Capítulo 2.2 Mi esposo una aventura caliente
Laura creyó haber encontrado la forma perfecta de detener la obsesión de Daniel por un trío lésbico: le sugirió, en broma, probar con dos hombres. Pero Daniel no retrocedió; su sonrisa torcida se volvió peligrosa y su deseo cambió de dirección. Ahora, la broma se ha convertido en una promesa que ella no sabe si está lista para cumplir.
NOTA: Es una serie completa y cada capitulo depende del anterior, hoy he decidido hacer los relatos un poco mas largos uniendo varios capitulos
Capitulo Anterior
Donde descubrí que casarme con Daniel era una aventura calienteCasarme con Daniel a los 23 fue como subirme a un tren que no sabía a dónde iba, pero que prometía no parar nunca. Después de tres años de noviazgo, pensé que lo conocía todo de él: su risa, su forma de mirarme como si fuera un tesoro, sus manos pacientes que me habían sacado de mi caparazón. Pero vivir con él, dormir con él todas las noches, fue otra cosa. Daniel era un huracán de energía, y cuando se trataba de sexo, era como si tuviera un fuego dentro que no se apagaba nunca. Y yo, que apenas estaba aprendiendo a encender mi propia chispa, me dejé llevar por él, a veces riendo, a veces temblando, siempre sorprendida.
Los primeros meses de casados fueron un caos divertido. Nos mudamos a un apartamento pequeño, con una cama que chirriaba y paredes tan delgadas que seguro los vecinos sabían más de nosotros de lo que querían. Daniel no perdía oportunidad. Si yo estaba en la cocina haciendo café, venía por detrás, me abrazaba y me susurraba cosas al oído que me hacían soltar la taza de los nervios. “¿Ya te dije lo sexy que te ves con ese delantal?”, decía, y antes de que me diera cuenta, me tenía contra la encimera, besándome el cuello hasta que se me olvidaba qué estaba haciendo. Era caliente, sí, pero también juguetón, como si el sexo fuera su forma de reírse del mundo.Nunca olvidaré la primera vez que le hice sexo oral, porque fue un desastre tan gracioso que todavía me da risa contarlo. Llevábamos como un mes casados, y aunque ya nos habíamos acostado varias veces, yo seguía siendo tímida con ciertas cosas. Una noche, él llegó del trabajo con una botella de vino barato que había comprado “para celebrar que es viernes”. Nos sentamos en el sofá, él con esa sonrisa torcida que me derrite, y después de un par de copas, empezó a besarme, lento, profundo, hasta que me tuvo suspirando contra su boca. “Quiero sentirte de otra manera hoy, mi reina”, murmuró, y yo, medio mareada por el vino y por él, dije “¿cómo?” sin pensar mucho.
Me llevó al cuarto, se sentó en la cama y se bajó los pantalones con una calma que me puso los nervios de punta. Ahí estaba él, duro, listo, mirándome como si esperara un milagro. “Con la boca”, dijo, y yo me quedé helada. Nunca lo había hecho, ni con Andrés, ni en mis sueños más locos. “No sé cómo”, balbuceé, y él se rió, suave, acariciándome el pelo. “Solo prueba, no hay reglas”. Me arrodillé entre sus piernas, temblando, mirando esa cosa como si fuera un examen que no había estudiado. Acercarme fue un acto de valor, y cuando por fin lo toqué con los labios, no sabía si chupar, lamer o qué demonios hacer. Terminé dándole un mordisco sin querer —sí, un mordisco—, porque mis dientes se resbalaron de puro nerviosismo. Daniel pegó un grito, medio de dolor, medio de risa, y yo me aparté tan rápido que me caí de culo al suelo, con la cara roja y los ojos como platos.“¡Laura, por Dios, no es un sándwich!”, dijo él, doblado de la risa, y yo quise que me tragara la tierra. “¡Perdón, perdón, no sé qué hago!”, chillé, y él me levantó, todavía riéndose, y me abrazó fuerte. “Tranquila, mi reina, vamos a practicar hasta que seas experta”. Y así fue. Esa noche no pasó de ahí, pero con el tiempo, entre risas y sus instrucciones pacientes, aprendí a volverlo loco con la boca, aunque siempre me acuerdo de ese mordisco y me da risa.
Los años fueron pasando, y nuestra vida de casados se volvió una mezcla de rutina y fuego. Daniel seguía siendo el mismo: caliente, creativo, siempre buscando formas de sorprenderme. Me hacía el amor en la ducha, en el sofá, una vez hasta en el balcón a medianoche, tapándome la boca para que no gritara y despertara a los vecinos. Yo fui soltándome más, aprendiendo a pedir lo que quería, a gemir sin vergüenza, a subirme encima de él y moverme hasta que los dos terminábamos jadeando. Pero no todo era perfecto. Daniel tenía un lado celoso que salía a veces, sobre todo cuando alguien me miraba demasiado en la calle. “Eres mía, Laura”, decía, medio en broma, medio en serio, y yo le seguía el juego, aunque nunca pensé que esos celos fueran a cambiar de forma.
