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Iris, la mujer que me cambió (Prólogo)

Siete años después de aquella mirada furtiva desde la ventana, Jorge vuelve a cruzar caminos con Iris. Lo que comenzó como una atracción voyeurista se transforma en una pasión desbordada, pero la llegada de un amigo herido a su casa promete complicar la tranquilidad del nido que acaban de construir.

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Todo empezó hace 7 años, cuando conocí a mi novia (Iris), de 22 años por aquel entonces, en una comida familiar en la que éramos: mis dos tíos con sus respectivas esposas, mi madre, su novio, unos vecinos y la hermana de uno de ellos. Por motivos obvios también hay que contarme a mí (Jorge). Desde que empecé la carrera me tomé muy en serio los estudios, aunque de joven mantuve una vida sexual y fiestera bien plena, siempre que me dejaban, claro. No me privé de nada desde los 16 años, pero ahora con 35 tengo otras aficiones, y aún recuerdo esos tiempos con nostalgia. Sobre todo, con mi cuadrilla: Miguel, Joaquín, Enrique y Roberto. Lamentablemente, con los años fuimos distanciándonos por parejas, estudios, trabajo, etc. Miguel se ennovió con 18, se casó y tiene dos hijos; Joaquín se fue a vivir a Francia antes de la pandemia y desde entonces que no nos vemos; Enrique murió de un accidente de tráfico, y Roberto, el más loco y crápula del grupo, sentó la cabeza y tiene una pareja y sueldo estable.

Retomando la comida familiar. Iris se la veía tímida, aunque muy habladora. Parece contradictorio pero mi novia es así. Puede estar hablando durante horas, pero si ve que invades su espacio vital o intentas tomar la iniciativa con algo se sonroja y disimula su nerviosismo. Como tanto ella como yo estábamos en la universidad, mi madre pensó que haríamos muy buenas migas y por ello nos puso uno al lado del otro. No obstante, al principio no me impresionó mucho. Era delgada, pequeñita, pelo largo castaño y no muy atractiva de cara, pero debo decir que me encantan las mujeres delgadas. Y con su culito respingón y sus tetas bien puestas me ponía muchísimo. Me recuerda mucho a la actriz porno Flora Rodgers.

Efectivamente, mi madre tenía razón, nos caímos fenomenal, ya que no parábamos de hablar y hablar durante toda la comida.

Una vez acabamos de comer me fui a dormir la siesta; trabajar y estudiar te deja muy cansado y los fines de semana prefieres dormir y relajarte. Mientras estaba en el reino de Morfeo, me despertaron unos gritos. Como tenía la piscina de mi casa al lado de la piscina, me despertaron los gritos de los invitados, que se estaban haciendo ahogadillas en el agua. Unas dos horas y media de sueño que me dejaron como nuevo, así que me puse a leer unos textos de la universidad para así avanzar en materia. Mientras lo hacía escuché a Iris reírse y miré a través de la mallorquina de la ventana aprovechando que desde la piscina no podían verme. Y la contemplé: Iris, la diosa marmórea que se mantenía a flote cual loto blanco sobre la superficie de un lago. El bikini le estilizaba mucho más la figura. Está claro que pocas mujeres pierden desnudas, pero lo de Iris era brutal.

Me recordaba a esas actrices porno de tamaño mini. Como Piper Perri o Sammie Daniels, aunque con más tetas. Subía y bajaba mientras se mantenía a flote, y las tetas le botaban del bikini como dos gelatinas en un plato de cerámica pálida. Fantaseaba cómo sería tocar, besar, chupar y morder esos pezones. Besarle los labios, mejillas y lóbulos de las orejas mientras le diría que me excitan mucho sus tetas. Mientras tanto fui notando una ligera erección bajo el pantalón e instintivamente fui masajeándome tanto el pene como los testículos, lo que incrementó aún más mi erección.

Le estaba preguntando a mi madre que dónde estaba yo. Su voz cariñosa y sexy incentivaba mi excitación. Ella, señalando la mallorquina desde donde miraba, le respondió que en mi habitación. Iris miró. Por un instante nuestras miradas se cruzaron, aunque ella no fuera consciente de ello. Ya no pude más. Noté el beso melifluo del semen a través de mis dedos. Nunca he eyaculado como esos actores porno que parece que disparan chorros lefa, pero esta vez fue una excepción. Una mancha pegajosa y acuosa dibujaba un sinuoso y grumoso relieve en las lamas de la mallorquina. No reparé en que me estaba masturbando mientras estaba mirando embobado a iris, mi sirena. Había hecho la prueba de la paja sin darme cuenta y ella había aprobado. Sabía desde aquél entonces que no me la podía quitar de la cabeza hasta que la poseyera. Caí en su trampa como el engañado Paris juzgando quién era la diosa más hermosa.

