Xtories

4 hombres para Blanca - completo (cap. 20)

Alex sabía que debía confiar en ella, pero verla entregarse a la lujuria de otros bajo el techo de la discoteca probó que su fe era un lujo que no podía permitirse. Mientras los hombres la usaban como un juguete, la puerta de la sala permanecía cerrada, separando su dolor de la realidad que se desarrollaba al otro lado.

Abel Santos4.4K vistas9.4· 17 votos

—Putos cerdos sarnosos… —fue la primera lindeza que se me ocurrió cuando cerré la puerta de nuestro cuarto. Mira cómo te han dejado.

—Tranquilo, cielo… —trató de calmarme—. Esto es solo lefa… Se va con agua caliente…

—Ya, menudo consuelo… ¡puercos de mierda!

—Vale, vale, amor, ya pasó… —decía mientras se quitaba la ropa que aún conservaba y se limpiaba con ella las piernas y algun goterón que le colgaba del pecho.

Estaba furioso, pero no solo por lo que había pasado, sino también por la forma deportiva con que se lo tomaba Blanca.

—¿Y tú? —bromeó—. ¿No te han alcanzado con algún disparo? Porque hay que ver cómo disparaban los tíos, parecían mangueras… los muy imbéciles.

—Vaya, parece que te haga gracia —le recriminé—. Tú, la que no hace tanto se moría de asco si te salpicaba una sola gota por el vientre. Y las que me montabas por ello…

Pareció mosquearse por mi comentario.

—Vale, ya estás con tus pullas… ¿Te crees que a mí me gusta esto más que a ti?

—Pues estoy empezando a dudarlo —no pude contener mi sinceridad.

—¡Serás cabrón…! —exclamó y, cubriéndose con sus toallas salió del cuarto sin volver la mirada.

Salí detrás de ella, pero no conseguí que me volviera la cara. Se metió en la ducha y permaneció bajo el agua cerca de media hora. Yo, desde fuera, no hacía más que soltar un mantra de disculpas.

—Lo siento, mi amor, no quería ofenderte… —le repetía, dibujando corazones en la puerta de cristal ayudado por el vapor de agua que la cubría—. ¿No vas a perdonarme nunca?

Blanca me ignoró durante todo el tiempo. Al final asomó la cabeza por la puerta y me habló.

—¿Me pasas la toalla?

Volvimos a la habitación y finalmente aceptó mis excusas. Nos abrazamos en silencio, ella prácticamente desnuda, y me propinó un sonoro beso en la mejilla.

—¡He tenido un orgasmo follando contigo! —exclamó feliz tras un paréntesis.

La apreté contra mí y corroboré su celebración.

—¡El primero! —confirmé—. Pero te juro que no será el último…

—Parece que al final Hugo es bastante útil, ¿no crees?

Me molestó el piropo que le había dedicado al médico. Por mi parte, no dejaba de ser un tipo repelente, por más que hubiera dado con la tecla que pudiera hacernos más fácil conseguir el objetivo para salir de allí indemnes. Y poder satisfacer en la cama a mi novia, si al final salíamos juntos de aquella desventura.

Cuando los parabienes mutuos bajaron de nivel, acordamos comer en la cocina y hacia allí nos dirigimos.

*

El resto del día pasó sin más emociones. Bastantes habíamos tenido por la mañana. Lo único destacable fue el mensaje de EXTA-SIS que llegó poco antes de irnos a dormir.

EXTA-SIS: La fecha reprogramada de la primera prueba oficial es mañana, DÍA 8. La hora es la misma que la de la sesión cancelada: las 22.00. Feliz noche, queridos.

No es que fuera inesperado, pero tuve que reconocer que el anuncio me hizo temblar. No aceptaba aquella imposición, y por la noche volví a tener pesadillas. En ellas, Blanca era atacada por todos los hombres de la casa y yo, atado y amordazado, asistía a su violación sin poder emitir un quejido.

Fue una noche infernal, en la que apenas conseguí dormir.

Para variar.

Día 8 (1) - La mentira de blanca

Por la mañana amanecí a las tantas, algo más tarde de lo habitual. Eran más de las diez cuando abrí los ojos. Sobre la mesilla encontré otra nota de Blanca. «Te he visto tan dormido que no he querido despertarte. Voy al baño y a desayunar. Nos vemos cuando despiertes. Besos».

Remoloneé cinco minutos más sobre la cama. Al cabo, decidí que dejar sola a Blanca era un peligro mortal. Las pesadillas de la noche me angustiaban incluso a esa hora y lamenté no poder ver la luz del sol que las habría volatilizado de un plumazo.

