Primera infidelidad
Diana siempre fue profesional, pero sus ojos no podían evitar lo que sus labios callaban. Cada vez que Miguel pasaba por recepción, la tentación crecía hasta volverse insoportable. Hasta que un día, en el silencio del almacén, decidió que la curiosidad era más fuerte que su compromiso.
Hola, me llamo Diana. Los hechos que os voy a relatar ocurrieron cuando tenía 35 años, fué la primera vez que le hice una mamada a un hombre que no era mi marido después de casada. No quiero opinar sobre si está bien o mal, pero debo reconocer que la sensación de "hacer algo prohibido" me excita profundamente y, claro, pasan cosas.
Os pongo en situación:
Trabajo como administrativa en una empresa con algunas decenas de empleados. Ocupo la mesa de recepción, justo a la entrada de la instalación, y los veo a todos pasar varias veces al día: hombres y mujeres de diferentes edades y complexiones, algunos más amables, otros no tanto, pero, vamos, como en cualquier trabajo.
Uno de ellos se llama Miguel, es el técnico de mantenimiento, un hombre de entre 40 y 50 años que, desde que empecé a trabajar aquí, siempre ha sido muy simpático y agradable conmigo. Es alto y corpulento, con algo de sobrepeso, ya peina bastantes canas y suele ir bien afeitado. En realidad, es una persona con un aspecto muy común. Tengo algo más de trato con él que con el resto de los compañeros por motivos de trabajo: albaranes, compras, pedidos de material...
Y una vez al mes me ayuda a hacer el inventario de nuestro pequeño almacén, porque algunas cosas pesan demasiado para mí y el director le preguntó si le importaría echarme una mano.
Es un tipo muy amable, obviamente aceptó.
Todo bien, dentro de la normalidad, haciendo nuestro trabajo de manera profesional, con las charlas intrascendentes propias de dos conocidos... Hasta que un día, reconozco que fui yo la que empezó a desviarse...
Una mañana cualquiera, Miguel entró en el edificio y me saludó como siempre:
-¡Buenos días, Diana! -¡Buenos días, Miguel! ¿Todo bien? -Perfecto. Oye, ¿sabes si ha llegado ya el director? Quería hablar con él. -Todavía no, pero estará al caer, no tendrás que esperar mucho. Aprovecha y tómate un café. -¡Pues oye, buena idea!
Volví a mis asuntos mientras escuchaba funcionar la máquina de café y, a continuación, un suspiro de Miguel mientras se sentaba en una de las sillas de la recepción. Levanté la mirada brevemente para ofrecerle una sonrisa cordial... y allí estaba: Miguel sorbiendo un café, vestido con su uniforme azul con bandas reflectantes, sentado con las piernas separadas, ¡luciendo uno de los paquetes más grandes que había visto!
Desde mi escritorio podía ver cómo se le marcaba perfectamente en el pantalón un gran pene que surgía de su entrepierna, se desplazaba hacia la izquierda un par de palmos y finalizaba en un glande que se distinguía sin problemas... ¡a través del pantalón!
-¡Joder! ¡Vaya polla! -pensé, y rápidamente bajé la mirada, avergonzada. Mi cabeza se puso a funcionar a toda velocidad: ¿Está empalmado? Miré rápidamente su entrepierna de nuevo. No, no lo parece. Espera, ¿eso son los huevos? Sí, allí estaban, se marcaban menos, pero podías distinguir el volumen. ¿Cómo es posible? ¿No lleva ropa interior? ¿Tan fino es el pantalón de trabajo? Eché otra ojeada rápida. Wow, vaya herramienta.
A ver, no es que no hubiera visto pollas grandes antes. Uno de mis ex tenía un rabo muy grueso (Darío) y en el gimnasio varias veces se aprecian bastante bien; también alguna vez en el autobús me he sorprendido mirándole el paquete a alguno, o incluso paseando por la calle te puedes cruzar con alguien que definitivamente carga algo bastante pesado.
Pero aquí, en el trabajo, me sorprendió. Supongo que no me lo esperaba en este contexto, y quizá tampoco con ese propietario. Por supuesto que los hombres maduros también pueden tener penes grandes, solo que no me lo esperaba. Mientras todas esas cosas pasaban por mi cabeza, me despisté y no sé exactamente cuánto tiempo estuve mirando fijamente el paquete de Miguel.