No supe qué hacer, así que me quedé embobado viéndola hasta que me percaté de que tenía que limpiar el estropicio que había hecho.

Siguió la tarde y marcharon.

Pasaron los años y me enteré de que tenía novio. Tampoco es que fuera un buen momento para tener una relación estable con nadie; necesitaba acabar mis estudios. Si quiero tener familia necesito un buen trabajo, y para eso necesito estudiar. Así que continué con mi vida.

Hace dos años y medio, recién graduado y con trabajo decidí lanzarme a la piscina. Mi madre habló con su hermana y me dijo que Iris estaba soltera y que al parecer aún se acordaba de mí. La encontré en el Facebook, solicité amistad y esperé una semana de rigor para hablar con ella por privado. Acordamos plan, quedamos y a los dos meses de vernos ya nos estábamos comiendo la boca en mi coche.

Empezó ella, ya que nunca he sido muy lanzado. Mis besos ansiaban labios a los que morder, lamer y saborear. No sé el tiempo que estuvimos, pero mataría por volver a ese momento. Sus tímidos besos, de joven inexperta, correspondían mis salvajes lametones a sus labios. El chasquido que hacíamos morreándonos rompía el silencio apagado de la claustrofóbica estancia. Después, el chasquido mudó a ligero gemido de mujer a la que le están tocando la vagina. Debo decir que temía que no me dejase propasarme tan pronto. Creo que me había saltado cuatro o cinco pasos. Me había pasado tres pueblos. Había llegado tan lejos, hasta Narnia, que había roto todas las leyes sobre cómo se tiene que proceder en estos casos. Obvié cualquier código y hasta la Convención de Ginebra pasando a la acción mientras le acariciaba sus labios vaginales. Aunque estaba caliente ahí abajo. El toqueteo que le di fue tímido y al compás de mi lengua en su boca. Cual ariete, mis dedos golpeaban la elástica tela de las bragas de encaje que llevaba.

Todas las parejas que he tenido han llevado o tanga o ropa interior normal, pero el encaje me vuelve loco. A ellas les parecía de vieja, pero por fin había conocido a alguien que le gustaba. O tal vez sabía leerme la mente y por ello decidió ponerse esa lencería. Quería absorberme, llevarme a lo más íntimo de su ser, que venciera al guardián del puente de su castidad para así tomar lo que debí tomar en su día. Ella lo sabía y por ello optó por esa prenda.

O tal vez son imaginaciones mías y le gustan esas bragas.

«¿Te hace que vayamos a un sitio más apartado?»

Pregunté mientras aprovechaba para contemplarla. No sabía el tiempo que llevábamos, si molestábamos donde estábamos aparcados o si había algún voyeur agazapado en las sombras de la calle.

«Vamos a mi piso mejor»

No cabía en mí, aunque tanta iniciativa me abrumaba. Normalmente suele ser el hombre el que quiere llevársela a la cama. Yo simplemente quería saborearla más tranquilamente. Comerle las tetas y el coño. Sentir su olor y su sabor, notar cómo el áspero bello público ligeramente recortado hace cosquillas en mi lengua. Temía ir tan rápido. Temía que ella no quisiese nada más. Me quedé noqueado por tanta iniciativa. Pero necesitaba dejar a un lado mis inseguridades y vergüenza. Necesitaba responder y decirle que sí. Y lo hice.

«Síííííííííí, pero ¿tu compañera de piso no estará durmiendo? Me sabría mal molestar.»

«Estará fuera todo el fin de semana.»

Y como un adolescente que escucha el timbre que da el pistoletazo de salida para que los estudiantes abandonen sus pupitres y salgan al patio, así salí del coche. Cogiéndole de la mano y manteniendo una respiración constante y sin nerviosismo. Nunca me había pasado esto. Siempre era yo el que intentaba meterse en la cama y culminar la faena. Desde luego esa noche descubrí que Iris era única.

En el reino de Nix me adentré. El olor de la noche de verano imbuía mis pensamientos y me hacía creer que nada era real. Que era un sueño febril de esos que intentas correr, pero no llevas a la meta. Como la paradoja de la flecha de Zenón, aunque con una tía buena que me acompañaba a su jardín secreto y darme la manzana. Intentaba disimular mis temblores fruto del nerviosismo. Parecía que fuera virgen de nuevo, como aquella vez en los lavabos de un pub, con una tía con más experiencia que yo y yendo drogado. Fue ridícula aquella vez, y por eso siempre he tenido miedo de acostarme con alguien la primera vez, por si no estoy a la altura.