Todo eso cambió una noche, después de casi dos años casados. Estábamos en la cama, hablando de tonterías, cuando salió el tema de mi pasado. No sé cómo llegamos ahí, pero de repente Daniel preguntó: “¿Y antes de mí, qué? ¿Nunca tuviste a nadie?”. Yo dudé, porque nunca se lo había contado. Pero esa noche, con su brazo alrededor de mi cintura y su respiración tranquila, sentí que podía soltarlo. “Sí, una vez”, dije, y le conté lo de Andrés. Todo: el carro, la torpeza, cómo no me gustó y cómo me dejó sintiéndome vacía. Pensé que se reiría, pero su cara cambió. Frunció el ceño, apretó la mandíbula, y preguntó: “¿Y te tocó? ¿Te hizo algo más?”. Le dije que no, que fue rápido y nada especial, pero él se quedó callado un rato, como si imaginara cosas que no quería.
“No me gusta pensar en eso”, dijo al fin, y yo le besé la mejilla, tratando de suavizarlo. “Fue hace mucho, Dani, no significa nada”. Él asintió, pero había algo en sus ojos, una mezcla de celos y otra cosa que no entendí entonces. Ahora, mirando atrás, creo que ahí empezó a germinar algo en su cabeza, aunque tardaría en florecer. Porque Daniel, con todo su fuego y sus celos, era más complicado de lo que yo creía, y pronto me lo iba a demostrar de una forma que nunca imaginé.
Vivir con Daniel era como estar en una montaña rusa: subidas de calor, bajadas de risas, y curvas que no veía venir. Después de casi cinco años casados, pensé que lo había descifrado: su lado caliente, sus celos que salían cuando menos lo esperaba, su forma de hacerme sentir la mujer más deseada del mundo. Pero entonces empezó a soltar comentarios que me dejaban dando vueltas, y lo que pasó después me demostró que ni él mismo sabía hasta dónde podía llegar su propia mente.Todo empezó una noche cualquiera, de esas en que nos tirábamos en el sofá después de comer, con la tele de fondo y un par de cervezas en la mesa. Yo estaba en pijama —una camiseta vieja de él y unos shorts que no mostraban mucho—, y Daniel me miraba de reojo mientras jugaba con mi pelo. “¿Sabes qué?”, dijo de repente, con ese tono que usaba cuando iba a soltar algo loco. Yo lo miré, levantando una ceja. “¿Qué?”. Él sonrió, lento, y se acercó un poco más. “Estaba pensando… ¿te imaginas un trío? Tú, yo, y otra chica”.
Me quedé helada, con la cerveza a medio camino de la boca. ¿Un trío? Mi cabeza dio un vuelco, y sentí que la cara me ardía como si me hubieran pillado en algo. “¿Qué dices?”, balbuceé, y él se rió, apoyando una mano en mi pierna. “Imagínatelo, mi reina. Otra mujer tocándote, besándote, mientras yo miro… o me uno. Sería increíble”. Hablaba tranquilo, como si me estuviera proponiendo ir al cine, pero sus ojos tenían un brillo que no le había visto antes, una mezcla de deseo y curiosidad que me puso nerviosa.
No supe qué responder. Yo, Laura, la que hasta hace unos años se tapaba hasta el cuello y se moría de vergüenza con un piropo, ¿en un trío? La idea me parecía de otro planeta. Pero Daniel no dejó el tema ahí. Durante días, lo sacaba cada tanto, como quien no quiere la cosa. Una mañana, mientras desayunábamos, me dijo: “Pensé en cómo sería, tú con una chica de pelo largo, besándola mientras yo te agarro por detrás”. Otra vez, en la cama, después de hacérmelo con esa intensidad que me dejaba temblando, susurró: “Sería tan sexy verte con otra, Laura, no tienes idea”. Y yo, tímida como siempre, me reía o cambiaba de tema, porque no sabía cómo tomarlo en serio.Pero él seguía. No era pesado, no me presionaba, solo lo dejaba caer como una semilla que esperaba que creciera. Una noche, estábamos en el balcón, mirando las luces de la ciudad con una copa de vino en la mano. Él me abrazó por detrás, besándome el cuello, y volvió a la carga. “Dime la verdad, ¿nunca te ha dado curiosidad? Una mujer, suave, diferente… sería para los dos, algo nuestro”. Yo tragué saliva, sintiendo su aliento caliente en mi piel, y por un segundo, solo por un segundo, lo imaginé: una chica desconocida, sus manos en mi cintura, Daniel mirándome con esa cara de hambre que ponía cuando me deseaba. Pero la idea se me escapó rápido, y la vergüenza volvió como un balde de agua fría.
“No sé, Dani”, dije, girándome para mirarlo. “Eso suena… raro. No creo que pueda”. Él sonrió, sin rendirse. “Piénsalo, nada más. No hay prisa”. Pero yo, que siempre he sido buena para salir del paso, decidí darle la vuelta. Quería que se le olvidara, que dejara de insistir, así que solté lo primero que se me ocurrió, pensando que lo iba a callar de una vez. “Mira, si tanto quieres un trío con una chica, primero tendríamos que hacerlo con un chico. ¿Qué te parece eso?”.
