Xtories

Albast.Capítulo 11

En los baños de un castillo nazi, entre el olor a tabaco y el peligro de ser descubierta, Úrsula no solo busca información: busca placer. Con un oficial tímido pero dominante, la línea entre la misión y el deseo se desdibuja en cada embate.

Alex Blame2K vistas9.2· 5 votos

Úrsula se levantó llena de energía y abrió la ventana de la habitación para que entrase el aire fresco de la montaña. Aquel día iba a ser especial. Volvía otra vez al castillo. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Tenía sus razones para hacer aquello, pero también reconocía que hacer de espía era lo más emocionante que había hecho en su vida. En un pequeño pueblo, en el corazón de los Alpes, no había nada más que hacer que ver caer la nieve en invierno y ver zumbar los mosquitos en el verano.

El peligro, los secretos y las reuniones clandestinas, hacían que su vida tuviese sentido. Y además estaba jodiendo a los que habían hecho desaparecer a su padre... malditos paletos. Paso el resto del día intentando distraerse, esperando con impaciencia la llegada del autobús de las SS a la plaza del pueblo.

A pesar de su impaciencia, no fue la primera en llegar. En la parada ya había tres chicas esperando cuando llegó, poco después de comer. Al igual que ellas, se había puesto un sencillo vestido, típico de la zona. A pesar de que los odiaba, se suponía que era lo que debía hacer una chica de su edad, vestir como una pueblerina y buscar un marido. Úrsula no comprendía como una mujer podía conformarse con parir hijos y zurcir calcetines para su marido.

El autobús llegó, cubriendo la plaza con un penetrante olor a gasoil quemado. Se unió a la cola y se sentó en uno de los asientos traseros. Se sentía más cómoda desde allí, dónde podía vigilar el resto del autobús. Le gustaba vigilar y calibrar a sus compañeras. Aunque conocía a casi todas de las jóvenes de la BDM de la comarca y se llevaba bien con ellas, no había establecida una relación de verdadera amistad con ninguna. La detención de su padre, acusado de ser comunista, la había ayudado a mantenerse al margen y había facilitado su vida clandestina. Nunca tenía que dar explicaciones de sus idas y venidas y nadie intentaba saber de su vida, ni conocerla, así que no había riesgo de que se enterasen de sus actividades.

Desde su asiento, oía cotorrear a aquellas mujeres sobre atractivos oficiales de las SS y se las prometían muy felices hablando sobre lo rubios, lo altos y lo arios que serían sus hijos. Había que ser jodidamente idiota para no ver que, en aquel régimen, los jóvenes rubios y atractivos eran carne de cañón, mientras que los psicópatas bajitos y gritones, los gordos morfinómanos y los sátiros tullidos eran los que manejaban el cotarro. El autobús subió la pendiente entre botes y rugidos asmáticos, hasta casi rozar las nubes. Luego volvió a bajar, paró en el último pueblo y después de recoger a la última tanda de jovencitas, comenzó la subida al castillo. Cuando llegaron, el sol ya se estaba poniendo entre los picos más altos y al salir del bus, la fría brisa, que corría en el patio de armas, le puso la piel de gallina. Úrsula traspasó el umbral conteniendo una sonrisa. Mientras recorrían los pasillos, camino de la sala de baile, se sintió como una cabra, camino de una sala de subastas.

Al entrar en la sala de baile, se vieron rodeadas por un ejército de hombres, que les lanzaban miradas que iban de lo simplemente lascivo, a lo francamente depredador. Entre todos aquellos hombres, había gente verdaderamente interesante. Sabía que la prioridad era servir de agente de apoyo a la doctora, pero toda esa gente tenía un montón de información. Ella también podía obtener su parte.

Vio a Hilde. Estaba charlando con un joven oficial y llevaba el mismo vestido que la velada anterior, pero había algo distinto en su actitud. Estaba pensando en ello cuando el resto de las jóvenes de las BDM la adelantaron en dirección a los soldados.

El resto de sus compañeras se dedicaron a buscar a los hombres más jóvenes y atractivos, pero ella tenía otro objetivo en mente. En el último baile ya había notado que aquel hombre se había pasado toda la velada mirándola, sin hacer ningún gesto por acercarse. Llevaba un uniforme de Obersturmbamführer y a pesar de su timidez con las mujeres, lucía una autoridad incontestable con sus colegas, incluso con algunos que tenían un rango mayor.

Esta vez no esperó y fue ella la que se acercó a él, con una sonrisa que pretendía ser inocente. Hizo un leve saludo con la cabeza y se sentó a su lado.