Subiendo con el ascensor hasta su piso se podía cortar la tensión en el ambiente. Ambos sonreíamos y nos mirábamos como dos enamorados. No sabía adónde me llevaría esto, pero estaba dispuesto a ir a por todas. Me encantaba ella. Quería besar esa vagina que intentaba tocar, oler sus tetas mientras gime por mis embestidas. Quería desmontarla a pollazos y que sólo se limitase a concentrarse para correrse.

Aunque por otra parte me asaltaban las dudas sobre si eran pajas mentales todo aquello que desfilaba por mi mente enferma de tanto porno. Al final seguramente acabaría yéndome a casa con el calentón y pajeándome en algún descampado con el coche porque al final ella se rallaría y no querría continuar. «Lo siento pero vamos poco a poco mejor», «¿en otro momento podemos intentarlo?», «aún no he olvidado a mi ex»… Excusas que ya había escuchado de otros labios, miradas de desilusión y de frustración que había visto de otros ojos, labios que condenan a muerte a un corazón ilusionado y que temía que se repitieran.

Cuando me quise dar cuenta ya estábamos en su habitación. Efectivamente su compañera de piso no estaba. Y en la habitación todo continuó. Se repetían los besos, las caricias, la respiración entrecortada, el toqueteo… La notaba húmeda en su vagina, pues una fina tela separaba mis dedos de sus labios vaginales. Me llevé los dedos a la nariz y me deleité con su aroma a vagina excitada. Así que hice el amago de subirle la falda para verle las bragas. Y ahí estaba mi premio. ¿Os he dicho que se parecía a Flora Rodgers en todos los sentidos? Me encantan las vaginas con algo de vello, hace que el olor se quede más tiempo y se pueda degustar mejor un coño que sepa a coño, sin necesidad de potingues y perfumes. La fina tela como de malla dejaba entrever esa vagina bien deliciosa. Se notaba cómo el flujo vaginal se adhería en el fino tejido membranáceo de sus bragas, que se quitó a los pocos segundos.

Ni cinco segundos tardó en empujar mi cara a esa vagina exquisita. Su sabor alcalino me era familiar, aunque llevaba tiempo que no lo saboreaba. Los 5 años de carrera fueron largos, pero merecieron la pena. Notaba que su vagina tenía los espasmos típicos de estar a punto de correrse. Sabía que no era virgen, pues me lo dijo en la tercera o cuarta cita, a partir del mes de quedar. Y tenía ya tres novios en su historial. Y debo decir que me gustaba. No soy de los que las buscan vírgenes ni soy un acosador de jovencitas por dos motivos: el primero, el obvio, ni me gustan las crías ni creo que haya alguna que no se haya desvirgado con más de 20 años. El segundo, me gustan las que ya tengan un rodaje. Una vez desvirgué a una novia que tuve y fue una muy mala experiencia. Por eso me extrañé cuando le lamí la vagina a Iris, porque enseguida se vino en mi boca. Incluso fue tal su excitación que ni se percató de que se estaba orinando en mi boca. El contraste entre la alcalinidad de sus flujos vaginales y el regusto salado y acre de su orina me excitó mucho. Nunca me había interesado la urofilia, la veía algo de degenerados y asquerosos. Pero me encantó más que si se me hubiera corrido solamente.

Siguió con sus espasmos durante unos segundos, donde no paraba de mover mi lengua y ella salmodiaba jadeantes gemidos: «Sí, sí, sí», «no pares», «me estoy corriendo»…

Yo tenía la polla como una palanca de cambios, así que cuando me retiré de su vagina, me acabé de desvestir y me puse el preservativo. Opté por la postura del misionero. Tampoco quería enseñarle mi repertorio la primera noche. Además, hacía un calor sofocante de agosto, y no me quería agotar a la primera.

Al principio me dio miedo partirla en dos, porque su vagina parecía muy pequeña, así que la penetré con cuidado. No es que yo sea muy dotado: tan apenas llego a los 17 cm y no es que la tenga muy gruesa. Pero contrastaba mucho con el conducto vaginal tan estrecho que tenía Iris. Entraba suave, pero con bastante presión alrededor. Me dejé hacer mientras ella me marcaba la intensidad. Estaba que reventaba de la presión. Necesitaba penetrarla fuerte. Desmontarla enterita y correrme como un perro. Siempre me puso muy cachondo cuando quedábamos y ella llevaba esos vestiditos de una pieza que casi se le veían las bragas. Le iba a dar rabo para tres generaciones. Pero me contuve.

