4 hombres para Blanca - completo (cap. 18)
Alex creía conocer a Blanca, pero la noche lo cambió todo. Al entrar en la habitación, no encontró a su novia, sino a una extraña marcada por el deseo ajeno, obligada a clasificar a sus amantes como si fuera un producto. Ahora, entre celos y asco, debe decidir si la ama o la destruye.
Me moví a un lado para ganar en perspectiva y comprobé como el muy cerdo atacaba a Blanca con la lengua fuera, hundiéndola en la boca de mi novia cada vez que esta se rendía por cansancio. El tipejo se estaba dando el banquete de su vida. Y gratis.
Pregunté a Hugo cuánto quedaba de aquella pesadilla y me mostró el cronómetro. Llevaban solo cinco minutos. Me lamenté de haber llegado tan pronto, aunque tampoco entendía por qué se había alargado la maldita prueba. No obstante, lo que estaba a punto de suceder iba a acabar con la escena antes de lo previsto.
El vejete se puso tieso como un palo y comenzó a emitir gruñidos quedos. A continuación se quedó como muerto y Blanca tuvo que empujarle para quitárselo de encima. Se había corrido en un tiempo record, algo también raro para su edad. Debía de hacer mucho que no tenía sexo y la emoción lo había llevado a acabar en la mitad del tiempo de que disponía. Para su pesar, supuse.
Mi novia se vistió el albornoz y extrajo unos caramelos de un bolsillo que se metió de un golpe en la boca, echando la cabeza hacia atrás. Su expresión de asco era difícilmente disimulable.
Blanca no había detectado mi presencia y aún tardó unos instantes en descubrirla. Cuando lo hizo, su mirada de pocos amigos me preguntaba qué hacía allí. No quise darle el gusto esta vez y se la sostuve. «Estoy aquí porque se me pone en las narices», decían mis ojos por mí.
Se sentó en la cama y se dedicó a colocarse las deportivas, mientras Hugo levantaba la voz para que le oyéramos todos.
—Vale, Blanca… —dijo—. Es hora de que nos des tu ranking.
Ahora entendí el mosqueo de mi novia. No parecía apetecerle dar su lista delante de mí. Y eso significaba que yo no iba a quedar en muy buen lugar.
—¿Tiene que ser ahora? —dijo, confirmando mis sospechas.
—Sí, Blanca, tiene que ser ahora. No sé para qué esperar.
Ella se entretenía con los cordones de sus deportivas, escondiendo la mirada.
—Está bien… —dijo al cabo, y luego soltó la lista sin pensarlo—. Apunta: Juan, Hugo, Alex, Rubén y Mario.
Un nuevo mazazo me golpeó. Esta vez en los testículos. Había pasado del segundo al tercer puesto. Y por supuesto, como me temía, el médico había escalado al número dos.
Hugo sonreía satisfecho mientras tomaba notas en su cuaderno. Juan, por su parte, se tocaba la entrepierna de forma disimulada. No me gustó nada descubrir que se hallaba totalmente empalmado. Recordaba la oferta de Blanca la noche anterior.
Y mis temores se hicieron realidad.
Blanca se levantó para dirigirse hacia la puerta, cuando Juan la interceptó. No entendí por qué había esperado a que se calzara, quizá porque no se atrevía a dar el paso.
Me temí que el exbombero, como ya había pensado anteriormente, se estaba colando por mi novia de forma imparable. Por eso la timidez en sus contactos con ella. Y esa no era una buena noticia.
—Espera, Blanca —la detuvo Juan por un brazo—. ¿Te puedo pedir algo?
Mi novia lo miró sorprendida y se paró a escucharle.
—Es por… lo que dijiste anoche, ¿recuerdas…? —tartamudeaba, señal de que estaba como un flan—. Me prometiste que lo harías conmigo si yo te lo pedía… Fuera de competición, claro…
Le miró un instante, luego giró su cabeza hacia mí. Mi cara de perro lo decía todo. Blanca tenía que elegir si cabrear al gordo o a mí, y sin pensarlo mucho decidió.