El caso es que, cuando volví en mí y miré por encima de las gafas, esperando encontrarlo distraído... ¡me estaba mirando fijamente mientras sorbía café! ¡Casi me muero de vergüenza! Vaya pillada, noté cómo me ardía la cara, me debí de poner roja como un tomate. Yo, que siempre trato de ser cordial y profesional en el trabajo, y me pillan mirando bultos en pantalones ajenos. Agaché la cabeza de vuelta al escritorio y empecé a hacer como que trabajaba, porque la verdad, tampoco sabía por dónde iba. Mientras mis pensamientos iban y venían, tratando de decidir si le pedía disculpas, me iba al baño a esconderme o simulaba una llamada telefónica... Por suerte, apareció el director y, tras estrecharse las manos, se fueron a ocuparse de sus asuntos. Mi mirada volvió a posarse sobre la entrepierna de Miguel mientras se marchaba... A partir de ese momento, mi cuerpo empezó a jugarme malas pasadas.
A lo largo de las semanas, cada vez que pasaba por delante de mí, mis ojos se iban a su entrepierna. Cuando se acercaba a la mesa a decirme algo, mientras levantaba la vista para mirarle a los ojos, echaba una ojeada furtiva a su marcada polla. Era consciente de ello, sabía que no debía hacerlo, pero me costaba horrores evitarlo.
Ya llevábamos un par de años trabajando juntos, ¿cómo no lo había visto antes? ¿Y por qué ahora no podía parar de mirarlo?
Miguel me seguía tratando igual y yo convertí en costumbre intentar averiguar cómo llevaba acomodada la polla cada día. Algunas veces mostraba un gran bulto que hacía sobresalir la bragueta de su pantalón, comprimiéndose a cada paso que daba, y otros días se podía apreciar perfectamente cómo ese tubo de carne se dirigía hacia un lado, habitualmente el izquierdo, luciendo una buena longitud y a veces rematando con la línea levemente visible de su glande. Me gustaba cuando no llevaba nada en los bolsillos, porque su herramienta era más evidente.
Algunos días, todo este espectáculo, sumado a mi imaginación, me ponía cachondísima y cogía el coche de vuelta a casa con el tanga empapado.
Si mi marido aún no había llegado, sacaba del cajón mi consolador más grande y me daba fuerte con él hasta que quedaba satisfecha. Si mi marido estaba en casa, una pequeña insinuación bastaba para tener su cabeza entre mis piernas, lamiéndome con avidez. A mí es que me gustan grandes (como habréis podido adivinar) y mi marido tiene un pene más bien pequeño y poco aguante, pero siempre está dispuesto a comerme el coño, y lo hace de maravilla. Ay...si supiera que estaba pensando en la entrepierna de otro mientras me trabajaba el clítoris con la lengua y con su discreta herramienta erguida... Pero no es que él se quede con las ganas, después de mi orgasmo, él sabe que puede hacer lo que quiera para correrse, y creedme, lo disfruta.
Mi marido sabe que follar... no folla muy bien, y que me encanta como me hace sexo oral o usa juguetes conmigo. Esa predisposición a hacerme gozar con vibradores o consoladores, sin sentir una amenaza a su hombría y con verdadero interés en mi disfrute, es una de las muchas cosas que me gustan de él. Pero la carne es la carne... Y entonces, un día, crucé la línea. Era el último día laborable del mes, tocaba inventario. Me había puesto ropa cómoda: unos leggings, unas deportivas y un top blanco, dispuesta a terminar cuanto antes. Cuando fui al almacén, ahí estaba Miguel, empezando a mover cajas para dejarlo todo accesible. Por supuesto, ya le había echado un ojo al pantalón, llevaba el teléfono y la cartera en los bolsillos, así que su bulto era algo más discreto. -¡Buenos días, Diana! -¡Hola, Miguel! -Lista para empezar? -¡Siempre estoy lista! -le dije mientras le guiñaba un ojo y flexionaba mis brazos, sacando mi escaso músculo, a lo que respondió riéndose de una forma que me pareció adorable. Comenzamos con el tedioso trabajo de mover cajas, abrir, contar, revisar, mover la escalera, subir, contar, mirarle el paquete a Miguel, anotar, guardar de nuevo... Habíamos estado trabajando ya un buen rato. El calor del almacén, el esfuerzo físico, el roce ocasional... todo contribuía a crear una atmósfera más cargada. Yo llevaba el top empapado por el sudor, y Miguel tenía el uniforme abierto por la parte superior, dejando ver su camiseta interior, también húmeda. Como era previsible, mi nueva conciencia de la dotación de mi compañero me estaba pasando factura, calentándome por instantes. ¡No me juzguéis! Si vierais lo que yo veía, lo entenderíais. En un momento, mientras movíamos una caja especialmente grande, él se acercó por detrás para ayudarme y noté su cuerpo rozando el mío. Su paquete, una vez más, esta vez inevitablemente apoyado en mi culo. Mi cuerpo se movió solo y presioné mi trasero contra Miguel más de lo que hubiera sido necesario. Se me escapó un gemido que disimulé con una tos, pero creo que ya era tarde. Cuando dejamos la caja en el estante, yo me desplomé en el suelo de espaldas a él. Tenía la libido por las nubes, me subía un ardor desde el coño hasta la nuca, me costaba respirar, aún sentía esa presión en mi culo... -Diana, ¿te encuentras bien? -me preguntó, algo preocupado. -Sí... solo cansada -mentí. -¿Quieres descansar un poco? -Sí, mejor... -dije mientras giraba mi cabeza para mirarlo, pero se había acercado hacia mí, preocupado, y lo que encontraron mis ojos fue la cremallera de su pantalón, conteniendo ese trozo de carne con el que llevaba semanas obsesionada. Me quedé unos segundos más de lo políticamente correcto mirando. Cuando me di cuenta, me puse nerviosa.
