4 hombres para Blanca - completo (cap. 19)
Alex creía conocer a su novia, pero las paredes de la discoteca guardan secretos que no imaginaba. Cuando la promesa de fidelidad se quiebra, se ve arrastrado a una camilla donde su papel no es el de amante, sino el de ejecutor de un ritual que lo reduce a mero espectador de su propia degradación.
Se mantenía en silencio. Entendí que prefería dejarme enfriar por mí mismo, antes de decir algo que me soliviantara aún más.
—¿Es eso lo que he hecho mal? —le pregunté tras calmarme un poco.
—¿Qué…? —no pareció entenderme.
—Pues eso, «querida» —utilicé el apelativo con tono hiriente—. Te he tratado bien durante siete años, te he mimado, te he hecho el amor con dulzura. ¡Y resulta que me equivoque de pleno! ¡Para hacerte correr tenía que haberte llenado la cara de hostias y el cuello de marcas de dedos! ¡Joder! ¡Si me lo hubieras dicho, te habría arrancado todos los pelos de la cabeza a tirones! ¡Para que tuvieras tus putos orgasmos!
Blanca se encogía, alucinada. Jamás me había visto tan alterado, ni siquiera el día de las papeletas de EXTA-SIS.
—Alex, por dios, cálmate, cariño —las manos le temblaban, pero ya no gemía.
—¡Y una puta mierda me voy a calmar! ¡Yo como un gilipollas tomando pastillitas del puto médico mientras tú te follas hasta el apuntador a mis espaldas!
—Eso no es verdad… no digas burradas…
—¡Júralo!
—¡Te lo juro…!
Tal vez era sincera. Pero yo ya no me creía nada de lo que decía, y me dejé caer, apoyado en una pared de baldosines desgastados.
Blanca se arrodilló a mi lado y me abrazó.
—Te lo prometo, de verdad… —insistió—. Tienes que creerme, amor. Y te juro otra cosa…
—¿Qué…? —solté sin fuerzas, desinflándome del todo.
—Que a partir de ahora no haré nada con ninguno de ellos sin que tú lo sepas de antemano. En pruebas o lo que sea. Si tengo que acostarme con cualquiera será con tu consentimiento. Y podrás estar presente… o no, pero serás tú quien lo decida.
La miré incrédulo. Volvía a envolverme en sus palabras dulces para mantenerme a su lado. Pero a saber lo que estaría planeando por dentro. Si quería sincerarse conmigo de verdad, debería darme su pin. Era la única forma de mantenernos en sintonía: que yo conociera todo lo que se hablaba entre ella y el resto. Y así se lo dije.
—No puedo —contestó con aire lastimero…
De nuevo las excusas. Y de nuevo mi malestar.
—¿Esa es la forma que tienes de cumplir tus promesas…? —la ataqué con los ojos rojos, apunto de echarme a llorar.
—No es eso… —bajó la mirada—. Es porque… EXTA-SIS me ha advertido de que nadie debe conocer mi pin. Hoy ha sido lo de la llave, pero puede haber más cosas en el futuro que dependan de mí. Si te doy mi clave, tendremos problemas con esos cabrones. Lo menos que podría ocurrir es que me lo cambiaran.
Sabía que mentía una vez más. Blanca me contaba alguna verdad de forma esporádica porque necesitaba tirar hacia adelante con mi ayuda, la de su perro guardián. No era el caso en esta ocasión. Pero, sopesando los pros y los contras, decidí fingir que la creía.
Y reforcé mi decisión firme e inapelable de averiguar su pin. Como fuera, pero tenía que conseguirlo.
Día 6 (4) – La cancelación
De vuelta a la habitación, Blanca retomó el móvil. Lo miraba de vez en cuando, pero no tecleaba nada. Si pensaba que yo creía que solo miraba las fotografías de su Galería iba dada. Me esperaba cualquier cosa sucia que pudiera imaginar.
Después de un buen rato de manosearlo, algo debió de llegarle porque sus manos se movieron con rapidez sobre la pantalla. Leyó unos segundos lo que hubiera recibido y su sonrisa se ensanchó hasta un punto que hacía tiempo no le veía. Había recibido buenas noticias, de eso estaba seguro.
Con la sonrisa pintada se levantó y comenzó a probarse ropa que sacaba del armario y arrojaba sobre la cama, para luego ponérsela encima y mirarse al espejo.