—Una fiesta excelente. —dijo ella— Es la segunda vez que vengo y me parece mentira que este aquí. Es lo que cualquier joven soñaría. Un castillo lleno de caballeros apuestos...

Úrsula miró al oficial y sonrió de nuevo. El hombre intentó ocultar su nerviosismo, sacando un cigarrillo de su pitillera de plata e inconscientemente le ofreció uno a ella. Al darse cuenta de que no era correcto, intentó retirarla, pero ella se adelantó.

—¡Qué diablos...! ¿Por qué no? Nunca he fumado un Lucky. ¿Cómo diablos los conseguís? —preguntó acercando el cigarrillo a la llama del mechero, que el hombre le ofrecía.

—Soy Sigfried. —se presentó encendiendo su cigarrillo y dando una larga calada.

—Yo Úrsula. ¿Hace mucho que estás aquí?

—Unos tres años. —contestó él.

—Debe ser muy interesante lo que hacéis. Ya sé que no debéis decir nada, pero mis amigas me han dicho que aquí se desarrollan tecnologías que harán que nuestro ejército gane la guerra.

—Es cierto, aunque no deberías hablar de ello. —dijo el hombre con suavidad— Es crucial que el objetivo de esta sociedad se mantenga en secreto. El destino de Alemania depende de ello.

—Lo siento... —fingió sentirse avergonzada— Les diré a mis compañeras que esto es serio. Creo que nos hemos dejado deslumbrar por las fiestas y no nos hemos dado cuenta de lo importante que es la tarea que hacéis aquí. De todas maneras, no creo que haya salido de nuestro círculo y por lo que a mí respecta, no volveré hablar de ello.

—Está bien. No pasa nada. —dijo el oficial apagando el cigarrillo.

—Quizás lo mejor para no cometer ningún desliz, sea que bailemos.

—No sé. —ahora fue él el que dudaba— No soy muy buen bailarín...

—No te preocupes, yo te enseño... —dijo levantándose y tirando de él en dirección a la pista de baile.

Sigfried no había mentido, pero era un alumno aplicado y se lo tomó realmente en serio. Úrsula era casi tan alta como él, así que no pareció demasiado raro que ella llevara el ritmo. Tras un par de piezas, el oficial se soltó y se dejó llevar por la música. Con una sonrisa en la cara, aquel rostro alargado, con el fino bigote a lo Errol Flynn, parecía bastante más atractivo. Aprovechó para echarle un largo vistazo. No era el hombre más atractivo del mundo, pero para ser un cuarentón, aun se conservaba en buena forma y su rostro, si no era hermoso, sí tenía cierto atractivo, con los ojos oscuros, los pómulos marcados y una mata de pelo negro y espeso que cuidaba y peinaba con esmero. Al agarrarse a él, sintió un cuerpo duro y musculoso bajo el uniforme de las SS, y un chispazo de excitación recorrió su cuerpo. Después de todo, no dejaba de ser una joven sin experiencia y él, a pesar de su evidente timidez, era un hombre de mundo. Quizás pudiera enseñarle un par de cosas y de paso sacarle algo de información.

Hilde también estaba bailando con otro oficial. Al cruzarse sus miradas, le hizo una señal inequívoca y al terminar la pieza, desapareció camino de los servicios. Úrsula fingió estar cansada y le pidió un descanso a su compañero de baile. Sigfried pareció ligeramente contrariado, pero no dijo nada y se limitó a seguirla con la mirada cuando se fue al baño.

—¡Hola, querida! Una fiesta fantástica. —saludó al entrar en los servicios.

Hilde estaba frente a uno de los lavabos, retocándose el maquillaje. Aquella noche tenía un brillo especial en la mirada, pero no era cosa suya y se limitó a acercarse al lavabo de al lado y colocó el bolso sobre la encimera, al lado del de Hilde, lo abrió y revolvió dentro de él.

—¿Dónde habré puesto el maldito pintalabios?

Hilde le pasó el suyo. Lo probó ante el espejo.

—Rojo cereza... qué bonito. —dijo la joven al abrirlo— ¿Qué tal va todo?

—Bien. —respondió Hilde.

—Te he visto bailar con el oficial. Estabais muy acaramelados. —insistió Úrsula, observando su cara en el espejo con atención.

—No es para tanto. —intentó Hilde quitarle importancia.

—No lo será para ti, pero él no te quitaba los ojos de encima. Ese cabrón come de tu mano. No debería ser demasiado difícil convertirlo en tu agente.

—Marcus... Lo dudo. Ese chico se ha criado con las juventudes hitlerianas. Le han comido el tarro desde los siete años. Es un nazi convencido.

