Iris, la mujer que me cambió (2/6)
Jorge creía haber superado la humillación de ver a su novia tocando a su mejor amigo, pero la convivencia forzada en el piso de Rober desentierra viejos fantasmas. Cuando el voyeurismo se vuelve realidad y los límites entre la lealtad y el deseo se borran, Jorge debe decidir si sigue siendo el protagonista de su propia vida o solo un espectador de su propia degradación.
Febrero del 2024
Tras abrir la puerta me crucé a Iris. No le dirigí la palabra. Era el mediodía y tenía la furgoneta de la mudanza en la puerta. Mi idea era dejar lo más importante (libros, ordenador, cepillo de dientes, geles…) y algo de ropa para así más adelante recoger el resto. Su cara era larga como una pala, y en ese piso reinaba el silencio más incómodo.
Mientras recogía mis cosas sonó un teléfono, era el de Iris. Esa misma mañana hice papeleo para llegar a un acuerdo con la hipoteca, así que seguramente quien llamaba sería nuestro abogado para decirle mi propuesta. No estábamos casados, pero compartíamos una hipoteca. La idea era poner el piso a su nombre y que asumiese todos los gastos. No me importaba el año que llevaba yo pagando mi parte del préstamo. Como tengo una casa a mi nombre, de mi difunta abuela, puedo vivir allí sin problemas. Oigo a Iris llorar.
Después de hacer el primer viaje de trastos, volví y Rober estaba en la puerta; Iris le había llamado. Nos pidió que fuésemos al comedor, que teníamos que hablar. Cedí, puesto que estaba algo más calmado que otros días.
«Cari…, esto… Jorge. En primer lugar, te pido perdón por lo que he hecho. No sé por qué no te dije nada. Hice muy mal.» Dijo entre sollozos, con la voz rota y tartamudeando.
«Asumo parte de la culpa. El primer día que Iris me ayudó a mear puede justificarse porque llevaba media hora aguantándome, pero el resto de las veces… Tendría que habértelo pedido.» Rober estaba mal. Nunca lo había visto así. Siempre había sido risueño y con bromas y chorradas, pero ese día estaba derrotado.
«Vale, ¿puedo continuar ya con la mudanza?» Dije secamente. Escueto, conciso y queriendo que acabase todo. No era como aquellas veces, cuando era más joven y me dejaban, que lloraba y suplicaba. No tenía 18 años. A partir de los 25 me la iba sudando todo un poco, y con 34 años que tenía por aquel entonces me la sudaba todo más aún.
«Jorge, por favor. ¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión? Rober no me gusta para nada, fue una tontería que accediese a sujetársela.» Decía Iris mientras intentaba cogerme de la mano.
«De verdad te digo que lo de cogerle el pene a ese cabrón que era mi amigo fue lo de menos. Si me lo hubieras dicho el primer día no me hubiera importado. Estaba justificado. Pero las otras veces… Además, según oí le depilaste… ¿Cuántas veces has estado con él en el baño?»
«Cinco» Dijo Rober. «Dos veces las que nos viste y tres más otros días. No recuerdo exactamente qué días fueron, pero eran mientras trabajabas. Me sabía mal molestarte porque no quería que me dieras la chapa porque algunas mañanas no meaba y sobre las 10 me entraban ganas.»
«Sí, y le depilé la polla el día de antes de que nos pillases. Le molestan los pelos y se la suele depilar con asiduidad. Pero como últimamente tiene problemas para hacerlo, le quise ayudar. No quiero justificarme ni excusarme, hice mal. Solo quiero que sepas que me arrepiento de haber sido una novia horrible, no te mereces esto, ni mis enfados, ni mis malos días en el trabajo. Sé que llevamos tiempo que no hacemos nada porque siempre estoy con mi trabajo. Intentaré cambiar si me das una oportunidad. Eres la mejor persona que he conocido y no merece la pena que por haberle tocado la polla a un tío nuestra relación se vaya a la mierda.» Los ojos de Iris eran sinceros. Tenía esperanza de que yo claudicase y aceptase sus disculpas.