-Miguel, yo... es que... -no me salían las palabras-. Verás, es solo que... -estaba bloqueándome, vista de cerca parecía que me estaba llamando... Y, en mi cabeza, algo hizo clic, emprendí una huida hacia delante.
Puse mi mano sobre su paquete y empecé a masajearlo suavemente. Miguel se quedó helado. Cuando reaccionó, yo ya le estaba besando el pene por encima del pantalón.
-¡Diana! ¿Qué haces? -dijo susurrando con urgencia. -Shh, si quieres que pare, dímelo - mis nervios se habían convetido en lujúria, me había lanzado a la piscina.
Iba a comerme esa polla.
-Es solo que...me apetece mucho...- le dije mientras le desabrochaba el cinturón.
Allí estaba yo, arrodillada en aquel rincón del almacén, entre las cajas de material de oficina y estanterías con cajas de tóner y herramientas. Él no dejaba de mirarme con esa mezcla de duda y excitación que me desarmaba.
Bajé el pantalón y los calzoncillos de golpe. Y allí estaba. Su polla. Grande, gruesa, tan real como mis ganas de tenerla en la boca. Era incluso más impresionante de lo que imaginaba. Tenía ese tono oscuro en la piel del tronco que tanto me pone, con venas abultadas y, cubierto parcialmente por su prepucio, un glande tan carnoso que parecía invitarme a degustarlo. Se balanceaba ligeramente, pesada, llena, poniéndose dura. Tenía un olor a sudor leve, a hombre, a día largo de trabajo. Me encantó. No es que fuera sucio, era real. No hay perfume que supere eso cuando estás tan cachonda como yo estaba.
Me la llevé a la boca con una mezcla de ansia y devoción. No era una mamada nerviosa, era una adoración. Quería saborearlo, memorizar su forma, su sabor, sentir cómo se hinchaba poco a poco entre mis labios.
La cogí con una mano, notando lo caliente que estaba. Deslicé la lengua lentamente desde la base hasta la punta, saboreando cada centímetro. Cuando llegué arriba, lo rodeé con la lengua y lo metí despacio entre los labios, cerrando los ojos. Lo sentí empujar contra mi paladar, llenarme la boca. Estaba dura y suave a la vez, con ese grosor que exigía atención, que no podías ignorar. Era un desafío, me costaba controlar la saliva.
Me empecé a mover rítmicamente, despacio, sintiendo cómo temblaba sobre mi lengua. A veces lo sacaba para lamerle solo la punta y mirarlo a los ojos por encima de las gafas. Él me miraba con la mandíbula apretada, los dedos en el borde de una estantería, respirando cada vez más fuerte.
Le acaricié los huevos con la otra mano, firmes, pesados. No pude evitar pensar en lo llenos que parecían, y me bajé a lamerlos mientras lo masturbaba suavemente. Me encantaba sentir toda esa carne sobre mi cara. Tras dejarle los huevos bien mojados, volví a devorar el plato principal. Su polla me resbalaba entre los labios y a veces me golpeaba los dientes sin querer. Me atraganté un poco algunas veces, pero él no se inmutó. Solo dejó escapar un gruñido bajo. Yo gemía también, con la boca llena, como si aquello me diera más placer a mí que a él.
Noté cómo se iba tensando, estaba cerca. Cogí su pollón con las dos manos y empecé a chuparle el glande y masturbarlo, quería exprimir hasta la última gota del contenido de sus pelotas.
Cuando se corrió, fue como una sacudida: un primer chorro espeso y caliente que me llenó la boca, seguido de otros más. Intenté tragarlo todo, pero era demasiado. Me rebosó por las comisuras, cayéndome por la barbilla.