—¿Para qué te pruebas tanta ropa? —pregunté a los cinco minutos, a sabiendas de que ella hubiera preferido que le preguntara mucho antes.
—Para nada, ya sabes, para sentirme bien… —respondió
—Venga, no me cuentes cuentos… Te estás arreglando para el show de esta noche.
Se sintió pillada, pero ello añadió leña al optimismo que reflejaba su semblante. ¿Estaría tan contenta al saber que Juan le iba a proporcionar no menos de dos orgasmos de primera una hora después? Podía ser, aunque yo sospechaba otra cosa.
—Pues sí, ¿qué pasa…? —reconoció—. Quiero estar guapa para el show de esta noche, esos asquerosos de EXTA-SIS seguro que nos graban con todas las cámaras y focos que han preparado en el escenario.
El estómago se me retorció. ¿Grabarles? ¿Para qué? Aunque seguía sospechando de algo más.
—¿Por eso estás tan contenta? —dije con ironía—. No me negarás que llevas un rato que sonríes por todo.
—Mejor sonreír que llorar, ¿no? —replicó sin enfado—. Que ya nos tocará la parte mala, no creas que no.
Y entonces entré a saco.
—¿Y no será que estás tan contenta por el wasap que has recibido?
Por un instante le cambió la expresión. Pero enseguida se repuso. Tenía que reconocerle una cosa, como actriz habría tenido un futuro prometedor.
—Pues sí, me ha hecho gracia un wasap —dijo mientras se probaba un top sobre la ropa y pedía mi opinión—. ¿No puede reírse una con los memes que le llegan?
No estaba seguro de que fuera un meme precisamente lo que le provocaba el buen humor. Al menos no en ese momento. Así que le pedí que me lo enseñara. No esperaba que lo hiciera, pero por intentarlo que no quedase.
Sin siquiera pestañear, tomó el móvil y lo desbloqueó. Tecleó sobre la pantalla y luego lo lanzó a mi lado sobre la cama.
—Toma —dijo—. Es el chat del salido de Mario.
Vaya, parecía que el término «salido» había cambiado de dueño. Hasta ahora se lo había adjudicado a Juan, pero parecía haberlo cambiado al viejo.
Miré la pantalla y lo que había en ella era una foto de una polla enhiesta. Pequeña, pero de un grosor considerable. El mensaje que la acompañaba era igual de repelente.
MARIO: Ya sé que te ha gustado mi cacharro mientras te daba bien esta mañana, guarrona. Cuando quieras puedes volver a probarlo. Y no te preocupes por nada, que te lo voy a dejar relamer hasta que te hartes de yogur.
Un sentimiento de angustia y de mala leche me subió por las venas. Aquellos dos mensajes eran los únicos que había recibido del vejete. Parecía que el tipo iba a sacarle provecho a aquel wasap interno. Pero que lo hiciera con Blanca me sublevaba. ¿Qué no le estarían enviando los otros tres necios? No quería ni imaginarlo.
—¿Y esto te hace tanta gracia? Porque para mí es vomitivo…
—Vamos, bobín, no te lo tomes todo a mal —me reprendió como si lo hiciera a un niño—. Ese viejo es inofensivo. Por muchas fotopollas que me envíe no me voy a volver loca por él.
—¿Y qué le vas a responder? —insistí.
—¿Responderle? —me miró con cara de asco—. ¿Tú estás loco? Ni de coña le respondo al puto viejo. Pues sí, solo me faltaba que él también se me encoñase.
—¿También…? —pregunté mosqueado.
Pero pasó de mi pregunta e intensificó la prueba de la ropa que usaría esa noche, dejándome con la palabra en la boca.
—¿Para qué tanta prueba? —le dije cabreado—. Para lo que te va a durar puesta…
Había necesitado decir la última palabra y fue lo único que se me ocurrió.
*
A las diez menos diez, Blanca estaba preparada. Y, sentada ante el espejo, se daba los últimos retoques de maquillaje.
—¿Vas a venir? —preguntó.
La angustia me mataba pensando en lo que iba a pasar en pocos minutos en el maldito escenario. Tal vez si no fuera Juan, no me lo estaría tomando tan mal. Hice de tripas corazón y respondí como pude.
—Creo que me acercaré después de que empecéis. Por ver de qué va el rollo del escenario y todo eso, más que nada. Después ya veré lo que hago.
—Vale, cielo… Dame un beso y ya me voy… Deséame suerte.