«Lo dicho. No me importa que le cogieses la polla a este mejor amigo de mierda. No me agrada que lo dejemos. Soy el primero al que esto le viene grande, pero creo que es lo mejor para los dos. Entiendo que quieras estar con él.»
«¡¡¡No es eso!!!, Rober no me gusta. Ni física ni interiormente. Al día siguiente de tener la discusión se largó de casa y desde entonces no ha vuelto. Me enamoré de ti por cómo eres en todos los sentidos. Lo de Rober no sería ni desliz ni relación porque no estoy interesada lo más mínimo por él. Por favor, dame otra oportunidad…»
Se acercó y me besó. Yo no reaccionaba mientras ella insistía con sus besos. Lloraba, sollozaba. Sus besos sabían a la sal de sus lágrimas. Lágrimas de haberla cagado con su novio. Lágrimas de haber echado a perder una relación de año y medio. Comencé a notar una ligera erección tras mi bragueta, que ella correspondió tocándome el paquete. Rober vio que sobraba y se fue. Mientras tanto, Iris seguía besándome y metiendo la mano en el interior del pantalón.
«Lo siento mucho. Te descuidé, descuidé nuestra relación y no me percaté de que te estaba perdiendo. No sé qué me pasó por la cabeza cuando iba con Rober al baño.» Decía mientras me acariciaba el pene. Notaba cómo crecía y ella continuó, seguramente interpretó que me estaba poniendo cachondo.
La aparté de mí y ella soltó mi polla. Creo que intuía que no colaba. «Tendré que hablar con Rober sobre por qué nos dio dos versiones. No sé su situación ni si aún sigue con esa mierda en las manos. No puedo continuar contigo si la esto sigue como si nada. ¿Cómo te sentirías si le toco el coño a una amiga tuya? Seme sincera.»
«Fatal. No creo que te perdonase. Sinceramente, sabes que soy muy celosa.»
«Pues así estoy yo. Si quieres podemos retomar lo nuestro, pero cada uno en su casa y poco a poco.»
Su cara se transformó rápidamente. Su mirada triste mudó en alegría infantil. Me besó y empezó a meterme mano de nuevo, pero me negué y le dije que poco a poco significa poco a poco. Temía imaginármela con la polla de Rober en su mano cada vez que me la tocaba. No sé si hubo algo más. Tal vez tenga razón y fue un error por su parte. Hasta yo he fantaseado alguna vez con montármelo con alguna alumna. Pero una cosa es imaginárselo y otra hacerlo. No sé cómo reaccionaría si una alumna me pide que le toque el coño.
«Quiero hablar con Rober antes. Me debe muchas explicaciones.» Dije secándome la saliva y las lágrimas de mi rostro.
«Te espero, entonces.»
Marzo de 2024
A las dos semanas nos reconciliamos del todo, aunque estuve sin querer sexo durante unos días. Lo dicho, me daba cosa pensar en el pene de Rober mientras lo hacíamos. Pero un día me recibió Iris con su conjunto de lencería y pidiéndome sexo.
«Necesito que me folles bien. Te necesito dentro de mí. Echo de menor tu rabo en mi coño.» Me decía, con voz muy sensual. Quería que la tratase como a una puta, y no me pude resistir.
Como de costumbre, tardó muy poco en correrse. No ayudaba tampoco que le metiese un dedo por el culo mientras la penetraba por el coño. Iba marcando la penetración vaginal y compasándola con la anal. Me gustó ese polvo de reconciliación. Me sentía como antes, a lo poco de salir, cuando solo follábamos y follábamos y nos descubríamos el uno al otro. Le entró enterita desde el primer momento. Se ve que estaba bien lubricada.