A los cinco minutos de ir poco a poco, cuando ya había entrado todo mi pene hasta la base de los testículos, comencé a bombear progresivamente. Desgraciadamente, cuando abrí los ojos, vi que hacía muecas de dolor. Le pregunté si es que le estaba haciendo daño, y me dijo que sí. Así que la saqué y le fui dando besos en la frente, el pelo, las mejillas, los senos, hasta la vagina. Quería mimarla, mostrarle que mi deseo iba más allá de un calentón. No era una simple puta. Quería que fuese algo más, y por eso tendría que pensar en ella. Se me había corrido en la boca y me había regalado una de las mejores comidas de coño de mi vida. Fue lo más parecido a hacer el amor que experimenté en mi vida.

Me dijo que cuando se corre, le irrita la vagina. Al parecer sus dos exparejas tenían penes mucho más pequeños y finos que el mío. A diferencia de lo que suelen pensar muchas mujeres, yo no me sentí bien. Hay quien piensa que quiere tener un pene enorme para hacer gozar a una mujer y que se convierta en una actriz porno. Sin pensar que muchas de esas mujeres están drogadas o estimuladas para que no sientan tanto dolor. Con 15 cm es suficiente. No me sentí muy bien al saber que le hacía daño. No es bonito, no es sexy. Y estuvimos abrazados a pesar de mi evidente erección.

Con su manita empezó a masturbarme después de cinco minutos de estar tumbados besándonos y diciéndonos cosas bonitas. Lo hacía algo torpe y descompasado. Es difícil para una mujer que tan apenas ha masturbado a un hombre saberlo hacer a la primera, pues ella me dijo que no tenía tan apenas experiencia. Debo admitir que muy pocas han conseguido que me corra de esa manera. Al parecer un pene y una vagina no son muy diferentes. Así que continué yo la faena, mientras besaba sus pechos y tocaba su vagina. Y entonces me preguntó algo que nunca ninguna me había ofrecido. Mientras ella se ponía boca arriba, decúbito supino, yo me arrodillaba y le ponía los testículos en la boca para que me los chupase. Ella tuvo esa iniciativa, que valoré mucho, y comenzó a lamerme los testículos con gran maestría.

Me han hecho felaciones, me han lamido las orejas, me han dado por el culo alguna vez con un arnés, pero nunca me habían lamido los huevos. Tardé poco en correrme. Lo hice sobre su vagina, pues no quería manchar tan preciosa cara. Le dejé el pubis como la radio de un pintor. Jamás había eyaculado tanto. Ni sobre las lamas de la mallorquina aquella tarde que la vi en la piscina. Fue una sensación de principio a fin muy placentera. Primero puse su cara en medio de mis piernas mientras yo estaba de rodillas, después comenzó a introducirse uno a uno cada testículo en la boca y a chupetearlos. Según me dijo después, como los tengo depilados, para ella es mejor y le gusta más. Después, mientras me los iba lamiendo, aprovechando que su lengua es bastante larga, me lamia hasta el perineo, casi cerca del ano. No me lo podía creer, fue muy sensual. No solo descubrí que era una chica encantadora, inteligente y trabajadora, sino que también era una auténtica zorra en la cama.

Con el tiempo la relación se fue afianzando. Me mudé la semana siguiente a su habitación y a los 10 meses ya estábamos firmando una hipoteca, bien dispuestos a vivir juntos. Durante esos primeros meses todo iba fenomenal. Como ambos trabajábamos y estudiábamos, nos entendíamos bastante. Ella era una chica bastante normal, no era pretensiosa, no salía de fiesta, le gustaba trabajar y disfrutar de la vida… Debo de decir que nunca he sido un novio celoso, de hecho, más de una vez la llevaba de fiesta con sus amigas y la recogía horas más tarde, de madrugada. Antes yo era una persona más inseguro y fiestero. Iba empalmando resaca tras resaca, pero con Iris iba a ser distinto. Había encontrado a una mujer que me complementaría y acorde a mi nueva vida.

Pasaron los meses y, paseando una tarde por el pueblo me encontré el coche de mi amigo Roberto. Al principio pasó desapercibido, pero mi novia me indicó un coche que le hacía gracia, azul como fosforito y con una calavera en llamas en la parte trasera. Entonces lo supe. Era su coche. Me sonaba que se había ido a vivir cerca de mi pueblo, pero no sabía que tanto. Él es un técnico de una empresa de energías y tiene puestos itinerantes por toda la Comunidad Valenciana.