Era mi trofeo.
Me quedé quieta, con la polla todavía en la boca, tragando lo último que quedaba. Sentía el semen caliente bajándome por la garganta. Me encantaba. -Joder… -murmuró Miguel, con la voz ronca-. Lo limpié con la boca. Lamí su glande, lento, sintiendo cómo se deshinchaba. Luego recorrí con la lengua el tronco, limpiando lo que había goteado. Se estremeció, y me puso una mano temblorosa en el pelo. No me apartó. Solo suspiró.
Me subí las gafas con un dedo y lo miré desde abajo. -¿Todo bien? -pregunté, con voz baja, casi burlona.
Miguel soltó una risa nerviosa.
-Uff, no me esperaba esto... ha sido una pasada -dijo, aún jadeando.
-Pues me alegro… -dije, incorporándome, intentando recomponerme.
-¡Joder, Diana! -repitió él-. ¿Qué ha pasado aquí?
-No lo sé -respondí bajito, aún con la adrenalina latiéndome en el cuello-. Solo... ha pasado. Miguel me miró en silencio unos segundos. No parecía enfadado ni incómodo. Solo sorprendido. O quizá superado por la situación. -¿Lo haces a menudo? La pregunta me pilló desprevenida. Fruncí el ceño, sin saber si reírme o enfadarme. -¿Qué? ¿Mamar pollas en el trabajo?
-No, no, no quería decir eso... Perdón. Me refería a... tú estás casada, ¿no? Asentí. Miré al suelo. No me sentía orgullosa, aunque tampoco me arrepentía. -Sí, lo estoy. Y no, no lo hago a menudo. De hecho, es la primera vez que hago esto con alguien que no es mi marido desde que me casé. -¡Hostia! -murmuró, pasándose una mano por el pelo-. ¿Y por qué yo? Esa sí era una pregunta legítima. Me la había hecho yo misma muchas veces mientras lo seguía con la mirada en recepción. Tragué saliva. -No lo sé. Quizá porque no lo esperaba, o porque lo necesitaba. Porque eres amable, discreto. Porque... tienes una polla enorme.-Lo último lo dije casi en un susurro, como si estuviera confesando un fetiche prohibido. Miguel se rió, incómodo. Se subió los pantalones sin mirar. -A decir verdad, sí que me parecía que me mirabas mucho ultimamente. - dijo, con una sonrisa pícara.
-¡Vaya! ¿Tanto se me notaba?.- No podía ruborizarme mucho más. -Es que la tienes bien grande. Y no me mires así. -Le sonreí de medio lado, intentando recuperar algo de control de la situación-. La he disfrutado mucho. Se nota, ¿no? -dije, limpiando el semen de mi barbilla con los dedos para lamerlos a continuación. Él asintió. Se rió de nuevo, esta vez más relajado. -Sí, joder, se nota. Me he quedado temblando. Hubo una pausa. Nos quedamos de pie sin saber muy bien cómo continuar. Intentaba forzar normalidad, pero este tipo de charlas en el trabajo no son muy normales. Entonces Miguel rompió el silencio: -¿Y ahora qué? ¿Lo vamos a hacer otra vez?
-¿Quieres hacerlo otra vez?
-No soy de complicarme la vida, Diana. Pero tampoco soy de olvidar cosas así como así.
-Yo tampoco. -Lo miré seria-. No sé qué va a pasar, Miguel. Pero ha estado bien, ¿no crees? Él me sonrió y estiró los músculos. -Eso desde luego. -Se lo veía contento-. Bueno, habrá que terminar el inventario, ¿no? Me reí y me agaché a recoger mi bloc. Pude ver cómo me miraba el culo fijamente. -Vas a tener que concentrarte si no quieres que te la vuelva a chupar antes de que acabe la jornada.- Os juro que no sé por qué dije eso. Me sorprendí a mi misma.Miguel soltó una carcajada. -Voy a intentarlo... pero no prometo nada.
Cuando terminamos de trabajar, nos despedimos como siempre y cada uno se fue por su lado, pero algo había cambiado.
Había cruzado la línea.
A veces, lo prohibido no solo excita… también revela cosas que no sabías que deseabas. A mí, me abrió un mundo de sensaciones.
PD: Por si os lo estáis preguntando: sí, fue llegar a casa y follarme mi consolador mientras pensaba en lo que había pasado. Y sí, se la he chupado más veces a Miguel. ¿Qué si me lo he follado? Bueno, eso ya os lo cuento otro día, si eso 😉
Besos,
Diana.
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