Me vestí con la ropa del día anterior y me dirigí al baño antes de desayunar. En el cruce entre el pasillo de los aseos y el de la cocina me encontré la primera sorpresa del día: Blanca y Hugo salían del baño de las chicas y parecían discutir, aunque lo hacían en voz baja.

Me detuve en seco, desde aquella distancia podría leerles los labios si mantenían la postura. Pero no llegué a tiempo. El médico se dio la vuelta y salió a paso ligero hacia la escalera. Parecía disgustado. Blanca, por su parte, se volvió hacia mi posición y echó a andar con la mirada baja.

¿Qué coño era aquello? ¿Otra pelea de enamorados?

Me quedé quieto y esperé a que mi novia me descubriera. Cuando lo hizo, se detuvo atónita. Por mi expresión comprendió que la estaba observando desde hacía rato.

Echó a andar de nuevo y pasó a mi lado como una exhalación. Al franquearme soltó un reproche sin detenerse.

—¿Ahora te dedicas a espiarme?

La seguí hasta la habitación y cerré la puerta, atrancándola con la silla. Quería que quedara claro que íbamos a tener una conversación en serio. Una más. La enésima desde que nos habían encerrado. No serviría para nada, me temía, pero al menos necesitaba ejercer mi derecho de pataleo.

—¿Qué hacías con el médico en el baño de las chicas? —le espeté tan pronto recuperé el resuello.

—Nada… —respondió sin mirarme.

—¡Y una mierda, nada…! —exclamé—. Cada vez que me despisto te encuentro a escondidas con él. ¿Se puede saber a qué venía esa reunión que parecía secreta? ¿Te lo estabas follando?

Se quedó callada. Luego se dejó caer en el borde de la cama y suspiró.

—Sí, me lo estaba follando… Lo confieso. No he podido resistirlo. Y no me ha dado tiempo a avisarte de que era una práctica.

Aquello sonaba a falso por todos lados. Era la primera vez que ella me confesaba algo que yo no quería oír, a sabiendas de que la realidad de lo ocurrido podía ser menos malo que lo que Blanca revelaba.

Aunque, si lo pensaba fríamente, ¿lo peor era el sexo que tuviera con el médico? ¿O lo era la relación que subyacía bajo el propio sexo? Si entre ellos había una relación, lo nuestro se había ido a la mierda.

Si aquello era así, no entendía por qué Blanca quería mantener la pantomima de nuestro amor. ¿Se habían encoñado aquellos dos? Pues, aunque doliera, prefería que lo confesara. Mejor cortar la infección de un tajo que alargar la agonía. Éramos todos adultos, podría soportarlo. Pero no me daba esa satisfacción y cada vez me sentía más como la pieza sobrante en el puzzle.

De todas formas, ¿de verdad tenía Blanca estómago para encapricharse de semejante piltrafa de hombre? Sí, vale, era un tipo cultivado, hablaba con un vocabulario de intelectual, y tenía voz de locutor de radio. Pero su sonrisa era asquerosa, tenía un aliento de mierda, una piel arrugada y… ¡quince años más que ella! Blanca no podía haberse enamorado de semejante individuo. Me negaba a ello.

—No me lo creo —respondí tras mis reflexiones—. No estabais follando. Es mentira.

—Puedes pensar lo que quieras —insistió—, pero lo hemos hecho. Ha sido un polvo de amigos. Él me lo ha pedido y yo he aceptado. Se quedó cachondo perdido después de la práctica de la camilla y necesitaba descargar. No he podido decirle que no.

Por muchos detalles que me diera, no me lo tragaba. Si hubiera guardado silencio, fingiéndose arrepentida o avergonzada, tal vez me hubiera jodido, pero lo habría intentado digerir. Pero así no. Era una nueva mentira y tendría que averiguar lo que había ocurrido detrás de las puertas de aquel baño. Para inventarse una historia semejante, tendría que haber sido algo muy grave.

Si no se lo sacaba a ella, buscaría las respuestas en el médico.

—Vale, te lo has follado, que te aproveche —dije y me largué del cuarto con un portazo.

*

Salí como una exhalación y subí las escaleras de tres en tres. Necesitaba hablar con Hugo cuanto antes. Y sabía que solo podría estar en dos sitios, ya que le había visto subir las escaleras.

Pasé primero por el gym, ya que me pillaba más a mano, y comprobé que solo Rubén sudaba la camiseta en la sala. Luego me dirigí al segundo destino: la biblioteca.