Al llegar a casa le escribí un Whatsapp para decirle que había visto su coche y que me apetecía quedar con él. Me respondió con un mensaje de audio:

Rober: «Hola, tío, ¿qué tal tú también? Pues resulta que he tenido un accidente de trabajo y estoy de baja, por eso has visto el coche. Normalmente hago turno de noche, porque el mantenimiento de los equipos que manejo suele hacerse cuando hay menos actividad» 19:35 h

Yo: «Jodo, ¡qué putada! Espero que estés bien dentro de la gravedad. Si necesitas algo ya sabes dónde estamos.» 19:37 h

Rober: «Muchas gracias. Pues sí, es un putadón porque además es en las dos manos. Ahora te hablo desde el portátil. Sí que puedo más o menos tocar, pero tengo las dos manos vendadas. Estaba cambiando el cableado de una instalación de alta tensión y al parecer hubo una derivación y casi me quedo tieso. Por suerte solo han sido unas heridas en las palmas de las manos, pero me dicen en la mutua que podía haber sido peor.» 19:40 h

Yo: «¡¡UFFFF!! No sé si preguntarte cómo haces para mear, porque tiene que ser gracioso.» 19:41 h

Rober: «Calla, calla, que me dijo mi madre que me echaba una mano. Estás que le dejo que me toque el nabo. Encima es una putada porque hace unos meses me dejó mi novia. Ahora más o menos me apaño. Meo sentado y ya está. Es cuestión de acostumbrarse, la verdad. Ahora también se me ha complicado el tema de la pasta porque para el alquiler casi que no me llega. Ahorré poco y como estoy de baja no cobro el 100 % de mi sueldo.» 20:00 h

Yo: «Hostias, pues sí, es jodido. Mi novia y yo nos pillamos un piso por hipoteca. La verdad es que los alquileres están muy caros, y soltar mil pavos para una cosa que al final no será tuya… es una mierda. Por lo menos antes estaban más asequibles, pero ahora estás que nos ponemos de alquiler.» 20:05 h

Rober: «Pues sí. Oye, si te enteras de alguien que alquile algo por menos de 600 € me lo dices y mando a paseo a mi casera, que no la veo con ánimos de fiarme. Sería hasta que se me acabe la baja y me reincorpore.» 20:06 h

Yo: «¡Claro! Descuida. Si me entero de algo te lo digo. ¿Hasta cuándo tienes la baja?» 20:07 h

Rober: «Pues tuve el accidente a primeros de octubre, así que, según el doctor, en diciembre ya estaré bien, aunque me ha recomendado que continúe todas las navidades y esté de reposo hasta enero. Tiene miedo de que la piel se resienta y acabe con alguna infección o algo así.» 20:10 h

Yo: «Bueno, tampoco es tanto tiempo, ahora estamos a 10 de noviembre, así que ni tan mal. Si quieres le puedo preguntar a mi pareja si te quieres venir aquí. Tenemos una habitación disponible y la verdad es que esos 600 € nos vendrían muy bien. Déjame confirmártelo y te cuento.» 20:11 h

Rober: «Ok.» 20:11 h

Yo: «Eyyy, he hablado con mi chica y me ha dicho que no hay problema. Por la pasta no te preocupes, por 600 € dice que bien, pero sin prisas. Tampoco es cuestión que nos pagues siempre el día 1, además, para unos meses que te quedarías, si te viniera mejor, nos lo puedes pagar todo seguido.» 21:37 h

Dicho y hecho, la semana siguiente estuve echando una mano a mi amigo para llevarlo a nuestro piso y prepararle lo que sería su habitación hasta que la cosa mejorase.

Continuará.

[Bien, este es el primer relato de una serie que me he animado a hacer. Consta de 6 capítulos más un prólogo y un epílogo. El prólogo es el que veis, y tampoco he sabido muy bien dónde ubicarlo, puesto que la serie tendrá sus giritos de guion. Os cuento un poco sobre este relato. Este prólogo es 100 % real. Así conocí a mi actual pareja. Aunque, para respetar el anonimato de los actores, todos los nombres que hay aquí son ficticios. A partir de aquí veremos cómo evoluciona la historia. Tengo pensado su final, pero me gustaría ver qué opináis y cómo os gustaría que se desarrollase la historia.

En el siguiente relato hablaré un poco sobre mí y además vendrá acompañado de regalos.]