamo María, soy una chica mona, rubia, diría que atractiva. En realidad, no tengo ningún atributo que destaque de forma exagerada más allá de una carita de niña buena que sé usar a mi favor. Mis tetas son pequeñitas, como dos melocotoncitos, con unas aureolas marrones, grandes, que contrastan con mi piel blanca. Mi culo, en cambio, sí que llama la atención. No voy al gimnasio ni me mato a entrenar, pero me gusta correr, y eso hace que mis piernas y mi trasero estén bastante, digamos... apetecibles.
Soy muy sexual, pero me gusta ir por ahí con mi disfraz de inocente. Me divierte ver cómo algunos se confunden con mi sonrisa dulce y mi forma suave de hablar. Aunque de niña ya tengo poco, que en un mes cumplo 24. Esta mezcla mía de dulzura y picardía los vuelve locos, les doy ese morbo de lo prohibido, seguro que más de uno piensa que soy virgen JAJA.
Últimamente tengo el ojo puesto en un chico de la uni. Estudio para ser profe, y la verdad es que en la carrera no hay mucho donde elegir: o son maricones o son medio bobos. A mí me gustan los que, después de echar un polvo, tienen algo que contar. Marco lleva fijándose en mí desde primero. Es majo, algo callado pero elocuente. Y está bueno, no os voy a mentir: unos ojos marrones que te miran y te desnudan, un tatuaje pequeño en el antebrazo que asoma cuando se remanga, y un cuerpo que, aunque no va presumiendo, se nota que está trabajado. Me encanta ese rollo de chico que parece tranquilo pero se le intuyen los atributos. Os hablaría de su paquete, pero nunca le hice demasiado caso, la verdad que no me he fijado. Estaba entretenida con mis líos, con chicos que ya sabían que en la cama no soy ninguna niña buena y que me gusta jugar fuerte. Los tenía enganchados, pero me cansé. Hace dos meses los mandé a la mierda, lo mejor es que pensaban que solo me acostaba con ellos. Pobrecitos. Si supieran…
Ahora me apetece algo más serio, alguien que me haga disfrutar también con las palabras. Así que empecé a tontear con Marco. Yo soy de sentarme en primera fila, claro, contribuyendo a mi imagen de niña aplicada y, de paso, regalando alguna vista interesante cuando me levanto. El otro día, en el descanso, me acerqué e inicié una conversación medio tonta, medio subida de tono, y le dije que el próximo día se sentase a mi lado. Y claro que se sentó. Yo ya tenía todo preparado, le hice ojitos, me reí suave, le rocé el brazo sin querer y le fui dejando el camino hecho para que me invitase a algo el finde. Al final lo hizo, me soltó un “oye, guapa, ¿te apetece tomar algo conmigo?”. Yo le sonreí y le dije que justo ese día tenía prisa, solo para dejarle con las ganas. Me fui con calma, sabiendo que me miraba el culo, y le lancé una sonrisa por encima del hombro.
El finde me escribió. Me dijo de tomar algo, pero a mí me apetecía más jugar en casa. Le dije que no me encontraba muy bien, que si le apetecía ver una peli. Yo vivo con dos compañeras que siempre vuelven a sus pueblos los findes, así que tenía el piso solo para mí. Y me apetecía tirármelo. Pero antes… calentarlo.
Me duché sin prisa, me exfolié, me puse cremita de esa que deja la piel suave como terciopelo. Me vestí con unas braguitas blancas de encaje y una camiseta ancha, sin sujetador. Nada demasiado explícito, pero lo suficiente como para que se le fuera la vista sin saber si estaba viendo algo o imaginándolo. Me recogí el pelo en un moño flojo, dejando que me cayeran unos mechones por la cara. Natural y sexy, justo como me gusta.
Marco llegó puntual, con una cerveza y cara de no saber muy bien qué esperar. Nos sentamos en el sofá, cerca pero sin tocarnos. Puse una peli tonta, solo para tener una excusa para el silencio, para los roces. Yo me reía, me inclinaba hacia él como si me hiciera gracia cualquier tontería, y cada vez que lo hacía, la camiseta se me deslizaba un poco más. Le miré las manos. Temblaban ligeramente, me encantan esos momentos en los que no saben si lanzarse o esperar.