Cuando acabó de correrse me pidió que le metiese mi polla en la boca, quería darme placer oral. Trataba de no pensar que esas manos habían tocado el pene de Rober. Y funcionó. Sus lengüetazos en la punta de mi capullo fueron decisivos para que me corriera. Eyaculé en su cara a chorros mientras ella hacía lo que tanto me excitaba: morderse ligeramente el labio inferior, sonreír y decir su «uhum» mientras asentía. ¿Cómo no correrse con eso? Sabía cómo poner cara de zorra cuando me la chupaba o comía los huevos. No sé quién se lo enseñó, pero tenía práctica.
Con la cara cubierta de esperma buscaba una servilleta para quitarse los restos. Se la alcancé y le di un beso en la cabeza mientras se limpiaba.
«¿Al final hablaste con Rober?» Decía Iris mientras me miraba con su cuerpo desnudo. En la habitación olía mucho a sexo.
«Sí. Me juró y me perjuró que lo de la plaga era verdad, que te mintió porque se confundió cuando te iba a decir lo de las cucarachas y parece ser que se rayó. No sé si creerle, me parecen ambas excusas de mierda.»
«¿Y aún sigue con lo de las manos?»
«Sí. Según me dijo, se ha ido a vivir con su madre. Menudo cuadro ahí, esa señora sujetándole el nabo. Que se joda, por listo.»
Mayo de 2024
Estábamos completamente reconciliados, aunque el sexo no fue tan intenso y constante como en las primeras semanas. Ambos teníamos mucho trabajo que hacer. El año académico acaba en junio, y tenía exámenes que preparar e informes que cumplimentar. Iris tampoco lo tenía muy bien. Durante el mes de mayo muchos se cogen días libres en su empresa y los pringaos a los que les toca trabajar hacen más horas que un reloj.
Rober y yo también nos reconciliamos. Admitió por enésima vez que lo que hizo estuvo mal y decidimos pasar página. Según me dijo, seguía estando con problemas en las manos, pero derivados de otra cosa. Le dieron el alta a lo poco de irse de nuestro piso, y al reincorporarse se rompió el brazo derecho. Además, la mano izquierda no se le acabó de curar del todo y aún seguía con las cremas, así que duró poco su libertad.
«Sí, aún sigo viviendo con mi madre e intento hacerme todo yo solo, pero es muy complicado. Eso sí, ya me estoy acostumbrando más. Aprendí mucho viviendo con Iris y tú.» Dijo en su último mensaje de audio.
A las dos semanas…
«¿Entonces, esto significa que tenemos que estar fuera de casa?»
«Sí, al menos hasta que nos aseguren que la zona es segura. Según los peritos, la estructura del edificio puede estar comprometida y hasta que no hagan las debidas comprobaciones no quieren que nadie esté residiendo dentro.» Decía el presidente de nuestra comunidad de vecinos. Un hombre mayor, algo enjuto y con constantes carraspeos.
«Vale, pues se lo diré a mi novia a ver qué hacemos.»
Qué poco duran las alegrías en la casa del pobre, pensé. Después de nuestra reconciliación y de retomar nuestra relación, decidimos continuar con nuestras vidas como si nada. Lamentablemente, un vecino de nuestro edificio tuvo un incidente con el gas y hubo un incendio en el edificio. Por suerte el fuego no afectó del todo la estructura, aunque temían por su integridad y no se la querían jugar, así que disponíamos en ese momento de 48 horas para recoger lo necesario y desplazarnos a otra vivienda hasta que la nuestra volviese a estar segura.
«Con mis padres, imposible. Ya no tienen habitaciones libres. ¿No ves que mi madre se hizo un vestidor con mi habitación y mi padre un gimnasio-taller con la de mi hermana? Como no durmamos en el salón lo tenemos jodido.»