Al acercarme a la puerta, oí la conversación que se mantenía en el interior. Sentí un «deja vu» al comprender que eran Juan y Hugo los que hablaban, como unos días atrás. Me situé en la misma posición que en la anterior ocasión y apliqué el oído. Me ayudaba, además, con la lectura de labios al estar ambos en mi ángulo de visión.

—No me jodas, Hugo… —decía Juan—. Que os he visto salir del baño. Y no creo que hayas entrado con ella a mear sentado. Ahí dentro meaderos de tío no hay que yo sepa.

—Pues te aseguro que no miento —replicaba el médico—. He entrado con Blanca a charlar, pero no me la he follado.

—Eres un cabrón… —la queja de Juan no rebajaba el nivel, muy en su estilo—. Tú te follas a la rubia todo lo que quieres y a los demás nos dejas las migajas.

—Ya estás con la misma milonga, Juan. ¿Cómo te tengo que decir que la rubia no se deja follar así como así?

—Pues me lo tendrás que repetir más veces, porque está claro que tú mandas y ella obedece.

El médico suspiró y se sentó. Parecía agobiado.

—Qué equivocado estáis todos. Aquí la que manda es Blanca, y ninguno os habéis enterado.

«Joder…», me dije alucinado. Por primera vez oía a Hugo decir algo tan placentero para mí, y lo que decía sonaba creíble. Aquella confesión me había impactado. Pero no quería perderme una palabra. Así que agucé el oído y la vista.

—Entonces, si no follábais —insistía Juan—. ¿Qué hacíais dentro del baño?

—No sé, tío, me llamó para que entrara cuando pasaba por allí… son cosas nuestras… qué más te da…

«¿Cosas nuestras?», esto me gustó bastante menos.

—Me da, Hugo, me da… A mí también me gusta esa zorrita… Tal vez más que a ti. Y si tú no te atreves con ella, al menos déjame que yo me la trabaje.

—Pedazo de cabrón salido… ¡Solo piensas en follar!

—Nos ha fastidiado… —replicaba el exbombero—. Y tú no, no te jode…

—Sabes que no… o al menos deberías saberlo si me escucharas… A mi Blanca no solo me importa por el sexo… Me importa de verdad, creo que me he enamorado como un gilipollas, y no la miro como tú, que para ti es solo un agujero donde meterla…

El gordo rió a carcajadas. Y yo no me sorprendí de esta declaración de amor. La había presentido desde hacía tiempo y era peor noticia saber poseída a Blanca por el corazón que por el sexo.

—Sí, eso es, como un agujero calentito y húmedo. Y esta noche se lo voy a perforar hasta que se lo reviente… Con cariño, ¿eh? Que quiero que disfrute y nos dé la primera alegría…

—Puto enfermo tarado…

Y Juan volvió a reír. Cuando terminó, siguió con su matraca.

—Venga, cuenta… Pasabas por allí y te llamó. ¿qué más?

Hugo suspiró y esta vez le respondió lo que quería oír.

—Me pidió que le entregara una de las cajas de la medicina que vine a vender a la fiesta.

Juan abrió los ojos de forma desmesurada.

—¿Una medicina? Joder, tío… eres una caja de sorpresas. ¿Y viniste a venderlas en la discoteca?

—Eso es… ¿Creías que vine a bailar y a ligar nenas con estas pintas? Cada uno se gana la vida como puede…

—Y… ¿Por qué haces eso? Si es que puede saberse…

El médico, una vez había comenzado, se lanzó en barrena.

—Mira, tío, no voy a contarte mi vida. Pero te haré un resumen. Estoy jodido. Desde que mi mujer me pidió el divorcio no levanto cabeza. El alquiler de la nueva casa, la pensión de los niños… Y en el trabajo he tenido un bache. Llevo una temporada que me dedico a vender lo que sea para sobrevivir. Y aquí vine cargado de esa medicina porque sabía que se iba a necesitar. Y a montones.

»Y no me equivocaba. Vendí toda la que pude, pero aún me ha quedado bastante. Y resulta que Blanca se ha enterado. La ha debido de ver en mi cuarto en algún momento. Así que la muy zorra me escribió por el wasap y me acosó hasta que le reconocí que eran lo que ella creía. Me pidió una caja y me hice el sueco. Lo que viste esta mañana fue cuando me llamó al baño según pasaba. Pero no era para abrirse de piernas. Lo que quería era presionarme para que le pasara la caja que me pidió. Y a cambio me ha ofrecido ser más «cariñosa» conmigo.