—Lo siento, Juan, no es momento… Esta noche podrás resarcirte…
Y se me acercó para tomarme de la mano antes de escabullirnos de la habitación. No me había quedado claro qué habría ocurrido entre Juan y Blanca si yo no hubiera estado presente.
El silencio reinaba a nuestras espaldas cuando salimos de allí.
*
Blanca se dejó caer en la cama tras llegar a nuestro cuarto. No se molestó ni a descalzarse.
—Esos putos perros… —se quejó con un suspiro—. Estoy muerta.
Tenía un aspecto deplorable, en eso llevaba razón. Como una puta que termina su jornada, me lamenté. Y enseguida noté algo que no llevaba cuando salió por la mañana.
En primer lugar, eran más que notorios el arañazo que le cubría la mejilla izquierda, y el moratón —ligero, pero visible— en el pómulo derecho. En segundo, una señal enrojecida en el cuello, como de dedos que la hubieran apretado la garganta.
—No entiendo cómo habéis tardado tanto en terminar —dije, y el comentario me sirvió también como disculpa por haber vuelto cuando habíamos quedado en que no lo haría.
—Te lo puedes imaginar. Con Rubén se ha liado lo suyo. El muy hijo de puta se ha pasado de lo lindo.
Caí en que su melena también se encontraba más desarreglada de lo normal. Se veía que al musculitos le gustaba tirar del pelo. Y ella se dio cuenta de mi escrutinio.
—No hace falta que me mires, no hay salida si queremos escapar de aquí. Los cabrones de EXTA-SIS los han elegido a medida. Hijos de su madre…
—Sí, los muy perros… —le dije por darle cuerda para ver si contaba algo más sin tener que preguntar.
—Aunque es mucho peor lo de Mario —se llevó las manos a la cara y suspiró—. Con el puto viejo hemos tardado tres cuartos de hora en conseguir hacerlo. Me temo que en este caso no voy a poder con ello, lo siento, pero es imposible. Estamos jodidos.
Me extrañaron tan duras afirmaciones.
—¿Qué ocurre con Mario? ¿No se le pone tampoco? Vaya novedad… eso ya lo suponíamos. Seguro que es un arma secreta de EXTA-SIS para jodernos, aunque no sé para qué coño les sirve ponernos palos en las ruedas si darnos un tiro les resultaría tan sencillo.
Siguió mi retahíla sin mucho entusiasmo, luego respondió a mi pregunta mientras se ponía en pie y volvía a dar paseos por la habitación, nerviosa.
—Pues el caso es que sí se le pone dura… —dijo—. Pero casi mejor que no se le pusiera.
—¿A qué te refieres?
—Pues a que… solo se le pone dura de una manera concreta.
Su gesto de desagrado era notorio.
—Joder… me espero lo peor…
—Por mucho que te esperes, jamás lo adivinarías, a no ser que hayas llegado antes de lo que creo.
—No sé… he llegado cuando el puto viejo se empezaba a correr.
—Pues entonces no lo has visto…
—Hostias, cari, deja de darle vueltas, ¿qué coño ha pasado…?
Tomó aire y luego soltó la bomba.
—Pues que al viejo solo se le pone dura con una tía si la morrea todo el rato, el muy hijo de puta… Te lo puedes imaginar…
—¡No-me-jo-das! —exclamé, recordando la asquerosa lengua de Mario dentro de su boca—. Si, algo he visto de cómo te comías sus babas…
Y Blanca no pudo contenerse más y se puso a gritar.
—¡Pues eso, joder! ¡¡Qué puto asco!! ¡¡He estado a punto de vomitar en varias ocasiones!! ¡He tenido que pararle algunas veces cuando no podía más para evitar morirme de la grima, por eso se ha alargado tanto!