«La casa de mi abuela tampoco está disponible. La alquilé a lo poco de volver tú y yo y los inquilinos aún tienen un año de contrato. Podría rescindirse el contrato durante un tiempo, pero mi gestor dice que el tiempo de espera para realizar los trámites es largo y seguramente cuando podamos mudarnos allá nuestra vivienda estará disponible de nuevo.»
«Pues ya me dirás tú qué hacemos, porque como no se lo pidamos a Rober…»
«¿Rober? Uf, no sé. Recuerda que aún sigue teniendo esa movida en los brazos, y paso de tocarle el miembro. Además, no me fío. Creo que oculta cosas y no sé. Intentaré mover algunos hilos y a ver si alguien más nos puede hacer un favor. Si no, probaremos con Rober.»
49 horas después…
«¿Los gatos no se vienen?» Preguntaba Rober una vez nos dejó entrar a su piso.
«Se los quedan mis padres.» Decía Iris mientras iba cargada con el ordenador y algunas maletas.
«Mejor, no sabía dónde colocarlos.»
El piso de Rober era parecido al nuestro en cuanto a distribución, aunque solo disponía de tres habitaciones y un cuarto de baño.
«El lavabo es un poco más pequeño que el vuestro, no tiene bidé ni ventana, así que después de ducharos tendréis que dejar abierto. Os dejo la habitación grande, puesto que yo solo me puedo apañar en la pequeña. Iris, tienes una habitación disponible para que la uses de despacho. Jorge, te tendrás que apañar con vuestra habitación.»
«No pasa nada. En peores situaciones me he visto.»
Nos tocó al final convivir con Rober durante el tiempo que nuestra vivienda estuviera disponible. Debo decir que la situación fue tensa al principio, sobre todo cuando él hablaba con Iris. Me venían a la cabeza imágenes de ella sujetándole la polla y él meando. Por desgracia para nosotros, su estado era parecido, así que nos tocaba otra vez hacernos cargo de él. Como dije en su momento, no me importaba que Iris se hiciese cargo de él, pero con la condición de que a mí me fuese imposible atenderle. Y atenderle quiere decir sujetarle la polla cuando necesite orinar, cagar o ducharse. Porque sí, ahora se habían sumado otros problemas. Antes podía más o menos desenvolverse con dos manos medio bien, pero ahora tenía un brazo completamente inutilizado.
«Pues mantenemos el mismo horario que entonces. Meada matutina y nocturna, al mediodía otra. Me comprometeré a seguir ese horario y si no puedo, entonces Iris te ayudará.» Dije yo mientras iba organizando algunos trastos en nuestra habitación. «¿Os parece bien? ¿Iris, Rober?»
Aunque Iris i Rober no pusieron ninguna pega, intentaba por todos los medios estar siempre pendiente de atender a Rober para que a Iris no le tocase nunca. Los dos primeros días me hice cargo yo, aunque el tercero le tocó a Iris.
Tercer día en casa de Rober
«A ver… Ya está fuera. Wow, sí que se nota que llevas tiempo sin depilar.» Decía Iris con el pene de Rober en la mano.
«Sí. No le iba a pedir a mi madre que me depilase.»
«Vamos que tengo que hacerlo yo. No si al final tú serás el que más sale ganando aquí.» Dijo Iris riéndose. «Pues, no sé, si eso se lo pregunto a Jorge cuándo le viene mal ayudarte a mear y te depilo.»
«Gracias.»
Oía toda la conversación a través de la puerta. No iba a dejar a mi novia con él a solas y sin control. No me venía bien ayudar a Rober ese momento, pero sí que podía escaquearme de vez en cuando del trabajo.
Los días se fueron sucediendo sin ningún problema, preguntando el seguimiento al presidente del edificio para ver qué tal iban los trabajos de restauración. Quedaban solo una semana más y ya estaría todo disponible. Y parecían todo buenas noticias hasta que un día sucedió algo que me temía.
Décimo día en casa de Rober
«Espera, mejor voy a cagar primero.» Dijo Rober mientras estaba yo en el baño.