Le toqué el tatuaje del brazo, como si fuera pura curiosidad.
—¿Y esto qué significa? —le susurré, mirándole a los ojos.
No respondió. Solo me miró. Respiraba más fuerte.
Me acerqué. Rozamos las bocas, pero no lo besé. Simplemente deshice mi moño mirándole a los ojos.
—Puedes besarme… si te atreves —le dije.
Tenía la piel erizada. No sé si por el calor que me subía desde el pecho o por cómo me miraba. Me sentía observada, deseada… y eso me encanta. Él parecía nervioso, pero había algo en sus ojos que me calentaba. De pronto se levantó y yo me quedé callada aguantándole la mirada. Se acercó despacio, con decisión, poniéndose delante de mí, tan cerca que tuve que levantar la vista para seguir mirándole a los ojos. Apoyó una mano en el sofá, a un lado de mi cara, rodeándome sin tocarme, y acelerándome el corazón. Me invadió su olor, una mezcla de colonia suave con algo que solo era suyo. Me mordí el labio inferior, tentándolo, cuando estaba a centímetros de mí. Sentía su respiración, cálida, rozándome la mejilla. Me observaba con una intensidad que me ponía cachondísima.
Me miró la cara como si nunca la hubiera visto. Sé que le gustan mis labios —lo noto en cómo los sigue con los ojos—, y ese día me los había pintado para él. Sus ojos bajaron a mi boca y comenzó un beso suave, primero en un labio, luego en el otro. Me estremecí. Su lengua buscó la mía con dulzura, nuestras lenguas jugaban como si ya se conociesen. Cerré los ojos dejándome llevar, me perdí en ese beso lento y húmedo. No parecía nuestro primer beso… parecía que llevábamos años haciéndolo. Cuando se separó, me quedé quieta, con los ojos entrecerrados, sintiendo el calor de su boca todavía en la mía. Lo miré. Me miraba con ternura. Fue entonces cuando, con la voz más bajita que pude, como quien confiesa algo prohibido, le susurré:
—No llevo nada debajo…
Hice una pequeña pausa, dejé que sus ojos bajaran instintivamente, y levanté un poco la manga de mi camiseta, como quien no quiere la cosa, dejando que entendiera exactamente a qué me refería... Sentí cómo algo cambiaba en él, era justo lo que necesitaba oír para coger la iniciativa. Se relajó, dejó de pensar, y empezó a besarme con una pasión que hacía que mis bragas se empapasen. Me levantó con fuerza, de pie, su boca se apoderó de la mía. El sabor de sus labios, de su lengua, me excitaba muchísmo. Cada beso me envolvía, lento pero decidido; yo me dejaba hacer, completamente rendida. Bajó por mi cuello, besando, lamiendo, como si cada centímetro de mi piel fuera un secreto que quería descubrir. Me sentía deseada, adorada, como en esos besos eternos que dabas en el parque, de adolescente, cuando todo lo demás dejaba de existir. Joder con Marquitos, pensé.
—Cómo me pones, María —dijo con la voz cargada de deseo.
Sus manos bajaron hasta mi muslo y yo me abrí ligeramente, invitándolo a pasars. Sentí su mano subir, lenta, firme, derritiéndome. mientras me besaba el cuello, fue levantando la camiseta, despacito, casi en cámara lenta, hasta que mis pechos quedaron al aire, expuestos al calor de sus labios. Sus besos eran suaves, precisos, me hacía gemir sin que yo pudiera evitarlo.
—Sí… así… así… —susurré entre jadeos, con los ojos cerrados.
—¿Te gusta esto? Cómo engaña esa carita de santa.