Me sentí remover de nuevo, por más que me ocurriera a menudo con cada secreto que descubría de Blanca, no terminaba de acostumbrarme a las sorpresas.

—Hostia puta… ¿Más cariñosa?

—Sí, eso ha dicho…

—¿Y cariñosa en qué sentido? —preguntó el gordo, siempre buscando la parte morbosa de todo—. Porque en el sentido de serlo durante las prácticas no significa nada. Las prácticas son muy frías, pim pam, pim pam… Pero nada del otro jueves. Lo que realmente mola es pillarla a escondidas, por sorpresa, y quitarle las bragas antes de que se dé cuenta… Y convencerla de que abra las piernas… Y reventarla el coño hasta que grite la muy puta...

—Deja de soñar, ¿vale? —replicó el médico con malas pulgas—. No conseguirías eso de Blanca ni en mil años. Esa mujer no es lo que parece. Hay algo extraño en ella que no sé descifrar. Te da y te quita, de pronto parece que va todo bien, y a la siguiente te marca un desprecio. La muy jodida juega en otra liga. Y tú no le llegas ni al tacón de los zapatos.

«¡Joder!», bufé. Parecía que Hugo iba conociendo a Blanca. La Blanca del encierro, porque antes nunca había sido así. Y se notaba por sus palabras que sentía el mismo vaivén que yo estaba experimentando con ella.

El exbombero no salía de su asombro con las explicaciones del médico. Y yo otro tanto. Pero Hugo aún no había mencionado de qué medicina se trataba. Y el gordo tenía tanta curiosidad como yo en conocer su nombre.

—¿Cuál es esa medicina para que la atraiga tanto? No será coca…

—¿Coca? No, ni hablar, no jodas…

—¿Entonces?

Ante la insistencia de Juan, Hugo soltó el nombre de la medicina a un nivel tan bajo que pareció que solo había movido los labios. Un movimiento imperceptible para cualquiera, menos para un profesor de niños sordos.

La palabra resonó en mi cerebro: «¡Viagra!».

—Hostia puta… —repitió Juan.

—Y para qué quiere Blanca vi… —el médico le tapó la boca antes de que pronunciara la palabra.

—Calla, coño, que las paredes oyen… No se te ocurra decir ese nombre en voz alta si quieres salir vivo de aquí.

—¿Por qué? —se extrañó el exbombero—. Que yo sepa, algo así no está prohibido en las reglas.

—Ya, pero ya sabes que aquí las reglas se cambian sobre la marcha. Así que chitón…

—¿No vas a decirme para qué la quiere?

—¿Tú qué crees? Pero si tienes tanta curiosidad, se lo preguntas a ella.

El siguiente comentario del médico cambió de tercio la conversación. Se notaba que estaba deseando hacerlo. Dejar los temas escabrosos de una vez. Y yo preferí no quedarme a escuchar. Ya tenía información suficiente, no necesitaba mucha más. Al menos de momento.

Blanca era mi próximo objetivo.

Día 8 (2) – Primera prueba oficial

Pero Blanca no apareció en todo el día. Parecía haberse cabreado de veras. La esperé en la habitación hasta la hora de comer. Buscarla por la discoteca era tarea inútil, ya lo había comprobado en alguna ocasión. Así que leí varias horas sin enterarme de lo que leía mientras la esperaba.

Sobre las dos me pasé por la cocina. Rubén ya comía la dosis de proteínas que necesitaba a diario. Y, aunque no esperaba mucho del musculitos, le pregunté por mi novia.

—¿Blanca? —dijo como si hubiera más mujeres bajo aquel techo—. Pues sí, ha estado por aquí hace un rato. Pero cogió comida y se esfumó. Y llevaba comida para dos o tres, yo no digo nada…

Me molestó la insinuación del chaval, pero ya estaba acostumbrado a sus tonterías e hice oídos sordos.

Algo más tarde llegaron Juan y Hugo, solos, y se declararon hambrientos. Quedaba confirmado que Blanca no se encontraba con ninguno de ellos y eso me alivió algo de la tensión acumulada.

Una vez lleno el estómago, decidí volverme al cuarto. Y seguir esperando. No tenía otra.

Me comí las uñas durante toda la tarde, pero al fin apareció. Serían sobre las nueve. Lo primero que hizo fue tomar los artículos de baño y las toallas y salir hacia los aseos. Ya de vuelta, se dedicó a elegir la ropa para el show de la noche.

—Espero que esta noche no se anule —le dije por romper el silencio de todo un día—. Necesitamos avanzar, estamos estancados.