—Lo que tú digas, pero yo no me lo pensaría. —Úrsula puso morritos frente al espejo y se los pinto. El rojo cereza le sentaba muy bien. Se pintó cuidadosamente frente al espejo y se lo devolvió antes de desaparecer en uno de los cubículos, dejando el bolso abierto. Se meaba viva. Cuando salió, Hilde ya no estaba. Suponía que había dejado las pruebas dentro del bolso. Se acercó al lavabo y se estaba lavando las manos, cuando la puerta se abrió y Sigfried entró en los servicios. Al parecer, el oficial había perdido de repente la timidez.

Úrsula estaba tan sorprendida, que no se dio cuenta de que el bolso estaba abierto con un sobre dentro. Lo miró de reojo mientras se acercaba a Sigfried. Se le pasó por la cabeza cerrarlo, pero hubiese resultado sospechoso, así que hizo lo único que podía hacer, abalanzarse sobre el oficial y darle un largo beso.

El oficial sabía a tabaco y a caramelos de menta. Úrsula le quitó la gorra y hundió los dedos en la espesa y brillante cabellera a la vez que apretaba su cuerpo contra el de él. La reacción de Sigfried fue fulgurante. Con un gesto rapidísimo, agarró a la joven por el culo y la subió a la encimera. Úrsula abrió las piernas para recibirle y el oficial se introdujo entre ellas, besándola y abrazándola con fuerza. Con un suspiro, le devolvió el abrazó mientras sentía el contacto de la polla erecta de aquel hombre contra sus bragas. Llevada por el deseo desabotonó el pantalón de su amante y coló la mano por dentro de sus pantalones. Lo que encontró la sorprendió. Aquel hombre tenía un pollón enorme. El deseo y el miedo se fundieron en una especie de nube de excitación que la envolvió. Besando a Sigfried de nuevo, agarró su polla y comenzó a masturbarla con suavidad. Su amante adelantó las manos y le cogió uno de los pechos estrujándolo con fuerza.

A partir de ese momento, todo se precipitó. El oficial le quitó las bragas de dos tirones y se bajó los pantalones. Bastó que él se sacase su polla enorme y acariciase los rizos de su pubis y la entrada de su coño con ella, para que todo su sexo se hiciese agua. Aquella enorme herramienta tanteó la entrada de su coño un instante antes de entrar profundamente en ella. Ni siquiera notó el desgarrón de su virgo. El placer fue tan intenso que todo su cuerpo se estremeció. Úrsula soltó un pequeño gritito y se agarró al culo del oficial, mientras este comenzaba a penetrarla con golpes duros y secos.

La joven sonrió y agarrando una mano de Sigfried se la llevó a la boca y comenzó a chuparla. El hombre aumentó el ritmo, haciendo que su cuerpo saltase sobre la encimera. Haciendo gala de su fuerza, la cogió en el aire y comenzó a subirla y bajarla por su polla. Úrsula se arrebujó en torno a él, sintiendo con un placer inmenso, como aquel enorme falo ardiente colmaba su sexo, haciendo que el placer irradiase de su coño, envolviendo todo su cuerpo en una nube de chispas placenteras.

Sin darle tregua, la descabalgó y la puso de cara contra la encimera, justo delante de su bolso. Sigfried le agarró por las caderas y la penetró de nuevo, esta vez con todas sus fuerzas. Úrsula apenas podía mantener el equilibrio con cada embate. Ver el abultado sobre, asomando del bolso a menos de un metro del oficial nazi, le excitó aun más y no pudo contenerse. El orgasmo le llegó intenso y prolongado. Jamás había sentido nada así. Llevada por un impulso, cerró de un golpe el bolso y se arrodilló. Necesitaba tener aquella polla en su boca. El poder que sintió al percibir como aquel enorme miembro palpitaba dentro de su boca con violencia, la hizo sentirse poderosa. Alucinada, abrió aun más la boca hasta que el glande del oficial se alojó en el fondo de su garganta. Sigfried no se quedó contento y siguió presionando. Ella abrió un poco más la boca y relajó la garganta, dejando que el pene fuese entrado hasta desaparecer dentro de su boca.

Úrsula aguantó un par de segundos antes de separarse entre toses, tan excitada que no pudo evitar comenzar a masturbarse mientras seguía chupando con fuerza. El oficial se agarró a su pelo, tiró de sus trenzas e incapaz de contenerse más se corrió dentro de su boca. Con la boca ocupada por la polla de Sigfried, Úrsula se tragó los largos chorreones mientras él la ayudaba a levantarse.