Mi cuerpo respondía solo. Me ardía la piel, sentía la sangre correr más rápido, y entre beso y susurro, supe que ya no había marcha atrás. Le quité la camiseta con seguridad, la deslicé hacia arriba, rozándome la piel con sus dedos, y cuando sus brazos quedaron libres no tardé en bajarle el pantalón, desabrochándolo con destreza. Le ayudé con los zapatos, rápido, sin perder ni un segundo la conexión con sus ojos, y de una patada me vi, ya solo en braguitas, de pie frente a él. Estaba en bóxer, su erección marcaba una silueta tan abultada que por un segundo contuve el aliento. Nunca había deseado tanto ver lo que se escondía ahí dentro, pero no teníamos prisa.
Me acarició los brazos con suavidad, como si quisiera memorizarme al tacto. Lo miré a los ojos y le sonreí, cómplice. Me derretía por dentro, sentía el pulso en sitios en los que ni siquiera sabía que podía sentirlo. Entonces bajó la mirada a mis pechos y su gesto cambió: algo entre la ternura y el hambre lo poseyó. Se inclinó sobre mí, y empezó a besarme los pezones. Los tenía duros, en punta, con esa sensibilidad que solo aparece cuando estoy verdaderamente cachonda. Noté su lengua cálida, sus labios jugando con cada curva. Primero uno, luego el otro. Me lamía, me succionaba, me los metía enteros en la boca como si fueran suyos. Cerré los ojos y solté un gemido sordo, sintiendo cómo se apretaba más contra mí.
Subió lentamente, dejando un reguero de besos húmedos hasta volver a mi cuello, y de ahí otra vez a mi boca. Nos besamos como si el mundo fuera a acabarse, como si solo existiéramos nosotros y nuestras ganas. No sabría decir cuánto tiempo estuvimos así, era como estar flotando, suspendida en un estado mental de puro éxtasis. Noté su mano subir por mi muslo con una lentitud deliciosa, como si disfrutara cada centímetro de piel. Tenía la respiración agitada y los dedos firmes pero suaves, y eso me volvía loca. Mis piernas se abrieron apenas, lo justo para dejarle pasar sin parecer desesperada, aunque por dentro me ardía todo.
Se detuvo justo donde empiezan mis braguitas, esas blancas que tanto me gustan, y empezó a acariciarme por encima, con una presión leve que me hizo contener el aliento. Yo ya estaba mojada. Desde hacía rato. Sentía mi clítoris hinchado, sensible, latiendo con cada roce. Cuando metió la mano bajo la tela y me tocó directamente, no pude evitar soltar un suspiro. Su reacción fue inmediata: se detuvo, como sorprendido, y me acarició aún más despacio, como si quisiera asegurarse de que lo que sentía era real.
—Dios… qué suave lo tienes —me dijo, con la voz ronca, como si acabara de descubrir un secreto.
Abrí los ojos y lo miré con una sonrisa ladeada, satisfecha. Sus dedos rozaron mis labios, suaves, completamente depilados. Bajó más, recorriéndome despacio, notando cómo se abrían un poco más al contacto. Llegó hasta el final, hasta el borde de mi culo, y allí se detuvo un momento en mi ano, jugando con él.
—Estoy preparada para ti —le susurré, lamiéndome los labios.
Le sostuve la mirada mientras sus dedos seguían explorando, empapados de mis líquidos. Quería ponerle cachondo con la mirada y me dejé hacer, con las piernas cada vez más abiertas y la respiración entrecortada. Estoy al borde. La piel me arde, me late todo por dentro, como si mi cuerpo me lanzase una advertencia de lo que está por venir. Él lo nota, claro que lo nota.
—Todavía no, vamos a tu cuarto —me dijo dejándome al borde del orgasmo.
Me agarra de la mano con fuerza y una sonrisa pícara, de esas que saben exactamente lo que hacen, y me lleva directo a la habitación de al lado. No me hace falta mirar nada más: solo lo tengo a él delante, tan seguro, tan decidido, como si yo fuera de su propiedad, al final no es tan parado como creía. Se gira hacia mí, y justo cuando creo que va a besarme, me suelta una nalgada que me hace soltar un suspiro entre dientes. Me muerdo el labio. Me encanta que tome el control así. Me empuja con el cuerpo hasta la cama y caigo de espaldas, abierta, rendida ante él. Cierro los ojos, no necesito ver nada solo sentir cómo toca mi cuerpo.