«Joder, eres poco fino. Abriré la puerta para que se ventile porque a ver quién es el guapo que entra ahí después.»
Y sonó mi teléfono. Iris lo cogió y me dijo que era de mi trabajo, que tenía que atender la llamada urgentemente. Salí y fui hacia nuestro dormitorio. Iris iba a salir de fiesta con unas amigas e iba vestida con uno de sus vestiditos de flores. Iba igual de guapa que esos días de verano en los que quedábamos y deseaba ser baldosa para verle toda la cosa. Un vestidito como el que llevaba aquella noche en la que hicimos el amor por primera vez.
Intenté que la conversación fuese lo más rápida posible, puesto que quería ayudar a Rober, pero mi gozo en un pozo. Tenía que personarme en la facultad para un puesto que me habían encargado relacionado con los alumnos de Erasmus.
Oí que tiraban de la cadena; seguramente Rober había acabado. Qué remedio, mi novia tendría que ayudarle a mear, pues la conversación iba para rato.
Por suerte, al minuto mi jefe me colgó, decía que tendría que pasarme por allá en una hora para hablar más detenidamente. Y me acerqué al baño y puse la oreja en la puerta.
«Joder. Ya estamos otra vez. Tienes que controlar las erecciones.»
«No me la cojas muy fuerte que creo que se me está poniendo más dura aún.» Decía él con voz de circunstancia.
«Vale, te la suelto si quieres. ¿Te parece bien que me quede sentada o me voy?»
«No, por favor, creo que en nada se me bajará.»
«Ok. Qué lástima que aquí no tengáis bidé. Con un poco de agua fría se te bajaría. Si quieres llamo a Jorge. A ver si con un hombre…»
«No, por favor. Me daría mucho corte. Espérate un momento.»
Y pasaron los minutos. Estaba dispuesto a entrar hasta que oí que Rober se quejaba.
«¿Qué haces?»
«Calla, que si no te pajeo no se te baja y he quedado.»
Iris, mi novia, mi dulce gatita le estaba haciendo una paja a mi amigo.
«No. Esto está mal. No quiero que le pongas los cuernos a tu novio conmigo. Por favor, para. Que creo que me está excitando.»
«De eso se trata, que te corras ya y así se te baje, que si no lo podrás todo perdido con tu meada. Y por Jorge no te preocupes, esto no son cuernos. Además, no lo estoy disfrutando.»
«Pues yo sí, joder cómo me pones. No sabía que tenías esta técnica.»
Iris se rio. Su risa era parecida a la primera vez que me masturbaba: se mordía ligeramente el labio inferior y sonreía mientras emitía un «uhum» como de asentimiento. Era su risa, nuestra risa, la que hacía cuando estábamos en nuestro momento íntimo, cuando me comía los huevos, cuando me corría en su cara, cuando eyaculaba dentro de ella… Y estaba compartiendo esa risa con mi amigo mientras le hacía una paja.
«Sí. Y hago otras cosas, pero a Jorge solo. Así que confórmate con esta paja.»
Abrí un poco la puerta, para ver a través de la rendija que separa la puerta del marco, y lo vi con todo detalle.
No me lo podía creer. Quise liarla otra vez, como hace unos meses, y llevarme a todo el mundo por delante. No me imaginaba que mi dulce y fiel novia le estuviese regalando una soberana paja a mi amigo. Lo peor de todo es que su ritmo era firme y constante. Conmigo siempre se la veía torpe y poco mañosa. Con él era diferente.
Entonces pensé y tuve la mente fría. Quería saber hasta dónde estaban dispuestos a llegar. Así que decidí entrar y marcarme un farol. Fingiría que me iba ya para ver qué hacían cuando no estoy.
«Hola, cariño.» Abrí la puerta del todo. «Sé que estáis con la meada. Quería comentaros que salgo un momento a comprar la cena. Ya nos vemos.» Rober se ponía de espaldas a mí para que no supiese que estaba empalmado y mi novia masturbándolo.