—Suerte…
Me dio un piquito, tan solo un roce —para no estropearse el brillo de labios, argumentó— y desapareció por la puerta. La había notado super nerviosa, quizá habría tenido que acompañarla. No era solo el hecho de entregarse a un macho Alpha, supuse, también todo el espectáculo que habían montado los de EXTA-SIS en la sala escenario. Aquello, lo miraras como lo miraras, tenía que impresionar.
Para Blanca debía de ser como para un actor principiante el primer estreno de su vida en un teatro repleto de gente.
Antes de seguirle los pasos, tomé una botella de ron que guardaba en mi mesilla de noche y le di unos tragos. El calor del licor conseguía ponerme a tono y me daba ánimos para situaciones peliagudas. Recordé haber echado unos tragos de anís —no encontré nada más— el primer día que Blanca vino a casa después de que me atreví a invitarla a subir.
La cosa había ido bien, más o menos. Hasta que me olió el licor en la boca y quiso probarlo. Tenía la habitación preparada por si aceptaba hacerlo conmigo esa tarde. Pero los primeros tragos dieron lugar a unos segundos y acabamos tirados sobre la cama… pero durmiendo la borrachera.
Abandoné los recuerdos y me armé de valor para salir al pasillo. De lejos se oían voces, cosa rara en la enorme discoteca, donde lo normal era el silencio.
Seguí el griterío que provenía de la tercera planta. Miré a la escalera y observé como Blanca y Juan bajaban por ella rezongando. Había algo raro en la conversación, su tono no era propio de una charla amigable. Además, ¿qué hacían allí los dos? ¿No tendrían que estar jadeando sobre la cama hasta que mi novia se subiera por las paredes?
—Blanca… —dije—. ¿Qué pasa? ¿Qué son esas voces?
—Es por esos gilipollas de EXTA-SIS… —replicó airada—. Resulta que han cancelado la prueba. Dicen que es por «causas técnicas».
—¡Menuda putada! —añadió Juan.
—Tanta parafernalia para nada… —apostilló Blanca.
Entendía las razones de Juan. Al fin y al cabo se había hecho ilusiones de follarse a muerte a mi novia aquella noche. Pero no tenía muy claras las de ella. Tal vez se debía a los nervios que había pasado por culpa de los preparativos. Y ahora todo ese nerviosismo no servía para nada. Volvería a repetirse cuando la prueba se celebrara por fin.
—¿Han dicho cuándo será? —pregunté.
—Que no lo saben, que avisarán, es lo único que han comentado —dijo Blanca—. ¿No lo has leído en el chat grupal? Lo han informado por ahí. Y menos mal que Juan se ha llevado el móvil. A mí no se me había ocurrido llevarlo para… para eso…
—No, no he mirado los chats en toda la tarde. Tengo el móvil cargando a velocidad de tortuga, para variar.
Nos deshicimos de Juan que pretendía que nos tomáramos una copa con él en la cocina y nos volvimos al dormitorio.
—Será gilipollas el gordo de mierda… —protesté una vez dentro—. ¿Qué se cree? ¿Qué es mi amigo? Y una polla me voy a tomar copas con ése… ése…
—Vale, Alex, que te pasas de rosca… En el fondo Juan es tan víctima como todos.
—Ya, pero una víctima que es capaz de hacer correrse a mi novia, mientras que yo no… ¿Crees que eso no me afecta?
Se me colgó del cuello y me aplicó unos besos en la mejilla y en la garganta.
—Venga, no vuelvas a eso… Tú eres mi chico guapo… Y eres al único que quiero.
—Ya… eso se lo dirás a todos…
Me propinó un pellizco que me hizo real daño.
—Joder… —me quejé.
—Pero, mira —concluyó—. A grandes males, grandes remedios. Como esta noche no hay prueba oficial, tu yo vamos a practicar un rato, ¿te apuntas?
No le dije que no, a pesar del malestar que sentía en los últimos tiempos. Sabía que Blanca me concedía miguitas para tenerme aplacado. Pero, con ella, hasta tener sexo por compasión valía la pena.
Y el revolcón de la velada fue más que interesante. El calentón de Blanca por el polvo malogrado con Juan tuvo mucha culpa de ello, sospeché.
Día 7 (1) – Aventura en el gym
El día siguiente desayunamos temprano. Todos los demás se hallaban ya en la cocina cuando llegamos, pero ni Blanca ni yo nos acercamos. Nos sentíamos bien juntos y a solas. La noche de intimidad nos había unido algo más.