Ahora lo entendía. Y me apiadaba de ella. Blanca, que le daba grima dar un beso en la mejilla a un familiar con más de sesenta años, se veía obligada a follar con un abuelo de más de setenta y al que le faltaban varios dientes. Y aceptando su morreo miserable lleno de babas y con una lengua blanda y húmeda. Solo de pensarlo me daban arcadas.
—Estamos jodidos… —me desinflé. Aquella era una barrera insalvable.
—Eso ya lo he dicho yo…
Nos callamos unos instantes. Luego me entró curiosidad por algo más, y le pregunté:
—¿Y de… lo otro?
—¿Qué otro…?
—De abajo, ¿qué tal se lo monta? De hecho, ¿todavía tiene rabo?
Ahora Blanca se sonrió.
—No te creas… que el viejo lo tiene corto, yo creo que es que se le ha metido hacia dentro…
—¿Pero…?
—Pero que el cabrón lo tiene super gordo y cuando lo usa no lo hace tan mal. Es la hostia el puto viejo, rabo pequeño pero juguetón.
Me molestaba oír hablar a Blanca como a una fulana de puticlub.
—¿No me jodas que podrías correrte con él?
—Ni de coña… —manoteó como para quitarse una mosca de encima—. El rollo de abajo se te corta con las putas babas de esa boca de mierda. Y esa lengua asquerosa que parece una serpiente. Puaaaaggg… —hizo un gesto de arcada.
—Mala cosa entonces…
—Muy mala… —confirmó cabeceando—. Como eso no se resuelva, esto se va a la mierda. Porque yo con eso no puedo, Alex. Te juro que no puedo…
Hubiera podido sacar el tema del ranking. Preguntar en qué era mejor Hugo que yo en la cama para haberme sobrepasado. Pero preferí callar.
Como en otras muchas cosas, mejor no saber.
Día 6 (3) – El cabreo de Alex
El resto del día lo pasamos en la habitación. De nuevo me tocó ir a por la comida a la cocina. Blanca volvía a sentirse de bajón y sin ganas de verle las caras a los tipejos que la habían follado por la mañana. Ni siquiera había salido para darse su habitual ducha de después del sexo.
Salí en varias ocasiones del cuarto durante ese tiempo. Aparte de las incursiones a la cocina o al baño, estar encerrado en la habitación me estaba produciendo claustrofobia. Así que la dejé a solas y me pasé la tarde entre el gimnasio y la primera planta.
Volví sobre las siete y sorprendí a Blanca tecleando en su móvil. Lo hacía de forma acelerada. Leía un instante y volvía a escribir. Así durante varios minutos. Me apostaba a que hablaba con Hugo y, tal vez, con Juan.
Imaginé que al gordo le estaría pidiendo perdón por no haber cumplido la promesa que le había hecho. Con Hugo, a saber. Con ese tipo debía de hablar de muchas cosas. Demasiadas para mi gusto. Me hubiera conformado con que no estuvieran intercambiando frasecitas cursis de enamorados. Puto médico, si salíamos de aquel embrollo lo iba a matar.
Finalmente no pude resistirlo y le pregunté.
—¿Con quién hablas?
No me respondió al instante, sino que escribió un último mensaje antes de hacerlo.
—Con EXTA-SIS —replicó—. Me han pasado la ubicación de la llave del escenario.
—¿Puede saberse dónde está?
—Me lo han dicho por el chat del grupo, puedes verlo en tu móvil si quieres.
—No lo entiendo, ¿lo escriben para que lo veamos todos? ¿Cualquiera puede ir y cogerla, así por las buenas?
Rió bajito.
—Si sabes el pin de mi móvil, a lo mejor… ¿lo conoces tú?
—De sobra sabes que no tengo ni idea de tu pin…
—Pues entonces no hay nadie más que pueda recogerla, porque está dentro de una caja fuerte y la clave de apertura es justamente mi pin.
Lancé un silbido de admiración.
—Vaya, parece que sí que han pirateado nuestros móviles. Hasta conocen nuestras claves.