Empieza por mi cuello, como si marcara territorio. Va bajando lento, sin prisa, sabiendo que cada beso me sube más la temperatura. Pasa por mis pechos, se entretiene con la lengua en cada uno, y yo me retuerzo de placer. Me lame la barriga mientras baja, y mi cuerpo ya no puede aguantar más. Cuando llega entre mis piernas, ya no pienso, solo tiemblo. Me abre las piernas sin esfuerzo, y me mira, tan cerca que puedo notar cómo me respira. Cuando su lengua me roza por primera vez, un gemido se me escapa sin permiso. Estoy mojada, chorreando, y él lo sabe. Me lame como si estuviera saboreando su postre favorito, lento, profundo, caliente.
Me recorre toda, con la lengua y con las manos, aprentándo mi culo también, juega, explora, mezcla mis propios jugos con sus dedos, con su lengua. Me hace sentir salvaje y delicada a la vez. Cada vez que su lengua se acerca a mi clítoris, el cuerpo se me sacude, pero no lo hace del todo. Me está volviendo loca. Lo sabe. Y eso le excita más. No hay prisa. Solo esta sensación de estar completamente a su merced.
No puedo dejar de gemir. No son gritos, no hace falta. Son esos gemidos suaves que salen sin pensar, que se escapan mientras muerdo la almohada para no perder la cabeza. Me arde el cuerpo, me vibra la piel, y no hay rincón que no esté pidiéndolo todo.
De pronto siento cómo cambia el ritmo, cómo me abre un poco más y sus dedos me penetran con dulzura. Me arqueo, lo dejo hacer. Él baja y siento su lengua en otra parte… el muy guarro me lame el culo. Joder, me estremezco. Lo hace sin miedo, con hambre, y yo me dejo chupar como si fuera la cosa más natural del mundo. Me acaricia, me explora, me prueba.
Su lengua vuelve a empaparse de mí y lo siento usar mis propios jugos para seguir jugando conmigo, con su dedo, con su lengua, todo mezclado, todo tan húmedo que me cuesta pensar. Y cuando vuelve al centro, a ese punto que ya no puedo ni esconder, lo siento entregado. Me encuentra. Y entonces empieza el ritual: me lame el clítoris con una precisión que me enloquece, lo succiona, lo rodea, lo saborea.
Cada vez que lo hace, mi cuerpo responde solo. Siento un dedo que juega por atrás, lento, curioso, sin forzar nada. Me explora con paciencia, con cuidado, mientras su lengua se vuelve más rápida, más intensa. Estoy abierta, completamente entregada, mi cuerpo es suyo en este momento. Y me encanta.
Mis gemidos se intensifican, se me escapan como suspiros rotos, y le agarro del pelo sin darme cuenta. No quiero que pare. No quiero que se detenga. Quiero que me lleve al límite. Podría haberme quedado ahí eternamente, sintiendo su lengua incansable en mi clítoris, como si estuviera hecha para ese momento. Me latía todo, mi cuerpo entero era un volcán a punto de estallar. Sentía su dedo explorándome, entrando y saliendo con una paciencia deliciosa, y todo fluía. Literalmente. Estaba empapada, abierta, entregada.
Era como si me leyera por dentro, como si entendiera cada gemido y supiera exactamente cuándo acelerar, cuándo parar, cuándo presionar justo ahí. Yo ya no estaba en esta habitación. Estaba flotando. Me tensé de golpe, arqueando el cuerpo, los dedos clavados en las sábanas, y solté un grito que ni siquiera reconocí como mío.
—¡Dios mío… DIOOOOS…!
—¡No pares… SIGUEEE!
Y entonces… todo se detuvo. El mundo. El aire. Todo.