En ese momento el oficial pareció darse cuenta de dónde estaba y con una disculpa apresurada, se subió los pantalones y la dejó allí, con la falda arremangada y una sonrisa de satisfacción en la cara.

Al fin habían llegado las primeras pruebas y aquello era una bomba. No era suficiente para movilizar a todo el mundo, pero a partir de ahora, ya no les tomarían como a una pandilla de chiflados. Aun no las había visto, no en un lugar público, pero Nadia sí que las había visto antes de entregárselos y a pesar del estricto autocontrol que mantenía, el ligero temblor de una de sus cejas demostraba que estaba bastante turbada.

—¿Tan grave es? —preguntó Douglas pidiendo un par de whiskys.

Aquellas noticias se pasaban mejor con algo fuerte. Nadia vació el contenido de un trago y siguió con la jarra de cerveza.

—Ya lo creo. Y los fotogramas no son lo peor. Hay tres fotos y un informe sobre una incursión de esas... bestias en un campamento de la resistencia. —respondió pasándole un periódico con todos los documentos— Cuando lo leí, creí que era la típica fanfarronada de esos cerdos de las SS, acompañado por un par de fotos trucadas, pero lo he comprobado. Me han enviado un informe completo de la incursión desde Moscú. De los trescientos milicianos solo sobrevivieron, algunos con horribles heridas. La NKVD los interrogó por separado y todos dijeron lo mismo.

—¿Qué vieron?

—En realidad no mucho... —le explicó la coronel— Los atacaron en plena noche. Parece ser que cayeron en paracaídas sobre ellos. Únicamente llevaban armas blancas, una especie de machetes afiladísimos. El regimiento XXIII de milicianos era uno de los mejores. Llevaba casi dos años operando en Ucrania. Eran veteranos y estaban bien equipados. Según todas las declaraciones, los vigías dieron la alerta y en menos de dos minutos estaba todo el mundo fuera de las tiendas con las armas preparadas, pero dio igual. Aquellas bestias se lanzaron sobre ellos, sin que las balas pareciesen hacer mella en aquellos cuerpos deformados. Solo las bombas de mano y los proyectiles de mortero parecían hacerles daño y, aun así, con miembros cercenados y espantosas heridas en el pecho, seguían atacándoles, presos de una ira frenética, hasta que ningún defensor quedó en pie.

—¿Y los supervivientes?

—Se dejaron llevar por el pánico y huyeron, por eso lograron escapar de la masacre.

—Tuvieron suerte...

—No te creas. —le interrumpió ella con frialdad— Huyeron de un combate, dejando a sus compañeros tirados. Después de interrogarles se les acusó de deserción y fueron ejecutados.

—Un poco duro. —comentó Douglas.

—Lo que contaron no ayudó tampoco. Los interrogadores no se creyeron nada de lo que dijeron esos pobres diablos. No es que no se mereciesen el pelotón de ejecución, pero los interrogadores de la NKVD no los trataron nada bien, intentando que se retractasen de aquellas declaraciones y dijesen la verdad. A alguno de ellos tuvieron que atarlo al poste de ejecución para que pudiese mantenerse en pie.

—Me lo puedo imaginar. —comentó Douglas bebiendo un trago de cerveza— ¿Inspeccionaron el lugar de los hechos?

—Sí, pero los agentes que hicieron la inspección no tenían las declaraciones y al ver el escenario, imaginaron que las peores heridas habían sido hechas por alimañas, cuando los soldados ya estaban muertos. Hay un montón de lobos y osos hambrientos en esos bosques. Aun así, hicieron fotos. Te he dejado algunas para que puedas comprobar los efectos.

Douglas no se pudo contener y echó un rápido vistazo dentro del periódico. Entendía porque los agentes interpretaron aquello como la acción de animales carroñeros. De no ser por los informes de Hilde, a él también le costaría creerlo.

—Esta guerra es una mierda. —sentenció Douglas cerrando el periódico— Millones de hombres matándose unos a otros, ciudades y pueblos destruidos, mujeres y niños muriéndose de hambre, cuando no víctima de siniestros bombardeos... y en esto ningún bando es inocente.

—¿Ahora nos vamos a comparar con los nazis? —la irritación volvió a hacer que el acento eslavo de Nadia aflorase.

—Desde luego que no, Nadia. Solo digo que en las guerras nadie gana. Todo el mundo pierde.

—Pues debemos hacer lo posible para que nuestro bando sea el que menos pierda. —dijo ella levantando la jarra de cerveza y apurándola de un trago, justo después de entrechocarla con la de Douglas.

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