Era en momentos como ése cuando mi decisión de alejarme de ella quedaba debilitada. En cualquier caso, me encontraba de buen humor, imaginaba que en el exterior de la discoteca haría un día soleado y perfecto, y no quise pensar en nada más. Era feliz, en suma.
—Se te ve bien esta mañana… —bromeó Blanca masticando Kelloggs bañados en leche.
—Sí, hoy creo que haré algo diferente, la vida es bella.
Mi novia rió bajito y luego se inclinó hacia mí.
—¿Y no será porque anoche descargaste la escopeta…? ¿Dos veces…?
Reímos a la vez, pero la llamé al orden.
—Ssshhh… Cuidado con lo que hablas que las paredes oyen. Y estos tipejos se apuntan a un bombardeo.
—Hoy no… —replicó quitándome una miga del labio con una uña—. Hoy es solo para nosotros.
—¿De verdad?
—De verdad.
Quise creerla. Quizá porque deseaba hacerlo. Y porque mi optimismo me hacía ver el futuro de otro color.
El día que se nos venía encima me haría cambiar de opinión.
*
Después del desayuno, nos duchamos —juntos, aunque sin sexo— y luego nos arreglamos en la habitación. Eran casi las diez y aún no había noticias de EXTA-SIS sobre la nueva fecha de la prueba oficial. Una razón más para sentirme feliz.
—¿Cuál es tu plan para hoy? —pregunté tras un largo silencio—. ¿Te apetece algo de lectura?
—Creo que no… —repuso poniéndose la mano en el abdomen—. Me temo que tanta inactividad me empieza a pesar en la barriga. He decidido pasar por el gym. Un poco de ejercicio me vendrá bien. ¿Te apuntas?
Me lo pensé un instante. No me hacía gracia la imagen de Blanca cerca de Rubén, quien pasaba las horas en el gimnasio, y menos después de lo del día anterior. Aun así, ganó mi naturaleza perezosa.
—No… no me apetece…
—Serás vago… —bromeó tirándome una toalla.
—No, si no digo que no vaya a ir a ese gym… algún día —reí—. Pero hoy no tengo ganas… Quizá mañana… o pasado…
Reímos a coro y esta vez me tiró una almohada.
—Oso perezoso… no sé por qué estoy contigo…
La miré de arriba abajo y me extrañó su atuendo si lo que quería era sudar en el gimnasio.
—Tu ropa no te pega… —le levanté la falda que acababa de ponerse—. ¿Vas a hacer gimnasia con una faldita que no te tapa ni las bragas?
Blanca sonrió y me propinó un manotazo en la mano con la que le levantaba la ropa.
—¡Quita esa mano, so guarro…! —rió levantándose la falda ella misma—. Esto no son unas bragas, que no te enteras… Es una malla corta, como un bañador pero de cuello alto…. jajaja… Para hacer gimnasia, se quita la falda y con la malla y el top se suda a tope, pero sin pasar calor.
—Vaya con las modas… —le seguí la corriente—. En realidad, esa malla se parece a unas bragas de abuela… jajaja…
—Tú si qué eres un abuelo… so bobo…
Nos despedimos y cada uno tomó su camino. Había decidido acercarme a la biblioteca. Aun a riesgo de encontrarme con Hugo. Mi intención ese día no era el de buscar algún libro en concreto, sino disfrutar de los volúmenes que la abarrotaban. El placer de acariciar los lomos, extraer un libro de su estantería y hojearlo, era tan grande o mayor que leerlo.
La estancia se hallaba vacía, por suerte. El médico no andaba por allí ni apareció en ningún momento. Las siguientes dos horas las pasé en silencio entre mamotretos, algunos de ellos primeras ediciones de obras muy famosas. Aquella biblioteca, además de un paraíso para un amante de la lectura, tenía que valer una fortuna.
Dos horas más tarde miré el reloj. El tiempo se me había pasado volando. Y echaba de menos a Blanca. Era hora de ir a buscarla. Tal vez daríamos una vuelta por la primera planta. A paso ligero, ¿por qué no? Eso también sería deporte.
*
Antes de nada, me pasé por el dormitorio. No podía descartar que hubiera vuelto del gym y que se encontrara por allí. No obstante, la habitación se hallaba vacía como cuando la dejamos.