—¿Vas a venir? —dijo por toda respuesta.

—Sí, creo que sí…

Se acercó a mí y se sentó a mi lado.

—Tengo miedo, Alex…

Me enterneció su comentario. Saberla menos fuerte de lo que aparentaba me daba opción a actuar como su hombre, su macho Alpha, el apoyo que necesitaba. De todas formas, no quería hacerme ilusiones.

—¿Miedo? ¿De qué?

—No sé, de todo… —respondió sin mirarme—. De que algo salga mal, de que no soporte la presión llegado el momento…. De que no consiga llegar a… «eso»… De que tú te enfades y armes algún lío…

Le acaricié el pelo y ella me sonrió.

—Por mí no te preocupes —le aseguré—. Haz lo que tengas que hacer. Haré lo posible por contenerme, te lo prometo. Pero si no puedes con ello, si algo te repele y lo quieres dejar, sal corriendo y yo te estaré ahí. No te fallaré, te lo juro.

—Alex… —me susurró—. Necesito pedirte algo…

—Dime… —una culebrilla recorrió mi estómago. ¿Qué vendría a continuación?

—Haga lo que haga… y pase lo que pase… confía en mí…

El silencio nos envolvió, ¿qué podía responder a eso?

—¿Lo harás? —insistió ante mi mutismo.

Y por fin respondí lo que quería oír. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Claro, cielo, no te preocupes, confío en ti y siempre lo haré.

—Gracias…

Se acurrucó en mis brazos y la acuné como a una niña. Al cabo, miró su reloj y saltó alarmada.

—Ostras, son menos veinte y yo sin vestir…

A falta de tres minutos salió corriendo hacia el escenario. Yo la seguí parsimonioso, como si no deseara llegar nunca, ni mirar lo que iba a tener que ver.

*

Subí a la tercera planta y entré en la sala de espectadores. Juan y Blanca ya habían comenzado el show. Eran las diez y cinco y no parecía que quisieran perder el tiempo. Con razón, por otro lado, las pruebas oficiales estaban limitadas a hora y media. No tenían toda la noche, por fortuna para mí.

Mario y Rubén estaban sentados en sendas sillas frente al ventanal de espejo, pero yo preferí quedarme de pie y lo más alejado de ellos que pude.

Pensé en Hugo, que no estaba con ellos. ¿Qué estaría haciendo para no venir a presenciar el espectáculo? Si él era el director de orquesta como pretendía, no tenía excusa para no estar en primera línea de fuego. Me olvidé de él, imaginando que no tardaría en llegar, y me concentré en la escena del interior de la sala.

Blanca y Juan estaban de pie, muy juntos pero no abrazados. Él se había bajado los pantalones hasta medio muslo y ella le tenía agarrada la verga, masturbándola con lentitud con ambas manos. El gordo había levantado su falda, aunque sin quitársela, y le manoseaba la entrepierna por debajo de las bragas, que mi novia aún conservaba.

—Así… Blanquita… así… —decía jadeando—. Con una mano sube y baja la piel y con la otra amásame los huevos… Muy bien… así… Joder cómo has aprendido desde el otro día… Menuda zorrita estás hecha.

Blanca callaba y seguía trabajando la verga del tipejo.

—Por cierto… —seguía él—. Te gusta mi dedito en tu agujero… Hostias, Blanquita… si estás empapada… Vaya si te gusta, guarrona… Venga, toma otro, y ya tienes dos dentro… Ahora te meto el tercero, en cuanto se te abra bien el coñito…

Blanca bajaba la cabeza y él le besaba en el cuello con jadeos entrecortados. Tuve la sensación de que mi novia le estaba negando la boca. Confirmé que estaba en lo cierto cuando el tipejo, sujetándola por la raíz de la melena, la obligó a levantar el rostro y le tomó la boca al asalto con su lengua por delante. Mi novia se resistió cuanto pudo, pero al fin claudicó y abrió los labios para recibir el apéndice húmedo y viscoso del exbombero.

Me sentí mal por lo que ella debía de estar pasando, viéndose obligada a besar una boca ajena y miserable. Pero sucedió lo que menos esperaba. Blanca soltó la polla del gordo y le echó los brazos al cuello. Y comenzó un jugueteo entre lenguas, ora en una boca, ora en la otra, lujurioso y rastrero.

«Blanca, joder, no…», me lamenté.