«Ok. Está bien. Ahora nos vemos, cari.» Dijo mi novia. Qué bien disimulaba la muy puta.
Hice como que salía, cerré la puerta del rellano y me acerqué otra vez a mirar.
Seguían en la misma posición, sin tan siquiera cerrar la puerta, así que mi visión sería mejor que antes. Y los observé.
«Mejor que se haya ido, empezaba a sentirme mal.» Dijo mi novia mientras retomaba el ritmo de la paja.
«Sí, porque se me estaba empezando a bajar un poco.»
«Pues muy mal, porque creo que tienes mucho que descargar. ¿Cuánto hace que no te corres?»
«La última vez que estuve con una mujer fue hace un año, por lo menos.» ¿Cómo? Pero si me había dicho que estaba con una de Madrid. Otra mentira, y esta había colado hasta el fondo.
«Joder. Pues a ver si te corres, que lo necesitas.»
«Si sigues así, seguramente en breve te lo echaré todo»
«Sí, dámelo todo.»
«Cómo me pone lo que me haces, Iris. Me pone mucho. Por cierto, me da vergüenza decirte que me excitas con tu vestido, que lo sepas.»
«Me alegro.»
«Perdón por las burradas que te digo pero, cuántas cosas te haría.»
«¿Y qué me harías? ¿Qué te gustaría hacerme?»
«Te besaría mientras te toco las tetas y el coño. Te lamería enterita y te comería el coño y mordería el clítoris para que te corrieses para mí.»
«Uf. Qué bestia que eres, y qué imaginativo.»
«Es que me excitas tanto que me inspira verte así, con tu vestido, que casi puedo oler tu coño hasta aquí. Te lo partiría en dos.»
«Qué mono. Mira, te voy a regalar algo.»
Entonces Iris hizo algo que no me esperaba. Se bajó la parte de arriba del vestido y se quitó el sostén, dejando ver sus tetas preciosas, redondas y naturales. Con sus pezones rosados como de caramelo. Perfectas y tersas.
Y Rober hizo algo que tampoco me esperaba. Con su mano izquierda, la que tenía vendada y tan apenas podía mover, continuó la paja que antes le estaba haciendo mi novia. Esta, sorprendida y riéndose mientras se mordía el labio, se estaba tocando los pezones.
«Joder. Estás muy buena. Estás mejor que cualquier tía a la que me haya follado. Qué suerte tiene Jorge. Cómo me follaría ese coño tuyo.»
«¿Sí? Dámelo todo. Córrete pensando en que me follas. Vamos. Quiero tu corrida. Quiero que tu gran polla eyacule sobre mí.» Y siguió riéndose y tocándose los pezones con una mano y con la otra los testículos a Rober. Hasta Rober intentó acercarse a lamerlos, pero ella se lo negó. «Se mira, pero no se toca, guapo. Ahora, quiero que te corras.» Le decía mientras le estaba acariciando los cojones con su mano.
Y se corrió mientras gruñía como un monstruo de película. Convulsionaba como un poseso de tal manera que casi se cae encima de mi novia. Por inercia, Iris puso su mano en la trayectoria de los chorros de esperma de Rober. No sé el tiempo que llevaría sin eyacular, pero eso lo he visto solo en películas. Por poco mi novia se lleva un buen trallazo de lefa en la cara.
Acabó de correrse y en seguida se puso a mear. Lo hacía sin manos, ya que mi novia se estaba limpiando su semen de la mano.
«No te preocupes si manchas de meado el lavabo, luego lo limpio. Te has quedado bien a gusto por lo que veo.»
«Sí. Perdón por lo que te he dicho, no sé qué me ha pasado por la cabeza.»
«No te preocupes. Mejor que Jorge no sepa nada de esto.» Dijo Iris mientras se volvía a poner el sujetador. «Te subo el pantalón y me marcho yo también.»