Sobre la mesilla brillaba mi móvil. Lo había olvidado cuando salí hacia la biblioteca, y ahora decidí rescatarlo. Lo tomé entre las manos y, al ir a encenderlo, me encontré con la sorpresa: batería al 0% una vez más.
Lo enchufé en la corriente y salí del cuarto. Volví a atacar los peldaños hacia la tercera planta. Bufé sin respiración. Si me hubiera acercado al gym antes de bajar a la segunda, me habría ahorrado el viaje de ida para luego tener que volver a subir.
La luz del gimnasio se hallaba encendida. Y dentro se oían voces, una de ellas femenina. Blanca se encontraba allí, con toda seguridad. Con paso firme entré en la gran sala.
Y al ver el espectáculo me quedé congelado.
La escena era increíble. Increíble y sucia. Sobre todo por la reciente promesa de Blanca de no mantener sexo a mis espaldas.
Desde mi posición, podía verlos a ellos, pero no ellos a mí.
Blanca estaba sentada en la misma camilla en que la había encontrado el día en que Juan se estaba probando los condones. Se hallaba sentada, igual que aquella vez, aunque ahora en un extremo. Pero habían cambiado la camilla de posición y mi novia me daba la espalda.
Las manos de Blanca estaban apoyadas sobre la camilla a su espalda, y las piernas las mantenía abiertas. «Demasiado» abiertas. Al menos lo suficiente para que Hugo se moviera entre ellas, de cara a mí. Por otro lado, Juan y Rubén flanqueaban a ambos mirando lo que ocurría bajo la falda de mi novia, donde el médico manipulaba algún objeto.
Di unos pasos dispuesto a pedir explicaciones y se me detuvo el corazón durante unos segundos. Lo que Hugo manipulaba junto a Blanca era su propia verga. Estaba hinchada, dura y dispuesta a entrar en acción. Las voces de los cuatro no eran inteligibles en la distancia por el eco de la sala. Las risas de unos y otros eran, sin embargo, más que significativas.
La peor de todas, la que más dolía, la de Blanca.
Detenido por el estupor, observé como el ginecólogo movía la polla con la mano muy cerca de mi novia. Tan cerca que debía de estar rozándola sin duda alguna. Si Blanca se había despojado de la malla deportiva, aquella verga estaría tocando sus labios vaginales. Delante de todos.
No me cupo la menor duda: el cerdo de Hugo estaba a punto de meterle su sucia polla a mi novia, ante la mirada y las risas del resto del grupo, incluidas las de Blanca.
Me quería morir. Una vez más me había engañado como a un imbécil. Aquello tal vez fuera una de las malditas prácticas, pero al realizarla a mis espaldas después de prometer que no volvería a hacerlo, era una traición en toda regla.
*
Hugo levantó la cabeza y me descubrió. No hizo, sin embargo, ningún gesto de sorpresa. El resto de participantes en aquel bochornoso espectáculo, al ver el cambio en la dirección de la mirada del médico, giraron la cabeza hacia mí.
Pero yo solo miraba a Blanca. Y mi novia, al verme sonrió y me hizo una seña con la mano para que me acercara hacia ellos. La indecencia de mi futura esposa me agrió el estómago. ¿Cómo coños se comportaba así, y con semejante sangre fría?
—Vamos, Alex —dijo sonriéndome como si no pasara nada—, que llevamos esperándote un buen rato… ¿Es que no lees los mensajes del móvil?
Tragué saliva, sin entender a qué se refería.
—¿Qué… qué mensajes? —tartamudeé con las piernas temblándome.
—Pues los que te he enviado hace un rato… —replicó—. Venga, anda, que eres un desastre… Ven que te contamos… Que sin ti no podemos empezar la prueba y menudas horas…
La naturalidad de Blanca me desarmaba. Y recordé la imagen de mi móvil, descargado y abandonado sobre mi mesilla de noche. Quizá era cierto que me había enviado algún mensaje para avisarme de la práctica. Pero me pregunté qué tendría que ver yo con aquella prueba, en la que Hugo iba a follarse de nuevo a Blanca.
Tuve que forzar mi voluntad para conseguir moverme, pero al fin me acerqué a la camilla.
Al llegar hasta al grupo, comprobé con alivio que la malla de Blanca se encontraba en su sitio. Y que la polla del médico, enfundada en un condón, solo tocaba tela. Aun así, los labios de Blanca se notaban super hinchados y dibujaban un profundo surco bajo la malla. Sin contar con la humedad que la oscurecía en un redondel acusador. Hugo había estado rozando aquellos labios mientras esperaban mi llegada. Y con toda seguridad era la causa de la humedad impúdica.