El enorme exbombero apenas podía abrazar a mi novia, su panza le impedía unir cadera con cadera, pero se las apañó para sujetarla por el culo y atraerla hacia él. Y, con la polla firme y mirando al frente, comenzó un jugueteo moviendo su cadera adelante y atrás y golpeando el vientre de Blanca, en una especie de simulacro de penetración.

—Mira, así es como te la voy a meter… Adentro, afuera, adentro, afuera… Te voy a llenar ese agujerito de carne para que la disfrutes… Verás como subes al cielo y ganamos la apuesta…

Sin fuerza en las piernas, tuve que sentarme para poder seguir allí. Mario y Rubén jaleaban la jugada de vez en cuando y aplaudían si lo que veían les parecía interesante.

En aquella postura erguida se mantuvieron unos minutos, pasados los cuales Juan dio un giro de guion. Sin previo aviso, tomó a Blanca por un hombro y, sujetándole la melena con la otra mano, la empujó hacia abajo hasta que la tuvo de rodillas. Estaba claro lo que iba a ocurrir, y cerré los ojos para no verlo.

Cuando los abrí Juan follaba la boca de mi novia con parsimonia, consiguiendo en cada embestida que le entrara un centímetro más. El gordo reía y medía con los dedos la diferencia de longitud entre la penetración actual y la anterior.

—Mira, zorrita… Ya te entra la mitad… Relaja la garganta, que te tiene que entrar toda… Ufff… cielo, así, así con la lengüita… como la manejas, guarrona…

Blanca, colorada como un tomate, parecía no poder respirar. Pero, en lugar de rehuirle, levantaba la mirada y la clavaba en sus ojos, como pidiéndole más, un poco más cada vez.

No pude resistir la tensión y hui de la sala. Blanca me estaba dando la de arena. Lo hablado un momento antes en la habitación había sido la de cal, pero ahora pintaban vastos.

Era el movimiento de péndulo que volvía. ¿Por qué se había vuelto tan zorra? ¿Por qué no se dedicaba a follar escuetamente para conseguir el objetivo? Me daba cuenta de que, si Juan estaba disfrutando con aquel polvo, Blanca no lo hacía mucho menos.

Y eso dolía. Y mucho.

*

Recordé las palabras de Blanca: «tengo miedo de que te enfades y montes algún lío…». Y su petición expresa: «pase lo que pase, confía en mí». Y decidí que se lo debía. Que no podía dejarla sola. Ella no me veía ni oía desde dentro de la sala, pero si creía que estaba allí, a su lado, se sentiría arropada.

Así que tragué la bilis que me subía por la garganta y volví a la sala de espectadores.

La escena había cambiado. Blanca se había quitado la falda y las bragas y se encontraba apoyada en el cabecero de la cama. Juan, de rodillas ante ella, tenía la cabeza incrustada entre sus piernas y le saboreaba el coño con un fervor casi religioso. Miraba de cuando en cuando hacia arriba y, Blanca, le correspondía con una sonrisa y con los ojos semi cerrados, al tiempo que le sujetaba la cabeza para que no se despistara de su tarea.

Se notaba que mi novia estaba gozando aquella comida. Suspiraba y gemía y le iba diciendo lo que quería, lo que no, dónde tenía que repetir y dónde debía dejar de insistir. Era vomitivo, pero me forcé a estar allí, al pie del cañón.

Repentinamente, vi abrirse la puerta del escenario y comprendí por qué Hugo no estaba junto a los espectadores. El médico era parte del espectáculo. Blanca le vio acercarse y la sonrisa con que le recibió me partió el alma.

Antes de lo que tarda en contarse, el calvorota se había despojado de la parte inferior de su ropa y, verga en mano, acercó su cadera al rostro de Blanca para introducírsela en la boca. Ésta abrió los labios y la recibió con lo que me pareció lujuria.

—Eso, así es, Hugo… —el gordo volvía a sus charlas—. Dale que chupe a la zorrita, que yo la voy calentando por abajo. La vamos a dar bien dado… para que disfrute y nos den un diez los capullos de EXTA-SIS. Venga, Blanquita, usa la lengüita y chúpale bien a Hugo, demuéstrale lo que te he enseñado…

—Tranqui, Juan, que la nena sabe lo que tiene que hacer —apuntó el médico—. No es la primera vez que me la mama la muy guarra…

A pesar de mis promesas, no pude contenerme. Salí corriendo hacia la puerta de la sala e intenté empujarla. Si el médico había entrado, tal vez era porque se encontraba abierta.

Pero no era así. La maldita puerta se hallaba atrancada a cal y canto. Para entrar en la sala se necesitaba la llave, como habían explicado nuestros captores. ¿Cómo diablos había conseguido una llave Hugo?