Me quedé ahí, temblando, con el cuerpo aún latiendo, soltando suspiros rotos mientras bajaba de aquel lugar al que me había llevado. Me temblaban las piernas. El clímax fue tan intenso que necesitaba unos segundos para recordar quién era. Seguía con los ojos clavados en el techo, el pecho subiendo y bajando, y solo pude murmurar:
—Joder, cómo lo comes. Si lo hubiera sabido antes…
Lo sentía limpiarme despacio, con la lengua, como si no quisiera dejar rastro, como si me cuidara. Como un animal que protege lo que quiere. Y yo, lejos de incomodarme, me dejaba hacer, disfrutando hasta del más mínimo gesto.
Después de un rato en silencio, aún con las piernas abiertas y los brazos extendidos, me reincorporé un poco. Lo miré. Seguía ahí, entre mis muslos, con la cara pegada a mí como si no pudiera soltarme. Y entonces, sin pensarlo, le acaricié la cara, tiré suavemente de su pelo para que me mirara y le dije, con la voz rota, ronca, deseosa:
—Ven… fóllame.
No quería que se apartara de entre mis piernas, me tenía al borde, con todo el cuerpo en tensión, pero cuando se levantó y lo vi quitarse el bóxer, entendí que había una mejor opción. Su erección era tan evidente que casi me dolía a mí de verla. Echó un escupitajo y se la meneó con la saliva, sin pudor, sin ceremonia, como quien sabe que lo que viene no necesita adornos.
Yo estaba abierta, lista, esperándolo, el cuerpo todavía vibrando de lo que me había hecho antes. Se colocó sobre mí y se dejó caer, dejándome sentir su calor y esa urgencia de un cuerpo que ya no aguanta más. Me miró a los ojos fijamente, mientras guiaba su pene hacía mi coñito y sentí la punta rozándome, buscando entrar. Mis piernas se abrieron un poco más, invitándolo a entrar.
Nos besamos justo en ese momento, profundo, sucio, pude notar el sabor de mi propio sexo en mi boca. Me encantó. Intentó entrar. Una, dos, tres veces… hasta que por fin lo sentí dentro, muy dentro. Me llenaba. Me abría. Cada centímetro era una explosión lenta y caliente que me recorría desde abajo hasta el pecho. No pude evitar soltar un gemido al oído, mientras le mordía la oreja suavemente, agarrándolo fuerte de la espalda.
—Dame duro… hasta el fondo… —le grité, jadeando.
Él me miró como si no hubiera nada más en el mundo. Y yo, entre sus embestidas, su peso, su boca, solo podía pensar que ojalá no se acabase nunca. Sentía que cada embestida nos acercaba al abismo, y por cómo jadeaba, por cómo se aferraba a mí, sabía que estaba a punto. Yo también.
— Dios, qué pollón… ¡sigue! ¡SIGUE!
Estaba en una nube, envuelta en su cuerpo, en su olor, en esa mezcla perfecta de lujuria y ternura… hasta que lo escuché:
—Mierda… no tengo condón, María.
Joder. Fue como si algo nos devolviera de golpe al mundo real. Abrí los ojos, lo miré, respirando aún entrecortada, y asentí, intentando pensar con claridad aunque el cuerpo me suplicaba lo contrario.
—Vale, para un poco —le susurré, sin soltarlo—. No puedes correrte dentro… déjame pensar…
Nos quedamos así, en pausa. Él encima de mí, aún dentro, apretando suave, como si quisiera grabar ese momento en la piel. Me besaba el cuello, los hombros, el pecho, despacio, como si el deseo no quisiera rendirse todavía. Yo lo abrazaba por la espalda, sintiendo cómo seguía tan duro, tan caliente, tan mío.
Entonces lo decidí.
—Sal… levántate —le dije, con voz calmada pero cargada de intención.
Me obedeció al instante. Se incorporó y quedó de pie, frente a la cama, con esa erección desafiante, salvaje. Me mordí el labio al verla así, tan dura, tan empapada de lo que habíamos compartido. Me bajé de la cama sin apartar la mirada, me arrodillé delante de él, y por fin, la tuve ahí, justo frente a mi cara. La miré como quien admira una obra arte.
—Joder… qué bonita—le dije, sincera, me relamía la boca.