Odiaba a aquel puñetero calvo y cada día más.
—Ven, Alex… —me dijo Hugo cuando estuve junto a ellos—. Colócate entre las piernas de Blanca.
Con mal humor, tomé el lugar del médico en la prueba, y él se subió los pantalones.
—Voy a explicarte el método que he ideado para que Blanca tenga un orgasmo contigo… —continuó.
No paraba de asombrarme con cada nuevo descubrimiento. Mi novia se había inclinado hacia mí y me había dado un pico de saludo. Y Hugo, situado a mi espalda, comenzó a darme indicaciones que se me antojaron órdenes.
Me pidió que me bajara los pantalones y que me pusiera un condón. Me cerré en banda, me avergonzaba que mi miembro estuviera fláccido y me negaba a sacarlo a la luz.
—Venga, mi amor… —decía Blanca tocándome por encima de la ropa—. Si ya se ve que la tienes arrugadita, pero déjame que te la reanime.
Y, metiéndome una mano por la cintura del pantalón del chándal, la magreó hasta que su consistencia alcanzó el punto que consideró suficiente.
—Venga, bájate los pantalones y ponte el preservativo —me apuró Hugo.
—No, no hace falta… —intercedió Blanca—. Con Alex lo hago a pelo.
—Vaya… —dijo el médico—. ¿Tomas la píldora? Qué notición.
—Si tomo la píldora o no —le cortó si miramientos mi chica—, no es tu problema. Al grano, Hugo, que va siendo la hora de comer.
El médico se rió y luego continuó su explicación. Los otros dos no decían nada, pero se relamían los labios y tragaban saliva constantemente. Estaban cachondos como perros junto a la hembra en celo.
Hugo, impertérrito, entró en detalles.
—Mira, Alex —comenzó—, lo que tienes que hacer es penetrar a Blanca en la posición en que se encuentra. Ella, mientras lo haces, se inclinará hacia adelante y te enlazará el cuello con los brazos.
Le miraba expectante, todo aquello seguía pareciéndome una bufonada y estaba deseando que acabase para salir de allí con mi novia. Si no había tirado de Blanca y nos habíamos largado ya, era por no enfadarla a ella, que se tomaba todo aquello más que en serio.
—Cuando la estés, digamos, «cabalgando», la posición adelantada de ella hará que tu miembro, aplastado por el borde de la camilla, se ajuste hacia arriba y roce su punto G. ¿Recuerdas lo que decíamos del punto G el otro día? Pues eso, que aunque pueda ser una leyenda, creo que mi método puede funcionar.
Estaba describiendo la función que ejercería dentro de la vagina de Blanca una verga gorda y dura… como la de Juan. Eso me enfadó, Hugo intentaba conseguir que mi polla funcionara como la del exbombero, porque si no lo hacía era porque abultaba, como mucho, la mitad. Era humillante.
No le dije ni que sí ni que no a su alusión al «punto G» y el prosiguió.
—Blanca tendrá que elevar las piernas para que la penetres en el ángulo adecuado, pero no demasiado arriba, porque entonces tu miembro bajaría y tendería a apoyarse en el perineo. ¿Entiendes?
Tampoco respondí ahora, pero al tipo pareció darle igual.
—Así que la postura de ella será muy incómoda. Y aquí entras tú de nuevo, que la sujetarás firmemente, una mano en cada corva para que no se le caigan las piernas al suelo de puro cansancio. ¿Todo bien?
Blanca palmoteó ilusionada. Y no tuve fuerza para decir nada que la enfadara.
—Todo bien… —confirmé cabizbajo.
—Pues venga, a la faena —animó Hugo—. Blanca, quítate esas bragas de abuela.
Podría haberme echado a reír si la situación no hubiera sido tan ridícula.
—No son bragas de abuela —protestó Blanca—. Son mallas de verano de deporte. Los tíos no tenéis ni idea.
Pero, enfadada o no, tiró de la cinturilla de la prenda y, con un gesto femenino, se las bajó por las caderas y luego se las sacó por los pies. Después salivó tres de sus dedos y con ellos lubricó la entrada a la vagina. Los hombres a su alrededor la miraban con ojos hambrientos, apretando sus bultos bajo la entrepierna de los pantalones.