Como pude, salí de ahí a esconderme a mi despacho hasta que sonó la puerta de fuera. Parece que Iris se había ido. Aproveché que Rober estaba en el salón para irme yo a la reunión. No supe cómo reaccionar, la verdad. Tenía una sensación extraña. Entre cabreo, dolor de estómago y ganas de llorar. Vale que mi novia no le había dejado propasarse, pero le había enseñado las tetas. Joder, y las cosas que se decían.
Esa misma noche…
Iris y yo hicimos el amor. Estaba muy cachonda y gritaba mucho. Tenía miedo de que se enterase Rober.
«Joder, cari, cómo estás. Me pones mucho. No sabía que eras tan puta.» Le decía, con la respiración entrecortada a medida que la penetraba. Descontrolado y como un animal, le entraba toda mi polla en el interior de su útero. Nunca había estado ella tan mojada como esa noche. Hasta el ruido que hacía mi pene al entrar en su vagina era diferente al de otras veces. No era un sonido viscoso y denso. Era líquido y grácil. Con cada embestida parecía que sus ojos se salían de las órbitas.
«Quiero que me partas el coño por la mitad. ¿Lo harás? Me acabo de correr hace un rato y no me duele. Fóllame fuerte, soy tu puta. Dámelo todo, quiero una gran corrida de tu gran polla.» Me decía estas cosas mientras entrecerraba los ojos. Mirando en otra dirección, hacia la puerta.
Lo que empezó siendo un misionero acabó con ella encima dándome la espalda y follándomela por el coño. Intenté sacarla para metérsela por el culo y tocarle el clítoris. Pero ella se negó.
«No, quiero por el coño. Quiero que me lo partas por la mitad. Dime que me lo vas a partir por la mitad. Así, que polla tienes joder, qué bien hecha. Y qué glande más gordo.»
¿Por qué quería que le dijese esas cosas? ¿Tal vez porque fue lo mismo que le dijo Rober cuando le estaba pajeando? ¿Tanto le excitaba la polla de Rober que se había corrido una vez y seguía queriendo más? ¿Por qué no hice nada para frenarlo?
Me tenía que ir a esa puta reunión, por eso no les interrumpí cuando sabía que ella iba a pajearle. Si me hubiera esperado lo de las tetas seguramente la hubiera vuelto a liar. La puta reunión de las narices. Y luego los de Erasmus, y los alumnos que me habían asignado. ¿Cómo se llamaba ella? A sí, Nicoleta, una rumana guapísima. Joder, cómo estaba esa rumana pelirroja y bonita.
«Me corro, cari.» Dije, mientras pensaba en Nicoleta.
«Sí. Dentro, amor. Me estás preñando. Bien dentro, me has partido el coño. Mírame cómo me corro, guapo.»
Mientras trataba de reponerme, miré hacia donde miraba Iris, la puerta. Estaba abierta casi de par en par, pero por la oscuridad que reinaba en el pasillo, no pude ver nada. ¿Había alguien? ¿Por eso Iris quiso ponerse en esa postura, para mirar hacia allá? ¿Estaba Rober ahí?
Cuando acabamos, ella se salió de mí y se tumbó. Yo me dirigí en dirección a la habitación de Rober, por si estaba ahí. Pero la puerta estaba cerrada a cal y canto y se le oía roncar. Tal vez eran imaginaciones mías.
Fui al baño a limpiarme un poco la polla y contemplé el escenario donde se gestó la paja a Rober. Me decidí, le diría a Iris lo que vi y le pediría explicaciones. Esto no iba a quedar así. Puedo entender que Rober se sienta atraído por mi novia, pero no me parece normal que ella le muestre las tetas.
Me dirigí a nuestra habitación para decirle a Iris lo que había visto, pero estaba profundamente dormida. Habrá que esperar a mañana o no sé. Tal vez ella le masturbó por lástima y simplemente sea eso.
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