Y era verdad. A pesar de los pelitos, del rasurado no tan perfecto como el mío, me parecía preciosa. Era perfecta tal así: gruesa, palpitante, brillante de placer. Le pasé la lengua por un lado, desde la base hasta la punta, despacio, como quien prueba un polo por primera vez. Sabía deliciosa a sexo y a juego, lo miré desde abajo, con la lengua aún húmeda, y le dije con una media sonrisa:
—Ahora me toca a mí.
Estaba de rodillas, con el corazón a mil y su polla justo frente a mí. Me ardía la piel, las piernas me temblaban y aún así, solo pensaba en probarla y hacerle perder el control. Me incliné despacio, con la lengua lista, y le di el primer lametón largo, desde la base hasta la punta, sin apartar los ojos de los suyos. Su reacción fue inmediata: un gemido sordo, la cabeza hacia atrás, y un leve temblor en sus piernas.
—Madre mía, rubia. Me vas a matar.
Me la fui metiendo poco a poco, jugando con los labios, con la lengua. Él estaba tan duro que no me lo creía su polla larga y gruesa, estaba lejos de caberme entera, pero eso no me detuvo. Seguí chupando, sin pausa, con un hambre voraz de él; me había propuesto que lo recordara toda su vida. Sentí cómo contenía el aliento, cómo se aferraba a sus propios muslos mientras lo hacía, entonces me detuvo un momento, jadeando:
—Para… para… si sigues así me voy a correr en tu boca.
Le sonreí, sabiendo exactamente lo que hacía, y seguí a lo mío. Le guiñé un ojo, me recogí el pelo en una coleta rápida con la goma que llevaba en la muñeca, y volví a la carga. Quería superarme. Me concentré, respiré hondo y avancé unos centímetros más que antes, lo justo para que él soltara un gruñido de puro placer. Me daban igual las lágrimas que caían por mis ojos por no poder respirar, me sentía poderosa. Notaba su sabor, la tensión de su polla en mi boca, cómo todo su cuerpo me decía que no aguantaría mucho más.
Cuando levanté la vista me la saqué un momento y le dije con mi mejor voz de niña buena: “¿me echas una mano?”, entonces me agarró del pelo con firmeza y me empujó un poco más. Lo sentí avanzar dentro de mí poco a poco. Lentamente fui acogiendo cada vez más porción de esa polla que tanto me ponía hasta que, con un último empujón, logré recibir toda su extensión en mi garganta. Lo tenía entero dentro. Su cadera pegada a mi cara, su respiración descontrolada. No podía respirar, pero me daba igual. Fue un segundo eterno hasta que empezó a correrse.
—Oh, sí ¡zorra! ¡ME CORRO!
Sentí cada espasmo, cada oleada caliente llenándome la garganta. Cerré los ojos, sostuve la posición con las manos en su culo y no me moví. Solo tragué, sintiéndolo convulsionar sobre mí. Una vez terminó con la mano aún en mi coleta me guió despacito, como si no quisiera que acabara, hasta sacarla. Cuando salió, saqué mi lengua para recibir las últimas gotas, que me dió encantado. Lo miré desde abajo, con la cara empapada, el maquillaje corrido y la boca aún entreabierta.
—Dios… me lo tragué todo. Nunca me habían hecho algo así. Casi me ahogas —le mentí entre risas, jadeando.
Él solo me miraba sin poder creer lo que acababa de pasar. En silencio, como si no hicieran falta palabras, nos tumbamos en la cama, uno al lado del otro, aún desnudos, sudados, con el corazón latiendo en la garganta. El aire fresco de la ventana nos acariciaba, y yo no podía dejar de sonreír. Me giré un poco, apoyando la cabeza en su pecho, y pensé: qué más da que estemos en el cuarto de mi compañera de piso.
————————————
Este es el primer relato que escribí, antes de empezar a publicar aquí, si os ha gustado podéis leer la serie hospital comarcal que estoy escribiendo en estos momentos. Creo que os gustará tanto como este;) Gracias por leerme.
Este es el primer episodio (de tres publicados): https://www.todorelatos.com/relato/232047/
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