No pude evitarlo, Blanca tenía razón, en cualquier momento un circuito en mi cerebro podía hacer contacto y me pondría a armar jaleo. Y sucedió. Me lié a puñetazos con la puerta metálica. Al no conseguir nada, comencé con las patadas. Al menos, si no conseguía entrar, que me oyesen.

Me harté de patear y de golpear con el puño y recordé algo que habíamos comentado el día que visitamos el escenario por primera vez, en un remedo de tour turístico. La sala era una cámara «anecoica». Ese tipo de salas que no permiten salir ni entrar sonidos en ella, como las cabinas donde se realizan las pruebas de capacidad auditiva. Si en la sala de espectadores se oía el sonido interior era por el sistema de megafonía que había mencionado la voz en off.

Era inútil, por mucho que golpeara, nadie de dentro iba a escucharme.

Decepcionado y desesperado, me volví junto a Mario y Rubén. La escena, como era de esperar, había seguido hacia adelante.

Juan se había sentado con la espalda en el cabecero de la cama. Blanca, sentada encima de él, y dándole la espalda, se encontraba insertada en su enorme verga, que el gordo movía adentro y afuera del vientre de mi novia con movimientos de cadera.

—Muy bien, muévete, Blanquita… Así, adentro, afuera… muy bien, mi niña… Joder… cómo te mueves, pedazo de golfa…

El morbo de aquella escena, la enorme polla del gordo entrando y saliendo del coño de Blanca, competía con el horror de saber a mi novia poseída por dos hombres a la vez.

Hugo, a lo suyo y de rodillas, follaba la boca de Blanca y la disfrutaba poniendo los ojos en blanco.

—Joder… hummm… joder… —jadeaba el ginecólogo.

Estuve a punto de exclamar un exabrupto. Pero no quise humillarme ante mis compañeros de espectáculo, y me mordí la lengua para no gritar.

La escena no tardó en cambiar de nuevo. El exbombero salió de debajo de Blanca y manipuló a mi chica para que se situara en la posición que él mantenía un segundo antes. Luego se tumbó sobre ella y volvió a penetrarla sin esperas. Un violento misionero, la postura preferida de Juan, comenzó de inmediato. El gordo, mientras se follaba a la protagonista de lo que parecía una película porno, le comía las tetas con dedicación, provocando los gemidos de Blanca que iban subiendo de tono.

—Joder, cielo, qué pedazo de coño tienes… Ufff… Ahí va… toda pa dentro… Está que arde… y tan mojado que mi polla se escurre… Toma, toma, toma… ¿qué tal vas, reina?

—Mmmm… —era lo máximo que respondía Blanca a las insinuaciones del gordo.

Mientras Juan la follaba, el médico se las apañaba en cualquier postura para mantener la polla dentro de su boca. Se «adaptaba». Ahora, con postura un tanto forzada, la seguía follando desde arriba. Blanca hacía esfuerzos por no soltar la polla del ginecólogo y chupaba con algo más que devoción. Parecía que cumplía su promesa de profesarle más «cariño» a cambio de la Viagra.

Salí de nuevo de la sala de espectadores en dirección al baño y vomité todo lo que había cenado. Diez minutos más tarde, ya recuperado, volví al escenario y me encontré con un nuevo cuadro.

Blanca, semisentada contra el cabecero, esperaba la corrida de ambos hombres. Estos, de rodillas, se masturbaban veloces para descargar sobre ella.

—¿Qué ha pasado? —pensé y me lamenté al comprobar que lo había hecho en voz alta.

—Joder… —dijo el viejo—. ¡Te has perdido lo mejor, tío…!

Le miré con cara de asco y le animé con la mirada a proseguir.

—Pues resulta que la guarra se ha corrido como lo que es… una cerda de campeonato. Y ha tenido que ser una corrida de la hostia porque la tía se ha pasado varios minutos dando botes sobre la cama con los ojos en blanco, mientras esos dos no paraban de darla… pim pam, pim pam… ¡Qué crack el gordo! ¡Como se la ha follado el hijo puta…! Jejeje…

Me arrepentí de haber preguntado, pero esperaba que aquello acabara cuanto antes, al menos ya habían conseguido el objetivo. Blanca ya no pintaba nada allí dentro.

Mi novia miraba a los dos tipejos y les señalaba las tetas para que dirigieran allí la lefada que le iba a caer encima. Imaginé el sentimiento de asco que debía de embargarle. O al menos el que le habría embargado en situación parecida antes de entrar en la maldita discoteca.