Lo dije riendo, con un tono de broma, segura de que Daniel, con sus celos que salían cuando alguien me miraba demasiado, iba a retroceder como gato escaldado. Porque él era así: posesivo en el fondo, aunque lo disfrazara de juego. Después de contarle lo de Andrés, lo había visto apretar la mandíbula, imaginar cosas que lo ponían de mal humor. “Eres mía, Laura”, me decía a veces, y yo sabía que otro hombre tocándome era lo último que querría. O eso creía.
Pero no pasó lo que esperaba. Daniel no se rió, no dijo “ni loco”, no cambió de tema. Se quedó callado, mirándome fijo, y por un segundo vi algo cruzar por sus ojos. ¿Sorpresa? ¿Curiosidad? No supe descifrarlo. “¿Un chico?”, dijo al fin, lento, como si probara las palabras. Yo asentí, todavía riendo, tratando de mantener el tono ligero. “Sí, claro, si vamos a probar algo loco, que sea parejo, ¿no? Pero como sé que no te gusta la idea, mejor dejamos todo en paz”. Pensé que ahí moría el asunto, que mi truco había funcionado.
No fue así. Daniel se acercó más, su mano subiendo por mi espalda, y me besó, profundo, con una intensidad que me dejó sin aire. “No es tan mala idea”, murmuró contra mi boca, y yo me aparté un poco, confundida. “¿Qué? ¿Estás hablando en serio?”. Él sonrió, esa sonrisa torcida que me volvía loca, y asintió. “No sé, Laura. Pensar en otra chica me calienta, pero ahora que lo dices… un hombre tocándote, mientras yo miro… no suena tan mal”. Mi corazón se aceleró, porque esto no era parte del plan. Quise reír, decir que era broma, pero él ya estaba perdido en su cabeza.
Esa noche, cuando nos metimos a la cama, lo noté diferente. Me hizo el amor con una urgencia que no le conocía, sus manos apretándome más fuerte, sus embestidas más duras. Mientras me tenía de espaldas, con el culo en el aire y mis tetas rebotando contra las sábanas, gruñó: “¿Te imaginas otro aquí, conmigo?”. Yo gemí, no sé si por el placer o por la sorpresa, y él siguió, su voz ronca contra mi oído. “Tú en medio, Laura, los dos dándote todo”. Se vino rápido, con un rugido que me hizo temblar, y yo me quedé ahí, sudada, confundida, con la cabeza dando vueltas.Después, mientras descansábamos, él no dejaba de mirarme.
“Lo dije en serio”, susurró, acariciándome la mejilla. “Si quieres un trío con un chico primero, lo hacemos”. Yo no sabía qué decir. Había querido callarlo, asustarlo con mi idea, pero en vez de eso, le había prendido una chispa que no esperaba. “No sé, Dani, era una broma”, dije, con una risita nerviosa, pero él no se rió. “Piénsalo, mi reina. A mí me está dando vueltas en la cabeza”. Y así me dejó, con el corazón en la garganta y una pregunta que no me atrevía a responder.
Porque Daniel, con sus celos y su fuego, había cambiado el juego. Y aunque no lo sabía entonces, esa noche fue el comienzo de algo que nos iba a llevar mucho más lejos de lo que imaginaba.
Relatos similares
- Orgías
Vuelo JK631, pasión a 30.000 pies de altura
A 30.000 pies de altura, la distancia y la privacidad se desvanecen. Lo que empieza como una travesura en el asiento se convierte en un espectáculo…
Comparte:Trio mfmHeterosexual generalFantasia cumplida
- Hetero: General
Haciendo amigos
Fran no buscaba un amante, buscaba una llave para abrir la puerta cerrada de su matrimonio. Y la encontró en la playa, desnudo y disponible.
Comparte:Trio mfmVoyeurismo consentidoHeterosexual general
- Hetero: Infidelidad
Descubriendo a Rocío 2- la pandemia en el sótano
El confinamiento cerró las puertas de su casa, pero abrió las puertas del sótano. Mientras el mundo temía al virus, ella preparaba el escenario para…
Comparte:Voyeurismo consentidoTrio mfmFantasia cumplida
- Hetero: General
Excitando a mi mujer
Él la ve desnuda y fantasea con otro hombre poseyéndola; ella, fría y reservada, solo responde a su caricia.
Comparte:Trio mfmVoyeurismo consentidoFantasia cumplida
- Hetero: Infidelidad
Sus amigos filman un video conmigo. Foto
Cristian creía que solo estaba viendo un video, pero Peki tenía otros planes. Mientras él la observaba atado a una silla, ella decidió que la ficción…
Comparte:Voyeurismo consentidoTrio mfmPoder y control
- Hetero: Infidelidad
Vivo de las mujeres decentes-libro 2 (Capítulo 8)
Carmen no ceja en su empeño: quiere que Rigo cumpla el deseo de su marido. Él, acostumbrado a la libertad de los swingers, se encuentra atrapado…
Comparte:Trio mfmInocencia perdidaPoder y control