—Ven, cielo, que te la meneo otro poco… —dijo Blanca—. Parece que ha perdido fuelle.
Le cogí la mano y la detuve. Y a continuación puse mis condiciones.
*
—A ver, Hugo —dije con voz firme—. Si quieres que continuemos, estos dos se tienen que ir. Si no, cojo a Blanca y ya practicaremos en nuestro cuarto, sin mirones.
Juan y Rubén protestaron mi salida de tono. Hugo, sin embargo, ni pestañeó. Simplemente miró a mi novia y le preguntó.
—¿Tú qué dices, Blanca?
Su respuesta me congratuló.
—Lo mismo que Alex, estos dos fuera…
—Pues ya habéis oído —dijo el médico mirando a los espectadores—. A cascárosla a la cocina.
Rubén se lo tomó con filosofía, pero Juan no podía por menos que protestar.
—No jodas, Hugo… ¿Por qué tenemos que perdernos nosotros la fiesta?
—Fuera, coño… —repitió el médico y ya no hubo discusiones.
Los dos mirones se largaron y Hugo nos volvió a insistir
—Y ahora, vosotros a lo vuestro que yo controlo desde atrás para no molestar.
Me acerqué a Blanca y volvió a menearme la verga para que alcanzase la dureza necesaria. Con el médico a mi espalda y los otros dos fuera de la vista, me sentí cómodo y mi polla alcanzó la rigidez suficiente para penetrar a mi novia.
Me abrazó y acercó su boca a la mía. Los besos que siguieron eran una delicia, cargados de saliva y de lujuria. Blanca estaba super caliente. No había duda, aquellos jugueteos con los compañeros de encierro la ponían muy cerda. Y ahora yo me congratulaba con ello, no como en otras ocasiones.
Blanca, su mejilla contra la mía, me susurró al oído.
—Lubrícame tú el chochito, cielo…
Repetí la operación que ella había realizado antes. Salivé mis dedos y se los pasé por entre los labios y la entrada a la vagina. Blanca no paraba de gemir.
Llegados a un punto, nos encontrábamos preparados para la penetración. Y ella volvió a dirigir el cotarro, con suspiros jadeantes en mi oreja.
—Acércate más, que yo la meto dentro…
La polla me dio un salto y, cuando Blanca la cogió entre sus manos, la saludó con un movimiento hacia arriba que la hizo dar un respingo.
—Ufff, como está de dura… Ahora… así… —decía Blanca—. Para adentro… empújala… ufff… que bien… que gustito, amor…
Sospeché que exageraba las alusiones al placer, y supuse que era para enviar mensajes a Hugo.
Pero el médico amaba ser protagonista y, sin venir a cuento, intervino.
—A ver, Blanca… más inclinada hacia Alex —decía y corregía la posición de ella—. Tú, Alex, sujeta bien las piernas, y embiste con mayor cadencia. La tienes que empotrar.
*
Comencé un movimiento rítmico, embistiendo a Blanca con penetraciones rápidas y profundas.
—Así, amor, así… —suspiraba en mi oreja.
Y las embestidas eran cada vez más veloces
—Más rápido, cielo, más rápido… —los jadeos de Blanca me parecieron verosímiles.
Y, cuando me mordió en el hombre con todas sus fuerzas, comprendí que aquello no era una broma. Que mi novia, la que no había conseguido correrse junto a mí en siete años, empezaba a subir a una montaña rusa que podía llevarla a la gloria.
—Hummm…. Hummm… —gruñía yo culeando el precioso coño de Blanca.
Aquella hendidura ardía. Y el tacto de mi polla, aprisionada entre la camilla y la parte superior de su vagina, hacían parecer aquel coño como si fuera nuevo… sin estrenar. No sabría cómo expresarlo, era como si hubiese estado cerrado hasta entonces y yo lo estuviera perforando por primera vez. Un coño apretado y húmedo. ¡La puta gloria!
—Dame… más… ayyyy… ayyyy… así… dame… —gemía Blanca y ahora me lamía la oreja con una lengua húmeda y procaz.
—Joder… Blanca… joder… —repetía yo.
No sé cuánto duraría aquel polvo, pero a mí se me hizo corto. No quería que terminara nunca. Desgraciadamente, la presión sobre mi verga me acercaba al orgasmo a pasos agigantados. Blanca, conocedora de mis estados, me rogaba al oído.