Finalmente, la lluvia de esperma comenzó a brotar de ambas pollas. Primero de la verga del gordo Juan, quien volcado sobre ella le llenó los pechos y el cuello de su blanca sustancia. El tipo gruñía como un cerdo mientras disparaba y disparaba como si nunca fuera a detenerse.

Hugo tardó algo más. Y cuando comenzó a eyacular, haciendo caso omiso de las indicaciones de Blanca, se elevó un poco y los escupitajos de su verga comenzaron a pringar la cara de mi novia. Ella se quejaba de la traición del médico, pero éste soltaba palabras obscenas y seguía pringándola.

—Joder… toma… toma… cómete esa… pedazo de guarra… —decía el ginecólogo ante mi asombro.

«Puto cerdo», me quejaba en silencio. ¿Y el hijo de su madre decía que Blanca estaba al mando? Si lo hubiera estado, no dudaba de que le hubiera arreado una buena hostia.

Por fin, la lluvia de semen terminó. El gordo se tumbó sobre la cama a un lado de Blanca. Jadeaba sonriente. Se lo había pasado en grande.

—Joder, qué corrida… la hostia, tía…

El médico, en cambio, parecía tener cuerda todavía. Se sentó de espaldas a los espectadores del exterior y siguió hurgando en su entrepierna. Blanca, por su parte, se limpiaba la cara y las tetas como podía con el borde de la sábana. La pringada había sido de las grandes. Una vez se sintió lo menos indecente posible, hizo el gesto de levantarse. El médico, sin embargo, se lo impidió.

—Espera —le dijo—. ¿Dónde te crees que vas?

—¿Cómo que dónde voy? —puso ella expresión de mosqueo—. A dormir, por supuesto.

—De eso nada… —la empujó hacia atrás.

—¿Cómo que no…? —protestó Blanca con malas pulgas—. Me he corrido… Orgasmos uno, EXTA-SIS cero. ¿Qué más quieres? Si te apetece seguir pelándotela, adelante, pero yo me largo.

La sujetó por el brazo y yo me lancé contra el cristal, golpeándolo con una fuerza tan considerable como inútil.

—Tú te quedas… —le dijo apretándole el antebrazo—. Ahora te voy a follar yo.

Recordé las enseñanzas de Juan en la conversación de la biblioteca: «lo que mola es pillarla a escondidas, por sorpresa, y quitarle las bragas antes de que se dé cuenta… convencerla de que abra las piernas… Y reventarle el coño hasta que grite». Parecía que Hugo estaba siguiendo el consejo del exbombero.

Me fijé en la verga del médico. Se hallaba aún tiesa como un poste, a pesar de la corrida de un momento antes, y se la había enfundado en un condón.

Caí en la cuenta de lo que ocurría: el tipejo había tomado de su propia medicina. Una de las pastillas azules con las que comerciaba.

—¿Follarme, tú? —le sonrió Blanca con desprecio—. ¿Estás soñando, querido?

—No seas, cabrona, Blanca… —la expresión de Hugo era suplicante—. Me lo debes. Yo te he dado… eso… ahora te toca a ti cumplir.

—¿Cumplir? —Blanca arrugó el entrecejo—. Yo ya he cumplido contigo. Y te he advertido que a la cara no me lo echaras, puto cerdo… Si quieres follarme, ya tendrás ocasión de hacerlo en las prácticas. Y ahora, aparta…

A punto estuve de aplaudir. Los otros tres hombres miraban la escena con la boca abierta. No podían creer la forma en que Blanca le hablaba a quien consideraban el jefe.

Mi novia se cansó de sostener la mirada a Hugo y, esquivándole, echó a andar hacia la salida, colocándose lo que le faltaba de ropa. El médico la volvió a sujetar por el brazo. Pero esta vez Blanca no se dignó ni a mirarle. Se revolvió y, soltándose de su garra, le dio un manotazo en la mano mordiéndose la lengua y enseñándole los dientes.

—¡Que no me toques…!

Hugo se quedó clavado en el sitio y Blanca salió disparada hacia la puerta.

No quise esperarla, mi expresión lo decía todo y no quería que Blanca la leyese, porque mostraba la duda de si aquella pelea era una simple «lucha de egos» o si se trataba de una nueva pelea de enamorados. Prefería no saberlo. Y para no saber, lo mejor salir de allí cuanto antes.

Continuará......

Esta novela será publicada al completo en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se ha publicado con el título CUATRO HOMBRES PARA BLANCA (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!

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