—Sí, eso me temo…
Desbloqueé mi móvil y eché un vistazo al chat grupal. Efectivamente, Blanca había intercambiado un trío de mensajes con EXTA-SIS después de recibir la ubicación de la caja fuerte. En esos mensajes le aclaraban algunas dudas. De todas formas, aquellas cinco o seis frases no justificaban el largo chateo que había estado manteniendo desde que entré en el cuarto. Sin contar lo que ya llevara hablado antes de mi llegada.
Blanca, como había hecho desde el inicio del cautiverio, me mentía y ocultaba información. Y a mí los celos me consumían sin descanso.
De nuevo me vino a la mente la idea de que tenía que averiguar su pin como fuera. Acceder a sus conversaciones con los otros tipos era algo prioritario. Al menos para manejar la misma información que manejaban mis contrincantes y mi propia novia.
*
Leímos un rato y, una hora después, Blanca dejó el libro y se acurrucó contra mí.
—¿Me vas a acompañar a recoger la llave?
—Por supuesto, si es lo que quieres —le respondí, solícito—. ¿Qué pasa? ¿Te dan miedo tus «amiguitos»? Esta mañana no parecía que te lo dieran.
La broma le sentó fatal. Me dio un pellizco en el brazo y se puso en pie.
—Pues venga, ponte lo que necesites y vámonos, que tengo que darme una ducha para no oler a perro esta noche. Solo faltaba que Juan tenga un gatillazo por culpa de mi hedor.
No quise hacer el chiste de cambiar «perro» por «perra», sabía que la frase no me saldría con gracia. Y es que lo pensaba en serio. Blanca se estaba poniendo perra de pensar en la verga de Juan, estaba más que seguro. Y, si nada lo impedía, la iba a degustar aquella misma noche.
Pasamos primero por la caja fuerte, que se encontraba en el almacenillo de la tercera planta. Blanca me exigió que no me acercara mucho para que no descubriera su pin. No podía imaginar que la intención era otra.
Al deshacer el camino para dirigirnos al baño, nos cruzamos con Rubén que subía hacia el gym. Y, sin esperarlo, me llevé la sorpresa del día.
—¿Qué tal, Blanca? —soltó el musculitos—. Todavía te deben de temblar las piernas, ¿eh?
Blanca se ruborizó hasta la raíz y tiró de mí para acelerar el paso. El chaval todavía tuvo tiempo para una segunda frase:
—Tranquila, princesa, que cuando quieras te echo otro incluso mejor… A ver si la próxima vez te dura más el picorcillo…
No quería admitir lo que Rubén había querido decir, pero la alusión había sido de lo más claro. Y el rubor de Blanca lo confirmaba.
Entramos en el baño de las chicas, ella tirando de mi mano. Me solté y la sujeté por los brazos, apoyándola contra un lavabo de malos modos. Blanca puso cara de haberse hecho daño en la espalda, pero no se quejó. Reconozco que me pasé con las formas, pero estaba a punto de liarme a puñetazos con las paredes y lo que hice fue lo más suave que deseaba hacer.
—¿Por qué no me lo has contado? ¿Te jodía reconocérmelo?
—Espera, Alex, te lo puedo explicar…
Le di una patada a una papelera y zarandeé un secador de manos.
—Sí, explícamelo… ¡explícame porque no me has dicho que te corriste con Rubén!
—Lo siento, mi amor… —comenzaba con los gimoteos y eso me desquiciaba—. Si no te lo he dicho era por pura vergüenza…
—¿Y no has pensado que al final lo iba a saber de cualquier manera?
—No… Yo…
Hice un inciso y de pronto caí en lo evidente. Y no dudé en echárselo en cara:
—¿Es eso lo que chateabas toda la tarde…? ¿Hablabas con Rubén y los otros sobre lo bien que te lo has pasado mientras te mataba a hostias? ¡Y yo preocupado por ti, si seré gilipollas!
Continuará......
Esta novela será publicada al completo en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se ha publicado con el título CUATRO HOMBRES PARA BLANCA (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
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