—Aguanta… por dios… Alex, aguanta… que me voy a… joder… joder… que me voy a… hostia… hostia… ayyyy… ooohhh…
Me hice el fuerte y pensé en cosas negativas. Un día de lluvia. Un cabreo en el trabajo. El día en que me dejó mi primera novia. Todo con tal de evitar derramarme antes de tiempo. Tenía que aguantar por Blanca… Y por ella mantendría mi polla dura mientras ella lo necesitara. El médico había acertado con otro de sus métodos, y mi novia estaba a punto de correrse con mi polla dentro por primera vez… si yo aguantaba un poco más… un poco más…
—Joder… cabronazo... dame... dame… —jadeaba Blanca cada vez más fuerte—. Dame, cabrónnnnn…
Y comenzó a sufrir unos espasmos que no conocía en ella. Sus brazos en mi cuello se pusieron tan rígidos que pensé que me arrancaría la cabeza. Sus piernas se enroscaron en mi espalda y se olvidaron de la postura recomendada por el médico.
Blanca se corría como una perra. Y se corría conmigo, no con ninguno de aquellos cerdos. Así que decidí dejar de sujetar mi propio orgasmo y le di una orden al cerebro para que dejara de frenarlo.
Y nos corrimos a la vez. Sincronizados sus espasmos y sus gemidos con mis gruñidos, mientras mi esperma se disparaba alcanzando su útero. Las paredes de su vagina apretaban mi polla, abrazándola para no dejarla huir.
Pero había quien quería amargarnos la fiesta.
Mientras sujetaba a Blanca para que nuestras sacudidas no nos hicieran caer, dos figuras aparecieron a ambos lados de la camilla. Juan y Rubén, sus pollas en la mano, se unían a la fiesta masturbándose a una velocidad endiablada. Los muy cerdos, estuve seguro, se habían estado tocando escondidos y habían esperado a que llegara este momento, en el que Blanca y yo nos encontrábamos indefensos.
Y el cerdo de Hugo lo había sabido todo el tiempo.
Creí oír una risita a mi espalda cuando el primer disparo de semen salía de la verga de Juan y dibujaba una línea recta y larga sobre el muslo derecho de Blanca. El muy cerdo gruñía como un lechón en el matadero.
Rubén no se hizo esperar. Su miembro, más acostumbrado a las pajas constantes, escupió su líquido espeso con mayor fuerza y llegó hasta el pecho de Blanca, tiñendo de blanco su top de gimnasia.
A partir de ese instante, ambos comenzaron a regar de esperma las piernas y el cuerpo de Blanca. Ésta, notando que yo no aguantaría aquella violación de nuestra intimidad y que saltaría, colocó su frente sobre la mía y, con los ojos apretados, me susurró.
—Espera, Alex, tranquilo… Esto son unos segundos, enseguida se vaciarán y nos dejarán en paz…
—Cerdos de mierda… —repliqué.
—Ssshhh… —susurró—. Cierra los ojos y piensa en otra cosa…
Pero la promesa de Blanca de que serían solo unos segundos no se cumplía. Aquellos tipejos debían de haberse calentado de veras, y sus disparos no terminaban, así como sus gruñidos.
Juan estiró una mano y estrujó la teta más a su alcance y mi cabreo tocó techo. Hice por apartarme de Blanca para lanzarme sobre él, pero apretó sus piernas a mi alrededor y me lo impidió.
—Ssshhh… —volvió a susurrar—. Diez segundos más…
Finalmente, la fiesta terminó, aunque Rubén aún nos afrentaría una vez más al limpiarse los restos de su verga en la falda de Blanca. Juan, al verlo, lanzó una carcajada e hizo lo propio, dejando sus sucios restos en la prenda de mi novia.
Me mordí la lengua para retenerme.
Pero todo acabó, por fin. Y Hugo comenzó a aplaudir.
—¡Genial! —exclamó—. Ha sido perfecto… ¡Mi método funciona, esto hay que celebrarlo!
Pero no quise conocer en qué forma pensaba celebrarlo. Y, tomándola de las caderas, bajé de la camilla a Blanca y tiré de su mano para llevármela de allí. Mi novia, sin bragas y sin malla, goteaba restos de semen por la moqueta según nos alejábamos a paso ligero.
Continuará......
Esta novela será publicada al completo en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se ha publicado con el título CUATRO HOMBRES PARA BLANCA (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
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